La figura del autor también ha sufrido mutaciones a lo largo de la historia dependiendo del marco estético e ideológico que la enmarca. De esta forma, ha pasado de ser el "tejedor de textos" cuya virtud no es la invención sino el respeto por la tradición, al genio que insuflado de poder divino crea una obra única y original sin mayor deuda con su mundo cultural, y luego, al autor como artista enmarcado en una situación pragmática de producción y de recepción, esto es, en una situación de cruce de las múltiples voces del contexto socio-cultural. Una consecuente reflexión sobre la naturaleza de la obra literaria y del lenguaje viene paralela a este proceso. Esta reflexión se traduce en el fenómeno de la autoconciencia: la conciencia del autor sobre el proceso escritural y su carácter de representación, de ficción.
La ficción autoconciente es aquella conciente de su naturaleza de artificio o de juego y que busca hacer consciente de ello al lector. "Para ello le recuerda que todo es representación, fingimiento, y no la realidad, le recuerda la naturaleza literaria o ficticia de lo que lee y le obliga así a distanciarse, a salirse de ese mundo fingido, pero sin permitirle por ello quedarse fuera, obligándole simultáneamente a que acepte el juego, es decir, a que responda y actúe como si fuera realidad." (Pardo, 203-204)
La presencia de las estrategias de escritura y de lectura a las que hemos recurrido demuestra la disposición del autor a cambiar
el tradicional énfasis de la función narrativa en el hacer-saber (esfera cognoscitiva) para empezar a destacar las otras dos esferas de su hacer: el hacer-hacer (esfera manipulatoria) y el hacer-ser (esfera operatoria), es decir, como un intento por comunicar ya no sólo las complejidades de la acción y la experiencia humanas de su ser-en-el-mundo, sino, además, la inmensa potencialidad de las fuerzas creativas, la posibilidad de todo ser humano de construir su propia ficción de la realidad, es decir de fabricar su propio mundo. En este intento, el relato metaficcional propicia un nuevo saber-oir-decir, un nuevo saber-hacer y finalmente un nuevo saber-vivir el mundo"(Rodríguez, Autoconciencia y posmodernidad. 27-28)Traduciendo lo anterior al análisis sobre el "libro-juego" el nuevo "saber-decir" consiste en pensar el trabajo creativo como un trabajo de diseño: planear y aplicar las estrategias necesarias para conseguir un nuevo "saber-oír" del lector en tanto se ve llamado a poner en práctica una colaboración activa: intelectual o manual (siguiendo a Eco). Además, esta actividad de diseño es "autoconciente" porque se refiere a la operación de configuración espacial que expone a la ficción como artificio obligando al lector-jugador a tomar distancia pero, y al mismo tiempo, a aceptar el juego. De ahí que asociemos a Museo de la novela de la eterna, la as narraciones multiformes de Herbert Quain, Ts'ui Pen y Pierre Menard, y a Rayuela con imágenes ( Collage, Calidoscopio, Mecano) que, a su vez, son juguetes: la obra se trans-forma (se despreocupa por la forma para revelar su intención antirrealista pero también para activar su metamorfosis: la posibilidad de tomar múltiples formas) en un juguete (visual-espacial) que provoca la acción productiva del lector.