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Juego y Arte
Los procedimientos del arte son tan viejos como los del juego. El arte, en tanto praxis, es una acción que tiene su fin en sí misma y es por ello que "...tal vez en ninguna parte como en el arte se manifiesta con tanto esplendor la autonomía de seres intramundanos. Las obras pueden rehusarse a representar la realidad: se sustraen a toda noción fija de utilidad y permanecen libres con respecto a los papeles que les quiera atribuír..." (Boss, p.16). Y lo mismo hemos afirmado con respecto al juego. En el juego, comprendido como primera instancia de la vida creadora, se anticipa la señal de la dinámica unidad entre sujeto y objeto que se alcanza en forma total en el dominio del arte y en las expresiones de la cultura en general.
El arte, actividad que para Kant representa la síntesis del intelecto y de la imaginación, del mecanicismo y del finalismo, es para Schiller el resumen del instinto sensible y del instinto formal. Concluyendo el silogismo: el arte es juego.
La particular situación actual del arte sugiere también nuevas relaciones entre estética y juego, especialmente a la luz de la «ontología débil» heideggeriana -en palabras de Gianni Vattimo-: la ontología de la época de la reproductividad de la obra de arte, de la cultura de masas, del fin del arte como hecho específico y separado el resto de la experiencia y, en últimas, del «fin de la metafísica» como la época en la cual el ser se da como presencia, fuerza, evidencia, permanencia, grandiosidad, como algo de carácter definitivo y dominante. (El fin de la Modernidad, p. 56).
Esta «muerte del arte» significa entonces, dos cosas que se implican mutuamente: "en un sentido fuerte y utópico, el fin del arte como hecho específicio y separdo del resto de la experiencia en una existencia rescatada y reintegrada; en un sentido débil o real, la estetización general de la existencia como extensión del dominio de los medios de comunicación de masas." (Vattimo, p.53) El arte se suprime pero la estética eclosiona. Esto se traduce por ejemplo, en la negación de los lugares tradicionalmente asignados a la experiencia estética: la sala de conciertos, el teatro, la galería de pintura, el museo, el libro... Y más aún, la obra no aspira ya a ganarse el derecho de situarse en un determinado ámbito de valores; más bien, el éxito de la obra consiste fundamentalmente en hacer problemático dicho ámbito y en poner en duscusión su propia condición, en mostrar su capacidad de ironización y de autoironización de la propia operación artística. (p.51)
La experiencia estética se aproxima cada vez más a lo que Benjamin llamó la «percepción distraída» (p.56). Esto nos obligaría a dar un paso más allá de la metafísica porque, desde ella, se anularía hoy la experiencia del arte:
En segundo lugar, el arte en general tiene, precisamente en cuanto es puesta por obra de la verdad, una esencia decorativa y «periférica» (p.79), y no surge de él una verdad profunda y esencial. "...el arte ornamental llega a ser aquí el fenómeno central de la estética y, en última instancia, de la meditación ontológica (...). Lo que se pierde con esta fundación y fondo del ornamento es la función eurística, crítica, de la distinción entre decoración como adorno y lo "propio" de la cosa y de la obra." (p.81). O lo que se gana es la no distinción entre centro y periferia, entre profundidad y superficie.
En síntesis, la lectura de la obra de arte a partir de la ontología heideggeriana entendida como «ontología débil» significa que
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