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Juego y trabajo
Trabajo y juego actúan hoy en el mismo escenario, si bien en distintas dimensiones, y se diferencian como dos maneras distintas de situarse frente a lo real. Al considerar el trabajo como una actividad cuyo fin es conseguir una finalidad impuesta desde el exterior; el juego es entendido como la actividad por la actividad misma, actividad autotélica. Si el valor del trabajo reside en los resultados y su acción se orienta hacia un más allá que la justifica, presupone un proyecto que la lanza fuera de sí; el juego contiene siempre en sí mismo su fin y no tiene nada que esperar de la trascendencia, a no ser su negación. Mientras que en el trabajo el tiempo se divide en tres momentos -presente, pasado y futuro-, en el juego la actividad es rescatada del transcurso del tiempo y vive todo momento en un eterno presente.
El juego, al contrario del trabajo, es inútil, no aspira a atender necesidades humanas, y es mera casualidad si se revela útil para el jugador. La acción lúdica no se sale de sí sino que se basta y se alimenta de su propia substancia, y aunque puede haber fines, éstos se funden con los medios.
De este contraste se originan las críticas de Huizinga y de Bally en torno a la ausencia de lo lúdico en el mundo contemporaneo donde la técnica (actividad heterónoma dependiente de un fin trascendente) suprime el juego (actividad autónoma que posee su fin en sí), causando la perdida de la libertad:
En este mundo del conocimiento de dominación y progreso (....) se encuentra desierto el distrito de la libertad y entumecida la vida. (Bally, p.98).
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