SIGNIFICACIONES DEL LIBRO

HISTORIA DEL LIBRO
LAS FORMAS  ESCRITURALES
 

Aunque en Oriente se desarrollaron las primeras formas de impresión y se inventó y utilizó la imprenta de tipos móviles en el siglo XI, la masificación de la producción de libros y la democratización de su lectura fueron efectos significativos de la impresión de libros mediante la prensa de tipos móviles ideada por Gutemberg. Elizabeth Eisentein, en su obra de referencia obligada, analiza en detalle los efectos de la imprenta en el siglo XV, entre ellos, su influencia sobre el movimiento de la reforma protestante, la práctica religiosa católica, el renacimiento italiano, el desarrollo del capitalismo, el surgimiento de las ciencias modernas, la escolarización entre otros. Sin embargo, la imprenta "no constituye una ruptura comparable a la que condujo a los hombres de Occidente, en los siglos II y III de nuestra era, a volver a aprender totalmente el uso del libro, cambiando en su forma, en su organización y en sus posibles usos." (Chartier, libros...23), es decir, el paso del rollo al códice, "primera revolución de los soportes" de la escritura. Chariter fundamenta su juicio en que el libro no se modificó por esta invención moderna. En tanto heredero del manuscrito y, por lo menos hasta cerca de 1500, continuó dependiendo de él, y no sólo con respecto a las formas mismas del objeto que sigue siendo un conjunto de hojas dobladas reunidas en cuadernos amarrados unos con otros.

Por otro lado, todos los sistemas de referencia que se han intentado asociar con la invención de Gutenberg son muy anteriores a él:

así, las marcas que, como las signaturas o los reclamos a pie de página, debían permitir reunir los cuadernillos sin desorden; así, las referencias que deben ayudar a la lectura, por ejemplo, numerando sus cuadernillos, las columnas y las líneas, haciendo visibles las articulacioes de la pagina (mediante el empleo de iniciales adornadas, rúbricas y letras marginales), instituyendo una relación analítica, y no sólo espacial, entre el texto y sus glosas, marcando tipográficamente la diferencia entre el texto comentado y sus comentarios. Formado por cuadernillos que pueden ser hojeados, organizando un claro desglose del texto que contiene, el codex puede ser fácilmente indizado, cosa que no ocurría con el volumen, difícilmente consultable y en el que sigue siendo difícil la localización de un texto. Las concordancias, los cuadros alfabéticos, los índices sistemáticos se generalizan, por tanto, en la época del manuscrito, y es en los scriptora monásticos y universitarios donde se inventan esas organizaciones racionales del material escrito, pronto utilizadas por los impresores. Por otro lado, es en los últimos siglos del libro copiado a mano cuando aparece una jerarquía duradera de los formatos que diferencia el gran folio, que debe ser  colocado para ser leído y que es libro de universidad y de estudio; el libro humanista, más manejable en su formato quarto, que da a leer los textos clásicos y las novedades literarias; y, finalmente, el libellus, el libro portable, de bolsillo o de cabecera, de empleos múltiples, religiosos o seculares, para los lectores más numerosos y menos encopetados. El libro impreso será heredero directo de esa partición, asociando de modo estricto el formato del libro, del género del texto, el momento y el modo de la lectura. (Chartier, libros...22-23)


El libro impreso se sigue considerando como algo que debe terminarse a mano: "la mano del iluminador que pinta iniciales adornadas o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o emendator, que añade signos de puntuación, rúbricas y títulos; la mano del lector que inscribe sobre la página notas e indicaciones marginales (Chartier, Del códice a la pantalla, 44)

Pero por otra parte, Ong afirma que lo impreso refuerza y transforma los efectos de la escritura en el pensamiento y la expresión (117): "la impresión reemplazó el persistente predominio del oído en el mundo del pensamiento y la expresión con el predominio de la vista, que tuvo sus inicios en la escritura pero que no pudo properar sólo con el aporte de ésta. La imprenta sitúa las palabras en el espacio e manera más inexorable de lo que jamás lo hizo la escritura. Ésta traslada las palabras del mundo del sonido a un mundo de espacio visual, pero la impresión las fija en éste." (Ong, 120-121) La impresión mecánica produce un espacio homogéneo, ordenado, claro, simétrico, repetible idénticamente, que facilita la lectura rápida y silenciosa y que tendrá importantes consecuecias en el desarrollo académico y científico. Este espacio toma, además, nuevas connotaciones cuando se establece su relación con elementos visuales definitivos en el ámbito tipográfico como son el uso de los listados alfabéticos, de portadas, de gráficos complejos de todo orden y del espacio tipográfico abstracto -creado por la relación entre las palabras, su posición espacial y los espacios en blanco- que se convierte en un elemento expresivo de la literatura.

Además, la cultura tipográfica crea  todo un mercado al rededor de la producción de libros que dió forma a las modernas leyes de propiedad intelectual y literaria sobre una obra original y la consiguiente condena generalizada contra el plagio. Los conceptos romanticos de "originalidad" y "espíritu creador", asociados directamente a la cultura del libro impreso, aislan aún más una obra de otras y la percibe como una unidad cerrada e independiente de influencias exteriores; en clara contradicción con las teorías contemporáneas sobre la intertextualidad y la polifonía.

A propósito, Ong resalta la vinculación entre lo impreso y "lo concluido": "Lo impreso produce una sensación de finitud, de que lo que se encuentra en un texto está concluido, de que ha alcanzado un estado de consumación. "(130). Tras la impresión, el texto ya no permite cambios, representa las palabras del autor en su versión definitiva, por lo tanto, la intervención del texto por parte de los lectores es imposible. En este mismo sentido, Chartier señala como limitación considerable del soporte libro la reducción de  las posibles intervenciones del lector: "desde el siglo XVI, es decir, desde la época en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los títulos, títulos de capítulos o títulos corrientes que, en tiempos de los incunables, se añadían a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor del libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios vírgenes del libro. El objeto impreso le impone su forma, su estructura, sus disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación. Si el lector pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el objeto, sólo puede hacerlo ocupando subrepcticia, clandestinamente, los lugares del libro que deja la escritura impresa: interiores de la encuadernación, folios dejados en blanco, márgenes del texto, etcétera."(Chartier, "Del códice a la pantalla", 47)

Desde otra perspectiva, no puede obviarse el prestigio del libro, soporte de la cultura escrita desde los inicios de la cristiandad en Occidente hasta nuestros días, como garantía de la permanencia del pensamiento, de la historia y del yo protagonista reflexivo, creador y propietario de la obra literaria.

Ante la amenaza del desplazamiento de la escritura y su soporte tradicional por las nuevas técnicas se tiende a resaltar el libro como espacio donde el yo (autor y lector) puede permanecer, residir en un ámbito seguro. En palabras de Julián Marias:

En el libro se puede morar. En cierto sentido está siempre presente, disponible, ofrecido en su integridad. Se puede buscar en él cualquier pasaje o página que interese; se le puede ojear  sin que se desvanezca su integridad, aislar un fragmento mientras la totalidad permanece. Pero a la vez tiene una estructura temporal y sucesiva -como nuestra vida-, no se disuelve en elementos aislados, es un camino (en griego, méthodos) que lleva de una afirmacion a otra, de una verdad a otra encadenada, concatenada con las anteriores, sin desaparición -sin olvido- de ninguna. (p.56)
Estas posiciones opuestas exponen bien la situación cultural actual,  en la cual, las formas escriturales propias de la cultura caligráfica y de la cibercultura parecen debatirse. Lo importante aquí es señalar como cada una de ellas determina formas propias de escritura y de lectura -lineal en la primera, no lineal  o en "red" en la segunda- y cómo estas formas se relacionan a determinados modos de pensamiento y de creación que definen,  a su vez, determinados marcos culturales.
 
EL LIBRO-JUEGO
EL HIPERTEXTO