Se a grupa bajo esta denominación, entre otras, las novelas de Nathalie Sarraute: Tropismes, Protrait dún Inconnu, Planetarium, Martereau, Les Fruits d'Or; de Alain Robbe-Grillet: Les Gommes, Le Voyeur, La Jaluosie, Dans le Labyrinthe, Instantanés; de Claude Simon: Le vent, L'herbe, Le Palace, La Route de Flandres; de Michel Butor: Passage de Milan, L'Emploi du Temps, La Modification, Degrés; de Samuel Beckett: Molloy, L'innommable, Commen c'est; y muchas otras que estimulan L'Ecole du Regard que Jean Paul Sartre convierte en sinónimo de la "antinovela".
Robbe-Grillet sintetiza así los rasgos característicos de la "Novela nueva" :
en el relato modernos, diríase que el tiempo se halla cortado de su temporalidad. Ya no corre. Ya no realiza nada. Y ello es tal vez lo que explica esa decepción que se sigue de la lectura de un libro de hoy, o la proyección de una película. Así como un "destino", aunque fuera trágico, tenía algo de satisfactorio, por el contrario las más hermosas de las obras contemporáneas nos dejan vacíos, desconcertados. No solamente no aspiran a ninguna otra realidad que no sea la de la lectura o el espectáculo, sino que además parecen siempre estar poniéndose a sí mismas en tela de juicio a medida que van construyéndose. En ellas el espacio destruye al tiempo, y el tiempo sabotea al espacio. La descripción se atasca se contradice, se muerde la cola. El instante niega la continuidad.
Ahora bien, si la temporalidad colma la espera, la instantaneidad la decepciona; de la misma manera que la discontinuidad espacial se libera de la trampa de la anécdota. Esas descripciones cuyo movimiento quita toda confianza en las cosas descritas, esos protagonistas carentes de naturalidad e identidad, ese presente que va inventándose sin cesar, como siguiendo a la escritura, que se repite, se desdoble, se modifica, se desmiente, sin jamás llegar a conglomerarse para constituír una pasado -y por consiguiente una "historia" en el sentido tradicional- todo ello no puede por menos de invitar al lector (o al espectador) a otro modo de participación distinto de aquel al que estaba acostumbrado. Si se ve llevado a veces a condenar las obras de su época, es decir las que más directamente se dirigen a él, si llega incluso a quejarse de ser deliberadamente olvidado, mantenido al margen, ello es debido únicamente a que se obstina en buscar un tipo de comunicación que ya no es, desde hace tiempo, el que se le propone.
Pues, lejos de ignorarle, el autor proclama hoy la absoluta necesidad que tiene de su colaboración, una colaboración activa, consciente, creadora, lo que le pide, no es ya que reciba completamente preconcebido un mundo acabado, pleno, cerrado sobre sí mismo, sino que participe por el ocntrario en una creación, que invente a su vez la obra -y el mundo- y que aprenda así a inventar su propia vida. (Robbe-Grillet, 173-174)
Por todo ésto los escritores
que confluyen en este "movimiento" experimentan directamente con las estructuras
discursivas aplicando métodos de composición numérica
o geométrica ("La modification" de Butor, "Labyrinthe"de Robbe-Grillet),
técnicas de encajamiento o "puesta en abismo" ("Les fruits d'or"de
Nathalie Sarraute, "La route des Flandres" de Claude Simon). Según
el novelista Ricardou este modo de composición consiste primero
en idear un dispositivo narrativo y de él deducir la historia, es
decir, el movimiento contrario al usual. (Gunhut, 57). Los
escritores de la "novela nueva" proponen "libros-juego" con rompecabezas,
laberintos y cartas que, en opinión de Gunhut, son "juegos serios"
que ponen en funcionamiento mecanismos más intelectuales que verdaderamente
lúdicos (56). Serán, según este mismo autor, escritores
de otras latitudes quienes le den a su escritura un sentido más
cercano a lo "no-serio" y a lo humorístico, entre éstos,
Calvino (inscrito también como integrante del grupo Oulipo
lo que confirma la dificultad de señalar fronteras o "escuelas"),
el brasileño Osman Lins y Cortázar.