|
Hipertexto
y literatura
|
Una perspectiva sincrónicaEsto anuncia Kernan en la primera página de su libro: la literatura en los últimos 30 años ha vivido una época de disturbios radicales: internamente los valores del romanticismo y del modernismo han sido completamente trastocados. Al autor, cuya imaginación creadora se tenía como fuente de la literatura, se le declara muerto o un simple ensamblador de diversos retazos de lenguaje y de cultura; los escritos ya no son más que collages o textos. A la gran tradición literaria se la ha descompuesto de diversas maneras. La propia historia queda descartada como pura ilusión diacrónica. Se sostiene que la influencia de los grandes poetas no sólo no es benéfica, sino más bien una fuente de angustia y debilidad. Las grandes obras carecen de sentido: están plagadas de infinidad de sentidos, pues todo sentido es siempre provisional. La literatura en vez de ser vehículo y modelo de experiencias se la trata como discurso autoritario, como la ideología de un patriarcado etnocentrista. La crítica, otrora la sirvienta de la literatura, ha proclamado su independencia e insiste en que ella es también literatura. Desde afuera se acusa a la literatura de elitista y represiva. La televisión, cada vez más, desplaza al libro, y su forma idealizada, la literatura, sufre el impacto más fuerte. Se agrava la crisis del analfabetismo, lo que ha obligado a convertir los cursos universitarios de literatura (e incluso los programas) en cursos de composición y redacción. Las inscripciones en los departamentos de literatura bajan, y en las universidades nuevas ya no aparecen los programas de literatura y en vez de eso surgen las facultades de comunicación. La literatura “seria” ya no cuenta con público, ni distribución, y la crítica ha deconstruido los principios básicos, declarando la literatura como categoría ilusoria, que el poeta ha muerto, que la obra es sólo un texto, el lenguaje incapaz de soportar un sentido y la interpretación como asunto de elección personal. De otro lado, la literatura se ha utilizado como propaganda política en favor de la igualdad de sexos y de razas. También la educación literaria habría sufrido sus trastornos: no sólo debido al bajón en la capacidad de lectura, sino a una especie de extensión del relativismo en medio de la comunidad universitaria misma que habría generado en los profesores una proclividad a desdeñar los valores de esa educación, y habría provocado en los estudiantes el abandono de la lectura de las grandes obras “para vivir en un estupor de tolerancia universal, apatía e ignorancia” (Kernan, 12). Todo esto es como un gran sumario de la situación de la institución literaria hoy. Pero quizás lo más interesante de este diagnóstico es que Kernan lo asimila a un conjunto de signos que reflejan una situación más preocupante: la desaparición de la cultura del libro: Al echar una mirada atrás, parece increíble que a estas concepciones (las de una literatura romántica) se les haya tomado en serio hasta hace tan poco tiempo. Pero ahora han desaparecido, y para los sobrevivientes del viejo orden, a menudo desconcertados, refunfuñones y furiosos, el cambio no es más que otra traición de los escribanos, a los cuales se identifica a menudo como un grupo de críticos radicales que practican... la hermenéutica de la sospecha (Kernan, 14). Entre los escribanos habría que considerar a las feministas quienes
acusan a la vieja literatura como instrumento del dominio masculino. Y
a los neomarxistas, para quienes la literatura es una institución
capitalista, aparato disfrazado de su hegemonía. También
a los freudianos, para quienes la literatura es otra forma de represión
del instinto y de los instintos revolucionarios. No sólo las artes, sino nuestras instituciones tradicionales, la familia, la ley, la religión y el estado, se han descompuesto... (y la gravedad de estos cambios hacen) que la muerte de la literatura romántica parezca baladí. Observar qué le ha ocurrido a la literatura como parte de la revolución social llamada laxamente posindustrialismo que ha venido transformando la vida moderna en occidente, y en menor grado en el segundo y tercer mundos, proporciona a la vez un marco histórico para entender el cambio literario y una escala que mide con precisión el papel interesante pero limitado que ha desempeñado en lo que está ocurriendo. En efecto, la muerte de la literatura podría resultar interesante sólo por la manera esquemática y precisa en que representa cambios que suceden en otras partes, la familia por ejemplo, en formas más complicadas y menos obvias... ofrece casi un ejemplo de laboratorio del modelo de cambio institucional (Kernan, 14). Claro que, para quitarle un poco de melodramatismo a la cosa, Kernan finaliza su cuadro arguyendo que más que acción revolucionaria o apocalipsis, lo que la crítica radical ha hecho es “ejercer, su función tradicional de preservar lo que puede salvarse... estamos presenciando las transformaciones complejas de una institución social en una época de cambios radicales en la política, la tecnología y la sociedad” (Kernan, 17). Kernan insiste en que la “vieja literatura” del romanticismo y el modernismo murió en parte por suicidio, en parte por asalto criminal: Se podrían echar culpas particulares, pero es mejor entender esto como parte de un cambio cultural en el que la deconstrucción y la televisión juegan un papel importante, pero sólo constituyen aspectos de una alteración social más amplia (Kernan, 204). ¿Y cuáles son esos signos que conectan las reacciones frente al hipertexto con la muerte de la literatura y a ésta con la mutación de los diversos ordenes contemporáneos? Kernan los sintetiza así: La transformación de una economía manufacturera en una economía de servicios, el paso de un modo de obtener información basado en la imprenta a un modo electrónico, de una economía de la escasez y el ahorro a la “sociedad de la abundancia” consumista, de una política de la representación a una política del activismo social individual y grupal, de una concepción positivista de los hechos a una concepción relativista de la “imagen”, de una aceptación de la autoridad a la libertad individual del elegir, y de una disciplinada autonegación al hedonismo, la permisividad, al autoindulgencia y el culto al narcisismo (Kernan, 205). Visto este contexto no resulta extraño que la literatura se derrumbe. No se sabe que será de ella en el futuro, afirma Kernan, a lo mejor desaparezca con la imposición de una cultura electrónica o a lo mejor quede reducida a un papel ceremonial o, en tanto acontecimiento histórico, quizás termine en el basurero de los sueños de la historia. ¿Cuáles son, finalmente, las lecciones que nos ofrece Kernan con la ubicación de una “muerte de la literatura” en el contexto histórico y en el panorama de los cambios actuales? Antes que nada, el doble llamado que reseñábamos al comienzo: el arte tiene que hacer su tarea, pero ésta no puede darle la espalda a la sociedad que le tocó vivir. Y la nuestra es una sociedad que ha incluido de forma orgánica las nuevas tecnologías en el panorama de la cultura. Que sea el hipertexto de ficción el llamado a realizar el papel de las viejas obras literarias o no es un aspecto puramente circunstancial; pero que hay que pensar en una nueva literatura, pareciera un primer corolario importante en este recorrido que hemos desarrollado. Una segunda lección es que el arte ligado a un programa ideológico tiene necesariamente una vida de corta duración: la que corresponde a su propia base ideológica. Esto nos obliga a pensar: ¿qué ideología hay detrás de una promoción del hipertexto? ¿Hace parte tal ideología de una historia de larga duración o estaría condenada a un paso efímero? Resolver esta pregunta nos llevará, más adelante, a examinar los imaginarios y políticas en conflicto alrededor de las actitudes ante el hipertexto. Finalmente, para comprender mejor el problema del hipertexto que nos hemos planteado será conveniente abrirnos a otras estructuras de englobamiento de lo cultural. Esperamos hacer esta tarea en los dos apartes que siguen: en el primero, examinaremos qué tanto tiene que ver el hipertexto con una estética posmoderna. Luego, acudiendo a lo propuesto por Calabrese en su libro La era neobarroca, observaremos si el hipertexto podría ser incluido dentro de los nuevos objetos barrocos de los que nos habla el semiólogo italiano. |