Introducción
Digamos, para comenzar este aparte, que la necesidad de incluir el debate
modernidad/posmodernidad, como parcela de la arena ideológica que
se configura con la discusión sobre el hipertexto, se justifica
desde tres ángulos. De un lado, es una manera de explicitar y complementar
el panorama de tensión entre la vieja y la nueva literatura que,
siguiendo a Kernan, acabamos de dejar planteado. De otro, el origen mismo
de la investigación está ligado a la discusión sobre
un supuesto reto que la sociedad posmoderna estaría planteando
a la literatura. Recordemos que Samperio partía de la afirmación
de que la cultura posmoderna habría instaurado al menos dos “vicios”
que estarían afectando la supervivencia de la novela: la sustitución
de lo simple por lo complejo y el impacto de lo tecnológico, percibido
como sistema de pensamiento o mentalidad. Finalmente, la necesidad de
ampliar el campo de convergencia propuesto por Landow,
que, según mi apreciación, debe incluir también las
“anticipaciones” de cierta literatura posmoderna. Estas tres “resonancias”
de lo posmoderno serán, pues el tema a desarrollar en esta sección.
EL DISCURSO SOBRE EL HIPERTEXTO Y LAS ESCRITURAS DE LA
POSMODERNIDAD:
UNA COMPILACIÓN NECESARIA.—
Si Kernan afirma que
la literatura que está en vías de extinción es la
literatura romántico-modernista, una manera fácil de nombrar
la nueva literatura, sería, precisamente, con el alias de posmodernista.
Kernan incluye entre los miembros activos de la nueva literatura a los
“escribanos radicales”: posestructuralistas, feministas, neomarxistas,
freudianos, etc. Sin embargo se cuida mucho de englobar a éstos
bajo el nombre de posmodernos. ¿Por qué? La respuesta estaría
en el hecho de que la dinámica de los cambios en la institución
literaria resulta mucho más compleja que la simple tracción
entre dos universos en conflicto. El segundo universo, el de los escribanos,
está a su vez tensionado. Y habría al menos un conflicto
muy claro entre posestructuralistas propiamente dichos y neomarxistas.
Esto nos recuerda Raymond
L. Williams, un autor que ha seguido muy de cerca el debate entre
modernos y posmodernos : que el debate modernidad/posmodernidad es también
un debate político-académico, en la medida en que se ponen
en juego ciertos intereses profesionales:
Para algunos observadores del “debate” modernidad/posmodernidad, los
que defienden modernidad y modernism son los neomarxistas de Critical
Theory y los del lado del posmodernismo simpatizan con el posestructuralismo
de Michel Foucault, Jackes Derrida, Gilles Deleuze, Jean Baudrillard y
otros (Williams, 65).
Así pues, estos intereses profesionales en conflicto estarían
agravando el problema de la “sucesión” de la literatura romántico-modernista.
Sin embargo, Williams nos recuerda que las diferencias entre posestructuralistas
y neomarxistas no son tan tajantes, y, acudiendo al sociólogo Scott
Lash, propone más bien distinguir dos tipos de posmodernidades:
una institucional y otra progresista (Williams, 71). En la primera se
deberían incluir los objetos culturales que circulan como esa síntesis
entre lo cultural y lo comercial (tiras cómicas y novelas best-sellers),
es decir, lo que Samperio llamaba géneros livianos. El posmodernismo
contestatario habría que identificarlo, más bien, con la
circulación de esos productos que en cambio de promover los valores
del consumo o del individualismo, apuntan a expresar otros valores: la
identidad colectiva y la reconstrucción de la comunidad.
Desde esta perspectiva es como algunos objetos culturales, derivados
de los mass media y de las nuevas tecnologías, podrían jugar
del lado del posmodernismo progresivo. Williams, para sustentar esta última
posibilidad, recuerda lo que afirma el filósofo italiano Pietro
Barcellona (en su libro: posmodernidad y comunidad. Madrid: Editorial
Trotta, 1992), en relación con una valoración positiva de
estos objetos: que los mass media y las nuevas tecnologías no son
un simple “espejo” de las diferencias (de lenguajes y de culturas
que pone en evidencia la globalización), sino que actúan
como un transformador que convierte las diferencias en entidades conmensurables,
es decir, que hace posible las equivalencias y la comunicación,
aunque sin bloquear la (también posible y legítima) lectura
plural de las imágenes. Así es como las nuevas tecnologías
pueden servir (al menos teóricamente) tanto para la homogeneización
y la individualización como para la generación de comunidad
(es decir, del lado institucional, como del progresivo).
¿Hay, pues, una falsa posmodernidad? ¿Hay una verdadera
posmodernidad? Intentaré contestar estas preguntas, en la medida
en que una respuesta adecuada a ellas, facilitará la posibilidad
de comprender también las posiciones desplegadas frente a la pertinencia
del hipertexto en la literatura. Para ello, sin embargo, se hace
necesario un recuento de lo que podríamos llamar el entorno discursivo
sobre la posmodernidad. Voy a acometer aquí uno de los posibles
inventarios del debate, tratando de dar cuenta de diversos tipos de perspectiva,
con la convicción de que ese recuento puede servir después
para observar mejor la relación entre hipertexto y posmodernidad.
Una cosa está clara: hablar de posmodernidad es todo un lío.
Como si el término por sí sólo poseyera esa extraña
capacidad de convocar atavismos, como si su sola pronunciación
provocase irremediables polarizaciones. No hay duda: el término
se presta maravillosamente para agrupar más allá (o más
acá) de conceptos o ideas claras, cierto subsuelo emocional, cierto
estado de ánimo, cierto rango de experiencias vitales, pero la
verdad es que a la palabra posmodernidad no se le pueden atribuir los
privilegios (o desviaciones) de significado que se le quieran dar. Es
el discurso (o mejor aún), la escritura que la acompaña
lo que le determina su propia carga .
Toda expresión del tipo "posmodernidad es X" o "posmodernidad
no es Y", carece de pertinencia, incluso es falsa. La palabra posmodernidad
no posee más valor que el que le confiere su inscripción
en una cadena de sustituciones posibles, en lo que suele llamarse un "contexto";
no tiene interés más que dentro de un contexto en donde
sustituye o se deja determinar por otras palabras; por ejemplo, hipermodernidad,
antimodernidad, neo-modernidad, tardomodernidad, pseudomodernidad, supramodernidad,
neovanguardia , que a su vez deberían estar descritas por otras
cadenas de sustitución.
La dificultad radica, pues, en el hecho de que la discusión sobre
posmodernidad implica un discurso (mejor aún, una escritura) y
éste no es homogéneo, ni siquiera es integrable y cualquier
intento de determinación o definición obliga necesariamente
a la fragmentación (y, por tanto, a la complementariedad), es decir,
a la ideologización.
Así por ejemplo, para algunos (entre ellos para el filósofo
español Jesús Ballesteros), posmodernidad debe ser entendida
como "resistencia"; cualquier otra acepción caería en el
calificativo opuesto de "decadencia" . Sin embargo, este discurso
va en contravía de otro (y específicamente del de Vattimo)
que identifica la posmodernidad precisamente como la pérdida de
resistencias .
|