En Colombia, dos obras dominan el panorama de la narrativa del
siglo XVII: El carnero y, El desierto prodiqioso y prodigio del
desierto .
El carnero, de Juan Rodríguez Freile (Bogotá,
1566 - ¿ 1640?) fue escrita, según se cree, a partir de 1620
y cub)re hasta 1636. Fue conocida por pequeños grupos de
lectores en varios manuscritos, de los cuales se han descubierto
cinco. Estas copias, al ser cotejadas, presentan diferencias, sobre
todo de estilo. Fue editada bajo el cuidado de Felipe Pérez
en 1859, en Bogotá, por la imprenta de Pizano y Pérez,
y desde entonces figura en los textos de historia como una de las
obras fundadoras de la literatura colombiana. A lo largo del siglo
XX ha sido ampliamente editada y estudiada. Está compuesta
por «casos», o «historielas», es decir, pequeñas anécdotas
o episodios de la vida diaria (fundaciones de ciudades, la llegada
de españoles a ocupar cargos públicos, intrigas, amores,
asesinatos, leyendas) entremezclados con digresiones de tipo moral.
La obra adquiere, a veces, carácter de historia, aunque muchos
de los datos que aporta son errados; otras veces de crónica,
ficción o testimonio.
La destreza narrativa y el aire de fantasía y leyenda que
campea por muchas de sus páginas, han motivado a algunos
críticos a hablar de un supuesto «elemento novelescos que
pudiera servir de punto de partida de la tradición novelística
nacional4,. En mi concepto, sin embargo, El Carnero
carece de la unidad suficiente para llenar este propósito.
No presenta una anécdota conductora totalizante, la voz narrativa
permanece anónima, ningún personaje se desarrolla
a través de varios episodios de tal manera que llegue a constituirse
en protagonista, y las categorías de espacio y tiempo aparecen
fragmentadas y dispersas.
El desierto prodigioso y prodiqio del desierto fue escrita
a mediados del siglo XVII por Pedro de Solís y Valenzuela
y permaneció inédita por más de trescientos
años5. Careció de epígonos y también
de lectores y de la critica de sus contemporáneos. Su importancia
radica hoy en las vías insospechadas que su estudio puede
abrirle al conocimiento de la literatura colonial. Es una obra extensa,
compleja en su estructura por los innumerables textos intercalados,
rica en formas lingüísticas y en estrategias de autoconciencia
poética. Recoge elementos del mester de clerecía medieval
y de las tradiciones hagiográfica, ascética, pastoril
y épica, dándoles un tratamiento barroco a tono con
el panorama literario y cultural del siglo de oro español.
Su interés por los temas teológicos y místicos
es tan obsesivo que hoy podemos considerarla como pieza clave de
la «prehistoria» o «edad media» literaria de Colombia. Desde la
perspectiva estructural, comporta una forma orgánica y un
anhelo de totalidad que nos permite verla como perteneciente al
género novela, en forma mucho más apropiada y convincente
que El carnero, tal como espero demostrar en las páginas
siguientes.
EL AUTOR Y SU FAMILIA
Antes de abordar el estudio de la obra es necesario presentar una
noticia breve sobre el autor y algunos miembros de su familia, debido
a las estrechas relaciones que existen con el texto. Un tío
abuelo del autor, don Pedro Fernández de Valenzuela, llegó
con la expedición conquistadora de Gonzalo Jiménez
de Quesada, participó en la fundación de la ciudad
de Santa Fe de Bogotá en 1538 y exploró, con otros
conquistadores, la región esmeraldífera de Somondoco.
El padre del autor, quien también se llamaba Pedro, vino
a Cartagena por petición de su tío, pasó por
Perú y Chile y se radicó en Bogotá. Habla estudiado
medicina en Alcalá y al final de su vida se le conocía
como curandero prodigioso y adivino. Escribió sobre plantas
nativas; dejó fama de místico, usaba cilicios y demostró
una obsesión por la muerte a tono con la época: en
su casa de Bogotá exhibía un ataúd, una mortaja
y los cirios que habrían de usarse a la hora de su muerte.
Tuvo con su esposa, Juana Vásquez de Solís, cuatro
hijas, tres de ellas monjas, y tres hijos, dos de los cuales abrazaron
también la vida religiosa. Siendo octogenario se retiró
a la región de Guaduas, donde hizo vida de ermitaño.
Fernando Fernández de Valenzuela (1616 - 1677), hermano
mayor del autor , a la edad de 22 años y siendo ya doctor
en teología, fue escogido por las autoridades civiles y eclesiásticas
de Bogotá, en 1638, para que acompañara a España
el cadáver del Arzobispo Fray Bernardino de Almansa, muerto
unos años antes en el desierto de La Candelaria, cerca de
Tunja. El cadáver, que habría de ser depositado en
el convento madrileño de Jesús, José y Marta,
se encontraba incorrupto y exhalaba un suave olor «semejante al
de las piñas», hecho que se consideraba milagroso. Fernando
ingresó después en la Cartuja del Paular con el nombre
de Bruno. Antes de partir de Bogotá dejó escrito,
y se conserva, un Thesaurus Linguae Latinae, explicativo
del libro XIV de la Gramática latina de Nebrija.
Pedro de Solís y Valenzuela, el autor, nació y murió
en Bogotá (1624 - 171 l). Creció y se educó
en ese ambiente místico y letrado de la primera mitad del
siglo XVII. Estudió en el Colegio de San Bartolomé
con los jesuitas y desde joven se inclinó por las letras.
Escribió, además de la obra que comentamos, las siguientes:
Panegírico Sagrado en alabanza del seraftn de las
soledades, San Bruno (1646), Epítome Breve de la vida
y la muerte del Ilustrísimo doctor Bernardino de Almansa
(1646) y Fénix Cartuxana: vida del gloriosísimo
patriarca San Bruno (1647). Fue ungido sacerdote antes
de 1650; poco después, con otros religiosos, fundó
el monasterio y la Iglesia de Monserrate en Bogotá. Ejerció
como juez del tribunal de la Inquisición y como sacerdote
capellán de pueblos indígenas cercanos a Bogotá
.
OBRA EN PROCESO
En su forma original está contenida en dos manuscritos de
puño y letra del autor. El primero fue descubierto
en Madrid, en 1963 , y actualmente reposa en la Biblioteca de la
Fundación Lázaro Galdiano de dicha ciudad. Contiene
veintiún «mansiones» (así llama sus capítulos
el autor). El segundo fue descubierto en Medellín, en 1970,
y contiene sólo las tres primeras mansiones. En la actualidad
reposa en el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá.
La primera inquietud tiene que ver con la integridad del texto.
Ninguno de los dos manuscritos es una obra acabada, razón
por la cual es necesario tomar ambos en consideración. El
de Madrid, escrito hacia 1650, y el de Medellín, hacia 1673,
representan dos etapas intermedias de elaboración. La crítica
contemporánea ha acuñado el término avant
text para designar aquellos borradores previos a la «obra final»;
término que en este caso tiene plena aplicación: ambos
presentan tachones, trozos de papel pegados sobre un texto anterior
y gran cantidad de anotaciones al margen, que los editores han transcrito
cuidadosamente. Algunas de tales notas son del tenor de la siguiente:
«Esta (poesía) se ha de quitar de aquí y poner otra
cossa a propósitos (TI, p. LXIX). A veces es posible (si
se trabaja con los manuscritos) leer a trasluz el texto desechado
(TI, p. 13) o la palabra tachada, todo lo cual refleja las opciones
lingüísticas y poéticas que tuvo el autor en
su momento.
Los dos manuscritos presentan diferencias notables que, al estudiarlas,
permiten apreciar el proceso creativo. El de Medellín incluye
una dedicatoria inconclusa al Arzobispo D. Melchor de Liñán
y Cisneros, comporta un estilo más depurado y ciertas descripciones
han sido ampliadas y mejoradas. Contiene notas marginales escritas
por lectores anónimos. También hay diferencia en cuanto
a los textos intercalados. Todo esto evidencia de manera dramática
su condición de obra en proceso. Los editores opinan que
hacia 1673 el autor emprendió la copia y revisión
de su primer manuscrito, que dejó inconclusa por haberlo
enviado a España para su publicación . Esta nunca
se llevó a cabo y el original nunca regresó a Colombia.
En su versión moderna consta de tres tomos publicados entre
1977 y 1985.
LA ANÉCDOTA CENTRAL
Una anécdota central da a todo el conjunto su estructura
orgánica. El narrador, en tercera persona, esconde su identidad
hasta el final; se trata del personaje Pedro. Dicha anécdota
puede resumirse de la siguiente manera: un grupo de jóvenes
bogotanos (Andrés, Fernando, Pedro, Antonio) va de cacería
por la época de vacaciones al desierto de La Candelaria.
Andrés persigue un ciervo y, de repente, se halla en la cueva
de un ermitaño. La explora y encuentra una profusión
de poemas sobre la muerte y la salvación del alma, pegados
en las paredes y sobre los muebles; encuentra también un
altar, un esqueleto y unos cartapacios que contienen textos en prosa
de carácter teológico. Queda conmovido. Escribe poemas
en respuesta a los que encontró y, al caer la tarde, toma
los cartapacios, abandona las armas y se reúne con sus compañeros
para leer el contenido; todos quedan maravillados por las enseñanzas
que reciben. Al día siguiente regresan a la cueva y entran
en amistad con el ermitaño, de nombre Arsenio, quien inicia
la narración de su vida.
Estos episodios tienen como consecuencia la conversión de
Andrés, quien solicita ingresar al vecino monasterio de La
Candelaria, de la orden de los Agustinos recoletos. Los protagonistas
continúan con la escritura de versos: Pedro sobre el tema
de la muerte, Antonio sobre el nacimiento de Cristo, Fernando sobre
San Bruno y Andrés sobre las enseñanzas de San Agustín.
Arsenio, por su parte, avanza en la narración.
Andrés recibe el hábito de San Agustín el
día de Navidad. Se celebran fiestas religiosas, representaciones
de autos sacramentales y largas discusiones teológicas, todo
lo cual se describe minuciosamente en el texto.
Pedro, Fernando y Antonio regresan a la capital y son reprendidos
por el padre, quien les reprocha su tardanza. Más adelante,
Fernando es elegido por las autoridades eclesiásticas para
acompañar a España el cadáver incorrupto del
arzobispo Almanza, muerto años atrás. Ante tantas
conversiones milagrosas y hechos prodigiosos, el padre también
decide obtener licencia de su esposa para retirarse a la vida contemplativo,
en la vecina población de Guaduas. Un tiempo después
se reúnen en esta población varios de los protagonistas
para leer dos misivas, una de Fernando llegada de España,
quien ha tomado el nombre de Bruno; y la otra con la noticia de
la muerte de Arsenio. Se anuncia, entonces, una «segunda parte»
y poco más adelante la novela queda inconclusa (posiblemente
se perdió una o varias páginas finales del manuscrito
de Madrid). En la última mansión, la voz del autor
aflora para expresar que «ya no es justo que dissimule los nombres
propios como enpezé al principios (T.II,, p.446), revelando
las identidades históricas de los personajes. En términos
generales, la anécdota central está a cargo de un
narrador omnisciente (heterodiegético), que narra en tercera
persona y que sólo al final revela su identidad, convirtiéndose
en homodiegético. Cuando describe, por ejemplo, las emociones
místicas de Andrés, en la Mansión 1, penetra
en la conciencia de su personaje, asumiendo la narración
un carácter intradiegético.
LA SEGUNDA ANÉCDOTA
El otro narrador de importancia es Arsenio. Al contar su vida desarrolla
una anécdota paralela o complementaria que se extiende por
casi toda la obra y sirve de contrapunto a la anécdota principal.
Encaja, a su vez, una extensa historia sobre el monacato y algunos
relatos de posible origen oral. Arsenio habla nacido en Granada,
de familia rica y noble. Su juventud la pasó entre excesos
y placeres mundanos, en compañía de dos amigos: Leoncio
y Pedro de Padilla. En un ataque de pasión, Leoncio mata
a su linda esposa italiana, Roselina; es apresado por la justicia
pero niega el crimen, a pesar de ser torturado. Sólo cuando
recibe la visión de una mano que escribe algunas líneas
en la pared, y reconoce en ella la de su esposa muerta, se decide
a confesar. Entonces es ajusticiado. Arsenio y Pedro de Padilla
continúan su vida licenciosa; una noche se topan a su finado
amigo Leoncio, en la figura de un jinete armado y sin cabeza, montado
en un brioso caballo blanco. La visión hace que Padilla ingrese
en un convento de carmelitas descalzos. Arsenio, por su parte, se
casa con Leonor Federici, quien aparece en la narración también
con el nombre de Delia, pero su matrimonio dura poco: ella muere
en el primer parto dejándole una hija, Clori. Arsenio vuelve
a su vida disoluta; conoce a la bella Casimira, prima suya, novicia
en un convento; abandona a Clori, rapta a Casimira y huye a América.
Casimira, contra su voluntad, viaja vestida de hombre y con el nombre
de Ascanio. Los acompaña un primo, don Lope de Avalos.
Una tempestad los sorprende en el Caribe y el barco queda maltrecho.
Casimira escribe versos y Avalos, antes de morir, también
lo hace. Estas experiencias poéticas tienen un primer y hondo
efecto en Arsenio. Al igual que en otras oportunidades en la novela,
la poesía impulsa a los personajes a asumir un comportamiento
moral elevado. El hilo de esta historia se interrumpe aquí
para darle cabida a las meditaciones sobre la muerte que lee Fernando
y a la visita de Andrés al convento para preparar su ingreso.
Poco más adelante Arsenio cuenta la historia de un tal Pedro
Porter. Al retomar el hilo de su propia vida, luego de la tempestad,
el barco es apresado por una partida de piratas holandeses. Ocurren
peripecias; Arsenio y Casimira quedan abandonados en una playa desierta.
Todavía ella se niega a las propuestas amorosas de su raptor;
logra escapar de su lado y, con la ayuda de un santo eremita de
aquellas soledades, llamado Arsenio, llega hasta Cartagena, donde
ingresa en un convento. El náufrago busca desconsolado a
su amada y una noche, durmiendo en el tronco de un árbol,
sueña con el cadáver descompuesto y horrible de Casimira.
Al despertar se da cuenta que ha descansado sobre una calavera humana.
Tal sueño le hace cambiar definitivamente de vida. Busca
a Arsenio, adopta sus costumbres y, al morir éste, adopta
su nombre Ingresa al convento de La Popa en Cartagena y luego viaja
al desierto de La Candelaria, donde continúa su vida de santo
con el nombre de Arsenio de San Pablo.
La historia sobre el monacato llena seis mansiones (de la XII a
la XVII). Comienza con la figura bíblica de Adán e
incluye menciones o anécdotas de la vida de decenas de estilitas,
cremitas, padres de la Iglesia, papas y santos, para concluir con
la vida de San Bruno (1030 - 1101), fundador de la orden de los
cartujos. Por su extensión y por la forma minuciosa como
se narra la vida de las figuras sobresalientes de la mística
y la patrística, esta historia se constituye en un bloque
de importancia similar al de la primera y la segunda anécdota.
El relato intercalado sobre Pedro Porter, por su parte, ocupa porciones
de las mansiones VIII y IX. Porter era natural de Cataluña;
le fueron rematados sus bienes a pesar de haber cancelado la deuda
que pesaba sobre ellos, porque el notario Mosén Gelán
Bossén ocultó unos documentos. Bossén muere
y Porter se ve precisado a visitarlo en los infiernos, pues requiere
recuperar los documentos para probar su inocencia. Ingresa al infierno
por una cueva, guiado por un demonio- describe a personajes de la
época, a quienes reconoce, y los tormentos que sufren por
sus pecados. Encontramos aquí ecos de La Divina Comedia,
que parecen recogidos de tradiciones orales. Según Jorge
Páramo Pomareda, el relato fue copiado por Solís y
Valenzuela de documentos conservados entonces en la Cartuja del
Paular, respetando su lengua y estilo. En respuesta a este caso,
Fernando recuerda la historia de otro notario deshonesto.
En estos relatos de Arsenio son frecuentes los cambios de nombre,
los disfraces. Las personas sufren visiones sobrenaturales que los
llevan a modificar su comportamiento. Hay señales que interpretan
como del más allá. Las peripecias y anagnórisis
se multiplican de tal modo que el conjunto es abigarrado y complejo.
La narración se hace en primera persona y, por lo tanto,
en su mayor parte es homodiegética intradiegética.
OTROS TEMAS Y OTROS ELEMENTOS TEXTUALES
Integrados o intercalados en el material anterior aparecen 45 tercetos,
1279 cuartetas, 287 quintillas, 70 sextinas, 159 octavas, 107 sonetos,
90 sirvas, 93 canciones, 20 romances. Además, extensas meditaciones
ascéticas en prosa, que según el texto fueron tomadas
de otro libro, De sacramentis ; amén de autos sacramentales
completos. En cuanto a las composiciones poéticas, muchas
son del propio Solís y Valenzuela; otras se le atribuyen
a los demás protagonistas del relato. Las hay de poetas españoles,
desde humildes frailes casi desconocidos hasta de los más
notables genios del siglo de oro, como Fray Luis de León,
Lope de Vega, Góngora, Paravicino, Calderón, Hurtado
de Mendoza, Montalván, Bocángel, Argensola . Villamediana,
López de Zárate, lo cual indica la vasta erudición
sobre la poesía de su época que tenía el autor.
En ocasiones no se mencionan los nombres de los poetas, porque seguramente
Solís y Valenzuela los considera conocidos por el lector
implícito a quien dirige el relato. Muchas composiciones
están en español, pero hay buen número en latín.
Este material está acompañado por una dedicatoria
en verso, algunos poemas laudatorios, jeroglíficos y grabados
y un laberinto poético que sirve de introducción.
Los temas dominantes de las anécdotas y de los textos intercalados
son el de la muerte y el de la salvación del alma.
En sus diálogos, los protagonistas efectúan multitud
de digresiones sobre el quehacer poético. Hay lectura de
textos, análisis críticos, parodias, traducciones
y escritura de «respuestas». lo cual constituye un valioso aporte
de carácter estético y autoconsciente. En un nivel
más profundo, aparece una visión
escéptica y perturbadora respecto de la capacidad del ser
humano para comprender el sentido de la existencia, como analizaré
más adelante.
ESTRUCTURA GENERAL
La inclusión de textos de múltiples orígenes
y géneros (poesía, prosa histórica, digresión
moral, drama), la extensión variable de las mansiones, los
cambios de estilo y ritmo, hacen de El desierto, en su primera
lectura, una obra desconcertante, que algunos podrán catalogar
de monstruosa o híbrida.
Es posible, sin embargo, plantear una primera hipótesis
explicativa de su estructura partiendo de la separación que
hemos hecho del material. En la anécdota central encontramos
testimonios sobre vidas que tuvieron existencia histórica,
v los espacios descritos corresponden a territorios reales. La segunda
anécdota, por el contrario, está llena de fantasía
y Arsenio, su narrador, parece pertenecer más a la ficción
que a la realidad. Muy probablemente se trata de un recurso literario
utilizado por el autor para dejar volar su fantasía por territorios
remotos y tiempos míticos, para integrar leyendas y hechos
sobrenaturales. De hecho, no ha sido posible hasta ahora establecer
la historicidad de Arsenio. Sin embargo, respecto del sentido final
del relato, él es la figura central, ya que es quien, a pesar
de haber llevado la vida más mundana, ha logrado ascender
por la vía del ascetismo . En cuanto a la historia del monacato,
tanto por su tema trascendental como por su extensión y minuciosidad,
es evidente que funciona como una instancia separada. El conjunto
se presenta, entonces, en tres planos encajados unos en otros y
organizados de manera bien significativa: del mundo real, empírico,
del primer plano, se pasa al fantástico del segundo, para
remontarse al místico del tercero, en una especie de vía
ascendente hacia la divinidad. El vehículo de ascenso no
es otro que el de la poesía. Esta complejidad está
a tono con la complejidad barroca de la época y con la complejidad
de la propia visión de mundo del autor.
La aparente repetición de temas y argumentos teológicos,
que por momentos se hace obsesiva, permite otra hipótesis
que refuerza o complementa la anterior y explica la estructura particular
de ciertos pasajes. Está desarrollada a partir de las ideas
de Raimundo Lulio, el sabio mallorquín fundador de la literatura
catalana. Lulio propuso un método de argumentación
en asuntos teológicos basado en la combinación de
elementos (o conceptos) primarios, cuya influencia fue determinante
por varios siglos en los programas misioneros de la iglesia católica,
incluyendo los de América. En el aparte titulado «La cuestión
luliana», presentaré los elementos esenciales de esta hipótesis.
EL TÍTULO
En el título mismo de la obra pueden apreciarse los tanteos
del autor en su proceso creativo. En el manuscrito de Madrid, más
antiguo, aparece El desierto prodiqioso y el prodigio del desierto.
El de Medellín suprime el articulo «el» del segundo sintagma:
El desierto prodiqioso y prodigio del desierto.
Las palabras «desierto» y «prodigio» pertenecen a la cultura barroca
y a la jerga religiosa. Muchos autores de la época las utilizan,
como puede verse en el epígrafe de Calderón al comienzo
de este estudio. «Desierto» está relacionado, en su etimología,
con «cremita» y con «ermitaño» (eremos, desolado,
solitario). «Prodigio» significa milagro. El desierto prodigioso
es aquel lugar solitario donde ocurren milagros. La segunda parte
del titulo, que juega con las mismas palabras en la mejor tradición
conceptista, «el prodigio del desierto», alude al ermitaño
Arsenio quien por su vida ejemplar es un «prodigio» (T III, p. 34).
La división del título en dos partes corresponde a
las dos anécdotas que hemos señalado: la primera representa
el espacio geográfico; la segunda lo fantástico. Al
juntarlas se propicia una vía hacia la mística; así,
el título está en consonancia con la estructura general
de la obra.
FILIACIÓN DE GÉNERO
La pregunta que con frecuencia se plantean los analistas respecto
de algunas obras latinoamericanas de la Colonia, incluyendo El
desierto, es de si se trata o no de novelas. Definirlo en nuestro
caso es esencial y justifica una digresión previa.
El origen y evolución del género novela es múltiple
y semeja un sistema de cauces y vertientes, dentro del cual es posible
dibujar muchas líneas. La más estudiada ha sido la
que parte de la epopeya: el héroe épico se habría
transformado a lo largo de los siglos en caballero andante durante
el Renacimiento, en antihéroe conflictivo en la novela decimonónica
y en héroe abyecto en la contemporánea. Innumerables
elementos de origen popular como el carnaval, la jerga del pueblo,
la parodia habrían contribuido en su formación, llegando,
en algunos casos, como en Gargantúa y Pantagruel (1532
- 1534), a ser preponderantes. Otra línea se inicia también
en la antigüedad con las églogas pastoriles (Teócrito
y Virgilio), algunos de cuyos temas y estrategias retóricas
fueron incorporadas en las novelas griegas, entre las cuales sobresale
Dafnis y Cloe, de Longo, en el siglo III. La pastoril del
siglo XVI fusiona algunas de estas tradiciones con otros elementos,
en especial con el diálogo platónico, lo que se evidencia,
por ejemplo, en Los siete libros de la Diana (1558
o 1559). La poesía provenzal de los siglos XI a XIII y la
llamada tradición cortesana tuvieron eco notable en la novela
sentimental, con obras tan destacadas en España como Cárcel
de amor (1492). Podrían rastrearse otros puntos de origen
v otras líneas de desarrollo en relación con las novelas
bizantina y negra, las de viajes y aventuras. Además, en
el siglo XVI surge la picaresca con enorme vitalidad en España,
cuya obra fundadora es, sin duda, El lazarillo de Tormes (1554)
de autor anónimo.
En esta maraña de cauces y vertientes tiene importancia
cierto tipo de libro de difícil clasificación que
algunos denominan «híbrido» y que contribuyó en gran
medida en la formación de lo que hoy conocemos como novela.
Dos ejemplos bastarán para nuestro propósito. En primer
lugar, la obra Hypnerotomachia Poliphili, publicada en 1499,
que lleva por subtítulo «Lucha de amor en un sueño».
Apareció en forma anónima, pero su autor, Fray Francesco
Colonna (1433 - 1527), monje en el monasterio de SS. Giovanni e
Paolo en Venecia, se tomó el cuidado de revelar su autoría
en un acróstico compuesto por la primera letra de cada capítulo.
El acróstico dice: Poliam Frater Franciscus Colvmna Peramavit,
es decir, Fray Francisco Colonna ama desesperadamente a Polia. El
nombre de Polia corresponde a Hipólita, una mujer noble de
la familia Lelio de Treviso. Comporta dos narradores, Poliphilus
y Polia. Los estudiosos de la obra han encontrado otras correspondencias
con hechos y personajes de la historia. Hay poesías, descripciones
de sueños y de obras de arte (ekphrasis) y digresiones sobre
arquitectura. Se crean mundos pastoriles, paradisiacos, resplandecientes,
donde los sentidos siempre son complacidos; mundos liberados de
la esclavitud del tiempo. Los textos están en latín,
griego e italiano. Hay jeroglíficos y profusión de
grabados, algunos tan notables que a ellos se debe en parte la fama
de la obra. Influyó en autores posteriores, en especial en
Rabelais.
El segundo ejemplo es Silva de varia lección (1540 -
1550/ 5 1) de Pedro Mexía (1497 - 1551). Presenta también
una forma híbrida y monstruosa. Silva significa compilación
o recopilación, elaboración sin método ni orden.
Se trata de notas tomadas en relación con la lectura de múltiples
libros (varia lección). Desde la antigüedad silva se
entiende como miscelánea. El propio Mexía lo dice:
«le puse por nombre Silva, porque en las selvas y bosques están
las plantas y árboles sin orden ni regla. Y aunque esta manera
de escribir sea nueva en nuestra lengua castellana y creo que soy
el primero que en ella ha tomado esta invención, en la griega
y latina muy grandes autores escribieron así, como fueron
Ateneo, Aulo Gelio, Macrobio ... ".
Las diferencias entre estas dos obras híbridas saltan a
la vista. En la primera hay el propósito de alcanzar una
estructura orgánica que falta en la segunda. Este propósito
se logra por la presencia de uno o varios protagonistas que permanecen
a lo largo del texto, que evolucionan, que sirven de focalizadores,
que reflejan una visión de mundo, una sensibilidad, un objetivo
de vida. La primera se acerca más a lo que hoy conocemos
como novela; la segunda representa un intento de escribir «todas
las cosas», sin que exista un hilo conductor o armadura general.
Pude verse más bien como un antecedente notable de los libros
de ensayos y de la enciclopedias.
A partir de 1492 el sistema literario de Occidente comenzó
a enriquecerse con gran cantidad de temas, tipos discursivos y formaciones
textuales nuevas. Como es sabido, los descubridores y conquistadores
venían a América acompañados de notarios, escribientes
o cronistas oficiales, nombrados por la corona, para que dejaran
registrados en actas, cartas, crónicas, deposiciones ante
jueces, testimonios y otras formas documentales, los actos fundacionales,
las hazañas de los representantes de la monarquía
y los hechos notables de los nuevos poblamientos. En tales documentos
aparecen descripciones que, leídas desde nuestra perspectiva
del siglo XX, se parecen más a la literatura fantástica
que a la historia. Con el tiempo, estos textos formaron una nueva
vertiente, híbrida en cuanto a su género literario,
con obras tan importantes como el Carnero.
Como se ve, las obras híbridas no son exclusivas de Latinoamérica.
Más aún, la hibridez es una condición propia
del género novela. En ciertos momentos de evolución
del género, tanto en América como en Europa, surge
la hibridez como un mecanismo para reflejar la totalidad del sistema
de cauces y vertientes al que hemos aludido; como si un solo libro
se convirtiese en epítome de todo el universo del género.
El Quijote, por su extensión, por las varias tradiciones,
jergas, temas que allí se dan cita, por los poemas y relatos
intercalados, presenta cierta condición de hibridez que con
frecuencia ha desorientado a sus lectores.
La digresión anterior es fundamental para comprender por
qué considero que El desierto prodigioso y prodigo del
desierto puede estudiarse dentro del género novela. Su
forma parece híbrida o monstruosa en el nivel superficial,
pero todo el material está enmarcado en anécdotas
conductoras organizadas hacia un fin orgánico y moralizante.
Es una narración en gran parte imaginaria que presenta un
narrador ficticio, integra un lector ficticio Y se refiere a un
mundo Desde la perspectiva de los acontecimientos, los personajes
y los espacios adquiere una forma cerrada. Una lectura cuidadosa
señala que a pesar de las correspondencias históricas,
la identidad de Pedro de Solís y Valenzuela, el autor empírico,
difiere de la identidad del personaje ficticio Don Pedro. Además,
el discurso integra un lector ficticio impersonal, erudito en la
tradición clásica europea, que vive en España
y sabe latín. En cuanto a la noción de mundo, a pesar
de digresiones y textos intercalados, la obra señala hacia
una visión totalizante, un universo cerrado al más
elevado nivel. Es sabido que el género novela se caracteriza,
entre otros elementos, por su capacidad para reflejar una época,
lo cual se logra plenamente en El desierto. Además, los personajes
actúan y se desarrollan desde el comienzo hasta el final.
Algunos de ellos están bien definidos y presentan cambios
de personalidad y comportamiento. Andrés es, quizás,
el más elaborado y el que en su periplo vital demuestra mayor
evolución; también Arsenio. Los personajes dialogan,
entran en conflicto. La acción principal se lleva a cabo
en lugares definidos de una topología conocida: La Candelaria,
Ráquira, Tunja, Bogotá, Cartagena de Indias, Guaduas.
El tiempo de los acontecimientos es fácilmente determinable.
En otras palabras, los elementos básicos de la anécdota
central (personajes, espacio y tiempo) comportan continuidad y se
establecen dentro de la mayor exigencia de verosimilitud
En cuanto al corpus poético incorporado, no es una silva
reunida al azar; adquiere sentido de totalidad cuando se considera
su significado, pues se refiere sin excepción a los mismos
temas trascendentales de las anécdotas. Pienso que El desierto
está más cerca de la obra de Colonna que de la de
Mexía. Esto parecería absurdo a primera vista, porque
los temas de Colonna son sensuales y exaltan el amor pagano; pero
las correspondencias ocurren no en el nivel de los temas sino en
el de la estructura.
Respecto al uso del término novela, es conveniente hacer
una aclaración. El Quijote (1605 - 1616), considerada
universalmente como iniciadora de la novela moderna, recibe y recoge
gran parte de las vertientes a las que he aludido, incluyendo la
de la hibridez, pero su autor no utilizó la palabra novela
para calificarla. Tampoco lo utilizaron las obras españolas
que le precedieron. Todas ellas fueron presentadas con otras denominaciones,
como historia, historia fingida, tratado, crónica, relato
o relación, vida, libro de caballerías o simplemente
libro, aunque hoy nadie dudarla en darles el titulo de novelas y
estudiarlas como tales. Este término es de acuñación
tardía y su uso, en el siglo XVII, escaso en España.
En otros países la denominación del género
se perfiló desde época más temprana: en Francia
se usaba roman y en Italia romanzo. En España,
en cambio, «romance» se reservó para ciertas composiciones
en versos octosílabos. En otras palabras, para el análisis
histórico no se requiere esperar hasta el siglo XIX para
utilizar el término novela. El género existía
desde la antigüedad y la palabra misma comenzó a usarse
en España a comienzos del siglo XVII. Y aunque es cierto
que el género tuvo su mayor despliegue y consolidación
en el siglo XIX, cuando sirvió de vehículo y expresión
para el nacionalismo creciente tanto en Europa como en América,
esto no significa que no podamos utilizarlo para el estudio de obras
de los siglos anteriores.
Considero que El desierto, además, implica un aporte
importante en la evolución del género novela. Su autor
utiliza la hibridez para incorporar muchos discursos, en especial
el místico y el hagiográfico
con una profunda intención moralizante. Esta intención,
que es central en El desierto, amerita también una consideración.
Desde la antigüedad dos paradigmas fueron fundamentales para
evaluar de manera crítica la obra de arte: movere y delectare.
Los libros de caballerías fueron condenados porque, tal
como los define Sebastián de Cobarrubias, son «los que tratan
de hazañas de caballeros andantes, ficciones gustosas y artificiosas
de mucho entretenimiento y poco provecho, como los libros de Amadís,
de don Galaor y del caballero del Febo y de los demás». Cervantes
hizo del tema motivo de su ficción, en especial en el capitulo
47 y siguientes de la primera parte de El Quijote, donde
aparecen los famosos diálogos entre el canónigo de
Toledo y el cura, precisamente sobre los libros de caballerías.
Si éstos pecaban por divertir demasiado sin edificar moralmente,
en El desierto encontramos que la diversión mundana
es condenada y se privilegia de manera absoluta el propósito
moralizante.
Es preciso recordar que durante la Colonia las autoridades civiles
y eclesiásticas prohibieron tanto la escritura como la lectura
de libros de diversión. Como es sabido, tal prohibición
se quedó escrita y muchas novelas, incluyendo muy probablemente
la totalidad de la primera edición de El Quijote, circularon
con cierta libertad en América. Pero Solís y Valenzuela
era sacerdote y tanto por su investidura como por el espíritu
general de su obra literaria, estuvo lejos de pretender escribir
una obra «fingida» de esparcimiento. Su propósito, por el
contrario, fue el de escribir un relato sobre su vida y sobre las
vidas de sus familiares y amigos, que le sirviera a sus posibles
lectores de ejemplo moralizante. Este propósito no la excluye
del género novela. Por lo demás, no pudo evitar que
en su texto, sobre todo por boca de Arsenio, se filtraran hechos
«fingidos y disparatados».
Un comentario final, respecto del problema de la filiación
genérica, tiene que ver con ciertos desarrollos de la teoría
crítica contemporánea: la llamada «teoría de
la recepción», que privilegia al lector frente al texto y
al autor. Si optáramos por la perspectiva tradicional, tendríamos
que preguntarnos por «las intenciones del autor» respecto del género
al que hubiera vinculado su obra, lo cual nos dejaría bastante
maniatados. Desde nuestra perspectiva de lectores críticos
de finales del siglo XX, y partiendo del conocimiento que hemos
acumulado sobre la evolución del género, es indudable
que la perspectiva del género novela proporciona las herramientas
de mayor efectividad y claridad para el análisis de El
desierto.
NOVELA BARROCA
El desierto es una novela barroca. En primer lugar, cuando fue
escrita hacia 1650, el barroco estaba en pleno apogeo en España
y su influjo se había trasladado a la colonia. No cabe duda
que su autor, Pedro de Solís y Valenzuela, al igual que otros
miembros de la clase alta santafereña, estaba bien enterado
de los sucesos, las modas, el arte y la religión de la Península,
lo que se comprueba plenamente por las citas y demás elementos
de la obra.
El primer rasgo de época ya lo mencionarnos respecto del
título. El término «mansiones» que Solís le
da a los capítulos, refuerza esta pertenencia. Saavedra Fajardo
usó el apelativo de «empresas» con el mismo fin, Francisco
Delicado el de «mamotretos» (en su novela La lozana andaluza),
Baltasar Gracián «Crisi» (en El criticón);
«Sueños» Quevedo, «jornadas» Calderón.
El término mansión tiene el significado de «albergue»,
«morada» y también el de «detención o estancia en
una parte». Hacer mansión sería «detenerse en un lugar»,
tal como lo hacen los protagonistas con tanta frecuencia: se detienen
a conversar sobre los temas más trascendentales de la existencia,
y lo hacen, generalmente, en lugares amenos. Su filiación
con el barroco está dada también por otros rasgos,
como el desbalance estructural, lo abigarrado y laberíntico,
el escepticismo v la autoconciencia narrativa. Algunos de estos
elementos los he mencionado ya, y otros serán analizados
más adelante.
DISCURSO MONOLÓGICO Y HEGEMÓNICO
El diálogo entre los varios personajes es uno de los vehículos
más utilizados por el autor para impulsar la trama. Unas
voces narrativas se van encajando en otras; unos personajes les
ceden a otros la palabra. A veces se citan conversaciones del pasado,
procedimiento que sirve para ampliar el horizonte cultural de la
novela y remontar la acción. Pero no se trata de un intercambio
verbal ágil porque las intervenciones se extienden demasiado,
a modo de sermones o discursos, y a los escuchas no se les da oportunidad
de interpelación. Esto hace que muchos pasajes sean dogmáticos
y pesados.
En otro nivel hay diálogo entre los textos citados. Las
pruebas teológicas y demás argumentos que se toman
de ciertos autores consagrados de la tradición católica,
son cotejados entre sí, generalmente para acentuar el dogmatismo.
De manera metafórico podría hablarse de otra forma
de diálogo: la que existe entre los varios géneros
literarios, pues a la prosa narrativa responde la poesía,
al auto sacramental la digresión ascética. Y dentro
de cada género, el soneto a la canción, la décima
a la octava.
Finalmente, aparece el idioma español en diálogo
o intercambio frecuente con el latín. Uno de los casos más
curiosos de este intercambio es el poema cuya primera estrofa dice:
De tam divina Aurora
Euterpe Musa, canta luzes puras;
choros forma canora
de gratia tanta. Honores tu procuras
si grata celebrares
de María candores singulares.
(T,III, p.45).
Cada forma de diálogo, cada poema intercalado o digresión
mística, cada código lingüístico o forma
literaria representa un intento por desgajar el universo en múltiples
planos, cada uno de los cuales pudiera ser sometido a nuevos cuestionamientos
y comprobaciones. Esta maraña de formas y voces podría
ser el escenario ideal para representar un universo dialógico
y polifónico en el cual cabrían, con iguales derechos,
muchas conciencias y horizontes, muchas diferencias culturales,
raciales, de género, de ideología y de concepción
del mundo. Pero esto no es así. El dialogismo, en sentido
estricto, no se da. Si a nivel superficial hay diálogo de
formas, a nivel profundo sólo hay reiteración de una
misma ideología. Los autores que se citan pertenecen a la
misma tradición, avalada por las jerarquías inquisitoriales
de la Iglesia y el Estado. No hay controversia ideológica
o religiosa. Todos los textos y todas las intervenciones tienen
un solo objeto: afirmar hasta la saciedad la realidad de la muerte
y las doctrinas católicas sobre la salvación del alma.
Es decir, existe una superestructura tan rígida de carácter
religioso y doctrinal, que toda voz subversiva o contraria al dogma
queda acallada o suprimida. El dialogismo trata de surgir en un
mundo monológico y hegemónico, pero ni el autor ni
los personajes se atreven a adoptar ideologías diferentes.
AUSENCIA DE LO INDÍGENA Y DE LO AFRICANO
La observación anterior puede verse, entonces, desde otra
perspectiva. En el contexto de la época existían por
lo menos tres visiones de mundo, tres ámbitos culturales
en contacto: lo español, lo indígena y lo africano.
En El desierto brillan por su ausencia los dos últimos;
todo está expresado dentro de la mayor ortodoxia europeizante
y católica. La obra está formulada de acuerdo con
categorías de percepción, de análisis y de
exposición europeas y, por lo tanto, se levanta sobre el
silencio, la omisión y la ausencia de lo nativo y lo africano
Esto contrasta con otras obras de su época que si reflejan
los varios aportes al rico proceso de mestizaje que venia gastándose
en el continente, y que se evidencia de manera notable en el intercambio
lingui1stico y en las artes. Es significativo el caso de uno de
los primeros libros impresos en América, La historia de
Nueva España (México, 1539) de Fray Bernardino
de Sahagún, escrito en latín, español y náhuatl.
En la pintura y el teatro se combinaban motivos españoles
con indígenas y, para la propagación de la fe entre
los nativos, los misioneros representaban autos religiosos medievales
con técnicas indígenas. Otras veces se escribía
en una especie de lingua franca. Solis y Valenzuela hace
gala de un bilingüismo europeizante evitando introducir aquellos
elementos. Aunque en el texto es posible encontrar unos pocos rasgos
de origen oral y uno que otro vocablo americano para aludir a plantas
o animales de la región, se trata de rasgos muy precarios,
que representan, en mi concepto, no el comienzo de una aceptación
de multiculturalismo, sino los vestigios de una represión
hegemónico. Esta posición excluyente se acentúa
al comprobar la casi absoluta ausencia en el texto de personajes
de razas distintas a la española. El diálogo lo establece
Solís y Valenzuela con Europa, con la tradición clásica
y con los de su raza. El uso intenso de estrategias retóricas
de la alta cultura europea y del latín indican su deseo de
dirigirse exclusivamente a lectores de la élite, dejando
de lado al vulgo. Es necesario recordar que a mediados del siglo
XVII, por la época en que Solís y Valenzuela escribía
su libro, la población indígena en la región
donde se desarrolla la anécdota principal podía pasar
fácilmente del noventa por ciento del poblamiento total y
que, además, la población negra iba en aumento, debido
al intenso tráfico esclavista. Más aún, Solís
y Valenzuela fue, como se dijo, cura de pueblos indígenas
y como tal debía «poner escuela» y enseñar la doctrina
en el idioma local. Sobre estas realidades el autor guarda silencio,
lo que denota su actitud elitista, eurocéntrica y prepotente,
típica de cierta clase social de españoles y criollos
de la colonia.
TÓPICOS CLÁSICOS Y MEDIEVALES
En la literatura clásica y medieval, el lugar ameno o placentero
(locus amoenus) no tenia por objeto representar ama realidad
o describir la geografía de manera realista, sino servir
de escenario poético para el encuentro de los amantes. Presagiaba
un episodio de felicidad y paz. Ocurría, no en la noche,
sino bajo la luz del sol, en la primavera o el verano. En su descripción
se inclinan siempre árboles de agradable sombrío,
frutas y flores, pájaros de dulce canto y agrias cristalinas.
La literatura mística hizo uso del tópico con frecuencia:
los diálogos de los religiosos protagonistas de la obra De
los nombres de Cristo (1583), de Fray Luis de León (1527-1591),
un clásico por excelencia de la literatura mística,
transcurren en una «huerta grande (... ) bien poblada de árboles
(... ) anduvieron (los frailes) paseando y gozando del frescor y
después se sentaron, a la sombra de unas parras y junto a
la corriente de una pequeña fuente».
En El desierto aparecen múltiples descripciones de
este tenor. En la mansión V, Arsenio convida a sus amigos
a
Oir la más suave y sonora música queja más
avían oydo. Sacolos a la vezina arboleda, y attentos
escucharon no humanas vozes, sí suaves melodías
y arpadas lenguas que en métricas capillas saludaban
al sol. Állí los toches, acullá las calandrias,
allí los judijuelos, los cinsontes, escocoltaes, mirlas,
pajareles y canarios, conpitiéndose cada cual a ssí
mismo; como si se vbieran preparado muy de concierto para
el casso (TI, p. 187).
En este párrafo y en otros de la novela, Solís y
Valenzuela acomoda el tópico tradicional para incluir, de
manera tímida, elementos de la realidad americana. Aquí
enumera los pájaros de la región; en otros incluye
plantas, flores y frutos nativos o menciona pueblos y regiones del
Nuevo Reino.
Otro tópico de origen clásico y medieval frecuente
en la novela es el del amanecer. Muchas mansiones, al igual que
en la novela pastoril, se inician al amanecer y terminan al caer
la noche. Para describir el amanecer, Solís y Valenzuela
utiliza casi siempre un lenguaje gongorino, muy de moda durante
el barroco, cuyo uso, curiosamente, suspende después del
primero o segundo párrafo. El resto de la mansión
está, por lo general, escrito en lenguaje llano y directo.
Podría decirse que el lenguaje gongorino aparece sólo
al comienzo de las mansiones y en algunos poemas intercalados. La
mansión II comienza:
Lustrosamente apacible, con luzes cariñosas, con afectuosos
rayos, salió el planeta mas bienechor de los
astros y desenbozándose de tienieblas, con su apresurado
curso dio cortesano las pasquas a las flores Morosas con
su ausencia, que occasionó la noche; (TI, p.49).
En la mansión XI el tópico se exagera y alarga, y
se entremezcla con alusiones a la pintura, que, según creían
algunos, era la forma más excelsa del arte
A los primeros golpes del pinzel soberano de su Artífice
dio en la formación ermosa del vniverso, recibió
alientos la luz,, para espejo sin duda, a cuya claridad
trasparente mirando la tierra su desaliño (
.. ) quando, aún no contenta la valentía primorosa
del pinzel de aver llenado dibujo tan excellente (..) y assí
Febo con los suyos heredó este officio y deshilando las
sombras que texto la noche, salió el segundo día
de pascua con primaveras más florecientes de luzes,
(TI, p. 535, 536).
En este comienzo aparece otro tópico de honda raíz
medieval, «el libro de la naturalezas o «el libro de la vida»;
o también la idea de que el mundo es un libro escrito (o
dibujado) por Dios ("Artífice»), en este caso, con la ayuda
de Febo (el sol). Las cosas del mundo van surgiendo de las tinieblas,
al amanecer, a golpes de «pinzel», hasta lograr «dibujo tan excelentes.
La imagen proviene de una vieja inquietud hermenéutica.
La vida y el mundo son textos y nosotros, los seres humanos, debemos
interpretarlos a cada momento para sobrevivir y, sobre todo, para
alabar al Creador. Cada árbol, cada piedra, cada animal,
tienen su origen en El Verbo. En la novela se utilizan de múltiples
maneras todos estos signos orientados, siempre, hacia lo divino:
Andrés, ante el cuerpo lastimado y cárdeno del Crucificado,
«dobló luego devoto las rodillas, veneró humilde el
árbol de la vida, rico en pendiente fruto» (T.III, p.11).
Al hablar del crucifijo como «árbol» lo identifica, no con
la muerte sin esperanza sino con la vida y la resurrección.
Insiste en el paralelo con la pintura relacionándola de
manera intensa con la poesía, relación que también
fue frecuente en la antiguedad, y que Horacio expresó con
su famosa frase ut pictura poesis. En la novela se alude
a la palabra «silencios» para referirse a los espacios en blanco
de una pintura. Esboza una correspondencia de las artes, que «prometen
a la vista aún más de lo que con los colores habla
el pinzel». «No en vano es Ramada la poesía música
sabia al oydo y pintura discreta de la razón, y es honrrada
con el título de divina por lo que tiene de singular entre
las demás artes» (TIII, p.60).
Al final de cada mansión es frecuente el tópico de
la conclusión, tan corriente en la pastoril: ha llegado la
noche, el autor está cansado, los protagonistas se deben
retirar a sus moradas (o a la oración) y di también,
lector, debes descansar. La mansión primera termina: «Pactado
esto, se fueron al descanso de los lechos y, tú, letor, le
puedes tener también hasta que la Segunda Mansión,
ojalá que con provecho y gusto, te despiertes (TI, p.48).
Otro tópico es el de la exaltación de las ciudades.
En el comienzo de la mansión X aparecen estas frases:
No, pues, a vista de desvanezidas grandezas, de dorados
chapiteles, de fábricas soberbias, de muros levantados,
de erguidas torres. (TI, p.489)
Se comienza con una negación. El recurso es interesante
porque alude a la riqueza del tópico de alabanza a las grandes
y luminosas ciudades, cuando en realidad lo que desea es describir
un edificio humilde rodeado de árboles:
a vistas de un humilde edifficio que respiraba cielo ( ..
) davan hermoso adorno hileras de naranjos copadíssimos
y llenos de fruta y de azahar ( .. ) les parecía
ver en aquella amenidad el paraysso terrenal tan celebrado
de la divina Escritura. (TI, pp.489, 490)
Respecto de la falsa modestia, otro de los tópicos mas conocidos,
aparecen frases del siguiente tenor: «No ay lengua o pluma, por
veloz que sea, que pueda pintar lo que obraron en su corazón
y ánimo» (TIII, p.37), lo cual conlleva la idea de que las
palabras que utiliza o conoce el autor se quedan cortas para expresar
lo que siente.
¿ASCÉTICA O ÉPICA?
El comienzo de la primera mansión contrasta con los comienzos
pastoriles y ascéticos de las demás. En este caso,
el modelo habrá que buscarlo en la literatura épica:
En animado rayo, en veloz bruto, hijo del viento Bóreas,
de Dárdano en las yeguas engendrado, cuias azeradas
plantas, no molestas huellas eran, breves estampas si a
la arena, penetraba presuroso lo enhetrado de vna selva
vn animoso joven, siguiendo a un siervo a quien sus irlandeses
pachanes y ventores llebaban ya vencido. (TIII, p. 7)
Se trata de un hermoso joven (Andrés), jinete en un brioso
corcel, quien penetra al galope por la montaña siguiendo
a sus perros de cacería que persiguen un ciervo. La imagen
contiene alusiones mitológicas (Dárdano, por ejemplo,
es uno de los ascendientes de la heroica raza troyana). Las comparaciones
con Bóreas (el viento del Norte) y la alusión al «veloz
bruto»,, dan a la narración un tono de acción
y aventura más propio de la épica y la novela de caballerías
que de la pastoril y la ascética. Los renglones siguientes
sobrepujan esta sensación: Andrés desmonta de «vn
lijero salto», viene armado de un «bicorte venablo» y porta
pistolas y un «curvo alfanje» (TI, pp.8 y 45). Ha sido descrito,
además, como «animoso», «nada tímido o cobarde». Pero
hasta aquí dura el tono épico. A continuación
el joven entra en la cueva del ermitaño Arsenio: una «güeca
tumba o rotura de la tierra (propia habitación, al parezer,
de algún saturo o fauno), reparó en vnas letras que,
retalladas en vna piedra lisa, parezían fúnebre epitafio
de aquella triste sepoltura» (Tlll, p.8). Tal es el primer «prodigio»
de aquel «desierto»: el ciervo ha conducido al protagonista al umbral
de su conversión.
Entre los muchos antecedentes en la literatura clásica y
medieval que podríamos relacionar con esta anécdota
inicial, hay uno que me parece de interés. El capitulo IX
del Poema de Fernán González (de mediados
del siglo XIII), una de las epopeyas más preclaras del mester
de clerecía, se inicia en términos similares:
El conde Ferran Goncalez, cuerpo de buenas mannas, cavalgo
su cavallo, partios ' de sus conpañas,
por buscar un puerco, metios por las montannas, fallo lo en un arroyo,
cerca de Vasquebaunas.
Acojio se el puerco a vn fyero lugar,
do tenia su cueva e salia aluergar,
non se oso el puerco en cueva asegurar,
fuxo a vn eremita, metyos' tras el altar
El conde, persiguiendo a caballo un jabalí por las montañas,
da con una cueva que sirve de albergue a un monje; encuentro que
es tenido por milagroso. Se trata de la ermita de San Pedro de Arlanza.
En ella, Fray Pelayo le vaticina al Conde su misión de luchar
contra el moro Almozor
En el Poema este episodio marca el comienzo de la narración
heroica. En El desierto, el final de la época de aventuras
de Andrés. Colocada en este lugar de privilegio, la descripción
gongorino y épica, aunque corta, le da al lector una pista
falsa. Ya no volverá a encontrar en la extensa obra un tono
similar.
En la historia de Arsenio hay amores pasionales, placeres mundanos,
raptos, navegaciones, tempestades, encuentros con piratas, pero
el lenguaje es llano, carece de la elegancia y poesía del
comienzo de la primera mansión. En todo caso, tanto en el
caso de Andrés (cacería) como de Arsenio
(aventuras), la acción es sólo la antesala de lo que
se considera importante: la vida religiosa y ascética.
ET IN ARCADIA EGO
En varias escenas de tono pastora de la novela resuenan los ecos
de uno de los temas barrocos por excelencia, el de et in Arcadia
ego. Varios pintores europeos se ocuparon de él por aquella
época: Giovanni Francesco Guercino, Nicolás Poussin,
Georg Wilhelm Kolbc, Giovanni Battista Cipriani entre otros. La
obra más famosa, que lleva por título precisamente
la expresión latina que encabeza este apartado, es de Poussin
(1594 - 1665). De ella se conservan dos versiones. La más
conocida está en el Louvre y fue pintada hacia 1635 o 1636.
Representa tres pastores y una pastora analizando una inscripción
en una tumba. El observador debe suponer que el título de
la pintura, et in Arcadia ego, es la inscripción en
la piedra que los pastores tratan de descifrar.
La frase es de difícil interpretación porque
falta el verbo. Panofsky propone traducirla como «yo también
he nacido, o vivido, en Arcadia»; esto es, dando a «et» el
sentido de «también» y refiriéndolo a «ego». Es
necesario sobreentender el sintagma verbal «he nacido» o «he vivido»,
en pretérito perfecto.
Al querer descifrar el sentido de la pintura, la pregunta fundamental
es ¿quién habla en la inscripción? Si se adopta
la interpretación de Panofsky, suponemos que habla alguien
que estuvo en el paraíso. Si sobreentendemos, en cambio,
un verbo en presente, su interpretación podrá ser
la de que el muerto ha salvado su alma y ahora está en el
cielo. El nombre «Arcadia», a de larga tradición poética
y mitológico, puede significar tanto «paraíso» como
felicidad o salvación. Pero caben otras interpretaciones.
Podemos suponer que habla la muerte para alertar a los jóvenes
pastores de que si bien ahora se sienten sanos y fuertes, como si
viviesen en el paraíso, en cualquier momento la muerte podrá
cobrarlos corno víctimas.
Teniendo presente las paradojas que despierta la pintura
de Poussin, acerquémonos a las primeras escenas de El
desierto. Ya no se trata de pastores sino de un cazador joven,
sano y valeroso , quien encuentra grabados unos versos «ya cubiertos
del verde belo de la peña» (T.I, p. 12):
Caminando con passo presuroso
por estas soledades,, peregrino,
¿a dónde vas? Herrado as el camino,
mas tu yerro será acierto dichoso.
(T.I, p. 13)
¿Quién habla en estos versos? ¿Quién grabó
estas frases en la peña? En el nivel de la representación,
el protagonista no ha sido tocado por la inquietud de la muerte,
como sí lo han sido los pastores en el cuadro de Poussin.
En el nivel de la comunicación entre autor y lector, el significado
es diferente. La voz narrativa, con sentido omnisciente, acaba de
usar la expresión «güeca tumba» y el lector no podrá
dejar de hacer tal asociación, El autor ha manipulado los
signos de tal manera que el protagonista desconoce lo que ya el
lector sabe.
Andrés no se verá confrontado con la muerte sino
al entrar en la cueva del ermitaño y encontrar un «asseado
y curioso altar, en el qual, sobre el roto casco de vna calavera
estaba pendiente de vn madero la effigie hermosa del Crucificado
Dios» (TI, p. 15).
En el cuadro de Poussin, la meditación sobre la muerte es
neutra respecto de la religión. Las imágenes muestran
una naturaleza bella, unos jóvenes apuestos y, por oposición,
la mole de piedra del sepulcro desprovista de cruces o imágenes
que pudieran asociarse con lo religioso: el ambiente es pagano;
el misterio de la muerte es más hondo, porque su representación
no viene acompañada de paliativos.
No sucede así en la novela. Andrés, al ver la calavera,
que lo coloca ahora si ante el abismo de la muerte, encuentra de
inmediato una visión de esperanza y salvación; la
vida del más allá que ofrece el Cristo Crucificado.
Si en el cuadro de Poussin todo es paradoja y aporía y no
hay manera de continuar frente a la barrera de la muerte, en la
novela los signos están escalonados de forma gradual y conllevan
una manipulación de los sentimientos, tanto respecto al protagonista
como respecto del lector, con evidente finalidad de trascendencia.
Este paralelo resalta la intención moral y religiosa de
Solís y Valenzuela, que será determinante a lo largo
de toda la novela. Parecería, sin embargo, que las imágenes
de la calavera y el crucifijo no fuesen suficientes para conllevar
el mensaje. Al lado, escritos en unas tablas, Andrés leyó
otros versos que repujan el campo de significación establecido,
y ya no dejan duda sobre la identidad del hablante: es el mismo
Dios, o Cristo, quien habla: «Dios estas razones le decía:
Pon vn rato en mí la vista
de tu fe, para que veas
quién e sido para ti
y lo mucho que me cuestas.
(TI p.16)
Al leerlos, Andrés se siente ante un Cristo viviente, que
se comunica mediante la poesía. Estas emociones lo conmueven
tanto que luego escribe él mismo algunos poemas, y cita frases
de otros textos, tomadas, principalmente, de El Cantar de los
Cantares. Se establece, pues, un diálogo entre el
joven y la divinidad. No se trata, como en Poussin, del encuentro
de la juventud y la vida con la muerte muda, sino de un hecho ampliamente
interpretado, de un mensaje contundente de carácter religioso
que pretende no dejar dudas. La escena adquiere mayor dramatismo
un poco más adelante, cuando Andrés, al correr
una cortina, encuentra un «esqueleto o armadura de humanos huessos»
(T.1, p.29), y junto a él unos versos:
Tú, que me miras a mí
tan triste, mortal y feo,
mira, peccador, por ti
que, qual tú te ves, me vi,
y verte as aquel yo me veo.
(T.I,.p.30)
En estos versos cobra la escritura su más plena función
de epitafio. De nuevo surge la pregunta: ¿quién habla?, ¿el
esqueleto?, ¿ acaso su alma?, ¿ una voz del más allá?,
¿ la muerte misma? Para nuestra sensibilidad del siglo XX, la situación
puede ser inverosímil o fantástica, no así
para Andrés, quien no duda ya del prodigio: la voz misteriosa
que lo ha venido guiando a través de la escala ascendente
de signos es la de Cristo. En este momento se siente favorecido
con un prodigio, v su conciencia va no le pone obstáculos
para entregarse por él resto de sus alas al ascetismo. Ha
terminado su etapa épica.
El poema alude al mismo problema hermenéutico ya mencionado
respecto a «el árbol de la vida»; está compuesto
por treinta y cinco versos en siete estrofas, la penúltima
de las cuales dice:
Mírate parte por parte,
i aprende primero a verte
en el libro de la muerte,
que de no saber mirarte,
tú no sabes conocerte.
(TIII, p.36)
Al hablar ahora de «el libro de la muerte» subvierte los términos,
con lo cual se consigue un nuevo efecto en el lector. Éste
debe aprender a leer en la muerte, corno antes habla aprendido
a leer en la vida y en el mundo. Si al interpretar el mundo en
su sentido anagógico nuestro espíritus se remonta
a Dios, la interpretación de la muerte, que seria precisamente
la negación del mundo, darla por consecuencia, paradógicamente,
vida de
resurrección. Es decir, para que el conjunto tenga sentido,
no puede tratarse de esta vida presente, sino de la vida del más
allá, la de la resurrección de los muertos, que no
puede darse sino con la intervención de Cristo y en el contexto
de la religión.
El TEMA DE LA MUERTE COMO METÁFORA POÉTICA
El tema de la muerte, visto dentro de la concepción cristiana,
es recurrente en la novela. La inmensa mayoría de los personajes
son religiosos, y muchos han llegado a serlo de manera «prodigiosa»,
al entrar en contacto con esqueletos y calaveras o cuando sueñan
con cuerpos en descomposición.
El tema es propio de la mentalidad barroca. Su huella más
patente la encontramos en la rica iconografía macabra de
esqueletos, cadáveres en descomposición y demás
representaciones que hoy podemos observar en los museos americanos
especializados. En el Museo de Arte Religioso de Duitama o en el
de Arte Colonial de Bogotá, y en iglesias coloniales, se
observan cristos heridos y sangrantes, santos y penitentes atormentándose
con cilicio. En Europa, de Rembrandt a Poussin, los ejemplos son
numerosos. El cronista León Pinelo cuenta que en 1623,
con motivo de la visita del príncipe de Gales a Madrid,
el arzobispo, como acción propiciatoria y para enseñanza
del pueblo, pidió a las diferentes órdenes religiosas
que saliesen en procesión el viernes santo, con «algunas
mortificaciones exteriores decentes». Desfilaron los descalzos de
San Gil, San Bernardino, San Francisco y Santa Bárbara, los
agustinos recoletos, los capuchinos y los trinitarios, unos con
calaveras y cruces, otros con sacos y cilicios, sin capuchas, cubiertas
las cabezas de ceniza, con coronas de abrojos, vertiendo sangre.
Traían sogas y cadenas en los cuellos, cruces a cuestas,
grillos en los pies, aspados y liados, hiriéndose los pechos
con piedras, con mordazas y huesos humanos en la boca y todos rezando
salmos.
La novela de Solís y Valenzuela hace uso intenso de esta
iconografía. Describe la muerte de muchas maneras: la física
(el moribundo, el cadáver, la descomposición); la
incertidumbre de la conciencia frente a la salvación o la
condenación-, el regreso de los muertos. Estas descripciones
aparecen en los poemas, textos teológicos, argumentos, ejemplos,
excursus.
No sólo presenta a la muerte ingresando en el ámbito
del locus amoenus; en una de las mansiones finales (XXI),
don Pedro roba una calavera de la tumba de tina iglesia de
Bogotá, y con ella logra la conversión de un amigo,
don Juan, quien estaba animado por impulsos asesinos.
Vn philósopho dize que para obrar prudentemente vn
hombre que está colérico deve primero mirarse en
vn espejo, y yo le traygo aquí para que os miréys
en el. Avía a este tiempo desatado la calavera y,
sacándola en las manos, se la pusso delante de los
ojos, con cuya vista aquel fiero león de tal manera
se amanso y perdió la furia que vino después a ser
mansíssimo cordero (TII, p.429).
Poco después el narrador se refiere a la calavera como «célebre
espejo de desengaños» (TII, p.430) . En esta misma mansión
(XXI) describe el estado incorrupto del cuerpo del Arzobispo Almanza.
En este caso, el mensaje parece ser que el premio para quienes llevan
una vida ascética es, no sólo la salvación
del alma, sino la incorruptibilidad del cuerpo. La cadena
de relaciones continúa. Andrés exclama:
Muerto estoy, ¿dónde hallaré la vida, sino en
vos que lo sovs por essencia? Manchado estoy con mis culpas,
¿dónde podré lavarme, sino en essa fuente misteri
osa de vuestro costado? Con esse arbol de mi redempción
tengo de abrazarme y, hasta que essa agua me lave y essa
sangre me redima, no tengo de dejaros. Essa ha de ser mi
luz para no perderme. (T III, pp. 16-17)
El ser vivo (Andrés) se dice muerto; el muerto (Cristo)
es vida; la sangre es agua que lava, la cruz árbol y la muerte
así representada, luz. Los símbolos han sido interpretados
en su acepción contraria. En estos pasajes, el tema de la
muerte adquiere su más alta expresión poética
en el juego de las metáforas. Las palabras, en su significación
literal, han sido insuficientes para decir lo que se quiere expresar
y es necesario acudir al nivel anagógico (no al literal,
ni al metafórico, ni al moral) para que cada signo aluda
a su contrario, para lograr que el aquí se refiera al más
allá, con el uso de los elementos y herramientas incipientes
de la palabra humana.
Con tal manejo lingüístico, las palabras van adquiriendo
nuevos significados. La palabra muerte significa ahora vida, y ésta,
gloria o salvación. Y con la acumulación de ejemplos,
«desierto» termina significando altar y presencia de Dios. La función
del escritor (del poeta) es, en este caso, expresar lo que usualmente
no se puede decir.
EL CAMINO PARA ASCENDER AL CIELO Y LA INSPIRACIÓN
Una famosa poesía de Fray Luis de León, «A Francisco
Salinas» (escrita, posiblemente, hacia 1580), describe los efectos
que la música del organista ciego de Salamanca produce en
el alma de quien la escucha:
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
Es tan sublime que, al oírla, el alma se eleva hacia lo
alto, hacia la divinidad, y percibe la música de las esferas
celestiales.
El papel que Fray Luis le atribuye a la música en este poema,
Solís y Valenzuela se lo otorga a la poesía en su
novela. Nuestro autor creía, según se desprende del
texto, en el inmenso poder renovador de la poesía, como el
más excelso de los lenguajes y el más adecuado para
entrar en contacto con la divinidad: «La poesía espiritual
era órgano del cielo, que como música celestial movía»
(T.III, p.42). Y más adelante: con el «auxilio eficaz de
la gracia» (cuyo vehículo no ha sido otro que el de la poesía),
es posible «restituir el fétido cadáver a aliento
vital,a espíritu vigoroso» (TIII, p.52).
Al recurrir al tema una y otra vez, Solís y Valenzuela enuncia
toda una poética de sentido platónico. Comienza definiendo
la poesía como «música sabia del oydo y pintura discreta
de la razón, y es honrrada con el titulo de divina por lo
que tiene singular entre las demás artes» (TIII, p.60).
Tal como esbocé antes, según la estética predominante
en la época, cuyos orígenes se remontan a la antiguedad,
la literatura debe estar orientada no sólo a divertir (delectare)
sino, y sobre todo, a conmover (movere), a influir en
la voluntad del lector para que enmiende su vida y la mantenga por
el camino recto. Pero al tratarse de la poesía mística,
conmover implica, además, ascender el alma hacia la divinidad.
El ascenso de Andrés ha comenzado en la cueva: «Aquella prodigiosa
cueba que con sus versos lo transformó en hombre nuevo» (TIII,
p.47). A partir de ese momento, con la ayuda eficaz de la gracia,
es la poesía el vehículo fundamental de ese ascenso.
Tal es el sentido de la metáfora «dejar de ser fétido
cadáver» para convertirse en «aliento vital» (TIII, pp.51,
52).
El efecto ascendente de la poesía, sin embargo, asume su
mayor efectividad si va acompañado con invocaciones a la
Virgen y con toda la simbología medieval relacionada con
el culto a María. En la mansión primera aparece un
hermoso poema en tres octavas reales, de las cuales cito la primera
:
Esplendor de los cielos, flor hermosa
i de Chiquinquirá luciente estrella,
espejo de cristal, púrpura rosa
entre todas las flores la más bella,
fuente viva, azuzena más vistosa
que nevado jazíin, clara zentella
de los rayos de Dios, templo divino
i escala para el cielo cristalino.
(TIII, p.24)
Este poema, como tantos otros en la novela, amerita un análisis
cuidadoso, del cual sólo anticipo algunos elementos: la comparación
de la mujer (en este caso la Vírgen) con la luz del sol o
de los planetas es de origen medieval, y tuvo su más excelso
exponente en Petrarca. Su Canzone VIII comienza:
Virqine bella, che di sol vestita...
Fray Luis de León retorna esta tradición en varios
de sus poemas, sobre todo en «Canto a Nuestra Señora»:
Virgen que el sol más Pura
Gloria de los mortales, luz del cielo...
Solís y Valenzuela la llama de modo parecido: «esplendor
de los cielos», «luciente estrella». Todas estas expresiones, en
los varios poemas citados, recogen la tradición de los cantos
medievales a María, que en tantas oportunidades se confunde
con la tradición del amor cortés.
En la mística, María es el mejor aliado que puede
tener el penitente para lograr el perdón y para salvar su
alma. Se creía que con su intervención, éste
lograba encontrar el "camino verdadero". La idea de la Virgen como
"camino de salvación" apare4ce con nitidez, sobre todo en
el verso "i escala para el cielo cristalino"
Pero el ascenso puede efectuarse de muchas maneras. A lo largo
de la novela, sobre todo en los poemas intercalados, hay múltiples
alusiones al tema:
templo, torre, ciudad, huerto cerrado,
escala que se sube a Dios por ella
(TIII, p. 62)
En otro lugar, unos versos puestos en boca de don Pedro:
Ardores del cenit, puesto a la sombra;
Mas durmiendo descuydos al instante
Se turba en la región quien más le assombra,
Pues tocando la esfera de improviso
Desvanezerle en polvo un rayo quiso.
(TII, p. 81)
Al comienzo de la mansión XV se habla de la construcción
de una torre que sirva para llegar al cielo, y explica: «Para llegar
la torre al cielo a de passar por la región de las llamas,
y fabricar en las llamas no lo sufren humanas fuerzas» (TII, p.
75). Más adelante exclama el poeta:
La esfera cristalina
En conpetencia con el verde prado,
De flores matizado,
Mostrará su belleza peregrina
Y se verán mejores
En tierra estrellas, y en el cielo flores.
(TII, p. 818)
En un poema dedicado a San Bruno, se afirma que éste
a la verdad humildes hijos guía,
llevando su espíritu al onceno
(TII, p.196)
Importa resaltar ciertos términos como «cielo cristalinos,
«escala», «cenit», «la región», «la esfera», «la región
de las llamas», «el onceno», «la esfera cristalinas, que pertenecen
tanto a la tradición mística como a la hermética
renacentista. Según estas tradiciones el cosmos está
organizado a la manera de una escala, por la cual es posible ascender.
Hay escaleras y caminos escondidos, eslabonamientos, que conducen
desde el mundo material hasta lo más encumbrado de los cielos.
Esta jerarquización incumbe también a los ángeles,
arcángeles, potestades y demás espíritus puros,
según afirma Dionisio Aeropagita (siglo V) en su libro
Jerarquías celestiales. Santo Tomás (Siglo XIII)
habló de un cielo «sidéreo» dividido en ocho esferas
(los planetas), un cielo «acuoso» o «cristalino» totalmente diáfano,
y un cielo «empíreo» o luminoso. Pico de la Mirándola
(Siglo XV) creyó encontrar el camino hacia la divinidad en
un eslabonamiento de diez etapas, partiendo de la tierra, a través
de los planetas (siete, según la concepción de la
época: Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter,
Saturno) hasta llegar a la «octava esfera» y posteriormente al «primer
móvil». Para Lud, por encima de la tierra, pero antes de
llegar a la esfera de la luna, están las «regiones» del aire
y el fuego. A cada una de estas etapas la tradición hermética
le asignó un «sefirote». Conocer el secreto de cada sefirote
le permitía al iniciado en la mística (o al mago de
la tradición hermética) ascender por la escala hacia
la divinidad, y, también, tomar ascendencia sobre ella para
llevar a cabo actos prodigiosos.
En el ya citado libro De los nombres de Cristo, Fray Luis
de León selecciona diez nombres que, a modo de sefirotes,
están eslabonados en forma ascendente, desde Pimpollo, o
sea lo más material y cercano a los sentidos, hasta Esposo,
que ya implica una unión intima con la divinidad. Conocer
el secreto que encierra cada uno le permite al creyente el ascenso
de su alma. Es interesante notar que en El desierto se menciona
otro libro, Los diez grados del amor de Dios, atribuido a
un tal Don Miguel de Dicastillo, sacerdote, obra que según
los editores no se ha podido identificar y que, según la
narración, Fernando promete enviar desde España a
su hermano Pedro (Mansión XII, TIII, p.810). Los antecedentes
citados nos permiten suponer que dicho libro versa también
sobre el ascenso hacia la divinidad, en este caso con la fuerza
del amor.
En otras palabras, desde Aristóteles hasta el siglo XVII
casi todas las concepciones del Universo, incluyendo las de autores
como Tolomeo, Copérnico, Kepler y Galileo (estos dos últimos
contemporáneos de Solís y Valenzuela), hablaban de
esferas cristalinas concéntricas, estructuras, campos o regiones
en los que estarían colocados los planetas, situación
que les permitía mantener un movimiento regular. Desde el
punto de vista místico, para llegar al cielo era necesario
pasar por tales esferas y regiones.
Pero el camino es de dos vías. Si, como acabamos de ver,
el ser humano puede remontarse hacia la divinidad, de ésta
desciende la inspiración, todo dentro de la más pura
tradición platónico. Para Soíis y Valenzuela,
la creación poética es cosa de inspiración,
hálito venido del más allá. La composición
de poemas es manifestación de un poder sobrenatural, una
forma de manifestarse la gracia, y, el poeta, un elegido. Solís
y Valenzuela, en el mismo pasaje en el que habla de la fuerza divina
de la poesía como el único lenguaje con el cual se
puede el alma del justo comunicar con Dios, cita a Ovidio y a Platón,
atribuyéndole a este último la frase «naturalezas
asistidas e ilustradas de sagrado numen» (T.III, p.61) para referirse
a los poetas.
Una observación final respecto de la vía hacia la
divinidad tiene que ver con la cueva como signo, que en el desierto
aparece con connotaciones encontradas. La cluva tiene una vieja
tradición que se remonta hasta la República de
Platón. En la épica y en muchas obras medievales,
la cueva era el camino para entrar al reino del más allá.
En la novela de Solís y Valenzuela los ermitaños viven,
por lo general, en cuevas, y en la de Arsenio se lleva a cabo la
conversión de Andrés. Pero el símbolo aparece
en sentido contrario respecto de Pedro Porter, quien viaja a los
infiernos a través de una cueva. Podríamos ampliar
el terna aludiendo a estas múltiples lecturas, pero lo esencial
en este momento, me parece, es resaltar que la cueva puede ser umbral
tanto del cielo como del infierno, y que, de acuerdo con los cánones
de la época, la frontera entre la verdad y el error es demasiado
tenue.
LO INACABADO
En un famoso diálogo entre don Quijote y el pícaro
Ginés de Pasamonte, quien estaba escribiendo una novela sobre
su vida, a la pregunta de si ya la había terminado, el pícaro
contestó: «¿ Cómo puede estar acabado (el libro) si
aún no está acabada mi vida?» (Cap. XXII, primera
parte). La respuesta obvia e inteligente del pícaro implica
que entre vida y escritura hay una correspondencia ineludible.
Respuesta similar podría darse en relación con El
desierto. Hemos dicho que no se trata de una obra terminada
sino en proceso; y no únicamente porque del manuscrito de
Madrid se hubiese perdido una o varias páginas; o porque
el de Medellín se haya quedado en la tercera mansión;
o porque en la última mansión se anuncie «una segunda
parte». El hecho central es que la anhelada unión con la
divinidad nunca se da. La anécdota principal ha quedado relativamente
cerrada, pero en el nivel de la significación, los protagonistas
han permanecido en la duda, inclusive en relación con lo
más fundamental.
En otras palabras, la inquietud que trataré de definir en
éste y en los siguientes apartados está contenida
en la siguiente pregunta: si las pruebas teológicas están
dadas desde la primera mansión, si ya en ella encontramos
el primer «prodigio», ¿para qué alargar de manera tan desmesurada
el texto?, ¿ para qué aportar tantas y tan diversas pruebas
secundarias?
No cabe duda que El desierto contiene innumerables instancias
autobiográficas, como lo han demostrado los editores. Y precisamente
por esta razón, seguirá siendo una escritura trunca:
el autor protagonista que narra, como Ginés, su propia vida,
no podrá (d)escribir el momento de su propia muerte; y la
muerte es el tema central.
En la poesía barroca es frecuente el uso de palabras cortadas.
Las novelas de la época prometen segundas partes que nunca
llegan a escribirse. Algunos críticos han llamado la atención
sobre ciertas tragedias de Shakespeare que parecen descuidadas,
sin pulir; cualquier lector encuentra elementos sueltos y gazapos
en El Quijote. Florece la literatura emblemático que
requiere que el lector acabe por su cuenta el desarrollo del pensamiento
expresado hasta ese momento. Lo mismo sucede con la pintura: muchos
cuadros quedan sin concluir y parecen invitar al ojo que los contempla
a poner lo que falta, y ponerlo a su manera, como ocurre con algunas
pinturas de Velázquez o de Rembrandt.
Lo inacabado es una forma de la técnica del suspenso, de
no decir la última palabra, de no comprometerse con una realidad
única. Para el hombre barroco el mundo es aparencial y fluyente,
vario y disperso y el hombre mismo un ser ondulante. Sus obras señalan
hacia un territorio colocado más allá de si mismas.
Son frecuentes en la época las alusiones a los mitos de Proteo
y Circe, como símbolos de lo multiforme, cambiante y vano.
En el barroco, sólo la muerte parece real; todo lo demás
es ilusorio. El tema surge una y otra vez. En la novela, Andrés
se propone regresar a la cueva (mansión I) «a hazer experiencia
de si era illusión, o no, lo que avia visto» (TI, p.45).
En algunas partes del texto presenta ligerezas que hoy podríamos
calificar de gazapos, y que en las notas de pie de página
de la edición moderna se hacen notar: el ciervo que caza
Andrés luego aparece como cierva. Los perros que lo persisten
son calificados de «pachanes» debiendo ser «pachones», que es una
casta de perro cazador. Un personaje femenino aparece primero como
Roselinda y luego como Rosalía. El texto que pretendía
corregir estos detalles quedó incompleto (el manuscrito de
Medellín), al igual que el texto principal. Más aún,
la obra no alcanzó a ser editada en su época, dejando
truncas las esperanzas de su autor. En estas condiciones, El
Desierto refleja, de manera destacada, una condición
de la época, que se acentúa y expresa con otras formas
artísticas, como las de los emblemas, los jeroglíficos
y laberintos.
El LABERINTO
En relación con El desierto, la idea del texto como
emblema y laberinto aparece con frecuencia. En la mansión
II hay pegado un emblema (reproducido en TIII, p. 134) que representa
una espada, una rama de árbol (árbol de la vida),
una calavera, un reloj y varias inscripciones en latín entre
las que sobresale 0 momentum a quo aeternitas (Oh momento
del que depende la eternidad).
En la mansión XXII, Antonio, «descogiendo vn papel y sacando
recaudo de dibujar pintó en él el jeroglífico
siguiente: vna fuerte muralla con sus torreones y dentro de ella
vn exército bien ordenado de monjes cartuxos (... ) y fuera
de la muralla, diversas esquadras de demonios que hazían
sus batallones para contrastarlas (T II, p. 774). Aunque el texto
habla de jeroglífico, se trata más bien de una alegoría,
porque se describe lo que mejor hubiera quedado como dibujo.
El laberinto más elaborado de la novela aparece al comienzo
del manuscrito de Madrid (TI, p. 5): son cuatro cuadrados llenos
de letras y su representación semeja lo que hoy conocemos
como «crucigrama». Es parte del conjunto de textos y poemas laudatorios
con los que, según costumbre de la época, obsequiaban
al autor algunos de sus amigos y admiradores. Aparecen allí
las iniciales PDBV, que según interpretación del editor
Jorge Páramo Pomareda, corresponden al Padre Don Bruno Valenzuela,
es decir, el nombre que tomó Fernando, hermano del autor,
al hacerse cartujo en España. En la parte inferior está
la siguiente redondilla, que da la clave para su lectura:
Qvatro letras norte son
Y zentro del laberinto
Da cada qval con distinto
A su esfera reflección.
Páramo ofrece en la introducción del libro (TI, p.8)
una explicación, que quizá no sea la única
posible. En medio están las letras DSNQ: norte para el lector
y centro del laberinto, según los versos citados. Cada una
da sentido o «reflección» a su esfera, o sea, al cuadrado
que tiene enfrente. Así, son cuatro las salidas. Cada uno
de estos caminos pasa por una serie de letras las cuales, juntándolas
con la central, forman un verso octosilabo:
Don Pedro de Valenzuela,
sois Apolo y sin segundo,
nuebo Parnasso fecundo
que con veloz fama buela.
En este tipo de representación está implícita
una larga tradición hermética. Desde la antigüedad,
el laberinto es un símbolo funerario y una forma de epitafio.
Ya hemos visto cómo la idea de epitafio está relacionada
con algunos de los poemas y con la escritura en general. En otros
niveles hablamos del libro como epitafio o como «letra muerta».
Las «obras completas» implican que ya su autor murió. En
todos los casos hay algo insondable, misterioso, impredecible. Así,
la presencia de un laberinto en la portada del manuscrito es otra
manifestación del sentimiento barroco en la obra, relacionado
con el discurso cifrado.
EL DISCURSO CIFRADO
El laberinto literario, al igual que los emblemas y jeroglíficos
implican que la idea o el mensaje puede ser descubierto, pero sólo
luego de sin arduo proceso de interpretación. López
Pinciano, un tratadista español de la época, manifiesta
que «en lo dificultoso está lo hermoso»". Como es sabido,
muchas obras de arte estaban dirigidas más a «ingenios raros»
que al público en general. Un texto difícil pretende
amarrar al lector, lo hace esforzarse en su desciframiento. Se creía
que este tipo de textos tenían enorme influencia, por ejemplo
en la educación, en la política, en cuestiones religiosas.
Por eso, dentro de este contexto, los emblemas, laberintos , jeroglíficos
se usaban frecuentemente en ceremonias, fiestas religiosas, arcos
triunfales, carrozas.
La solución del laberinto sólo se le dará
a determinadas personas. En cierto sentido, laberinto y texto son
sinónimos dentro de la simbología barroca. Es posible
que existan varias interpretaciones de un texto (varias soluciones
del laberinto), pero sólo una es la «verdadera». En el libro
Los nombres de Cristo, el monje menor trae consigo escritos
diez nombres en un papel, cuyas interpretaciones podrán ser
múltiples. El monje mayor, sin embargo, es el que proporciona
«la verdadera".
Existe, pues, un lenguaje cifrado. En La Grandeza Mexicana (1604)
de Bernardo de Balbuena aparece esta idea en los versos introductorios:
De la famosa México el asiento,
origen y grandeza de edificios,
caballos, calles, trato, cumplimiento,
letras, virtudes, variedad de oficios,
regalos, ocasiones de contento,
primavera inmortal y sus indicios,
gobierno ilustre, religión y Estad