DIMENSIÓN ÉTICA DE LA REALIDAD VIRTUAL

Gilberto Cely Galindo
Decano del Medio Universitario


Lo virtual es una realidad más de lo real. No es algo paralelo a la realidad, ni mucho menos una fuga fantasmal de la misma. Tampoco lo virtual es una especie de “fantasía” o de “ficción”, creado por exacerbación de la imaginación, a modo de un “ente de razón”, como diría la filosofía escolástica: inexistente ontológicamente. Lo virtual es real. ¿Cómo acontece la realidad virtual? Veamos.

El proceso milenario de cerebración de la especie humana ha ido desarrollando capacidades mayores de inteligencia del mundo circundante y del mundo interior, estableciendo diferencias entre ambos, cosa que no ocurría antes. El hombre y su entorno eran uno mismo y reinaba la ley de la jungla. Hemos ido pasando del pensamiento concreto al pensamiento abstracto, de lo real fáctico a lo real simbólico o virtual, de la conciencia refleja inscrita en la selección natural y común a todos los organismos vivos, a la conciencia intencional típicamente humana. La conciencia intencional es el espacio propio de la moralidad, que se ensancha y se espesa en la medida en que construyamos justas relaciones intersubjetivas que aporten a la convivencia social. Este largo camino ha sido llamado “proceso de hominización” que nos constituye en homo sapiens y nos abre futuros hacia el homo sapiens sapiens, denominado “proceso de humanización”, dinámica teleológica de culminación espiritual del ser humano. La virtualidad se inscribe en esta dinámica.

A manera de ejemplo, podríamos afirmar que en la era electrónica de los computadores, de Internet y de los medios masivos de comunicación social, toda la vida del hombre está mediada por la realidad de lo virtual, y que estas realidades tecnocientíficas no son otra cosa que expresiones muy altas de la inteligencia simbólica o espiritual de nuestra especie. Dichas mediaciones virtuales o simbólicas despliegan un poder tal, casi mágico, en el individuo y en el colectivo humano, hasta el punto de imprimir en ambos resignificaciones innovadoras de la manera como nos relacionarnos con el mundo, como deseamos vivir la vida y el modo como configuramos la arquitectura social. Todas estas mediaciones simbólicas novedosas provienen de los avances del conocimiento, el cual, en la contemporaneidad, se perfila como conocimiento del saber-hacer, lo que significa: innovador, operativo, útil, práctico, procedimental, transformador, competente, eficiente, eficaz y productor de riqueza. Todas estas características movilizan el conocimiento hacia satisfacer los deseos inscritos en el corazón humano de mejorar la calidad de vida. Es lo que ha venido en llamarse “Sociedad del conocimiento”, también “Sociedad del riesgo”, puesto que conocimiento y riesgo van juntos exponencialmente.

La sociedad se expone a mayores riesgos para sí misma y para el hábitat, cuanto más avanza en el conocimiento tecnocientífico, cuyo ejercicio político del mismo da lugar a consecuencias incalculables e incontrolables. No era así cuando la ignorancia reinaba en nuestros antepasados remotos y sus vidas transcurrían lentamente a merced de las fuerzas ciegas de la naturaleza. En ese entonces, el hábitat tenía todas las de ganar en el proceso evolutivo guiado por el caos y el azar, y el hombre las de perder. Ahora ambos pueden ganar o perder, de manera vertiginosa y en proporciones macro, una vez que el ser humano ha ido haciendo ganancias prodigiosas en el desarrollo de su intelecto, las cuales son también en el ámbito de la libertad.

Con el desarrollo del conocimiento y de la libertad le hemos robado una buena porción al caos y al azar para convertirlo en moralidad; vale decir, en decisiones provistas de prevención de futuro, de cálculo de probabilidades, de estimación de costo-beneficio para el hombre y su entorno natural, y en asumir responsablemente las consecuencias de la acción. Esto es lo deseable. Pero…, el riesgo siempre va con nosotros y crece con el tamaño de las decisiones. Al mirar históricamente el proceder humano, sus errores y calamidades, cabe la pregunta ¿de qué sirven las gigantescas ganancias en conocimiento y libertad, si con ellas bordeamos atolondradamente el precipicio de posibles hecatombes, fruto de nuestra irrenunciable arrogancia de homo sapiens? Para prevenir estos peligros viene en auxilio la ética. Sí que es necesaria la ética cuando accedemos cada vez más al inmenso poder de la realidad virtual que puede desviarse hacia daños irreparables. La ética es un conocimiento sapiencial que necesitamos para orientar correctamente el conocimiento tecnocientífico y la libertad.

Formulemos unas preguntas éticas a la realidad virtual:

  • El desarrollo del conocimiento virtual debe estar mediado éticamente por la clara y explícita intención de hacer bien y no mal a todos y a cada uno de los seres humanos. Si esto fuese así, ¿cómo explicar la presencia de “hackers”, aquellos pequeños genios de la informática que meten sus dedos manipuladores por todos los recovecos del espacio on-line virtual, y de “crackers” que violan la seguridad legal y ética del ciberespacio con conductas perversas, de virus no biológicos que destruyen tanto softwares como hardwares, de información “basura” y desorientadora, de violencia, de racismo y de pornografía que corrompen la mente de los niños y enturbian más la de los adultos que disfrutan de estas p atologías? Abordamos nuevas formas de delincuencia criminal con escasos recursos para controlarla. Como dice Mabel Paola López: “Las condiciones específicas del ciberespacio, como la poca experiencia sensorial, la flexibilidad de la identidad o el anonimato, la inexistencia del estatus, la trascendencia de límites geográficos o temporales y el acceso a múltiples relaciones, han puesto a la humanidad frente a nuevas emociones que elevan su nivel de creatividad, liberan las fantasías y tensiones y hasta pueden generar psicosis”. (UNPeriódico, Bogotá D.C., N° 46, mayo 18 de 2003, p. 10).
  • Es éticamente reconocido que el conocimiento tiene una hipoteca social. ¿Consideramos que el conocimiento y la libertad son bienes espirituales de toda la humanidad y no de propiedad exclusiva de una casta privilegiada? Si esto fuese así, ¿cómo aliviar los altos costos económicos de lo virtual que excluyen a las gentes pobres? ¿Cómo evitar que los medios virtuales se constituyan en fuentes de poder y dominación, de enriquecimiento de unos pocos y de empobrecimiento de las mayorías? ¿Cómo socializar el conocimiento para beneficio de todos?
  • El servicio a la verdad es un imperativo ético de la información y de la producción y socialización del conocimiento. Asistimos, en nuestros días, a una oferta sin límites de comunicación donde parece que todo lo que se informa vale por igual, que todo sirve a la verdad sin distinciones ni matices, más aún que no existen diferencias entre lo cierto y lo incierto, propiciándose un relativismo moral que enrarece la cultura. El pluralismo y la libertad de expresión son objetivos éticos y con ellos tendremos que convivir democráticamente. Pero…, ¿cuántas falsedades circulan on-line, sin control ni corrección alguna? ¿Cuántas mentiras y calumnias? ¿Cuántos incautos, y especialmente niños, terminan lesionados en su mente y en su corazón al creer ingenuamente lo que se informa y publica por todos los medios de divulgación? El derecho a la información conlleva el peligro de desinformar, de desorientar, de decir como cierto lo que apenas es una sospecha, de elevar a la condición de verdad y hasta de dogma cuantas creencias esotéricas y pseudo-religiosas van surgiendo en la imaginación de algunas mentes despistadas. También la restricción de la comunicación, especialmente de aquellos sistemas políticos dictatoriales y represivos, o de aquellos integristas de extrema ortodoxia, hacen mucho daño a las libertades y al acceso a la verdad.
  • El conocimiento contemporáneo está necesariamente mediado por la tecnología y viceversa. Esta mediación encarece el conocimiento al convertirlo en tecnociencia, cada vez más sofisticada, exigente de cuantiosas inversiones económicas y de consecuentes redituaciones para sus propietarios, en reconocimiento a su “know how”. Es ético el derecho a la propiedad intelectual e industrial. No son éticas la piratería ni el plagio, ni el robo a las empresas y bancos vulnerando los sistemas de seguridad virtual, ni entrar a saco sobre los bienes de terceros expuestos en las vitrinas virtuales de Internet, de los medios de comunicación social, de las publicaciones impresas y de todos aquellos reservorios de bienes históricos, culturales y religiosos. Pero, ¿no habíamos convenido que todo conocimiento es un bien cultural y le pertenece a la comunidad humana como tal, pues ella es la gestora universal de la cultura? ¿Cómo resolver la aporía entre bienes de propiedad privada y bienes públicos, más cuando ellos favorecen el crecimiento de la libertad o lo contrario? ¿Cómo lograr que la riqueza que trae el conocimiento tecnocientífico sea riqueza para todos y no sólo para unos pocos, en aras a la justicia distributiva y a la equidad? Estas preguntas se las tendremos que hacer a los organismos estatales y a las instituciones mundiales que velan por los derechos de los pueblos.
  • Todo conocimiento lleva implícita la vocación educativa del mismo y un modo ético de realizarse. Esto quiere decir que está comprometido con las nuevas generaciones humanas para ser transmitido a ellas a través de los procesos pedagógicos de enseñanza-aprendizaje. Las novedades del conocimiento virtual –y a la postre, todo conocimiento es virtual porque su naturaleza es eminentemente simbólica-, requiere de modos virtuales de comunicación, exigentes de nuevas pedagogías que sobrepasan las tradicionales de las aulas de clase y de las enseñanzas caseras. ¿Estamos pedagógica y éticamente preparados para educar y ser educados en la virtualidad?
  • Finalmente, la suerte del individuo y de la comunidad humana dependen de los valores morales que construyamos a favor de una vida recta, virtuosa, facilitadora de suficientes espacios de libertad para la variopinta gama de justas aspiraciones de felicidad y realización existencial de todos los habitantes del planeta. De esto se ocupa la sabiduría como espíritu mismo de la ética que nos enseña a convivir sin exclusiones, haciendo de este planeta una casa para todos. Esa misma sabiduría que se las arregla para orientar correctamente el conocimiento tecnocientífico, y ahora virtual, motor de la “Sociedad del conocimiento”, también reconocida como “Sociedad del riesgo”.