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TEOLOGÍA MORAL FUNDAMENTAL
Capítulo Cuarto (b) MORAL APLICADA.
3. Responsabilidad Social Empresarial: Una visión desde América Latina. (Roberto Solarte). 3.1. El desarrollo como contexto de la Gestión Empresarial 3.2. Del desarrollo a la crisis de la civilización 3.3. Propuesta de un marco ético común 3.4. Necesidad de la gestión ética de las Instituciones 3.5. Ética aplicada a las instituciones empresariales. 3.6. Marco para una propuesta de Responsabilidad Social 3.7. Concepto de Responsabilidad Social 3.8. La Gestión Ética: unos medios 3.9 La Responsabilidad Social implica asumir de manera ética las interacciones de la institución.
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3. Responsabilidad social empresarial: una visión desde América Latina. (nota 80)
3.1. El desarrollo como contexto de la Gestión Empresarial
En nuestro medio existe una tradición, que consiste en asumir los modelos que han sido exitosos en la gestión de empresas de los países desarrollados. Algunas personas hacen la salvedad y sospechan que existen diferencias de formación en el "recurso" humano y que, en consecuencia, esos modelos se pueden adaptar a nuestra situación con algo de imaginación de parte de los administradores. Más en concreto, podemos interpretar algunos de los cambios que han sucedido en empresas nacionales como la aplicación de aspectos importantes de las teorías administrativas.
En realidad, podemos hablar de diversos modelos de empresa. En algunos casos la empresa se ve como una mercancía de los propietarios, un paquete de acciones, que se tiene sólo con el fin de incrementar el capital. En esta concepción los colaboradores son tratados como objetos, en quienes sólo se invierte lo que manda la ley, y los usuarios y consumidores se ven doblegados por los intereses de la maximización de utilidades privadas a corto plazo. En esta situación no es posible una conciliación con la ética, a menos que se trate de un proceso decidido de moralización a fondo, en el que se tienda a incrementar los cambios que favorecen la rectitud y responsabilidad empresariales. En otras concepciones empresariales, se tiene en cuenta el largo plazo, se mira a la empresa como una comunidad de personas que cooperan para una tarea común que es un bien social. Este modelo es más cercano a la rectitud ética; sin embargo, vale la pena examinar la integralidad de la responsabilidad que asumen estas últimas empresas.
Por otro lado, los modelos administrativos corresponden a elaboraciones particulares dentro del gran ámbito de la sociedad liberal de mercado. Esta sociedad viene definida por el ideal de "desarrollo". La gestión empresarial corresponde a la vinculación necesaria de la empresa con el ideal de desarrollo. De este ideal hace parte todo un ordenamiento social que pide fuertes inversiones en capital humano con el fin de garantizar posibilidades reales de inserción en el mercado global. "Los países han tomado creciente conciencia de la importancia de contar con cuadros profesionales y técnicos capaces de imprimir una dinámica acelerada a los procesos de desarrollo, que son cada vez más complejos" (nota 81). En el seminario de AUSJAL sobre Ética y Economía del año 1998, decía el Padre Xavier Gorostiaga S.J., "La educación contiene un potencial extraordinario para el desarrollo cada vez más ampliamente reconocido" (nota 82).
El ideal de desarrollo se refiere a un proceso de cambio social, cultural y económico. En el ámbito económico se habla de modernización a través del cambio en el sistema de producción por el uso "eficiente" de los recursos materiales y de información. El cambio cultural se apoya en la educación, y en el impulso a la investigación en ciencia y tecnología. El social, en mejoras sustanciales al nivel de infraestructura de comunicaciones, vías y estructuras de gobierno.
Colocado como fin de los procesos humanos, el ideal del desarrollo hace que se lea la historia reciente como una secuencia lógica de etapas: la revolución textil, la tecnología metalmecámica, la masificación de bienes de consumo y, por último, la etapa de un nuevo desarrollo ya no industrial, sino electrónico, informático y computacional. En esta versión de la historia económica y social, la última etapa ha generado importantes cambios culturales, que modifican al "recurso humano" requerido para implementar dichos procesos.
Como ideal, el desarrollo implica el alcance de la plenitud de las potencialidades de cada individuo, y un crecimiento armónico de la humanidad en medio del cuidado y preservación del medio ambiente. En el actual contexto de crecimiento económico "inmaterial", se enfatiza la necesidad de cualificar al recurso humano, mejorar las infraestructuras y los usos de la información, y emplear de la mejor manera los recursos materiales disponibles.
Para lograr el ideal del desarrollo se necesita incrementar el valor agregado en la producción para poder lograr una inserción competitiva en el mercado global. Ello implicaría el crecimiento de la industria sobre la agricultura y las actividades extractivas, dentro de un marco de políticas de redistribución de los ingresos. Nada de eso se podría hacer sin cualificar la fuerza laboral y difundir el conocimiento científico y tecnológico. Estamos pues, hablando de un cambio cualitativo y cuantitativo de la educación, que tiene ahora claros fines sociales, pues debe tender a dinamizar la economía y reducir la desigualdad.
Por otro lado, el ideal de desarrollo viene acompañado de ideas liberales democráticas - la libertad de conciencia, la igualdad de todas las personas ante la ley, la solidaridad, la participación - de manera que se traza como ideal una sociedad formada en una ética de la participación y de los valores democráticos. Todas las instituciones sociales tiene por función ayudar a formar "ciudadanos" competitivos, de manera que el contexto democrático y de libre mercado se vea garantizado.
En el actual contexto cultural se desconfía de lo cerrado, ya sean religiones, ideologías, esquemas o reglas, y se tienden a reconocer la diferencia y nuevas modalidades de lo pragmático abierto a nuevas formas de búsqueda de lo trascendente. En las ciencias, se ha pasado del paradigma "positivista" a otro en el que la realidad se comprende como interconexión de sistemas complejos construídos y reconstruídos por los seres humanos. La informática, las redes y lo virtual, han destacado la importancia de "saber buscar" en lugar de repetir y memorizar informaciones. En consecuencia, han surgido nuevas habilidades, y se ha revalidado el papel de la creatividad. La revolución informática ha cambiado la fisionomía de las organizaciones, que han introducido en sus procesos las nuevas tecnologías para almacenar, procesar y transmitir información. Los cambios informáticos generan también cambios en las formas de producción. Aunque la nueva situación de la economía consiste en la globalización de los mercados financieros, ello influye en la creación de nuevas formas de producción: se tiende a la descentralización, a interacciones virtuales y a distancia, a una mayor flexibilización en las informaciones internas de las organizaciones, de los tiempos y de los espacios, que se ha reducido por el efecto de inmediatez de las redes.
Los avances científico tecnológicos introducen al menos siete campos de conocimientos importantes que inciden en el futuro del desarrollo empresarial:
Estos nuevos campos de conocimiento han introducido e inducido nuevas modalidades de gestión. En consecuencia, las empresas orientadas de manera responsable hacia el futuro tienden a acentuar la iniciativa de cada uno de sus miembros, a crear sinergia gracias a la inteligencia de todos, a fomentar los procesos grupales de alta calidad. La obediencia ha sido sustituida por la responsabilidad, los recursos se emplean de manera creativa, su busca que los ambientes laborales fomenten la calidad de vida en el trabajo. El factor conocimiento se ha vuelto central para el logro del éxito; por tanto, los programas de formación y la descentralización de la toma de decisiones se han vuelto primordiales. La gestión de la cultura empresarial a partir de ideales compartidos ha sustituido al control técnico, lo cualitativo a los logros cuantitativos, la pertenencia a la coerción.
Por otro lado, si la empresa se orienta hacia un proyecto de nación definido por el desarrollo, entonces adquiere como nueva tarea la equidad, entendida como superación de la pobreza y elevación de la calidad de vida, es decir, como un servicio de calidad dirigido a las poblaciones de menores recursos. Ya no es posible sostener un servicio exclusivo a las elites porque el nivel de conflicto social ha hecho incrementar las demandas de los sectores populares. En la medida en que estas demandas tienen que ver con necesidades vitales de las personas, las empresas están moralmente obligadas a resolver tales demandas. Por otro lado, se puede leer nuestro conflicto social como el estallido frente a un orden social inviable por la excesiva desigualdad y discriminación.
En consecuencia, la empresa tiene que buscar, imaginar y poner en marcha mediaciones entre los requerimientos de supervivencia bajo las reglas del libre mercado y su propia existencia en una sociedad sostenible a largo plazo. Esto incide en la flexibilización de la estructura organizacional, que puede tender a los principios sistémicos: si la empresa se lee como un sistema, puede aprender de sus propias relaciones internas y externas, de manera que se pueda facilitar el cambio en las estructuras empresariales. Muchas empresas han comenzado a buscar nuevos estilos de liderazgo, pues se exige hacer uso de los nuevos recursos y se enfatiza la retroalimentación de los resultados, así sean negativos, como parte del proceso de planeación de la gestión empresarial. De la misma manera, ha aparecido la necesidad de cualificar la gestión y fomentar la participación de todos los miembros de la empresa dentro de los planes a largo plazo de las instituciones.
Sin embargo, en términos generales, en América Latina no existen políticas gubernamentales o institucionales que enfrenten las necesidades de cambio. Las empresas son demasiado lentas frente a la velocidad de los cambios sociales, o sólo logran realizar cambios "cosméticos". Tal vez el medio empresarial sea demasiado conservador y se resista al cambio, dejando que las cosas sigan su propia tendencia a la inercia. Por otro lado, el crecimiento de la cantidad de empresas ha generado una clase de trabajadores que viven acomodados en sus rutinas y en su burocratización, opuestos a los cambios que impone la flexibilidad exigida por la necesidad de ganar competitividad a escala global. A esto han ayudado los estilos administrativos adoptados, que han fomentado tal burocratización y que han incrementado las tensiones internas, creando grupos con intereses opuestos en las diversas unidades de trabajo. En consecuencia, hay que identificar las opciones adecuadas para generar los procesos de cambio, crear mecanismos que los faciliten y poner a disposición de cada empresa los instrumentos necesarios para la ejecución de los nuevos procesos.
La globalización ofrece grandes posibilidades de crecimiento económico, sólo que abre más oportunidades a los que tienen capacidad competitiva y excluye en forma creciente a quienes no la tienen. Hoy en día, lo determinante en el desarrollo es la posibilidad del factor humano para generar valor agregado a través de la capacidad organizativa para atraer inversión e incorporar tecnología. En consecuencia, las empresas de nuestro continente se enfrentan a un dilema. Por un lado, ser actores sociales fundamentales en la democratización y en el correcto aprovechamiento de las capacidades humanas exigidas para un desarrollo sostenible y democrático; por otro, pueden ser los instrumentos que fortalezcan las condiciones de ingobernabilidad e insostenibilidad del crecimiento económico dominante en el mercado mundial y sus subsecuentes estructuras antidemocráticas de concentración y exclusión.
3.2. Del desarrollo a la crisis de la civilización
Nuestro continente se ha caracterizado por la pobreza, la exclusión, la discriminación por el ingreso y las oportunidades laborales y educativas, lo mismo que por el desequilibrio ambiental y la ruptura de los vínculos sociales. Como no hemos logrado acercarnos al ideal del desarrollo, se suelen mostrar como causas de este proceso "el nivel de ahorro interno y los patrones de consumo, el patrón de la inserción interna, la debilidad del proceso de incorporación al progreso técnico, la resistencia de los grupos de intereses y la insuficiente dinámica para absorber la población económicamente activa" (nota 83).
Más allá de nuestra ineficiencia frente al ideal de desarrollo, podemos analizar los efectos que han tenido en nuestras sociedades las ya muchos años de "desarrollo". Estamos en el periodo de mayor concentración y centralización de los ingresos y de la riqueza de toda la historia.
Si se distingue por actividad económica, se observa que el 20% más rico realiza el 81.2% del comercio mundial, obtiene el 94,6% de los préstamos comerciales, tiene el 80,6% del ahorro interno y lleva a cabo el 80,5% de la inversión interna. Por el contrario, el 20% más pobre realiza el 1,0% del comercio mundial, obtiene el 0,2% de los préstamos comerciales, tiene el 1,0% del ahorro interno y ejecuta el 1,3% de la inversión interna.
Hoy en día, el 60% de la población mundial sobrevive con menos del 6% del total del producto bruto mundial. 358 billonarios acumulan el 45% de la riqueza mundial per cápita, en un mundo que se precia de avanzar en interdependencia y convivencia democrática. En los últimos quince años, 100 países con más de 2.000 millones de habitantes han visto reducido su crecimiento económico, 70 a niveles inferiores a 1980, 43 a inferiores a 1970. En ingreso real decreció para 200 millones de personas entre 1965 y 1980. Este deterioro se ha quintuplicado hasta 1995, alcanzando a 1.000 millones de personas (nota 85). La relación del desarrollo con la educación es aún más grave:
Agreguemos a todo esto que el nuestro es un país sumido en la peor crisis de su historia. El crecimiento económico que ha sido sostenido por décadas a dejado como resultado la sociedad con la peor distribución de la riqueza de todo el planeta. Pese a todo lo que se diga para devaluar al opositor político, la guerra interna también tiene que ver con esta injusta distribución de la riqueza. Es esta misma gravísima situación la que alimenta la violencia cotidiana, que supera con mucho el número de víctimas de la guerra. Hemos asimilado desarrollo a un modelo en que la única ventaja comparativa proviene la ilegalidad o de la informalidad.
Nos encontramos en una situación donde sólo los servicios y la especulación financiera se han vuelto rentables para la pequeña élite de nuestra sociedad, produciendo una crisis que se puede caracterizar como desaparición de los mercados locales y articulación de los sobrevivientes al mercado global. Esta misma élite se ha apropiado desde sus inicios del aparato estatal, y se ha beneficiado de su privatización. En consecuencia, esa élite es actor principal de la crisis.
Aunque América Latina ha sido una zona con un gran crecimiento universitario, la masificación de la enseñanza superior no ha resuelto el problema del acceso a los sectores de menores ingresos, produce una escasa y poco significativa investigación y parece no ser pertinente para las necesidades de las inmensas mayorías excluídas. Es más, Gorostiaga sostiene que "a pesar de este boom universitario, América Latina ha aumentado sus niveles de inequidad y de pobreza absoluta, a la vez que su capacidad competitiva se ha reducido (...)La educación puede ser el mecanismo más importante para reducir las desigualdades en el ingreso. Sin embargo, actualmente en América latina, la educación está haciendo precisamente lo contrario: está exacerbando la desigualdad" (nota 87).
La crisis corresponde al concepto de desarrollo o progreso. Se pensaba que la humanidad "progresaba" gracias al impacto de las fuerzas del libre mercado. Se esperaba que ellas arrastrarían a toda la humanidad a una nueva y mejor configuración, por la integración de todas las personas en las formas modernas de producción, distribución y consumo. De este modo, el ideal del progreso suponía una creciente incorporación de la humanidad bajo los parámetros del ascenso hacia la libertad y la justicia. El crecimiento económico, continuo e inacabable, el progreso técnico en que éste se sostiene, y la integración de toda la humanidad, es un único proceso de desarrollo (nota 88): "El concepto de desarrollo es una especie de marco categorial por medio del cual se ha interpretado el mundo moderno (...) Se trata de una imagen optimista del mundo, según la cual la propia inercia del progreso técnico actúa en dirección de la humanización de la vida humana. Lo que la humanidad tiene que hacer, pues, es desatar esta inercia y someterse a ella. La técnica salva" (nota 89).
La situación actual consiste en que nosotros, a pesar de reconocer la bondad de los avances tecnológicos y la riqueza de posibilidades que ellos abren, al tomar conciencia del destino miserable de la mayor parte de la población mundial en este planeta, del peligro de un desequilibrio ambiental irreversible, y de la reducción de la diversidad de formas de vida, no tenemos mayor motivo para compartir el optimismo del ideal moderno de desarrollo.
El economista Franz Hinkelammert sostiene que el primer mundo sigue "necesitando del Tercer Mundo, de sus mares, su aire, su naturaleza, aunque sea apenas como basurero para sus basuras venenosas, pero sigue necesitando de sus materias primas (...) Lo que ya no se necesita, es la mayor parte de la población del Tercer Mundo" (nota 90). Esa población sobrante es vista como un peligro, como una sobrepoblación que ya no es útil ni como mano de obra, ni como consumidora, sino que ha quedado por completo desvinculada del mercado. Sin embargo, ante la gravedad de la situación, continuamos insistiendo en que no hay ninguna alternativa diferente a la integración con el mercado global.
En realidad, esta situación pone de plano la urgencia de alternativas para la supervivencia global. Hoy es inaplazable buscar alternativas al sistema global de producción, concentrado en la tecnología y en el capital "información", para someterlo a las condiciones de supervivencia de la humanidad entera en el marco de la naturaleza existente (nota 91).
La situación actual es una "crisis" de la civilización occidental, que ha optado por las alternativas más irresponsables. Este trance afecta todos los campos de la vida en sociedad, pues se persiste en un proceso sistemático de destrucción de la vida, motivado por las exigencias de proyectos de "desarrollo" que han producido la exclusión de la mayor parte de la población mundial, han socavado las bases de la vida futura en este planeta y han generalizado modos altamente sofisticados de destrucción violenta de la vida.
El reconocimiento de lo poscolonial es una descripción de la crisis producida por el impacto depredador de la homogeneización de todas las culturas bajo modelos de vida que se rigen por la racionalidad económica de la eficiencia utilitaria. Se han impuesto modos de existencia humana en serie, tan erosionados y contaminados como las relaciones sociales y el medio ambiente. Se llama poscolonial a la tarea de crear modos de existencia diferentes o alternos a los que actualmente vivimos, en medio de hábitos, instituciones y estructuras distintos. Lo insostenible de los actuales modos de existencia nos lleva a buscar las posibilidades concretas de vivir de manera novedosa nuestra humanidad singular y, al mismo tiempo, de registrar nuevas maneras de solidaridad y de relaciones con el ecosistema. Lo poscolonial es el reconocimiento de la diversidad, la diferencia y la complejidad contra la homogeneización y simplificación global.
Como soporte del ideal de desarrollo se erigió una imagen de la vida humana, llamada "hombre económico." Esta imagen se ha vuelto el prototipo de vida humana, además de ser el fundamento de la racionalidad económica dominante. Este enfoque reduce la idea de racionalidad a la maximización de utilidades individuales, por fuera de toda consideración sobre valores, afectos y nexos comunitarios. Si tal utilidad egoísta es el fin de todas las acciones de cada ser humano, todo lo demás es sólo medio en los análisis de costo beneficio. Decidir racionalmente quiere decir, calcular los costos y los beneficios de cada decisión, de cara al fin de la maximización de la utilidad individual. Lo demás incluye, claro está, a los Otros y al medio ambiente. A partir de esta imagen del ser humano como individuo egoísta maximizador de utilidades, se ha construido una imagen global de la sociedad como mercado, es decir, como un enorme sistema autorregulado que brota del caos de las preferencias y elecciones individuales. Un orden que vive del desorden, un sistema cerrado del que no hay escapatoria posible.
Las reducciones son evidentes: el egoísmo es una de nuestras motivaciones, pero no la única. En realidad, enfrentamos los dilemas y paradojas de la vida cotidiana con muchos más recursos, movidos siempre por efectos, apreciaciones valorativas y vínculos con personas y formas de vida. Decidimos muchas veces movidos más por el ejemplo y el significado de las consecuencias, que por la simple utilidad que nos reporten. En realidad nadie obra bajo el esquema exclusivo del propio beneficio, sino que los beneficios son medios para otros fines, como sostener y hacer crecer el negocio, remunerar a los empleados, ejecutivos e inversionistas, etc. En la actualidad, lo que interesa es cómo debe concebirse el beneficio en el contexto de la productividad y de la responsabilidad social. Además, nuestra razón o capacidad de cálculo está limitada por la realidad de la fragilidad y de la contingencia que nos constituye. Por otro lado, esta forma de obrar, extendida de forma masiva e inconsciente, oculta el rigor del sistema, que excluye y sacrifica para poder sostenerse. Voy a llamar violencia a estas formas de exclusión y sacrificio que pide la continuidad del sistema.
El reconocimiento de la violencia no sitúa ante una paradoja: la continuidad eficiente del sistema supone la muerte de las mayorías, y la vida de todos exige el cambio del sistema. Esta crisis general de las sociedades contemporáneas hace urgente una nueva perspectiva global con hondas raíces éticas, que permita abordar los problemas en su real complejidad, para poder afirmar la vida de todos y cada uno sobre los mecanismos que nos llevan hacia el suicidio colectivo.
Esta crisis afecta directamente a la empresa, que debe responder seriamente ¿Para qué proyecto de sociedad está trabajando? ¿Qué tipo de empresa se necesita para esa sociedad? Y más de fondo: Cuándo la empresa se orienta a las personas, ¿Cuáles son las estrategias que hacen viable su comprensión de ser humano? Nos pueden servir como orientaciones las siguientes observaciones:
3.3. Propuesta de un marco ético común
Ninguno de los procedimientos usuales, ni los abundantes diagnósticos de estas crisis, ni las soluciones únicamente pensadas por los tecnócratas, ni las formas legales que no se cumplen, pueden solucionar la actual situación. Sin una ética que privilegie la vida en perspectiva global, promueva proyectos de convivencia justa al interior de las sociedades y reduzca la violencia, motive al entendimiento y la disponibilidad de hacer valer para todos los seres humanos los derechos fundamentales a partir de la conciencia de las propias responsabilidades y obligaciones, la sociedad humana en su conjunto se dirige hacia un colapso sin solución por la acumulación insostenible de problemas.
Estamos pues ante una urgencia ética. Necesitamos algún tipo de "ética global", un consenso básico entre las personas sobre los mínimos comunes a la humanidad respecto de los valores vinculantes, las pautas inalterables y las actitudes fundamentales. La crisis actual pide a la ética unas respuestas que nos permitan movernos hacia la construcción de un horizonte de acción común, que haga posible generar nuevas opciones. Hay que buscar pues, una respuesta constructiva, mostrando el sentido mismo de una reflexión ética capaz de comprometerse en la generación de soluciones.
Frente a la crisis global, sólo éticas de la responsabilidad pueden ser fecundas en la construcción del futuro. La responsabilidad consiste en deliberar considerando y haciendo previsión del destino de los posibles cursos de acción, evaluando sus consecuencias y equilibrando la fuerza de todo aquello que se escapa a la propia libertad. Quien decide algo en esta perspectiva es responsable en cuanto toda decisión para una acción es una resolución sobre el propio modo de existir. Cada uno es responsable del modo en que ha resuelto construir su propio modo de existir en sus propias circunstancias. Las éticas de la responsabilidad promueven la pregunta por las consecuencias previsibles de las decisiones y piden hacerse cargo de la forja del propio destino, en cuanto esto es posible. Se trata, por tanto, de considerar de modo inteligente la situación y de evaluar críticamente las intenciones ideológicas, es decir, de ser responsables políticamente, y críticos con los procedimientos subjetivos.
En el mundo de las interacciones de las Instituciones y actores sociales, se decide definiendo Misiones y Visiones Institucionales. Las decisiones que se toman allí suponen una ética de la responsabilidad, que asume el contexto en el que se desenvuelven las acciones por las que se ha optado. Este contexto no es un dato de un cálculo, sino el conjunto de personas y comunidades con que se interactúa. En consecuencia, hay que decidir primero sobre los fines y criterios últimos de las acciones emprendidas en común en la Institución, y de cara al contexto real.
Voy a proponer un criterio para juzgar la validez de estos fines institucionales. No se trata de un ideal perfecto ni de una abstracción, sino los seres humanos concretos, que voy a entender como estos sujetos corpóreos de vida, que trabajan, interactúan y hablan, sujetos totalmente contingentes y necesitados. Plantear las cosas de esta manera nos saca de las disquisiciones metafísicas sobre la fundamentación de la ética y de la ilusión del progreso hacia la situación ideal, y nos remite a la realidad de destrucción de la vida humana y natural gracias precisamente a la imposición de modelos ideales de interacción.
A partir de este criterio, se puede promover un consenso básico entre las comunidades e Instituciones del país y de los diversos países y, por tanto, entre las personas e Instituciones concretas, sobre los valores mínimos que aseguren la convivencia. De otro modo, no se garantiza ni la tolerancia, ni la convivencia, ni la supervivencia: "Un mundo único necesita cada vez más una actitud ética única. La humanidad necesita objetivos, valores, ideales y concepciones comunes" para convivir en la diversidad (nota 93).
Si propusiéramos un consenso fundamental sobre la justicia de las Instituciones, un Mínimo común, podría implicar:
Si bien es cierto que todas las personas se forman dentro de las pautas morales propias de su comunidad, construyendo su modo de existir en una forma de vida, la actual crisis muestra la necesidad de examinar la validez de esas costumbres, con el fin de promover unas pautas que nos permitan construir alternativas, y que no reproduzcan la crisis actual. Las pautas morales que se orientan hacia las alternativas concretas de existencia constituyen la disposición existencial, carácter o costumbridad, entendida como el conjunto de actitudes concretas que fomentan el crecimiento en humanidad de los seres humanos de las diversas sociedades, culturas y formas de vida.
Esta disposición existencial se construye a la deliberación cotidiana ponderada, pero exige también una apropiación crítica de los elementos más constructivos de la tradición moral a la que uno pertenece, lo que no se hace sin amplios debates. La propuesta de construir una nueva disposición existencial pide que las personas logren un nivel suficientemente autónomo y razonable para asumir convicciones éticas. No obstante, sólo tendrán sentido de alternativa las convicciones y carácteres que permitan descubrir al otro como Otro, al tiempo que "otro como yo". Pero no sólo en la perspectiva del pequeño egoísmo de los cercanos, sino dentro del horizonte del compartir generoso con los Otros, quienes suelen quedar excluidos de la relación yo-otro. No se trata de proponer el resurgimiento del egoísmo bajo la nueva máscara de la vida personal, sino de movernos hacia la creación de formas de existencia personal en el horizonte de la solidaridad y la gratuidad.
3.4. Necesidad de la gestión ética de las Instituciones
Una característica de nuestra época es que las Instituciones, ya sea que ofrezcan productos o servicios, se han vuelto actores de primer orden. Del papel de las Instituciones como agentes socio económicos concretos depende en buena medida nuestro futuro común. No sólo tienen en sus manos su propia supervivencia, sino nuestro destino como humanidad. Los líderes, los directivos y las figuras más notables de cada Institución, conjugan valores apreciados por el conjunto social, de manera que sus acciones son significativas a la hora de mostrar caminos alternos.
Por otro lado, hay que atender a los asuntos éticos, pues se trata de procesos inherentes al desempeño de cualquier agente, no sólo porque toma decisiones y actúa, sino porque lo hace siempre orientado por cierta concepción del bien. Además, la ética de las Instituciones sociales y económicas destaca que el comportamiento ético "ha de constituir el marco normal de toda actuación humano social" (nota 94). Sin embargo, hay una serie de dificultades frente a la ética que expresan las personas involucradas en los diversos tipos de gestión:
Hay otras objeciones a las que podemos contestar de manera directa:
Por otra parte, el interés actual en el campo de la ética ha levantado muchas sospechas: ¿Puede la ética prevenir acciones censurables? ¿Se trata de una necesidad o de una limpieza de la fachada de las Instituciones? ¿No se manipula a las personas con el tema de la ética? (nota 96)
Sin embargo, varios acontecimientos han promovido el surgimiento de Revistas, Foros, Redes Códigos internacionales y procesos de autorregulación ética. Señalemos los siguientes (nota 97):
1. El comienzo de la actual recuperación de la ética de las Instituciones consistió en una serie de escándalos que llevaron a la necesidad de reconstruir la credibilidad y confianza en las empresas. En los Estados Unidos se comenzó a investigar si la irresponsabilidad social es algo inherente a las empresas dentro del sistema de libre mercado, o si la ética puede producir beneficios en general a las Instituciones. Como resultado se llegó a reconocer que la confianza en las diversas Instituciones que operan en las diversas sociedades es un valor constitutivo de lo que hoy llamamos "Sociedad civil". 2. Pero, el resultar confiable para el público, para los usuarios o consumidores, es algo que pide persistencia en el tiempo en una serie de actitudes que ellos puedan reconocer como correctas. En consecuencia, se ha reconocido que la responsabilidad a largo plazo con las decisiones tomadas favorece la supervivencia y el éxito de cualquier gestión. 3. Los factores confianza y largo plazo llevaron a asumir que los diversos actores no se comportan únicamente por el afán de lucro, sino que operan dentro de sus propios contextos con criterios éticos definidos. Esto significó el descubrimiento de la responsabilidad social que tienen toda Institución con la sociedad. La noción de responsabilidad social ha llevado a considerar a las diversas Instituciones como agentes éticos, pues no se trata de una suma de individuos, sino de comunidades vinculadas por valores, hábitos y actitudes comunes definidos en una Misión que resulta legítima para la sociedad. Es en esa comunidad donde los individuos se pueden convertir en sujetos solidarios. Una Institución opera como comunidad si vive de valores fundamentales que hacen viable para las personas el sentido de una identidad redefinida desde la apertura a los requerimientos de los Otros. Al definir a la Institución como comunidad señalamos que es el espacio en el cual se forman esos valores comunes, pero también que apunta una significación compartida porque muestra una identidad reconocible, permite un sentido de pertenencia, aporta una tarea común orientada a un bien común que es concreto. En definitiva, la Institución es una comunidad porque permite que las personas se realicen en funciones comunes en las cuales pueden llegar a dar lo mejor de sí. Como agente ético, toda Institución tiene unas funciones que deben favorecer la colaboración dentro de la red global de cooperación que conforma una sociedad. Hoy en día no hablamos sólo de la responsabilidad ética de los individuos, sino que consideramos que todos los colectivos tienen responsabilidades sociales ineludibles. Por otro lado, el contexto de la creciente globalización ha elevado la sensibilidad hacia el carácter ético que las diversas organizaciones transnacionales desean forman en sus miembros, de manera que el liderazgo en muchas de estas Instituciones se entiende como la promoción de una cultura centrada en unos valores comunes. Ejemplo de esto es la preocupación por las prácticas sexistas, que discriminan o maltratan a las mujeres, o por los efectos ambientales de las propias acciones institucionales. La idea de responsabilidad social exige considerar al conjunto de la sociedad, y de manera más directa a las comunidades afectadas por las acciones de una Institución, como beneficiados o perjudicados por las políticas y prácticas concretas decididas por esa Institución. La acción de una Institución afecta a un grupo muy grande de personas, que tienen expectativas en su desempeño y derechos legítimos sobre esas prácticas. En consecuencia, la idea de responsabilidad social se ha constituido en el centro de toda la reflexión ética sobre las Instituciones (nota 98). 4. Dentro de la sociedad contemporánea, las organizaciones son las Instituciones fundamentales, no sólo en cuanto contiene los vínculos fundamentales de sus miembros, sino por que cada organización se vuelve un agente que incide de manera decisiva en la configuración ética del conjunto social. En algún sentido, la crisis de una sociedad tiene que ver con la pasividad de sus organizaciones o con su falta de compromiso ético. En consecuencia, "una ética de las organizaciones es indispensable para reconstruir el tejido social, para remoralizarlo" (nota 99). 5. Dado este papel tan destacado que corresponde a las Instituciones, la figura de sus directivos también resulta fundamental en la sociedad actual. En realidad, los grandes líderes son personas que tienen claros los fines legítimos y los valores que identifican a su organización, y que demuestran una enorme creatividad y flexibilidad para dar respuestas novedosas a los siempre nuevos problemas. El líder trabaja con las personas como fines fundamentales de la acción empresarial, promoviendo que ellas se puedan realizar en su trabajo dando lo mejor de sí mismas. En consecuencia, el líder ha pasado a ser una persona definida por su excelencia humana, lo que supone una fuerte formación ética, no sólo para resolver los conflictos a través de la negociación, sino para dar un ejemplo claro de los valores que identifican a la Institución. 6. Se plantea entonces la pregunta ¿Cómo es posible todo esto? En realidad, ¿Es posible obrar bien? Nadie parece dispuesto a vivir bajo exigencias heroicas, pero parece necesario que las Instituciones se definan éticamente. Si la Institución funciona bajo los parámetros del beneficio a corto plazo y a toda costa, la ética no tiene cabida. En consecuencia, hablamos de ética en la perspectiva del desafío de generar un marco ético para la acción cotidiana: hay que construir nuevos modelos de gestión, de dirección y de Institución. Si los fines son legítimos, es decir, si satisfacen reales necesidades sociales, y se llevan a cabo dentro del marco de los derechos de las personas, y si la Institución es coherente con estos fines, las decisiones que tomen las personas resultarán "correctas" de manera habitual, pues tendrán un marco ético definido. Cuando las personas no pueden decidir dentro del esquema de una Institución sin traicionar los valores morales, se necesita orientar moralmente a las mismas Institución. Para profundizar un poco en lo que venimos diciendo, se hace necesario precisar de qué estamos hablando. Hemos mostrado la urgencia de la ética en el mundo de hoy, y la necesidad de una gestión ética de las Instituciones. Aunque ya hemos sentado ciertas posiciones, necesitamos mayor claridad. ¿Qué es la ética? ¿En qué se diferencia de la moral? ¿A partir de qué teorías éticas estamos hablando?
3.5. Ética aplicada a las instituciones empresariales.
Vamos a proponer una convención, pues los términos ética y moral son etimológicamente equivalentes. Llamaremos moral a las costumbres de una comunidad y ética a la reflexión sobre lo moral (nota 100), ya sea desde el campo de la Filosofía o de la Teología, aunque en este último caso emplearemos el término "Ética Teológica" o "Teología (de lo) Moral". La moral es el conjunto de hábitos, valores y pautas de acción que cada generación transmite a la siguiente, pues constituye su manera de concebir la vida buena. La ética parte de la pregunta ¿Por qué debemos hacer eso que se considera valioso? ¿Por qué es eso mismo valioso o bueno?
Si la moral se vive y se aprende dentro de la tradición de cada comunidad y forma de vida, la ética supone la constitución de un saber que piensa el sentido del actuar concreto. En este sentido, la ética es un saber práctico que aclara qué es y cómo acontece lo moral, discute las razones que se tienen y proponen para el comportamiento moral y, finalmente, se puede aplicar a campos concretos de la vida cotidiana, como la Institución o la educación.
Lo que podemos hacer en este espacio es ofrecer una visión panorámica de la ética aplicada a la empresa de seguros considerada como Institución. La ética aplicada emplea los enunciados que surgen como "verdaderos" a partir de la comprensión de las razones que se ofrecen para el comportamiento moral desde las perspectivas de diversas tradiciones éticas, como criterios de valoración y de orientación en las deliberaciones o tomas de decisiones en perspectivas particulares de acción.
No obstante, la ética aplicada supone el conocimiento de la realidad sobre la que va a realizar sus juicios, pues la pregunta por el sentido de las acciones, por lo correcto, lo bueno, lo justo y lo debido, sólo se comprenden dentro de los fines y actividades específicos de cada micro sistema social. Más allá de la simple reflexión de la ética aplicada, que muchas veces no pasa de operar como una motivación y una llamada al cambio, existe la necesidad de crear las mediaciones concretas que permitan hacer real lo que se valora como correcto, y corregir que se ha juzgado como indebido. Esta es una tarea definitivamente interdisciplinar y colegiada. A continuación vamos a hacer una reflexión concreta en el modelo expuesto, aplicando lo que hemos expuesto en las teorías ética relevantes para una construir hoy una ética empresarial. Si traducimos la reflexión ética universal al contexto Institucional, tenemos que:
Si traducimos la reflexión ética comunitaria al contexto de las Instituciones actuales, tenemos que:
3.6. Marco para una propuesta de Responsabilidad Social
Quiero profundizar el tema de la Responsabilidad Social de las Empresas. No se trata de una obligación, ni del cumplimiento de ningún requisito legal, sino la propuesta de una opción por la construcción de un modo alternativo referido al ser de las empresas en el país.
Voy a emplear la hipótesis de René Girard sobre el origen del orden social. Sostiene que los seres humanos, al igual que los otros animales, se imitan unos a otros en sus deseos. El orden social se habría producido en contextos en que se daría una confluencia de rivales en torno a los mismos objetos de deseo. La alternativa frente a la disolución total de la agrupación, sería un proceso de construcción y sacrificio de una víctima, elegida de manera arbitraria. "Esas exclusiones sacrificiales, vividas en la ignorancia de ese mecanismo, serían la fuente de lo sacro, de la cultura, de todas las instituciones humanas" (nota 101).
En cuanto las empresas son instituciones, operan como micro sistemas sociales, y en ese sentido, como configuraciones complejas y móviles, cuya frágil estabilidad supone la exclusión y la producción de víctimas. Para desentrañar estos efectos, se hace necesario asumir los diversos relatos que se producen desde la empresa, considerándolos como poseedores de una lógica paradójica, como afectados por una ignorancia o por una sombra que es posible indagar en sus distorsiones. Si nuestras opciones centrales se orientan hacia la vida de las personas, podemos aprender a considerar a nuestras propias empresas como relativas, como medios y no como fines. En consecuencia, la pregunta por la Responsabilidad Social de las empresas implica la cuestión por el destino de las víctimas, el escrutinio de la sombra que constituye la existencia misma de cada Institución. Esto, dentro de la orientación que marca la investigación por la posibilidad de construcción de unas relaciones económicas, sociales y políticas que no generen perjuicios.
Se pregunta por la Responsabilidad Social porque las empresas son actores y, al mismo tiempo, reciben una constante retroalimentación del entorno. Hacer una propuesta sobre la Responsabilidad Social significa reconocer que las empresas actúan en contextos sociales específicos, con un poder y unos efectos específicos. Por su poder, las empresas pueden contribuir al incremento de la exclusión, o a una creciente democratización que se oriente a hacer viable nuestra sociedad en el contexto global.
La preocupación directa de nuestro trabajo es la violencia. Ya hemos señalado que se trata de la forma general de resolver los conflictos en las diversos sociedades. Y que su composición suele mantenerse oculta a sus actores, expresado paradojas y refiriéndose a causas externas, construcciones míticas a los ojos de René Girard, ante las cuales los mismos actores suelen retroceder aterrorizados y asombrados en medio de su incomprensión. El caso colombiano no es ajeno a estos procedimientos: todos atribuimos a los demás las causas de nuestras propias acciones violentas, en medio de una incapacidad para mirar nuestra propia sombra. Por otro lado, podemos preguntar qué efectos tiene la violencia en los diferentes sujetos, aquellos que se suelen llamar víctimas y actores. La violencia ha fracturado los vínculos propios del tejido social, ha desarraigado y desplazado de su tierra y de sus comunidades a millones de personas, destruyendo las identidades desde las cuales se comprendían y actuaban. Los diversos actores de la violencia operan desde el desconocimiento del otro, movidos por unas morales del interés propio que, convertidas en esquemas comunes de decisión, producen constructos míticos que legitiman el dominio de minorías contra mayorías. Una vez establecido el conflicto violento, cada actor imita los comportamientos excluyentes del otro, en una lucha que arrastra a nuestra sociedad a niveles cada vez más primitivos de destrucción masiva de la vida humana (nota 102). Para la empresa ha de ser un hecho significativo esta crisis de las identidades personales y sociales de los colombianos. Las empresas se encuentran así frente al reto de proponer formas alternas de construcción de la subjetividad. El proyecto de una sociedad en la que todos quepan implica el duro aprendizaje del reconocimiento del otro como diferente y legítimo Otro.
Si nuestro contexto se comprende por la interacción de sujetos cuyas identidades se han constituido por negación y exclusión de los otros, la promoción de una cultura menos violenta se ha de proponer a partir de la pregunta por la formación de sujetos solidarios o sujetos sociales. Sujeto social no es sólo quien quiere trabajar en procesos de gestión social, sino que ha aprendido a participar con los otros en procesos de construcción de lo social, y lo hace gracias a su capacitación, y al desarrollo de sus destrezas y habilidades personales, cívicas y profesionales. En consecuencia, la Responsabilidad Social de la empresa ha de inscribirse también dentro de los procesos de formación de los miembros de la empresa, empleados, directivos y accionistas, que buscan asumir las interacciones que tienen en su propio entorno.
3.7. Concepto de Responsabilidad Social
La responsabilidad social es la respuesta que da un agente moral, ya se trate de una persona o de una institución, a los efectos e implicaciones de sus acciones. Estos efectos e implicaciones son complejos y múltiples. Las empresas operan en el marco de sistemas socioeconómicos, de modo que están constituidas por interacciones internas y externas. Las empresas son responsables en todas sus interacciones.
La empresa opera, dentro del entorno social, como un agente con una responsabilidad indelegable referida a la producción de bienes o servicios, cumpliendo un servicio social necesario para el desarrollo humano del país. Además, en su propio dinamismo interno, la empresa también tiene Responsabilidades. En consecuencia, la Responsabilidad Social implica discutir cuáles son los fines propios de cada Institución, lo mismo que el tipo de bienes y medios que están en juego en cada organización (nota 103).
Ante la compleja situación social y económica que enfrenta Colombia, los proyectos institucionales de las empresas pueden estar encaminados a promover el desarrollo humano, dentro de la orientación hacia la construcción de un Proyecto de país que sea viable a largo plazo. La noción de responsabilidad invita a considerar y evaluar los efectos de las acciones de las empresas en cuanto actores que han incidido en la actual configuración de la sociedad colombiana.
Las empresas están orientadas a prestar un servicio público. De esta manera, su legitimidad se encuentra en la eficiencia y calidad con que prestan sus servicios, dentro de un marco de valores compartidos que promuevan el bien común y la dignidad de los seres humanos. Toda empresa necesita una administración eficaz que le permita sostenerse en las mejores condiciones posibles; pero, esta administración no puede ser más que un medio en función de los fines legítimos de la institución. Si una institución sólo se ve como negocio, productivo y competitivo en los términos del mercado, habrá abandonado por desconocimiento sus fines sociales legítimos.
A todas las instituciones se les pide que cumplan la ley. Las leyes representan una "ética codificada", que formaliza ciertas expectativas sobre las decisiones, acciones y prácticas de las Instituciones. Desde una perspectiva ética, el cumplimiento de las leyes es lo mínimo que se debe exigir. No obstante, las leyes sirven como señales que indican en dónde reside la mala actuación, pero no ayudan a evitarla. Como la ley no cambia a las personas, ni a las instituciones, es necesario promover procesos de cambio en la cultura de las empresas, cuyo posible resultado será la creación de nuevos hábitos y formas de acción, orientados hacia el bien común y el incremento de la calidad de vida de toda la sociedad. La creación de una cultura empresarial propia, con un marco ético, ayudará a que las personas tomen las decisiones correctas en su labor cotidiana, y a que la empresa asuma el papel que la sociedad espera de ella.
Más allá de la actuación correcta, si una empresa quiere destacarse por su Responsabilidad Sociales, puede promover el desarrollo humano de las comunidades con que interactúan, al menos en dos sentidos: teniendo precaución para no generar impactos negativos en la sociedad o el ambiente, e incrementando la calidad de vida de las personas y comunidades. El trabajo a favor de la creación del capital social lo asume cada empresa aportando sus propias capacidades y experiencias. No obstante, la Responsabilidad de una institución en cuanto sujeto social, implica la atención a todas las acciones, nexos y efectos de las prácticas institucionales, pues "los beneficiarios de las responsabilidades sociales de la corporación son recolectores de apuestas (...) todos aquellos que están afectados y tienen expectativas y derechos legítimos por las acciones de la empresa, y entre éstos se encuentran los empleados, los usuarios y los proveedores así como la comunidad circundante y la sociedad en general" (nota 104)
Un Proyecto de Responsabilidad Social de la empresa se encuadra en un proceso de discusión y promoción de alternativas de largo plazo para la construcción del país. Buscamos construir una sociedad viable. Esto supone:
La Responsabilidad Social implica reconstruir el carácter cívico y social de las empresas. Esto supone una nueva configuración de las mismas, pues las alternativas orientadas hacia una sociedad sin exclusión implican la construcción de nuevas formas de solidaridad, al interior y al exterior de cada empresa, con las víctimas reales o potenciales de sus acciones. La cuestión de las víctimas potenciales puede movilizar la solidaridad institucional, pues es claro que no hay empresas viables en medio de un país hundido en la catástrofe. Y la prioridad de las acciones que han de emprender las diversas instituciones para dar cuerpo al proyecto de Estado, a la construcción de la sociedad civil y a la conformación de vínculos sociales, puede comenzar por la solidaridad efectiva con las víctimas, para lo cual es necesario promover verdaderas redes de cooperación entre las diversas instituciones y organizaciones sociales. En cuanto estas prácticas se extienda, modificarán el sistema, reduciendo su violencia y promoviendo economías en las que el mercado se articule con la cooperación.
La responsabilidad con el destino de nuestras empresas exige construir una sociedad sin exclusión, que sea viable a largo plazo, en un contexto global que tenga futuro. Nuestro caso es particular, aunque no está desarticulado del destino y las acciones de otros pueblos del mundo. En consecuencia, nuestras prácticas de Responsabilidad Social, al articularse en redes de acciones que busquen la construcción de un futuro planetario sostenible y digno para todos, pueden aprender de acciones similares en otros lugares, y pueden crecer gracias al apoyo de la solidaridad internacional.
3.8. La Gestión Ética: unos medios
3.8.1. El proceso de Gestión Social. El primer paso en una gestión de la Responsabilidad Social consiste en establecer los principios de Gestión Social en el ámbito de cada empresa. Está basado en las responsabilidades básicas que tiene una empresa. De esta manera, se analiza cómo se define la relación entre la Institución y la sociedad, especificando lo que se espera de cualquier empresa. Hay que destacar tres elementos principales:
En la construcción de los principios, debemos hablar de los procesos de autorregulación ética de las empresas. En toda Institución se deben tomar decisiones responsables. Las decisiones se toman sobre asuntos que no están definidos de manera previa y sobre los que tenemos competencia real. La forma normal de tomar decisiones consiste en examinar diversas alternativas, sopesar las razones que se tienen para una u otra. Tanto si es una decisión personal, como si es tomada en un equipo de trabajo, lo usual es que se consideren y discutan las diversas razones. La ética ayuda a esclarecer los términos de la discusión y llegar a acuerdos razonables. La reflexión ética es el proceso de decidir lo que debe hacerse. El propósito de la ética de las Instituciones consiste en que las personas puedan tomar mejores decisiones. Un primer paso en la construcción de la responsabilidad social de la Institución es la conformación de un Código de Ética. No obstante, tanto un Código como la misma ética son recursos para que las personas puedan tomar las mejores decisiones.
Si la Institución es una comunidad moral, en la toma de decisiones tienden a prevalecer la cooperación y la solidaridad que promueven una resolución de los conflictos por modelos de construcción de acuerdos, en los que la ética pide razones para obrar, que sólo se pueden justificar dentro de criterios éticos apropiados. Como las decisiones se refieren a las relaciones internas y externas, la ética de las Instituciones promueve la cooperación frente a modelos que incrementan el conflicto. La construcción de Códigos de Ética ayuda a promover y transmitir un ambiente de colaboración, pues plasma la experiencia común en la buena toma de decisiones responsables.
La ética considera a una comunidad moral como una "Institución", porque tiene unos fines legítimos y unos sistemas de valores definidos que se encarnan en la cultura organizacional a través de una autorregulación. Esta autorregulación, plasmada en el Código de ética, incrementa a largo plazo la rentabilidad de la Institución, pues reduce los costos de la coordinación interna y externa, promueve en los empleados una fuerte identificación con los fines y valores propios, y genera un ambiente de fuerte motivación.
Un Código de ética es un marco común de referencia, que se debe concebir como un proceso continuo y que no puede cubrir todas las eventualidades. Por tanto, no puede reducirse a un simple manual de procedimiento, ni a una serie de principios desde los cuales se vigila y castiga. Se trata, por tanto, de la construcción de fines y valores comunes que sirvan como criterios de orientación para la acción de la organización.
La burocratización se traduce en la imposición de reglamentos hechos "desde arriba", o en el simple ceñirse a las disposiciones legales, es decir, en la reducción de la ética a un conjunto de normas. La construcción de una Institución como comunidad ética implica, en cambio la orientación en torno a fines legítimos y a valores, a partir de los cuales se construye un Código por procedimientos de participación y diálogo.
Este Código debe enmarcar la cooperación dentro y fuera de la Institución. La cooperación permite la flexibilidad, la imaginación y la capacidad de innovación que necesita toda Institución en el contexto actual para obrar con responsabilidad. Si se quiere mejorar la cooperación, la participación es la regla de juego fundamental. En consecuencia, el Código de ética expresa un consenso mínimo entre los implicados, que deben poder participar expresando sus intereses y asumiendo libre y responsablemente los valores y actitudes centrales para esa forma de cooperación que es cada Institución (nota 107).
Un Código de Ética expresa la Filosofía, la cultura y la política de la organización.
1. La Filosofía de la Institución es la definición de su función y de su lugar social y económico. Supone explicitar su visión de ser humano, su proyecto de sociedad y de Organización. Cualquier concepción de la actividad social supone una visión de la sociedad y, por tanto, de la vida humana. El Código debe explicitar y configurar estos supuestos. Al hacer explícita la Filosofía de la Institución permite sentar la base normativa de las políticas a seguir, muestra las orientaciones básicas de su Misión y sirve para su presentación pública.
2. La cultura concreta las grandes orientaciones de la Institución en valores, que a su vez se traducen en actitudes y hábitos definidos y buscados conscientemente. Por la cultura, la Institución se constituye en comunidad ética, con valores comunes y un sentido de vinculación, identidad y pertenencia. La gestión de la cultura soporta el proceso de cambio que implica el "trabajo" con los vínculos a sentidos y significados comunes, que se mueven al nivel de los afectos, los símbolos, los ritos, las narraciones y los mitos.
3. La política concreta las primeras orientaciones dentro de estrategias precisas: da prioridad a determinadas acciones, de las que se derivan objetivos, procesos y reglas definidos. La política debe explicitar las funciones de la organización, sus objetivos y principios de conductas esenciales (nota 108).
Un Código de ética debe tener un seguimiento institucional. Esto exige inventar mecanismos como comisiones o comités de ética, que vigilen el cumplimiento de los acuerdos expresados en el Código ético, funcionen como grupo de expertos y representantes de la comunidad que ayuden a resolver los conflictos a la luz del Código. Estos comités también pueden promover la apropiación del Código por parte de todos los miembros de la Institución, a través de iniciativas que complementen y desarrollen los valores, principios y normas del Código, así como de los esquemas relevantes para resolver conflictos e incrementar la cooperación.
Orientadas por una nueva cultura ética, las Instituciones pueden obrar como actores sociales responsables, haciendo contribuciones positivas a los mejores intereses de las comunidades con las cuales interactúan, y haciendo posible que sus miembros reconozcan, valoren y actúen según los valores comunes. Una cultura centrada en el diálogo y la participación, permite optar por resolver los conflictos de manera negociada, a través del diálogo y la comunicación directa (nota 109).
Bajo estos parámetros se busca promover la responsabilidad social en las Instituciones. Todo parece indicar que la gestión ética se traduce en la configuración y gestión de una cultura ética en cada Institución.
3.8.2 Responsividad.
El segundo nivel es el de los procesos de Responsividad. La Responsividad social de una institución "se refiere principalmente al desarrollo de procesos organizativos de toma de decisiones por medio de los cuales, de acuerdo con las limitaciones de información incompleta e imperfecta, quienes toman las decisiones colectivamente anticipan, responden y gestionan todas las ramificaciones políticas y prácticas organizativas" (nota 110). La Responsividad es la capacidad que tiene una empresa para responder a las urgencias sociales. Esta capacidad de interpretar y responder a lo social tanto como sea posible, sugiere las posibilidades de la empresa para sobrevivir en un sistema social siempre conflictivo y cambiante, encuadrado en complejas interpenetraciones. La habilidad para hacer exitosa esta interpretación y construcción de respuestas, supone, de la misma manera, la elaboración de mecanismos igualmente complejos. Los elementos básicos de este nivel son:
3.8.3. Evaluación social
El tercer nivel trata de evaluar los Resultados. Tanto los principios como los procesos de Responsividad Social sólo se hacen relevantes cuando se pueden medir en términos de sus efectos para todos los grupos que tienen interacciones con la empresa. Se consideran tres categorías:
3.9 La Responsabilidad Social implica asumir de manera ética las interacciones de la institución
El fin de la actividad empresarial ha de ser la satisfacción de las necesidades de una sociedad produciendo bienes y prestando servicios a la comunidad social, generando valor económico, añadido, proporcionando a sus miembros satisfacción personal y realización de sus capacidades, y logrando permanencia, todo esto dentro de un marco de valores que promuevan el bien común y la dignidad de los seres humanos. Para que dicha actividad tenga lugar se requiere de la cooperación entre individuos e Instituciones. Las empresas son formas cooperativas de búsqueda del bien humano: interacciones instituidas entre los seres humanos en torno a la producción, distribución y consumo de bienes que son necesidades sociales. Estas interacciones incluyen no sólo a quienes trabajan en ella, también están los accionistas que aportan los recursos financieros o de capital, los directivos, que tiene en sus manos la gran responsabilidad de asegurar la creatividad económica, los proveedores que colaboran en el desarrollo de su objeto social, los clientes que adquieren sus productos y servicios, la comunidad en general que ve afectada su vida por la actividad empresarial, y el Estado, que está encargado de generar un entorno sano y favorable para el desarrollo de la sociedad entendida como una totalidad concreta.
Con los Socios y Accionistas Los socios y accionistas son fundamentales en la empresa y es importante valorar sus aportes, sobre las cuales esperan una remuneración. La rentabilidad sobre la inversión es necesaria para garantizar la continuidad y el desarrollo de la empresa, para generar las condiciones que le permitan cumplir con su responsabilidad social y para que pueda atender los compromisos financieros. Así mismo, los socios o accionistas tienen derecho a conocer la realidad económica y financiera de la empresa, los proyectos que se van a adelantar, y los principios éticos que inspiran las acciones de la empresa, para que asuman un compromiso frente a estos.
Con los Directivos El directivo empresarial se ha convertido en una figura de importancia en el mundo actual dado el papel que han adquirido las empresas. Como su acción trasciende las fronteras de la empresa, se espera de él una conducta ejemplar. El directivo es un factor que influye de forma decisiva para que la empresa se convierta en un espacio ético (nota 113), pues puede promover Políticas de Responsabilidad Social para el largo plazo.
Una gestión ética se traduce en la configuración de una nueva cultura empresarial de ética y cooperación. Este cambio supone colaboración, participación y compromiso de las personas que conforman la comunidad empresarial, quienes deben proponerse metas y valores comunes, con el fin de generan un éthos, un verdadero espacio de modos de obrar compartidos que otorga identidad a la empresa. El directivo ha de liderar, acompañar y sostener este esfuerzo promoviendo valores como la equidad en el trato a todas las personas, el respeto por la diversidad y la solidaridad, en el horizonte de la cooperación y la creatividad (nota 114).
La empresa es un grupo humano capaz de generar riqueza, de responder a unas necesidades sociales y de evaluar las dimensiones de su productividad. Y será así en la medida en que se plantee como una institución legítima, que actúa desde una tradición compartida por los que se relacionan con ella. El directivo tiene la responsabilidad de generar una memoria de empresa que pueda orientar el proyecto. Así mismo, marcará las metas alcanzables, de manera que el pasado se pueda interpretar como una memoria con fuerza de innovación. Como la empresa es un proyecto que se renueva, la función específica del directivo es asegurar la creatividad en el campo de acción de la empresa (nota 115).
Como la empresa es un punto de cruce de múltiples relaciones humanas, la gestión del directivo puede contribuir de forma directa a la construcción de una sociedad más justa. La empresa será un espacio para la justicia si la dirección promueve la cooperación, que encausa las relaciones personales en un clima de respeto mutuo y responsabilidades claras aunque compartidas. Cuando una comunidad empresarial quiere regirse por criterios de justicia, sus miembros deben estar dispuestos a compartir una serie de exigencias comunes, que permitan articular la dimensión personal del trabajo con el orden común necesario en la institución.
Cuando nos preguntamos por la vocación del directivo nos planteamos el alcance social de las tareas que realiza y la coherencia con un proyecto de vida personal. El trabajo, al formar parte de la vida de una persona, es un factor integrador de actividades. La vocación clarifica la motivación personal situándola en una perspectiva ética, permite integrar la actividad profesional en el conjunto de la vida personal, incrementa la confianza en las propias tareas y funciones, permite ver los compromisos públicos como responsabilidades y no como ocasiones para el beneficio privado y, coloca el énfasis en la excelencia como "hacerse mejor" persona en sentido cualitativo (nota 116).
Este sentido moral de la acción directiva no se logra elaborando una serie de normas que nadie va a ser capaz de cumplir. Se debe plantear un proyecto que integre la empresa que queremos con la empresa real, mediante procesos de comunicación, motivación y decisión en la dirección empresarial. Los procesos de integración comunicativa suponen que el directivo genera espacios para el diálogo y el intercambio de expectativas, y promueve sistemas organizacionales que faciliten la circulación de la comunicación en todos los sentidos. El directivo ha de ofrecer la información necesaria para el adecuado desempeño de los empleados y su ubicación dentro del proyecto de la empresa. Al mismo tiempo, ha de promover la circulación de la comunicación, lo que fomenta el sentido de pertenencia de los empleados, el cuidado de los medios que emplea y su compromiso con el trabajo La integración por la motivación se orienta a un proyecto de empresa asumido por los propios implicados a partir de su propio asentimiento y consentimiento, para lo cual hay que promover la convergencia sinérgica de perspectivas en torno a la responsabilidad social empresarial. En este sentido, el directivo debe reconocer y potenciar las capacidades de las personas, quienes podrán responder mejor a las responsabilidades conjuntas; además, el directivo debe clarificar las reglas y valores comunes para que germine la lógica de la cooperación. La decisión es una obligación propia de la dirección, que debe estar siempre bien formada para poder responder a los siempre nuevos y complejos entornos. El decidir supone varias tareas, como son: emprender cambios que mejoren la situación, gestionar o resolver problemas y conflictos, asignar los recursos lo que debe hacer garantizando que las personas puedan realizar sus capacidades dentro del sistema de cooperación que es la empresa -, y negociar los cambios y efectos que produzcan sus actuaciones (nota 117).
La autoridad del directivo viene unida a su ejercicio del poder. Un directivo que tiene autoridad real está legitimado por un Código Empresarial que delimita y orienta sus funciones dentro de parámetros éticos (nota 118). La autoridad es una capacidad directiva que posibilita el crecimiento cooperativo, a través de la responsabilidad compartida. Un directivo con autoridad es un auténtico líder, que desde la lógica de la responsabilidad anima al grupo a fijar sus procedimientos y responsabilidades, acompaña los procesos de diálogo, esclarece dudas y orienta las deliberaciones hacia la misión (nota 119).
Con los empleados Además de cumplir con roles dentro de la Institución, los empleados tienen derecho a ser tratados con el respeto que merece su condición de seres humanos, es decir, no es moralmente lícito tratarlos como mercancías o simples recursos en función de la maximización del capital. Como dice Robert Solomon, "si una empresa trata a sus empleados como piezas desechables, nadie debería sorprenderse si éstos empiezan a tratar a la empresa sólo como una fuente transitoria de salarios y beneficios" (nota 120).
Como seres humanos, los empleados tienen derechos que deben ser garantizados y respetados, y necesidades que deben ser resueltas. Estos derechos y necesidades tienen ya una amplia formulación: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, las Convenciones internacionales sobre el trabajo de los menores, libertad de asociación, negociación colectiva, remuneración igual para trabajadores y trabajadoras por igual trabajo, la salud y seguridad en el trabajo, el empleo de personas discapacitadas y la rehabilitación profesional y, el trabajo temporal.
Como algunas veces la legislación laboral de un país entra en conflicto con los parámetros internacionales acordados en la Organización Internacional del Trabajo, la Responsabilidad Social implica cumplir con los más altos requisitos. De estos aspectos, vale la pena destacar algunos:
La empresa debe considerarse como un ámbito que permita el desarrollo integral de las necesidades y capacidades de los trabajadores. El trabajo promueve el desarrollo humano integral si permite la iniciativa y la participación de los trabajadores en la toma de decisiones y si existen mecanismos que distribuyan las utilidades o permitan la participación en la propiedad de la empresa por parte de los trabajadores.
Además, es necesario formular Políticas de Responsabilidad Social Empresarial para garantizar la justicia y equidad de los sistemas de evaluación del desempeño y promoción usados, con el fin de impedir favoritismos o juicios apresurados o errados sobre el trabajo de las personas y su potencial. También hay que promover políticas y estrategias de capacitación que sean acordes con las necesidades de la empresa y las posibilidades e intereses de los empleados. Finalmente, la empresa puede patrocinar el uso creativo del tiempo libre a través de actividades culturales, sociales y deportivas.
Imparcialidad y trato equitativo. En nuestro contexto moral se siguen patrones de conducta orientados por los vínculos y las relaciones entre las personas, y no por criterios imparciales, a los que aspira la ética cívica. Si la empresa decide comprometerse con valores cívicos, resulta importante establecer cuáles son los posibles conflictos de interés en que pueden involucrar los miembros de su comunidad empresarial. Son espacios susceptibles de conflictos de interés: la existencia de alguna relación (financiera, profesional, familiar o sexual ) entre un empleado y su cliente, un empleado y su jefe, o entre los miembros de la misma dependencia en posiciones de mutua dependencia. Estas relaciones pueden ocasionar injusticias o abusos. Estas relaciones pueden afectar los procesos de selección a la empresa, los diversos tipos de pagos que se deben realizar, asuntos disciplinarios, nombramientos, transferencias, promociones y premios en el cuerpo de empleados, acceso a los recursos y transacciones financieras.
Para enfrentar estos riesgos, se ha de considerar impropio de los miembros de la empresa el emplear dichas relaciones para influir el juicio profesional, las decisiones e interacciones entre clientes y empleados, o entre jefes y subalternos o entre funcionarios de la dependencia. Además, los directivos no pueden explotar sus cargos para obtener beneficios personales, hacer ganancias privadas, ni promover campañas políticas partidistas; no deben aceptar regalos, muestras de gratitud o favores que puedan menoscabar su juicio profesional; tampoco pueden ofrecer ningún favor, servicio o cosa de valor para obtener una ventaja especial. Algunas veces se llegan a fijar parámetros para las relaciones entre los colegas, quienes tienen entre sí las obligaciones propias de la pertenencia común a la misma comunidad. Por ejemplo, se insiste en no discriminar o acosar a los compañeros o compañeras; respetar y defender la libertad de acción; mostrar respeto por las opiniones de los compañeros y compañeras en el intercambio crítico de ideas, reconociendo las propias deudas con el trabajo de los demás y esforzándose por ser "objetivos" en los juicios profesionales sobre los compañeros; en caso de preocupación por el comportamiento profesional de algún compañero o compañera, se darán cuenta a él o ella de su preocupación y tratarán de resolver el asunto de manera colegiada.
La Responsabilidad Social indica concebir a la empresa como una institución inmersa en procesos de cambio y de aprendizaje. Estos suponen resistencia y conflicto, de modo que, por lo general, se nombra una persona o una instancia como un Comité de Ética, que asuma la dirección del cambio instituido por el proceso de autorregulación. Su función será preveer prácticas de soporte tales como la creación de Seminarios, Comités, Reuniones de discusión y Publicaciones que mantengan vivo el Espíritu de los Procesos de Autorregulación Ética.
La Gestión de la Responsabilidad Social supone, además de la publicación del Código de autorregulación ética y la formación permanente de todas las personas de la comunidad empresarial en los nuevos procesos, la construcción de nuevos mecanismos para resolver los conflictos que se presenten por los cambios dentro de la cultura de la Institución. Por lo general, el comportamiento indebido se lleva ante un Comité de Ética, cuyo objetivo es garantizar la resolución pacífica y ética de los conflictos, dentro del debido proceso y los derechos civiles de toda persona.
Por otro lado, hay que revisar y adecuar a los nuevos Procesos de Autorregulación Ética los manuales y reglamentos de cada dependencia. Uno de los principales aportes de la empresa a la construcción de la paz es su testimonio de integridad ética, por la vivencia de los valores cívicos. Uno mínimos comunes implican acuerdos que todos deben cumplir, lo mismo que la supresión de toda discriminación y privilegio, dentro del testimonio de la tolerancia, el aprecio y respeto por otras formas de pensar y obrar dentro de la comunidad empresarial.
La contribución del empleado con la Política de Responsabilidad Social |