jun 13

Por: Augusto Ibáñez

Director Departamento de Derecho Penal

El juramento, aquella bellísima institución que consolidaba derechos o permitía la determinación que, por la fuerza de la palabra, se ofrecía en casos de resolución de obligaciones, tiene su legendario arraigo en Roma: ‘Dos personas entre las cuales se debate la existencia de un derecho, pueden convenir que se atendrán al juramento de una de ellas. Cuando el juramento ha sido prestado por una de las partes, o cuando la otra le hace dejación, el pretor las obliga a respetar su convención. (…)’; sobrecogedora nos parece hoy la sensación, alcance y vínculo de la palabra; se reproduce en la narrativa de Cervantes, cuando maximiza, en forma de creación de la caballería, el gozar de la espléndida hazaña pastoril.

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