oct 10

Por  Gustavo Zafra Roldán. Profesor Titular Facultad de Ciencias Jurídicas . Pontificia Universidad Javeriana.

Se han venido manejando por algunos de los altos funcionarios del Estado, como globos de ensayo, una, y otra como propuesta formal, la idea de unificar calendarios electorales de todas las elecciones dizque  para ahorrarse unos pesitos, y la otra la sobre representación de los antiguos territorios nacionales, o sea Vichada, Vaupés, Guainía, Putumayo, Casanare y Amazonas, Arauca.
En el caso de la unificación de elecciones, la fórmula que funcionó con la reforma constitucional de 1968, produjo el callejón sin salida institucional del 19 de Abril de 1970, donde electoralmente estuvimos al borde del abismo por la crisis de legitimidad que rodeó esa elección, y que dio nacimiento a la guerrilla del M19, con todo los delirios que el país conoce, incluyendo la crisis  del holocausto del Palacio de Justicia, del cual no hemos podido recuperarnos. Si esto sucedió sin elecciones de alcaldes y gobernadores, el salpicón electoral que produciría la unificación no parece sensato. Por qué no mirar mejor las experiencias norteamericanas, españolas, francesas, escandinavas, británicas, suizas, italianas, alemanas de democracias estables que todas separan sus elecciones locales y regionales de las nacionales, y las de congreso de las ejecutivas en el régimen presidencial ,como es el nuestro?
Sin mencionar las dificultades constitucionales de la propuesta, ponemos de presente que las agendas locales son diferentes de las nacionales y al elector no debe confundírsele con unas y otras. Una descentralización prudente que se está pidiendo por los organismos internacionales, se verá afectada, porque en Colombia no tenemos partidos fuertes y creíbles, lo que pasará serían alianzas electorales circunstanciales alimentadas con presupuestos públicos de todos los niveles. No creemos que esto sea conveniente.
Tampoco parece conveniente en los antiguos territorios nacionales sobredimensionar su participación en el Senado, en territorios donde el Estado no puede garantizar que organizaciones ilícitas y grupos con prácticas de corrupción pueden encontrar el terreno abonado. Hay estudios sobre esto?. Lo dudamos. Y si es la cuota inicial de lo de la Habana pues debe decirse claramente. La reformitis territorial electoral puede producir serios desajustes. No será mejor hacer la reforma de los partidos primero y esperar un tiempo que ésta se decante, antes de modificar los mapas electorales?
Somos conscientes que el caso de San Andrés y Providencia es diferente y debe tener una salida distinta.

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jun 3

Julián Daniel González Escallón[1]

Es altamente probable que exista un número de colombianos que ya tengan una meridiana claridad sobre el candidato por quién van a votar en la segunda vuelta, en la elección del Presidente de la República. Es muy probable, adicionalmente, que esos mismos conciudadanos hayan visto éxito en sus expectativas y sus candidatos se encuentren hoy en la recta final de la elección y, por supuesto, votarán de nuevo por ellos. Este escrito no es para ellos, porque ciertamente su conciencia ya está encaminada y su decisión tomada. Estas líneas tienen otro público, aquellos que todavía dudan, este público, según entiendo, tiene números bastante altos y muchas preguntas que responder en un tiempo muy corto.

Estos indecisos encuentran que ninguno de los dos candidatos de la segunda vuelta se ajustan a lo que un presidente de este país debería propender por ser. Existe una sección de la ciudadanía para quienes la posesión presidencial de alguno de los dos candidatos sería una razón de peso para pensar en emigrar a otros parajes. El problema es, entonces, si entregar el voto a su opositor para evitar una suerte de “mal mayor”. Al respecto de la doctrina del “mal menor”, tengo dos observaciones mediante las cuales un indeciso podría, eventualmente, tomar partido por uno de los dos candidatos, o por ninguno de ellos.

De una parte, bien podía tomarse el camino del mecanismo tal cual fue concebido y presentarse el día de elecciones con la firme convicción de no votar por ninguno de los dos. El voto en blanco, o el voto nulo funcionarían perfectamente bien para este propósito. La razón bien para votar en blanco o para la anulación que imagino es sencilla: ante dos candidatos que no representan para un elector cualquiera, ninguna diferencia entre ellos, o al menos una diferencia que motive a pensar que alguno es “mejor” candidato que otro, el voto debe ser nulo o en blanco como muestra de rechazo a ambas posturas o candidatos. Esta postura podría ser considerada deontológica, dado que responde a un juicio ético de la persona en el que encuentra que en la intimidad de su conciencia puede, o puede no, permitirse actuar de cierto modo o tomar cierto tipo de decisiones. La postura deontológica se ha asociado tradicionalmente con códigos morales muy estrictos, y en general, con posturas de cierto modo intransigentes.

Lo que cabría preguntarle a los defensores de esta posición es sobre su responsabilidad como ciudadanos, dado que si bien puede ser que en su fuero personal ellos consideren que no existe una razón por la cual ellos tengan que modificar su visión sobre uno u otro candidato, sí debería al menos existir algún tipo de responsabilidad en un sentido amplio con la comunidad, un esfuerzo al menos, de tratar de pensar fuera de sus valores y normas, para tomar una decisión. O de lo contrario, ¿es verdaderamente benigno un sistema dogmático que descarta de inmediato un posible rol de la moral como bienestar de la sociedad, si no se encuadra dentro de sus propias normas?

Por otro lado, están los pragmáticos, aquellos que condenan no tomar decisiones efectivas para obtener resultados puntuales y confirmables en el corto y mediano plazo. El valor por excelencia del pragmático es el resultado, y un pragmático clásico iría lejos por conseguir aquello que le parece es lo mejor, en este caso, el pragmático votará en contra de uno de los dos candidatos, entregando el sufragio a su contradictor, aún por razones profundamente morales, pero de efecto práctico.

Al Pragmático habría que preguntarle, qué tipo de compromiso democrático tiene alguien que vota en contra de una propuesta, en cambio de a favor de lo que encuentra adecuado. ¿No es eso un tipo de perversión del sistema y del valor intrínseco de la votación popular como medio de elección?, la actitud pragmática es además esencialmente maleable y manipulable, basta con hacerle creer que elije “el mal menor” para motivarlo a un resultado en otra vía.

Si bien no me atrevo a ofrecer respuestas correctas, creo que es esencial entender que cada acción tiene una consecuencia (soberana obviedad, cada vez más olvidada), y que con estas consecuencias, debemos vivir nuestras vidas, en conjunto e individualmente.

“La copia y difusión del artículo completo está permitida siempre y cuando se haga sin ánimo de lucro y se reconozca la autoría y la fuente”  

 

 


[1] Abogado de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana, estudiante de Doctorado en Derecho de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. Sublíder del grupo de Estudios en Derecho Público de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro del grupo de investigación de Ética aplicada, trabajo y responsabilidad social de la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario.

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