Introducción
Algunos
de ustedes me vieron el día de ayer en la biblioteca eclesiástica
y en la noche en la biblioteca central buscando un filósofo
para embutirle a mi ponencia de hoy. Anteayer había tenido una
crisis con mi ponencia al decidir que, tal como estaba, no era
filosofía sino que pertenecía más bien a la lingüística o a
la ciencia política.
Finalmente
no encontré ningún filósofo que se dejara embutir, por lo menos
a corto plazo, pero si pensé en por qué quise leer esta ponencia
en un coloquio de filosofía. Esta reflexión quedará al final
de la ponencia e ilustra por qué este texto está dirigido a
filósofos.
En
lo sucesivo, voy a estudiar las propiedades de un discurso que
llamaré discurso de guerra perpetua. Algunos problemas
los encaramos a través de discursos que metaforizan al problema
como un enemigo y la actividad de solución como una guerra.
Esta no es una metáfora suelta y literaria, sino que implica
un conjunto de metáforas y una manera de pensar y encarar los
problemas. Llamo a estos discursos de guerra perpetua porque
1) los problemas así conceptualizados no tienen, de hecho, solución
bélica y 2) el discurso es robusto en cuanto tiene formas de
absorber tanto fracasos como críticas, de modo que ante unos
y otras tan sólo se intensifica la guerra, en lugar de propiciarse
un cambio de estrategia.
Es
necesario enfatizar el efecto profundo que tiene la selección
de metáfora sobre la acción, para lo cual echamos mano de la
ciencia cognitiva: “La mente es una cosa inherentemente encarnada,
el pensamiento es sobre todo inconsciente, el pensamiento es
principalmente metafórico”. Así comienza el antifilosófico Filosofía
en la carne[1]
de Lakoff y Jhonson, un libro que explica algunos resultados
empíricos del área de la ciencia cognitiva. A continuación,
explicamos brevemente las afirmaciones recién citadas.
La
mayor parte de los procesos cognitivos son inconscientes, en
el sentido de inaccesibles e incontrolables por la conciencia.
Estos son los procesos cerebrales que determinan lo que vamos
a pensar conscientemente.
La
mente es encarnada en un sentido fuerte. Lo que pensamos depende
de la estructura de nuestro cerebro, de la manera en que están
conectadas nuestras redes neuronales.
Pensamos,
sobre todo, sirviéndonos de metáforas a nivel inconsciente.
Estas metáforas inconscientes que utilizamos de manera recurrente,
están encarnadas en la activación simultánea de diversos grupos
de neuronas. Cuando dos grupos de neuronas se activan simultáneamente,
es inevitable pensar determinados fenómenos sin usar determinadas
metáforas; fenómeno y metáfora se han hermanado en nuestro desarrollo
cognitivo.
Por
ejemplo, en la infancia experimentamos, en repetidas ocasiones,
un incremento de cantidad al mismo tiempo que un incremento
en altura (amontonar libros en un escritorio, o la leche que
va subiendo en el plato de cereal). La apariencia conjunta de
ambos fenómenos en repetidas instancias hace que se activen
simultáneamente redes neuronales correspondientes a estos dos
eventos, que en la niñez ni siquiera diferenciamos. Más adelante
reconocemos que altura y cantidad son dos cosas distintas, pero
seguimos hablando y pensando con metáforas como “un alza en
los precios”, “un bajón de azúcar”, etc. Hay que anotar que
no entendemos estas metáforas a través de un proceso interpretativo
sino que entendemos el sentido inmediatamente: ni siquiera reconocemos
que se trata de metáforas.
La
metáfora “cantidad es altura” es una metáfora simple, es decir,
relaciona dos fenómenos. Existen también metáforas complejas,
que se entienden en virtud de varias metáforas simples. Para
poner un ejemplo extremadamente cursi, la metáfora “cantidad
es altura” funciona junto con la metáfora “el amor es una cantidad”
para hacer entendible la frase “mi amor por ti llega hasta las
estrellas”.
El
descubrimiento de que pensamos inconscientemente y a través
de metáforas rinde corolarios familiares a la filosofía: el
mundo que experimentamos está mediado por el lenguaje, el pensamiento
es lenguaje, no nos podemos salir de nuestro propio lenguaje
ni, por tanto, de nuestro mundo. La ciencia cognitiva proporciona
cierta dureza, cierta inevitabilidad causal a estas afirmaciones.
Era
importante enfatizar que la manera en que pensamos determina
la manera en que obramos. Este punto, dicho así, suena obvio;
sin embargo, su importancia se esclarecerá a lo largo de la
ponencia. Pasamos a examinar un conjunto de metáforas que se
están utilizando hoy en día, y las consecuencias reales y terribles
que trae su uso.
Vamos
a estudiar tres discursos hermanos: el de la guerra contra las
drogas, el de la guerra contra el terrorismo y el de la guerra
contra la corrupción. No todos los problemas son, metafóricamente,
enemigos en una guerra. En los colegios no se le declara la
guerra a la tardanza, ni en una ciudad se le declara la guerra
a la suciedad. Cuando concebimos la solución de un problema
en términos de guerra, pensamos también en una cierta forma
de solucionarlo.
La
metáfora no es aislada: no sólo se habla de la guerra contra
el problema, sino que esta guerra se declara, se cierran filas
y el fracaso es una derrota. Se toma prestado todo un aparato
conceptual proveniente del campo de lo bélico. Por ejemplo:
“el primer ministro chino Zhu Rongji declaró el domingo la guerra
contra la corrupción y se comprometió a tomar acciones contra
los funcionarios corruptos... Zhu prometió que no se tendrá
piedad de nadie en el combate contra la corrupción”.[2]
Señalaremos
cuatro propiedades de los discursos de guerra perpetua y sus
implicaciones en cuanto a la forma en que buscamos solución
a los problemas. 1) En un discurso de guerra perpetua, el problema
se reifica como un enemigo y la estrategia de guerra consiste
en destruir la reificación, un empeoramiento del problema se
conceptualiza como un ataque por parte del enemigo; 2) se ve
el problema como algo externo al sistema que ataca, y como una
cosa en lugar de un proceso; 3) se crea un dualismo de “ellos
contra nosotros” que deriva en una incapacidad para escuchar
críticas y 4) se exagera el problema, con lo que se justifica
el desvío de recursos de la sociedad para combatir la guerra.
Reificación
¿A
quién se le declara la guerra? Al enemigo. El enemigo, por una
parte, es el que no es amigo, el que no es de los nuestros.
Por otra parte, el enemigo es el malo (mientras nosotros, por
supuesto, somos los buenos). Tratemos primero este último aspecto.
En
los discursos de guerra perpetua, el problema aparece como un
mal absoluto que debe ser deplorado cada vez que se menciona
(este terrible mal, este odioso flagelo, etc). Miremos, por
ejemplo, la figura del flagelo: “Bolivia debe seguir con sus
planes de erradicación de cocales para librarse del flagelo
del narcotráfico que hoy castiga con especial dureza a Colombia...
Esos son requisitos indispensables para... erradicar el odioso
flagelo del terrorismo...”
Notemos
que el flagelo castiga. Como en el caso de la guerra, no se
trata de una metáfora suelta, sino de un conjunto de metáforas
que se trasladan del campo de la tortura. El flagelo es un instrumento
de tortura. Es decir, no sirve para nada bueno, es el instrumento
de demonios y sadomasoquistas y esta hecho para producir dolor.
El problema (trátese del narcotráfico, la corrupción o el terrorismo)
sufre dos transformaciones: se reifica y se convierte en lo
peor del mundo, en un mal absoluto.
Al
mal absoluto se le odia. Es decir, se le quiere destruir (a
los problemas, por el contrario, se les quiere solucionar).
Pero a un proceso no se le puede pegar un tiro, no se le puede
destruir como se destruye un objeto físico, ¿cómo romper un
ciclón? Por lo tanto, la destrucción se encamina no hacia el
proceso sino hacia algunas cosas que lo simbolizan.
Es
así que una avanzada en la guerra contra el narcotráfico quiere
decir aumentar penas a consumidores o vendedores, o destruir
más plantaciones. Es así como el terrorismo se combate matando
terroristas. El odio, en fin, a “los corruptos” resultará en
más años de condena a quienes sean pescados, “mano dura contra
la corrupción”. El odio no se preguntará por qué son tantos
los corruptos, tantos que en las cárceles no caben sino unos
cuantos chivos expiatorios (mientras los demás andan libres
gracias a la corrupción).
A
veces hay metáforas mixtas, en la siguiente cita un látigo tiene
tentáculos: “Centroamérica debe adoptar políticas mancomunadas
contra el flagelo del narcotráfico, cuyos tentáculos amenazan
la región”.
Entonces
a la reificación hay que añadir el zoomorfismo. Y tomando en
cuenta que el flagelo castiga, como por voluntad propia, también
el antropomorfismo. Estas dos últimas características se hacen
necesarias en un discurso sobre el mal absoluto. El problema
que se combate no es meramente inconveniente, tiene que ser
odioso, malvado; por eso tiene que ser un personaje, una persona
o un animal. Es así que estos discursos se sirven de narrativas
viejas y conocidas: la narrativa de la caza de la bestia, del
jabalí, o la narrativa de vencer al enemigo demoníaco, a Lex
Luthor o a Eskeletor.
Entonces,
la primera característica de los discursos de guerra perpetua
es que atacan al problema intentando destruirlo. Si resulta
que el problema no es una cosa que se pueda destruir, se intenta
por lo menos destruir algo, hacer algún daño (el glifosato,
por ejemplo, si que hace daño).
Yo
creo que todos aquí sabemos que, por ejemplo, el terrorismo
es un proceso, un proceso que se fomenta matando terroristas.
Si alguien tiene alguna duda, que consulte la historia de Algeria,
y cómo este país logró su independencia[3].
La DEA no sabe lo que está haciendo, su metáfora para tratar
a las drogas es errada, se ilustra señalando que el fin de la
banda musical Grateful Dead hizo más para reducir las ventas
de LSD que toda la destrucción combatiente de la policía[4].
Considerar
al problema como un enemigo tiene otra consecuencia. Si nos
está yendo mal, por ejemplo, en la guerra contra las drogas,
concebimos el empeoramiento del problema como un ataque. En
la lógica de la guerra, se responde a un ataque con otro ataque,
o sea, se intensifica la guerra. Por lo tanto, el empeoramiento
de los problemas no se ve como una señal de que se está usando
una mala estrategia para resolverlos sino como un argumento
para intensificar la misma estrategia.
Exterioridad respecto
al sistema
La
reificación de los problemas tiene otra consecuencia: la exterioridad
del mal respecto a la sociedad en donde se presenta. Los “malos”
de las distintas guerras siempre son “ellos”: los terroristas,
los narcotraficantes, los corruptos, como si se tratara de un
grupo de diez o quince personas que, una vez erradicadas, dejaran
de producir el mal que simbolizan y éste se acabara automáticamente.
Este “ellos” se opone a un “nosotros”: nosotros los ciudadanos
honestos, nosotros los países democráticos, nosotros los que
sólo tomamos alcohol. El mal queda plasmado como una exterioridad
al sistema que ataca, como si el sistema fuera invadido por
un mal del cual no es responsable. De forma similar, en una
época se veían los sueños húmedos como invasiones demoníacas
de íncubos y súcubos para negar la responsabilidad que de sus
propios sueños tenían los cristianos que los disfrutaban.
Quisiera
citar aquí una curiosa comparación entre los corruptos y los
piratas, señalando que los piratas invaden el barco, son exteriores
al barco, y no tienen lugar propio:
Los corruptos públicos y privados,
no sólo de México sino de cualquiera de las naciones de Latinoamérica...
han perfeccionado formas de robar, enriquecerse, atracar, defraudar
o corromper sociedades completas que van cayendo una por una
ante el poderío de los modernos piratas... del siglo XXI, que
si hacemos un balance objetivo, congruente y limpio, se llega
a la conclusión de que estos modernos piratas sólo llevan desgracia
y más miseria, dolor y enfermedades a granel...
En
esta cita están un par de elementos que hemos venido señalando:
el rechazo al problema como un mal absoluto y la plasmación
del problema en un “ellos” separado del sistema. El punto es
que “ellos”, los piratas, llegan a una sociedad y producen todos
los males, como si la sociedad fuera sana y viviera feliz antes
de su llegada.
La
reificación de los problemas en los discursos de guerra perpetua
es la que impide ver correlatos como los que hay entre desempleo
y drogadicción, pobreza rural y cultivo de drogas, imperialismo
político-económico y terrorismo, o el correlato entre un sistema
de gobierno enmarañado, de difícil escrutinio y la corrupción
institucional.
Buenos y malos
Decíamos
arriba que hacer del problema un enemigo tiene dos implicaciones.
La primera, que el problema es “el malo” y que quienes luchan
contra el problema son “los buenos”. Ahora nos fijamos en las
consecuencias de dividir el mundo en buenos y malos.
Yo
soy bueno porque lucho contra el mal absoluto. Quien no lucha
contra el mal absoluto no es bueno. Quien no lucha a mi manera
(es decir, de forma guerrerista) no lucha contra el mal absoluto
y por tanto no es bueno. Esta es la lógica que opera en los
discursos de guerra perpetua.
Jesús
dijo alguna vez, “quien no está contra mi, está conmigo”. Bush,
por su parte, acusó a los españoles de ceder contra los terroristas
“Quien no lucha conmigo, y a mi manera, está en contra mía,
es de los malos”[5].
El
dualismo concomitante al discurso de guerra perpetua tiene una
importante consecuencia: no se escuchan las críticas. El crítico
aparecerá como un agente del enemigo. No aparecerá como alguien
que también quiere resolver el problema, sino como uno que carece
de voluntad para enfrentarlo y quiere rendirse en la guerra.
Esto
es patente en los debates en torno al terrorismo, donde hay
un elemento adicional: toda duda será vista como flaqueza ante
los terroristas, por lo que no debe haber ninguna crítica de
ningún tipo ante la guerra. Y esto se llama patriotismo.
Pero
el dualismo y la terquedad también son visibles en el debate
sobre las drogas. Quienquiera que defienda la legalización de
las drogas (es decir, solucionar el problema de las drogas enfocándolo
como un problema de salud pública, no de orden público) caerá
bajo la sospecha de consumir él mismo drogas, de beneficiar
los intereses de los consumidores de drogas (él mismo y/o sus
amigos) y no los de la sociedad. Se verá como alguien que quiere
que aumente el consumo de drogas y no como alguien que quiere
cambiar de estrategia para reducir el consumo.
El
resultado de todo esto es que las políticas sensatas sólo se
pueden enunciar en voz baja o sólo pueden ser enunciadas por
antipolíticos, pues la pena por hablar es parecer un traidor
a la patria.
Exageración
Al
caracterizar el problema como mal absoluto, las consecuencias
del problema se tienden a exagerar. Seguro que la corrupción
es un problema, pero no creo que vaya tumbando sociedades una
por una y trayendo miseria y enfermedad a granel. Es indudable
que el terrorismo pone en peligro la vida de muchos occidentales,
pero es absurdo suponer que amenaza la misma forma de vida occidental:
racistas como Samuel Huntington quieren hacer de este conflicto
uno entre oriente y occidente, ¿es que alguien puede sostener
con franqueza que unos cuantos miles de extremistas con explosivos
van a lograr que en Londres se viva como se vivía en Kabul bajo
el régimen Talibán?
La
exageración del problema es significativa porque así se justifica
el desvío de muchos recursos para la “guerra”. A parte del costo
a largo plazo, el costo inmediato en el que incurre el estado
colombiano con las fumigaciones con glifosato es enorme[6],
pero ningún costo es demasiado si se trata de combatir el horrendo
flagelo que nos tortura...
Guerra perpetua
Los
discursos guerreristas que he descrito son autoperpetuantes
por dos características: su ineficacia y su robustez. Lo primero,
por que atacan a un proceso como si fuera una cosa: el hombre
en la calle lo dice: no atacan las causas del problema, es cosa
de sentido común. Lo segundo, porque al concebir el problema
como enemigo no se miran los fracasos sino como ataques del
enemigo, lo que perpetúa y fortalece la guerra en lugar de debilitarla.
También porque el dualismo concomitante a un discurso de guerra
impide que se escuchen críticas. Entonces las agencias antidrogas
dicen “el consumo ha subido, los precios han bajado, pero tenemos
que seguir en la guerra contra las drogas, si les seguimos cascando
duro van a ver que se acaba el problema.”
Podemos
explicar un poco más saliéndonos del análisis del efecto cognitivo
de las metáforas. Estos discursos autoperpetuantes son el producto
de instituciones autoperpetuantes. La DEA, el FBI, las contralorías,
quieren seguir existiendo, sus empleados quieren seguir devengando
y teniendo poder. En el caso del terrorismo, el poder es muy
claro. En los casos de la lucha antidrogas y anticorrupción
podemos ilustrar un poco el poder: cuando un acto que todo el
mundo comete se hace ilegal, la persecución del crimen sólo
puede ser selectiva. Es imposible perseguir la corrupción o
las drogas sin decidir de antemano a quién perseguir en particular.
Por esto, al ente encargado de perseguir estos crímenes se le
entrega el poder de decidir a quién perseguir. ¿Y a quién persigue?
Sólo a los que odia o a quienes no le dan sobornos. A las instituciones
les gusta el poder, y es lógico que apoyen discursos que alarguen
su poder.
Además,
los discursos de guerra perpetua niegan la responsabilidad de
un sistema en la creación de los problemas. Como decía, no se
ve la responsabilidad de una sociedad en la producción de drogadictos,
de un gobierno en la producción de corruptos, de un orden mundial
en la producción de terroristas. Esto es hipocresía, hay algo
que se quiere ocultar: que la vida en el capitalismo tardío
no es buena y que siempre estamos drogados en todo caso, o que
hay injusticias entre países, por ejemplo.
El
hombre primitivo atribuía sus enfermedades a espíritus malignos.
Lo imagino tirado en el piso con retortijones tras comer kilo
y medio de cerdo, preguntándose a qué deidad habría ofendido.
Esa forma primitiva de ver la enfermedad es conveniente: le
permite al hombre primitivo seguir atragantándose de cerdo.
Las instituciones que luchan estas guerras de mentiras quieren
seguir atragantándose de cerdo.
A
los filósofos
¿Por
qué me pareció adecuado para un coloquio de filosofía el estudio
de los discursos de guerra perpetua? Como sabemos por los filósofos
del giro lingüístico, y como ilustré de otra manera hablando
de ciencia cognitiva, la propagación de un lenguaje, de unas
metáforas, es lo mismo que la creación de un nuevo mundo.
Fue
el pánico, la impotencia, lo que me llevo a escribir esta ponencia.
A nuestro alrededor crece como mala hierba un nuevo mundo, un
mundo en que afirmaciones que otrora sería identificadas como
fascistas se han vuelto aceptables por la sociedad en general.
Un mundo donde la forma guerrerista de pensar, un discurso robusto
y con gran fuerza de propagación, amenaza con tomar el monopolio
de nuestras estrategias para resolver problemas. El mundo que
crece a nuestro alrededor es uno de guerra perpetua, de poder
para las mentes enfermas que gustan de castigar.
Ante
este nuevo mundo sentí pánico. Recurrí a una forma vieja y conocida
de terapia filosófica: la genealogía. Al señalar el origen del
discurso de guerra perpetua, su naturaleza intrínseca, le quito
realidad. Al señalarlo como metáfora, lo convierto en metáfora.
Puedo decir, con Nietzsche, este no es el mundo, es una metáfora,
una creación transitoria, un armazón de mentiras útiles, útiles
para los fascistas del siglo XXI.
Esto
no acaba con el discurso, pero quizás identificar el enemigo
es un primer paso. Sabemos, pues, que este mundo que crece a
nuestro alrededor es metáfora, quizás lo podemos combatir. ¿Con más metáforas?
¿Con una ética fundamentada, procedimentalista, racional, que
combata la lógica narrativa del discurso de guerra perpetua?
¿O quizás no con más discursos sino denunciando, poniendo el
pecho, actuando con las armas del dominado: la huelga y el terrorismo?
¿Qué pasa con Kant, cuando no es el respeto a la razón lo que
mueve a los hombres, sino un discurso con una lógica propia,
irracional y odiosa, que se expande salvajemente como el fuego
por el pasto seco?
Esta
es una pregunta para filósofos, no tanto porque sea teóricamente
interesante sino porque los filósofos se dedican a hablar de
ética y filosofía política, de Rawls y de Habermas y de Kant,
y aún de qué quiere decir Realpolitik y de Marx.
Y Roma se quema mientras tocamos el violín. No estoy diciendo
que haya que ser activista en lugar de filósofo. Solamente que
si vamos a hablar de estos temas, de ética y política y racionalidad,
tenemos que tomar en cuenta las llamas que nos rodean.