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CuadrantePhi
No. 04
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2. "Modelos pedagógicos",
tecnologías de formación y matrices éticas
en la historia de la pedagogía en Colombia.
No voy a ponerme en
seguida a "definir" la noción de "matriz ética", pues,
entre otras cosas, creo que antes que un concepto acabado, es primero
una metáfora para señalar la existencia de sistemas
valorativos con capacidad para movilizar afectivamente a los sujetos
que los portan, que pueden provenir tanto de los saberes (institucionalizados
y/o marginales), como de las culturas (ilustradas y/o populares).
La cuestión sería en ese caso, averiguar cómo
se establecen las relaciones entre "campos de saber" y "campos culturales"
en la producción de esos sistemas valorativos, por ejemplo
ver cómo las transformaciones en los saberes pueden pasar
a las culturas y transformar sus valores, o si las "matrices culturales"
pesan en el "inconsciente" de los saberes y los afectan a-priori.
Como todo problema complicado, éste sólo puede ser
abordado haciendo análisis específicos, y puesto que
nos interesa ahora lo que ocurrió en la escuela colombiana
como lugar de producción e intercambio de "matrices éticas",
prefiero entrar a la descripción histórica de los
"modelos pedagógicos y éticos" utilizados allí,
y más bien ver al final qué podemos sacar en claro
de todo este galimatías.
Hacia 1930, el pedagogo
más destacado de la llamada Pedagogía Clásica,
de la pedagogía oficial conservadora, Don Martín Restrepo
Mejía, explicaba así el proceso de "modernización
" de los métodos de disciplina :
En cuanto a los estímulos
para llevar a los niños al estudio, las escuelas han empleado
tres sucesivamente: la antigua se apoyaba en el rigor y obligaba
al estudiante a estudiar por miedo al castigo; después
introdujeron los jesuitas un motivo humano, la emulación,
que levantaba un grupo de alumnos distinguidos pero dejaba en
la penumbra dos terceras partes como mediocres; la escuela moderna
se propone aprovechar el interés que todo niño tiene
de aprender a hacer algo y su instintiva curiosidad. Aprovechar
este interés en un trabajo educativo es un medio
más racional y armónico con la naturaleza humana
que el temor, que forma pusilánimes y perezosos,
y que la emulación, que suele despertar la envidia
y el rencor.
En estas pocas líneas
tenemos una riqueza de información insospechada, pero también
serios problemas a resolver : aparecen aquí las características
de tres modelos de tecnologías de formación que se
habrían sucedido. Cada uno responde a un tipo de explicación
sobre "los móviles de las acciones humanas" : el "temor
al castigo", el "deseo de honor" y el "interés natural de
realizar y aprender". A cada móvil privilegiado, corresponde
un método disciplinario (el castigo, la emulación
y el trabajo educativo). Al mismo tiempo se evidencian los efectos
negativos y los "umbrales de educabilidad" de cada "modelo pedagógico".
De otro lado, se insinúa que la sucesión de esos modelos
(el "antiguo", el "jesuítico" y el "moderno") se dio más
bien como una lucha entre ellos para reemplazar unos por otros,
pero ese combate se justifica por la búsqueda, el progreso
hacia una mayor racionalidad en la adecuación de la escuela
a la "naturaleza humana infantil". (Ver grafo No. 3)
El texto de Restrepo
Mejía deja ver la correlación entre la "humanización
de la penalidad escolar" y la complejización del concepto
de infancia, proceso por el cual, de un lado, se eliminó
poco a poco el castigo físico, sustituyéndolo por
"sanciones morales", pasando luego a un sistema de recompensas y
privaciones hasta llegar a lo que la Escuela Activa llamó
la "sanción normalizadora". Ello fue posible porque, de otro
lado, se introdujeron nuevos saberes médicos y psicológicos
en la formación de los niños colombianos. Y por supuesto,
ello implicó la transformación de los roles y los
instrumentos para ejercer el oficio de maestro. En conjunto, los
manuales de la época nombraron este proceso como el paso
del "arte de castigar al arte de gobernar". Sigamos un poco la división
que propone Restrepo, y veamos cómo ocurrió esto,
siguiendo un poco cada uno de los "modelos" en cuestión.
2.1. El sistema de enseñanza mutua.
El primer "modelo",
al que Restrepo denomina "antiguo", corresponde al sistema de enseñanza
mutua, inventado hacia 1790 en Inglaterra e India por Bell y Lancaster,
y fue traído al país desde 1822 por los libertadores
Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, convencidos
de las ventajas que prometía y por los empréstitos
con la corona inglesa: el sistema se presentaba como una "máquina
escolar perfecta", que permitiría "a un solo maestro enseñar
a mil niños al tiempo, los rudimentos de la moral, la escritura
y el cálculo", y cuyo objetivo era "moralizar a las clases
pobres...pues los habitúa a la subordinación y al
freno". La innovación consistía en utilizar un sistema
de "monitores" y una mecánica que producía el movimiento
permanente de los alumnos a través de una gran sala, según
un ritmo uniforme y escalonado de adquisición de conocimientos,
a partir de la repetición y la corrección dirigida
por los monitores. Estos, seleccionados -en principio-, entre los
alumnos que sabían un poco más, eran enseñados
y entrenados para ejercitar a quienes sabían menos, sobretodo
en lectura y escritura. Quienes ya dominaban una letra, una sílaba
o una palabra, dirigían las prácticas de los menores
y los corregían. Así, se prolongaba la labor del maestro
también en la vigilancia de su conducta con este mecanismo
de clasificación y observación jerarquizada.
Esta gran máquina era posible a partir de la disposición
del espacio de un gran salón ocupado por largos bancos donde
el niño que aprendía por ejemplo una letra, subía
un puesto, hasta llegar a ocupar el extremo derecho del banco, lo
cual lo hacía merecedor del cargo de monitor y permitía,
en teoría, la rotación de todos los cargos, a partir
de la emulación individual, sin mediar la preferencia personal
del maestro, algo así como una "promoción automática".
No existían libros ni cuadernos individuales, todos los conocimientos
y las órdenes se hallaban escritas en grandes carteles dispuestos
a lo largo de los muros, y su uso regular implicaba un procedimiento
llamado "táctica escolar", un sistema de órdenes y
señales transmitidas por el maestro hasta los monitores,
para dirigir con precisión casi militar los movimientos colectivos :
"levantar las manos", "tomar la pizarra", "girar hacia el tablero",
"marchar", "manos atrás", "trazar la A" etc.. Esta fragmentación
de la escritura no sólo respondía a un objetivo pedagógico
sino que -he ahí la invención- también buscaba
un fin disciplinario, como instrumento de ocupación permanente
de los niños y como medio de capturar la atención
y el deseo infantil a través de un mecanismo de emulación.
Un juego de letreros distinguiendo a los alumnos buenos o malos
era parte integrante de este movimiento : el sistema de castigos
y premios era inherente a esta verdadera máquina pedagógica.
Pero además, para garantizar el orden y la obediencia, Lancaster
había previsto otra serie de castigos : para faltas
más serias que el equivocarse en la repetición de
los movimientos, se recurría a castigos de dolor físico,
(palmetazos, cepos) o penas "infamantes" : "confinamiento"
(encierro para hacer alguna tarea bajo vigilancia), o a una "pena
infamante" : separación del grupo en un banco aparte,
gorros o letreros con los nombres de las faltas ("perezoso", "distraído",
"burro", "puerco"). La autoridad multiplicada a través de
monitores de lectura y escritura y de castigos, producía
el efecto de enseñar la obediencia a un jefe, y a todos "el
mando a través de la obediencia", formando hábitos
de orden y disciplina, dentro de un mecanismo colectivo impersonal :
en caso extremo, el maestro podía faltar, sin detrimento
del orden y la jerarquía. El maestro es el último
elemento del sistema, en el sentido en que debe ser un vigilante
y animador imparcial y distante del mecanismo de enseñanza,
pero a la vez se le exige que sea amable y justo, para que el castigo
no se haga odioso ni humillante, producto de su cólera, sino
impersonal y estrictamente retributivo. Fuera de ello, no requiere
saber mucho más sobre el niño, pues el sistema mismo
excluye los "rebeldes" o "los perezosos". Le bastaba aprender a
usar el manual para poner en marcha a organización, y el
mínimo de conocimientos que iba a enseñar. Con ello
se garantizaba el carácter masivo del sistema: se trataba
de "someter a los niños a una regularidad, a una serie de
movimientos que hacen de una multitud un solo individuo, obediente
a una misma voluntad. [...] Con la ayuda de este sistema el individuo
y la masa se encuentran igualmente sometidos, la sumisión
individual y general adquiere el carácter de disciplina y
resulta físicamente imposible al alumno más inclinado
a la pereza el apartarse un segundo del estudio y la obediencia".
Fue la escuela lancasteriana la que hizo famoso el lema "la letra
con sangre entra, y la labor con dolor", pero no hay que olvidar
que siempre estaba acompañado de este otro, por igual famoso :
"un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar".
En este sistema, de
aspecto casi "mítico" por su utopía mecanicista en
cuanto pedagogía y por su cinismo social en cuanto "método
para pobres", se diría que hallamos el substrato más
arcaico de la escuela moderna, el "punto cero" donde los fines y
tecnologías disciplinarias no se ocultan. Estas, por el contrario,
más bien hegemonizan sobre el saber pedagógico, reduciéndolo
a lo necesario para el adiestramiento y la instrucción de
unos "cuerpos dóciles". Aquí, el autogobierno se concibe
como "hábito de obediencia, quietud y orden". Sin embargo,
ésa es apenas la superficie. A nivel de los móviles
éticos, el sistema desataba una serie de pasiones mucho más
complejas que el mero "temor" denunciado por Restrepo Mejía,
y sus "contraefectos" tampoco eran sólo la aparición
de "pusilánimes y perezosos". Si toda producción
de subjetividad es también positiva, en el sistema lancasteriano
no se hace sujetos sólo por la vía negativa :
diríamos que, en términos de roles, en la búsqueda
de un "niño dócil", la subjetividad infantil es formada
por una tecnología ética constituida por un dispositivo
donde la represión/vigilancia era parte de un
régimen de retribución inserto en una mecánica
de repetición para formar hábitos. El
deseo infantil es canalizado por dos mecanismos, la Emulación
y el Deseo de Autoridad.
Los efectos éticos
eran pues bastante complejos : llegar a ser monitor era tan
deseado como temido era el verse sometido al escarnio feroz de los
otros infantes, éste último también un efecto
ético que canaliza a través de la masa infantil la
violencia y la agresividad, legitimándolas como ejercicio
colectivo del poder de sanción social. Pero así mismo,
el castigo generaba la solidaridad o la admiración :
alianza silenciosa de la masa que podía convertir a la "víctima"
en "héroe" o en símbolo. De otro lado, el monitorazgo
legitimaba la reproducción de las desigualdades individuales
y las jerarquías sociales. En Inglaterra, se pensó
que los monitores serían los futuros capataces de las fábricas ;
pero, y he aquí un bello ejemplo de reconversión de
las estrategias de la subjetividad, con el tiempo, los patronos
descubrieron con consternación que muchos de los líderes
obreros de la Primera Internacional habían sido antiguos
alumnos de las escuelas mutuas : éstas escuelas fueron
el semillero de la primera generación de obreros revolucionarios.
El otro mecanismo de
reconducción del deseo infantil era la Emulación,
concebida de modo más general como Retribución simple:
cada acción de aprendizaje o de conducta era tasada y valorada,
sancionada con un premio o un castigo. No voy a juzgar por el momento
esta tecnología ética, sólo voy a señalar
que, combinada con el deseo de tener un cargo de autoridad y el
temor a ser castigado, ella dio lugar a un "comercio" de privilegios
o de poderes entre monitores y alumnos que debe ser visto también
como una estrategia que podía reconvertir el "ideal pedagógico"
de moralidad y autoridad en un juego pasional de astucias, sobornos,
envidias o abusos, para burlar la vigilancia, para conservar el
cargo de poder, o sacar pequeñas ganancias para aligerar
el rigor del régimen. Pero estas "astucias" expresaban también
un juego de complicidades y solidaridades, con el que los niños
contrarrestaban las exigencias implacables de la emulación
y la retribución. Este era un efecto ético indeseado,
pero dado el tipo de dispositivo, era el modo como las matrices
culturales de resistencia y de "malicia" popular entraban por la
puerta trasera de la "máquina civilizadora" que soñaba
con ser perfecta. Y finalmente, un último conjunto de efectos
se desprendía del sistema de monitores : es claro que
uno de los objetivos de la emulación era normalizar -nivelar-
la cultura, las relaciones de poder y las jerarquías "pre-modernas"
de las clases trabajadoras, tanto al interior de las familias como
frente a los poderes locales (clero, gamonales, propietarios rurales...).
Se pretendía establecer nuevas jerarquías, basadas
en el esfuerzo y la competencia individual, en el saber y en la
edad, pero el ideal de rotar a todos los alumnos por todos los puestos
de mando se enrareció desde un comienzo, y los hijos de los
más ricos, los protegidos por el maestro o quienes disponían
de alguna otra posición de prestigio o fuerza en la sociedad
local, tendieron a reproducirla dentro de la escuela y monopolizaron
los cargos. Las nuevas relaciones de poder generadas desde el saber
pedagógico no tenían aún, en este sistema,
suficiente fuerza para desplazar a aquellas generadas desde fuera
de la escuela o bien se mezclaban con ellas. Si seguimos profundizando,
encontraremos con seguridad otros juegos éticos, por ejemplo
en torno al trabajo y el ocio ("la pereza"), o a la autoridad del
maestro, pero nos equivocaríamos al ver el sistema sólo
en términos de efectos y contraefectos, entre otras cosas
porque los términos morales usados para nombrar los valores
o anti-valores producidos -la "pereza" o el "desorden" por ejemplo-
son también históricos y culturales, y hay que cuidarse
de tomarlos como realidades absolutas o de juzgarlos según
nuestras escalas actuales de valores. Todos esos "efectos no buscados",
los "contraefectos" y las reconversiones estratégicas y resistencias,
yo los colocaría, para hacerlos visibles, en el "punto central"
del grafo, que no hay que olvidarlo, es a la vez el "punto ciego
del modelo" -no ve todo lo que produce- y su "punto de fuga" -lo
que produce se le escapa o lo desborda-, pero no son resultado de
su "mala aplicación", sino del cruce entre el tipo de tecnologías
disciplinarias diseñadas, y de eso que he llamado las "matrices
éticas". El principio ético universal de la pedagogía
moderna es el Autogobierno, pero su logro está determinado,
en el sistema lancasteriano, por la tecnología de la Retribución,
es ella la que juega en la práctica como regla de formación
valorativa, es ella la que parece convertirse en la verdadera "matriz
ética".
2.2. El sistema de "enseñanza simultánea".
Fue con la apropiación
de otro modelo pedagógico -lo que hoy llamaríamos
una "innovación educativa"- el modelo de las comunidades
religiosas católicas, a fines del siglo XIX y comienzos del
XX en Colombia, cuando comenzaron a enunciarse una serie de "fallas"
de la enseñanza mutua, obviamente a la luz de la nueva matriz
ética y pedagógica. Hubo en efecto, en este paso de
un modelo al otro, una lucha político-ideológica que
no es el momento de relatar. Desde el punto de vista pedagógico,
los críticos contemporáneos del sistema lancasteriano
-como Restrepo Mejía o los Hermanos Cristianos- denunciaron
que el temor generaba sumisión, pero podía también
generar una "disciplina superficial" y un "apocamiento interior",
que la subordinación producía efectos de "servilismo",
tanto como de "rebeldía" ; que la autoridad produciría
"arbitrariedad" o "corrupción", o que el orden maquinal podía
generar "rutina", "aprendizaje mecánico" o "pereza". Como
se ve en esta lista, lo que pretendía el nuevo modelo pedagógico
-llamado sistema de enseñanza simultánea- era actuar
sobre un móvil "más profundo" de la acción
humana, un principio a la vez más "interior" y más
"positivo" de la subjetividad que garantizara una tecnología
de formación que evitase la "artificiosidad" o de la "superficialidad"
de la disciplina lancasteriana. Tal vez hay que decirlo así :
una vez que los fines sociales de la educación cambiaron,
que las estrategias de gestión de la población dejaron
de pensar sólo en adiestrar obreros, y que el saber pedagógico
destinado a las escuelas se abrió a conceptos y saberes más
complejos sobre la infancia, se comenzó a ver al sistema
lancasteriano como demasiado burdo, aparatoso y finalmente poco
eficaz. Desde el nuevo horizonte pedagógico, el autogobierno
se definía ahora como "amor al bien", la obediencia buscada
no era ya la sumisión a un orden exterior, sino la aceptación
de la ley a partir del interior. Este desplazamiento implicó
transformaciones en la concepción misma de la infancia, en
el papel del maestro y por supuesto en las tecnologías éticas.
Pero hubo también continuidades sorprendentes. Voy a esbozarlas
de modo rápido.
Lo primero es que la
tecnología ética de Retribución no se abandonó.
Bien por el contrario, se desarrolló de su lado diríamos
positivo, es decir poniendo el acento en los premios, y transformando
la naturaleza de los castigos. Todas las baterías se enfilaron
a combatir los castigos físicos. En efecto, desde finales
del siglo XIX hallamos, en los manuales pedagógicos y en
la legislación educativa una preocupación sistemática
por eliminar los castigos físicos, la pregunta que el gobierno
y los maestros se hacían era : "Prohibidos los castigos
aflictivos e infamantes, ¿qué medios podrá emplear
el maestro para conservar el orden y la disciplina ?". Y la
respuesta se formuló en el Reglamento oficial para las escuelas
de 1893, conocido como el Plan Zerda. Allí se decía :
"1º. Cuanto mayor sea la proporción
en que posea el maestro los elementos del arte de gobernar
a los niños, menos necesidad tendrá de corregir
y castigar ; pero algunas veces sin el castigo oportuno no
se logra el resultado apetecido" . "El maestro debe estudiar el
modo de constituirse en poder de la escuela" .
Pues el castigo debía
ser también un arte, según el mismo Reglamento :
"El arte de castigar lo
poseen muy pocos maestros, pues supone la habilidad de aplicar
el castigo de modo que los discípulos sientan más
respeto y cariño hacia el maestro a la par que formen la
resolución de apartarse de lo malo y practicar lo bueno...Los
castigos han de tender a facilitar el dominio de sí mismo..."
.
En este momento histórico
de transición se ve muy clara la articulación (tensional)
entre la tecnología disciplinaria y el saber pedagógico :
la tendencia era fortalecer el "poder de gobierno" del maestro,
según la máxima de que "el maestro que mejor gobierna
es el que enseña a sus discípulos a gobernarse a sí
mismos" y de que "el régimen de la escuela es la facultad
de represión que forma el hábito del propio gobierno".
Hemos visto que el autogobierno era concebido como "amor al bien",
el "dominio de sí", la "educabilidad de la voluntad" por
medio de la formación de hábitos a partir de la regularidad
y el orden. El acrecentamiento del "arte o el poder de gobernar"
del maestro debía hacer cada vez más raro el recurso
al "arte de castigar". Voy a desarrollar este tema, pero permítanme
detenerme antes un poco en el asunto del castigo, pues como ya lo
he insinuado, fue en el proceso de discusión sobre la "eliminación
de los castigos físicos" donde se fueron forjando las nuevas
representaciones de la "subjetividad infantil" y las nuevas tecnologías
de formación.
Primero, hay que tener
claro que en la sociedad moderna, no se permite golpear, encerrar
o humillar públicamente a ninguno de sus miembros, sin una
buena razón filosófica o moral que legitime ese ejercicio
de la fuerza, y sin una tecnología que lo haga efectivo y
a la vez impersonal. Más aún en el caso de la educación.
Digo esto para tomar distancia del sentido común actual que
asocia la imagen de "escuela tradicional" con el castigo físico.
Aún en este modelo pedagógico clásico, el uso
de la punición obedecía a una escala bien regulada para
evitar los abusos, pero sobre todo, para garantizar el "desarrollo
moral" del niño:
Castigar es inflingir
un dolor cuyo recuerdo persiste como una advertencia para que
no se caiga en la misma falta. La naturaleza de este dolor depende
de la naturaleza del ser a quien se dirige, será necesariamente
físico para el ser material [...] pero en este mismo, cuántos
grados [...] desde el latigazo que hace aullar al perro o ensangrienta
la espalda del niño, hasta la privación de una golosina
[...] Para aquel cuya naturaleza moral se ha sabido cultivar y
afinar, el castigo debe ser puramente moral.
Así que los
castigos físicos eran el medio para corregir "aquellas naturalezas
en las que la animalidad es preponderante", y se asimilaba esta
etapa a la de los seis meses a los dos años, etapa en la
cual según Restrepo Mejía, las faltas del niño
se deben "antes que a la voluntad, al apetito sensible". Para evitar
que se formasen hábitos que luego dominarán la voluntad,
los castigos en esta edad debían ser sensibles, siempre advirtiendo
que el castigo "debe ser proporcionado con la naturaleza de la falta",
y que ante todo no se "debía privar al niño de nuestro
amor, y en todo caso [...] aplicarlo no con excesivo rigor ni mucho
menos con cólera" .
Fueron esos castigos
corporales los acusados del fracaso de la disciplina lancasteriana
para formar el carácter : eran ellos los que creaban
un orden desde lo externo y producían seres serviles, movidos
por el temor pero incapaces de interiorizar el deber por sí
mismos. Por la misma razón se atacaron las penas infamantes.
En el modelo de las comunidades religiosas todo esto fue reemplazado
por las llamadas "sanciones morales" : reconvenciones públicas,
privación de recreos, aislamiento o encierro, malas notas
de conducta, listados públicos de "delincuentes", etc. pero
administradas con tacto paternal : "primero una advertencia,
luego una reprimenda, luego la amenaza y finalmente el castigo propiamente
dicho o penitencia". Pero el cambio no fue sólo disciplinario,
con la práctica de las sanciones morales, mas el propósito
de "construir el arte o el poder de gobernar del maestro", a partir
de lo que llamaré el "amor pedagógico" : no se
trata tanto de conseguir el orden por sí mismo cuanto de
obtenerlo a partir de un gobierno paternal cuyo objetivo pedagógico
era lograr la alegría en la escuela : se hizo famoso
esta vez otro lema, tomado de Francisco de Sales : "Más
moscas se cazan con una gota de miel que con un frasco de vinagre".
Llamo a esto "amor pedagógico" porque si bien se inspiraba
en el principio cristiano de Caritas, amor paternal-pastoral,
se traducía de nuevo en una tecnología moral sofisticada :
la creación de esta "red paternal y pastoral" alrededor del
niño es la que nos permite entender el proceso de eliminación
de los castigos físicos, y el paso a un sistema correccional
cuya penalidad es la "privación de amor, aprecio e individualidad".
El ideal en este nuevo tipo de disciplina, es que un juego de presencias
y ausencias, -la voz o el silencio, la mirada o la indiferencia-;
destaquen o borren la identidad afectiva que el maestro deposita
sobre el niño, y que en el límite, el peor castigo
sea el dolor del niño a causa de que "el maestro ya no lo
mira!":
Los verdaderos recursos, los altos
medios racionales pedagógicos, los dignos del educador
cristiano y del alumno cristiano son los que se acercan más
a la región del espíritu: los que producen la voz,
los ojos y la simpatía [...] el tono moderado de voz en
clase...da un recurso moral [...] bastará levantar o acentuar
el tono de la voz, sin interrumpir la explicación, para
que el "delincuente" lo entienda. ¿Y qué decir del imperio
de la mirada? ...que basta una para corregir, estimular, enternecer
y hacer emprender la marcha triunfal de la virtud [...] Y esto
se puede, cuando un amor purísimo ha establecido entre
maestro y alumnos esa corriente de simpatía que une las
almas...
Pero como ya he dicho,
este modelo no eliminó el sistema de Retribución,
sino por el contrario hizo de la Emulación el mecanismo central
de formación moral e intelectual. Los manuales y reglamentos
de la época lo llamaron el "sistema del Honor", un sistema
también minuciosamente escalonado que preveía el paso
de un "estímulo material"
en esa primera edad donde el niño sólo aprecia los
objetos tangibles, luego pasar a la emulación por ganar
el afecto de sus compañeros y superiores (palabras de aprobación
y estímulo), en una edad mayor fomentar la emulación
por el honor y llegar por fin a la verdadera, la noble emulación
por amor al bien y al sentimiento íntimo del deber cumplido.
El modo de canalizar
el deseo y la agresividad infantil aquí era la de convertir
las "bajas pasiones" que eran simplemente ignoradas por el
sistema mutuo, en "pasiones nobles" : vanidad, envidia, falso
amor propio, soberbia y desobediencia, convertirlas en orgullo,
y "trocar el orgullo en noble emulación, fuente y raudal
de progreso en la ciencia, y de perfeccionamiento moral". La emulación,
se decía ,"es el aguijón de la virtud", los niños
aman los ejemplos heroicos y éstos despiertan lo bueno que
hay en ellos, su yo superior, que es caballo de batalla de la pedagogía
moderna". Se trataba de formar aún niños dóciles,
pero alcanzando un nuevo estadio de "autonomía": niños
con carácter, movidos por el altruismo. Pues no se eliminó
el sistema de táctica escolar, sino que se perfeccionó
y flexibilizó a través de un "sistema de vales", desarrollado
por los Hermanos Cristianos, con el cual se premiaban semanalmente
todas las buenas acciones en conducta y los buenos resultados académicos.
Con este procedimiento, se pudo eliminar el criticado sistema de
monitores, -con lo cual se eliminaban también las solidaridades
y alianzas infantiles- y se reconoció que, para lograr la
efectividad del "amor pedagógico", se debía reducir
el número de alumnos por maestro, y se cambió el aula
única lancasteriana, por varias aulas pequeñas -simultáneas-
con un máximo de 40 estudiantes, clasificados por el maestro
según su conocimiento de cada niño, un conocimiento
más personal, que tomaba en cuenta su edad, su nivel de saber
y su "temperamento". Hay que decir, de paso, que para el ejercicio
de su "ojo pedagógico" el maestro aprendía la "psicología
racional", que incluía una doctrina sobre "las facultades
del alma", sobre la naturaleza de las pasiones, la voluntad y el
hábito ; y una teoría fisiologista sobre los
temperamentos (sanguíneo, nervioso, linfático o bilioso...).
Siendo escuelas católicas, el dispositivo pastoral se completaba
con la confesión, cuyo efecto era "obligar al niño
a examinarse y averiguar y detestar en lo íntimo del corazón
las malas tendencias y combatirlas sin tregua". Pero quiero destacar
que si bien la noción de "pecado" era la que dominaba la
valoración de las faltas morales, lo realmente importante
era que este sistema de "vales" lograba funcionar como un sistema
de prevención que actuaba sobre los pequeños detalles,
las fracciones de actos minúsculos, antes de que estos se
acumularan hasta formar una "mala acción", moralizando las
pequeñas conductas cotidianas que no alcanzaban el rango
de pecado, pero que por ello mismo eran el objeto de la vigilancia
y la corrección.
Así, este conjunto
de saberes y dispositivos permitió cambios pedagógicos
y disciplinares que permitían una mayor individualización
de los niños : se hicieron posibles entonces cosas como
la eliminación de las pizarras y los bancos de arena, para
dotar a cada alumno de su cuaderno, su pluma y sus textos de estudio
individuales. Los alumnos ya no rotaban por todos los bancos, sino
que tenían un sitio personal asignado en permanencia, y la
reclasificación y la premiación se hacía gracias
a nuevos instrumentos dados al maestro : los libros de registro,
los listados de conducta y aprovechamiento, y de una técnica
desconocida hasta entonces : los exámenes orales y escritos
y la escala de notas de 1 a 5.
No voy a hacer aquí
el análisis de los "contraefectos" y las "reconversiones
estratégicas" a que este modelo pudo dar lugar. Diré
sólo que sus propios autores previeron sus límites,
pero se lavaban las manos de la responsabilidad, dejándola
a cuenta de los defectos ineducables de cada individuo :
el escolar es excitado no a parecer
sino a ser realmente estudioso y bueno. Si la emulación
se convierte en él en orgullo, vanidad, envidia, la falta
será debida a sus propios defectos y no a las industrias
empleadas por el maestro para hacerle progresar.
Así, la disciplina
del honor se convirtió entonces en la segunda matriz ética,
que se adecuó perfectamente a la nueva concepción
de la organización social y de las relaciones laborales para
el país en las primeras décadas del siglo XX:
una sociedad corporativa e individualista a la vez, guiada por los
mejores, la élite de hombres virtuosos, nobles e ilustrados,
gobernando una capa media de empleados pundonorosos, y una masa
de trabajadores conscientes de sus deberes y su honor, unidos todos
por el amor universal a la unidad, la verdad, el bien y el progreso.
Pero este puro amor era a la vez un "amor interesado", al reconocimiento
social, a la admiración pública y un temor a la censura
y a la deshonra.
2.3. El modelo de la "Escuela Activa".
El modelo de las comunidades
católicas fue, como el mutuo, criticado duramente a su vez
por los pedagogos del tercer modelo apropiado, el de la llamada
"Escuela Activa". Ya Restrepo Mejía señalaba que este
sistema producía una élite dejando atrás una
masa de "mediocridades", Nieto Caballero fustigó las escuelas
de los lasallistas como centros de deformación del cuerpo
y del alma de la juventud colombiana, y su ética como individualista
e hipócrita, y otros, como el médico Miguel Jiménez
López o Gabriel Anzola, critican su uniformidad, su falta
de reconocimiento de las particularidades individuales, su vulnerabilidad
al soborno y a la delación ; su altruísmo falso
que finalmente se basaba en una "autoridad lista a implantar la
violencia". Criticaban su moralismo racionalista que ignoraba las
profundas determinantes inconscientes y biológicas del niño.
En fin, en una frase que hizo época, se oponía a esta
escuela del orden y la quietud, una escuela "abierta a la Vida".
Este nuevo punto de
vista buscaba de nuevo un fundamento más profundo en la subjetividad
infantil para desarrollar su formación : ésta
vez era la Vida, o mejor dicho una nueva dimensión de la
infancia, definida desde los saberes modernos sobre el hombre, saberes
experimentales como la Biología, la fisiología, la
medicina, la psicología, la psiquiatría y la administración
científica, que empezaron a apropiarse masivamente en el
país desde finales del siglo XIX y que de nuevo, transformaron
los saberes y tecnologías de gobierno de la población.
Se trataba ante todo de la Biología, en la versión
evolucionista de Herbert Spencer y Charles Darwin, las nociones
de herencia y adaptación al medio, aplicadas a la psicología
y a la pedagogía por médicos e investigadores experimentales
como Ovidio Decroly, A. Binet, E. Meumann, H. Pieron, R. Buyse.
Para éstos, generalizando, el hombre debía ser visto
como un ser biológico más en la cadena evolutiva,
sometido por tanto a las leyes de la adaptación de los organismos
al medio ambiente, y a la herencia biológica. La infancia
era asimismo una etapa de la evolución humana, el período
de desarrollo de las aptitudes adaptativas de la especie, y por
ello el más delicado, el más susceptible a enfermedades,
taras o influencias nefastas del medio físico y moral. En
la mayor parte de estos teóricos, hallamos también
una teoría de la evolución de la especie que da gran
importancia a la diferenciación de las razas, y el clima
mental que durante la década de 1920 se creó en el
país, fue el de una discusión sobre las causas y los
medios de evitar la "degeneración de la raza colombiana",
con la conclusión casi obvia de que debía ser la escuela
la única institución social que podía "defender,
regenerar, examinar y moralizar" a la población, protegiendo
e higienizando a la infancia. Se desarrolló en este período
una verdadera "fiebre" por la investigación antropométrica :
la higiene física y mental, los efectos del alcoholismo en
la población obrera, medición de cráneos y
de rasgos fisiognómicos, estudio de patologías clínicas,
desarrollo de la medicina legal y la psiquiatría forense,
estudios experimentales sobre niños delincuentes o "sub-normales",
test y escalas de coeficiente intelectual, estudios sobre rendimiento
físico en condiciones extremas, o de eficiencia laboral en
fábricas ; un movimiento que no era sino la apropiación
nacional de la oleada experimentalista que transformó la
psicología en ciencia natural, alrededor de la Primera Guerra
Mundial. A la luz de estas ideas justificadas a nombre de la ciencia,
se fueron perfilando nuevas alternativas éticas, que hemos
denominado moral biológica y sociobiología
especulativa. Al sacar a la luz las dimensiones fisiológicas,
biológicas y no-conscientes de los comportamientos humanos,
fue cuestionada la doctrina moral clásica sobre el control
racional de las pasiones por la voluntad, y su énfasis en
la formación de las intenciones subjetivas como base de los
actos y el desarrollo moral. Había que analizar ya no el
pecado, sino una "conducta desviada", y ya no los "malas inclinaciones",
sino los instintos, las disfunciones orgánicas y las enfermedades
nerviosas. El lema de esta moral biológica era el famoso
"mente sana en cuerpo sano". Esta medicalización del
gobierno de la población permitió hacer emerger otras
filosofías morales que habían sido rechazadas por
la intelectualidad católica del siglo XIX, la ética
utilitarista y pragmatista, que buscaban el fundamento moral no
en la intención individual, sino en el análisis de
los resultados objetivos de los actos, en los efectos sobre el bienestar
de la sociedad, es decir una ética civil. Esta conjunción
entre la moral biológica y las éticas pragmatistas,
se tradujo en el saber pedagógico, en la constitución
de un tercer modelo de formación de la subjetividad, la llamada
disciplina de "las consecuencias naturales", "disciplina de los
intereses" o "disciplina de confianza". Se presentaba como un salto
total, la verdadera "revolución copernicana de la pedagogía
moderna : el salto del maestro al niño" puesto que pretende
partir del reconocimiento, estudio, observación y seguimiento
de los "intereses del niño". Intereses que fueron definidos
bien como "instinto natural determinado por su etapa de desarrollo
biológico", (en la versión biologicista de Decroly,
retomada por Jiménez López) o bien como "interés
subjetivo de construir conocimiento, e interés social de
cooperación y solidaridad" (en la versión democratizadora
de J. Dewey practicada por A. Nieto Caballero.) Esta pedagogía
propuso un fundamento científico para estudiar nuestros defectos
primordiales y "formar un yo nacional", un individuo útil,
práctico, con conciencia de colectividad, de sociedad y de
nación. El maestro debe perder su posición de autoridad
y volverse un observador discreto y sutil, un examinador dotado
de instrumentos de medición psicológica, su amor paternal
debe dotarse de medios científicos que le permitan diferenciar
lo "normal" de lo "patológico". Para ello, consecuentes con
la noción de "niño activo", se propone no coartar
la espontaneidad de su comportamiento, adecuar los conocimientos
por "Centros de Interés" o por "Proyectos", y en consecuencia
readecuar los espacios escolares llenando de luz y aire los recintos
y sustituyendo el orden cuadriculado de los pupitres por mesas de
trabajo móviles que permitieran el trabajo por grupos y temas,
en el marco de una disciplina que, basada en una "organización
científica del trabajo", favoreciera la autoconfianza, el
autocontrol y la responsabilidad individual y colectiva. Hasta el
punto en que, comparada con las tecnologías formadoras clásicas,
se postuló que la escuela activa lograba realizar "el fin
de la disciplina". Si la autonomía se definía al modo
clásico como la "libre sumisión a la ley", aquí,
al modo liberal, se concibe como "el conservarse libre dentro de
la obediencia a la ley, a la razón y a la verdad".
...debemos acostumbrar al niño
a la autonomía dentro del orden desde su más temprana
edad. Autonomía intelectual por la realización
de un trabajo personal y libre ; autonomía moral
confiando a cada uno ciertas responsabilidades que les permitan
conducirse correctamente, aun en ausencia de los adultos ;
y autonomía social por medio del self-government
a fin de acostumbrarlos a la obediencia, a las leyes del grupo
y al respeto al jefe elegido por ellos mismos.
Sorprende en esta definición
la persistencia de términos asociados a la "escuela clásica",
como "orden y obediencia", pero hay que decir que su contenido es
diferente : este orden no sería la quietud y el silencio,
sino la eficiencia y la organización, y la obediencia nacería
de la participación en las decisiones colectivas. Lo que
es más interesante es cómo se combinan y redefinen
aquí las relaciones entre Autonomía y Heteronomía.
Por ello quiero analizar esto en términos de la hipótesis
sobre la relación tensional entre saber pedagógico
y tecnologías disciplinarias. No pretendo dar cuenta de todos
los tipos de Escuela activa, sino retomar el tema a partir de un
divulgador del sistema bastante difundido entre el magisterio hacia
los años 1930 y 40 en Colombia, Adolfo Ferrière.
En efecto, una vez
descubierto que los móviles de acción basados en el
honor o en el castigo eran "antinaturales", el problema técnico
que se planteaba a este nivel fue: ¿Una vez eliminados los mecanismos
disciplinarios que limitan la libertad del niño, cómo
asegurar su formación de modo que encauce toda acción,
consciente y no-consciente, hacia la libertad con responsabilidad?
La respuesta era poner la disciplina al servicio de la vida, usarla
como fuerza racionalmente creadora :
La idea de disciplina implica o
supone idea de orden, de armonía, de razón. Establece
una conformidad con las leyes de la vida y de la naturaleza. Cuando
hay disciplina, hay progreso realizado, división del trabajo,
sentido de la jerarquía y concentración individual.
En una palabra, es una aspiración a la unidad y la armonía.
Desde el punto de vista social ella supone espíritu de
colaboración, solidaridad y armonía ; desde
el punto de vista individual, cohesión, rectitud, dominio
de sí mismo, armonía entre los sentimientos, la
inteligencia y la acción.
Esta concepción
de la disciplina, y sobre todo, sus instrumentos técnicos
procedían de la llamada Administración Científica
del trabajo industrial, desarrollada por F .W . Taylor,
orientada a hacer efectiva la preocupación moderna por lograr
"el mayor rendimiento con el menor esfuerzo", logrando economía
de tiempo, experiencia sistematizada y racional, trabajo en equipo,
y reducción de la fatiga individual. La Escuela Activa se
enorgullecía de haber logrado la aplicación de estas
técnicas a la "organización científica de las
técnicas pedagógicas". De un modo más refinado,
se volvía a aquello de "un lugar para cada cosa", ahora visto
también como "una función para cada individuo". La
libertad disciplinada es la condición de la productividad.
La autoridad se justifica no por una jerarquía de sumisión
sino por la necesidad científica de unidad del proceso y
clasificación y jerarquización funcional-técnica.
Esta jerarquización funcional integrada a una clasificación
psicológica de los niños, hace de la autonomía
un objetivo a alcanzar, como punto más alto de un escala
ascendente, y por lo tanto la hace al mismo tiempo un principio
de selección y de exclusión. El "desarrollo moral"
es un principio de "selección natural", de éxito del
"más apto" en una sociedad de movilidad y ascenso social,
que retoma el principio de "emulación" en un nivel más
interno de la subjetividad infantil, en una relación consigo
mismo:
La escuela, cuya misión
es descubrir y favorecer la formación de la élite
de una nación de entre todos los niños, debe dejar
a sus alumnos una amplia libertad, para que manifiesten lo que
hay de bueno en ellos, su sistema disciplinario debe tender a
permitir la armonía en todos los que la frecuentan :
al desequilibrado lo considera un enfermo y procura su curación ;
a los que han sabido adquirir una disciplina personal previa los
encamina hacia una disciplina social. Es posible que muchos del
tipo instintivo o imitativo no alcancen a desarrollar en toda
su plenitud una personalidad autónoma, pero al menos, todas
las oportunidades le serán aseguradas.
Aquí
el sistema se "lava las manos" científicamente, apoyado en
una clasificación psicológica de los caracteres, llamados
por Ferrière "tipos individuales", y permítanme una
última cita porque es esta clasificación la que sustenta
el sistema de penas, un sistema cada vez más individualizado,
llamadas "sanciones pedagógicas" en este modelo de
Escuela Activa. Y esta cita me permitirá llegar a la conclusión
que quiero someter a su discusión. Dice Ferrière :
He distinguido cuatro tipos individuales :
1. los sensoriales o instintivos ; 2. los imitativos o convencionales ;
3. los individualistas o intuitivos ; 4. los lógicos
o racionales. Las sanciones deben variar con los tipos. El primer
grupo está formado por aquellos niños que viven
la primera etapa de su vida, etapa en que dominan los instintos.
Es un período casi animal en cuyo tratamiento, el placer
y el dolor son necesarios y ejercen influencia, si se les aplica
bajo forma de castigos y recompensas moderados. A continuación
vienen los del tipo convencional o imitativo que reaccionan ante
el sentimiento del honor y buscan la aprobación social.
Los cuadros de honor, las citaciones a la orden del día,
son recompensas que los estimulan y predisponen al trabajo. Alrededor
de los nueve años empieza a manifestarse el tipo intuitivo
o individualista. Para éstos, los castigos o recompensas,
los sentimientos sociales, no tienen valor : hay que hablarles
al corazón, darles confianza y encomendarles algunos puestos
de responsabilidad. Finalmente, encontramos los de tipo lógico,
para quienes el lenguaje del sentido común y de la razón
son los únicos medios de accionar sobre ellos.
No sé si ustedes
han visto lo mismo que yo : volvimos a encontrar acá,
de modo sorprendente, las matrices éticas de la retribución
y de la emulación funcionando ya no como técnicas
aplicables masivamente, para todos los alumnos, sino integradas
en un sistema que reconoce diferencias individuales y las clasifica
según el desarrollo biológico y psicológico.
Tengo que precipitar mi conclusión -o hipótesis :
se hace por fin totalmente visible que, de un lado, el saber pedagógico
se ha vuelto, en efecto, mucho más complejo y minucioso,
orientado a explorar zonas cada vez más íntimas de
la subjetividad, pero que avanza, por así decirlo, a saltos
cualitativos, pasando por niveles al modo de capas de una cebolla.
De otro lado, se ve también que las tecnologías disciplinarias
no avanzan, o mejor, avanzan por acumulación y se superponen,
construyendo sobre los vestigios de las tecnologías más
arcaicas, conservándolos pero digamos, refinándolos.
Y por eso digo que su relación no es de teoría a práctica,
que el saber sea el bueno y las técnicas las malas del paseo.
Yo diría mejor, que los dos juntos forman parte de una estrategia
mayor que obedece a una función de la escuela en occidente,
y no es "culpa" del maestro. Se trata de que el saber pedagógico
parece no temer las innovaciones y los cambios, y ello porque es
el encargado de sacar a la superficie de la escena escolar regiones
cada vez más "profundas", "peligrosas", más inasibles
de la subjetividad, mientras que las técnicas disciplinarias
prefieren conservar las viejas maneras para cuidar que las innovaciones
no vayan a desbordarse demasiado y tengan consecuencias negativas
para el orden social.
Pero este carácter
tensional de la relación pedagogía-disciplina tiene
efectos a otros niveles, y habrá que pensarlos con mayor
detenimiento. Por ahora, termino señalando éste, a
nivel histórico. Hacia 1937, un puntilloso maestro chocoano,
Don Manuel Vicente Garrido, sintetizaba en una carta a la misma
Revista del Maestro, su experiencia en la aplicación
de las sucesivas reformas disciplinarias impulsadas desde el Estado central:
Aun cuando procuro cumplir a cabalidad
el pensamiento del Gobierno, -repercusión de los postulados
decrolianos- en cuanto a establecimiento de la nueva disciplina
a base de propia convicción, nadie puede dejar de reconocer
esto: el amor y el interés son los móviles de las
acciones humanas, pero se puede decir que existe un tercer móvil,
que es el temor... De cien niños se sacará buena
conducta en la siguiente escala: 50 por los vales que se ganan
y que les servirán como moneda, esto es, por interés;
25 por convicción propia, esto es, por amor ; y 25
por no hacerse acreedores a las sanciones del código infantil,
esto es por temor.
Lo que el maestro Garrido
nos cuenta es serio : la coexistencia práctica, en la
cotidianidad de la escuela, de las tres matrices éticas,
de modo que un niño y un maestro colombiano estaban de cierto
modo sometidos al azar de su combinación, podían utilizarlas
pero a la vez ser utilizados por ellas. Podían contradecirse
y crear conflictos insolubles, podían excluirse unas a otras,
podían anularse mutuamente y generar confusión ética,
o podrían, y creo que ese es el caso mayoritario y el que
más hondo efecto ha tenido en la formación ética
de los jóvenes colombianos : las tres matrices podían
hibridarse y entonces crear "quimeras", que, ¿lo recuerdan ?
son esos monstruos mitológicos hechos de cabeza de león,
vientre de cabra y cola de dragón. Una creación ética
esa sí patológica. Una mezcla monstruosa de Retribución,
Emulación y Confianza, que como lo ha mostrado la historia
reciente de nuestro país, no podía hacer sino lo que
hacen las quimeras bien educadas : arrojar llamas por la boca.
Bogotá, Enero 20 de 2002
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