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Contenido
0.
Introducción
1.
Recorrido por los Usos de losTtérminos atopos y Atopía
2.
El Amor, La Locura y Lo Insólito
3.El
Comportamiento Atópico y las Técnicas de la Palabra
Bibliografía
comentarios
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[...] Tiene fiebre
en los cañones, no sirve. Nunca volvimos a oírle
aquella frase hasta después del ciclón cuando proclamó
una nueva amnistía para los presos y autorizó el
regreso de todos los desterrados salvo los hombres de letras,
por supuesto, esos nunca, dijo, tienen fiebre en los cañones
como los gallos finos cuando están emplumando de modo que
no sirven para nada sino cuando sirven para algo, dijo, son peores
que los políticos, peores que los curas, imagínese,
pero que vengan los demás, sin distinción de color
para que la reconstrucción de la patria sea una empresa
de todos[...] Gabriel
García Márquez, El Otoño del Patriarca,
p.108
He is the real nowhere man,
sitting in his nowhere land, making all his nowhere plans for
nobody John Lennon
"Nowhere Man", en: The Beatles Yesterday and today,
1965
0.
Introducción
Cuando esta frase de García
Márquez me sorprendió en una relectura de El Otoño
del Patriarca[1]
pensé que, deliberadamente o no, Gabo se había vengado
de Platón, en nombre de todos los poetas y que lo había
hecho por partida doble: además de negarle a los hombres
de letras un lugar en la patria de olvidos y repeticiones del caudillo,
había confirmado esa expulsión con la reedición
de una imagen que Platón había usado para describir
los efectos del amor en el alma y que ahora era usada para comparar
a los hombres de letras con gallos de pelea inservibles.
De esta nueva edición
de la imagen puede hacerse una lectura típica: los hombres
de letras no tienen lugar dentro de las tiranías, pues son
incómodos para los déspotas. Pero me quedaba la pregunta:
¿qué significa eso de "no sirven para nada, sino cuando
sirven para algo"? Tal vez con esa frase el caudillo no quería
hacer más que una descripción: pensaba que es muy
difícil integrar a los filósofos en una causa común
y que solamente es posible sacar provecho de su acción en
trances muy poco frecuentes.
También pensé
que era necesario averiguar qué relación existía
entre la inutilidad del filósofo y la fiebre en los cañones,
pensé que la elucidación de esa frase oracular no
se hallaba en el texto de Gabo sino en aquel del que había
tomado, a sabiendas o no, la imagen: El Fedro de Platón.
En esta intervención
hablaré, no del tópico de la inutilidad del filósofo
sin más, sino sobre por qué parece a los hombres en
general, y no sólo al general de Gabo, que los filósofos
actúan de modo extraño, excéntrico, atopos.
Junto a esta tarea –y Platón sabía que todos los asuntos
tienen miembros izquierdos y derechos- está la pregunta por
el filósofo como agente moral: me pregunto si existe una
moralidad de la filosofía o, por lo menos, si la versión
platónica de la filosofía no supone alguna moralidad
y cuáles son sus principios.
Esta pregunta referida
particularmente al Fedro, implica, que en Platón es
posible encontrar una explicación de la acción humana
en general junto a la propuesta de un modo de vida, el filosófico.
Éste, si se aceptan ciertos principios –o si se llega a conocerlos-
puede ser considerado el mejor modo de vida posible para un hombre.
Es decir, y aquí
hay una tesis fuerte de interpretación de Platón,
no siempre que Platón dice que la filosofía es lo
mejor que un hombre puede hacer está diciendo que todo hombre
deba ser filósofo para ser bueno y vivir feliz. Además,
que la postulación de tal lugar de privilegio para la filosofía
no le impide pensar la acción humana en general de un modo
lúcido. Junto a esto también es posible decir que
si bien, para el Platón más conocido, todo conocimiento
proviene de la contemplación de las ideas, es posible pensar
en Platón un conocimiento referido a las ideas pero no identificado
plenamente con ellas. Algo semejante podría explicarnos cómo
en el Fedro es posible proponer una técnica retórica
fundada en el conocimiento de la verdad pero que no esté
obligada ni a proclamarla ni a enseñarla. De este modo, el
Fedro será leído aquí como un diálogo
en que Platón revisa algunas de sus mas famosas convicciones.
En particular las referentes a la relación entre la filosofía
y otros usos del discurso; y a la relación entre la vida
filosófica y los valores que le son propios y las convicciones
de la mayoría de los hombres sobre el valor de las cosas.
- No haré una exposición
del texto sino que lo leeré persiguiendo primero una palabra
o familia de palabras y luego una imagen o conjunto de imágenes,
así:
- En primer lugar pasaré revista
a los usos de términos pertenecientes al campo semántico
de las palabras atopos y atopía, cuyo significado literal
es estar fuera de lugar o de camino, de donde llegan a significar
extraño, absurdo, raro, pero también algo admirable
o maravilloso[2].
- A continuación, tomando la acepción
derivada de los términos revisaré la relación
que hay entre la locura y lo extraño, de la cual surgirán
dos elementos fundamentales para comprender el tipo de lugar con
el filósofo busca relacionarse: la noción de lo
divino y la imagen del hiperuranio.
- Luego, valiéndome de la relación
entre el significado literal y el derivado revisaré la
cuestiones de la retórica y la escritura, del lugar que
la filosofía les concede y de cómo esto constituye
una forma de atopía que puede explicarse por las imágenes
de la segunda parte. Las partes segunda y tercera del texto serán
las que me permitirán aportar elementos para responder
la pregunta de la que partí.
1.
Recorrido Por Los Usos
De Los Términos Atopos y Atopía
La aplicación de
la informática al campo de la filología clásica
ha hecho que en nuestros días no tome más que unos
segundos tener datos como el siguiente, Platón utiliza en
220 ocasiones palabras morfológicamente similares a las que
nos ocupan hoy, de las cuales 6 están en el Fedro.
Esto no significa nada de suyo y por lo mismo es interesante pues
la existencia tales listados puede haber generado, en apariencia,
nuevos modos de lectura de obras como la de Platón. En mi
caso he optado por seguir la lista para evadir la polémica
de los especialistas sobre la unidad del Fedro y el modo
en que esta puede manifestar la relación que tienen los temas
del amor y la retórica[3].
Los estudios sobre el tema no muestran una noción de filosofía
lo suficientemente interesante[4]
para hacer frente al desafío de Gabo, así que damos
la bienvenida a la tecnología (aunque siempre con platónica
reserva sobre sus alcances) y seguimos el triple itinerario que
nos marca el hipertexto. Nos ocuparemos de la atopia respecto
a la creencia en los mitos, respecto a los parajes exteriores de
la ciudad y respecto a la afección suscitada por la pasión
amorosa.
1.1. Respecto a
la Creencia en Los Mitos
La primera expresión
perteneciente al campo semántico de la palabra atopía,
que se encuentra en el Fedro, es el adjetivo átopos
con el que Sócrates se refiere a sí mismo. Se trata
del conocido pasaje en que Sócrates explica su relación
con los mitos[5].
Sócrates se declara a sí mismo átopos
porque su conducta respecto a los mitos es excéntrica si
se la compara con la de la mayoría de sofistas quienes, siguiendo
una tendencia o una moda de entonces, consagran sus esfuerzos a
las especulaciones mitológicas.
La diferencia entre Sócrates
y los sofistas es la siguiente. Éstos, generalmente, dudan
de que los mitos sean verdaderos. Sin embargo, proceden a componer
catálogos de figuras y relatos míticos y a construir
explicaciones verosímiles de lo que dicen; haciendo uso de
lo que Sócrates llama una agroikos sophia, una sabiduría
rústica[6].
Entre tanto, Sócrates, nos dice, prefiere creer lo que usualmente
se dice. Esto no implica, sin embargo, una adhesión sin reservas
a la opinión común.
La excentricidad socrática
no consiste en reemplazar el intelectualismo de los sofistas por
la piedad tradicional. Si Sócrates decide aceptar esta última
es porque con ello evita ocuparse de las especulaciones sofísticas
y puede consagrarse al conocimiento de sí mismo, tal como
lo prescribe el oráculo de Delfos. El cumplimiento que da
Sócrates a la divisa délfica por medio de la interrogación
y el examen, está muy lejos de ser un ejemplo de piedad tradicional.
Así, pues, la atopía de Sócrates se
consuma en cuanto éste no sigue los usos ni de los sofistas
ni del vulgo.
Lo importante de este pasaje
es que los argumentos socráticos presentan claramente un
orden de prioridades entre las actividades a las que vale la pena
dedicarse. Una actividad en la que estén en juego el conocimiento,
la creencia y la verdad vale la pena en cuanto pueda producir la
felicidad del que la encara y constituir un acto de piedad para
con los dioses. Este parece ser el criterio que permite a Sócrates
considerar el estudio de los mitos, "obra de un hombre tan
sutil y laborioso como desafortunado"[7].
Mientras que considera urgente dedicarse al conocimiento de sí
mismo.
Sobre las cuestiones mitológicas
no es posible llegar a obtener un conocimiento cierto y permanente
ya que todo lo que sepamos podrá ser modificado según
las versiones que de cada asunto puedan acopiarse[8].
Además, quien se dé a la tarea de reducir los mitos
a una explicación verosímil se verá forzado
a recurrir a una sabiduría rústica y tendrá
que disponer de mucho tiempo. De modo que, si el tiempo de la vida
ha de dedicarse al conocimiento de alguna naturaleza, ya sea abigarrada
y múltiple, o sencilla y divina, la que debe ser estudiada
antes de las demás es la humana pues es aquella cuyo bien
es lo más importante, para Sócrates, por lo menos.
Tal como puede observarse
en el texto, para Sócrates creer en la tradición mitológica
es como liberarse de un trabajo pesado pero de menor importancia,
en favor de otro mas importante. El mito, en general, es un asunto
que hay que mandar de paseo. Dice Sócrates:
Y yo no tengo tiempo en absoluto para tales lucubraciones.
El motivo, amigo mío, es que no puedo aún conocerme
a mí mismo, según prescribe la expresión
de Delfos. Y me parece ridículo, ignorando todavía
eso, considerar lo que a mí no me atañe. De ahí
que, mandando a paseo esas cuestiones, y dando fe a lo que se
cree de ellas, no ponga mi atención, como decía
hace un momento, en ellas sino en mí mismo, con el fin
de descubrir si por ventura soy una fiera con más repliegues
y tufos que Tifón, o bien un animal más manso
y más sencillo, partícipe por naturaleza de algo
divino y sin tufos[9].
Observemos que en el mismo
movimiento en que se manda de paseo al mito se muestra la absoluta
prioridad que tiene para Sócrates el estudio de sí
mismo. A lo largo de todo el diálogo se observa que el motivo
socrático del conocimiento de sí mismo, como eje del
trabajo filosófico, se transforma en la cuestión propiamente
platónica del conocimiento del alma como punto crucial para
otras investigaciones como la que versa sobre el amor, en la primera
parte del diálogo, y la que trata de establecer una retórica
propiamente técnica.
1.2. Respecto a Los
Parajes Exteriores a la Ciudad
La conducta de Sócrates
vuelve a ser calificada no ya de extraña sino de extrañísima,
cuando Fedro se refiere a su modo de admirar el paraje en el cual
ha de tener lugar la lectura del discurso de Lisias y toda la acción
subsiguiente del diálogo, utilizando el superlativo atopootatos.
Fedro constata el hábito socrático de no viajar fuera
de Atenas y que realmente no sale del recinto amurallado ni para
dar un paseo por los alrededores. De manera que al salir y descubrir
los bellos parajes de su propia patria y elogiarlos como si jamás
los hubiese visitado, Sócrates se comporta como un extranjero
en su propia tierra. tal es la admiración que le provoca
el lugar en que se encuentra. Esto nos da una oportunidad de referirnos
a lo peculiar que resulta, en la obra de Platón el tratamiento
del lugar en el Fedro.
Este diálogo es
el único en que Platón concede tanta importancia al
escenario de la conversación[10].
El Fedro es un diálogo totalmente dramático,
esto es: un diálogo en el cual no hay espacio para la narración,
en el cual los personajes están con sus propias palabras
ante el lector. La escena, por ende, sólo aparece en las
propias palabras de los que dialogan y por medio de ellas se integra
con los temas principales en discusión, o bien, sirve para
introducir nuevos. El lugar cuya descripción apasionada le
vale a Sócrates la calificación de "el más
extraño de los hombres" (atopootatos), conjuga
dos características poco comunes en las conversaciones socráticas,
a saber: su singular belleza natural y hallarse consagrado a ese
tipo particular de divinidades custodias de un lugar, pequeños
y pícaros diosecillos a los que Sócrates atribuirá
el arrobamiento y la inusual locuacidad que le embarga durante la
primera parte del diálogo. Debe tenerse en cuenta también
que las pausas entre los discursos y entre los discursos y la conversación
son referencias al lugar[11],
que contribuyen a articular el diálogo tanto dramática
como temáticamente Se puede decir que del mismo modo que
el lugar de la conversación no es indiferente en el Fedro,
tampoco lo es el lugar de la filosofía.
La primera relación
evidente entre lugar y filosofía la encontramos en la explicación
socrática de su extraño comportamiento:
Perdóname buen amigo. Soy amante de aprender
(philomathes). Los campos y árboles no quieren
enseñarme nada, y sí los hombres de la ciudad.
Pero tú ciertamente pareces haber encontrado un remedio
(pharmakon) para hacerme salir. Porque, de la misma manera
que los que agitan delante de las bestias hambrientas una rama
o un fruto las hacen andar, tú, teniendo ante mí
discursos en un volumen (en bibliois), está visto
que me harás dar la vuelta a toda el Ática y a
cualquier otro lugar que te venga en gana[12].
Dos temas aparecen aquí
y ambos relacionan el lugar y la práctica de la filosofía:
en primer lugar el amigo de conocimiento se halla en su lugar cuando
se rodea de los hombres en la ciudad, mientras que yerra si va a
buscar conocimientos entre los árboles en el campo. En segundo
lugar observamos que lo único que puede hacer salir de sus
lugares habituales al amigo de aprender es un discurso puesto por
escrito.
El primero de estos temas
suele relacionarse correctamente con la imagen de un Sócrates
más interesado en asuntos de filosofía práctica
que en el conocimiento de la naturaleza. Debe decirse, sin embargo
que esto no debe entenderse jamás como que Sócrates
sea un absoluto ignorante en cuestiones físicas o que es
hostil a las mismas, Sócrates conoce las obras de los físicos
pero no es un especialista en tales asuntos. Es muy significativo
por tanto, que al explicar la relación entre la retórica
y el conocimiento Platón nos muestre a Sócrates poniendo
como ejemplo a Pericles, recibiendo un saber de la naturaleza de
Anaxágoras[13].
Consideremos ahora cómo
Sócrates ha cambiado sus lugares habituales por causa de
un discurso escrito. El texto escrito es un pharmakon que
altera el comportamiento de Sócrates, incita su deseo y su
apetito: puede ser llevado tras el señuelo como un animal
de corral, ¿significa esto que Sócrates tiene una debilidad
por la escritura? No, y no hace falta conocer su famosa reticencia
a poner su pensamiento por escrito, en el texto del diálogo
está claro que el objeto de su deseo es el logos, el discurso,
no el grafema, el texto escrito. ¿Entonces por qué no permitió
que Fedro se ejercitara con él oralmente? Por tres motivos:
En primer lugar porque el texto del discurso equivale a tener a
Lisias, en cuanto autor de discursos, presente. La escritura le
permite venir de paseo con ellos, pone su logos en un lugar en el
que él mismo no tiene que estar. En segundo lugar porque
todo ejercicio mnemotécnico que pueda efectuar Fedro deriva
del texto escrito, aunque sea su palabra lo que oiga, esta estará
siempre controlada por el texto ajeno. Digamos, de paso, que la
escritura, la invención de las letras no generan solamente
los actos de leer y escribir sino todo un conjunto de costumbres,
habilidades que tienen relaciones complejas con los soportes del
discurso. En tercer lugar porque compitiendo con Lisias Sócrates
puede impresionar mejor al muchacho. Si Sócrates sale de
Atenas porque le tientan con un libro es porque va tras el discurso
y no tras el libro. Además es Fedro, padre de hermosos hijos,
quien lleva el libro bajo el manto, esa visión promete mucho
más que mera lectura.
1.3. Atopía
de la Afección Amorosa
Resulta sumamente notable,
que aunque las tres descripciones de la pasión amorosa que
encontramos en el Fedro coinciden en afirmar que quienes la padecen
se comportan de manera insensata y fuera de lo corriente a los ojos
de la mayoría, sólo la tercera, que describe la pasión
amorosa como generada en el alma cuando la visión de la belleza
despierta en ella el recuerdo de los mayores gozos que pueda experimentar
un ser vivo, utiliza el término atopía, reservando
la excentricidad y el estar fuera de lugar para la afección
de origen divino[14].
Lo insólito (otra traducción posible de atopos)
de su estado lleva al enamorado al desasosiego, porque no comprende
lo que le ocurre y no puede más que guiarse por las indicaciones
que obtiene del placer y del dolor. La iniciación en los
misterios del amor podría acabar con otra atopía,
no para devolver las cosas a su cause normal, sino para revelar
al enamorado que la causa de sus males es mucho más insólita
que la situación pasional en la que se encuentra. A tal punto
es extraña esa causa que no puede ser puesta en palabras
corrientes de un modo inmediato y requiere de un mito: el filósofo
que asume la iniciación del enamorado, el que le enseñará
porqué siente lo que siente y cómo convertirlo en
una fuente de bienes para su vida ofrecerá a su pupilo la
suprema atopía, y lo hará hablándole
de un topos donde su alma se ha sentido como en su hogar:
un lugar fuera de todo lugar visible. Si la iniciación tiene
éxito tal vez el aprendiz recupere su serenidad pero su comportamiento
no dejará de ser atopos para los hombres.
2. El amor, La locura
y lo Insólito
Hecho este recorrido por
la semántica de la atopía en el diálogo
se impone una pregunta ¿quiénes y cómo usarán
el término para referirse al comportamiento de los enamorados?
Podemos decir que en los tres casos, quienes quieren bien al enamorado
observarán que por atender a su pasión no cuida de
sus asuntos y no calcula adecuadamente lo que le conviene. Para
los hombres la locura, sea causada por los apetitos humanos o tenga
su origen en el recuerdo de una vida junto a la divinidad, se manifiesta
de modo igualmente insólito.
Sin embargo las valoraciones
de los estados y sus causas pueden diferir y en esta diferencia
se muestra lo verdaderamente insólito: todo depende de si
decimos que la locura erótica es fuente de bienes o de males
para el que la padece. ¿De qué depende nuestra decisión?
De los elementos a partir de los cuales determinemos lo que está
bien y lo que está mal.
Este es el punto crucial
de la cuestión y la mayor dificultad que tiene es que para
comprender la operación platónica debemos intentar
ver como algo insólito un término que a nosotros se
nos antoja natural y fundamental en toda reflexión moral:
el sí mismo. En el Fedro de Platón encontramos
tres planteamientos distintos de este término y sólo
después de muchas salvedades y gracias a un mito encontramos
un ser dotado de razón al que le corresponda hacer y padecer
bienes y males. La mayor atopía del Fedro es
su noción de alma.
Recordemos que el motivo
por el cual Fedro pondera el discurso de Lisias al principio del
diálogo es que sostiene ingeniosamente algo que parece insólito,
a saber: que es mejor para él, un joven requerido en amores,
otorgar sus favores a quien no está dominado por una pasión
hacia él, que otorgarlo a quien lo está. El discurso
es ingenioso porque, a primera vista el intercambio amoroso ha de
ser un intercambio pasional, uno creería que debe entregarse
apasionadamente a quien le requiere apasionadamente. Pero la pasión
no mira lo conveniente y quienes sufren su yugo cometen un error
básico: pagan por la satisfacción de un apetito un
precio igual o mayor al de todo aquello que tiene valor para ellos
cuando están sobrios. De modo que cuando cesa el apetito
y la sensatez se impone con la crueldad del despertar después
de una noche de excesos, viene el arrepentimiento (no la culpa):
el enamorado se da cuenta de que ha hecho cosas que, en sano juicio,
no desearía ni hacer ni haber hecho. No ha cuidado de sus
asuntos por cuidar de su apetito: es demasiado tarde y la ruina
puede haber llegado o estar muy cerca.
He reconstruido así
el discurso de Lisias para que se observe que es posible, tal como
lo hace el propio Lisias, hablar de bien y mal, de acciones y pasiones,
de prosperidad y ruina, de cuidado y abandono; sin hacer referencia
a un sí mismo unitario y esencial dotado de intelecto entrenado
en el calculo de lo mejor para él mismo. Basta con tener
un hablante competente de una lengua que sea a la vez miembro activo
de una comunidad donde estén claras por el uso y la tradición
los criterios de bien y mal, de acciones y pasiones, de prosperidad
y ruina, de cuidado y abandono. Pero si tal cosa es posible ¿Para
qué necesitamos los dos discursos siguientes? La debilidades
del discurso de Lisias está, para Sócrates, en que
el discurso parte de aquello que quiere concluir, la relación
entre sus partes no va mas allá del hacer parte de una secuencia,
pues no existe una necesidad logográfica que nos obligue
a poner cada una en la posición que ocupa, además
repite de maneras distintas las mismas afirmaciones. Cuando Sócrates
supera con sus dos discursos cada una de las deficiencias lógicas
o retóricas del discurso introduce también una idea
del alma, de sus clases, sus partes, sus acciones y pasiones. Este
plan de trabajo es descrito en detalle y en más de una oportunidad
cuando se preguntan si es posible una retórica verdaderamente
técnica. Así vemos cómo se define la locura
como una pasión del alma en los discursos socráticos
y se procede a explicar claramente cómo y porqué se
dan tales y tales efectos cuando aparece. De este modo el discurso
parece ganar en poder explicativo y sus conclusiones tienen una
fuerza de necesidad de la cual el discurso de Lisias carece.
Ciertamente el primer discurso
de Sócrates supera en forma y contenido al de Lisias, lo
que Fedro ha admitido ingenuamente es que hay tal cosa como el alma
y que cuando esta no es dominada por la opinión adquirida
que tiende hacia lo bueno es presa de sus apetitos, lo cual es causa
de males. Los males, aunque son para un individuo dotado de un principio
de acción que tiene dos partes antagónicas (todo lo
cual ha salido de la manga, o de la túnica de Sócrates),
se siguen valorando según los criterios de conveniencia aceptados
por lo general, esto es según la opinión dominante.
Es con este orden de valores con lo que Sócrates ha de romper
en la palinodia, para hacerlo debe romper también con el
lugar de privilegio que le asignan a la sobriedad y a la sensatez
y privilegiar la locura.
Pero ¿por qué romper
con el orden de valores comúnmente aceptado? ¿Qué
tienen de malo la sobriedad y la mesura que cualquier padre recomendará
a su hijo? De suyo y en cuanto tales nada. Salvo que no han justificado
su corrección y se toman como orientación para la
acción solamente porque son tradicionales y, además,
este tipo de opinión conduce a una contradicción insostenible:
harían de Eros, una divinidad, una fuente de males. Platón
podría justificar el primer aspecto diciendo que una opinión
puede ser correcta gracias a la buena fortuna, pero nada puede justificar
que un dios sea fuente de males. Esta es la necesidad de la palinodia,
intentar lavar la impiedad (y la contradicción) en que se
incurre al decir que un dios, bueno en cuanto divino, puede ser
fuente de males.
Debe haber entonces un
modo de conocer verdaderamente lo que está bien que sea consistente
con una opinión sobre la divinidad como fuente de bienes,
para esto se ha compuesto el mito del carro alado. Para que el discurso
socrático cumpla su finalidad piadosa (no sólo con
los dioses sin con una forma arcaica del principio de no contradicción)
debe demostrar que los dioses se proponen la felicidad de aquel
a quien envían la locura. Esto ha sido aceptado por los griegos
históricamente, lo prueban sus formas sagradas de locura,
que, coincidencialmente son sus formas superiores de conocimiento,
en todas las cuales intervienen los dioses: son formas de hacer
presente a los hombres la sabiduría de la divinidad. La adivinación,
la profecía y la poesía a las cuales Platón
va a agregar la erótica, cuya forma más excelsa es
la filosofía.
Es de suma importancia
tener esto en cuenta y no identificar amor y filosofía pues
la locura erótica de origen divino tiene tantos modos de
manifestarse cuantas clases de almas existen y Platón puede
explicar la suerte de todas ellas y la clase de felicidad que aguarda
a quien sea adecuadamente iniciado en tales misterios. En otros
términos: es posible que los que no son filósofos
se comporten bien y alcancen la felicidad; aunque todos requieran
para ello de un conocimiento cierto sobre la causa de su pasión
y cómo hacer de ella una fuente de los mayores bienes: ello
sólo es posible si el alma alcanza cierto tipo de autodominio.
El amor sólo puede
explicarse como una afección del alma y la felicidad que
de él proviene como la suerte que le corresponde en virtud
de su modo de vivir la vida, así, la mayor parte de la palinodia
estará consagrada a explicar lo que es el alma, cuáles
son sus partes, cuál es la diferencia entre las almas de
los hombres y las de los dioses, por qué existen los seres
llamados mortales, cuál es la vida que llevan las almas antes
de que tales mortales existan, y según ésta cuál
es la vida que llevan las almas al llegar a ser parte de un ser
mortal, cómo les ocurre a éstas ser afectadas por
el amor y cómo es posible para quienes lo padecen hacer de
él un modo de acercarse todo lo posible a la dichosa vida
que llevaban antes de formar partes de un ser mortal. De todos éstos
destacaré tres elementos. El alma tripartita, su familiaridad
con lo inteligible que se presenta como el mayor objeto de deseo,
y el autodominio como forma de alcanzar lo que el alma desea más.
El alma del segundo discurso
no tiene entre sus principios de acción a la opinión
adquirida, ni se debate entre ésta y el apetito. Tiene una
estructura triple que permite el dominio de la razón sobre
los apetitos, gracias a la colaboración de un elemento apetitivo
afín a ella. Estos tres elementos pueden sentir de modo unánime
el enorme placer que produce la contemplación de lo inteligible.
Quien haya gozado de aquello tendrá como su mayor aspiración
volver a gozarlo y gozarlo para siempre. Está claro que no
se trata de una aspiración exclusiva de la razón pero
que solamente la razón puede reconducir al alma al placer
que ansía, con todo llegar a su meta no será posible
sin que las fuerzas apetitivas sean orientadas y mantenidas en esa
dirección. Está claro pues, que lo que se busca con
la primacía de la razón en el alma no es que la razón
domine a las otras partes del alma sino que, al hacerlo, las conduzca
en pos de aquello que constituye el objeto de su deseo más
profundo.
Lograr esto supone un comportamiento
del todo insólito si se lo compara con el comportamiento
habitual de los hombres. Los objetos que desea el enamorado cuya
pasión tiene origen divino (una pasión derivada de
la contemplación de lo inteligible) son distintos a los que
los hombres suelen desear y su modo de conseguirlos también.
Esta forma de comportarse distingue al iniciado y es el primer elemento
para la respuesta a la pregunta de Gabo.
3.
El Comportamiento Atópico y Las Técnicas de la Palabra
Cuando Sócrates
descubre que Lisias y él han cometido una impiedad componiendo
discursos en los que se dice que el amor es causa de males para
los hombres devela también el motivo que lo llevó
a ello: buscaba agradar antes a los hombres que a los dioses, y
tratando de halagar a aquellos insultó a éstos. Sócrates
advierte que posee suficiente ingenio natural y además conocimientos
de los asuntos sobre los que habla, nada le impide vencer al mejor
escritor de discursos de su tiempo, sin embargo, esto por sí
sólo no le libra de cometer una impiedad.
En la segunda parte, al
terminar el desarrollo de la noción de la técnica
retórica hace una reflexión similar en la que reconoce
que los conocimientos que hacen a un hombre orador no lo llevan
necesariamente a buscar con su arte agradar a los dioses en cuanto
le sea posible, la experiencia enseña que la mayoría
de ellos optan por competir por el beneplácito de los hombres
y por obtener aquello que la mayoría llama valioso. La posición
de Sócrates podría enunciarse así: tal vez
el perseguir la piedad (y aquí piedad no es otra cosa que
erótica encaminada a los supremos objetos de deseo) parezca
difícil pero también es verdad que buscando aquello
"se obtendrán también, si se desean obtener,
de aquellas grandes cosas, estas pequeñas en su mayor perfección"
(247 a).
El filósofo no sólo
conoce esta opción sino que la toma. Mientras que un retórico
conoce los secretos de la psicagogía y puede o no servirse
de ella para que le reporte una ganancia en términos de estimación,
poder o dinero, el filósofo sabe que no hay una ganancia
en el orden humano que pueda compararse con las del orden divino.
Dado que las ganancias del primero son evidentes para todos y las
del segundo sólo para algunos, el comportamiento del filósofo
en pos de estas últimas será atopón para la
mayoría.
Esto puede explicar también
la actitud del filósofo frente a la escritura, lo que ella
pueda reportar en cuanto figurar en la memoria de los hombres es
deleznable si se lo compara con lo que se puede obtener trabajando
en conseguir el autodominio y acercándose lo mas posible
a la intelección. Es importante señalar que es precisamente
cuando se dirime el asunto de la escritura que la condición
de filósofo trasciende los géneros y las formas de
discurso de modo que se llama filósofo al que tiene por objetos
de amor, estimación cosas mas valiosas que sus propias obras.
Tal vez por eso no sirven para reconstruir la patria del patriarca,
tienen fiebre en los cañones.
Santafé de Bogotá, miércoles,
13 de octubre de 1999 4:16:12 a.m.
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Citas
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1.Primera edición:
mayo de 1975. regresar
2.
Cfr. H.G. Liedel y R. Scott Greek-English Lexicon,
Clarendon Press, Oxford, 1996 (Novena edición con suplemento
incluido) p.272. regresar
3. Es
especialmente aburrida la polémica entre Heath y Rowe
en: Rowe, C.J., "The Argument and Structure of Plato’s
Phaedrus", en: Proceedings of the Cambridge Philological
Society, 32 (1986), p.107 y Heath, Malcom, "The unity
of Plato’s Phaedrus", en: Oxford Studies in Ancient
Philosophy, (1989), vol. VII, pp. 151-191. regresar
4. Salvo
el de Brisson, citado más abajo. regresar
5.
Fedro, 229 c 7- 230 a 10. regresar
6.
El sentido del término agroikos, tiene los sentidos
que tiene su traducción castellana por rústico.
Se refiere tanto al campo como a lo burdo y no muy elaborado.
Fedro, 229 e 3: a(/te
a)groi/k% tini\ sofi/# xrw/menoj. regresar
7.
Fedro, 229.d.3 li/an
de\ deinou= kai\ e)pipo/nou kai\ ou) pa/nu eu)tuxou=j a)ndro/j.
Seguimos la edición de Burnet, J. Platonis opera,
vol. 2, Oxford, Clarendon Press, 1901. Las citas hechas en
el cuerpo del texto corresponden a la traducción de
Luis Gil, que sigue siendo la mejor disponible en castellano
y ha sido reimpresa en varias oportunidades. Platón,
Fedro, Clásicos Políticos, Instituto
de Estudios Políticos, Madrid, 1957. regresar
8.
El segundo uso de un término del campo semántico
que se está estudiando ocurre cuando Sócrates
dice que el estudioso del mito se vería obligado a
registrar todas las variaciones de las figuras míticas
y los portentos relativos a ciertas naturalezas objeto
de leyendas : te kai\
a)topi/ai teratolo/gwn tinw=n fu/sewn.
Fedro 230 e. La atopía en este caso se
entiende como rareza o maravilla. regresar
9.
Fedro 229 e 4 – 230 a 6 e)moi\
de\ pro\j au)ta\ ou)damw=j e)sti sxolh/: to\ de\ ai)/tion,
w)= fi/le, tou/tou to/de. ou) du/namai/ pw kata\ to\ Delfiko\n
gra/mma gnw=nai e)mauto/n: geloi=on dh/ moi fai/netai tou=to
e)/ti a)gnoou=nta ta\ a)llo/tria skopei=n. o(/qen dh\ xai/rein
e)a/saj tau=ta, peiqo/menoj de\ t%= nomizome/n% peri\ au)tw=n,
o(\ nundh\ e)/legon, skopw= ou) tau=ta a)ll' e)mauto/n, ei)/te
ti qhri/on o)\n tugxa/nw Tufw=noj poluplokw/teron kai\ ma=llon
e)pitequmme/non, ei)/te h(merw/tero/n te kai\ a(plou/steron
z%=on, qei/aj tino\j kai\ a)tu/fou moi/raj fu/sei mete/xon.
regresar
10.
Sobre el tema de la escena del Fedro y sus particularidades
estilísticas Cfr. Ferrari, G.R.F. Listening
to the Cicadas: A Study on Plato`s Phaedrus, Cambridge,
1987. regresar
11.
La primera de estas menciones del lugar en la articulación
de la acción es una expresión, entre la broma
y el coqueteo, con que Fedro pretende obligar a Sócrates
a hablar "Estamos los dos solos en un lugar deshabitado
(en heremia) y yo soy más fuerte y más
joven" 236 c 10. La segunda es mucho más explícita
pues atribuye al lugar ser fuente de inspiración y
causa de la elocuencia con que Sócrates pronuncia su
primer discurso. En este punto, tanto el lugar como la conducta
que el lugar inspira son calificados de inusuales. 238 c 5
– d 9. La tercera mención articulante ocurre cuando
Sócrates intenta cruzar el Iliso, en medio del cual
recibe la advertencia del daimon que le sugiere la composición
del su segundo discurso: la Palinodia. 242 a 1, 242 b 9. regresar
12.
Fedro 230 d 3 – e 2. regresar
13.
Fedro 269.e.1- 270.a.8.
Sócrates Es
muy probable, mi buen amigo, que Pericles haya sido con razón
el hombre más perfecto de todos en la oratoria.
Fedro ¿Por qué?
Sócrates Todas
las artes importantes necesitan como aditamento el "charlatanear"
y el "meteorologizar" sobre la naturaleza. Pues
de ahí parece que viene esa elevación mental
y esa eficacia en todos los aspectos. Y esto, en adición
a sus dotes naturales, fue lo que adquirió Pericles.
Pues habiendo tropezado con Anaxágoras, un hombre,
creo yo, que reunía esas condiciones, llenóse
de meteorología y penetró en la naturaleza de
la inteligencia y de la falta de inteligencia, sobre las que
tantísimo hablaba Anaxágoras; y de ahí
sacó y aplicó al arte de la palabra lo que le
convenía. {SW.}Kinduneu/ei,
w)= a)/riste, ei)ko/twj o( Periklh=j pa/ntwn telew/tatoj ei)j
th\n r(htorikh\n gene/sqai. {FAI.} Ti/ dh/; {SW.} Pa=sai o(/sai
mega/lai tw=n texnw=n prosde/ontai a)dolesxi/aj kai\ metewrologi/aj
fu/sewj pe/ri: to\ ga\r u(yhlo/noun tou=to kai\ pa/ntv telesiourgo\n
e)/oiken e)nteu=qe/n poqen ei)sie/nai. o(\ kai\ Periklh=j
pro\j t%= eu)fuh\j ei)=nai e)kth/sato: prospesw\n ga\r oi)=mai
toiou/t% o)/nti )Anacago/r#, metewrologi/aj e)mplhsqei\j kai\
e)pi\ fu/sin nou= te kai\ dianoi/aj a)fiko/-menoj, w(=n dh\
pe/ri to\n polu\n lo/gon e)poiei=to )Anacago/raj, e)nteu=qen
ei(/lkusen e)pi\ th\n tw=n lo/gwn te/xnhn to\ pro/sforon au)tv=.
En este pasaje de la segunda
parte del diálogo, observamos al retórico político
por excelencia enriqueciendo sus dotes naturales con el conocimiento
de la naturaleza que le aporta el físico por medio
de este ejemplo Platón introduce el método de
la división para el estudio del alma, parte fundamental
de la técnica retórica. Este pasaje es, por
sí mismo bastante raro – atopon podríamos
decir- si se lo compara con las opiniones que Platón
ha expresado sobre los personajes en cuestión en otros
lugares, algunos han querido ver en él una típica
ironía socrática, otros, como Brisson, han visto
en él una clave para comprender el conjunto del diálogo,
yo creo que sirve además para comprender que la preocupación
platónica por la retórica puede integrarse dentro
del conjunto del conocimiento de un modo adecuado, tiene un
lugar propio. Contra aquellos que sostienen que toda retórica
es desplazada por la dialéctica, debe sostenerse que
la filosofía puede dar razón de la retórica
y esta puede aplicarse a su objeto de modo técnico
si se orienta a partir del conocimiento de la verdad. Cfr.
Luc Brisson, "L’unité du Phèdre de Platon,
Rhétorique et philosophie dans le Phèdre",
en: Livio Rossetti (Editor), Understanding the Phaedrus:
Proceedings of the II Symposium Platonicum, Sankt Agustin,
1992. regresar
14. Fedro
251 e 1. regresar
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Bibliografía
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1. Burnet, J. Platonis
opera, vol. 2, Oxford, Clarendon Press, 1901.
2. Ferrari, G.R.F.
Listening to the Cicadas: A Study on Plato`s Phaedrus,
Cambridge, 1987.
3.Heath, M., "The
unity of Plato’s Phaedrus", en: Oxford Studies in
Ancient Philosophy, vol. VII, 1989.
4. Liedel, H.G. y
Scott, R., Greek-English Lexicon, Clarendon Press,
Oxford, 1996.
5. Brisson, L., "L’unité
du Phèdre de Platon, Rhétorique et philosophie
dans le Phèdre", en: Livio Rossetti (Editor),
Understanding the Phaedrus: Proceedings of the II Symposium
Platonicum, Sankt Agustin, 1992.
6. Platón,
Fedro, Clásicos Políticos, Instituto
de Estudios Políticos, Madrid, 1957.
7. Rowe, C.J., "The
Argument and Structure of Plato’s Phaedrus", en: Proceedings
of the Cambridge Philological Society, 32, 1986.
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