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Investigación, psicoanálisis, educación. Parte I: posición metodológica y epistemológica
Research, Psychoanalysis and education - Part I: methodological and epistemological position
Pesquisa, psicanálise, educação - Parte I: posição metodológica e epistemológica

Guillermo Bustamante-Zamudio, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, Colombia

Resumen
La investigación transita lo singular, lo particular y lo universal. No parte de un extremo para llegar al otro (como en el clásico arreglo inducción vs. deducción). En ese contexto, la ciencia tiene como horizonte lo universal, para lo cual realiza una exclusión de la dimensión subjetiva. Por su parte, el psicoanálisis mantiene con la ciencia una relación compleja: investiga –como ella– bajo la pretensión de conseguir asertos válidos para una comunidad de trabajo; pero, de otro lado, tiene como horizonte la radicalización de lo singular, bajo el imperativo de restituir la subjetividad excluida en la operación de la ciencia.

Palabras clave
Investigación, ciencia, psicoanálisis, verdad, singular, particular, universal, síntoma.

Palabras clave descriptor
Investigación, psicoanálisis, subjetividad, teoría de la información en ciencias sociales.

Transferencia a la práctica
Por su concepción del sujeto, el psicoanálisis permite investigar asuntos como la educación de forma inédita. Por ejemplo, Freud piensa que educar es una de las profesiones imposibles (junto con gobernar y psicoanalizar): hay algo en la especificidad humana –la pulsión– que es indomesticable, hay una “economía psíquica” por la que forzosamente pasan las decisiones del sujeto, más allá de las horas de exposición a monsergas moralistas, independientemente de cómo formule sus objetivos. El conocimiento, la relación de los estudiantes con él, la conducta, la autoridad, la posición de los estudiantes frente a ella, la interacción… adquieren un tinte renovado.


Para los términos infinitos, no hay ciencia posible.
Aristóteles

No hay análisis, sino de lo particular.
Lacan

El asunto

Me interesa decir unas palabras sobre la investigación en psicoanálisis, toda vez que estoy haciendo una investigación sobre lo dicho por Sigmund Freud acerca de la educación. Para ello, retomo la diferencia –introducida por Aristóteles– entre universal, particular y singular, pues tomaré el sesgo de la reflexión sobre dónde recae el interés de la investigación, en general: ¿sobre lo singular?, ¿sobre lo particular?, ¿sobre lo universal? ¿Son posibles, y hasta qué punto, algunas intersecciones?

Definiciones

Muchas entradas presenta este trío cuando se lo busca en Google(1). Una de las primeras pertenece al Glosario Filosófico de la Universidad virtual, cátedra Manuel Fajardo; allí se dice:

Las peculiaridades que distinguen a los objetos entre sí se perciben como algo singular. Los rasgos que se repiten en varios objetos, es decir, que son comunes aparecen como algo particular, y los rasgos y propiedades que pueden ser inherentes a grandes grupos de objetos y fenómenos constituyen lo universal(2).

Sin embargo, es difícil distinguir entre “rasgos que se repiten en varios objetos” y “rasgos y propiedades que pueden ser inherentes a grandes grupos de objetos”. No parece precisa la diferencia, pues tal vez los conceptos de singular, particular y universal no apunten a cantidades así delimitadas, sino a propiedades de la cantidad. La definición citada opone entre “grandes grupos de objetos” y “varios objetos”… siendo que el primero cabe en el segundo (‘muchos’ siempre son ‘varios’); además, para configurar un universo no se necesitan “grandes grupos de objetos”, basta con que varios objetos (y ‘varios’ no siempre son ‘muchos’) tengan rasgos comunes.

Quizá las propiedades “inherentes a grandes grupos de objetos” más bien se refieren, al menos, a una propiedad escogida(3) entre otras para hacer un juicio. Tal vez por eso la fuente citada se ve tentada a plantear que “lo singular, lo particular y lo universal se encuentran en conexión indisoluble formando una unidad”, apreciación que, por enarbolar un holismo muy bien recibido hoy, poco ayuda a precisar los conceptos; aunque, desde la perspectiva de la aplicación de criterios (y no de la detección de peculiaridades, como dice la cita), parece acertado eso de que “su diferencia es relativa”, al menos en el punto en que, para establecer el universal, se echa mano de alguno de los otros dos.

De otro lado, entre los objetos que componen un universo, se pueden configurar subconjuntos, pero entonces, ¿hemos de llamar ‘particular’ al subconjunto y ‘universal’ al conjunto? Ésa parece ser la postura tomada en la siguiente cita para caracterizar esa diferencia: la página http://leninist.biz/es/TAZ informa(4) que cuando se dice “este árbol” se trata de lo singular (al menos algún rasgo lo diferencia de los otros) y que “el árbol” es universal (conjunto de elementos con rasgos comunes). Así, en “El abeto es un árbol”, abeto sería lo singular y el concepto “árbol” lo universal. “Lo singular –agrega– es un objeto o fenómeno concreto del mundo material. Lo universal es lo inherente a un grupo de objetos y fenómenos vinculados entre sí”. Pero a continuación dice que “(…) lo singular está siempre ligado a lo universal a que pertenece, como, por ejemplo, el abedul al grupo de árboles y Pedro a la clase de las personas”. Esto no es claro, pues ‘abedul’ pertenece al mismo nivel que ‘persona’; tal vez ‘este abedul’ y ‘Pedro’ sí estarían en el mismo nivel. Luego dice: “lo que vincula el abedul en cuestión con otros árboles, los une en la especie de ‘abedul’. Este grado de comunidad es lo que se denomina lo particular”. Y, ¿por qué ‘abedul’ no sería universal?, porque lo universal es “lo que emparienta a todos los abedules con los árboles en general en la familia de ‘árbol’”. O sea, se trataría de conjuntos de distinto tamaño, entre los cuales llamaría ‘universal’ al último nivel de agrupación. Pero el anotado, ¿sí es el último? Así como ‘abedul’ es particular en relación con ‘árbol’, ¿no lo sería ‘árbol’ en relación con ‘planta’?, ¿y ‘planta’ en relación con ‘seres vivos’?

Más adelante, un ejemplo confirma la confusión: “‘Leal’ es lo singular; perro, lo particular; y animal, lo universal. Hidrógeno es lo singular; gas, lo particular, y elemento químico, lo universal”. Si aplicamos la misma lógica de la definición, ‘este átomo de hidrógeno’, ¿qué vendría a ser?(5) Y ante la pregunta de si lo universal existe en la realidad, así como lo singular, se responde –de manera análoga al anterior artículo–, que ambos conceptos están en relación dialéctica, y que “todo lo singular es, de uno u otro modo, universal, y todo lo universal existe en lo singular”.

Ahora bien, este asunto no sólo desborda teorías, también desborda épocas; como en la vieja pregunta de si existe la especie o los especímenes. Su antigüedad se remonta a Pandora: del ánfora que ella abrió salieron enfermedades, no enfermos…;(6) y, a mediados del siglo XIX, el médico francés Claude Bernard acuñó la famosa frase: “no hay enfermedades, lo que hay son enfermos”, que usa términos opuestos a los del mito griego.

Una definición

La investigación en psicoanálisis se podría caracterizar, de cara a la investigación científica, en torno a los conceptos que se están comentando, siempre y cuando se definan de otra manera. En la clase VI (17 de diciembre de 2008)(7) del curso Cosas de finura en psicoanálisis, Jacques-Alain Miller recuerda –retomando el curso de lógica de Immanuel Kant–: un juicio (universal, particular y singular se refieren a la cantidad de los juicios) es la representación de las relaciones de diversas representaciones en tanto que constituyen un concepto. Así, un concepto permite captar una extensión, constituye un universo. El juicio universal tiene extensión. De tal forma, la representación de un conjunto mediante un círculo, insinúa un área con un límite claro y compuesta de N puntos, buscando parangonar un campo donde el juicio tiene validez, los elementos que cumplen cierta condición para estar ahí. Entonces, ‘universal’ no es una cantidad específica o acotada de manera imprecisa, sino el cubrimiento de un concepto.

En el universo, cada elemento (siendo él y no los demás) comparte con otros una serie de propiedades: ningún número primo –igual podríamos decir para cada átomo de hidrógeno, para cada abedul, para cada dolor de cabeza– es equivalente a otro, pero comparte con los demás al menos un rasgo. Ése es el caso de lo particular: lo es en tanto tiene al menos un rasgo susceptible de coincidir con el de otros. En cambio, la extensión del concepto que tiene la cantidad de lo singular, es el elemento mismo; en otras palabras, su extensión es un punto y el punto no tiene dimensiones (no habría cómo dibujar un círculo –que tiene dos dimensiones– a su alrededor para expresar su extensión, pues excedería lo singular). Y mientras varios particulares pueden componer un universal, varios singulares no pueden formar un universal, pues son singulares en tanto no tienen rasgos susceptibles de coincidir con los de otros. Sería necesario “volverlos” particulares para que formen parte de lo universal, o sea, decidirse no por el rasgo único, sino por aquel que se puede compartir; incluso inventar la perspectiva desde donde se lo pueda enunciar como tal. Es el caso de las unidades –como el valor–(8), definidas en función de sus relaciones y no de algo que posean de manera positiva (como pretendían las primeras definiciones aquí comentadas). Por eso, Aristóteles dice:

En lo que respecta a los géneros y a las especies, no me meteré a indagar si existen en sí mismos, o si sólo existen como puras nociones del espíritu; y, admitiendo que existen por sí mismos, si son corporales o incorporales; y, en fin, si están separados, o si sólo existen en las cosas sensibles de que se componen (Cap. 1, §2)(9).

Pero todo esto conduce a una paradoja: si lo singular no comparte rasgos, y si un conjunto se constituye con elementos que comparten al menos un rasgo, ¿no podría formarse el conjunto de los elementos que cumplen la característica de no tener rasgos comunes? (el conjunto de los elementos que no hacen conjunto). En Jim Botón y Lucas el maquinista (Ende, 1960, p. 185), los dragones de pura raza son “Completamente distintos de todo. No pueden parecerse a ningún otro animal, porque si no ya no son de pura raza”(10). Si no tienen nada en común, no hacen conjunto, pero justamente ése puede ser el rasgo escogido para formar el conjunto… pero el hecho de estar ahí riñe con su singularidad… Tal vez la idea de monstruo –el que sobresale del orden regular de la naturaleza– materializa la clase de quienes no tienen clase(11).

Como se aprecia, un mismo asunto puede ser descrito de varias maneras, según se tomen ciertos rasgos. Puede tomarse algo específico para ejemplificar lo singular (si de ‘eso’ se escogen rasgos que no coincidan con nada más), pero también puede tomarse para ejemplificar lo particular (si de ‘eso’ se escogen rasgos coincidentes con otros “algos” específicos). En matemáticas, por su grado de abstracción, los elementos se pueden obtener con mayor “pureza”.

Entonces, lo singular es lo que a nada se parece, lo que está fuera de lo común, dice Miller (2008). Ni siquiera el nombre propio es precisamente singular: de un lado, porque los tocayos hacen conjunto(12); y, de otro, porque el nombre es usado para marcar la intersección del universo de los hombres con otros conjuntos; Miller lo ejemplifica con el famoso silogismo según el cual Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es mortal. Allí, el nombre propio ‘Sócrates’ pertenece a ambas clases, a ambos conjuntos (hombres y mortales), uno de los cuales es subconjunto del otro. “A título de mortal y de hombre, el nombre Sócrates no es singular, puesto que forma parte, pertenece” (Miller, 2008). Tal vez la designación dada por Freud a algunos de sus pacientes (“el hombre de los lobos”), sea un intento de designar la singularidad, el nombre propio sin tocayo.

Veamos un ejemplo. Jorge Luis Borges (1952) cita comentarios sobre la Oda a un ruiseñor de John Keats, en los cuales lo permanente (la especie) se opone a lo pasajero (el ejemplar). La especie queda representada por el canto del ruiseñor, y el ejemplar queda representado por el hombre que lo escucha. En su comentario a este texto, Miller (1998) dice que Keats, Ovidio y Shakespeare –los cuales oyeron cantar ruiseñores– tienen cosas en común (son particulares, hacen conjunto), pero que, en tanto sujetos, están referidos a la disyunción en virtud de la cual ninguno de ellos es los otros; por su parte, Keats, Ovidio y Shakespeare oyeron el mismo ruiseñor, ya que los ejemplares animales realizan perfectamente la especie. Keats, en cambio, no pertenece de manera precisa a una especie –como el ruiseñor a la suya–, pues como sujeto se aparta del todo; pero tampoco es un ejemplar único, no relacionable con otros, pues es un hablante.

El lenguaje

En el curso citado, Miller ubica la singularidad en los límites del lenguaje. Tal vez aluda a la imposición de lo común (universal), por parte de la lengua: de un lado, las realizaciones fonéticas en los contextos posibles del habla (infinitos) son “resumidas” por el fonema, gracias a que omite lo no pertinente (¡lo singular!), desde la perspectiva de la estructura de la lengua; así, la frecuente nasalización de vocales en español, para dar una muestra, no tiene menos materialidad que otros rasgos, pero se hace invisible, pues la nasalización no es fonológicamente pertinente en nuestra lengua. Y, de otro lado, en lugar de una palabra para cada variación del referente –como le parecía justo a Funes, el memorioso–(13), tenemos un solo signo.

Recordemos lo concerniente a la teoría lingüística, según Noam Chomsky (1965, p. 5): “un hablante-oyente ideal, en una comunidad lingüística del todo homogénea, que sabe su lengua perfectamente y al que no afectan condiciones sin valor gramatical”; es decir, los hablantes-oyentes, en tanto particulares, que componen el conjunto universal… razón por la cual se lo define como ideal; dicho de otra manera, la exclusión de la singularidad (verse afectado por “condiciones sin valor gramatical”), con el fin de obtener la particularidad y así erigir el conjunto universal, es una idealización.

Es notable que, para designar, agreguemos una marca a lo común: “esta silla”, “esta rabia”… donde ‘silla’, ‘rabia’… son una clase abstracta. En tal sentido, luce como si a la singularidad sólo se la pudiera designar, como si no se pudiera hablar de ella. Pero la designación es posible porque, siguiendo el ejemplo anterior, esa silla particular pertenece al conjunto de las sillas, de manera que su designación cuenta con el universo de las sillas (y no sólo las existentes, sino también, y sobre todo: las pasadas, las posibles, las inverosímiles, las factibles, las futuras, las imaginables…). Una silla no es singular, por rara que sea, si se la identifica como silla. En la expresión “esta silla”, ‘esta’ indicaría singularidad (no es ninguna otra), pero se convierte en indicador de particularidad cuando el sintagma se completa con la palabra ‘silla’. Ahora, con otras, puede incluirse en un enunciado como “estas sillas”, cuya transformación se limita al plural (mientras que, propiamente, lo singular no se podría pluralizar). Las frases del tipo “este A” equivalen a la expresión matemática x ∈ A.

En cambio, cuando se dice “¿qué es esto?” (resumen de la inquietud investigativa, en general), se está tocando la singularidad (‘esto’), al tiempo que se nota la inquietud padecida por el hablante, a causa de no saber en qué universal incluirlo (“¿qué es?”, x∈¿?). Por eso, la respuesta a esa pregunta podría ser “un equinodermo”, “un afecto”, “una clasificación”, etc., es decir, “un ejemplar de la clase A”. Tal vez por eso, Jacques Lacan (1949, p. 93) afirmó: “En el recurso, que nosotros preservamos, del sujeto al sujeto, el psicoanálisis puede acompañar al paciente hasta el límite extático del ‘Tú eres eso’, donde se le revela la cifra de su destino mortal, pero no está en nuestro solo poder de practicantes el conducirlo hasta ese momento en que empieza el verdadero viaje”. En esta cita, la frase “tú eres eso” es la reducción a la singularidad, toda vez que el sujeto se presenta al análisis de otras maneras, tales como: “soy un alcohólico”, “soy impotente”, “soy hijo de…”, etc., es decir, a la manera de “un ejemplar de la clase A” (como un individuo, como un particular). El psicoanálisis, entonces, sería el proceso mediante el cual alguien pasa de la particularidad a la singularidad, o sea: del lugar desde donde se enuncia “soy un ejemplar de la clase A”, al lugar donde se asume “soy eso”. Nótese la diferencia con quienes promueven, con criterios que pretenden ser científicos –y no se trata de ponerlo en duda–, asociaciones como alcohólicos anónimos, neuróticos anónimos, esquizofrénicos anónimos, jugadores anónimos…

El síntoma: entre lo universal y lo singular

Desde sus inicios, Freud se topó con el síntoma. Se trata de una expresión médica, como sabemos, pero extendida ya a casi todos los campos. En medicina, esta ‘coincidencia’, ‘acontecimiento fortuito’, ‘desgracia’ –etimología griega de simptoma–(14) es “la referencia subjetiva que da un enfermo por la percepción o cambio que reconoce como anómalo, o causado por un estado patológico o enfermedad”(15). Así, en tanto “aviso útil de que la salud puede estar amenazada”, el síntoma se opone al signo clínico, entendido como “dato objetivo y objetivable” (el cual puede no ser percibido por el paciente… por ejemplo, el número de plaquetas por unidad de volumen en la sangre). En este panorama, de entrada el síntoma es “subjetivo”, lo cual, en este contexto, significa que no es objetivo (como sí lo sería el signo clínico que establece la ciencia), que no es confiable: se trata de una percepción que funciona como aviso, pero que puede ser un “falso aviso”.

Y justamente allí empezó todo: los avisos de las histéricas eran, desde esa perspectiva, falsos. Por eso se las consideraba unas excelentes actrices, pues los facultativos no detectaban, en la materialidad del cuerpo tomado como objeto, daño alguno que justificara la percepción subjetiva de los pacientes. No había signos clínicos. En otras palabras, la ciencia tomaba ese singular y no lo podía ubicar como un elemento de la clase (“parálisis por inflamación del nervio facial”); entonces, trasladaba al doliente a la clase de los fingidores, más allá de su objeto de investigación: es algo “psicológico” (y unos siglos antes, se les podía asignar el rasgo de pertenencia al conjunto “brujas”, con implicaciones de mayor temperatura).

Otros rasgos, entonces, toma Freud de esa particularidad y produce otras clases, como histeria, obsesión. Es decir, produce otro campo de investigación donde los rasgos no van a ser clasificados de la misma manera. Prestó su escucha a este tipo de pacientes y encontró un registro –otro cuerpo, digamos– para el cual el síntoma aportado por sus pacientes cobraba el valor de signo clínico: se refería a un nudo no resuelto entre el cuerpo y el lenguaje. De todas maneras, al comienzo Freud buscaba acallar ese síntoma, deshacer ese nudo, restablecer a la histérica, al obsesivo, a su estatuto de particularidad en tanto personas normales. Bajo esta idea del tratamiento psicoanalítico, lo singular se vuelve particular (se lo hace pertenecer) cuando se hace un diagnóstico: empieza a ser psicosis, neurosis o perversión. Al igual que ‘Sócrates’, considerado como hombre y como mortal.

No obstante, si el síntoma era algo que no funcionaba como debería, ¿por qué se resistía a su eliminación? Freud se sorprendió de la imposibilidad de eliminar por completo el síntoma, aunque se pudiera disolver considerablemente: quedaba siempre un resto inamovible –propio de ese sujeto– y del todo productivo. Es más: encontró en ello una manera de satisfacción del paciente… paradójica, sí –pues se trata del sufrimiento–, pero satisfacción (algo singular: no se trata de la satisfacción de algo como el hambre o la sed). Entonces, el síntoma pasó a ser entendido como parte del funcionamiento del sujeto hablante (Miller, 1997, pp. 23-30), referido a la singularidad de cada sujeto (la oposición normal/anormal ya no funcionaba). Quizá en ese momento nace el psicoanálisis. Así, se entiende que para Lacan el síntoma designe la singularidad (nombre propio sin tocayo); por eso dice: el síntoma es verdad. Ahora bien, según Miller (p. 24), para Lacan esto se da “a condición de que la ciencia deje en suspenso las cuestiones de la verdad”; antes de la ciencia, “se está ahí de lleno, se está en la verdad bajo la forma de la revelación” (p, 24). A partir de René Descartes, el asunto de la verdad no será planteado; la ciencia se dedicará al saber como combinación significante lógica que, no obstante, será perturbada por el retorno de los efectos de significado –represión, negación– que produce (p, 25). La verdad se presenta como síntoma que perturba el saber y por eso habría que eliminarlo (p. 26).

La investigación científica vela por el saber significante, incluso busca las “falsaciones” en el marco de la combinatoria significante. Para que haya ciencia, la verdad entra en suspenso, pero ello tiene consecuencias en los sujetos, a la manera de un retorno (exteriorizado como síntoma).

¿Aplicación del saber?

El saber opera como la herramienta de la investigación. En cambio, el lazo social promovido por el discurso del analista no opera por la “aplicación del saber” –como suele considerarse en investigación–, sino por el trabajo que el saber permite causar en el sujeto analizante, a condición de estar en reserva(16). O sea, sí hay un saber en juego; y considerarlo “en reserva” no implica hacerlo de lado deliberadamente, sino postular un lugar de enunciación que lo ubica así; ahora bien, ese lugar de enunciación no es un acto voluntario, sino el efecto de haber atravesado un análisis hasta cierto punto. Se trata, quizá, de la posibilidad de afrontar la singularidad, sin ceder a la tentación de volverla una particularidad, susceptible de integrar universales. Por eso, el psicoanalista deja en suspenso la comprensión de lo dicho por el analizante, pues –de esa manera– el analizante mismo tendrá la posibilidad de dejar en suspenso también la suya, a partir de lo cual podrá enseñarse a sí mismo (Miller, 1988, p. 93). Un caso emblemático es la palabra del psicótico: según Lacan (1955-1956, p. 35), escucharla con la pretensión de entender, es escamotear lo importante.

Tal vez el saber como herramienta contribuya a operar sobre el objeto en el sentido de buscar la clase a la que pertenece (incluso cuando ese objeto obliga a crear una clase), el tipo de relaciones que establece; es decir, un dispositivo de homogeneización que busca, por ejemplo, la ley: más allá de las particularidades de la caída de una manzana y de la traslación de un planeta, más allá de las diferencias entre los dos fenómenos, ambos obedecerían a la misma ley de la gravitación… En cambio, el saber en reserva obedece a un lugar de enunciación no homogeneizante, sino que mantiene la heterogeneidad. Se trata de una manera especial de intervenir, delante de un objeto, en presencia de un saber. La ciencia hace otra cosa: se pregunta “¿qué es esto?” y, al obtener la respuesta, suministra lo necesario para ajustar ese otro a la ley o para aproximarlo a la curva normal.

Se combinan, entonces, de un lado, el acontecimiento del encuentro, la singularidad del momento (que lleva a Lacan al exceso, según Miller (2008), de preconizar una puesta en suspenso incluso de la sesión precedente con el mismo paciente); y, de otro lado, la memoria que el analista tiene de los significantes: sus correlaciones, articulaciones, repeticiones. De acuerdo con la primera orientación, la singularidad no estaría en cada caso, sino en cada encuentro; de acuerdo con la segunda, permanece algo de la instancia paciente, y un saber se conserva para llevar a cabo una interpretación que, esquemáticamente, es un volver a presentar al paciente sus propias producciones… o sea, no es un saber que termina en el diagnóstico (o en el autodiagnóstico), sino en la singularidad… y no se niega diagnóstico, sino que, en esta modalidad de investigación, el diagnóstico tiene utilidad para cierta maniobra en la dirección de la cura, pero no es el horizonte hacia el cual tiende el trabajo.

Psicoanálisis y ciencia

Freud y Lacan siempre fueron partidarios de Las Luces. En algún momento, Freud fue particularmente optimista en relación con la ciencia (cfr. El porvenir de una ilusión). Fueron hombres Ilustrados, ubicados de manera muy intensa en la cultura de su época; quisieron poner su disciplina a la altura del momento histórico(17), lucharon por erradicar cualquier connotación iniciática o hermética del psicoanálisis, poniéndolo en lo público, haciéndolo comunicable (hasta donde se puede). Miller (1998, p. 248) habla del seminario dictado por Lacan durante 30 años como un camino hacia la cientifización de la disciplina.

Pero muchos epistemólogos le niegan al psicoanálisis las pruebas científicas, como recuerda François Regnault (2004). Por ejemplo, según Karl Popper, una teoría sólo puede ser verdadera si puede ser falsa, y el psicoanálisis no es refutable, pues ningún comportamiento humano le es incompatible, cualquier caso lo verifica. Sin embargo, Regnault (pp. 114-122) muestra, de un lado, que al menos en Freud, es más bien lo contrario(18). Y, de otro lado, en tanto el psicoanálisis es un campo vivo, donde pugnan diversas posiciones, el epistemólogo parece negarle unas condiciones a la teoría: no parece querer la “corrección” del psicoanálisis, sino más bien su desaparición. Regnault (p. 123) cita también a Ludwig Wittgenstein, para quien el psicoanálisis aplicaría el procedimiento de “con cara gano yo (el analista) y con sello pierde usted (el paciente)”. Pero Freud (1937) había objetado explícitamente ese procedimiento, antes de que Wittgenstein lo trajera a cuento, y había concluido que los efectos en el paciente deciden si es correcta o no una construcción (o sea, una elaboración del analista, comunicada al paciente).

Otros gustan de oponer psicoanálisis y ciencia a propósito de lugares donde más bien se encuentran similitudes.

Muchas de las características asignadas al psicoanálisis, en realidad están en la lógica de la ciencia. Freud (1915a, p. 113) no dice algo muy distinto:

Para la descripción misma [de los fenómenos] es inevitable aplicar al material ciertas ideas abstractas que se recogieron de alguna otra parte, no de la sola experiencia nueva (…). Al principio, [esas ideas] deben comportar cierto grado de indeterminación; no puede pensarse en ceñir con claridad su contenido. Mientras se encuentran en ese estado, tenemos que ponernos de acuerdo acerca de su significado por la remisión repetida al material empírico del que parecen extraídas, pero que, en realidad, les es sometido. En rigor, poseen entonces el carácter de convenciones, no obstante lo cual es de interés extremo que no se las escoja al azar, sino que estén determinadas por relaciones significativas con el material empírico, relaciones que se cree colegir aun antes de que se las pueda conocer y demostrar. Sólo después de haber explorado más a fondo el campo de fenómenos en cuestión, es posible aprehender con mayor exactitud también sus conceptos científicos básicos y afinarlos para que se vuelvan utilizables en un vasto ámbito, y para que, además, queden por completo exentos de contradicción. Entonces quizás haya llegado la hora de acuñarlos en definiciones. Pero el progreso del conocimiento no tolera rigidez alguna, tampoco en las definiciones. Como lo enseña palmariamente el ejemplo de la física, también los “conceptos básicos” fijados en definiciones experimentan un constante cambio de contenido.

La idea según la cual “es inevitable aplicar al material ciertas ideas abstractas que se recogieron de alguna otra parte”, es lo que dice para nuestra época Miller (1998, p. 253): “elegimos nuestras teorías de clasificación no tanto en función de los datos, sino de nuestra práctica lingüística, del modo en que nos hablamos los unos a los otros”… y eso aplica para la ciencia; dicho de otra manera, “todo lo que pensamos no es más que un resultado de un proceso anterior, histórico” (p. 251). La manera como buscamos detalles para orientar el diagnóstico, es porque así nos hablamos los unos a los otros. Y sabemos de la artificialidad de las clasificaciones, pues eso nos constituye hoy, es parte de nuestro malestar, dice Miller: aplicamos criterios a los que damos fe –porque así nos hablamos, porque es el resultado de un proceso histórico–, pero también sabemos –porque es la forma contemporánea, “postmoderna”, de hablarnos– que las clasificaciones son arbitrarias. O sea, aplicamos un saber a pesar de percibirlas hoy bajo esa condición.

El psicoanálisis y las terapias, como toda práctica que reclama para sí el respaldo de una teoría, tienen unos caminos, unos métodos, unos procedimientos (por ejemplo: protocolos diagnósticos, escalas de evaluación), decantados teórica y experimentalmente, así no estemos de acuerdo con ellos y/o con los procedimientos para establecerlos. En ese nivel, el psicoanálisis no hace algo distinto, aunque no relaciona del mismo modo la teoría y la práctica clínica correspondiente. A veces, estamos tentados a pensar en un debilitamiento, incluso en una prescindencia de la teoría… como frente a la psiquiatría, que transitó, de una casuística muy detallada, a los promedios estadísticos. Pero, ante lo insostenible de sugerir un prescindencia de la teoría, es más plausible señalar un cambio de perspectiva teórica (hay una fuerte investigación en neurociencias; lo difícil es mostrar la relación entre eso y la práctica psiquiátrica, basada en la estadística que, si bien es una teoría rigurosa, puede ser utilizada para todo tipo de cosas).

Ahora bien, de un lado, “una práctica no tiene necesidad de ser esclarecida para operar” (Lacan, 1974, p. 89): muchas veces funciona sin nexo con la teoría que dice explicarla; y, de otro lado, no es posible aplicar sin más una teoría: un abismo la separa de la práctica, pues ésta introduce modelos que pueden no ir en la dirección de la teoría, reintroduce elementos que no pertenecen al arreglo formal (depurado) del modelo. Pero tampoco se sostiene la idea de una aplicación automática de la teoría (aunque hay algo de automatismo en el conocimiento… a lo cual, entonces, tampoco escaparía el psicoanálisis).

En la introducción de la decisión tampoco podremos encontrar la diferencia. En todas las situaciones, “La práctica no es la aplicación de la teoría (…) entre lo universal y el caso particular es siempre necesario insertar el acto de juzgar, el cual no es universalizable (…) utilizar categorías universales en un caso particular, no es aplicar una regla, sino decidir si la regla se aplica” (Miller, 1998, p. 259). Otra cosa es el valor que cobra esa decisión en psicoanálisis, lo implicado para la relación analista/analizante.

Tampoco se diferencia el psicoanálisis por el hecho de buscar en cada analizante los detalles que orientan el diagnóstico y dirigen el tratamiento. Pese a las diferencias, lo mismo hace un médico, un psiquiatra, un terapeuta comportamental. Todos requieren los detalles del caso; con ellos se investiga, se hace el diagnóstico, con el fin de dirigir el tratamiento. Es más: tales conceptos corresponden a la idea de enfermedad, formulada en el siglo XVII por Thomas Sydenham (1624-1689)(19): “entidades reconocibles por manifestaciones características, entre ellas, por una evolución o curso natural típico. Gracias a esta concepción una misma enfermedad puede reconocerse como repetida en diferentes enfermos y así se hace posible el estudio del diagnóstico y tratamiento de las distintas enfermedades”. Según Claude Bernard (1813-1878)(20), ante un hecho particular, al médico le surge una hipótesis sobre la causa, de la cual se deducen unas consecuencias lógicas; el experimento y las observaciones lo confirmarán, aunque la discordancia entre hechos y teorías siempre pide contrapuebas, para no juzgar como causal un mero nexo temporal. Es decir, que el sentido de un síntoma cambie de sujeto a sujeto es del ABC de las distintas clases de tratamiento, no es exclusivo del psicoanálisis.

Para Luis Corona y Mercedes Fonseca (2006), las Guías de buenas prácticas clínicas buscan estandarizar los tratamientos, a partir de la Medicina basada en la evidencia: con investigación prospectiva, multicéntrica, aleatorizada, doble ciego, con grupo de control… impecable desde el punto de vista metodológico y estadístico. Sin embargo, para ellos, “de los enfermos con una enfermedad, ninguno será exactamente igual a los demás”, razón por la cual la situación de cada enfermo debe singularizarse, tendencia presente desde la escuela médica hipocrática, hace 25 siglos, hoy debilitada por la medicina del primer mundo –principal fuente del conocimiento médico–, con una concepción meramente biológica de la enfermedad que no ve como “evidencia” científica factores sociales, económicos y culturales de las poblaciones y los individuos.

La diferencia

La ciencia y el psicoanálisis pasan en algún momento por lo universal, por lo particular y por lo singular; en la aparición de las tres cantidades de los juicios, en algún momento de sus elaboraciones, radicaría su parecido. No obstante, la dirección hacia la que tienden (una vez se han dado todos los vaivenes propios de su actividad), es donde radicaría la diferencia: el horizonte de la investigación científica es lo universal(21), mientras el horizonte de la investigación psicoanalítica es lo singular. De manera esquemática, la investigación científica toma lo singular y lo hace devenir particular para poder constituir y/o verificar universales; ahora bien, esto no excluye un regreso a lo particular y aun a lo singular, para la verificación, el tratamiento, la elaboración, la experimentación, la transformación, la producción de algo nuevo, etc. Y, en este movimiento –como recuerda Miller (1997, p. 24)– se excluye la verdad. Si las cosas son así, el psicoanálisis no opera como la ciencia en el punto donde se resiste al silenciamiento de la verdad: escucha esa verdad y, en tal sentido, se hace cargo de los efectos de la operación de la ciencia.

En este nivel, entonces, se trataría de una ética, no de una ciencia, pues presta su dispositivo al restablecimiento de la singularidad subjetiva (y no de una singularidad entendida como un contenido psicológico, como una tendencia específica de consumo). Pero, ¿es posible investigar algo y, al mismo tiempo, dejarlo ser en su singularidad? Por esa vía sólo se llegaría al grado cero del saber, a una tautología como: Sócrates es Sócrates(22) (semejante a nadie); tal enunciado nada dice, pero “respeta lo que cada uno tiene de singular, de incomparable” (Miller, 2008), más allá de las clases en las cuales la investigación pueda inscribirlo. En otras palabras, la investigación en psicoanálisis es aquella que se realiza en el límite de la posibilidad de dejar ser en su singularidad al objeto investigado, sin llegar al grado cero del saber. Como dice Miller (2008), la investigación en psicoanálisis intenta dejar que algo se despliegue “fuera de los caminos ya explorados”; intenta hacer prevalecer la singularidad sobre la pertenencia a la clase (el diagnóstico), la cual –dice Miller (2008)– “vendrá por añadidura”. O sea, de un lado, no se elude el diagnóstico (el saber universal), sino que no se lo privilegia en tanto punto de llegada, y se lo usa para llegar al horizonte propio del psicoanálisis: la ética; y, de otro lado, no se trata del propósito (la idea de cómo hacer la investigación, pero planteada antes de realizar la investigación), sino de un efecto (y de la posibilidad o no de estar a su altura)(23). Ésa era la posición asumida por Freud con sus pacientes, cuando planteaba que lo aprendido en un caso no permitía abordar el siguiente y, más bien, obstaculizaba percibir la singularidad del siguiente(24).

Para apuntar a la singularidad, el psicoanálisis ha acuñado ideas como “la economía del psiquismo” (Freud) o el “uno por uno”, o el “caso por caso” (Lacan). Es decir, no hay respuestas universales a preguntas como ¿qué significa soñar con culebras?, no hay tratamientos uniformes para quienes han sido víctimas de la violencia… pues eso depende de quién lo haya soñado, de quién lo haya padecido. Puede parecer extraño, pero como en el psicoanálisis no hay bien común, es imposible saber de antemano qué es bueno para un sujeto y qué no. En el lugar opuesto están los diccionarios de sueños, los tratamientos estándar, DSM que permiten asignar una nosología y prescribir una medicación a quien presente cierto porcentaje de los signos clínicos enunciados en una lista… para lo cual cada vez se necesita menos preparación: “El DSM(25) III insistía hasta ese entonces en una buena formación clínica especializada de los usuarios, no teniendo necesariamente la calificación de psiquiatras. Mas un autor canadiense, [Heinz] Lehmann, en un artículo del Canadian Journal of Psychiatry, nos indica que el nuevo manual está facilitado por los métodos modernos, la mayoría automáticos [de manera que] la práctica farmacológica ya no es tan complicada para poder ser bien enseñada en tres semanas a médicos e internistas motivados” (Sper, 2007).

En síntesis: la ciencia se ocupa del caso por caso (cosa que algunos le niegan, con el fin de oponerla al psicoanálisis), así como el psicoanálisis produce categorías y tipos clínicos (cosa que algunos le niegan, con el fin de oponerlo a la ciencia). ¿Dónde está la diferencia?, ¿cuál es la especificidad del psicoanálisis?

La ciencia hace del individuo un ejemplar de la clase (Miller, 1998, p. 251). Y eso le basta… ahora bien, no es indiferente que esa posibilidad se realice junto con otras, como los Estados-nación, los currículos nacionales y las estadísticas: se trata de la época de la exclusión del sujeto, la cual le da un objeto al psicoanálisis. Chomsky es un buen ejemplo. El lingüista norteamericano elimina, como asuntos de una ciencia del lenguaje: “(…) limitaciones de memoria, distracciones, cambios del centro de atención e interés, y errores (característicos o fortuitos) al aplicar su conocimiento de la lengua al uso real” (Chomsky, 1965, p. 5); y le parece que “arranques en falso, desviaciones de las reglas, cambios de plan a mitad del camino y demás” (p. 6), presentes en el habla espontánea, opacan el objeto de investigación. O sea, para poder tener ciencia, excluye justo aquello de lo que el psicoanálisis se hace cargo: lo relativo a la singularidad de los sujetos. A su manera, Saussure (1916, p. 36) está ubicado en idéntica perspectiva: la lengua, su objeto de estudio, puede ser representada como un modelo colectivo (1+1+1+1…) donde cada hablante suma, en la medida en que posee algo común a todos; en cambio, desde la perspectiva del habla, no hay algo colectivo: se trata de combinaciones individuales, dependientes de la voluntad, perspectiva en la que sólo se amontonan acontecimientos singulares, bajo la modalidad 1+1’+1”+1’”…

Por su parte, el psicoanálisis ha encontrado –se ha estrellado– que lo universal de la clase nunca está completamente presente en el individuo humano; como ejemplo de la clase, el sujeto tiene una laguna (p. 255). “Hay sujeto cada vez que el individuo se aparta de la especie” (p. 255), sujeto es el efecto que aparta al individuo de la especie (p. 258). No se trata de descartar nuestras categorías y clases, sino de evitar aplastar con ellas al sujeto (p. 255). El sujeto es singular, el individuo es particular. Cuando le corresponde por su objeto de estudio, la ciencia se ocupa del individuo; el psicoanálisis, en cambio, se ocupa del sujeto (¡incluso de producirlo!).

Un ruiseñor, aquel que conmueve a Keats, representa a la especie, la realiza totalmente, dice Miller (p. 257); en cambio, el ser hablante “nunca realiza una clase de manera exhaustiva” (p. 257). El psicoanálisis no se queda en el uno por uno (en el caso por caso), porque ese nominalismo no permite entender la clínica: un sistema con un signo para cada cosa –como el de Funes– es inmanejable. “Para los términos infinitos, no hay ciencia posible”, como dice nuestro epígrafe, tomado de Aristóteles (cap. 2, §35). Pero el psicoanálisis tampoco se queda en la clase, pues ese nivel de abstracción –casi matemático– no permite, ni enfrentar la singularidad del sujeto hablante(25) (cuya única regla es la ausencia de una regla, la ausencia de un programa (p. 260)) ni conseguir ubicarla como condición de asunción de la vida. No estamos ni en la inducción, ni en la deducción, estamos en la ética.

Para Freud, lo aprendido con un paciente no servía para el siguiente; y para Lacan (1973, p. 13), “Los sujetos de un tipo no tienen pues utilidad para los demás del mismo tipo”. ¿Cuál es el nivel de análisis de estas ideas? La frase de Lacan tiene su contexto: unos renglones antes, escribía: “lo que responde a la misma estructura no tiene forzosamente el mismo sentido. Por eso mismo no hay análisis, sino de lo particular” (p. 13). Es decir, ¡hay estructura!, sirve saber cosas como: somos seres hablantes, hay un anudamiento de registros, el inconsciente es pulsátil… aseveraciones universales que orientan la práctica psicoanalítica. Por supuesto, hay un nivel, un momento, donde no sirven más, pues ahora se necesita saber cómo se articulan ideas generales como ésas en la singularidad de un sujeto… y cómo la singularidad de un sujeto es un tanto refractaria a esas ideas generales.

Todas las ciencias se ocupan de lo singular, para hacerlo ver como caso; pero incluso para rescatar cierta especificidad: “La medicina molecular surge con poder para explicar idiosincrasias, constituciones y para enseñarnos que lo idiopático va entendiéndose poco a poco”(26). Por su parte, el psicoanálisis también se ocupa de lo singular, pero no para homogeneizar de esa manera, sino para radicalizar la heterogeneidad que enfrenta, con ayuda de sus conceptos abstractos y sus clases (operando como un saber en reserva). El llamado “pase” de las Escuelas de la Asociación Mundial de Psicoanálisis tal vez materialice esta paradoja: una investigación transformada en un saber comunicable a una comunidad… con el propósito de aislar un caso singular hasta su máxima diferencia.

En la ciencia, la posibilidad de reproducir la singularidad del caso funciona como mediación con la universalidad de la ley; en el psicoanálisis, en cambio, no hay mediación, el caso no puede repetirse: cada caso objeta la regla, cada caso es excepción (Regnault, 2004, p. 125). “La prueba en psicoanálisis es por tanto siempre singular” (p. 127), y se da bajo transferencia (p. 129), que es una relación única, no reproducible (lo contrario de un experimento) y que –como dice Eric Laurent (2006)–: “no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego”.

    Notas

    1. Hay que anotar que las primeras referencias son del campo del marxismo y/o la medicina.
    2. http://www.uvfajardo.sld.cu/Members/reynel_llanes/ploneglossary.2007-05-22.4727810666/ploneglossarydefinition.2007-06-18.7030835541 (Consultado en marzo de 2009).
    3. Lo que implica que se trata de una clasificación histórica, de época, arbitraria.
    4. Y no es de poca monta el error de señalar que el hidrógeno es un gas…
    5. “Pandora levanta la tapa de la jarra oculta y en ese momento todos los males salen al universo… ¿Cuáles son los males? Son muchísimos: la fatiga, las enfermedades, la muerte, los accidentes” [Vernant, 1999, p. 75].
    6. http://www.elp-debates.com/e-textos/Curso_17_dicbre_2008_JAM.doc (Consultado en marzo de 2009).
    7. Ferdinand de Saussure (1916:103) se refiere a la economía y a la lingüística como disciplinas que trabajan ese tipo de unidades. Y así lo define para su caso: “La lengua presenta, pues, el extraño y sorprendente carácter de no ofrecer entidades perceptibles a primera vista, sin que por eso se pueda dudar de que existan y de que el juego de ellas es lo que la constituye“ (Saussure, 1916, p. 134).
    8. Un solo texto citaré de Aristóteles, el cual se encuentra dividido en capítulos y parágrafos, que hacen fácil su ubicación en cualquier edición del texto. Cfr. Referencias.
    9. “Unos eran pequeños como lirones, otros, en cambio, alcanzaban el tamaño de un tren de mercancías. Muchos se movían como sapos y se contoneaban y eran grandes como coches. Otros parecían orugas largas y delgadas como postes de telégrafo. Los había que medían más de mil pies, mientras otros tenían una sola pata sobre la que saltaban de una manera muy curiosa. Muchos no tenían patas y rodaban como barriles por las calles” (Ende, 1960, p. 192).
    10. Hay una literatura que se regodea en producirlos. Es el caso de Howard Phillips Lovecraft y su escuela, en la que cada descripción de una criatura es justamente la caracterización de una singularidad irrepetible.
    11. En ciertos países, si se quiere asignar a un recién nacido un nombre que no esté en la lista, es necesario obtener autorización. El nombre singular (que posiblemente pertenezca a una sola persona) es tan inquietante que, por ejemplo, se hacen eventos –desde espacios en programas de televisión, hasta encuentros internacionales–  que lo vuelven particular, al formar el conjunto de los sin-tocayo; también está el caso del cambio de nombre para hacerlo menos singular.
    12. “No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)” (Borges, 1944, p. 490)… el destino de Funes nos habla del riesgo de vivir en la singularidad.
    13. Hay synthema que significa: señal convenida, marca de reconocimiento, santo y seña. Pero parece que el acuerdo es que ‘síntoma’ viene de simptoma.
    14. http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADntoma (Consultado en marzo de 2009).
    15. En el Seminario 17, Lacan [1969-1970] caracteriza el discurso como un lugar de enunciación en el que alguien hace hacer algo a otro, condicionado por dos instancias implícitas: la verdad de quien asume la posición de agente y un desecho que produce la acción, pero que no es calculable ni reciclable. Pues bien, en el caso del discurso del analista, el saber ocupa el lugar de la verdad.
    16. De un lado, Freud (1926, p. 230) pensaba en una escuela superior psicoanalítica donde se enseñaría, además de una introducción a las ciencias médicas, historia de la cultura, mitología, psicología de la religión y ciencia de la literatura. De otro lado, Lacan recorrió filosofía, lingüística, antropología y matemáticas.
    17. Un caso (Freud, 1915b) puso en tela de juicio una regla postulada por él para la paranoia; y el juego de un niño lo hizo reconceptualizar las pulsiones (Freud, 1920), con implicaciones en el resto de la teoría.
    18. http://es.wikipedia.org/wiki/Enfermedad (Consultado en febrero de 2009).
    19. http://es.wikipedia.org/wiki/Claude_Bernard (Consultado en febrero de 2009).
    20. “Las proposiciones categóricas (universales como ‘todo hombre es mortal’, ‘ningún hombre es piedra’; y particulares como ‘algún hombre es justo’, ‘algún hombre no es justo’) constituyen la estructura básica del discurso científico” (García-Trevijano, 1993, p. 21).
    21. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (edición 19ª) casi incurre en esa tautología cuando define pispa como “pájaro de este nombre” (citado por Armando Sercovich (1977, p. 14)).
    22. “El analista sería aquél cuya responsabilidad con respecto a su palabra es radical. Esto quiere decir que no sólo tiene que responder por lo que dice, sino también por lo que da a entender, y lo que da a entender le corresponde calcularlo” (Miller, 1997, p. 10).
    23. Fue el tema del Tercer Encuentro americano, XV encuentro internacional, del Campo Freudiano (Belo Horizonte, agosto de 2007): La variedad de la práctica. Del tipo clínico al caso único en psicoanálisis… o sea: de lo universal a lo singular. Puede verse el texto de la convocatoria (consultado en febrero de 2009), en: http://ea.eol.org.ar/03/es/template.asp?argumento/argumento.html.
    24. Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM, por su sigla en inglés: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (American Psychiatric Association, APA).
    25. Según Jesús Adrián Escudero (p.29-30), Paul Natorp objetaba a Edmund Husserl que, en cuanto una experiencia era expresada en conceptos, se sometía a un proceso de homogeneización «que disuelve la particularidad de toda experiencia vivida». Escudero, Jesús Adrián. “Heidegger y la indicación formal: hacia una articulación categorial de la vida humana”. En: http://dianoia.filosoficas.unam.mx/info/2004/d52-Escudero.pdf. (Consultado en enero de 2008).
    26. http://bases.bireme.br/cgibin/wxislind.exe/iah/online/?IsisScript=iah/iah.xis&src=google&base=LILACS&lang=p&nextAction=lnk&exprSearch=180509&indexSearch=ID (Consultado en febrero de 2009).

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Número 2
Enero-Junio de 2009
ISSN versión electrónica 2027-1182
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Para citar este artículo | To cite this article | Para citar este artigo:
Bustamante-Zamudio, G. (2009). Investigación, psicoanálisis, educación. Parte I: posición metodológica y epistemológica. magis, Revista Internacional de Investigación en Educación, 2, 249-260.
 
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