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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

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Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

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Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

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Héctor H. Orjuela
El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Luz Mary Giraldo - Búsqueda de un nuevo canon


De los sesenta a los noventa: búsqueda de un nuevo canon (A manera de conclusión)

La Edad moderna estaba obsesionada por la producción y la revolución,
La edad posmoderna lo está por la información y la expresión...cuanto
Mayores son los medios de expresión menos cosas se tienen por decir,
Cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto.
Gilles Lipovetsky

La narrativa colombiana, como gran parte de las manifestaciones artísticas de los últimos lustros, oscila entre utopía y vacío. Amparados en el cambio, a la esperanza redentora, a la creencia en los valores y a la necesidad de construir un mundo mejor. Al contrario, según el diccionario, al hablar de vacío, se reconoce la falta de contenido, la ausencia de valor o de solidez, la carencia de perfección, o la presencia de abismos o de precipicios; en este caso se reconoce la crisis de los valores modernos y las manifestaciones de ésta en la posmodernidad.

En el mundo contemporáneo se aprecia una profunda relación entre la experiencia vital y las variadas manifestaciones de las artes plásticas, literarias, arquitectónicas o musicales así como de la vida política, cultural o social, de las reflexiones filosóficas y de los análisis teóricos y científicos: unos y otros hablan de una tensión interna en la vida cotidiana. Esto se demuestra en una actividad que parece dar vueltas en redondo al dispararse según las direcciones impuestas por la inmediatez y regodearse con la frivolidad, lo transitorio, lo escandaloso y lo escabroso, amparándose en un presente que demuestra desinterés y por consiguiente, ausencia de compromiso con el futuro.

Naturalmente, en nuestra narrativa esto se evidencia en el abandono de los grandes relatos y la ruptura de las fronteras, cuya expresión se da en la multiplicidad: tendencias y actitudes que oscilan entre un nuevo regreso al pasado o la instalación en un presente vacío; la aceptación o el escepticismo ante las ofertas de la realidad inmediata; la experimentación lúdica que entra en choque o en convivencia con lo irreverente; el cuestionamiento a los valores mediante la ironía burlesca y el gusto por la frivolidad y el consumismo.

Para llevar a cabo una lectura del desarrollo y el estado actual de la narrativa colombiana se hace necesario revisar las concepciones que dieron paso a determinadas nociones (el regionalismo y el costumbrismo difundidos entre los años 20 y 50; el sentimiento de marginalidad y subdesarrollo de la provincia frente al centralismo capitalino; las separaciones entre literatura infantil, femenina y "gran literatura"; las expresiones orales que en ciertos casos definen lo legendario de algunas tradiciones o aquellas que han dado paso a la cuentería; y el compromiso político e ideológico del escritor que influyó en la narrativa de los sesenta y parte de los setenta), para apuntar a aquellas manifestaciones propias del mundo actual, asociado simultáneamente al fin del siglo y/o al fin del milenio. Entendemos que en nuestros países el fin de milenio empieza a perfilarse en los estertores de la década del setenta y se ratifica, como en el resto de occidente, con la caída de las utopías.

Narrativa: Afirmación y búsqueda

A fines de la década del setenta se evidencia una nueva actitud en la narrativa colombiana que da comienzo a propuestas diversas y novedosas, ávidas de explorar otros lenguajes, de darle otras posibilidades a la fábula y diferentes maneras de indagar en la realidad nacional y contemporánea. Abocados a un sin número de posibilidades y amenazados por el silencio de una crítica acostumbrada a los planteamientos narrativos y temáticos del boom, lo arquetípico, mítico y fabuloso, el nuevo escritor se lanzó a la ardua tarea de encontrar un nuevo lector para entregarle un mundo según las exigencias y coordenadas de su tiempo. Esta nueva actitud empezó a llamar la atención de la crítica académica y a sembrar inquietudes en torno a nuestra historia literaria y cultural e invitó a revisar el canon, a cuestionar la validez de ser solamente "tierra de poetas" y espacio para la fructificación del realismo mágico y lo real maravilloso1

De los sesenta a los noventa

Es necesario reconocer el papel renovador de los antecedentes inmediatos en una generación de narradores que especialmente desde el cuento y en caso excepcionales con la novela, entre la décda del sesenta y principios del setenta remozaba las letras colombianas, pues no sólo proponía una cuidadosa factura sino discursos y temas acordes con las preocupaciones contemporáneas, tales como el imperativo urbano (desde la transición entre la provincia y la urbe, el paso del personaje rural al habitante urbano, o el énfasis en este último), los conflictos sociales y de sobrevivencia económica o existencial, la realidad histórica y política, el compromiso intelectual o ideológico y la problematicidad de la escritura. Nadie olvida los nombres de Germán Espinosa, Oscar Collazos, Fanny Buitrago, Darío Ruíz Gómez, Nicolás Suescún, Hugo Ruíz, Gustavo Alvarez Gardeazábal, Héctor Sánchez y Eutiquio Leal, entre otros, quienes mostraron su compromiso con la literatura al proponerse un lenguaje según sus propias convicciones ideológicas y los temas y formas de la época.

Esta generación se daba a conocer paralelamente al boom latinoamericano (en Colombia simultáneamente con Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Alvaro Cepeda Samudio, Pedro Gómez Valderrama y Manuel Zapata Olivella)), dando origen a una narrativa de actitud contestataria, crítica y analítica y, en la mayoría de los casos, de ruptura con la literatura de y sobre la violencia rural y partidista. En su mayoría cuentistas por excelencia y novelistas por convicción, muchos de ellos hasta el presente han demostrado una ininterrumpida relación particular con la escritura. Es posible desde ellos definir un corpus que testimonia el desarrollo de la historia literaria de nuestro país, al que ya iniciada la década del setenta se sumarían de nuestro país, (o se aceptarían como partícipes generacionales) Luis Fayad, Fernando Cruz Kronfly, Alba Lucia Angel, Arturo Alape, Marco Tulio Aguilera Garramuño y Umberto Valverde; finalizando la década Moreno Durán y Rodrigo Parra Sandoval con sus respectivas Fémina Suite y El Album secreto del Sagrado Corazón, inician verdadera ruptura de los cánones desde su expresión novedosamente contestataria, irreverente y cuestionadora, que aprovecha la parodia como postura crítica y relaciona la escritura lúdica con recurrencias y referencias al erotismo y a la cultura. La actitud de estos últimos se prolonga hasta avanzada la última década de nuestro siglo en una narrativa que aunque demuestra cierto desencanto ante la quiebra de los valores, enfatiza en el goce vital y hace del texto literario un espacio para el placer de la palabra puesta en escena.

Como afirmamos en páginas anteriores, en la década del ochenta, Antonio Caballero logra con su novela Sin remedio la expresión del equilibrio entre la mentalidad urbana y su entorno, la inquietud autoreflexiva del escritor-personaje, la recreación de la sensibilidad del intelectual apático y burgués y la consignación de una escritura de tono realista. Por su parte, Carlos Perozzo aporta con sus novelas la visión de la vida urbana en personajes sórdidos y de gran profundidad en estructuras juguetonas. A la vez que Juan José Hoyos contextualiza su narrativa en el espacio urbano y logra imponer en éste una época ceñida a la vivencia de la sensibilidad del bolero.

En la plenitud de los sesenta el reconocimiento internacional a Gabriel García Márquez por el éxito de Cien años de soledad (1967) no sólo opacó la obra de sus contemporáneos Héctor Rojas Herazo, Alvaro Cepeda Samudio, Manuel Zapata Olivella y Eduardo Caballero Calderón (con amplio prestigio hasta entonces), sino desvió la atención de la crítica y del mercado editorial con consecuencias ampliamente conocidas para estos autores, para sus imitadores y justos beneficios para el Nobel, quien desde entonces se reconoce como paradigma de la literatura colombiana del siglo XX.

Cerca de la década de los ochenta y durante ella la historia, la ciudad y la escritura tomaron nueva forma en las letras y los diferentes escritores marcaron nuevos rumbos: el impulso de romper los límites, de reinventar modos narrativos, de apelar al nuevo lector, de reconocer la mentalidad problemática arraigada en las ciudades, de testimoniar la pérdida de coordenadas en el espacio urbano, de indagar en la historia y en la intrahistoria, de penetrar en la sociedad de consumo, en la nueva música, en el nuevo periodismo, en las diferentes formas de poder, en las nuevas clases y órdenes sociales; y al aprovechar todo tipo de discursos buscó su legitimación en la literatura, orientando los caminos del fin del siglo. Recientemente, la llamada moda "retro" intenta un retorno a estéticas pasadas; con temáticas de cierta turbulencia desromantiza la vida contemporánea; con la fusión de las técnicas periodísticas y de la ficción se apela a la verosimilitud; con propuestas cuya temática busca una mayor difusión y mercadeo se cautiva un público consumista y con la incorporación de asuntos acordes con la moda y las necesidades "metafísicas" del momento (la angeología, por ejemplo), etc., se multiplican las orientaciones que contrastan con obras de franca preocupación experimental, existencial, epistémica, histórica, cuestionadora, irreverente y de diatriba.

Fatigados por la problemática de la identidad latinoamericana cultivada en la narrativa del boom, desencantados de las utopías de un pasado no lejano, agobiados por la aceleración del tiempo, la masificación y el individualismo, acosados por el desarrollo técnico-científico y acorralados por el inmediatismo de los medios de comunicación y de la sociedad de consumo, los escritores y los intelectuales de nuestra América se saben testigos de un vretiginoso cambio de valores y lo expresan en universos análogos al caos de la realidad, mientras persiguen un lugar en la historia de las letras, aunque algunos reconozcan que en el mundo de hoy el escritor, el artista y el intelectual ya no son modelos patriarcales ni principios de autoridad. Desde fines de los setenta hasta la fecha el proceso apunta a la conformación de un canon diferente, acorde con la crisis de valores nacionales y mundiales, consecuente también con la fatiga por el macondismo y las propuestas de los años sesenta y setenta2.

La necesidad de afirmar la conquista de un lenguaje, unos discursos y unos temas orientó a algunos autores a la cancelación del garciamarquismo, el macondismo y lo real maravilloso, buscando desde la cultura y los imaginarios urbanos voces diversas. Otros manifiestan su admiración por Jorge Luis Borges y sus laberintos metafísicos, su ironía y su autoreflexión permanente o por las propuestas experimentales y analíticas de Julio Cortazar. Los narradores más recientes nada discuten sobre modelos fundacionales o patriarcales; existen peregrinos manifiestos contra la ponderación narrativa de los setenta3 y es cada vez más frecuente la aceptación del valor magistral de quienes abrieron posibilidades en cada momento literario, reconociendo a aquellos que fueron decisivos, así como los que fueron condenados injustamente al silencio de la lectura y la crítica4.

En el tránsito de la década del setenta a la de los ochenta marcaron posibilidades de cambio y reflexión obras como: Las muertes de Tirofijo (1972) y El cadáver de los hombres invisibles (1979) de Arturo Alape; El amanecer de la noche (1975) de Alberto Aguirre; juegos de damas (1977), de R.H.Moreno-Durán; en 1978 Los parientes de Ester de Luis Fayad Prytaneum de Ricardo Cano Gaviria, El album secreto del Sagrado Corazón, de Rodrigo Parra Sandoval y Memoria compartida de Oscar Collazos (sin ignorar Son de máquina de 1964 y El verano también moja las espaldas de 1969); en 1979 La casa infinita de Augusto Pinilla y Falleba (posteriormente conocida como Cámara ardiente)de Fernando Cruz Kronfly; en1980 Juego de mentes de Carlos Perozzo, en 1982 La tejedora de coronas de Germán Espinosa (de quien no deben olvidarse sus valiosos aportes con La noche de la trapa de 1964 y Los cortejos del diablo de 1970); en 1981 Francisco Sánchez Jiménez . En ellas las nuevas posibilidades narrativas se sumaban a la importancia que alcanzaban autores que ahondaron en la violencia partidista o en la vivencia en la ciudad, dando origen o perfilando nuevas visiones, como en el caso de Andrés Caicedo con su narrativa de carácter urbano y juvenil que expone con desparpajo la crisis de la sociedad tradicional: Alba Lucía Angel con sus innovaciones cuentísticas y la revisión a la literatura sobre la violencia expresada desde perspectivas femeninas; Jorge Eliecer Pardo y sus renovaciones líricas y eróticas en torno a la violencia rural; Manuel Giraldo "Magil" y la desintegración del sujeto en períodos de crisis; la continuidad narrativa de Fanny Buitrago que desde los sesenta explora temas y formas con los cuales impugna a la sociedad y a la cultura; el realismo regionalista de Gustavo Alvarez Gardeazabal , de quien por ningún motivo debe desconocerse su producción, especialmente Cóndores no entierran todos los días (1972), con lo cual logra una verdadera radiografía sociocultural de la violencia partidista. Así mismo la tensión entre lo rural y lo urbano relatado por Roberto Burgos Cantor, muestra en la década de los ochenta la dinámica de tránsito a la vida moderna en sociedades y ciudades señoriales; el neorealismo de Oscar Collazos, Hugo Ruiz y Darío Ruiz Gómez apunta a realidades sociales, existenciales y de sensibilidad urbana; las exploraciones en el erotismo presentadas por Marco Tulio Aguilera Garramuño y la corriente urbana con interacciones entre lo político, lo existencial y lo intelectual en Plinio Apuleyo Mendoza (ganador en 1979 del premio nacional de novela Plaza y Janés, con Años de fuga). Abría que agregar la valiosa y no suficientemente reconocida trayectoria de Héctor Rojas Herazo, Manuel Zapata Olivella, Manuel Mejía Vallejo, Pedro Gómez Valderrama, Alvaro Cepeda Samudio y Eduardo Caballero Calderón. Al borde del siglo XXI algunos de los nombres de este amplio listado son de ninguna o escasa referencia. Tal vez algún día la historia los rescate; tal vez agregue al olvido a otros reconocidos de hoy.

Si el proceso ideológico, social, político y artístico del sesenta marca un cambio notorio en América Latina, motivado por la revolución cubana y sus inquietudes en torno a la identidad cultural, la igualdad y la independencia enfatizados en nuestras literaturas, estos cambios se relacionaron con otras circunstancias de orden mundial cuya dinámica posterior manifestó en su proceso frustraciones, desencantos, búsquedas y cuestionamientos que explican la (s) crisis contemporáneas (s). Basta con recordar fenómenos tan significativos como la revolución hippie vivida como protesta por la guerra del Vietnam; las manifestaciones estudiantiles de París en mayo del 68; la paulatina presencia de la mujer en la vida pública, intelectual y cultural; los distintos avances e investigaciones científicas llevaron a la exploración interespacial, etc., entre tantos otros los que identificaron la dinámica de una época. Tales movimientos se constituyeron en fuente para la búsqueda de utopías y alimentaron en diversos terrenos el deseo de cambio. Sin embargo, las expectativas se frustraron y las búsquedas utópicas se transformaron en sentimiento de vacío, frustración y derrota que fundiéndose a otras situaciones cotidianas, políticas o religiosas, agudizaron la sensación de pérdida y la vivencia de crisis: la caída y la muerte de algunos héroes y paradigmas revolucionarios; el énfasis en el desarrollo técnico-científico y la consiguiente deshumanización y alienación; la masificación e individualización en las sociedades capitalistas; la desintegración de la unidad familiar y la progresiva ruptura con los modelos del pasado, etc. serían ejemplos de ello.

Utopías y frustraciones, nostalgias e idealizaciones, se convierten entonces, en presencia y materia viva de la literatura latinoamericana y colombiana desde finales de los setenta, pasando por los ochenta y los noventa, expresados tanto en sus temas como en su formas y ampliados con el sentimiento de fracaso por las experiencias vividas en las diversas vicisitudes sociales y políticas de América Latina y de otros países occidentales que amenazan la estabilidad de la vida diaria (la caída de Allende en Chile, y más recientemente la del muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética que trajo consigo conflictos internos y externos a los países socialistas y en nuestra América los problemas de Cuba, Nicaragua, etc., entre otros).

Las expresiones artísticas de gran parte de los noventa, incluyendo autores de amplia trayectoria y otros que comienzan, proyectan una multiplicidad de direcciones que dificultan la definición y precisión de tendencias, pues la heterogeneidad de los temas y de los problemas que tratan demuestran el convivir, como diría Marshall Berman, en un universo donde nos "encontramos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos"5 Un mundo en el que todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse y en el que existe una unidad paradójica: la de la desunión, la desintegración, la ambigüedad y la angustia.

Así pues, se asiste al abandono de las profecías seculares y al mismo tiempo se buscan paraísos perdidos; las convicciones escatológicas que alimentaron los ideales revolucionarios y los sueños de cambio se hunden en las arenas movedizas de la realidad y paulatinamente se ingresa al imperio de lo nuevo que se impone con la fuerza de lo efimero6.

La poesía: ¿tradición sin rupturas?

Al hacer un mapa de la producción poética colombiana, no es difícil encontrar el arraigo de una tradición en la que con dificultad fructifica la ruptura que propicia cambios definitivos. Tradicional y formalista por excelencia, Colombia ha alimentado el gusto y el respeto por el pasado ancestral que se sustenta en una fuerte línea intimista en la que prevalece la forma cuidada, el gusto por la imagen metafórica y el cultivo del ritmo y la musicalidad, unidos a la sugerencia y la ensoñación.

Es útil reconocer que desde la poesía, en la segunda mitad del siglo XX se dan tres momentos fundamentales y decisivos que proyectan la cultura y muestran un importante forcejeo entre la tradición y la ruptura. El primero de ellos aglutina a un grupo de intelectuales de diversas corrientes y formas expresivas que giran alrededor de la revista Mito (1955-1962); el segundo, a los jóvenes y rebeldes antipoetas que se lanzan a combatir desde la tribuna del Nadaísmo y el tercero, el grupo heterogéneo de poetas conocidos como Generación sin nombre, A Mito, la revista fundada por Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus y Hernando Valencia Goelkel, se debe la propuesta de desprovincializar la sociedad y la cultura colombiana, al actualizarla y relacionarla con el momento histórico nacional y universal y generar un verdadero diálogo e intercambio cultural que propiciara el encuentro de formas y manifestaciones de la época. La página editorial del primer número lanzó como manifiesto la idea de la libertad de expresión a través de una palabra que debiera limpiarse de toda retórica gastada y fuera de época. "Las palabras están en situación" se convirtió, entonces , en un llamado de atención contra el anacronismo de nuestra sociedad. La recepción a temas políticos, sociales, filosóficos, científicos, literarios, cinematográficos y artísticos, así como las traducciones de escritores europeos y la publicación de autores entonces desconocidos, hicieron de la revista una plataforma de lanzamiento de las ideas de la época. "Las palabras están en situación" se convirtió, entonces, en un llamado de atención contra el anacronismo de nuestra sociedad: La recepción a temas políticos, sociales, filosóficos, científicos, literarios, cinematográficos y artísticos, así como las traducciones de escritores europeos y la publicación de autores entonces desconocidos, hicieron de la revista una plataforma de lanzamiento de las ideas de la época y de los escritores de su tiempo, y del futuro. García Márquez, Cepeda Samudio, Gómez Valderrama, Mutis, Marta Traba, Georges Bataille, Sartre, Camus, Beauvoir y en el último número los nadaístas, fueron algunos de los autores que nutrieron sus páginas. Lo trascendental y lo tabú se hicieron cotidianos como el erotismo, la muerte, el existencialismo y el absurdo; y sin ignorar la violencia partidista, la condición de la "desesperanza lúcida" proclamada más tarde por Alvaro Mutis, se asumió como modo de vida y principio ce creación.

Entre los años sesenta y parte de los setenta los nadaístas con sus gestos contestatarios, irreverentes, iconoclastas e histriónicos, asumen una actitud de franco reproche a la tradición imperante y desde sus escritos antipoéticos o apoéticos, antiliterarios y extraliterarios, proponen una "vanguardia criolla". Como "ángeles exterminadores", trascienden los límites de un movimiento revolucionario y atentan contra lo establecido profanando las convenciones, y desde lo religioso pasando por los social y lo literario, se fueron lanza en ristre contra las más rancias tradiciones (así profanaron por igual la novela María, como las iglesias y todo recinto y concepto sagrado) tras la aventura de un nuevo modo de vida. Cercanos al hippismo, a los beatniks y a los rebeldes del momento, se erigieron en nuevos profetas y en sacerdotes que reclamaron un trono para su ejercicio vital y literario. Mediante exploraciones en un lenguaje voluntariamente transgresor de la tradición lírica, ampliamente irónico y desmitificador, expresan su desencanto. Sus voces y temas que apelaran a lo inmediato real y cotidiano, lejos de toda retórica convencional, dislocaron la palabra para acercarse a la realidad de su tiempo, perturbando, desafiando, cuestionando y degradando.

Con mucha lucidez en su estudio sobre la poesía postnadaísta en Colombia, Samuel Jaramillo muestra la imposibilidad de ésta de asumir la rebledía y las propuestas novedosas, aunque la crítica tradicional haya señalado desconcierto, desintegración, pérdida del sentido de las referencias y falta de coordenadas para los jóvenes poetas de entonces. "Nuestra percepción -dice Jaramillo- es la de que a partir del Nadaísmo, la poesía colombiana sigue desarrollándose con su consistencia habitual, aunque con sus contradicciones inevitables, introduciendo al Nadaísmo como una de sus referencias"7. Por su parte, la Generación sin nombre con su diversidad de tendencias demostró la movilidad del mundo contemporáneo e intentó restituirle el sentido a la palabra degradada por los nadaístas y abrir el abanico de las expresiones.

Estos tres momentos literarios y culturales que desembocaron en creación poética concentran el paso de la modernidad y de sus utopías al desencanto de ellas: la revista Mito y su generación de poetas y demás intelectuales, apelaron a la conciencia histórica y nutrieron con visiones universales el pensamiento colombiano; el Nadaísmo transformó la conciencia de verdad y veracidad en incertidumbre y rebeldía y la Generación sin nombre retornó a los valores eternos del arte y el artista, y desde la multiplicidad de direcciones asumidas por los poetas renovaron la conciencia de la palabra sugerente, ensimismada, formalista, musical y hasta arcaizante que en todos sus aspectos se opone a las propuestas apocalípticas y teatrales de los anteriores. Como muchos han afirmado, la poesía posterior se dispara en múltiples direcciones8, sin consolidar aún nuevas generaciones ni decisivas propuestas de ruptura o de renovación de la lírica contemporánea.

Los narradores surgidos a fines de los setenta le adeudan a Mito y al Nadaísmo varias cosas: autoconciencia, vinculación con la historia, carácter lúdico, irreverente y/o solemne, intertextualidad y transtextualidad, conciencia urbana y de hombre contemporáneo y relaciones supraregionales y supramacionales. A la Generación sin nombre los une la conciencia de la escritura como oficio, el tono desencantado y el sentimiento de pérdida. Entre la tradición y la ruptura, unos y otros anticiparon en nuestro país de manera sistemática la conciencia de crisis, de reflexión y autoevaluación; la deliberada postura analítica permitió ir más allá de lo parroquial y provinciano al establecer diálogos interdisciplinares, al buscar la legitimación de otros lenguajes y al asumir el desencanto y la desesperanza como condiciones del presente.

Narrativa: una escritura sin tradición

Hemos afirmado que nuestro anacrónico sistema tradicionalista no está ni ha estado preparado para acceder a la comprensión de la noción de cambio de perspectivas y mucho menos a la constatación de mundo escindido en el que prolifera la crisis de valores que activan la duda, la conciencia de desastre, de desencanto y de crítica, expresados en la desintegración de la forma, en la sustitución de la ironía por el juego y el gesto cínico, en el individualismo narcisista y la afirmación de lo transitorio y lo falaz. Esa misma falta de rigor crítico y analítico sigue debatiendo la permanencia de la "tierra de poetas", y en el caso de la narrativa, la negación de ésta se une al sentimiento de marginalidad o de marginación de quienes reclaman la mirada a las regiones en cuyos escenarios se sustenta la oralidad y sobre todo lo localista, impidiendo salir "de la comarca al mundo", como proponía en la década del setenta el escritor uruguayo Mario Benedetti.

En la narrativa colombiana de los últimos ciento treinta años se constatan largos espacios de tiempo entre el surgimiento y la recepción de las obras consideradas paradigmáticas: en 1867 se publica María de Jorge isaacs, en 1924 La Vorágine de José E.Rivera y en 1967, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Es decir, entre la primera y la segunda hay un poco más de medio siglo de aparición, y entre la novela de Isaacs y la del Nobel un siglo completo de distancia. Surge una inquietud : ¿Qué pasó durante ese tiempo, qué obras se produjeron, cuáles se editaron y que recepción tuvieron? Lo anterior explica la dificultad para romper con los cánones, que ha dado lugar a la necesidad de revisar, visitar, estudiar y reeditar aquellas obras condenadas por el silencio de la recepción, la lectura y la crítica.

La memoria se desentiende cada vez más de muchas obras que se destacaron en su momento y que surgieron entre aquellas que asumimos como paradigmáticas. ¿Qué pasó con El Moro (1897) de José Manuel Marroquín, antes acogida como una excelente muestra costumbrista? De sobremesa (1925) de J.A.Silva, después de un largo silencio hoy vive su proceso de rescate y evalidación; Soledad Acosta de Samper empieza a ser estudiada y reconocida; La Marquesa de Yolombó (1928) pilar de l anovela histórica, regionalista y costumbrista y las demás obras de Tomás Carrasquilla (salvo por el trabajo investigativo y analítico de algunos especialistas), cada vez se estudian menos; José María Vargas Vila, controvertido iconoclasta de fines del siglo anterior y comienzos de éste, es esporádicamente citado; Eduardo Caballero Calderón, de ágil pluma cuya diversidad narrativa se enfiló a lo social, lo regional, lo rural y lo urbano, lo convencional, lo moderno y lo novedoso y quien gozó, entre los años cincuenta y los sesenta de mucha acogida entre sus lectores, poco se le menciona hoy. Cómo no recordar a José Félix Fuenmayor y a Alvaro Cepeda Samudio, integrantes del grupo de Barranquilla y pioneros del realismo mágico y de la narrativa moderna en Colombia; a Manuel Mejía Vallejo y Gustavo Alvarez Gardeazabal, cultores del neoregionalismo y del neocostumbrismo.

En más de una ocasión se ha afirmado que Gabriel García Márquez es nuestra figura paradigmática en las letras de este siglo y desde fines de los ochenta lo acompaña Alvaro Mutis. Los dos son nuestros "embajadores" literarios y desde ellos se lee e interpreta nuestra cultura. Cada cual tiene su mundo propio, su lenguaje, su visión de Colombia, de América, del hombre y del mundo y aporta al conocimiento del modo de ser latinoamericano y universal. Así mismo, a los dos los une la idea del escritor y de la literatura: el poeta es un creador privilegiado que conoce el lado oscuro de las cosas y logra atravesar las fronteras, vislumbrar el principio y vaticinar el fin. La escritura, al nacer del contacto con la vida y el misterio, permite la creación de textos sagrados. Sus personajes viven aventuras heroicas en tiempos de miseria; expresan la crisis dramática del sentido y buscan, con incertidumbre, respuesta a la existencia. El primero se mueve en el universo mítico de lo real maravilloso y el segundo, en el universo de los personajes arquetipales y universales impelidos a la aventura antiheroica.

Dos puntos fundamentales deben tenerse en cuenta en la afirmación que determina la literatura colombiana antes y después de la obra de Gabriel García Márquez: el primero, que sobre todo con la publicación de Cien años de soledad llevo al climax el americanismo, el regionalismo y el costumbrismo, universalizándolos con la multiplicidad de mitos y tradiciones culturales; con la expresión lúdica de la condición humana que desde las formas más primarias de conciencia y estructura mítica concentran la vida, la soledad y la desesperanza; con la reiteración cíclica de los actos humanos; con la plasmación de la historia situada en la cuerda floja de la verdad profana que se impone sobre la verdad sagrada y con la constatación del valor del profeta, del poeta vidente que, como el escritor, se encarna en la figura del gitano Melquíades para dotar la historia de verdades legendarias. El segundo punto está en el reconocimiento tanto de la metaficción entronizada en la obra anteriormente señalada, como en la conciencia de la palabra que gira sobre sí misma, se conoce y se reconoce en el tejido intertextual y se funde en el ser poético de un lenguaje que se hace escritura. Así la novela que tejió anécdotas, en El otoño del Patriarca (1975) supera las mismas, sin ignorarlas, y apela a los temas latinoamericanos y universales de la tiranía,y las dictaduras, hasta confluir en el repliegue del lenguaje, de las estructuras, del juego lírico e hiperbólico y de la emoción estética que rinde culto al universo de la poesía. Entre una y otra, y antes y después de ellas, Macondo, el espacio literario, el mundo de "los espejos y de los espejismos", se transmuta sin diluirse y es un lugar, un estado de ánimo, un modo de ser y unas formas escriturales.

Gabriel García Márquez exprime el zumo del americanismo y en 1967 lo expresa con la magia del mito, la oralidad y la escritura, en 1975 adiciona a otros problemas latinoamericanos categorías universales, al explorarlos con todas las formas posibles de la sugerencia de la palabra que se vuelve sobre sí misma. Así, la conciencia del mito se asume desde la historia y la escritura, oscilando entre lo premoderno y lo moderno y aventurándose, ocasionalmente, en desoladas aventuras o peripecias escriturales definidas como postmodemas, donde a la visión de lo intrascendente del mundo se sobrepone la pasión por la escritura, desde determinado regodeo con que refuerza el mero "placer de narrar", traducido en muchos textos como puro placer de la escritura, como podría constatarse en el controvertido libro Doce cuentos peregrinos (1992).

La construcción de su mundo y de su lenguaje al canonizarse se convirtió para muchos de sus contemporáneos, como para nuevos narradores, en un estigma. Este se registró de varias maneras: entre los "gabófilos" y los seguidores del macondismo (en varias ocasiones la escritora Helena Araújo ha sostenido que su apoyo y sobre todo su "fórmula" han sido de gran ayuda para las más exitosas narradoras latinoamericanas)-, los que han buscado una voz propia sin temor a "dar muerte al padre" poderoso y nefasto y, entre los más recientes y jóvenes, los que reconociendo la fuerza de su presencia buscan la expresión según las coordenadas de su tiempo.

Lectores y críticos

Ante la producción posterior al fenómeno anteriormente relacionado, con dificultad el lector corriente y desprevenido acepta autores y propuestas nuevas. La crítica y algunos lectores especializados determinan un corpus, definen unas fechas de publicación, destacan a unos cuantos narradores y algunos dan cuenta del desarrollo de un proceso no sólo posterior y diferente a Gabriel García Márquez sino al boom, sin comprometerse a apostar por él, y en muchos casos, algunos lectores se atreven a caracterizar y vaticinar catástrofes, sin verdadero conocimiento del hecho narrativo, de la multiplicidad de orientaciones y búsquedas y de la diversidad de obras que se producen. Algunos, con válidas razones, como Oscar Collazos y R. H. Moreno Durán, se refieren a la experiencia vital de los escritores colombianos de generaciones en proceso de creación en otros países, como determinante para una literatura propia del homo viator moderno que dialoga con el mundo y desde el mundo, a quienes identifican como escritores de la diáspora (Collazos) o generación trashumante (Moreno-Durán); Eduardo Márceles Daconte y Jonathan Tittler, además de otros norteamericanos colombianistas se refieren al biculturismo, al estudiar a aquellos autores con largos años de estadía en otros países e incorporan en sus obras formas de vida, de lenguaje, vivencias y experiencias que denotan encuentros culturales y transculturaciones.

Existen varias concepciones respetables, interesantes y controvertidas ante la más reciente narrativa colombiana que deben tenerse en cuenta: por una parte, el novelista Moreno-Durán, al referirse a la ficción colombiana ante el fin del Milenio9, señaló la importancia magistral de Gabriel García Márquez "que ha incitado públicamente al garcíarnarquicidio", a su imitación (Gaboítas), o a guardar una prudente distancia, según diversos casos. Y para definir y caracterizar ésta ficción contemporánea en Colombia, identifica dos tipos de escritura: una que llama elucubrata y otra que llama incomposita. A la primera la caracteriza por ser una prosa "culta y refinada, alejada de los tópicos y comprometida con la universalidad y la renovación formal". A la segunda, que considera predominante en el país, la tilda de "simple y provinciana, sin más pretensiones que el mimetismo y la rancia tradición", seguidora de proclamas maniqueístas, en la tienen su lugar toda clase de temas que puedan representar el tercermundismo.

Por otra parte, críticos que disciplinadamente estudian el fenómeno narrativo proliferante de los últimos lustros, leen indiscriminadamente obras, como en el caso del novelista Álvaro Pineda Botero quien las clasifica según su mundo argumental, temático y formal, hasta relacionar su multiplicidad de tendencias entre el mito, la modernidad y la posmodernidad10 . Igualmente, el narrador y profesor universitario Jaime Alejandro Rodríguez, define un corpus a partir de los ochenta y analiza la escritura metaficcional y autoconciente, demostrando la continuidad de una tradición anunciada a principios del siglo11. Al iniciarse la década del ochenta, Fernando Ayala Poveda propuso tomar conciencia frente al nuevo fenómeno narrativo al publicar con la Universidad Central12 un libro que incluye autores destacados que entonces, en su gran mayoría perfilaban la iniciación de propuestas que atentaban contra los modelos convencionalizados. Así, tuvo en cuenta a Pedro Gómez Valderrama, Plinio Apuleyo Mendoza, Luis Fayad, R.H. Moreno-Durán, Rodrigo Parra Sandoval, Fernando Cruz Kronly, Carlos Perozzo y Jorge Eliécer Pardo. Ayala Poveda situó a estos autores en el marco de las influencias propiciadas por la narrativa del boom, la tradición literaria colombiana y la literatura universal. Por su parte, el conocido comentarista Isaías Peña Gutiérrez ha seguido durante varios lustros el proceso de la narrativa colombiana informándose sobre los autores y las obras premiadas, sobre las manifestaciones literarias de provincia y sobre el desarrollo de la narrativa en talleres literarios , y aunque sin grandes pretensiones críticas, registra esta memoria en sus columnas periodísticas13. Ignacio Ramírez, también seguidor del proceso de las letras colombianas del siglo XX y con mucho conocimiento de obras y autores, en sus columnas periodísticas y conferencias se pronuncia con fe ante la proliferación y la multiplicidad de tendencias, calificando el desarrollo de una "obra en marcha" con interesantes propuestas que definen y caracterizan el fin del siglo. J.E.Jaramillo Zuluaga, de manera muy sugestiva ha estudiado la narrativa del siglo XX, destacando rasgos de la tradición y de la ruptura, consignándolas en análisis cuya orientación alberga la ambigüedad contenida en el dinamismo del término tradición14; igualmente el narrador Alonso Aristizábal reseña, comenta y analiza la actual narrativa, difundiendo sus conceptos en diversass publicaciones.

En los ambientes académicos algunos estudiosos definen un corpus (pineda Botero, Rodríguez, Jaramillo, Helena Araújo, Luz Mary Giraldo); otros seleccionan obras u autores (Martha Canfied, Mario Rey, Fabio Jurado, Cristo Figueroa, Blanca Inés Gómez, Oscar Torres); otros trabajan desde el concepto de género (Araújo, Montserrat Ordóñez, Vittoria Borsó); algunos incursionan en diversos tipos de lectura y consignan la existencia de una narrativa en proceso de madurez y consolidación que anuncia un canon acorde con la época.15

En vísperas de un nuevo siglo: de la utopía al vacío

La insumisión en las expresiones de este fin de milenio se verifica en la diversidad de tendencias que algunos han definido en términos como recapitulación, eclecticismo y confusionismo e hibridación 16 , que implican una intrínseca heterodoxia expresiva del tránsito hacia el siglo =. La realización se expresa, como hemos atinado, en la reciprocidad de la conciencia histórica la urbana y de escritura que vertidas en la revisión, el cuestionamiento o el reintegro en la historia se dinamizan con la complejidad característica del hombre urbano y el caos de las ciudades, la metaficción y la autoconciencia escrituras. Así mismo, con las diversas expresiones y modos de vida y pensamiento en torno a la promoción del placer consumista surge la llamada literatura light, caracterizada por el énfasis en el entretenimiento inmediato, la lectura fácil y la poca o ninguna propuesta reflexiva y analítica.

Según las propuestas narrativas más recientes, se destacan la nueva novela histórica (alimentada por la historia, su revisión o su reinvención); la novela urbana y la de ciudad que recrean tanto el imaginario de las ciudades como la complejidad de su universo y sus habitantes; y la novela de experimentación y fragmentación formal, asumidas desde la metaficción, la autonciencia, el juego, la superposición o la recurrencia a modelos narrativos o culturales del pasado romántico y modernista. En el trayecto de los noventa estas tendencias se multiplican hacia el escepticismo, la frivolidad consumista y la preocupación testimonial, de la mano de las nuevas ciencias sociales, de la cultura light y de las representaciones urbanas del fin de siglo.

Nueva novela histórica: Asumida, como en el resto de América Latina, desde la idea de "reforzar la memoria" mediante la retrospección y la introspección, mirando hacia atrás en actitud de recogimiento, meditación, reflexión y toma de conciencia para entender el pasado en sus repercusiones en el presente, el nuevo narrador de ficción histórica o con base en la historia propone diversas alternativas ante un pasado vuelto a visitar.

Las estrategias varían de un autor a otro y tienen puntos de convergencia según la visión contemporánea del narrador ante el pasado. La mayoría relativiza las versiones oficiales y tradicionales de la historia, pone en crisis la autoridad tanto del historiador del pasado como la del narrador del presente, confronta textos oficiales en los archivos, en las crónicas y en diversas fuentes y los reactivan con estructuras actuales que dialogan con las formas del pasado recreado o al que se hace referencia y proyectan simultáneamente una doble visión: la de ayer y la hoy, sin la mediación del futuro. El resultado . proyecta la recusación del poder oficial ante o frente a la historia y la desmitificación de la misma. Al poner en crisis la tradicional "historia patria" se desentronizan figuras e ideologías ejemplares, se humanizan héroes, se caricaturizan o degradan valores y se ajusta a la retórica tradicional nuevas formas de escritura y de estructura narrativa.

Esto ha dado origen a una narrativa que recorre diversos períodos, momentos o personajes: la época precolombina, el descubrimiento, la Colonia, la Independencia, la República y el siglo XX, así como a las figuras de Bolivar y Manuelita Sáenz, en el caso colombiano.

Como indudables novelas neo-históricas escritas por colombianos deben tenerse en cuenta las obras de Germán Espinosa, cuyo énfasis en el pensamiento liberal es aprovechado como recurso para la reflexión analítica, y desde las cuales se reingresa al pasado, se le re-visita y se le re-conoce en sus períodos pre-cristianos, como en El signo del Pez (1990); en los coloniales como Los cortejos del diablo (1970) y La tejedora de coronas(1982); en la época de Bolívar como en Sinfonía desde el nuevo mundo (1987) y en los albores republicanos como en Los ojos del basílico (1993). Basándose en uno de los capítulos de la crónica El carnero de Rodríguez Freyle, Próspero Morales Pradilla recuenta la época de la Colonia en la plenitud del barroco criollo y recreando sus escenarios, vida y costumbres políticas, económicas, religiosas, morales y sociales, aprovecha la historia de una mestiza y la amplia en su novela Los pecados de Inés de Hinojosa (1986). La colonización alemana en las tierras de Santander, así como el pensamiento liberal, la presencia del comercio y de las costumbres, el sentido de la aventura decimonónica y determinados valores propios del ser romántico son replanteados por Pedro Gómez Valderrama en su novela La otra raya del tigre (1977), en la que prima la necesidad de recuperación a través de la memoria y la leyenda.

Los regresos al mundo precolombino pueden leerse en las novelas de Bernardo Valderrama Andrade El Gran Jaguar (1992) y Los del cielo (1993), respectivamente, que mediante la investigación antropológica, la búsqueda de fuentes y la visita al espacio geográfico permitieron la recreación de determinadas culturas americanas ubicadas especialmente en la Sierra Nevada de santa Marta. El conocimiento de aquella cosmogonía sirve de base para impugnar la función del descubrimiento y la conquista, a la vez que proyecta desde una erotizada lectura contemporánea, el imaginario de la época, las costumbres, creencias, mitos y formas culturales.

Alvaro Miranda, en la risa del cuervo (1992), propone una lctura diferente de la época de Bolívar y Manuelita, al recrearla fantasmagórica y esperpénticamente desde varias perspectivas: en una de ellas, los personajes son fragmentarios en sus cuerpos y en sus pensamientos y parecen provenir de la muerte; en otra, Humbolt lee un texto que contiene la historia de Manuelita, de José Félix Ribas y la suya propia destacando la correspondencia de fechas que aluden a la historia de América Latina; la lectura de este "libro grueso forrado en piel de carnero" se corresponde con la misma novela y establece una puesta en abismo de ella. En otra perspectiva están narradas las historias independientes de Manuelita y de Ribas, relacionados de manera diferente con Bolívar. Por otra parte se muestra el proceso creador de la obra leída por Humbolt en la relación existente entre David Curtis de Forest y Virginia Cuperman. Así mismo, de las anteriores se desprende otra posible perspectiva que propone la autoría de la novela, según el sentido alusivo del título y el desarrollo metanovelesco: el lector puede deducir que el poeta Edgar Allan Poe, autor de "El cuervo", es el'"verdadero iluminador", el origen de la fábula o es, ficcionalmente, el escritor de la misma. También es de reconocer que Seferino 'escribe' la historia en un cuadro exhibido en París y observado por el joven Bolívar. De los anteriores postulados y según lo narrado, la historia es tergiversada y parodiada en la interacción del texto literario y artístico, y la literatura se privilegia con la metaficción. Del mismo año es la novela Conviene a los felices permanecer en casa de Andrés Hoyos, donde un escritor ficticio se dirige burlescamente a momentos culminantes del siglo pasado.

Imaginarios urbanos: Si la narrativa de o sobre la historia cuenta cada día con más seguidores, la de realidades urbanas es más amplia y problemática, ampliando las perspectivas que abordaron en su momento Osorio Lizarazo o Caballero Calderón. La ciudad se traduce en la visión de un mundo complejo, asumido como una forma de vida y pensamiento; un verdadero campo donde'todos los caminos se cruzan' más allá de los escenarios urbanos. Su vivencia concentra la individualidad y la multiplicidad en las ideas, las creencias, las costumbres, las condiciones sociales y culturales y está identificada por personajes problemáticos, solitarios, escépticos y en muchas ocasiones abúlicas, cuyas expresiones se concentran en muchos casos en la música (rock, pop, rap, etc., en contraste con el tango o el bolero del mundo del arrabal y la ciudad provinciana). Si los cuentos y la novela de Andrés Caicedo abrían un universo dinámico, escéptico, cuestionador, crítico y problemático, la nueva literatura que aborda la experiencia urbana se hace acorde no sólo con el momento histórico del autor, sino con el del mundo contemporáneo. Pueden incluirse las obras de Nicolás Suescún, especialmente Cuadernos de N (1995); los libros de Pedro Badrán y sobre todo su novela Lecciones de vértigo (1993); Trapos al sol (1990) de Julio Olaciregui; las novelas de Evelio J. Rosero, además de los cuentos y novelas de Roberto Burgos Cantor, en cuyos espacios se entreteje la visión de las ciudades y de las mentalidades en transición de lo provinciano a lo urbano. El rumor del astracán (1991) de Azriel Bibliowcz, recrea por igual escenarios urbanos en la fase inicial de la masificación de las ciudades colombianas y la inmigración de judíos a causa de la segunda guerra mundial, con un análisis de la vida de la ciudad en la época aludida y los conflictos de desarraigo de una raza. Por su parte las novelas de Germán Espinosa pueden leerse no sólo desde su base histórica, sino desde sus escenarios históricos; así, Los cortejos del diablo y La tejedora de coronas son novelas urbanas cuyo espacio y mundo recrea a Cartagena como ciudad histórica en períodos específicos, de la misma manera que en Los ojos del Basilisco Bogotá está presentada como una ciudad del siglo pasado. Las novelas y cuentos de Luis Fayad, Moreno-Durán, Rodrigo Parra Sandoval, Fanny Buitrago, Alba Lucía Angel y Marvel Moreno, entre otras, dan luces sobre el dinamismo que se vive en la ciudad literaria y en la ciudad real, así como la ciudad nocturna, la amenazada por la moral del sicariato y el ajuste de cuentas y la policial que pueden reconocerse en Opío en las nubes (1993) de Rafael Chaparro Madiedo, En tierra de paganos (1993) de Darío Ruiz Gómez y La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, o Perder es cuestión de método (1997) de Santiago Gamboa.

La escritura, o de lo mínimo a lo máximo: Lo experimental y lo fragmentario cuyo énfasis radica en la autoconciencia, en la metaficción y la auto-reflexión, se despliegan en discursos que hacen trizas las formas novelísticas tradicionales. Toda la producción narrativa de R.H. Moreno-Durán y las novelas El álbum secreto del sagrado Corazón (1978) y Tarzán y el filósofo desnudo (1996) de Rodrigo Parra Sandoval, pueden ser buenos ejemplos, pues en ellas los autores aprovechan la investigación en documentos sociológicos e históricos, en los archivos y en otros de las nuevas ciencias sociales, para dar apoyo a sus visiones de la vida y el pensamiento contemporáneo y a los cuestionamientos con que impugnan a la tradición y la cultura. Recursos como la parodia, la intertextualidad, el juego, la reflexión sobre la escritura, el erotismo asociado a los cuerpos y al lenguaje, la superposición de planos narrativas y la alternancia temporal, se asocian a la escritura que se multiplica exigiendo un lector atento, dispuesto a seguir el reto de la comprensión y reflexión que la obra exige. De ninguna manera se debe desconocer la ruptura sostenida por estos dos narradores y mantenida procesualmente en toda la narrativa de Moreno~Durán, quien nos sirve de base para definir la relación existente entre la lectura máxima y la mínima que debe propiciar un texto que accede por igual a la tradición y su recusación, a la impugnación y la afirmación, a la documentación y la recreación, y a la exploración escrituras de la palabra, las estructuras novelescas y las históricas y culturales.

La multiplicidad: Mientras más nos acercamos al final de nuestro siglo las artes muestran el espíritu errante del vacío y las expresiones lo manifiestan como consigna y espíritu de nuestro tiempo. Habitantes de una época que testimonia la pérdida del centro y la paradoja de la plenitud del vacío, los escritores reflejan, caleidoscópicamente, la realidad del mundo y de la literatura en el movimiento inestable e inclasificable de sus expresiones: la convivencia de tonos, la arbitrariedad de determinados gestos, el énfasis en lo erótico y en lo lúdico, la burla, la irreverencia y la desacralización, lo popular y lo culto, lo selecto y lo kitsch, la voluntad de estilo, de desorden o de fábula, la multiplicidad fragmentada, la recusación de la historia y la trivialización del arte y de la vida, dan muestra de la diversidad cultural y de mosaico en que estamos inmersos.

Así por ejemplo, las parodias de Fanny Buitrago, Rodrigo Parra Sandoval, Andrés Hoyos o R.H. Moreno~Durán, afines a las versiones pictóricas de Marypaz Jaramillo y Beatriz González y a las de Andrea Echeverry en cerámica17, se conciben de tal manera, que al parodiar aprovechan elementos de la cultura de salón, de la oficial, de la popular o de la kitsch, y al articular la risa, la burla y el sarcasmo, interactúan con el contraste complementario de la ironía solemne identificada en las ficciones sobre la historia y las ideas elaboradas por Germán Espinosa o Bernardo Valderrama Andrade y la ironía bur lesca de Héctor Abad Facciolince o de Andrés Hoyos. Las apropiaciones culteranas y el repliegue constante del arte sobre si mismo, transmiten una poética y una erótica en las creaciones de Philip Potdevin y en los juegos intertextuales de R. H. Moreno-Durán y de Espinosa, que contrastan con la escritura autoconciente y metaficcional de Freddy Téllez, Álvaro Pineda Botero, Julio Olaciregui, José Luis Díaz-Granados, Jaime Alejandro Rodríguez y Francisco Sánchez Jiménez.

El vacío genera escenarios propicios en las obras de Evelio José Rosero y de Pedro Badrán y controvierte la conciencia de pérdida y la nostalgia por pasados literarios y fundacionales recreados en Eduardo García Aguilar y Ricardo Cano Gaviria. Los fantasmas culturales de este último, los de Mario Mendoza, los de Darío Jaramillo Agudelo y los de Álvaro Miranda se mueven entre la historia política latinoamericana y colombiana y la historia literaria, emulándolas o añorándolas en su valor intrínseco o caricaturizándolas en su visión tradicional.

Desde lo "retro" se intenta exorcizar el presente y buscar un pasado falsamente paradisíaco: Cano Gaviria, Jaramillo Agudelo y García Aguilar apuntan a diversos modelos culturales cuyo anclaje está en el mundo modernista. Su contraste se confirma en la nueva palabra regionalista, iconoclasta y de diatriba de Fernando Vallejo y en la caótica y vacua de Rafael Chaparro Madiedo. La memoria se hace nostalgia y rescata el pasado arraigado en la provincia donde la civilización moderna se torna en amenaza en Roberto Burgos Cantor o Arturo Alape, riñendo con el desencanto que prolifera en las obras de Nicolás Suescún, Luis Fayad o Carlos Perozzo, en quienes la abulia y el absurdo se acoplan a la sordidez desgarradora del presente.

La llamada literatura infantil sufre un quiebre en las obras de Triunfo Arciniegas, quien la pervierte y la dirige a un lector contemporáneo y escéptico, opuesto a los tradicionales efectos moralizantes, didácticos y felices. El microcuento o minicuento adquiere categoría desde lo absurdo, la cotidianía y la plasmación del instante en narradores como Harold Kremer, Jaime Echeverri o Juan Carlos Botero. La cultura aristocrática y de raigambre cortesana se opone a la de carácter popular y de la nueva mentalidad burguesa al oscilar entre los autores cultos o eruditos que tejen sus obras con regodeo intertextual y los que aprovechan ciertas realidades sociológicas, cotidianas, del ámbito urbano y de hombres corrientes, como puede verse en Moreno-Durán, Espinosa y Potdevin, entre los primeros y Fayad, Ruiz Gómez y Collazos, entre los segundos.

Últimos coletazos

Se ha edificado una nueva civilización que ya no se dedica a vencer el deseo sino a exacerbarlo y desculpabilizarlo:
los goces del presente, el templo del yo, del cuerpo y de la comodidad se han convertido en la nueva Jerusalén de los tiempos postmodernos.
G. Lipovetski

Entre el nuevo testimonio y el inquietante vacío: El mundo mágico y maravilloso que caracterizó a la narrativa de finales de la década del sesenta hasta los setenta y que fortaleció el universo de Gabriel García Márquez, aunque perrmanecen en su literatura se alejan, como las mariposas amarillas, por laberintos oscuros ahogando sus nostalgias en un universo donde reina la disolución de los valores, la presencia de ionalidad, la trivialidad y trivialización, la agonía y la degradación18 y conviven con los héroes caídos que se amparan en su condición arquetipal para, como en las novelas de Álvaro Mutis, hacer de la vida una gesta y una aventura rutinaria donde la desesperanza lúcida y una secreta sacralidad garantizan la permanencia en el absurdo, en la aventura vital y en el ya citado demonismo romántico.

La literatura y las expresiones actuales se interrelacionan tejiendo la muerte de los grandes ejes modernos (la revolución, las disciplinas, el laicismo, la fe en la técnica y el progreso) y al sepultar sus ídolos y sus proyectos, no otorgan sentido a su estado apocalíptico. Los jirones de la cultura se superponen y se desplazan entre un lenguaje y otro: los medios de comunicación alternan entre el documento periodístico y testimonial para ser retomados en la fantasía lúdica; la parodia grotesca, los estertores del "existencialismo", la nueva historia y el placer del texto y del cuerpo, demostrando también esa combinatoria. "La historia secreta de las naciones" lúdicamente se hace pública, la vida cotidiana marcada por nuevas formas de violencia pasa a las páginas de los diarios y de los noticieros a la novela o a otras formas híbridas, en las que impera la investigación, que como testimonio con elaboración literaria se presenta en los libros de Germán Castro Caicedo y en Ciudad Bolívar. Ia hoguera de las ilusiones (1995) de Arturo Alape. Los mitos se diluyen en realidades, las modas se yuxtaponen según las diversas estéticas (retro, grotesca, sublime, pastiche), dinamizando la intrascendencia y vacuidad de la mitología cotidiana contemporánea.

En este territorio de nuestra literatura, los escritores en su gran mayoría, se separan de los cánones de una tradición inmediata (la del macondismo y lo real maravilloso), de una anterior (la de la violencia rural, la regionalista y la de denuncia), y de los cauces de las utopías revolucionarias que alimentaron el deseo de cambio en América Latina, en su constante trato con las variantes de la vida actual, con la historia de nuestro país y del mundo contemporáneo.

Con la desaparición de los tiempos felices y de los héroes míticos que van detrás de los dioses, los ciudadanos de hoy entran en los tiempos infelices donde ni siquiera se observan las huellas de los dioses del pasado y donde los creadores se saben ajenos al autoritarismo y a la profecía.

Cómo no identificar esas patrias huérfanas en obras como La virgen de los sicarios; en los cuentos descarnados de En tierra de paganos; en algunos de los cuentos del libro anunciado y en preparación Adios Europa, adiós, de Oscar Collazos, del cual ha publicado los cuentos "Instrucciones para morir con papá" y "Soledad al final del coche cama" y su novela Morir con papá (1997) o en El resto es silencio (1993) de Carlos Perozzo. Cómo no reconocer la experiencia del vacío en las páginas de Un espejo después (1994) de Luis Fayad o en los escenarios absurdos y pesadillescos de Oniromanía (1996) el más reciente libro de cuentos de Nicolás Suescún, o en las versiones erótico-metaficcionales de los cuentos Los estragos de la lujuria (1996) de Philip Podtevin.

Cómo no vivenciar el contrapunto entre la intensidad de acontecimientos, de situaciones y de sistemas que se multiplican de manera cuestionadora en la narrativa paródica y burlesca de Rodrigo Parra Sandoval, vertida en Tarzán, el filósofo desnudo (1996) y el golpe de la vida y del arte en Primas personas (1993) de Francisco Sánchez Jiménez, o la fuerza del deterioro en La ceremonia de la soledad (1992) de Fernando Cruz Kronfly o la dimensión de la nada y el absurdo en Lecciones de vértigo (1995) de Pedro Badrán y en Señor que no conoce la luna (1992) de Evelio José Rosero o en novelas de apocalipsis como la premiada y citada novela de Rafael Chaparro Madiedo o La ciudad de los umbrales (1995) de Mario Mendoza.

Cómo, en este caleidoscopio, ignorar la sugestiva simplicidad de quien apela a un lector acostumbrado a los giros y las visiones real maravillosas que, ambientadas en un paisaje urbano cuyos imaginarios alternan lo inverosímil con lo trascendente y lo mítico (mitificable) con lo prosáico19 en Dulce compañía (1996) de Laura Restrepo, conviviendo con la incuestionable recepción al erotismo de Un vestido rojo para bailar boleros (1988) de Carmen Cecilia Suárez, o con la radiografía de un país signado por la violencia y la deshonestidad administrativa que desde los logros de la estructura policíaca de Perder es cuestíón de método, amplía la visión urbana (próxima a la experiencia de aprendizaje, búsqueda y desarraigo en el extranjero, explorada años atrás por Plinio Apuleyo Mendoza en Años defuga), que aporta Santiago Gamboa, autor de Páginas de vuelta (1.995), haciendo hincapié en la narrativa que ofrece una temática y una estructura para lectores dispuestos a la lectura entretenida en la que prima, antes que la complejidad vital o estructural, la anécdota de fácil seguimiento y la transmisión de determinada sensibilidad de nuestro tiempo. Esto contrasta con el retorno a la escritura epistolar que proyecta visión de época, situación, estructura y lenguaje, corno puede verse en Cartas en el asunto (1995) de R.H. Moreno-Durán; en la nostalgia por un mundo feliz (tal vez mejor, por una literatura feliz) que en Una lección de abismo (1991) de Ricardo Cano Gaviria, apela a 'la cotidiana imitación de Europa'; o las retrospectivas de un pasado cercano e irrecuperable que mediante la estructura epistolar y de diario, en Cartas cruzadas (1995) de Darío Jaramillo Agudelo, como lo había adelantado en La muerte de Alec (1983), relee el pasado cercano, reflexiona sobre la poesía y cuestiona las teorías literarias y enmarca, (sobre todo en su última novela) de manera catártica, el presente histórico con las consabidas crisis de valores y el resquebrajamiento de las utopías, relee el pasado cercano (próximo a la biografía del autor y su generación) y proyecta incertidumbre ante el futuro, estableciendo como principio revelador que lo literario se salva; así en La muerte de Alec la vida se sucede como en una sorprendente ficción de Felisberto Hemández y en la más reciente, uno de los personajes busca la escritura literaria en los modelos del más perfecto modernismo.

Renovaciones: Algunas tendencias renovadoras generan otra dinámica a este movimiento narrativo. La búsqueda en el intimismo del paisaje, de las evocaciones familiares y de las emociones humanas se expresa en la nouvelle Las hermanas (1994) de Iván Hemández, así como la intimidad más profunda en ¿Recuerdas Juana? (1 989) de Helena Iriarte. La participación y paulatina conquista de la narrativa de las mujeres produce en nuestro medio un interesante viraje que puede analizarse desde las varias tendencias: la revitalización de lo realmaravilloso reelaborada paródicamente por Fanny Buitrago en su novela Señora de la miel (1993) se une a las visiones críticas y burlescas de ¡Líbranos de toclo mal! (1989); los juegos entre la oralidad y la escritura se funden, en la narrativa de Marvel Moreno, a la recusación al sistema patriarcal; la intensidad emocional, el entrecruce temporal, la identidad y la memoria y los juegos narrativas, alternan en la citada novela de Helena Iriarte; el dinamismo crítico y analítico en los relatos de Ana María Jaramillo; la consolidación de una escritura erotizada en Carmen Cecilia Suárez y la exploración en el espacio propio en Colombia Truque, entre otras, demuestra diversidad de expresiones en la escritura femenina, estableciendo una clara ruptura con los parámetros convencionales que la relegaban a ser una sumisa y sensiblero 'guardiana del hogar'.

A estas tendencias se agrega la acción de mundos donde impera la actitud detectivesca y en ámbitos de posguerra en Debora Kruel (1990) de Ramón Illan Bacea, en La tragedia de Belinda Elsner (1992) de Germán Espinosa o en la mencionada Perder es cuestión de método de Santiago Gamboa; o la reanimación y renovación del cuento en escritores de diferentes generaciones: la conquista de la literatura negra en Roberto Rubiano Vargas y en Hugo Chaparro Valderrama; la creación de cuentos fantásticos de Mario Mendoza; la exploración narrativa de corte convencional de gran riqueza sugestiva en los de Julio Paredes; la rigurosa precisión de una escritura que como una pieza de reloj se ajusta en los cuentos de Juan Carlos Botero (ganador de los premios Juan Rulfo en 1986 y del XIX Concurso Latinoamericano de Cuento en México en 1990) que amplían sus propuestas de Las semillas del tiempo (1992) en Las ventanas y las voces (1998); y más recientemente la aproximación a la retórica neo-naturalista de los cuentos Cinema Arbol (ganador del Premio Nacional de Cuento, Colcultura, en 1995) del cartagenero Efraim Medina Reyes, cuya escritura y ambientación están determinadas por lo instantáneo, la injuria, el grotesco y la estética garbage emanada, sin duda, del lenguaje de Carlos Bukoski, donde la ironía escéptica pretende escandalizar sociedades pacatas y encierra la vivencia del vacío que contrasta con la infancia perdida y evocada.

En esta época en que la ruptura de las fronteras se impone, puede concluirse que la nueva ficción colombiana le ha dado su "adiós a Macondo" y se desdobla entre la ironía solemne y la lúdica, la nostalgia por un pasado irresuelto que se expresa en la estética del retomo, del absurdo, de lo sucio y truculento, de lo light o del vacío, la trivialización y el consamisnio, lo culteranista como retórica y erótica y determinadas incursiones que pueden leerse como literatura de género20. La indudable convivencia de narrativas (a la vez tensas entre la provincia y sus regiones con respecto al centralismo de la capital) oscila entre la seriedad, la reflexión, la solemnidad y la ironía, el hedonismo, la evasión y el periodismo que busca el espacio informativo y recreativo en las ficciones para, como afirma la escritora mexicana Rosa Beltrán, "involucrar al lector y situarlo en medio de la escena", al ofrecerle "la huida de la realidad nacional que cada uno lleva por dentro "21

La cuentística y la novelística se abren camino testimoniando su época a través de autores que en muchos casos logran ser, como diría Canetti, "sabuesos de su tiempo", al expresarse (o intentar hacerlo) con un lenguaje que espera ser apropiado para ello. Un lenguaje que dice, a la vez que sugiere y que construye un universo análogo a la realidad, o mejor, un universo que aspira no solo a simular la verdad sino a decirla en/y con todas las formas posibles. Para hacerlo, los escritores menos propensos al consumismo, la tentación por el best seller y el pacto con los efímeros medios de publicidad no buscan lectores convencionales, ni reivindican los regionalismos ni las visiones prometéicas y mucho menos los temas que se convierten en modas del momento sino por el contrario, en su postura de réplica analítica, crítica y contestataria, se acogen a la escritura y la lectura que desinstalan, a la temática que cuestiona, juegan con la realidad coti- diana, con la historia y con los principios normativos, dispuestos a descentrar y a problematizar.

Esas propuestas constatan, pues, la realidad de un mundo que apela a la actitud de revisión crítica, a la tentación por el vacío o la banalidad, evidenciando que "menos cosas se tienen por decir" (en gran parte sostenida por los medios y fortalecida por la traducción y el consumismo), en convivencia con la visión utópica de quienes apelan a la inmortalidad del arte y del artista, el misterio de la creación, la sensibilidad visionaria y el carácter profético, como en el caso del poeta y narrador Augusto Pinilla en su ensayo novelado El Inmortal Poeta (1995); o en el de Alvaro Mutis, quien apela a la necesidad de lo sagra do, al retorno a los mitos, a las culturas primitivas, a la nostalgia por un pasado premoderno marcado por los poderes jerárquicos, como en varias ocasiones lo ha afirmado y lo reiteró al recibimiento del premio Príncipe de Asturias en 1997; o como con insistencia lo propone Gabriel García Márquez al abogar por una literatura que 'salve' de sus horrores a la vida cotidiana al aportarle a ésta la visión de la fantasía y de la fábula. Los contrastes muestran y enfatizan la diferencia entre la literatura cercana al asunto crítico y contestatario que revela la ineficacia de los sistemas, la de temas que aspiran a lo universal y aquella de asunto frívolo que no teme a lo efímero y transitorio.

Como acabamos de ver, la narrativa se mueve en diversas direcciones en un constante deseo de modernización, actualización y legitimación de un nuevo lenguaje, con rupturas que implican la transgresión de convenciones literarias y la necesidad de regreso a otras. Las relaciones muestran la convivencia y/o la mezcla que superpone oralidad y escritura, registros literarios y no literarios, recreación de la cultura corriente y la cultura postinoderna (sub-cultura), música, plástica, folletín, cine, ciencia, etc., que obligan al lector a adoptar una actitud abierta, atenta y prevenida o desprevenida, según el caso.

Las palabras de Lipovetski aluden a esta diversificación que no sólo demuestra la crisis de las normas, sino las nuevas actitudes de los proyectos individuales: "Se acabaron los felices días del fin del siglo pasado y de principios del siglo XX en que el arte escandalizaba: ahora, las obras más desnudas, las más problemáticas, las más "mínimas" sobre todo éstas- tienen un efecto cómico, independientemente de su contenido"22 y en muchos casos, como reza en el epígrafe que introduce estas conclusiones " más anónimo y vacío es el efecto".

Aunque el parricidio a las figuras patriarcales no se ha dado de manera rotunda, varios autores se lajuegan al 'cambio en la noción de literatura'. La crítica debe consignarlo y los lectores aceptarlo. Cada vez se escribe menos a favor o a partir de los modelos y se reconoce a Gabriel García Márquez como el autor que definió una forma de escritura y concepción de mundo típicamente latinoamericano, ruralista y colombiano en la segunda mitad del siglo XX. Así mismo, se reconoce en Alvaro Mutis al escritor de una prosa limpia cuyo pensamiento poético y existencialista alimenta un imaginario de arquetipos universales que en su narrativa se extiende en las experiencias vitales y demuestra la aventura del héroe realizada en una existencia transitoria y falaz.


1. Para el mundo actual la edad de las profecías y de los mitos ha muerto, muy a pesar de que determinados personajes o situaciones que apelan a lo escatológico surjan de las cenizas, reafirmándose en obras de los 80-90, como en el caso de Maqroll, "puber eterno" que desde lo moderno cumple un itinerario sin sueño ni destino.
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2. Se percibe cierto "existencialismo" que en la más reciente narrativa de Gabriel García Marquéz, Héctor Rojas Herazo y Alvaro Mutis enfatiza el deterioro, la desesperanza, el erotismo y la muerte, desde cierto tono, especialmente en el último, marcado por el absurdo de postguerra y el demonismo romántico.
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3. Eduardo García Aguilar en varias ocasiones ha expresado su desacuerdo ante la persistente exaltación de algunos narradores del boom, al considerar algunos casos de herencia nefasta para la narrativa actual.
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4. Hay muy serios estudios académicos de Montserrat Ordóñez, Gilberto Gómez y María Graciela Calle sobre Soledad Acosta de Samper; lecturas contextualizadoras sobre Silvia y De Sobremesa, de David Jiménez, Héctor H.Orjuela, Rafael Gutiérrez Girardot, entre otros; estudios sobre Vargas Villa, de Consuelo Triviño y Gilberto Gómez; y sobre la obra de Arturo Echeverry adelantados por Augusto Escobar.
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5. Marshall Berman. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Bogotá: Siglo XXI Editores, 1991, p.p.. 1-27
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6. Para una ampliación de estas ideas véase: Guilles Lipovestski. La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama. 1986
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7. Samuel Jaramillo. "Cinco tendencias de la poesía post-nadaísta en Colombia. Gaceta. Publicación Literaria Universidad de Antioquia, año 2 No. 5, Abril-Mayo/ 80), p.22.
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8. Para una visión actualizada de la poesía colombiana véase el artículo de Henry Luque Muñoz: "Tendencias de la nueva poesía colombiana: una carta de navegación". Universitas Humanística, No. 43-44, año XXV, Ciencias Sociales, Univ.Javeriana, Bogotá. Enero-Diciembre, 1996, p.p.51-60
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9. R.H.Moreno Durán. "La narrativa colombiana ante el fin del milenio". Quimera, No.131/132, Barcelona, 1995, (p.p.32-35)
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10. Alvaro Pineda Botero. Del mito a la posmodemidad. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1990
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11. Jaime Alejandro Rodríguez. Autoconciencia y Posmodernidad. Metaficción en novela colombiana, Bogotá: Ediciones SI,1995. El ejercicio crítico de Rodríguez se efectúa también en sus ficciones, en las que se recrea el sentido de la obra literaria corno obra de autoreflexión y conciencia de escritura.
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12. Fernando Ayala Poveda. Novelistas Colombianos contemporáneos. Bogotá: Fundación Universidad Central. s.f.
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13. Isaías Peña Gutiérrez. La narrativa del frente nacional. Bogotá, Fundación Universidad Central. 1982
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14. J.E. Eduardo Jaramillo Zuluaga. El deseo y el decoro. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1995. Así también pueden consultarse sus artículos y reseñas publicadas en diversos números del Boletín cultural y Bibliográfico del Banco de la República y en las compilaciones de textos críticos incluidas en los volúmenes a los que se hace referencia en la siguiente nota
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15. Para un acercamiento a estudios y tipologías de la narrativa colombiana reciente consúltense los prólogos y los artículos incluidos en: Luz Mery Giraldo (comp) La novela colombiana ante la crítica 1975-1990, Cali: Fac.Humanidades, Bogotá: CEJA; 1994 Y Fin de siglo. Narrativa colombiana. Cali: Fac.Humanidades, Bogotá: CEJA; 1995. Igualmente los estudios sobre escrtioras colombianas incluidos en María Mercedes Jaramillo et al. ¿Y las mujeres? Ensayos sobre literatura colombiana. Medellín: Universidad de Antioquia, 1991 y los tomos de Literatura y diferencia, Bogotá: Universidad de los Andes-Editorial Santillana, 1995. Así mismo, para una revisión de las últimas tendencias del cuento, consúltese las antologías de: Eduardo García Aguilar, Veinte ante el milenio: Biblioteca familiar Presidencia de la República, Bogotá: 1997; y de Luz Mary Giraldo, Nuevo cuento colombiano: (Selección y prólogo), México: Fondo de Cultura Económica, 1997, y Ellas cuentan, Santa Fe de Bogotá: Planeta- Seix Barral, 1998
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16. Para una ampliación de los conceptos véase: Víctor Guédez: "Los ochenta, los noventa y el tránsito hacia el siglo XXI". Universitas Humanistica, No 39, año XXIII, Universidad Javeriana, Fac. Ciencias Sociales, Bogotá, enero-junio 1994, p.p. 43-49. Guédez reflexiona sobre el arte actual y la acumulación de visiones heterodoxas, relacionando la multiplicidad y el agotamiento con diversas formas de recapitulación. Para estudiarlos ve en ellos el juego esclarecedor entre recapitulismo, revivalismo, derivalismo, eclecticismo, confusionismo, recesionisrno, apropiacionismo, casualismo, caducismo, etc
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17. En las artes plásticas recientes es donde más se evidencia lo iconoclasta y contestatario. En el caso de las tres autoras mencionadas la reflexión sobre el desgaste de los mitos y la ineficacia de los valores tradicionales aniquilan toda posibilidad de nostalgia y de actitud pasiva. Son famosas las versiones burlescas de Beatriz González en las que las figuras de nuestra historia política, los estandartes y los emblemas han descendido de sus convencionales pedestales para tomar un lugar entre los objetos cotidianos y populares: las camas y las sillas albergan al presidente, a los símbolos, a los personajes destacados, a los valores oficializados, popularizándolos y aprovechando sus elementos, sus símbolos y su policromía. María de la Paz Jaramillo se acerca a los estereotipos de la burguesía caricaturizándolos en fuertes pinceladas que logran una Visión lúdico-grotesca de su mundo. Las cerámicas de Andrea Echeverri son el resultado de un trabajo en relación con la cultura urbana popular, en lo kitsch, en sus motivos y su condición naif, que transmiten una dualidad tierna y agresiva a través de sus temas, colores e ¡conos que recorren imaginarios de las ciudades: corazones atravesados por espadas o rodeados de cupidos o ángeles inocentes, candeleros-calaberas, portarretratos con imágenes de San Antonio (patrón de novias), lámparas-vírgenes del Carmen (patrona de conductores), imágenes del romanticismo francés superpuestas en vajillas y flores, Adán y Eva en el paraíso rodeados de lúdicas serpientes. etc.
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18. Véase: Gabriel García Márquez. Diatriba de arwr contra un hornbre sentado y Doce cuentos peregrinos
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19 . La novela, traducida a varios idiomas y con enfoque diferente al de La isla de la pasión, ha sido considerada por algunos lectores en la línea de la llamada literatura liqht y por otros dentro de aquellas tendencias de escritoras que aprovechan efectos heredados del garcíamarquismo. Álvaro Mutis, en su presentación en México (junio 10 de 1997), reconoció la seriedad de las exploraciones en lo sagrado y destacó la capacidad persuasiva de la invención fresca que permite un efecto participativo, ya que 'el planteamiento que se hace en el libro pertenece al gran estilo de las novelas de todos los tiempos, que es plantearle al lector, casi entrando, una situación absolutamente impredecible, que ni se la espera el personaje, ni tampoco el lector.'
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20. Aunque no todas las escritoras pueden considerarse cultoras de esta tendencia, es frecuente en este tipo de literatura el aporte temático que prevalece sobre el formal y el estético. Llaman la atención por la diversidad de propuestas a nuestra narrativa las obras de estirpe urbana de Helena Araújo: de agudeza crítica de la periodista Silvia Galvis: las de Carmen Cecilia Súarez: la diversidad temática de Flor Romero alrededor de lo histórico, lo social, lo infantil y lo mítico, la capacidad investigativa y periodística en las novelas de la escritora Laura Restrepo. La profundidad vital en los cuentos de Colombia o de Sonia Truque, las visiones sobre la violencia y la política en Alba Lucía Angel, la penetración en lo coloquial. regional y psicológico de la narradora Susana Henao y t-n Cecilia Caicedo, así como la sugestión del lenguaje narrativo de Marvel Moreno tanto en sus dos libros de cuentos Algo tan feo en la vida de wia señora bien (1980), El Encuentro y otros relatos (1994) como en la novela En diciembre llegaban las brisas (1982). Es de resaltar el continuo trabajo narrativo de Fanny Buitrago, exploradora del lenguaje paródico y folletinesco, de las realidades urbanas y de la mentalidad burguesa.
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21. Rosa Beltrán. 'No todo lo que relumbra es periodismo". Tinta li'resca, Cámara Colombiana del Libro, Vol N' 4, Bogotá, agosto de 1997, (pp. 11-15). Al hacer una revisión sucinta de los narradores colombianos que en la segunda mitad de este siglo han participado en el periodismo o se han 'formado literariamente' en éste hay que reconocer, entre otros, autores como Alvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Plinio Apuleyo Mendoza, Germán Santamaría (de quien no debe ignorarse No morirás (1992) llevada a la pantalla chica (1997) en la que aprovecha como base un episodio doloroso de nuestras catástrofes nacionales), Silvia Galvis, Laura Restrepo, Santiago Gamboa, Alonso Aristizábal con su reconocídísimo No nacimos pa' semilla (1990), y Germán Castro Caicedo (quien merece un estudio más cuidadoso y un análisis de sus truculencias literarias no exentas de valor informativo de gran acogida entre sus lectores y editores, pues su trabajo puede considerarse, en términos de la autora que citamos, propio del periodista que "no se conforma con escribir una novela", pues "quiere contar lo que ocurre", ya que el mundo "es lo que ocurre' (p.12).
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22. Lipovetski. P.163
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