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Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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La violencia desde la palabra


Alvaro Pineda Botero: La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. (1605-1931)


Manuela (1858)

Con excepción de El desierto prodlqioso y prodiqio del desierto (1650 - 1673) publicada a partir de 1979, tal como vimos en la parte primera de este trabajo, no se conocen otras novelas colombianas de la Colonia. Tampoco se conocen novelas de la época de la Independencia: comenzaron a publicarse en la década de 1840, ya en la República. En consideración a sus méritos literarios y a su carácter auténticamente nacional, Manuela, escrita en 1856, es, sin duda, la obra más acabada y de mayor importancia de estos primeros años fundadores. Su autor, Eugenio Díaz Castro (Soacha 1803 - Bogotá 1865), escribió también cuentos y cuadros de costumbres1 y con José María Vergara y Vergara fundó el periódico cultural El Mosaico. En este órgano apareció Manuela en varias entregas a partir del 24 de diciembre de 1858, precedida de un prólogo de Vergara y Vergara. La segunda edición tuvo lugar en París, después de la muerte del autor (Garnier Hermanos, 1889, en dos volúmenes). Desde entonces se han publicado varias ediciones.

La aceptación de la obra, sin embargo, fue lenta. Como se ve por las fechas mencionadas, pasaron treinta años entre la primera y la segunda edición, siendo la primera en un periódico que, por las circunstancias de la época, tenia una circulación restringida. Jorge Isaacs tuvo conciencia de su importancia; afirmó, poco después de su primera edición, que Díaz es «el primero de nuestros escritores que después de haber vivido en intimidad con la clase pobre y desvalida (... ) la ha estudiado y descrito»2. Salvador Camacho Roldán, en el prólogo de la edición de 1889, resalta sus aspectos ideológicos, la crítica social implícita en las descripciones y los elementos políticos. Afirma que Díaz era conservador, detalle de importancia para comprender mejor el debate ideológico que comporta la novela. Con el paso de los años el prestigio de la novela se consolida y su aceptación se generaliza3

Es una obra típica postcolonial4: no olvida los tópicos, valores y estrategias de la tradición española, pues a ella pertenece, pero procura reformularlos y logra repudiar algunos o desplazarlos. Asi, su posición frente a España es híbrida y negociable. De alguna manera ataca el eurocentrismo, pero no puede superarlo, lo que se evidencia en el debate permanente alrededor de la religión católica y en la búsqueda de influencias europeas diferentes a las españolas. En el aspecto literario encontramos alusiones directas o veladas a El Quijote entre los clásicos, a Espronceda y Zorrilla entre los románticos. Es muy fuerte la influencia del género costumbrista, tan en boga en España y en América. Demóstenes, el protagonista, afirma que «los cuadros de costumbres son el suplemento de la historia de los pueblos» (p.314)5, se confiesa practicante del género y, con frecuencia, la trama se demora para dar cabida a su descripción. Pero acude a otras fuentes no españolas, como las novelas ivan hoe (Edimburgo, 1820) de Walter Scott (1771 - 1832) y los misterios de París (1 843) de Eugenio Sue (1 804 - 1857), mencionadas directamente en la trama, lo mismo que a las Cartas Persianas (1721) de Montesquieu que, como se sabe, tuvieron gran influencia en autores españoles como José Cadalso. Se cita Los viajes de Marco Polo y a «Jorge Juan», seguramente Jorge Juan Santacilla, famoso autor científico de finales del siglo XVIII. En el argumento encontramos ecos de Los novios (1 825 - 182 7) de Manzoni, tanto en la historia principal de Manuela y Dámaso como en una de las historias intercaladas, la protagonizada por Rosa y Celestino. Otra forma de validar un pensamiento propio, aunque incipiente, es la mención de periódicos nacionales de la época, como La Gaceta, El Tiempo y El Porvenir, estableciendo con ellos vías de intertextualidad y resaltando la vigencia de ciertas ideas debatidas por entonces en el país.

La trama

Los hechos de la trama ocurren entre el 5 de mayo y el 20 de julio de 1856; así, el tiempo de la narración coincide con el de la escritura, lo que le da un carácter testimonial. Demóstenes Bermudez, joven ilustrado de Bogotá, quien ha viajado por Estados Unidos y Francia y novio de Celia Jiménez, una muchacha distinguida de familia conservadora de la capital, pertenece políticamente a los «gólgotas», una de las facciones en que estaba dividido el partido liberal (la otra facción era la de los «draconianos» o «radicales»). Llega a una población de clima cálido que dista un día de viaje de Bogotá, en las estribaciones de la cordillera oriental, hacia el río Magdalena, cuyas tierras se dedican principalmente al cultivo y beneficio de a caña de azúcar (panela, mieles y guarapo) y fundada, según la novela, hacia 1750. Este pueblo no aparece con su nombre propio, sino aludido como «la parroquias, pero algunos críticos han identificado en él la población cundinamarquesa de Mesitas del Colegio, en la antigua provincia del Tequendama, bañada, como «la parroquias, por las aguas incontaminadas (en aquel tiempo) del río Funza o Bogotá. Por cortos espacios la trama se traslada a la sabana de Bogotá y a otro pueblo, Ambalema, famoso en aquella época como centro de la explotación y exportación del tabaco, localizado en el valle del Magdalena, a dos días de viaje desde la parroquia, por los caminos de entonces. Se mencionan otros pueblos como Guaduas, por su presidio y Cáquesa, por sus trapiches, v el camino utilizado para ir de Sogamoso a la región de Antioquia, por el nevado del Ruíz. Éstas y otras menciones dan a la novela realidad geográfica y espíritu realista y nacionalista, propios de una obra postcolonial.

Demóstenes se aloja en la casa de Manuiela, una joven carnpesina de 17 años, bella, inteligente y despierta, con quien sostiene extensos diálogos, a través de los cuales el lector conoce los antecedentes y circunstancias de muchos de los parroquianos. Ella está prometida a Dámaso Bernal, un joven que labora en Anbalema. Otro de los personajes centrales es Tadeo Forero, draconiano, quien mantiene a la población en estado de zozobra. Es un típico «tinterillo», que por ciertos manejos ha cobrado dominio sobre los jueces locales: falsifica documentos, acude a testigos falsos, calumnia e inicia procesos judiciales temerarios para hundir a las personas de bien que se interponen en su camino. Siguiendo órdenes secretas de la capital se apresta a manipular las próximas elecciones. Varias jóvenes han sido víctimas de sus abusos, principalmente Cecilia- ahora acosa a Manuela. Este acoso, mezclado con las intrigas políticas y la presencia de Demóstenes, hace que Manuela se convierta en el centro de la trama y que a su alrededor giren los demás personajes, justificándose así el titulo de la novela.

Otros personajes son el cura, que en política defiende ideas conservadoras, pero que alardea de sus conocimientos científicos y botánicos (p.32); los propietarios de haciendas s trapiches Eloy, Blas, Cosme, Matías, que representan el poder económico; Dimas y Elias expertos cazadores y baquianos de montería. La situación se complica en vísperas de las elecciones, porque las personas toman partido por uno u otro bando. La novela termina de manera trágica. Demóstenes ha viajado a la capital para reconciliarse con su novia, abandonando a Manuela a su suerte. Tadeo y sus secuaces incendian el templo, para evitar el matrimonio de Manuela y Dámaso. Muere la joven y la población es invadida por las tropas del gobierno que vienen a controlar «la revolución».

Demóstenes es caracterizado como «caballero» o «cachaco». Viaja acompañado por un criado de raza india, José Fititá, y por un perro fino, «Ayacucho». Un arriero trae sus pertenencias, consistentes en ropas y libros. Al comienzo no está claro cuál es el motivo de su viaje; quizá sea víctima de persecución política, teme algún atentado, o simplemente desea dedicarse a la observación científica del medio ambiente, la geografía y las personas. Más adelante se descubre su interés por obtener votos: ya cumplió como representante a la Cámara por su partido y ahora pretende ser Senador (p. 297). Sus maneras son «educadas», y trata a las campesinas como si fuesen grandes damas de la capital. Manuela, en especial, se burla de este trato, impropio de las circunstancias. Está descrito, además, como un idealista, que piensa que basta cambiar la Constitución para que reine la igualdad social. Dice luchar «por la soberanía de la mujer», no pierde oportunidad de ayudar a los humildes, mantiene un discurso erudito, de tendencia liberal, laica y humanitaria y se queja de que en la parroquia se malinterpreten las buenas intenciones de los legisladores. Asiste a reuniones y certámenes con el ánimo de documentarse para escribir sobre las costumbres y caracterizar las distintas razas y culturas. Colecciona y estudia la fauna y la flora y mantiene con el cura extensas conversaciones sobre los adelantos de la medicina, las propiedades saludables del tabaco y sobre el sistema óseo de los micos en comparación con el de ciertos humanos (pp.87, 190, 314). Se interesa también por unas piedras grabadas con caracteres indígenas (p.65). La aplicación de sus ideas lo lleva a cometer arbitrariedades: pretende impedirle a su novia Celia que practique el catolicismo, con grave deterioro de sus relaciones; no tolera ciertas costumbres, como la de «bailar al muerto», reclamándole al cabildo y al cura "mano dura en estos casos". Está convencido de poseer la "verdad" y pretende imponérsela .los demás. Sus ideas con tan excluyentes y autoritarias como ciertas formas de gobierno que pretende combatir. Este liberalismo utópico e intransigente, de ribetes ilustrados, científicos y socialistas, fue característico de algunos programas políticos de la Colombia del siglo pasado.

En realidad, el narrador, exagera la caracterización de Demóstenes llevándola hasta lo ridículo: se empeña en difundir su pensamiento "libresco" entre los campesinos, con términos técnicos y apreciaciones que sus oyentes no alcanzan a conprender. Se perciben entonces ecos de El Quijote: Demóstenes, como don Quijote, le predica a unos sanchos y éstos repiten sus palabras finas por juego o burla. Si dice "aberraciones" su criado repite "herraciones" (p.32). En una visita que le hace a Clotidle, la hija de don Blas, el rico propietario del trapiche "El Retiro", Demóstenes, a pesar de su maneras elegantes, torpemente unta con carbón las manos a Clotilde, mata sus guacharaca preferida, ensalza a la criada con el título de Señora, se presenta en el comedor con retraso y firma el cuaderno de la sal como sí fuese el libro de visitas de un castillo(p.121). En éste y otros pasajes, tales torpezas le dan un carácter irónico o caricaturesco, configurándose una crítica hacia la ideología liberal: es tan perfecta y sublime que no hay que pensar en aplicarla en este medio "primitivo". Al ridiculizar a su protagonista, Díaz ridiculiza a toda una clase social, sobre todo capitalina, y a toda una ideología política.

La burla, la v parodia y la caricatura van más allá: es paródico el diálogo entre Demóstenes y el cura sobre el género costumbrista (p.344), pues en él se perciben ecos entre serios y burlescos del diálogo que sostuvieron el Canónigo de Toledo y el género de caballerías. En un episodio de cacería, Demóstenes contrata los servicios del mejor cazador y montero de la parroquia, ñor Dimas, quien no sólo se extravía en el monte sino que termina ridículamente colgado de una soga que ha puesto como trampa otro cazador (cap.VII)

De otro lado, las relaciones entre Demóstenes y Manuela son de acercamiento y coqueteo. Ella admira su caballerosidad, su distinción,en el trato, su porte elegante, sus conocimiento y su dinero. El en ella su viveza, su belleza, su espontaneidad Los diálogos asumen un carácter cariñoso e intimo, situación que se facilita porque él vive en casa de ella, a modo de pensión A él le gusta verla caminar, porque ella «tenia gentileza en su andar, belleza en su cintura y formas, que a favor de su escasa ropa, se dejaban percibir como eran» (p.40). En una sesión de baile, Demóstenes le propicia caricias intimas; ella se queja de «cosquillas», pero no rechaza de manera tajante la situación (p.96). El narrador llega a utilizar frases aún más sugerentes «sus manos estrechaban con dulzura los miembros palpitante de (la) beldad» (p.99). En otra oportunidad ella desciende d un zarzo y «se fue dejando resbalar para que la cogiese do Demóstenes» (p. 1 71). A cada paso el lector espera una escena pasional entre Demóstenes y Manuela. Al final, Demóstenes se confiesa enamorado de ella y de inmediato se dice: «es preciso partir» (p.440) y, en efecto, abandona la parroquia. Sus relaciones con Manuela no pasaron de un filtreo ingenuo e inocente. La conciencia de clase y sus ambiciones políticas pudieron más que el deseo. Demóstenes regresa con Celia, su prometida, para efectuar posiblemente una unión de conveniencia, y desoye los dictados de su corazón. Al manejar de esta manera la trama amorosa, el autor no sólo se aparta del patrón romántico, sino que añade un elemento más de ironía y de crítica a este personaje «cachaco»: a pesar del humanismo que pregona y de su interés aparente por los humildes, privan en él las consideraciones económicas de carrera y de abolengo.

Costumbrismo y multiculturanismo

Muchos críticos han subrayado que el rasgo más destacado de la obra es el costumbrismo. Yo agregaría que también el multiculturalismo y la diversidad. El autor busca, a través de la palabra, apropiarse de una realidad que es multiforme. Demuestra avidez por signos fundacionales de lo patrio e inclinación científica al querer caracterizar, describir, clasificar personas, comportamientos, tradiciones, lenguajes, entornos geográficos, las formas de la tenencia la flora y la fauna, los tipos humanos, las formas de la tenencia de la tierra, la agricultura, el comercio y la administración local, la ajusticia y demás instituciones políticas. También hay un propósito didáctico, pues explica el beneficio de la caña, ciertos usos como el de las babuchas (p.265) y define términos del habla popular como el de la "zurriaga" o perrero (p.234) y el de "sestear". (p.236)

En general se exageran los contrastes para mejor comprender los caracteres. La suma de los varios propósitos individuales produce un gran propósito político y nacionalista: se trata, en último caso, de definir una identidad nacional; de ahí su importancia fundadora v postcolonial. El autor busca establecer aquello que subyace bajo tanta diversidad. Según palabras de Eloy, uno de los estancieros, la identidad estaría basada en «idioma, partido y raza» (p.302), aunque no explica cuál idioma, cuál partido, ni cuál raza. En todo caso y tal como explicaré más adelante, el autor sacrifica la fluidez de la trama y la armonía estructural, para describir la diversidad de costumbres, ideologías y tipos humanos.

Así conoce el lector detalles de la vida en las posadas de los caminos de entonces, con abundancia de insectos incómodos para el viajero, como los «chiribicos», la comida miserable, la falta de aguia potable, matizadas estas incomodidades por la hospitalidad sencilla y espontánea de los campesinos. En los grabados que decoran las paredes de sus casas se trasluce el gusto por el sosiego pastoril, tan alejado de sus vidas. Describe los ambientes de las casas de las haciendas (la cocina, el aposento, la troje del maíz), las comidas y usos culinarios, la mistela y la mantecada, la preparación de fermentados, ciertos vestidos populares (como el chingado de las mujeres' p.265); el comportamiento de los animales domésticos: los perros Ayacucho y Guarapo, la marrana de Manuela que estuvo a punto de causar una «revolución», la Perla, una mulita resabiado víctima de la más atroz golpiza en el trapiche (p.204), los toros finos de la sabana de Bogotá, Chamicero, Salitre y Tintal (p.323) y sus bramidos lastimeros cuando huelen la sangre de una res sacrificada.

Describe también ciertos oficios: la cacería de animales salvajes, en especial de «cafuches»; el de las lavanderas; el de guardián, cuya misión consiste en ahuyentar los pájaros y demás animales que invaden los sembrados; el de los cargueros de caña en los trapiches, cuya vida está muy cercana a la de los esclavos. A este respecto, le dedica una larga digresión a «el día del gasto», cuando los peones y peonas reciben su paga y ese mismo día se la gastan en juegos, baile y borrachera. Las jóvenes campesinas, apenas adolescentes, condenadas a servir en los trapiches «para el beneficio de sus amos», son entregadas a la peonada para que se divierta, abuse de ellas y luego las repudien.

Habla de los bailes populares como el torbellino, el bambuco y el bolero; instrumentos como el tiple, la guacharaca y el alfandoque; los certámenes de trova; los actos sociales por motivo de casorio o muerte (velorio del hijo de Pia) y, sobre todo, las fiestas del carnaval, que tienen lugar por el mes de junio con motivo de la celebración del día de San Juan. La descripción es interesante porque realza el proceso de sindéresis cultural con base en elementos católicos, paganos y de la tradición negra. Hay bailes y borrachera, baños en los arroyos al amanecer para celebrar la salida del astro rey en la mejor tradición bucólica, y juegos como el del sacrificio del gabo, que consiste en enterrar un gallo vivo hasta el cuello y luego descabezarlo con un palo, así como «Judit cortó la (cabeza) de Holofemes» (p. 347). Quien lo logre con los ojos vendados gana un premio. Luego desentierran los cuartos sangrantes y se bañan en sangre unos a otros.

El hábitad intocado; civilización y barbarie

Para el lector de este final del siglo XX, la novela comporta un encanto adicional, al comparar el hábitat que hoy conocemos con el que se gozaba en aquella primera mitad del siglo XIX: las aguas del río Funza eran cristalinas y en ellas se bañaban los ribereños y las bebían libremente. La naturaleza era primitiva virgen v estaba adornada de una maravillosa diversidad, tanto en plantas como en animales. En pocas páginas el lector ve desfilar micos y pericos de muchas clases, guacamayas, guapas, corcovados, paujiles, pechiblancos, catarnicas, toches, lulúes, arditas perico-ligeros,y hasta venados y tigres. La lista podría establecerse también respecto de los insectos, las serpientes y las plantas.

La riqueza del entorno es tan abundante que nadie piensa en conservarla. Más bien es vista como un lugar salvaje y primitivo, como una molestia, como algo que puede y debe ser destruido. El mismo Demóstenes sale de cacería, le dispara a cualquier cosa que se mueva en la selva y, en varias ocasiones, desperdicia el resultado de la cacería. En todo caso, la descripción minuciosa del entorno le da a la narración un tono local y es una forma de apropiación del tópico clásico del locus amoenus.

En la novela El desierto prodigioso se recurre a este tópico con frecuencia y, según vimos, comienza a aparecer en él elementos americanos. En Manuela el tópico ha sido plenamente amerizanizado. Muchos lugares son descritos con frases del siguiente tenor: "bosque pequeño de caracolíes", "un pequeño arroyo tan cristalino que se veían los pescados", "graciosos palmitas", "fruto agridulce muy aparente para quitar la sed" (p.232). En otras ocasiones el topo se desarrolla de manera mucho más completa:

La salida del sol fue anunciada con un concierto universal de todas la aves: toches, cardenales, guacharacas, papagayos y azulejos. Un nuevo día es, sobre todo en la tierra caliente, un espectáculo que hace comprender la omnipotencia infinita de Dios. Las flores que se presentan a la vista son muchas, y sus colores y figuras admirables: las orquídeas de distintos colores las flores del batatillo blancas, amarillas, y moradas, de las cuales la blanca no pasa de las nueve del día, y otras mil que la vista no alcanza a abarcar; todas forman sobre el fondo verde de las hojas labores tan primorosas que sólo el pincel de la naturaleza ha podido dibujarlas. A la luz soberana del astro día, que se levantaba para recorrer la bóveda azul de los cielos, presenciaba Manuela todas estas bellezas y daba gracias a Dios por su existencia (p.231)

Encontramos alusiones paganas al sol, cristianas a Dios, barrocas al «pincel», otras científicas y clasificatorias propias de la Ilustración. Esta naturaleza maravillosa subyace a lo largo de todo relato. En ocasiones, al combinarla con la presencia de las bellas parroquianas o en los baños matutinos del carnaval, se evidencia otro tópico clásico, el de Diana Cazadora.

Otro elemento destacable es la manera como el material del bosque y la naturaleza se supedita a las jergas de las artes y la ciudad, según la tradición europea: se habla entonces de «teatro», «drama», «decorado», «bastidores», de los campesinos como «actores» o «actrices»; «primer papel», «agreste cuadro», «concierto», «espectáculo», «historia», «columna vegetal», «capiteles», «bóveda», «cúpula de aquel soberbio templo de la naturaleza» (p.34), del ruido del agua del arroyo con el «rumor venerable (... ) de la pila principal de un convento» (p. 78), de las hojas de papayo como «paraguas»; se afirma que el cazador ñor Dimas «era poeta» porque a su paso el bosque es descrito como «poesía sublime», «hermosura de los gigantes vegetales», «sombra deliciosa», «silencio inmutable» (p.247). El poeta es, en realidad, el autor, quien proyecta estas sensaciones y esta terminología en su personaje. Al usar tales términos para describir la naturaleza, podemos identificar un propósito «civilizador».

La descripción de la hacienda La Esmeralda, en la sabana de Bogotá, comporta un tono diferente, pues enfatiza el logro que el trabajo tecnificado ha tenido sobre la naturaleza inculta:

los señores (la) encontraron convertida en una joya de mayor precio, después del invierno de abril. Los potreros de cría estaban verdes completamente, merced a la exuberancia y la frescura de las dramas, y habla uno de color amarillo anaranjado, por estar cubierto de las flores de la pacunga, a causa de haberse barbechado dos años antes ( .. ). El triqal era un horizonte de verdura (..) y la ondulacidn de los vientos lo hacía figurar como un mar cuyas olas se mecen con poca fuerza ( .. ) Los ganados mugían, satifechos del alimento diario. (p.136)

La naturaleza asi descrita, en todo caso, ya no es el lugar propicio para la felicidad y el amor, sino el territorio de la desgracia. Aquí surge una interesante contradicción. Las bellas muchachas (que a veces parecen encarnar a las bellas pastoras de antaño), Manuela, Pia, Rosa, son acosadas, violentadas y tendrán vidas y muertes dolorosas. Dice el autor: «nuestras dos heroínas estaban sufriendo los resultados de los grandes crímenes, sin haber disfrutado los goces de los pueblos cultos, que es lo que sucede cuando se desmoraliza a los pueblos antes de civilizarlos» (p.196).

En esta forma, el autor efectúa un constante contrapunto con paradigmas bien conocidos: arte - naturaleza; Roma o París - América; ciudad - campo; civilización - barbarie. La belleza del lugar ameno se ha tropicalizado, se le ha dado un contenido romántico y científico, se ha convertido en teatro y comporta un aire mágico o fantástico: «no creemos que el arte haya superado nunca en los mejores teatros de París o de Roma las decoraciones del que nos ocupa. Solamente la naturaleza silvestre de América puede ofrecer esta clase de adornos materiales» (p.335).

La estructura general del relato está, pues, montada en oposiciones binarias, reflejo de un intenso choque cultural y de una intensa búsqueda de identidades. La llegada del «cachaco» a la parroquia puede simbolizar la Negada de una incipiente modernidad a este entorno tradicional. Demóstenes, quien conoce las «maravillas» de Estados Unidos (posadas cómodas, ferrocarriles), aporta nuevas ideas, costumbres «civilizadas» e, inclusive, le enseña a Manuela bailes europeos, que ya se conocen en la capital, como el strauss y la varsoviana (p.96). Al referirse a los métodos primitivos para el beneficio de los productos del campo, afirma que en Bogotá hay 10 imprentas, pero no has una sola trilladora, contrario a Estados Unidos donde hay más trilladoras que imprentas (p. 146), lo que implica una crítica al exceso de letras y enidición «inútil» que se respira en el país y,, en especial, en Bogotá, en detrimento de los avances de la técnica.

Las visiones de mundo (paradigmas) de Demóstenes y Manuela (la mentalidad científica frente a la tradición; la escritura frente a la oralidad) quedan en evidencia cuando Manuela «arregla» el escritorio de trabajo de Demóstenes, y pone en «montoncitos» sus colecciones de plantas y animales disecados y sus tarjetas de citas de lectura (p. 122). Esta técnica de subrayar, no las similitudes sino las diferencias, se repite con frecuencia. Se contrapone el espiritismo «moderno» con las creencias tradicionales sobre la resurrección de los muertos (p.370), la posición ilustrada sobre el amor y el matrimonio y la tradicional católica (cap. XXI).

El espíritu sedentario y de rutina de los habitantes de la parroquia se resalta al contrastarlo con el de otra población calentona, Ambalema, famosa en la época por el cultivo de tabaco para la exportación, por su aire licencioso y multicultural. En la parroquia hay multiculturalismo, pero en Ambalema éste es mucho más acentuado. A pesar de rodar allí el dinero, las casas son de paja y no hay hospital; la justicia está al arbitrio de los ricos y las gentes están de paso: anhelan hacer dinero para regresar a sus regiones. Entre tanto reina la lascivia, el baile y la borrachera (capítulo XX). El contacto con la cultura exterior no le ha traído felicidad a este pueblo.

Hay contraposición también entre la cultura calentona (la Parroquia y Ambalema) y la de tierra fria. Cuando asiste al entierro de un niño (el hijo de Pia), Demóstenes describe y compara mentalmente el rito calentano con el que se hubiera llevado a cabo en Bogotá, en situación parecida y ambos dentro de la religión católica (p.365). Compara también los camposantos (p. 3 73), la agricultura y la tenencia de la tierra (cap.XII). La descripción se detiene en los tipos humanos: las peonas de fierra fria, Dolores Gacha, de raza indígena y Francisca Rubiano, de raza blanca, pero de padres empobrecidos, tímidas y recatadas, contrastan con la desenvoltura de Manuela y otras «Calentanas». El propósito de estos contrastes es, en primer término, resaltar el choque entre «la alta cultura», inmersa en la tradición letrada, ilustrada y erudita y que actúa como «supercultura» y la popular, de naturaleza oral y muy cercana a lo vital, local y provinciana, que podría definirse como «subcultura»; y en segundo, la rica diversidad de culturas que comporta el territorio nacional, y que están en contacto unas con otras en lo que podría llamarse un proceso de interculturación 6.

Se trata, pues, de una novela de frontera7 en la que confluyen múltiples contrarios: la civilización y la barbarie, la escritura y la oralidad, la ciudad y el campo, la alta cuittira las populares, el paradigma externo y lo nacional. La parroquia que está en la periferia respecto de la capital, se convierte en centro civilizado frente a la amplitud de los bosques que no conocen la presencia del ser humano y que se abren un poco más allá de las calles del poblacho.

Conciencia de raza y lengua

La conciencia sobre las razas y los procesos de mestizaje es clara. Cada personaje es descrito desde la perspectiva racial. Francisca Rubiano era «blanca española pura». Dolores Gacha era indígena y tenla un «rezago de la pronunciación nacional de los muiscas, que todavía se nota en los pueblos de la sabana» (p. 142). José Fititá era «indio concertados (p. 22). En los trapiches trabajan negros, españoles e indios, quienes «con sus variedades, se encuentran allí confundidos» (p.42). Y para que «no faltase nada qué desear al estudioso de la historia natural, (en Ambalema) habla dos o tres ingleses puros» (p.268).

De igual manera la novela es rica en usos lingüisticos. Refleja, de un lado, el habla erudita de Demóstenes y del cura, y, de otro, la de peones, campesinos arrieros. Evidencia de manera cuidadosa las formas del trato: Demóstenes puede usar el «tú» con todos; los campesinos hacia él el «usted» y el «su merced». El vehículo principal de todas estas manifestaciones es el diálogo, casi siempre rápido, ágil; algunas pocas farragoso. Su utilización amplia en ocasiones magistral, es una de las características destacadas de la obra. El lector se entera de los desarrollos de la trama y de la historia de los protagonistas a través de largas conversaciones que reflejan no sólo, como se dijo, las formas del habla, sino y sobre todo las creencias y la visión de mundo, en especial de Demóstenes y Manuela.

Gran parte de las conversaciones se llevan a cabo al aire libre, pues en la parroquia escasean los recintos y el clima benévolo lo permite: fiestas, ceremonias, marchas por los caminos. Esta socialización en descampado, propia de lo oral, contrasta con lo que ocurre en otras novelas de la época, ambientadas en Bogotá y cuyos diálogos son, por lo general, en recintos cerrados.

Las formas del diálogo en Manuela son variadas. En una ocasión conversan, durante el bano en la quebrada, Clotilde y Juanita, hija de don Cosme, propietario del trapiche de la Soledad (p.62). El lector debe aquí interpretar dos diálogos superpuestos ocurridos en épocas diferentes: el de juanita con Clotilde y el de juanita con «La lámina» en un momento del pasado (tal es el sobrenombre de una tendera). Juanita le repite miméticamente a Clotilde las palabras que le dijo a La lámina y las que escuchó de ésta. El conjunto es abigarrado y confuso y exige un esfuerzo adicional por parte del lector. Si al segundo diálogo se le hubiese dado un tratamiento diegético, ambas instancias habrían quedado separadas en beneficio de la claridad. En todo caso, lo que es menester resaltar es la voluntad dialógica de Díaz y su preferencia por esta técnica.

No hay uniformidad en el uso de la voz narrativa: a veces se describe la conciencia de Demóstenes (intradiegesis); otras sólo vemos sus actuaciones y desconocemos los motivos (extradiegesis). En cuanto a la participación en los hechos narrados, la voz siempre es heterodiegética, pues los narra el autor sin involucrarse. Desde esta perspectiva, se trata de un narrador bastante tradicional, de los denominados «omniscientes», como se aprecia en comentarios del siguiente tenor: «el profesor (Demóstenes) habla tomado sus lecciones del arte en Paris y Nueva York y las utilizaba civilizando a una belleza (Manuela) del pueblo descalso» (p. 1 00).

En ocasiones, el narrador hetero-intradiegético enfoca a un personaje y, aprovechando un encuentro ocasional, cambia su foco de atención hacia otro u otros personajes de los cuales el lector poco o nada conoce. Tal ocurre al cruzarse Demóstenes con un estanciero y su esposa (p. 105). El procedimiento permite ampliar las posibilidades narrativas, abarcando nuevos horizontes, nuevos personajes y nuevas conciencias. Otras, el narrador hetero-intradiegético, contradiciendo su naturaleza «omnisciente», duda de repente de su capacidad de conocerlo todo, rasgo propio de una modernidad narrativa incipiente: la frase «se sabe que don Demóstenes le dijo al cura» (p.327) implica que el narrador lo supo por las consejas que le llegaron, no tanto por su omnisciencia.

Dentro de la estructura se acomodan algunas historias intercaladas. Si, como vimos, el tiempo de la narración es de sólo unas semanas, con el recurso de la historia intercalada que aparece, por lo regular, en la forma de diálogo, se amplia el universo narrativo y el lector conoce hechos ocurridos años o décadas antes. Tal es el caso de doña Patrocinio, madre de Manuela, quien le cuenta a Demóstenes la historia de Alejo, su esposo. Este había sido reclutado a la fuerza por los constitucionalistas y muerto en una batalla el 4 de diciembre de 1854. La mención de la fecha produce en Demóstenes una anagnórisis parcial: participó en esta batalla en el bando contrario.

A veces ocurren situaciones de autoconciencia narrativa: el narrador se abstrae del entorno de la ficción, pasa del tiempo de la narración al de la escritura, para aludir a elementos de ésta o poner en duda lo que está presentando. Son también autoconscientes aquellas frases en las que deja traslucir apreciaciones personales, no de los protagonistas, sino de aquel narrador que ha preferido pasar en el anonimato y que es una creación más del autor de carne y hueso. En otras palabras, son oportunidades en las cuales aflora lo que la critica ha denominado «el autor implicito»: el capítulo VII se abre con la siguiente observación: «En dos capítulos seguidos hemos tratado de dar a conocer los habitantes del Retiro y de la Soledad, que aunque no representan el primer papel (... ) necesario era que acompañaran a los héroes de esta historia»: se refiere al libro como objeto material, dividido en capítulos y clasifica a sus personajes en héroes y secundarios. En otro lugar dice: «No podemos prescindir de obsequiar a nuestro lector, con una copia (lenguaje mimético) del diálogo que tuvo lugar» (p. 119). La pluralización del hablante («hemos», «podemos») esconde narrador implicito.

Una carta que Demóstenes recibe de su novia lo obliga a regresar a la altiplanicie para visitarla en la hacienda La Esmeralda, cercana a Bogotá y de propiedad de su padre. Este recurso anecdótico le permite al novelista un cambio de escenario, para satisfacer un propósito más acorde con su interés por la descripción costumbrista, que necesario a la trama. De la misma manera, la huida de Dámaso y Manuela a Ambalema le permite un propósito similar. El resultado puede ser más o menos satisfactorio desde la perspectiva del costumbrismo y del deseo de resaltar las diversidad regional, pero es forzado desde la perspectiva puramente literaria. Produce desbalance de la estructura, presenta personajes nuevos que no son bien desarrollados y complica la trama innecesariamente, creando elementos que retardan el desenlace y atentan contra la fluidez de la lectura.

La técnica narrativa

Al privar el detalle, el interés costumbrista, la descripción del entomo sobre la armonía general de la obra, se llega al final sin haber preparado el desarrollo verosímil de las peripecias: hay muertes repentinas, encarcelamientos y fugas con el uso de vestidos del sexo contrario, encuentros inesperados, se escuchan conversaciones en el bosque con revelaciones increíbles, ocurren incendios que cambian el curso de los acontecimientos. En el momento del fallo, un juez recibe una carta que cambia totalmente la situación (p.282). Se trata de viejos recursos narrativas, propios de la novela bizantina, que en manos de Díaz, por lo dicho, no logran un efecto convincente. El producto es un desenlace apretado e inverosímil. El moroso narrador costumbrista de repente se ha visto afanado para terminar.

Díaz busca utilizar, aunque de forma incipiente, una forma de la técnica del suspenso: unos personajes y unos hechos son nombrados directamente; otros son oscuros, sugeridos y misteriosos y sólo se aclaran páginas más adelante. Aunque el protagonista aparece desde la primera página, sólo conocemos su nombre ya avanzado el relato (p. 11), luego de ser presentados otros personajes secundarios. Al llegar al pueblo encuentra «un embozado» que fisgonea un baile y sólo más adelante conocemos que se trata de uno de los perseguidos por Tadeo.

La estrategia de no utilizar el nombre propio de¡ pueblo le permite al autor convertir «la parroquias en una especie de epitome o resumen de toda la República. En otras palabras, es evidente el propósito del autor de hacer de la parroquia una especie de laboratorio, para analizar los conflictos que ocurren en la nación, y frecuentemente en el curso del relato el autor se empeña en resaltarlo. La parroquia es un Iugar típico del territorio nacional, tanto por su geografía como por la riqueza de su fauna, su flora y por los aspectos sociales, políticos y económicos. Allí se dan cita personas de todas las clases sociales, de todas las razas y de todas las creencias políticas. Los personajes hablan de los asuntos locales parafraseando o parodiando el habla que utilizan los gobernantes para referirse a todo el país. En una ocasión, Demóstenes, para defenderse de los secuaces de Tadeo, utiliza términos tomados del derecho internacional en situaciones de conflicto, diciéndose «cónsul del país Hesse-Cassel» y enarbolando una bandera ficticia (p. 171).

La mujer

Desde otra perspectiva podría afirmarse que Manuela es una novela de la mujer, o sobre la mujer. Llama la atención la cantidad y variedad de personajes femeninos, muchos de ellos caracterizados de manera amplia y verosimil. La lista es extensa: en la parroquia Manuela y su madre Patrocinio, Cecilia, Marta; las peonas Pia, Rosa y su hermana Matea; las estancieros Clotilde y Juanita; Nicomedes (esposa del hacendado Matías); la sirvienta Sildana; en Bogotá y la sabana Natalia Moreno y sus hijas Celia, Felisa y Virginia; las peonas de tierra fria, Dolores v Francisca. Aparecen Liberata, «la más garrida de todas las caqueseñas» (p. 356) y Anita, «verdadera campesina, estanciero o aldeana, robusta, de buenos colores y vergonzosa, lo que era un verdadero prodigio» (p. 3 30). Muchas tienen vidas tristes N, son víctimas de la violación, el repudio v el abandono. En una ocasión, Demóstenes libera a una mujer campesina que encuentra colgada de un árbol, sistema utilizado por su esposo para castigarla (p.333). Seis mujeres viven hacinadas en un cuartucho en Ambalema (p.270). A pesar de todo, muchas son valientes y, al igual que Manuela, demuestran su iniciativa y su capacidad de lucha: Clotilde y Juanita participan en la administración de los trapiches y haciendas de sus padres8. Cecilia, a pesar de haber sido prostituida por Tadeo, se sacrifica para salvar a Dámaso, quien en el pasado habla sido su prometido. Rufina, oriunda del Tolima, habla sido burlada en su pueblo natal: se vino a Ambalema y quiere reunir dinero para regresar y montar una estancia (p.266).

Estas mujeres están caracterizadas de manera amplia, situación que contrasta con otras novelas de la época9, en las cuales aparecen descritas con clichés y metáforas desgastadas alrededor de temas como el honor, el recato, la pureza, la belleza. En Manuela, las mujeres son de carne y hueso, reflejan el garbo y la desenvoltura natural de la mujer calentona: si Manuela y otras protagonistas se bañan en la quebrada en forma desenvuelta, y en presencia de sus amigos y galanes, sin menoscabo de su honra, las bogotanas sólo pueden conversar con éstos a través de la reja de la ventana. Al tratar el tema con Demóstenes, exclama Manuela: «Sola o acompañada nadie me ha comido hasta el presente» (p.38).

Ya sean madres, esposas, amantes, peonas burladas, ricas hacendados, recatadas damas de alcurnia, son víctimas, por lo general, de la intransigencia masculina de la época, de la norma varonil que les exigía un honor mal entendido; de la manipulación masculina cruel e injusta. Notemos que mientras la parroquia carece de nombre propio, Manuela, prototipo de mujer perseguida, le da título a la obra. En otras palabras, podría inferirse que Manuela encarna la parroquia, esa célula del territorio nacional, símbolo de toda la República, que es mancillada y oprimida por la supercultura capitalina de carácter varonil.

Los personales masculinos, por el contrario, rara vez están bien caracterizados. Son personajes planos que no evolucionan. Dos excepciones son el cazador Dimas y el Cura, con quienes dialoga Demóstenes en distintas oportunidades, y a través del dialogo sabemos algo de su forma de pensar. Del carácter de los propietarios de fincas, de Tadeo y de muchos otros personajes masculinos poco se conoce; por lo general son definidos de manera heterodigética-extradiegética y sólo con el propósito de reflejar una posición determinada en la controversia ideológica que subyace en la novela.

En todo caso, el título de la novela y la preferencia por los personajes femeninos, me parece, significan una continuación de una larga e intensa tradición: la feminización de América. Desde el Diario de Cristobal Colón, en muchas crónicas del descubrimiento y la conquista el territorio americano es alegorizado en forma de mujer. Los indios, inclusive, han sido siempre presentados con caracteres ferninoides de acuerdo con los paradigmas culturales españoles y europeos: desnudos, cobardes, adornados con atuendos femeniles, sujetos de violación, dominio, corrección, adoctrinarniento, por parte del sí, América, como si fuese una tímida virgen, ha sido mancillada, sometida, educada10. América le sirvió al conquistador a la manera de una "página blanca" para que en ella se escribiese la historia vencedora del macho europeo11. De la misma manera, la parroquia habitada por gran número de mujeres de muchas clases y condiciones, es víctima ahora del abuso de los estancieros y terratenientes, de los tinterillos y demás varones dominantes, herederos y representantes de la cultura colonial, quienes a su vez representan, perpetúa o han sido víctimas del poderío colonial europeo.

La sociedad postcolonial

En la novela, la sociedad postcolonial está caracterizada por dos grandes grupos: los calzados (los ricos, los instruidos, los propietarios) y los descalzos (peones y campesinos, arrendatarios). Los segundos se sienten perseguidos y explotados por los primeros. Se habla, entonces, de la «tiranía de las botas» (p.219). Rosa se declara «enemiga de la clase de las botas» (p. 109). Pocos años llevaba la República y, menos aún, la liberación de los esclavos. De hecho, gran parte de la clase trabajadora vivía al nivel de la esclavitud, sin ninguna protección legal frente a la voracidad de los terratenientes y hacendados. La novela describe con lujo de detalles la vida en los trapiches, muy cercana a la esclavitud (p.206).

En este estado de cosas, «no habiendo leyes ni administración de justicia, el más violento es el que manda» (p.234). Pero hay conciencia social y todos proponen alguna solución, dentro de un rico diálogo ideológico. Ya vimos que Demóstenes es un liberal gólgota, «bueno», anticlerical y científico, pero ingenuo, desubicado, irreal, utópico. Tadeo es el liberal «malo», radical, populachero, inmoral, delincuente, violento. Los personajes conservadores (el cura, don Blas) buscan un pretendido justo medio, son amantes del trabajo honrado y rescatan y conservan los valores de la tradición colonial, en especial la religión. No se dejan sugestionar por las «novedades» aunque aceptan que a veces es necesario escuchar a los «novadores»12. Algunos defienden el socialismo, sin tener mucha claridad sobre lo que esta palabra significa; o abogan por el voto femenino. Lo importante es alcanzar algún día una sociedad homogénea y un país unido bajo las ideas de nación, idioma o religión. Se trata del sueño de un lenguaje común, de una sociedad transparente y culturalmente homogénea, anhelos de carácter postcolonial que marcaron el debate ideológico durante el siglo XIX. Los representantes de cada facción se atacan mutuamente. Se acusa a los conservadores de que su programa es «volvemos al tiempo de la colonia: inquisición, camándula y picota» (p.422), y se habla de «las letales influencias del catolicismos (p.429). Unos defienden el liberalismo radical socializante, con el argumento de que elevará el país «a la cúspide de las naciones más civilizadas del mundo» (p.429); otros piden salvar la familia, la moral y la propiedad «de las garras del socialismo, que amenaza destruirlo todo» (p.429). Las ideas de progreso son atacadas con argumentos como «no creo que la Nueva Granada, con millón y medio de rentas anuales, pueda hacer ni un puente de cal y canto como los que hacían los virreyes, ni creo que tenga uso un ferrocarril sino cuando tenga población y tenga industrias (p.428). Demóstenes, por su parte, se pregunta: «¿por qué teniendo tierras fértiles y exuberantes, la gente vive en la miserial» (p.79). Muchas prácticas son «feudales» (p.85). El cura sostiene que la «caridad vale más que la divisa igualdad, libertad, fraternidad» (p.19). Demóstenes, defendiendo la separación de la iglesia y el estado, le contesta que «los curas no deberían meterse con el cabildo, la escuela, el congreso, las elecciones» (p.28). En ima simpática «junta de notables» reunida en la hacienda El Retiro, hay representantes de todas las ficciones políticas que «existían en la Nueva Granada», y se proponen nombrar una comisión de paz para hablar con el gamonal Tadeo. Entre tanto, Demóstenes defiende la Constitución del 21 de mayo de 1853 (p.186).

Dentro del diálogo ideológico de la época tiene importancia principal el debate sobre la Compañia de Jesús. Recordemos que, casi desde su misma fundación, ha sido la organización político-religiosa más poderosa y más rica del mundo. Fue expulsada de España y sus colonias por Carlos III en 1768. Regresó a Colombia en 1844. En 1850 fue expulsada de nuevo por el presidente José Hilario López, para regresar sólo en 1867. Algunas novelas decimonónicas toman partido en la polémica. En Manuela, el debate no se da de manera explícita, pero son muchas las alusiones: una vieja pero sólida y confortable silla que utiliza Demóstenes perteneció a los jesuitas antes de su expulsión, detalle que se trae a cuento una y otra vez. Demóstenes se expresa en contra de la Compañía. Cecilia afirrna que «don Tadeo lo hace todo a fuerza de mónitas» (p.177). Tanto en el contexto de la escena como en el de la época, la palabra «mónitas» alude a un famoso texto del siglo XVI titulado Monita secreta ' Societatis Jesus que siempre figuró en la lista prohibida del Indice y que los enemigos de la orden aseguran sirvió de manual secreto para acrecentar el poder temporal y la influencia política. A mediados del siglo XIX, cuando la polémica sobre la expulsión de los jesuitas estaba al rojo vivo en Colombia, la mónita prohibida circuló profusamente13. Las palabras «mónita» y «jesuita» Negaron a significar engaño, pacto secreto, fraude, traición.

Otro término relacionado con la lucha por el poder es el de «embozado». Alude a fuerzas ocultas, desestabilizadoras del orden; a espía y espionaje. Una de las primeras y más famosas acciones de los embozados fue la conjura contra Bolívar en Bogotá14. Don Tadeo es un «demonio de embozado»(p.154). Al poco tiempo de su llegada, Demóstenes descubre un embozado, quien «apunta en una libreta grasientas lo que cree de importancia. «En la parroquia también hay prisioneros, calabozos, intrigas y maldades. No me figuraba yo que en la parroquia hubiera misterios tan temidos y tan horrorosos» (p. 168), exclama Demóstenes. Al comienzo de la obra (p. 16) aparecen aludidos y sutilmente hermanados los jesuitas, los embozados y Santander.

Tadeo es también descrito como «tinterillo» y populista. Pretende ganarse al pueblo con afirmaciones como «no puede haber igualdad hasta que no acabemos con todos los cachacos de botas y zapatos» (p. 105). Ya hemos dicho que es un liberal draconiano. Además, es partidario del ejército, de la pena de muerte, de las facultades omnimodas del ejecutivo, del centralismo, de la teocracia a medias y de los códigos fuertes (p. 1 56). Es la figura más poderosa de la parroquia. Juan Acero es una especie de sicario a su servicio, investido de inmunidad. Matias Urquijo, otro de sus secuaces, negocia con mulas robadas. Algunos de los jueces de las parroquias han caído en sus garras y se prestan para todo tipo de atropellos. En algún momento se afirma que «Tadeo es el que mas sabe aquí (p.41). En su caracterización subyace la idea de que la escritura es peligrosa, pues con ella, y con el manejo de los códigos, puede lograr sus más oscuros intereses. A esta caracterización se opone, por ejemplo, la de Manuela, que por ser analfabeta y pertenecer a la oralidad primaria, es franca, espontánea, directa y no guarda agendas ocultas.

Otro personaje con características parecidas a las de Tadeo es Aniceto, cacique en Ambalema, quien le ofrece ayuda a Manuela para sacarla de la cárcel a cambio de sus favores en el lecho (p.278).

La novela pone en evidencia el estado menesteroso de la justicia en aquellos primeros años republicanos. A falta de una organización y de personas capacitadas, se nombra como «juez» a cualquier campesino que sepa leer y, escribir 15. Carece de sueldo, autonomia, capacidad y es víctima de los ricos: así, «un pobre lo que gana con aprender a leer es que lo planten de juez y lo frieguen los gamonales» (p.79). En otro lugar se afirma que los hacendados deciden «los precios de las cosechas, la suerte y honor de las estancieros y las sentencias de los jueces» (p.283). En estas condiciones, las gentes honradas se ven en la necesidad de jugar al «fómeque y el contrafómeque», que consiste en oponer a una picardia una picardia mayor (p. 188).

Todas estas circunstancias confluyen en los días previos a las elecciones. La corrupción se ha generalizado, y hasta Manuela le promete a Dámaso comprar votos en su favor: «Yo gastaré unas botellas de aguardiente y con esto ganaré o compraré la mayor parte de los votos» (p.299).

Uno de los objetivos centrales de la novela es el de ironizar el estado permanente de revolución y guerra civil que vivía el país después de la muerte de Bolívar en 1830. Cualquier gamonal de pueblo, cualquier caudillo regional iniciaba, en el momento menos pensado, una revolución. En este sentido, en la novela se cita la revolución de 1854, descrita como la lucha de los conservadores apegados al colonialismo contra los golgotas que luchan por establecer las teorías mas impracticables (p.220). También la revolución de Melo, como el acto político de más trascendencia (p.321). En todo caso, parecería que el único derecho que rige en el país es el del más fuerte, y así lo afirma el narrador (p.336).

En la novela, las circunstancias políticas y sociales de la parroquia son tan explosivas, que bastó que la marrana de Manuela saliera a recorrer las calles sin la horqueta reglamentaria para que se desencadenase una «revolución» que estuvo a punto de trascender los límites parroquiales.

Conclusiones

Manuela, la novela de Eugenio Diaz, es la obra de ficción más rica e interesante del periodo fundacional de la literatura republicana. Desde la perspectiva política y social ironiza el estado de turbulencia revolucionaria de su época. Hace de la parroquia una especie de epitome de la República, un laboratorio para analizar las tesis encontradas, las clases sociales, los tipos humanos de aquella etapa durante la cual se pretendía fundar las bases de la nueva nación.

El inmenso vacío de poder, resultado de las luchas de Independencia, fue hábilmente aprovechado por los «embozados» de turno. Eran, además, los años (década de 1850) del choque demoledor de la modernidad occidental contra la cultura tradicional de origen español. Queda claro que el grueso de la población era profundamente tradicional, apegado al orden y, a las jerarquías coloniales, al catolicismo y al idioma español, v que los liberales ilustrados, portadores de las ideas modernas de progreso, eran una minoría utópica y todavía desubicada frente al contexto nacional, que pretendía imponer una modernidad a la fuerza y de inmediato.

El vehículo de estas confrontaciones es doble. De un lado, la caricatura, la exageración, la ironía. De otro, el diálogo: hay diálogo entre los sexos, las clases sociales, los partidos. Cada quien expresa cabalmente sus puntos de vista. Sin embargo, el diálogo no es fructífero; cada cual sigue aferrado a lo suyo. En ningún momento se vislumbra una conciliación. La lucha partidista apenas comienza. Víctima de esta confrontación, muere Manuela, la más débil. Manuela, símbolo del pueblo, de la parroquia, de la clase desposeída. Así, la parroquia (y por extensión el pueblo, la clase trabajadora) es alegorizada en forma de mujer, victimizada por la cultura dominante de signo varonil.

El diálogo no produce efectos positivos, porque está montado en la premisa de que cada uno tiene la razón. Se evidencia la falta de una conciencia de otredad. Se pretende imponer una identidad en un conglomerado de diferencias. Al dialogar, cada uno cree poseer la verdad, una y única verdad. Nunca se acepta que el contrario pueda tener siquiera algo de razón. El otro siempre es el equivocado, el «malo», a quien hay que subyugar, corregir o educar. Por ejemplo, el liberal Demóstenes condena todo lo que huela a tradicional o colonial como «superstición» que es necesario superar (pp.126 y 135). Como no está dispuesto a aceptar ninguna diferencia en relación con sus propias ideas, nada se soluciona en la novela: el pobre sigue pobre, los pueblos incomunicados, las ideas no sirven para mejorar la realidad, las mujeres siguen siendo víctimas de los amos.

El discurso político, científico, costumbrista, realista, objetivo, priva sobre los elementos estéticos (el drama, la estructura, las peripecias y anagnórisis). La estética cede ante la necesidad de presentar un «mensaje» o una posición ideológica. Así, la estructura es acomodaticio y la trama, a veces, inverosiml y forzada. La novela, sin embargo, no carece de belleza. La expresa de manera magistral en las descripciones del lugar ameno, ya tropicalizado y auténticamente nacional. La expresa también en los diálogos, algunos de los cuales son magistrales; en la expresión popular, y en la caracterización de algunos personajes, sobre todo de Manuela. El léxico es rico y variado.

De otro lado, la novela expresa de manera inigualable el sueño de la clase dominante, aun hasta nuestros días: el sueño de un lenguaje común, el sueño de una sociedad transparente, uniforme, homogénea. El sueño de «El gran mestizo» (de que hablara Fernando González) o la cultura del mestizaje (como la ha denominado Otto Morales Benítez16). Siempre hemos querido limar diferencias, cubrirnos todos con la misma identidad. La nación se fundó sobre las bases de un solo idioma (el español), una sola religión (la católica), una sola raza (un mestizo que tire a blanco), una sola regla (la del varón). La paradoja que se desprende de la novela, al leerla desde estaperspeciva contemporánea, es que la única realidad que logra transmitir el autor es la de la diversidad Cómo fundar, a partir de ella, una identidad, sin respetar los derechos de otro. En la novela fracasa la utopía.


1. Entre otros: «Una ronda de don Ventura Ahumada», cuento, Bogotá, 1858; «María Ticence o los pescadores del Funza», cuadro de costumbres, Bogotá, 1860; El rejo de enlazar, novela, Bogotá, 1873
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2. «Contra el afrancesamiento», Bogotá, El Iris, 13 de abril de 1867.
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3. Otros críticos nacionales y extranjeros se han ocupado con cierta profundidad de la novela: Tomás Rueda Vargas (1942:.7-10). Antonio Curcio Altamar (1975: 136-140). Rafael Maya (1968: 87-105). Cedomil Goic (1972: 57-60). óscar Gerardo Ramos (1972: 13-19). Seymour Menton (1978: 53-107). Elisa Mújica (1985: TI, pp.9-36). Raymond L. Wiliamns. (1989: 19-29).
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4. El debate sobre el colonialismo y el postcolonialismo y en general sobre la dependencia cultural ha sido intenso en los últimos años, sobre todo con motivo de la celebración del Quinto Centenario de la llegada de CoIón a América. En relación con Manuela utilizo el término «postcolonial» no sólo para aludir al período que siguió a la independencia, sino también en el marco de tal debate. A partir de la dialéctica entre el centro (Europa v Estados Unidos) y, la periferia (Colombia), la novela aborda, con toda clase de contradicciones y ambivalencias, pero de manera notable, como trataré de señalar en estas páginas, la problemática de la búsqueda de identidades tanto nacional como raciales v regionales. La novela alude también a un entorno multicultural de consecuencias políticas. Para una discusión teórica -al respecto véase, entre otros, Arif Dirlik (1994: 329-356).
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5. Las páginas citadas en el texto corresponden a la edición de la editorial Bedout, Medellín, 1986
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6. Los términos «supercultura», «subcultura» e «interculturación» son de Mark Slobin, citado por Ingrid Monson (1994: 286).
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7. Frontera o «umbral», paso de la colonia a la república, de la dependencia a la independencia. También de colonización, avanzada del progreso, sobre todo, de c-ulturas diferentes en proceso de mestizaje
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8 Esta forma aguerrida y emprendedora de caracterizar a muchas mujeres por parte de Díaz, constituye un antecedente destacado en relación con la caracterización que, décadas después, haría Carrasquilla en su novela La marquesa de Yolombó.
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9. Por ejemplo Yngermina o la hija de Calamar.
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10. Véase el interesante, amplio y documentado estudio de Alvaro Felix Bolanos (1994:138-149)
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11. La metáfora es de Micheal De certeau, citado por Botafios, Ibid. P. 139.
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12. El uso del término «novadores» por parte del novelista es interesante, porque alude a una venerable tradición española, la de los «Novadores» (Diego de Saavedra y Fajardo, Francisco Gutiérrez de los Ríos, Gregorio Mayáns y Siscar, Pedro Rodíguez de Campomanes, Pablo Olavide y otros) quienes, a partir del siglo XVII, renovaron la cultura española dentro de su misma tradición y sin copiar valores extranjeros.
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13. La Mónita... se editó clandestinamente en español en Barcelona y Madrid en 1835 y 1845 respectivamente. La primera edición colombiana fue impresa en Santa Marta en 1849. Curiosamente, su editor anónimo se la dedicó a Eugenio Sue, el autor de Los misterios de París (1842-1843), y de El judt'o errante (1844-1845). Esta última es una virulenta diatriba contra los jesuitas. Los misterios de Paris, como se dijo, está expresamente citada en Manuela. La posición anticlerícal de Sue motivó que todas sus obras fuesen condenadas por el la Sagrada Congregación del índice. Véase Juan Camilo Rodríguez Gómez (1994).
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14. Tanto la discusión sobre los jesuitas como el tema de los embobados es muy frecuente en las novelas colombianas de la época, como vimos enel Mudo y en Viene por mi i carga con usted.
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15. En el fascinante relato que Manuel Ancizar (1984: TI, 129-130, 160) hizo con ocasión de su viaje en 1850-1851 por gran parte del territorio del Oriente Colombiano, se describen situaciones que coinciden casi puntualmente con las descritas por Diaz en su novela. Afirma Ancizar que en el pueblo de Cunacua, en el cantón de Oiba, provincia del Socorro, 1()s vecinos que poseen instrucción aborrecen los cargos de juez y alcalde y se valen de cualquier influencia «para que no recaiga en ellos el nombramiento, echándolo sobre algún labriego ignorante. Lo dejan allí perdido en el laberinto de un oficio que es incapaz de entender, o lo mueven cual dócil instrumento para cubrir con el aparato de la justicia sus venganzas personales (... ) se establece un torbellino de renuncias Y nuevos nombramientos, que equivale a una vacante permanente del empleo (... ) la República existe en la constitución escrita, en las teorías del congreso (leyes) y en la intención de los altos funcionarios; la proclaman y, la defienden las periodistas, la sostienen moralmente los hombres ilustrados; pero en la realidad, en la base del edificio, que es el distrito parroquial, no existe sino una monstruosa mezcla de costumbres del régimen colonial, disfrazadas con las fórmulas republicanas sin -vigor, sin la vida de las ideas que sólo la cumplida ejecución de las leyes podrá infundirles. (De esta situación se desprenden) males verdaderamente serios, pues de ellos nace el descontento de las poblaciones agrícolas y un malestar íntimo que a la menor ocasión se expresa y predispone los ánimos a resistencias y revueltas». Agrega que «tal vez sea éste el origen de la facilidad con que en nuestro país se traman y estallan las revoluciones». En cuanto a los «tinterillos» afirma que «ora tramando por su propia cuenta o fomentando las rencillas que no faltan entre vecinos, ha creado tal cúmulo de causas criminales que la mitad de los habitantes se hallan comprometidos como reos de imaginarios delitos y la otra mitad como testigos. Sus enredos convierten pueblos otrora prósperos en campos de discordia y desolación. La maldad de algunos, en cuyas manos las leyes destinadas a proteger la sociedad se transforman en armas venenosas que le hieren y le matan».
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16. Véase Otto Morales Benítez (1988: 33).
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