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Alvaro Pineda Botero: La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. (1605-1931)


Frutos de mi tierra (1896)

Tomás Carrasquifia, su autor, encabeza la lista de un grupo de novelistas antioqueños que, en las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX, hicieron florecer la narrativa por canales diferentes a los acostumbrados en las letras nacionales, que giraban alrededor de la tradición bogotana. Esta «Escuela antioqueña», como la llama Eduardo Pachón Padilla, cuenta además con figuras como Eduardo Zuleta, Samuel Velázquez, Francisco de Paula Rendón, Marco Antonio Jaramifio, Gabriel Latorre, Camilo Botero Guerra y los cuentistas Efe Gómez, Jesús del Corral, Alfonso Castro y Julio Posada. Explica Pachón Padilla que «si comparamos la escuela santafereña (bogotana) con la antioqueña, es indudable que la segunda fue más original, más autóctono, más auténtica y tenia más que decir»1.

Carrasquifia nació en Santo Domingo en 1858 y murió en Medellín en 1940. Inició estudios de derecho en Medellín, pero se vio obligado a suspenderlos por causa de la guerra de 1876. Por un tiempo fue juez municipal en su pueblo natal y luego almacenista en una mina de oro en el pueblo de Argelia. En 1936 recibió el premio Vergara y Vergara por su obra hace tiempos2. Escribió más de diez novelas y multitud de cuentos, algunos de los cuales se consideran clásicos de la literatura colombiana, en especial el titulado «En la diestra de Dios Padre». En el nivel nacional su obra ha sido poco apreciada, pues se la ha tachado peyorativamente de regionalista y costumbrista. Y aunque recibió elogios de figuras como José María Pereda, julio Cejador y Frauca y Federico de Onís, fue sólo a partir de la década de 1950, gracias a los trabajos del erudito canadiense Kurt L. Levy que su nombre recibió cierto reconocimiento internacional.

CONCIENCIA DE LENGUAJE

Al acercarnos a la obra de Tomás Carrasquilla3, lo que mas llama la atención es su aguda conciencia sobre el lenguaje, que se impone aun con riesgo de oscurecer el esplendor de la ficción novelesca.

Esta conciencia sobre el lenguaje se expresa no sólo en su narrativa sino también en sus ensayos. En un articulo titulado «Herejías», Carrasquilla define la novela (en general) como «un pedazo de vida reflejado en un escrito por un corazón y una cabeza» (p.15)4. Agrega que para lograrlo nada mejor que la expresión propia del personaje a través de sus conversaciones: «El diálogo (escrito) debe ajustarse rigurosamente al hablado. La palabra da a conocer al individuo y a la colectividad. La palabra es el verbo, el alma de las personas. No debe cambiarse por otra más correcta ni más elegante, porque entonces se quita al personaje la nota más precisa, más genuina de su personalidad» (p.25) (énfasis agregado).

Esta fidelidad al habla lleva a Carrasquilla a conculcar en el texto escrito los preceptos gramaticales, representando inclusive sintaxis diferentes a la oficial. El único criterio que respeta es el de que las frases escritas se correspondan con las emitidas por una persona de carne y hueso, en un lugar específico y en una circunstancia determinada. De sus apreciaciones se desprende, además, la intima relación que puede establecerse entre las formas del habla y la identidad, tanto individual como colectiva. Frutos de mi tierra es un buen ejemplo de la práctica de estas convicciones.

EL ASUNTO

El asunto de la novela no tiene mayor trascendencia: compuesto por dos historias paralelas, que sólo en contadas ocasiones se tocan, reflejan formas de habla, tipos humanos, usos y costumbres de un buen sector de la ciudad de Medellín, en la segunda mitad del siglo XIX.

De un lado está la familia Alzate, representada por Agusto (forma oral de Augusto), Filomena, Mina (Belarmina) y Nieves, hermanos entre si y de origen humilde. Al quedar huérfanos, Agusto y Filomena despliegan tal actividad como comerciantes y prestamistas, tal constancia e imaginación, que al cabo de pocos años viven con holgura y son considerados ricos. Sus hermanas Mina y Nieves quedan reducidas a la categoría de amas de casa o sirvientas. Un día Agusto es víctima de una azotina callejera que lo sume en la postración fi'sica y moral. Llega César Pinto, un sobrino bogotano, hijo de Juanita, otra hermana que había emigrado años atrás. César cuenta con una buena hoja de vida: participó como militar en la revolución de 1885 recorriendo gran parte del país, es jugador, mujeriego y se las da de «cachaquito bastante regular» (p. 162)5. Trae lociones, ropas finas y exhibe una forma de hablar y unas maneras tan refinadas que Filomena, ya cuarentona, se enamora perdidamente de él. A pesar de llevarle muchos años de edad, deciden casarse, para lo cual obtienen dispensa del obispo. Fijan su residencia en Bogotá, situación que aprovecha el joven para escaparse con todos los haberes de Filomena, quien muere poco después sumida en la miseria.

En la segunda historia, Martín Gala - joven rico del Cauca y estudiante en Medellín - asume las poses del cachaco bogotano para lograr el amor de la bella Pepa Escandón. Escribe poemas y los recita en la universidad, compra caballo fino, bastón, vestidos lujosos, lociones, lee a Byron y lo erige en modelo de vida, todo en un ambiente provincial más dado al comercio que al arte. Su fracaso en el amor no puede ser mayor, y se convierte en el hazmerreír de la sociedad. Sólo cuando cambia su actitud por otra más auténtica y acorde con el medio logra conquistar el corazón de la esquiva Pepa.

César es bogotano, Martín adquiere poses bogotanas; en ambos casos el autor exagera esa condición hasta la caricatura. Esto no quiere decir, sin embargo, que los nativos se salven del ridículo: Agusto, déspota frente a sus hermanas menores es un cobarde frente a Bengala, quien lo humilla públicamente. El padre de Pepa, don Pacho Escandón, figura prestante de la ciudad, aparece como un intransigente ante su esposa e hijas: explota en ataques de cólera injustificados y termina cediendo a los caprichos de aquéllas. Los amores de César Pinto y Filomena son ridículos, y agrava la situación de la primera el haberse dejado embaucar siendo una mujer hábil y despierta en cuestiones de comercio. Sólo Pepa, joven e inteligente, aparece en la novela como un personaje triunfador: lidera el grupo de sus amigas, organiza fiestas y reuniones, domina a Martín primero con la burla y luego con el amor, controla y finalmente vence a su intransigente padre.

EL HABLA POPULAR Y LA IDENTIDAD REGIONAL

Desde la perspectiva linguistica interesan las charlas entre Filomena y misiá Chepa Miranda, la única persona que visitaba la casa de los Alzate, los excelentes ejemplos del habla de un arriero, de un médico y, sobre todo, de Bernabela, la sirvienta negra cuyo lenguaje, Heno de expresiones dialectales, proviene de las minas de Marmato donde, según la novela, pasó su juventud. De allí provienen también sus historias sobre los mitos de la selva.

Los ambientes interiores y exteriores son descritos de manera minuciosa, de acuerdo con la tradición del realismo. Al referirse a la habitación de Agusto, y para enfatizar su falta de interés por las letras, el narrador afirma: «Nada que huela a libro, ni a impreso, ni a recado de escribir. Pulcritud, simetría y brillo, eso sí, por todas partes» (p.31). La tienda de los hermanos Alzate se describe con base en largas listas de productos y su ubicación en los estantes (p.43). En cuanto a los exteriores, menciona o describe la Iglesia de la Veracruz, la Plaza de San Roque otras sitios famosos por aquella época en Medellín, y le dedica varias páginas a «la falda del Cucaracho» donde ha ido a vivir Agusto a raíz de su enfermedad (cap.XXVI). Desde allí se divisa un amplio panorama: Santa Elena, Alto de las cruces, El Poblado, Morro de los Cadavides, Bermejal, Pan de Azúcar; describe también la vegetación, clima, vías de acceso y tipología de sus habitantes. Habla de ciertas costumbres, como la del paseo los domingos por la tarde, cuando se encuentran las muchachas vestidas de acuerdo con «el último figurón», el joven jinete orgulloso de su «galapaguillo francés» y la calesa de algún «ricacho pasaba majestuosas (p.70). Dedica a las fiestas largas páginas para describir tanto su aspecto callejero y popular como el refinado en los clubes sociales (cap.X).

Otros elementos esenciales para la definición de una ¡dentidad regional quedan representados en la novela. Filomena y Agusto, sobre todo en la primera parte, son ejemplos de la capacidad de trabajo y la predisposición para los negocios que usualmente se le indilgan a los antioqueños. Los hermanos se «complementaban para formar, en unidad admirable, el genio mercantil ( ... ). La muchacha ( ... ) representaba la síntesis y el varón el análisis... ella el alma que dirige, él, el agente activo que cumple las instrucciones recibidas» (pp.45 y 46). Representan también a aquellos luchadores que protagonizaron el ascenso de una nueva burguesía comerciante o minera, de particular importancia en la Antioquia de finales del siglo XIX6. El matrimonio entre la tia y el sobrino es un reflejo de las prácticas endogámicas, muy cercanas al incesto, que tipifican la formación de las familias en Antioquia7 . Las menciones al Dr. Ricardo de la Palma y al espiritismo, al final del capítulo XXIX, aluden a esta práctica que se extendió por el país a partir de 18508.

Desde nuestra perspectiva de críticos y lectores, todos estos elementos producen un desbalance: priva la descripción sobre la acción, el interés científico y la visión con pretensiones de objetividad sobre el dramatismo del desenlace. Las frases se multiplican y los párrafos se alargan para representar la ciudad de Medellín, donde confluyen los varios aspectos de la identidad de la región y, en especial, las múltiples formas del habla.

DIMINUTIVOS E IRONÍA

En el nivel superficial, el primer aspecto linguistico de singular importancia en la novela es el de los diminutivos y, los aumentativos. Éstos, como se sabe, indican en su primera más natural función disminución o aumento de tamaño, y están sustentados en los nombres concretos (perro, perrito). Sin embargo, el uso y la creatividad popular (sobre todo en español e italiano, no en las lenguas germánicas) los ha sacado de esa primera función, para hacerlos cubrir una extensa gama de significados. Son, en realidad, la parte más viva del idioma, el espacio donde éste se renueva y evoluciona. Con ellos se puede expresar, en una forma distinta o nueva, emotividad, amor, ternura, erotismo; emitir órdenes de manera cariñosa o suave; indicar sumisión, humildad, desprecio, desdén, burla, humor; desvalorizar, ironizar; señalar lo familiar, lo local, lo que corresponde a la comunidad primaria por contraposición a lo serio u oficial. Son, por lo general, más utilizados por el pueblo que por la clase alta, más por las mujeres que por los hombres, mis por los niños que por los adultos. El pueblo dice: «ahorita», «piecito», «polvito»; la alta jerarquía dice: «ahora mismo», «pie breve», «polvo fino»9.

Carrasquifia utiliza los aumentativos y los diminutivos en un grado muy superior al de sus colegas escritores del siglo XIX y de la primera mitad del XX. En Frutos de mi tierra sorprende la abundancia y la originalidad. En unos cuantos párrafos aparece una extensa variedad: mocito, señorona, parrandón, apuestica, avechucho, vejancona, bobalicona, geniazo,viejorro, supirón, engañifa, miamito, verguencilla, pobretona, caderamen (entre los sustantivos); tantico, toitos, escasillo, acicalaíto, frescachona (adjetivos); calladito (verbo); ahorita, mismitamente, enseguidita, nomasito, mismito (adverbios). Los usan no sólo los personajes sino también la voz narrativa principal, y sirven para caracterizar, sobre todo, a César Pinto, a Martín Gala y a las mujeres, logrando con ello una particular nota de ironía.

REFRANES Y OTROS JUEGOS

Resaltan también en el nivel superficial los términos de la región y los dichos y refranes populare, muchos de ellos provenientes por tradición oral del más rancio origen español, tanto medieval como del Siglo de Oro10. Se presentan en abudancia, siempre integrados en el contexto, oportunos, verosímiles y en muchas ocasiones cargados de humor: "El tal, apenas vio la muchacha, principió a hacerle ojitos y a pelarle el diente" (p.48), "meter la Gómez" (p.76), "echar banbolla" (p.66), tener "poco fundamento" (p.81), "todo perro y gato se enteró de los coqueteos" (p.66)11

Las referencias eruditas tornadas de la alta cultura son sometidas por don Tomás a una forma de degradación, acorde con lo Popular carnavalesca e irónico descrito en los párrafos anteriores. El capítulo XIII se titula «La cueva de Montesinos», alusión al Qujote, y antecede la descripción de los ridículos devaneos amorosos de Martín Gala rechazados por Pepa.

Refiriéndose a César, se citan figuras ilustres de la alta cultura: Spencer, Edisson, Draper, Littré, Zola, Valbuena, Veriie (p. 165), nombres que César deja caer como azar en su discurso para adornarlo, no porque conozca estos autores: son nombres que ha "escuchado de los sabihondos". De la misma manera, César llama «Filis» a Filomena (p.247) sin haber leído nunca a Garcilaso. Hasta al poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González se alvide en tono menor con aquellos versos que hablan de «la flor de batatilla, la flor sencilla, la modesta flor» (p.250). Similar tratamiento reciben Carlo Magno, Roldán, Sancho Panza, Stie, Dumas y Espronceda.

Hay iuegos de palabras, cacofonías de efecto sorpresivo Y utilización de indicativos para convocar la complicidad del lector, en frases como las siguientes: «Pepa, con aquel modo que tienen las hembras para escurrirse entre el gentío» (p.97); «Se oye ese sonar de faldas, ese sacudir de pañuelos (... ), ese movimiento general que indica que todos se aprestan a escuchar v a entender mucho» (p.99). A veces la estructura del párrafo recibe un tratamiento novedoso: en medio de un diálogo mimético entre Paula y Marucha (las caseras de Gala), se abre un paréntesis para describir una pausa y una acción, como si fuesen frases tomadas de la marginalia de los textos de teatro: «Pausa, encendida del tabaco y chupones» (p. 142). En otras incurre en un exceso de admiraciones (p.72), fórmula que ha entrado en desuso al avanzar el siglo XX.

LA NOVEDAD DE SU APORTE

Variados son, pues, los recursos estilísticos que utiliza don Tomás. Los que he enumerado surgen de manera evidente en el nivel superficial de la representación. Existen otros que exigen un análisis más profundo.

En el articulo «Herejías», citado al comienzo, Carrasquilla se refiere a las formas lingüisticas utilizadas por Pereda. Afirma que «las palabras del vulgo las engarza (Pereda) en una sintaxis rigurosa» (p.26), lo cual implica una falsificación: el autor aporta una sintaxis que considera «correcta» y en ella, a manera de maquillaje o adorno, encaja palabras del vulgo. De este modo, Pereda no logra la mimesis perfecta del lenguaje popular, sino su remedo o caricatura.

Con frecuencia la crítica ha comparado a Carrasquilla con Pereda. Lo injusto de esta comparación, respecto del habla de los personajes, salta a la vista. Fiel a su premisa de que «debe escribirse como (...) hablan las gentes, no como lo establece la gramática» (p.26), Carrasquilla no vacila en sus escritos, y en especial en Frutos de mi tierra, en incluir lo que los puristas pudieran tachar de «errores». Cuando hablan las gentes del pueblo, son frecuentes los verbos mal conjugados, la falta de concordancias y otras anomalías. En la novela Mónica Seferino, la madre de los Alzate, se refiere a su hijo Agusto con la siguiente frase: «Lo que a yo más me confundía era que apenas medio ajuntaba las letras (... ) pues con las leicioncitas que busté me le dio, con eso tuvo pa endilgase» (p.45). Doña Bárbara, la madre de Pepa, en una ocasión exclama: «¡Asómensen niñas, asómensen y verán!» (p. 120). La mimesis se exagera hasta el punto de transcribir literalmente, con errores de ortograffa, textos escritos por personas semiletradas, como la carta que recibe Filomena de su hermana Juanita, con perlas como las siguientes: «Cesar esta mui aburrido en esta porque hase algun tiempo que esta sin colocazion» (p. 138). En otro pasaje le escribe Pepa a Martín Gala: «Yo lo amo lo adoro. No se baila por Dios para el Cauca sin que hablemos» (p.153).

En las novelas de Carrasquifla, el arriero habla como hablaban los arrieros; la sirvienta negra, hija de esclavos, como los esclavos; el médico como los médicos; el bogotano, como habla el pueblo en Bogotá; y las personas escriben como hablan. Cuando César viene a vivir con sus tíos, lo que más llama la atención es su forma de expresarse: «Pero si que tiene un habla pa más sabrosa» (p.158), exclama la cocinera. Poco tiempo después, en casa de los Alzate «El tuteo zumbaba, y el habla bogotana, en toda su acentuación y pureza, se cultivaba allí como en una academia: Filomena ya estaba al tanto de los vocablos más usuales, y, según su sentir, muy endilgada en la pronunciación» (p.242).

DISTANCIA FRENTE A LOS FILOLOGOS BOGOTANOS

En seguida de la cita anterior, la voz narrativa se extiende en consideraciones de carácter técnico; trata de explicar el origen del «tono al hablar de las gentes de la meseta de Santa Fe» que, según cree, proviene de la mezcla de elementos peninsulares, indígenas y criollos. Explica que ciertos fenómenos como el clima, la forma del terreno, los ruidos, la configuración del aparato vocal, pudieron tener efectos significativos en su formación. Se remite, no sin ironía, a "Caro y Cuervo" como las autoridades en filología que podrían explicarlo. Afirma que "no cabe dudar, pues el palmario, que en la formación del acento bogotano entraron, y en mucho, la música, la onomatopeya y el donaire". Se refiere al uso de los aumentativos, las exclamaciones y otras formas gramaticales que hacen que el oyente "prescinda del concepto y de la forma, nada más que por escuchar", y concluye con otra nota de ironía: "los bogotanos parecen más cultos de lo que son". Por comparación, el habla del antioqueño es "destemplada y monótona", para concluir: "Con ser que maltratamos mucho menos que los bogotanos la madre lengua". Y de nuevo se refiere a "don Rufino José" por su Apuntaciones críticas (pp.242 y 243)

¿A qué se debe esta digresión más o menos extensa, de carácter técnico, que nada agrega al desarrollo de la trama?

El tratado, clásico de filología titulado Apuntaciones críticas del lenguaje bogotano de Rufino José Cuervo, fue preparado entre 1867 y 1872 y, para finales del siglo, fecha en la que escribía Carrasquilla, ya había sido editado repetidas veces y era generalmente aceptado como una fuente indiscutible de autoridad.

A pesar de su título no se limita a lo bogotano, incluye además consideraciones filológicas de otras regiones del país y del ámbito hispánico. Citarlo en este lugar de la novela, luego de consignar sus propias observaciones linguísticas, implica un acto de emulación, un acuse de recibo y, sobre todo, el deseo de que su novela, de alguna manera, establezca un diálogo con las Apuntaciones

DIALOGISMO Y RIVALIDAD REGIONAL

Importa en este punto establecer un deslinde entre conceptos utilizados por la crítica contemporánea, sobre todo a partír de la obra del escritor ruso Mijael Bajtín: poliglosia y dialogismo (o polifonía). La poliglosia se da cuando en un texto aparecen en contacto formas de habla (jergas, dialectos) de distintas esferas (distintas clases sociales, profesiones, oficios). La monoglosia, que es lo contrario de poliglosia, ocurre cuando todos hablan con el mismo código. El dialogismo, por su parte, se presenta cuando en un espacio social, o en un texto, se encuentran libremente ideologías, creencias o concepciones de mundo diferentes, sin que ninguna de tales ideologías o creencias pretenda acallar a las otras o sobreponerse a ellas. Dialogismo significa, por supuesto, diálogo y, también, respeto por las creencias de los demás. El diálogo puede ser con otras personas o consigo mismo, en momentos de introspección, de vacilación y duda. Lo contrario del dialogismo es el monologismo, que ocurre cuando un punto de vista, una idea o un criterio se erige como oficial, canónico, prepotente; cuando se autoriza a si mismo, cuando se siente vocero del poder central. Se le opone, con frecuencia, una actitud subversiva, libre, espontánea, que surge y se expande por la periferia, en la plaza de mercado, en el carnaval. Está hecho de sátira y humor. El idioma se perpetúa por la monoglosia y el monologismo (centro de poder, tradición); avanza, se transforma y renueva por la pofiglosia y el dialogismo.

Poliglosia y dialogismo deberían, entonces, ser sinónimos. El pueblo que piensa, siente y ve el mundo de manera diferente a como lo ve la clase dominante, habla también de manera diferente. Sin embargo, esto no siempre es así: distintas maneras de pensar pueden expresarse con un mismo código lingüístico y, al mismo tiempo, distintos códigos no significan, necesariamente, distintas maneras de pensar. Una persona puede disentir de otra en cuestiones ideológicas y ambas expresarse con el mismo lenguaje.

Es evidente que esta problemática estaba presente, obviamente con palabras o conceptos diferentes, en la mente de Carrasquifia. Sentía que la capital ejercía sobre la provincia una dictadura cultural y que los grandes sabios capitalinos poco cuidado tenían en el estudio de las formas del habla de la provincia. Erigían en canónico lo bogotano (heredado por tradición de España), relegando las hablas del resto del país que venían formándose en el mestizaje. Carrasquilla se levanta como vocero de las hablas antioqueñas y, con laboriosidad y cuidado comparables con los de los filólogos bogotanos, se dedica a recoger sus formas, que no duda en calificar de mejores («con ser que maltratamos mucho menos que los bogotanos la madre lengua»12). Su método es, por supuesto, diferente al de Cuervo, y su producto quizá más duradero, porque además del impulso científico y regional que lo anima, está provisto de innegables recursos estéticos que, en último término, son los que hacen imperecedera una obra. A la forma monológica de expresarse el sabio bogotano, a su prepotencia por sentirse en el centro de poder, Carrasquilla opone sus concepciones de lo que ahora llamamos poliglosia y dialogismo.

Así pues, el conflicto subyacente en la novela entre lo regional antioqueño y lo nacional centrado en Bogotá, lo resuelve Carrasquilla representando con fidelidad lo antioqueño y condenando al ridículo lo bogotano, como se aprecia sobre todo por las caracterizaciones de César Pinto y Martín Gala y las menciones irónicas a «Caro y Cuervo»13.

AUTORITARISMO PATRIARCAL

En el ámbito nacional Carrasquilla propugnó por el dialogismo, la diversidad, la no jerarquía en asuntos culturales. Era la reacción natural contra el asfixiante provecto de «La Regeneración» que venia imponiéndosele al país. Más allá del problema político, y desde nuestra perspectiva, la pregunta es: ¿adoptó Carrasquilla esos mismos criterios de igualdad y respeto por el otro en el manejo de sus personajes?

Si interpreto bien el artículo ya varias veces citado, la selección de los términos, el uso de aumentativos o Diminutivos, el orden de las palabras, las concordancias, las redundancias y cacofonías del personaje pertenecen a un supuesto modelo real, no al novelista. El autor ha querido limitar su creatividad a la selección del modelo, pero una vez seleccionado éste debe adquirir vida propia dentro del texto, debe pensar y expresarse con independencia del autor. Si esto se logra, el personaje no sólo será libre para usar su propio lenguaje y su propia sintaxis, sino y sobre todo para pensar y expresar sus ideas de manera original, autónoma, logrando argumentos y posiciones ideológicas, incluso, contrarias a las del autor.

En la novela Frutos de mi tierra existen varios narradores que toman la palabra en los diálogos y, si fuesen sinceros, quedarían por ella definidos. Es decir, el lector espera que las palabras reflejen los pensamientos y caracteres de los hablantes, tal como lo pide el propio Carrasquilla cuando se refiere a «la nota más genuina de su personalidad». Este anhelo, sin embargo, queda desvirtuado cuando interviene la mentira por parte del personaje o la ironía por parte del autor. En el caso concreto de César Pinto, sus palabras nunca reflejan su conciencia. Siempre se le representa como mentiroso y se le describe con ironía quedándonos, pues, sin conocer su auténtica vida interior.

Además no siempre habían los personajes. Muchos párrafos de la obra corresponden a un narrador principal anónimo, imbuido de autoridad, que pasa de una escena a otra, de un tiempo a otro, determinando el avance de la narración. Su identidad es bastante incierta, pues no corresponde con exactitud a la identidad del autor empírico, es decir, a la del escritor de la vida real. Surge, aunque de manera imprecisa, una nueva identidad: la del «autor implícitos, que habita en el umbral entre la realidad y la ficción. Este autor implícito comporta algunas de las condiciones del propio Carrasquilla, algunos rasgos de su personalidad, preocupaciones, creencias, lecturas, elementos de su biografía; otros le son ajenos. Se trata de un ente inventado o figurado que conduce el relato pero que, en el caso de la novela que nos ocupa, no participa directamente en los hechos y, por lo tanto, es de carácter heterodiegético.

El autor implícito, como concepto de crítica literaria, puede asumir diversas formas. En muchas novelas, principalmente decimonónicas, Presenta la facultad de introducirse en la conciencia de los demás personajes (intradiegesis)14. En las modernas, por el contrario, muestra la tendencia de abstenerse, limitándose a observar las actuaciones externas de los demás. En todo caso, la mezcla de estas dos condiciones, la heterodiegesis y la intradiegesis, determina su grado de «onmisciencia».

El esbozo de estos conceptos permite comprender los mecanismos lingüísticos profundos utilizados por Carrasquilla. Separándose de la costumbre decimonónica asume, con excepciones, la posición extradiegética, es decir, limita la omnisciencia de su narrador implícito, quedándose muchas veces en la mera observación de las condiciones externas de los protagonistas. Como lectores, desconocemos gran parte de lo que piensan, sienten, sueñan o recuerdan en su más profunda conciencia. Es decir, desconocemos en qué grado ejercitan su libertad interior.

Más aun: al igual que en muchas otras novelas decimonónicas (de las Ramadas «costumbristas»), Carrasquilla hace que su autor implícito se exprese en lenguaje estándar, utilizando palabras «cultas» y sintaxis «correcta», y que sus personajes lo hagan en jergas populares. Marca, entonces, una diferencia jerárquica, como si se colocara en un pedestal y desde allí observara (escuchara) a las gentes del común. El discurso del autor adquiere el máximo valor frente al de los personajes; jerarquización que, casi por definición, implica una negación del dialogismo. El personaje queda reducido a una simple marioneta y nosotros, los lectores, conocemos bien sus actuaciones externas, pero muy poco de los procesos íntimos de sus conciencias, ni la manera como ejercen sus libertades interiores.

En Frutos de mi tierra aparecen tres extranjeros: César (blanco bogotano), Martín (blanco del Cauca) y Bernabela (negra de Marmato), lo que permitirla elaborar un buen mosaico cultural. César es quien ha tenido una vida más intensa: militar, viajero, jugador y mujeriego. Ser'ía en realidad, el personaje que permitiría la descripción más interesante de los procesos de su libertad interior, con los cuales quedaría representada la diferencia. ¿Cuáles son los mecanismos de su conciencia?, ¿su ideología?, ¿sus verdaderas aspiraciones?, ¿cuándo y por qué decide demostrarle amor a su tía y arrastrarla al matrimonio?, ¿cómo actuaron sus experiencias pasadas, sus sueños, sus principios morales, su educación, sus relaciones con sus.padres, en la determinación de sus designios?, ¿cómo fue su lucha interior?, ¿cómo y por qué llegó a ser tan cínico? Son aspectos que quedan ocultos para el lector, a pesar de tantas páginas cubiertas por su habla. Algo similar ocurre con Martín. Las vidas interiores de estos dos personajes centrales quedan desfiguradas por la ironía y, por lo tanto, mal representadas. En cuanto a Bernabela, su posición social no le permite expresar a cabalidad lo que piensa y el autor no penetra en su conciencia, ni nos comunica sus diálogos interiores, ni sus dudas y vacilaciones, ni sus ideas religiosas o míticas, y ni siquiera sus verdaderos sentimientos respecto de quienes la mantienen en el escaño más bajo de la sociedad, dejándonos sólo con la visión pintoresca de su jerga intrascendente que poco nos revela acerca de su verdadera personalidad.

Lo que sorprende en Frutos de mi tierra, sin embargo, es que Carrasquilla, sin renunciar a su posición autoritaria en la jerarquía, se exprese de manera poco canónica. En aquellos párrafos no imputables a los personajes usa un tono «hablado», a medio camino entre la escritura erudita y el habla popular. Asume como sus personajes infinidad de giros, aunque siempre dentro de una sintaxis «correcta»; compite con éstos en la originalidad de la expresión. Todo lo cual da a sus textos un valor y una diferencia determinante.

En otras palabras, la crítica que Carrasquilla hace a Pereda se vuelve, en parte, contra él. Lo que el español utiliza en relación con los personajes, el antioqueño lo utiliza con su narrador implícito. Cuando éste habla, Carrasqulla lo hace hablar con una sintaxis clásica, sin «errores», pero «engarza» en ella palabras y giros que provienen no sólo del habla regional, sino también de fuentes cultas y del español antiguo. El énfasis, sin embargo, está dirigido no hacia lo canónico y central sino hacia lo periférico y subversivo. El efecto general es el de la parodia, la ironía, el humor, a veces la caricatura.

CONCLUSIÓN

Mi conclusión es que Carrasquilla, que abogaba por la diferencia y la igualdad de las regiones en el ámbito nacional, no logró darle a sus personajes el reconocimiento e igualdad que merecían como seres humanos libres. Hay demasiado autoritarismo en la obra: Agusto respecto de sus hermanas, Chepe Escandón respecto de su esposa e hijos, y el narrador principal respecto de los personajes. Pero esta particular condición constituye, a su vez, un logro literario. Refleja un rasgo central de la identidad antioqueña: el patriarcado basado en una estructura de valores, a partir de la dominación del varón blanco, la sumisión y virtud sexual de la mujer, la preponderancia del abolengo español, la vigencia absoluta de la fe y el rito católico, la ética del trabajo y la acumulación de riqueza. El discurso que mejor representa esta identidad es, sin duda, el monológico, aun dentro de la poliglosia.


1. Álvaro Pineda Botero (1995a: 130-131).
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2. Luz Elena Hurtado de Jiménez (1986).
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3. Una versión de estas apreciaciones críticas fue publicada bajo el título «Habla e identidad regional en Carrasquilla» (1996).
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4. Tomás Carrasquilla, «Herejías» (1958: T.11).
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5. Cito por la edición crítica de Jorge Alberto Naranjo y Estella María Córdoba, Gobernación de Antioquia, Colección de Autores Antioqueños No. 100, Tomo I, Medellín, 1996. Primera edición: Librería Nueva, Bogotá.
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6. El ascenso de una burguesía minera o comerciante en Antioquia a finales del siglo pasado es un tema que ha sido ampliamente estudiado. Rosario Casas lo menciona en relación con la novela Tierra virgen y, Ángela Rocío Rodríguez (1988) lo hace en relación con Frutos de mi tierra. Este texto incluye consideraciones sobre las distintas razas representadas en la novela.
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7. Véase, entre otros, Pablo Rodríguez Jiménez (1988). Rodríguez Jiménez retorna el tema en otro artículo más reciente (1995: T.II).
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8. Sobre este tema véase, por ejemplo, la interesante novela de Eduardo Santa (1988)
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9. Algunos estudios que pueden consultarse son: Alberto Zuluaga Ospina (1970); José Joaquín Montes, (1972); Fernando Lázaro Mora (1976).
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10. Uno de los estudios más completos sobre los refranes en la obra de Carrasquilla es el de Jaime Sierra García (1990). Véase, en especial, el tomo segundo.
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11. Otro trabajo importante respecto de la representación literaria del habla popular en la obra de don Tomás es el de Nestor Villegas Duque (1986).
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12. Desde la perspectiva de análisis que hemos adoptado, esta frase adquiere un significado determinante. Contra lo bogotano, Carrasquilla enarbola el ancestro español, incluso si los sabios bogotanos reclaman el mismo ancestro.
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13. Los matices del pensamiento de Carrasquilla frente a la cultura bogotana son variados y en estos párrafos sólo me refiero a lo expresado en b novela. Son famosas sus «Homilías» (1898 y 1906), en las cuales polemizó, con el poeta manizalita Max Grillo, sobre el tema en cuestión. Al respecto pueden consultarse, entre otros, los siguientes textos: Vicente Pérez Silva (1991); Jorge Alberto Naranjo Mesa (1992: 39-59); Álvaro Pineda Botero (1995a: 123-131).
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14. Dos novelas contemporáneas de Frutos de mi tierra, en las cuales la voz narrativa entra en las conciencias de los personajes, son Al pie del Ruiz (1898) de Samuel Velásquez y Tierra Virgen (1897) de Eduardo Zuleta. En ellas conocemos los sueños, los recuerdos, y, en general, toda la cada interior de muchos personajes, en grado tal que el relato llega a hacerse inverosímil.
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