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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

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Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

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Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

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Héctor H. Orjuela
El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Raymond L. Williams: Novela y poder en Colombia


La ideología y la novela de los siglos XIX y XX en Colombia

En tiempo de guerra
toditos batallan,
unos con las letras,
otros con las armas.
Cantar anónimo.

Si el arte refleja la vida,
lo hace con espejos especiales.
Bertolt Brecht, A Short Organum for the Theater.

En Colombia la novela siempre ha sido considerada, un género menor. La élite dominante de hombres letrados ha cultivado históricamente la poesía y el ensayo como género ideales. Hasta la década de 1960 no había, virtualmente, ninguna industria para la producción, mercadeo y venta de novelas, como sí ha existido en el Occidente industrializado desde el siglo XIX. El surgimiento sorpresivo de Gabriel García Márquez, la llegada de editoriales extranjeras y el interés internacional por Latinoamérica, entre otros factores, transformaron radicalmente los escenarios literarios urbanos, regionales y de la provincia, que por más de cien años sólo habían producido tres novelas reconocidas nacional e internacionalmente: María (1867) de Isaacs, La vorágine (1924) de Rivera, y Cien años de soledad (1967) de García Márquez. María y La vorágine fueron escritas por novelistas que aspiraban ser poetas y, de hecho, habían cimentado su fama como poetas antes de lograr celebridad como novelistas. Más aún, después de la publicación de sus novelas, cada uno de ellos se dedicó a la política, de acuerdo a la tradición venerable de los hombres de letras colombianos.

La herencia cultural vigente en el siglo XIX en Colombia, tiene su origen en la cultura burocrática de las milicias españolas, y en sus valores, herederas a su vez de la Reconquista Ibérica; y no en las tradiciones de otros grupos, como el de los comerciantes1 El grupo de los letrados, educados en las universidades, fue uno de los pocos que no perteneciendo a la nobleza española, pudo lograr cierto status de aristocracia, y alcanzó posiciones, primero, en la burocracia real, y posteriormente, en la colonial. Así, la clase alta colombiana del siglo XIX adoptó muchos valores españoles implantados durante los tres siglos coloniales. La futura oligarquía habría de ser educada, en forma bastante uniforme, en alguno de los semilleros de la oligarquía -el Colegio del Rosario o el Colegio de San Bartolomé- donde se buscaba afirmar el honor social, siguiendo la tradición española, a través de las carreras de letras, derecho, y ciencias políticas2 . Los hombres de letras más brillantes del país a menudo han cursado dos o tres de tales carreras, desde el primer novelista Juan José Nieto, hasta el reciente presidente y escritor Belisario Betancur.

La importancia que históricamente se le ha otorgado a los otros géneros frente a la novela, podría compararse con actitudes similares de los intelectuales europeos en los siglos XVIII y XIX. La oligarquía en la Colombia del siglo XIX a veces aceptaba e imitaba valores culturales extranjeros, dándole preferencia a las modas literarias predominantes en Francia, España o Gran Bretaña. Las culturas española e inglesa tuvieron más importancia en la región andina colombiana que en otras regiones del país, o en otros países de América Latina, que en general, rechazaron a España e ignoraron la Gran Bretaña durante el XIX. En este siglo, y en gran parte del XX, se publicaron novelas en pequeñas ediciones que pasaron desapercibidas. Podríamos citar casos innumerables de jóvenes de la oligarquía que publicaron una única novela quizás como pasatiempo o para lograr fama les han sido los casos del intelectual y estadista Manuel María Madiedo en el siglo pasado, y del reciente presidente de la república Alfonso López Michelsen.

Dados los valores de clase relacionados con la creatividad literaria, la poca importancia de la novela como género, y el marcado regionalismo, no podríamos hablar de una tradición novelística 'orgánica' en sentido estricto en Colombia. Más bien podríamos hablar de tradiciones regionales (como se plantea en los capítulossiguientes), a partir de novelas significativas (Aparte de María, La Vorágine y Cien años de soledad), y de novelistas sobresalientes.

Como se podrá observar en el capítulo 7, la novelística contemporánea podría denominarse novela moderna y posmoderna. En todo caso, y teniendo en cuenta el sentido clasista que tiene la actividad de la escritura en el país, y los prejuicios históricos contra la novela, nuestra siguiente inquietud estaría orientada a establecer quiénes son en realidad los novelistas colombianos. Serían aquellos que han luchado por establecer su carrera como novelistas, publicando novelas regularmente a través de su vida, en general con poca o ninguna utilidad monetaria. Casi sin excepción han pertenecido a la clase media y media - alta de la sociedad. Muchos no han participado en las estructuras de poder, por razones de clase o de sexo. Si dejamos de lado las figuras intelectuales más famosas (letrados o políticos que no se han dedicado por entero a la novela), y aquellos que han publicado sólo una novela (con excepción de Isaacs o Rivera), la lista tentativa de los novelistas colombianos sería la siguiente: Juan José Nieto, Eugenio Díaz, Felipe Pérez, Jorge Isaacs, Soledad Acosta de Samper, Tomás Carrasquilla, Clímaco Soto Borda,José María Vargas Vila, José Eustasio Rivera, José Félix Fuenmayor, Ignacio Gómez Sánchez, José Antonio Osorio Lizarazo, César Uribe Piedrahita, Bernardo Arias Trujillo, Augusto Morales-Pino, Manuel Mejía Vallejo, Eduardo Caballero Calderón, Arnoldo Pálacios, Elisa Mújica, Manuel Zapata Olívella, Héctor Rojas Herazo, Gabriel García Márquez, Fanny Buitrago, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Héctor Sánchez, Alba Lucía Ángel, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Germán Espinosa, Rodrigo Parra Sandoval, Jorge Eliécer Pardo, José Luis Garcés, Álvaro Pineda-Botero, Roberto Burgos Cantor, Andrés Caicedo, R.H. Moreno-Durán, y algunos otros escritores contemporáneos. Podría discutirse sobre los nombres incluidos, y suprimir o agregar algunos, de acuerdo a criterios diferentes; lo que es irrefutable es que la oligarquía colombiana no produce novelistas.

Por otra parte, la crítica literaria y la academia, han estado estrechamente ligadas a la oligarquía, (la clase alta, la élite universitaria y la iglesia católica) La crítica literaria ha incluido estudio de los clásicos griegos y romanos y la filología, y ha estado dominado por el sexo masculino.- Además ha cumplido una importante función legitimadora: a través de un complejo proceso de inclusión y exclusión, y con el uso de un discurso de alabanza más que de análisis o de indagación académica, la oligarquía ha institucionalizado valores literarios y sobre todo ha consagrado a sus escritores3. Como en el caso de los letrados emergentes de la burocracia española el escritor de clase media colombiano ha presentado sus credenciales ante la élite que selecciona, pero la aceptación del novelista en contraposición al poeta o ensayista, ha sido más bien excepcional. Cada período ha estado representado por uno o dos intelectuales prominentes quienes, en efecto, han sido los que seleccionan a los novelistas. Algunos críticos eruditos investidos de poder para desempeñar tal papel han sido José María Vergara y Vergara, Baldomero Sanín Cano, Rafael Maya, Antonio Gómez Restrepo y Gustavo Otero Muñoz. En general, los novelistas han sido liberales y los críticos conservadores. Al reconocer esta situación, podríamos entender la razón de por qué con frecuencia los novelistas se quejan de que la crítica literaria es inexistente en el país, y también por qué los críticos se quejan de que Colombia no tiene novelistas.

El período formativo de la nueva nación, de 1810 a 1862, estuvo dominado intelectualmente por dos hombres de letras, Julio Arboleda (1817 1862) y José Eusebio Caro (1817 - 1853), quienes no escribieron novelas. Los escritores de esta época eran típicamente terratenientes jóvenes y aristócratas urbanos. Muchos de ellos participaron en la guerra de independencia o fueron hijos de participantes. Arboleda y Caro se distinguieron por su poesía y pertenecían a la clase acomodada. Desde el punto de vista de nuestro presente, podemos afirmar que Eugenio Díaz y Juan José Nieto fueron dos novelistas importantes, quienes durante su existencia, sin embargo, fueron vistos como intelectuales advenedizos, cuya obra literaria era de poca importancia. Se creía que sus novelas y que el género novelístico, no contribuían significativamente a la empresa ideológica, a la política de la clase alta o a la élite intelectual. El ensayo político, por el contrario, tenía un impacto mucho más pronunciado; aún hoy, Díaz y Nieto permanecen prácticamente ignorados.

Las dos empresas ideológicas, y las correspondientes Colombias que los intelectuales proyectaron en sus escritos, fueron la Utopía Liberal y la Arcadia Heleno - Católica. El comienzo del período 1810 -1862 estuvo dominado por los centralistas, seguidores de Simón Bolívar, es decir, los futuros conservadores de la Arcadia Heleno - Católica. Los liberales, bajo el liderazgo de Tomás Cipriano de Mosquera, fueron adquiriendo poder al final de este período. En realidad, se lograron pocas utopías o arcadias en las décadas de 1840 y 50, a no ser las de los textos de ensayo idealista o de poesía neoclásica. Más bien, las diferencias ideológicas fueron transladadas al campo de batalla, sobre todo en las guerras civiles de 1841, 1851 52, 1854 y 1859 - 62.

El salón de clase también fue escenario de enfrentamiento, con los debates entre liberales y conservadores sobre el tema de la educación pública 4 que de terminaron la alfabetización de las clases media y baja y les ofrecieron a estas clases la posibilidad de ingresar al mundo de la escritura y la lectura literaria. Parece lógico afirmar que dadas las diferencias tan marcadas entre las distintas regiones, también las actitudes respecto a la educación diferían de región a región. Por ejemplo, Antioquia la Grande estuvo a la vanguardia de la educación primaria a lo largo del siglo XIX, lo que contribuyó a que se generalizara un espíritu de equidad en aquella región5 (véase capítulo 5). Sin embargo, la clase alta de las distintas regiones coincidió en su actitud frente a la educación, y en sus apreciaciones sobre la importancia de la educación en las dos empresas ideológicas mencionadas. Una inquietud importante de la élite fue la 'moralización' de la masa analfabeta, y el papel de la educación para lograr tal moralización6. En el Congreso de Cúcuta se buscaron fórmulas educativas en religión y moral y se consideraron necesarias las escuelas públicas para que los jóvenes aprendieran 'las obligaciones sagradas impuestas por la religión y la moral cristianas'7 . Los conservadores creían que los hombres de letras de la Arcadia Heleno- Católica debían prepararse en la escuela pública. En todo caso, ésta debía buscar por lo menos, que el pueblo aprendiera a respetar los artificios literarios y la posición social de la clase alta. De tal forma, al inculcarle a las clases media y baja la literatura clásica grecolatina y neoclásica, la poesía patriótica hizo de la literatura una nueva forma de ideología. Hacia 1850 los conservadores habían llegado a creer que el pueblo era incorregible , debido al deterioro de los valores sociales tradicionales8 ; y que quizás, la literatura de la Arcadia, tal como era concebida por Sergio Arboleda y otros escritores, podía inculcar cierto orden en la sociedad. De nuevo, la literatura era considerada vehículo ideológico. Los conservadores más tarde rechazaron la educación primaria como instrumento adecuado para su programa ideológico, dándole prioridad a la universidad, en donde el diálogo elitista en política y literatura podía adelantarse con una audiencia más receptiva: los miembros de su propia clase.

Al considerar tales controversias sorprende que se hubiese publicado alguna novela durante este período. Sin embargo, entre 1810 y 1862 fueron publicadas unas dos docenas de obras. Juan José Nieto, Eugenio Díaz, José María Angel Gaitán y otros fueron los pioneros de lo que hoy podemos denominar las primeras novelas colombianas. Algunas de ellas, sin embargo, son verdaderas anomalías estéticas, particularmente si las leemos como novelas: a mediados del siglo XIX en Colombia, lo mismo que cien años antes en Inglaterra, el concepto de literatura no se limitaba, tal como hoy lo limitamos, a escritura 'creativa' o 'imaginativas9. Ninguno de aquellos pioneros se consideraba 'novelista' sino 'escritor', y todos ellos incursionaban lo mismo en la novela que en el discurso político, histórico o filosófico. Muchos de sus trabajos, que hoy clasificamos como 'novelas', contienen elementos de todos estos géneros. Más aún, términos como 'reacción personal' y 'lo imaginativo' que hoy son inseparables del concepto de 'lo literario', no habrían tenido más significado para Juan José Nieto o José María Samper del que tuvo para Henry Fielding10. La empresa ideológica de aquellos escritores de medio siglo se orientaba no tanto hacia 'lo imaginativo', sino hacia los objetivos ideológicos de sus utopías o arcadias, concebidas racionalmente, y que ellos aspiraban instaurar en Colombia.

En el período 1810 - 63, el primer intento de novela fue el de José Joaquín Ortiz, María Dolores o la historia de mi casamiento (1841). Al leerla hoy, con nuestras expectativas sobre los géneros literarios, parece más bien un esquema incompleto de novela. Ortiz ha sido más conocido por sus poemas patrióticos de corte neoclásico que por este panfleto publicado con el subtítulo de . novela'. Católico devoto, conservador y amante de la tradición española, escribió el famoso poema 'Los colonos', en el que realizó plenamente su misión ideológica: evocar una Arcadia Heleno-Católica en el reino colonial de la Nueva Granada, en cuyo territorio los españoles 'civilizan' la población nativa. María Dolores encaja a bien en el esquema ideológico desarrollado en su poesía, ya que con una percepción mínima del contexto social, relata las vacilaciones emocionales del narrador - protagonista en busca de su amada, con quien se casa al final. El lector concluiría que la Arcadia sí es posible con el concurso adecuado de los hombres de letras.

Si la arcadia conservadora es posible en la ficción de Ortiz, la utopía liberal encuentra sus raíces novelísticas en Ingermina o la hija de Calamar (1844)- del liberal caudillo de la Costa, Juan José Nieto. En esta utopía particular, ambientada en la época de la conquista española, el español no sólo se desposa con la princesa indígena Ingermina, sino que la instruye en los secretos de la cultura escrita. En la misma forma que este matrimonio le abre, a ella, las puertas de la aristocracia cartagenera, Nieto el novelista, por cuya sangre circulan las tres etnias de la zona, aspira lograr una aceptación total por parte de la clase alta, combinando en sus novelas las convenciones del romanticismo y la ciencia europea.

Tanto en la utopía de Nieto, como en la arcadia conservadora, el indígena necesita ser 'civilizado' para que pueda funcionar adecuadamente en la sociedad. En todo caso, fue Nieto el primer novelista colombiano en darle voz propia al nativo del Nuevo Mundo; Ingermina incluye, además, una larga anécdota sobre aculturación (véase capítulo 4). También incluye en forma consecuente los subtemas de la 'victimización" y la liberación. Tal como sucedió con Ingermina, las otras dos novelas de Nieto, Los moriscos (1854) y Rosina o la prisión del castillo de Chagres (1850), fueron totalmente ignoradas por la élite intelectual de la zona andina. Ingermina y Los moriscos fueron publicadas en Jamaica durante el exilio político del autor, y Rosina, en un periódico en Cartagena. Todas ellas han sido siempre marginadas de la historia política y literaria del país.

Una figura de mayor resonancia entre los liberales, fue Felipe Pérez hermano del distinguido político e intelectual liberal, Santiago Pérez (ministro de gobierno 1868-1870 y presidente 1874-1876). Felipe ocupó numerosas posiciones políticas en la región andina como la gobernación de Boyacá. Algunos de sus ensayos contribuyeron al diálogo político: Análisis político, social i económico de la República del Ecuadro (1853) y Anales de la revolución de 1860 (1862)n Fue ardiente seguidor de los principios de libertad y progreso (pilares de la utopía liberal): 'sobre la ruina de ese castillo de naipes - alcázar de un día - no se levantará el partido liberal triunfante, irradiando libertad y progreso"11. Aunque mejor recordado por sus ensayos, su ficción no fue tan ignorada como la de Nieto. Pérez fue, de hecho, uno de los más prolíficos novelistas de su siglo, publicando las novelas históricas Huayna Capac (1855), Atahuallpa (1856), La familia de Matías (1856), Los Pizarros (1857), Jilma, o la continuación de los Pizarros (1858) y El caballero de la barba negra (1858) en el período que nos ocupa. Varias de estas novelas (Huayna Capac, Atahuallpa, Los Pizarros y Jilma) están ambientadas en el Perú del siglo XVI, durante la conquista española, y están conformadas casi exclusivamente por diálogos, en los cuales aparece un mundo dicotomizado: de un lado, los despreciados y antagonizados españoles, de otro, los indígenas idealizados. Estas. novelas ofrecen una crítica liberal a la brutal conquista de los españoles, en oposición a la arcadia colonial ficcionalizada por los conservadores, como la de José Joaquín Ortiz. El caballereo de la barba negra se desarrolla en la España del siglo XVI e implica un cuesstionamiento a cieretas costumbres, en especial al arreglo matrimonial hecho por los padres. El narrador describe su programa de crítica social: 'Triste la suerte de la mujer en estos tiempos. Nacida en la lobreguez de los castillos y educada entre la reuca i el rezo, vive lejos del mundo, como flor nacida en la rocas'"12. El narrador también describe las normas sociales españolas de aquella época, criticando indirectamente las condiciones excesivamente conservadoras de la Colombia del XIX: 'Esa es la condición de la mujer en nuestro siglo y mayormente en nuestro país"13. Sin embargo, Pérez siempre restaura el orden social momentáneamente interrumpido en sus novelas, atemperando las necesidades reales de un cambio radical, asegurándose la aceptación de la élite liberal dentro de la cual, eventualmente fue aceptado debido a sus logros con la pluma y la espada.

Manuel María Madiedo, autor de la novela la maldición (1859), aunque pertenecía al partido conservador, fue uno de sus críticos más virulentos. Fue un multato nacido en Cartagena, repudiado por su familia linajuda, quien publicó ensayos abogando por las causas populares, y criticando los prejuicios de clase de ciertas familias importantes en Colombia. Un contemporáneo conservador de Madiedo decía que él 'no se conformaba por no haber nacido blanco y rico14 En nada se parecía al ideal de hombre de letras pregonado por Arboleda y Caro. Madiedo se opuso a los postulados conservadores clericales y doctrinarios defendidos por Arboleda, Caro y José Joaquín Ortiz. La facción del partido a la que pertenecía Madiedo pregonó una especie de socialismo cristiano e intentó promover la cooperación espiritual entre liberales y conservadores. Su novela, virtualmente desconocida, La maldición, apareció por entregas en un periódico de Cartagena y nunca se ha publicado en forma de libro. Cuenta la historia de un colombiano que retorna a la Costa después de una estadía en Europa, y su característica más sobresaliente es que representa el primer esfuerzo de un novelista colombiano para incorporar la cultura oral y popular en la novela. En esta obra, y en varios de sus ensayos, Madiedo estuvo más cerca ideológicamente del proyecto liberal que del conservador. (Apenas a finales del siglo habría de tener lugar un predecible matrimonio entre la Utopía Liberal y la Arcadia Heleno - Católica).

La novela más notable de aquel período, emanada de una voz conservadora fue Manuela,(1858) de Eugenio Díaz, quien tampoco se ajustó al modelo del hombre de letras conservador, y quien se mantuvo apartado del diario quehacer político. El autor implícito en Manuela, ridiculiza a su protagonista, un bogotano liberal progresivo -gólgota- que visita la provincia. La caracterización satírica le da al discurso liberal un tono ingenuo. El contraste entre la cultura oral, auténtica y llena de sentido común, y el discurso liberal, venido de una cultura escrita que desconoce las realidades nacionales, hace de Manuela una verdadera crítica del proyecto liberal, que estaba en vías de fortalecimiento a finales de la década de 1850 y principios del 60.

Si juzgáramos estos trabajos como obras de arte desde el punto de vista de nuestras expectativas actuales, ninguno podría ser catalogado de novela sobresaliente La tendencia de Nieto hacia el ensayo, la debilidad de los argumentos diálogos y la atención excesiva a nimiedades políticas, entorpecen la experiencia estética del lector cuando éste está más interesado en la ficción imaginativa que en lo político. El Doctor Temis (1851) de José María Gaitán y Viene por mi i carga con usted (1858) de Raimundo Bernal Orjuela, están llenas de los mismos problemas estéticos y las mismas proposiciones ideológicas. El Doctor Temis ficcionaliza una situación de injusticia social para demostrar que al final triunfará la justicia. Viene por mi i carga con usted explica didácticamente en su conclusión lo que presentó la trama, para enfatizar la idea de que las apariencias pueden ser engañosas. Hay otras obras que tienen por objeto recrear novelas europeas, lo que tampoco les da mayor éxito desde el punto de vista estético. La inquietud patriótica subyacente en estos intentos era la de afirmar que sí existían en Colombia costumbres comparables a las de las naciones europeas, dignas de ser reflejadas en la novela, y que los lectores burgueses podrían aprobar o desaprobar los comportamientos en ellas presentados, de acuerdo a ciertos valores que a su vez eran reflejo de los valores españoles y europeos. Juan Francisco Ortiz escribió varias novelas siguiendo las pautas del romanticismo europeo. Su primer libro, El oidor Cortés de Mesa (1845), es una mezcolanza de elementos de la época, y cuenta la historia de un protagonista obsesionado con una mujer a quien finalmente asesina. En Teresa, leyenda americana, (1851) Ortiz utiliza leyendas folklóricas regionales, en especial un cuento antioquefío sobre una bella joven de quien se enamora un esclavo de la familia. Eladio Vergara publicó bajo el seudónimo 'Un bogotano', la novela El mudo (1848), para describir la vida y las costumbres bogotanas; especie de versión colombiana de Les Mysteres de Paris de Sue.

Durante el período que va de 1863 a 1885 la concepción de una novelística colombianá enfrentaba varios problemas de los más penosos es que los modelos que venían operando hasta ese momento dejaron de servir a los propósitos ideológicos. Ni la Utopía Liberal ni la Arcadia Heleno - Católica se prestaban con facilidad a una novelización ideológica, en forma como era concebido el género en aquel momento. El ensayo y la poesía, por el contrario, parecían más apropiados. Por ejemplo, Arboleda pudo evocar imágenes de una Arcadia Heleno-Católica en su poesía épica escenificada en el reino colonial de la Nueva Granada. Entre los múltiples prototipos de novela de crítica social, -por ejemplo Los miserables de Victor Hugo-, ninguno parecía servir a los propósitos de la Utopía Liberal o de la Arcadia Heleno -Católica, pues quizás pensaron que no era conveniente llevar a la ficción aquellas masas empobrecidas y analfabetas que los rodeaban. Muchos liberales admiraron las ideas políticas de Hugo, pero no se decidieron a seguir su ejemplo al escribir sus ficciones.

Los costumbristas ofrecían una alternativa más aceptable: los cuadros de costumbres jugaron un papel vital para difundir el gusto 'correcto' y el modelo cultural comunitario. Respondían a la necesidad de alinear los sectores medios y bajos de la sociedad dentro de las orientaciones de la clase dirigente. El cuadro de costumbres más famoso de Vergara y Vergara, 'Las tres tazas', ridiculiza las costumbres bogotanas, y al mismo tiempo reafirma las relaciones entre el ritual correcto en sociedad y el comportamiento intelectual apropiado. Al ridiculizar obstensiblemente los hábitos de la clase media bogotana, e inclusive de la alta, se difundían los principios de la cultura común y del buen gusto. Para tal fin se usaron periódicos y revistas. Las distinciones que hoy establecemos entre periódicos, revistas culturales, publicaciones literarias o científicas, no son aplicables a la Colombia del siglo XIX. Las noticias, la cultura y la ciencia se dosificaban diaria o semanalmente para fortalecer una 'cultura' ideológicamente 'correcta'. Felipe Pérez fundó la Biblioteca de señoritas en 1858; El Mosaico varias otras publicaciones también circularon por aquella época.

Al ratificar la Constitución de 1863 quedó institucionalizado por Mosquera y sus copartidaros el programa liberal, es decir, la Utopía Liberal, que en su texto aseguraba la libertad absoluta y la justicia humanitaria. En este nuevo estado secular, la Utopía Liberal implicaba un intento por suplantar la Arcadia Heleno-Católica que había sido hasta el momento la ideología dominante. Aproximadamente durante las siguientes dos décadas, el concepto mismo de 'nación' fue un término cuestionable para ser aplicado a las regiones autónomas que constituyeron el sistema federalista de estados independientes. Esta situación se revela claramente en el gesto de Jorge Isaacs, quien se declaró 'Presidente' del estado de Antioquia en 1880. Los resultados de las reformas económicas perjudicaron a los terratenientes, y en consecuencia, se puso de moda la novela nostálgico de la aristocracia rural que anhelaba el orden anterior.

A pesar de que se publicaron más de 30 novelas, la novelística nacional no lograba el reconocimiento que gozaban los otros géneros y en especial la venerable literatura colonial. Cuando osé María Vergara y Vergara publicó su Historia de la literatura en Nueva Granada en 1867, no incluyó a ningún novelista. Se limitó a revisar panorámicamente los escritos españoles de la colonia en el Nuevo Reino de Granada, y a incluir unos pocos años a partir de la independencia (hasta finales del decenio de 1820). Tal fue el primero de una serie de trabajos orientados a propagar la idea de una tradición literaria orgánica y con identidad; esfuerzo típico de la ideología conservadora, que culminaría cien años más tarde con la publicación de Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia (1957).

Los intelectuales más renombrados entre 1863 y 1885 fueron José María Samper (1828 - 1888), Rafael Pombo (1833 - 1912), José María Vergara y Vergara (1831 - 1872) y José Eusebio Caro. Ninguno sobresalió como novelista, aunque Samper escribió varias novelas, y Vergara y Vergara pro.. dujo alguna ficción. Fue Samper liberal progresista y propagador afiebrado de la Utopía Liberal durante los años de 1870. Tomó la vanguardia de las reformas educativas propuestas por su partido, que buscaban la generalización y la secularización de la educación. Por ejemplo, en 1864 propuso una ley para reorganizar la educación superior, institucionalizando una universidad nacional orientada con preferencia hacia la técnica15. Al final de la década del 70 siguiendo las orientaciones de Rafael Núñez, se unió a los conservadores. Sus obras incluyen novela, teatro, varios volúmenes de poesía y ensayo, y tratados de historia, administración pública, sociología, viajes y biografías. Rafael Pombo, en contraste con el extravagante e impredecible Samper, se acomodó siempre al modelo del conservador intelectual. Fue un erudito traductor de poesía del griego, latín, francés, portugués e inglés. Muchos lo han proclamado como el más grande poeta colombiano del XIX. El ensayista, historiador literario y escritor de ficción Vergara y Vergara, fue también un activo conservador, fundador del periódico La unión católica en 1811, órgano que tenía por objeto defender la idea de un partido católico.

De 1863 a 1885, José María Vergara y Vergara escogió y consagró a ciertos novelistas, en el marco de la literatura'nacional' que él propiciaba. En El Mosaico, una especie de club literario esencialmente conservador y masculino, admitió nombres nuevos, sobre todo aquellos que podían reunir las credenciales necesarias, intelectuales o de clase, como fue el caso de] joven caucano Jorge Isaacs. Después de sus años de aprendizaje en El Mosaico, Isaacs retornó al Gran Cauca para escribir su única novela, María, publicada en 1867. María, aunque considerada una obra deplorable, se editó porque se necesitaban con urgencia novelas para sustentar el proyecto ideológico conservador, particularmente aquellas de valor estético comparable a las europeas y a las que las clases media y baja del país se habían acostumbrado. En María, Isaacs engalana las tierras del Gran Cauca con el colorido del paraíso terrenal, y ofrece una variante local del tema de la arcadia, logrando cumplir en forma magnífica los requisitos ideológicos que se exigían, a saber, que fuera una obra romántica, bien escrita, con el uso de un lenguaje 'poético', y que estuviera basada en modelos europeos. Con este conjunto de elementos se lograba compensar varias deficiencias, como eran que el género novelístico no estuviese aún bien definido, y que además, fuese en general menospreciado. Finalmente, se trataba de un autor de la aristocracia que había logrado describir a Colombia como una verdadera Arcadia Heleno-Católica. Otras razones contribuyeron a hacer de María una novela 'nacional', y tal vez no sea coincidencias el hecho de que Vergara y Vergara propusiera ese mismo año, en su Historia de la Literatura en Nueva Granada, la existencia de una literatura orgánica nacional. En respuesta a la Utopía Liberal, que concebía Colombia como un agregado de estados autónomos y libres, la arcadia conservadora propugnaba por un estado unificado y católico. Esta última posición estaba implícita en el subtexto ideológico de aquellas dos obras 'nacionales': la novela de Isaacs y el ensayo de Vergara y Vergara. (Poco después, Isaacs se uniría a los liberales, pero María permanecería como una de las bases de la empresa conservadora del siglo XIX). Cuatro años más tarde, en 1871, Vergara y Vergara fundó la Academia Colombiana de la Lengua, que buscaba establecer un idioma 'nacional' de acuerdo a su proyecto 'nacional'.

María, otros escritos costumbristas de la época, y en general la literatura relacionada con el ideal arcádico, fueron ejercicios de nostalgia. Por el contrario, los textos de José María Samper, de tono progresita, estuvieron libres de aquel sentimiento. Un celo genuino, que se refleja en sus escritos de ficción, subyace en toda la obra de este reformador. Sus Artículos de costumbres expresan su confianza en el progreso y en la posibilidad de perfección de las instituciones humanas"16. Tal visión de la sociedad, sumada a su actitud crítica frente a las publicaciones plagados de lugares comunes de sus contemporáneos, hicieron de Samper una fuerza renovadora de la ficción en el país. Publicó ocho novelas entre 1863 y 1885, todas ellas de gran significación dentro del diálogo político. Martín Flores (1866), de acuerdo a los modelos románticos, promete en el primer capítulo hacer llorar al lector. (Promesa similar aparece también en María): 'Martín Flores me contó su historia con los ojos llenos de lágrimas; ¡quiera Dios que el lector se digne acojerla con simpatía".17 El protagonista, Martín, es un joven intelectual que participa en política y en las batallas campales de la Colombia del XIX, pero que un día, al perder el amor de su amada Dolores, decide hacerse sacerdote. Esta conversión ocurre en el marco de la guerra civil. Finalmente Martín se dedica a la educación y dolores enloquece. Hacia mediados de la década de 1860, Samper se había convertido al catolicismo y había comenzado a forjar una idea sin precedentes: unir el catolicismo con el progreso social; idea que no era aceptable para liberales ni conservadores. En Martín Flores hay un reflejo de esta situación, por ejemplo cuando se afirma por boca de un cura que 'El Padre Ramírez encontraba una armonía profunda entre la religión y el progreso, entre el catolicismo desinteresado i la república democrática..."18. Otra novela, Un drama íntimo (1870), escrita en forma de diario, es llamada por su autor' una verídica historia'. En ella Samper defiende la justicia social. En otra, Florencio Conde (1875), se esboza un modelo operativo de corte liberal, o conservador progresista, para la sociedad colombiana. Está protagonizada por Florencio Conde, hijo de un antiguo esclavo y una blanca. El padre, esclavo en las minas de Antioquia, logra su libertad sacrificando sus horas de descanso en trabajos adicionales, para posteriormente hacerse rico. El hijo mulato, Florencio, luego de una buena educación, quiere casarse con una mujer aristocrática, pero es rechazado por su familia. Sin embargo, con esfuerzo y disciplina, obtiene una posición social destacada y al final logra su objetivo. En esta obra, Samper cuestiona los prejuicios de la clase alta contra el mulato y contra las otras clases, y demuestra su fe inequívoca en el progreso y en la educación. Clemencia (1879) y Coriolano (1879) son obras de contenido moral que describen los efectos devastadores de la falta de educación, tanto en el individuo como en la sociedad. En la novela El poeta soldado (1880), analiza las circunstancias de muchos intelectuales y políticos de la segunda mitad del siglo XIX, cuya participación en el diálogo intelectual a menudo se complementaba con su protagonismo en el campo de batalla. Además, en esta novela aparece una característica propia de gran parte de la narrativa de la región del Altiplano, cual es la de la autoconsciencia narrativa (Véase capítulo 3), ya que el protagonista es también escritor. El poeta soldado fue publicada en el momento en que Samper abrazaba el conservatismo. En la novela defiende esta ideología, ya que el protagonista, quien pertenece a este partido, es un buen católico que se preocupa por mejorar su status social y quien participa heróicamente en la rebelión de sus copartidarios de 1876 - 77. Esta novela, al igual que el resto de su obra, surge de un impulso realista fundamental, e incluye clichés de carácter romántico en los diálogos y en la trama.

La visión crítica y progresista del liberal Felipe Pérez, tal como se ha notado en relación con sus primeras obras de ficción, continuó en este período en otras novelas históricas: Los jigantes (1875), Estela o los mirajes (1877), El piloto de Huelva (1877), Los pecados sociales (1878), Carlota Corday (1881), Imina (1881), y Sara (1883). Los jigantes está ambientada en Colombia en el período anterior a la Independencia. En ella se evidencian sus actitudes hacia el progreso, y el narrador describe los cambios que necesita la ciudad de Bogotá. 'Hoi, al cabo de setenta años, Bogotá no es una Turín, pero es al menos una población en vía de mejorar"19. Carlota Corday es una novela histórica de tono romántico, que se desarrolla al final del siglo XVIII en Francia; en ella, Pérez expresa su ideología por medio de una crítica implícita al fanatismo político. Colombia es el escenario de Sara y en ella, Pérez denuncia el régimen conservador de la década de 1880. El reclutamiento forzado de soldados para la guerra civil es una de las prácticas del gobierno, denunciadas en la novela. Aparecen sentencias condenatorias como la siguiente: 'Los hombres son iguales delante de la ley; sin embargo, la ley no es siempre igual delante de los hombres'20. Tal como explica el narrador, la injusticia se acrecienta porque los ricos fácilmente pueden evadir la obligación militar. De acuerdo a la ideología implícita en Sara, la Utopía Liberal podría lograrse con la educación, ya que la humanidad, en esencia, buscaría la armonía. Y para estar a tono con el romanticismo, los únicos escollos que se presentan en la novela para lograr tal objetivo son los misterios del alma y sus contradicciones.

En los primeros años del período 1863-1885, el romanticismo europeo ejerció una influencia preponderante, y se manifestó en las obras de Temís-tocles Avella Mendoza fue un periodista liberal quien además de varias novelas cortas publicó poesía y ensayos políticos e históricos. Sus dos novelas de este período fueron obras cortas de carácter histórico, ambientadas en la época colonial. Los tres Pedros fue publicada por entregas en El Mosaico, y se basa en las anécdotas del capítulo décimo de El Carnero, de Rodríguez Freile. Los tres Pedros describe el espectáculo de la vida colonial, y relata los horrendos crímenes de pasión cometidos a instancias de la 'perversa' mujer Inés de Hinojosa 21 . En esta obra, la colonia se presenta como una sociedad ideal, como un 'siglo dorado', cuyas únicas manchas fueron las infracciones morales cometidas por algunos individuos degenerados de la aristocracia. Avella Mendoza condena explícitamente la élite colonial en Anacaona, esquema de una novela breve, en el que un gobernador español interviene en las relaciones amorosas de una pareja nativa. Las atrocidades de los españoles terminan cuando los compañeros del amante (protagonista del relato) derrotan en combate al gobernador. La princesa indígena Anacaona, personaje que aparece en una trama secundaria, le sirve de ideologema para denunciar la estructura de poder de los españoles, y para enaltecer a los indígenas quienes, de acuerdo al narrador, eran 'más civilizados que los conquistadores" 22.

Desde el punto de vista del diálogo político y la militancia, podrían considerarse marginales los escritora s José Caicedo Rojas v José David Guarín, bien conocidos por sus cuadros de costumbres. Ambos escribieron piezas memorables del género. A pesar de su marginalidad respecto del proceso político, sus cuadros y novelas participan del espíritu conservador de la mayoría de las obras de aquella época. Caicedo Rojas se inscribe en lo tradicional, y de él dijo Rafael Maya que fue 'modelo de escritores correctos y castizos"23. Su herencia española es evidente desde el título de su novela principal, Don Álvaro (1871), que se desarrolla en los años de la colonia. Es otra descripción del resultado trágico en que generalmente terminan los matrimonios arreglados por los padres. La sobreprotegida heroína, Constanza, ama en secreto a don Alvaro, y no al pretendiente escogido por sus padres. El padre mata a don Alvaro y va al exilio, y la protagonista se refugia, hasta el final de la obra, en un convento. Tal como sucede con tantas obras de ficción sobre la colonia escritas por conservadores, en esta novela se describe con caracteres ideales la estructura social de aquella época, afectada sólo por el comportamiento excepcional de algunos individuos. Don Álvaro es una pieza altamente elaborada, que abunda en detalles y alaba la sociedad colonial. Maya la describe como 'la mejor novela de reconstrucción que se ha escrito en Colombia...'"24 . Las tres semanas (1884) de Guarín, por el contrario, elogia la época contemporánea del autor, y describe ciertas festividades patrióticas, como las de la Virgen del Carmen en Bogotá en 1880, que fue el primer año del gobierno conservador de Núñez. Al referirse a Caicedo Rojas y Guarín, Frank Duffey ha manifestado que muchos escritores costumbristas estaban fascinados por la posibilidad de publicar en forma rápida piezas casuales, y que veían la escritura como un fin en sí mismo25 . Tal actitud es una constante en la tradición de escritura autoconsciente de los letrados de la región andina desde el siglo XIX (véase capítulo 3).

Soledad Acosta de Samper, al igual que Caicedo Rojas Guarín, escribió desde una posición marginal al proceso político. Inclusive, ella misma afirmó en un ensayo que por ser mujer, se limitaba a prestar su concurso escribiendo novelas, y que dejaba a los hombres la responsabilidad de la política: 'Mientras la parte masculina de la sociedad se ocupa de la política, que rehace las leyes, atiende al progreso material de esas repúblicas y ordena la vida social, ¿no sería muy bello que la parte femenina se ocupara en crear una nueva literatura?'26. Tales ideas, publicadas en la década de 1890, al final de su carrera, implican una claudicación del protagonismo que como mujer y escritora había tenido en la sociedad colombiana del siglo XIX. Su obra consta de más de veinte novelas, que han sido casi totalmente olvidadas por lectores y críticos, a pesar de su volumen, v de que, juzgadas de acuerdo a los modelos de su época, sean de altísima calidad. Dejando de lado las contingencias políticas, y aplicando los criterios tradicionales de técnica narrativa, caracterización sicológica, ete, los lectores fácilmente podrían concluir que El corazón de la mujer (1869). de Soledad Acosta de Samper, estaría entre las cuatro "mejores' novelas del siglo XIX. al lado de Acosta de Samper comenzó su carrera literaria desempeñándose en un papel secundario, tal como se esperaba de la mujer en el siglo XIX, es decir, traduciendo novelas del francés al español. Estudió en Nova Scotia y París, y entre 1858 y 1863 viajó en compañía de su esposo, José María Samper, por Europa y Perú. Fue una católica fervorosa, y asumió su función de escritora como una obligación moral de enseñar costumbres sanas y catolicismo al pueblo inculto de su país. En un artículo de 1895 sobre la misión de la mujer escritora en América Latina, Acosta de Samper explica su ideología: '¿Cuál es la misión de la mujer en el mundo? Indudablemente que la de suavizar las costumbres, moralizar y cristianizar las sociedades..."27 Creía que la mujer colombiana debía ser educada en estos principios, y que la sociedad debía considerar aquellas mujeres 'correctamente' educadas, en condiciones de igualdad con los hombres. En 1878 fundó La mujer, el primer periódico en el país bajo los auspicios femeninos, En el contexto de su época, sus conceptos sobre las costumbres, la moral y la mujer, hicieron de ella una intelectual de excepción, que podría catalogarse inclusive como de tendencia progresista.

En su novela El corazón de la mujer, interrelaciona seis historias de seis mujeres diferente, víctimas de las condiciones sociales de tipo colonial que todavía se vivían al principio del siglo XIX. Algunas de las protagonistas están sometidas a matrimonios arreglados por sus padres, lo que era una norma colonial. A pesar del sufrimiento de aquellas mujeres sometidas férreamente al yugo masculino, yugo autorizado por la iglesia, ellas se resisten y se perfilan en ocasiones como figuras de mayor fuerza que los mismos hombres. Sus novelas Dolores (1867) y Teresa la limeña (1868), ofrecen ideologemas similares, que postulan que el valor de la mujer radica en su capacidad para la crianza de los hombres28. Sus otras novelas son histórico-románticas29. Gil Bayle 81876), la primera de estas, está ambientada en la España medieval y renacentista.

Las obras de Eugenio Díaz y de Próspero Pereir Gamboa parecerían de poca importancia literaria si las comparásemos con la vasta producción de Soledad Acosta de samper, en aquellos años de 1863 a 1885. Sin embargo, estos escritores también contribuyeron al diálogo ideológico. Por aquella época, la mayoría de los novelistas se orientaban hacia la Utopía Liberal.ñ Eugenio Díaz, por el contrario, expresa su nostalgía por la Srcadia Heleno-Católica. El rejo de enlazar (1873) evoca la vida cortesana en dos haciendas rurales, enfatizando las costumbres tranquilas del campo, que de repente se ven brutalmente mancilladas por la revuelta liberal. Un personaje de la novela opina que las constituciones liberales son verdaderos ataques contra las buenas costumbres,. La revolución de Melo en 1854 es el centro del argumento de la nvoela, en la que al final se restablecen la paz y el orden y pueden celebrarse ciertos matrimonios que habían quedado pendientes por causa de los disturbios. Los aguinaldos en Chapinero (1873) también de Díaz, describe las costumbres navideñas de la clase media bogotana. Amores de estudiante (1865), de Próspero Pereria Gamba, al igual que El rejo de enlazar, ficcionaliza el impacto de la guerra civil sobre las costumbres del país, pero en esta obra, es de mayor importancia el incidente amoroso de los protagonistas que el conflicto de la política.

Por fin, en el período de 1886 a 1909, confluyeron los proyectos arcádicos y utópicos en una sola respuesta, identificada como la Regeneración en lo político, y la Atenas Suramericana en lo cultural. No es posible determinar con exactitud el origen del concepto Atenas Suramericana; sin embargo, para principios del siglo XX ya era de aceptación general. Muchos de los conflictos ideológicos que por los años de 1860 habían aquejado las relaciones entre conservadores y liberales, quedaron superados a finales del siglo. Cuando se inició la Regeneración, algunos liberales adhirieron al conservatismo, como José María Samper y Rafael Nuñez, mientras el conservador Jorge Isaacs se convertía al liberalismo. En todo caso, los valores ideológicos del catolicismo y del humanismo conservador, simbolizados en la frase La Atenas Suramericana estaban en ascenso.

De acuerdo a la retórica oficial, la Regeneración buscaba unidad nacional y lugar preponderante para la Iglesia Católica como institución. El presidente Rafael Núñez expresó la esencia de la regeneración en el tan frecuentemente citado mensaje al Congreso de 1888; " Pero para lo fundamental y permanente, los elementos cardinales serán el cultivo del sentimiento religioso, que regenera mostrando lo infinito, y la instrucción activamente propagada con la savia de ese mismo sentimiento'(sic)30 En relación a este período, a menudo se enfatizan los conflictos entre la libertad y la tiranía o entre la razón y la autoridad. En verdad, los liberales sufrieron represión política durante esos años, como se evidencia al estudiar las actividades de La Gruta Simbólica; actividades que fueron ficcionalizadas en la obra de Clímaco Soto Borda. Sin embargo, en una investigación reciente sobre la época de la Regeneración, se argumenta con buenas bases que no se trataba de un conflicto abstracto, de carácter filosófico, entre dos partidos políticos, sino de una coalición elitista creada por factores económicos, como fueron específicamente las crisis de los sectores del tabaco y la quina en la segunda mitad del Siglo XIX31.

Esta coalición de grupos de la clase alta se empeñó en civilizar la oligarquía de acuerdo a sus gustos, organizando por primera vez numerosos grupos literarios y difundiendo activamente la literatura en libros y revistas. Hubo tertulias literarias en Bogotá y Medellín, en los primeros años del nuevo siglo. Los aristócratas tenían acceso a los clásicos y a las últimas publicaciones europeas, y durante la Regeneración, la clase dirigente llevó a cabo el primero de una serie de intentos para popularizar institucionalmente la literatura dentro de la clase media. Entre 1894 y 1910, Jorge Roa editó la Biblioteca popular, compuesta por 179 títulos, de los cuales 69 fueron de colombianos. En general, los escritores colombianos incluidos fueron hombres de letras del estilo de Pombo y los dos Caro; no se incluían novelistas, aunque sí alguna que otra ficción.

Los principales intelectuales del período de 1886 a 1909 fueron Rafael Núñez (1825 - 1894), Miguel Antonio Caro (1843 - 1909), Rufino José Cuervo (1844 - 1911y José Asunción Silva (1865-1896). Nuñez fue presidente y Caro vicepresidente. Caro llegó también a la Presidencia. Ambos publicaron32 poesía y fueron considerados los poetas 'oficiales' de la época . Núñez compuso el Himno nacional, que aún hoy continúa vigente. Gilberto Gómez Ocampo ha demostrado cómo el texto del himno presenta paralelismos estrechos con la Constitución de 1886, la cual, a su vez, fue el instrumento político para legitimar la Regeneración. Estos cuatro líderes e intelectuales de la Regeneración, no fueron conocidos como novelistas sino más bien como poetas y lingüistas, aunque Silva sí publicó una novela modernista, De sobremesa (1896).

Eustaquio Palacios, Soledad Acosta de Samper, José Manuel Marroquín, Tomas Carrasquilla y José María Vargas Vila fueron los novelistas más renocidos entre 1886 y 1909. Palacios, Acosta de Samper y Marroquín estuvieron vinculados a la Regeneración. Palacios fue un oligarca de la región del Gran Cauca, quien, en su novela El alférez real (1886), evoca el orden aristocrático rural de la colonia en aquella región caucana. El desenlace de la trama reafirma tal ordenamiento: el protagonista descubre, en la parte final, su origen aristocrático, lo que le permite casarse con la mujer de alcurnia a quien ama. Acosta de Samper se interesó más en el ensayo y la bibliografía que en publicar las novelas Los piratas en cartagena (1886) y una holandesa en América (1888). Inclusive defendió el género de la ficción frente al ensayo como vehículo ideológico: 'En el siglo XVIII todos se ocupaban de leer obras filosóficas, y se desdeñaba toda forma de literatura que no fuera esa; hoy se ha puesto de moda la novela, y tanto los viejos como los niños y las mujeres, los letrados como los ignorantes, no quieren ocuparse sino del género novelesco; por lo que, quien quiera hacer popular una idea, tiene que vestirla con ese ropaje"33. A pesar de que ella se queja de tener que escribir contra una mentalidad del siglo XVIII, este prólogo es en realidad una defensa de la novela en un periodo en el cual la poesía conllevaba mayor prestigio social, y el ensayo producía mejores resultados políticos. Los piratas en Cartagena es una novela histórica bajo los delineamientos ideológicos de la Regeneración. Las primeras novelas colombianas, escritas a menudo por liberales, habían condenado diversos aspectos de la conquista y la colonia española. En Los piratas en Cartagena se defiende a los españoles y se novelan las acciones de los piratas franceses e ingleses de aquel período, Acosta de Samper adorna, además, su libro, con una dedicatoria al presidente Núñez: 'como un público testimonio del grande aprecio y verdadera amistad que profeso al regenerador de mi patria y al más ilustre de los hijos de Cartagena34. En su respuesta, Núñez alude a los 'vínculos políticos' que los une en su 'obra de salvación nacional'. La novela relata varias anécdotas de carácter histórico cuyo centro es Cartagena, entre los siglos XVI y XVIII. Una holandesa en América, por su parte, contrasta la visión ideal sobre América de los europeos, con las violentas realidades sociales y políticas de la Colombia del siglo XIX.

El conservador Marroquín ocupó la Presidencia entre 1898 y 1904. Fue costumbrista prolífico y autor de cuatro novelas. Descrito por Frank Duffey como 'siempre correcto', quizás el 'mejor de los costumbristas colombianos', entre otras funciones sirvió de maestro de las buenas maneras del público lector de la clase media35. Al final de su vida escribió Blas- Gil (1896), El moro, (1897), Entre primos (1897), Amores y leyes (1898), novelas a las que también podría otorgárselas el calificativo de 'correctas' y 'castizas'. En efecto ' su contemporáneo José María Rivas Groot, en un comentario sobre Blas Gil, compara a Marroquín con los escritores españoles del siglo de oro, y con Valera y Pardo Bazán. Las novelas de Marroquín responden al impulso realista y a la necesidad patriótica de apoyar la Regeneración. Blas Gil, escrita dentro de la tradición picaresca española, cuestiona algunas prácticas políticas y gubernamentales de Colombia. Sin embargo, las normas implícitas que manifiesta el autor son en esencia conservadoras, ya que el narrador - protagonista asume un tono cínico al referirse al 'flamante progreso' del país por los años finales del siglo. El protagonista cuenta su vida, desde la niñez -que transcurre en un un seminario-hasta su madurez, cuando se casa y regresa a la casa paterna, con lo que se reestablece el orden inicial. Al final, se encuentra tan cansado que rehusa continuar con sus 'reflexiones morales, religiosas, poéticas y hasta políticas" 36. Tal indiferencia intelectual al final de la obra podría simbolizar las actitudes de la clase alta durante la Regeneración. El moro termina con una anotación parecida. En la segunda página de la novela, el narrador - protagonista descubre su naturaleza equína, recurso técnico que le permite hacer comentarios ocasionales graciosos o irreverentes sobre las sociedad revela la ideología de Marroquín. Al terminar el relato, aparece 'El Progreso: empresa colombiana de transportes para dentro de la ciudad' que reemplaza el caballo como medio de transporte. Aquella incipiente modernidad tecnológica deja al narrador - protagonista, al igual que a Marroquín, contemplando con nostalgia la gentil gallardía de la vida del XIX. Entre primos también ofrece un contraste entre la citadina Bogotá y la antigua vida rural de las grandes haciendas. Representa además un excelente ejemplo de la ficción bien elaborada, de corte naturalista - realista propio de aquel período37 En Amores y leyes, Marroquín, en su carácter de ideólogo de la Regeneración, defiende la práctica del matrimonio por la iglesia en Colombia.

Las primeras obras de ficción de Tomás Carrasquilla y José María Vargas Vila no estuvieron cercanas ideológicamente a la Regeneración. Vargas Vila fue un liberal de voz estridente que escribió en directa oposicion a ella. Carrasquilla, por su parte, en Frutos de mi tierra (1896), al igual que Marroquín, demuestra sensibilidad para percibir la llegada de la modernidad, y expresa cierta nostalgia por el pasado rural en vías de desaparición. El narrador de esta novela, sin embargo, es mucho más satírico al referirse a la sociedad colombiana, y asume una actitud mucho más progresista respecto a la cultura local, a la vez que integra dentro del texto la cultura popular y oral. Vargas Vila no sólo se expresa en forma irreverente contra la Regeneración, al igual que Carrasquilla en Antioquia y Soto Borda en el Altiplano, sino que ofende continuamente a la clase alta. Si Marroquín es prototipo del intelectual de la Regeneración que escribe bien, es decir, que manipula los elementos de la ficción para adornar una ideología, Vargas Vila representaría exactamente lo contrario. Las técnicas literarias de Vargas Vila, en su mayoría, consisten en mezclas de lugares comunes del romanticismo con un lenguaje modernista y cosmopolita, de moda en aquella época entre los intelectuales bogotanos. Fue uno de los escritores colombianos más prolíficos y de mayor difusión en toda la historia del país; sin embargo, no escribió ninguna novela sobresaliente. Durante este período publicó Aura o las violetas (1889), Flor de fango (1895), Ibis (1900), Alba roja (1901), Las rosas de la tarde (1901) y La simiente (1905). Tales obras contienen argumentos escandalizadores, adobados con ciertas prácticas sexuales consideradas tabú en aquella época, lo cual las colocó en las listas de lecturas prohibidas para los estudiantes de varias generaciones, y las hizo inaceptables como literatura para los intelectuales de la Regeneración y para sus seguidores.

Los años de 1910 a 1929 estuvieron caracterizados no sólo por la dominación conservadora, sino también por la Atenas Suramericana, que paradójicamente vivió en este período su mayor fortalecimiento y su canto de cisne. A pesar de los escritos irreverentes de Vargas Vila y Soto Borda, y siguiendo el ejemplo de los hombres de letras de la Regeneración, la literatura continuaba desempeñando su papel respetable de rectora de la ideología y la moral. Quizás fue el presidente conservador Marco Fidel Suárez, el ejemplo más prominente entre quienes buscaban efectos socialmente benéficos con la escritura. Sus ensayos estaban además encaminados a lograr su propia legitimación frente a la clase alta, dado que su origen no era aristocrático. Fue el último representante en el poder del viejo ideal de una Arcadia Heleno-Católica en la Atenas Suramericana. En otras palabras, como afirmó un historiador, fue el último representante de la nación pastoril38.

De 1910 a 1929 se vivió un período de paz sin precedentes, nunca antes ni después alcanzado en Colombia. En la década de 1920 se vieron cambios vitales en el aspecto socio-económico Después de la guerra de los Mil Días, al comienzo del siglo, no hubo ningún conflicto de magnitud nacional. Sólo en los años 30 aparecieron los primeros síntomas de la Violencia, en sitios rurales, por ejemplo en Caldas. Se estableció la Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos (Scadta) en 1919, y las primeras transmisiones de radio en 1925, signos iniciales de modernización. Respecto a la cultura, algunas empresas editoras regionales comenzaron a publicar novelas y a distribuirlas dentro de sus regiones. El periódico El Tiempo, de carácter nacional, inició en 1923 la publicación de un suplemento cultural los domingos, y El Espectador, otro diario también de carácter nacional, hizo su debut con un semanario literario al año siguiente.

Con frecuencia, al referirse a este período, se habla de dos generaciones: la del Centenario y la de Los Nuevos. Siguiendo la idea española del desarrollo orgánico de la literatura nacionall a través de generaciones sucesivas, a partir de la generación del 98, y de acuerdo a la teoría de las generaciones, tal como fue formulada en 1963 por Juan José Arrom, en su estudio publicado en Bogotá, los intelectuales colombianos le habrían otorgado a las generaciones del Centenario y de Los Nuevos el papel de crear una literatura nacional orgánica39 . Abel Naranjo Villegas, por ejemplo, en su estudio de las generaciones en Colombia, define siete que supuestamente llevaron el liderazgo y la construcción de la nacionalidad desde la independencia hasta la década de 198040. Ernesto Cortés Ahumada, en un estudio de 1968, describe doce generaciones que habrían controlado el destino del país desde 1795 hasta 1990. Cortés Ahumada identifica varios intelectuales en posiciones de poder entre 1900 y 1930, que corresponden básicamente a la generación del Centenario: 41 políticos incluyendo a Clímaco Soto Borda, 78 periodistas, 44 poetas, 23 novelistas y cuentistas, 18 ensayistas, 26 historiadores, 12 oradores y 8 eclesiásticos, entre otros. Podría hacerse una lista igualmente larga de la generación de Los Nuevos, hacia los años de 1920, encabezada por los poetas León de Greiff y Rafael Maya.

Hay, sin embargo, penosos cuestionamientos respecto a la conceptualización de la vida intelectual y de la actividad literaria colombiana, como pasos generacionales y orgánicos hacia la constitución de una literatura nacional. El más espinoso, ya mencionado en los capítulos anteriores, es el del regionalismo. La mayoría de aquellos intelectuales, de hecho, tenían poco contacto entre sí. Para recordar tales dicotomías regionales, podría mencionarse que durante la presidencia del humanista católico Marco Fidel Suárez, Ramón Vinyes publicaba en Barranquilla la revista de avanzada Voces, difundiendo en la Costa las ideas de los escritores europeos de moda. La supuesta unidad generacional queda evidentemente desarticulada entre aquellos que leían la poesía futurista europea y los que seguían en la región Andina la orientación de Suárez. Los Nuevos, por su parte, fueron en realidad un pequeiío grupo de poetas, no un fenómeno de carácter nacional. Así, algunos escritores que han estudiado aquella época, han cuestionado la idea de la existencia de Los Nuevos como una verdadera y coherente generación de escritores41.

Ninguna mujer, en el período de 1910 a 1930, alcanzó la dimensión de Soledad Acosta de Samper, aunque varias distinguidas escritoras incursionaron en la literatura en aquella sociedad patriarcal de los años 20. María Eastman, Fita Uribe y María Cano, antioqueñas, comenzaron su labor periodística en aquella década. En 1924, El Tiempo inauguró su 'Página Femenina'. Por aquellos años también fue fundado el Gimnasio Femenino, que ofrecía una educación clásica a unas pocas mujeres de la oligarquía, práctica de exclusividad en la educación que tradicionalmente venía aplicándose con el sexo masculino42. Otras intelectuales activas fueron Ecco Neli, Luz Stella, Teresita Restrepo Millán y Sofía Ospina de Navarro. Ecco Neli (seudónimo) publicó una novela corta, El tío Gaspar, que apareció en La novela semanal (1923).

Desde la perspectiva política, el novelista más importante del momento, sin duda, fue José Eustasio Rivera. Hacia 1920 la inquietud nacionalista agitaba el panorama de la cultura, y se hacían intentos por establecer una 'cultura nacional'. El himno patrio se adoptó en 1920, y en 1923 se polemizó alrededor del tema de la existencia de una música nacional43 . Emilio Murillo, Pedro Morales-Pino, Guillermo Quevedo y Luis A. Calvo participaron en los debates y fomentaron el concepto de una música genuinamente colombiana. En modo parecido, Antonio Alvarez Lleras, Luis Enrique Osorio y Rafael Burgos, impulsaron el teatro del país, y en 1927 se fundó una compañía cinematográfica nacional. La novela, sin embargo, fue el eslabón perdido de aquella 'cultura nacional'. La vorágine de Rivera fue la respuesta del momento, y la reacción apabulladora a su favor de todo el país, ha evitado desde entonces el diálogo legítimo sobre su valor auténtico. La vorágine ha sido la novela nacional de la Atenas Suramericana, tal como la llamó un crítico importante en 1924. Desde su primer momento estuvo predestinada al éxito44 ; era la obra urgentemente esperada, y fueron los mismos lectores los encargados de enaltecerla como el ideal de novela nacional. Luis Eduardo Nieto Caballero proclamó en 1924, que era uno de los 'libros defínitivos del trópico', y que todo patriota debería tenerlo en su casa45 . Otra de las primeras reseñas exaltaba su contribución a la cultura del país y al patriotismo46 . Antonio Gómez Restrepo, una de las voces de mayor autoridad en el campo de la literatura por varias décadas, concluía su comentario, escrito a principios de 1925, con el pronóstico de que La vorágine sería 'una de las obras más típicas y originales de nuestra literatura nacional47 Rivera, como si se hubiese sentido predestinado a la fama, escribió una de las obras literarias más autoconscientes de la región Andina, tal como se analizará en el capítulo 3.

Rivera utilizó hábilmente la imagen de poeta y esteta que el público se había forj ado de él, imagen que le sirvió en su novela para caracterizar a Arturo Cova. Como es lógico, en aquel momento muchos lectores no comprendían las distinciones del New Criticism entre autor y narrador. Carrasquilla, por el contrario, propuso la idea de una novela nacional basada no en la imagen de una persona, sino en valores nacionales. Opinó que la novela de Rivera era ."una lata'. En este sentido, las actitudes regionalistas de Carrasquilla podrían interpretarse también como un rechazo al poder central que ejercían los humanistas de la Atenas Suramericana48

Carrasquilla había proclamado, en 1906, una forma de independencia literaria, basada en la novela moderna, pero liberada de modelos extranjeros49. Sin embargo, a pesar de tales alusiones a la modernidad, la obra de Carrasquilla se inscribe en lo tradicional, y es un canto a la Antioquia rural del siglo XIX, y a sus tradicionales valores orales y populares. Su novela Grandeza (1910) describe a los nuevos ricos de Medellín a finales del siglo, y relata la ruina financiera de la protagonista, quien está obsesionada por el futuro de sus hijas. Para contradecir el esteticismo de los intelectuales bogotanos, Carrasquilla afirma en el prólogo, que Grandeza no incluye conceptualizaciones estéticas, sino algunas observaciones sobre el medio ambiente50. La marquesa de Yolombó (1 928) por su parte, es una síntesis del proyecto de su autor sobre la novela nacional, basada en valores regionales, y está ambientada en un pueblo antioqueño del siglo XVIII.

Clímaco Soto Borda, al contrario de Rivera y Carrasquilla, no tuvo intención de escribir la novela nacional, ni se le ocurrió proponer tal idea. En vez de asumir una actitud conciliadora frente al establecimiento literario y frente a sus oponentes políticos, Soto Borda, por la época en que escribía Diana cazadora (1915), asumió el discurso de la oposición para luchar contra la Regeneración que detentaba el poder. Soto Borda y otros liberales se reunían en 'tertulias' principalmente con los del grupo de La Gruta Simbólica, para hablar y escribir de manera satírica contra el gobierno conservador. Tanto los personajes de Diana cazadora, como los integrantes de La Gruta Simbólica, se sentían oprimidos por lo que denominaban 'la ratonera regeneradora'. Soto Borda también se expresa satíricamente contra la modernidad incipiente, que describe como si estuviese en crisis, y ridiculiza a la Iglesia Católica, institución evidentemente asociada a la Regeneración.

Otros novelistas del período de 19 10 a 1929 fueron los antioqueños Arturo Suárez y Luis López de Mesa; los de la región Andina José María Vargas Vila y Daniel Samper Ortega; y Gregorio Sánchez Gómez del Gran Cauca. Suárez y Sánchez Gómez fueron prolíficos y pertenecieron a la primera generación de escritores mediocres, que pudieron publicar sus obras por la aparición de nuevas imprentas y por el crecimiento de una clase media lectora. En algunos aspectos, sus carreras se asemejan a las de ciertos novelistas profesionales modernos, que buscan congraciarse con la clase media. Suárez ambientó sus obras en las zonas rurales de Antioquia y defendió los terratenientes y los valores conservadores de la Iglesia51. Sánchez Gómez fascinó a sus lectores con estereotipos sicológicos en personajes que habían sido víctimas del resquebrajamiento moral de la sociedad. López de Mesa llevó su caracterización sicológica a niveles más fundamentales en sus novelas La tragedia de Nilse (1928) y La biografía de Gloria Etzel (1919).

Daniel Samper Ortega y Vargas Vila representan el extremo opuesto en el diálogo ideológico de aquel periodo. Samper Ortega se dedicó a difundir los buenos modales para fomentar la educación del pueblo. Pensaba que la educación de las masas impulsaría el cambio social, y en consecuencia, le dió a sus novelas valor pedagógico. Vargas Vila, por el contrario, publicó obras de ficción en las que difundía las aberraciones que practicaban sus personajes irreverentes y perversos. La literatura buscaba pues varios objetivos a comienzos del siglo XX, y las novelas aceptadas oficialmente conllevaban un proyecto ideológico y moral. Por eso, los escritos de Suárez, Sánchez Gómez y Samper Ortega aparecieron con frecuencia en publicaciones oficiales. No los del polémico y ofensivo Vargas Vila.

De 1930 a 1946, los gobiernos liberales impulsaron la modernización, que alcanzó su mayor fuerza con la 'Revolución en marcha" en el gobierno de Alfonso López Pumarejo. En el campo literario, sin embargo, se continuaba reconociendo principalmente la poesía elitista y conservadora. Guillermo Valencia, el poeta más reverenciado en toda la historia del país, hasta los años de 1940, era considerado el poeta nacional52 . La novela, a menudo escrita por liberales, era tenida por un género menor. Se pensaba que la literatura era el campo propicio en donde germinaban los poetas que traerían un mensaje de valores universales e inmutables. Pero después de la acogida frenética de La vorágine, muchos quisieron imitarla.

Al seguir paso a paso la historia literaria, tal como se la presenta usualmente, los siguientes capítulos son los de la generación de 'Piedra y Cielo' y 'Cántico'. El poeta Jorge Rojas inició el grupo 'Piedra y Cielo' en 1939, con la publicación de una colección de poesía en la que se utilizó tal título. Los poetas Rojas, Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez, Carlos Martín, Tomás Vargas Osorio y Gerardo Valencia se catalogan, a menudo, en esta generación, que se nutrió de la poesía de Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti y Gerardo Diego53. Jaime Ibáñez estableció el grupo 'Cántico', hacia 1944, bautizándolo obviamente en homenaje a Jorge Guillén. La discusión sobre 'lo nacional' fue uno de los primeros resultados de tales generaciones o grupos; discusión en la que se buscaba justificar una identidad propia, a través de un proceso de autoinstitucionalización. . Algunas polémicas adelantadas por los poetas de 'Piedra y Cielo', como la que protagonizó Juan Lozano y Lozano en 1940, sólo contribuyeron a la legitimación del grupo como representante auténtico de la literatura nacional54. Quienes cuestionaban tal legitimidad, argumentaban que estos poetas estaban obsecados con la poesía y alejados de la verdadera historia nacional. Cualquiera que sea el bando que se tome frente a tal enfrentamiento, no debería olvidarse que en realidad se trataba de un pequeño grupo de poetas asentados en la culturalrnente poderosa Bogotá de aquellos años.

Cercano a estos poetas funcionó un grupo de críticos, casi todos conservadores, que defendió la idea de una tradición orgánica de literatura nacional, ignorando que se trataba de una nación dividida en regiones por múltiples factores. En primer lugar, se publicaron varias obras de historia literaria nacional. Historia de la literatura colombiana (1938 - 1945) de Antonio Gómez Restrepo, La literatura colombiana(1940) de Javier Arango Ferrer Letras colombianas (1944) de Baldomero Sanín Cano, Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944) de Rafael Maya, Historia de la literatura colombiana (1945) por Gustavo Otero Muñoz. De todos ellos, el más tradicional y autorizado ha sido Gómez Restrepo, cuya obra trae implícitas las siguientes suposiciones: la literatura escrita en la época colonial es, quizás, la más importante de la historia literaria del país; la novela es un género menor; la novela contemporánea prácticamente no existe. La selección Ortega Samper de literatura colombiana publicó cien libros entre 1935 y 1937, con la intención de reafirmar la tradición literaria nacional; pero su contribución a la novela fue mínima, ya que la mayoría de lo publicado fueron los ensayos y poemas que habían sido reverenciados por la élite cultural conservadora.

Dada la sombra conservadora de la poesía de Valencia, la preponderancia de las varias generaciones de poetas, y la resonancia de La vorágine, es lógico afirmar que la novela colombiana en general no tenía las características adecuadas para florecer en el contexto del país. En verdad, Colombia no ofrecía el ambiente propicio para el surgimiento de la novela moderna, de naturaleza innovadora, en constraste con otros países latinoamericanos, en donde comenzaba a aparecer, por la década de 1940, ficciones modernas como las de Borges, Asturias y Carpentier. En 1941 surgió una polémica cuando Tomás Vargas Osorio propuso unos principios nacionales y tradicionales como paradigmas de la ficción en el país, cerrando cualquier influencia extranjera. La 'extranjeridad' es, por supuesto, un concepto clave de la modernidad europea. Paradójicamente, la escritura de ficción de Vargas Osorio fue la más moderna y cosmopolita del período, pero otros escritores de segunda categoría utilizaron aquellos principios para justificar su producción anacrónica55. Colombia no llegaría a tener una novela verdaderamente moderna hasta García Márquez, quien siguiendo las pautas europeas y norteamericanas de la modernidad, escribió La hojarasca en 1955.

Los novelistas más activos durante la República Liberal fueron César Uribe Piedrahita, Jorge Zalamea Borda, Bernardo Arias Trujillo y José Antonio Osorio Lizarazo. Uribe Piedrahita, Zalamea Borda y Arias Trujillo se basaron en los paradigmas establecidos por Rivera y otros "criollistas" latinoamericanos... Los tres se preocuparon por la identidad nacional y por el conflicto social en las zonas rurales. Sin embargo, a diferencia de Rivera, quien prácticamente ignoró uno de los elementos fundamentales de la cultura popular, es decir, su contenido oral , Uribe Piedrahita, Zalamea Borda y Arias Trujillo tuvieron una aguda percepción de la oralidad, y se preocuparon por integrarla al proyecto de configurar una novela verdaderamente nacional. Rivera, al igual que otros escritores de la región Andina, estuvo fascinado con los elementos autoconscientes del acto mismo de la escritura, característica propia de las culturas escritas, lo que le evitó interesarse por la oralidad predominante que lo rodeaba. Zalamea Borda exhibe también su preocupación por la autoconsciencia narrativa en Cuatro años a bordo de mí mismo, pero logra cierta mezcla con la cultura oral costeña.

José Antonio Osorio Lizarazo y Luis Tablanca cuestionaron los fundamentos teóricos de la estructura de poder. Escribieron novelas de protesta social. Osorio Lizarazo fue un escritor prolífico; publicó alrededor de veinte libros, entre los cuales hay doce novelas. En las décadas de 1930 y 40, se dedicó a la ficción de denuncia; en 1938 publicó el ensayo 'La esencia social de la novela', en el que propone que la única función legítima de la novela es la social; y entonces debe limitarse a denunciar, con el fin exclusivo de hacer más fácil su penetración hasta las facultades imaginativas de la masa... '56. Tales planteamientos se reflejan claramente en sus novelas La casa de vecindad (1930), La cosecha (1935) y Hombres sin presente (1938). En La casa de vecindad el narrador - protagonista, quien ha sido víctima de la sociedad, vive marginado en una pensión de indigentes. Al comienzo del relato está desempleado, y sufre desesperadamente su vida solitaria. Sus relaciones con una mujer fracasan y se encuentra incapacitado para sostener a su hija adoptada. Termina de mendigo. Nunca puede entender las causas de su estado y tampoco acepta la revolución socialista como respuesta, porque "el mundo está mal hecho"57.Al igual que otras obras de ficción del Altiplano, La casa de vecindad también es autoconsciente. De otro lado, Hombres sin presente, que ocurre en la ciudad, posee un mensaje social más abiertamente didáctico y programático. Es una defensa de los trabajadores urbanos y del derecho a la huelga. La cosecha denuncia la violencia rural, las manipulaciones de que se valen los terratenientes y el comportamiento de las clases altas en contra de los trabajadores de las fincas cafeteras.

Luis Tablanca también denunció la injusticia social, y su novela Una derrota sin batalla (1933) fue proclamada porun crítico como una de las mejores novelas escritas en el país por aquellos años58. Cuenta una historia de corrupción política, y por lo tanto participa en el diálogo ideológico en el que participaron también Osorio Lizarazo, Uribe Piedrahita y otros, durante el decenio del 30. Los políticos inescrupulosos a nivel municipal y regional le causan tal desilusión al protagonista, que éste se ve obligado a renunciar en forma inmediata a su cargo en el gobierno. Su carrera, al igual que el proceso político del país, es pues, 'una derrota sin batalla'.

La novela de Tablanca, al igual que otras obras de aquel período, es en realidad un ataque a los fundamentos ideológicos de la 'Revolución en marcha" de López Pumarejo, que supuestamente abogaba por un estado dinámico y moderno. Rafael Gómez Picón, Ernesto Camargo Martínez, Jaime Ardila Casamitjana, Jaime Ibáñez, y otros, supieron plantearle a la clase media lectora la problemática propia de las gentes de tal clase, ya que en vez de novelar las cuestiones sociales en forma directa, tal como lo hicieron Osorio Lizarazo y Tablanca, reflejaron en sus escritos la experiencia sicológica y el sentido emocional de la clase media colombiana de aquellos años. Por desgracia, sus ficciones tan bien configuradas no se ajustaron a las necesidades políticas de la derecha cultural (con sus generaciones de poetas) ni a las de los liberales en el poder. Los 45 relatos de un burócrata con cuatro paréntesis (1941), de Gómez Picón, describen la vida tediosa y enloquecedora de un pequeño burócrata. Si consideramos tal sofoco existencias como típico de la clase media baja, el efecto de los relatos se perdió en 1948 con el bogotazo y con la violencia que se desencadenó. De la vida de Iván el mayor (1942), de Camargo Martínez, relata la progresiva desintegración sicológica del protagonista. Babel (1943), de Ardila Casamitjana, es la vida de un intelectual joven, que continuamente cuestiona su papel en una sociedad aún dominada por la retórica de la Atenas Suramericana.

En 1960, Gabriel García Márquez se quejaba que la literatura nacional era un fraude59. Esta afirmación debe entenderse tal como fue formulada: como un pronunciamiento político acerca del establecimiento literario en el que se apoyaban los poetas mediocres-como Guillermo Valencia- quienes aparecían como monumentos nacionales; y también como un ataque a la débil tradición crítica que hasta ese momento había sido incapaz, o sin voluntad, de identificar obras literarias de valor. Entre 1947 y 1974 persistió aquella inseguridad frente al status de la novela, que ya tenía más de cien años. En su ensayo, (publicado en 1960), García Márquez aseguraba que la novela colombiana era inexistente, ya que los últimos años de la década de 1950 no trajeron frutos para la novelística del país. El académico extranjero Gerald Wade, en 1947, había asumido la defensa de aquellos novelistas que aún seguían escribiendo: 'enceguecidos por la gran poesía lírica, los críticos colombianos en sus tratados de literatura le han otorgado a la novela apenas un lugar secundario60

Quizás los hechos más importantes por aquellos años (1947- 1974) en relación con la novela, fueron la publicación de Evolución de la novela en Colombia (1957) de Antonio Curcio Altamar, la aparición de Cien años de soledad (1967) de García Márquez, y el establecimiento de las primeras editoriales modernas interesadas en la novelística. El ya clásico estudio de Curcio Altamar legitima la existencia de una tradición orgánica en la novela colombiana, en contraposición justamente al criterio de fraude de su contemporáneo García Márquez. Evolución de la novela en Colombia es el estudio más ambicioso y completo sobre la novela colombiana hasta la fecha de su publicación, 1957. Tal como lo sugiere su título, el principio subyacente del estudio es que la novela colombiana ha sufrido un proceso de evolución o 'desarrollo'. Tal principio teleológico supone un bagaje cultural cuestionable. Implica una novelística colombiana orgánica, en movimiento progresivo, producida por una cultura nacional; y no toma las ideas de regionalismo, clase social, ni las contingencias políticas de los centros de poder. Curcio Altamar presenta la novela colombiana como un desarrollo a través de los distintos períodos literarios (realismo, romanticismo, etc.), bajo el presupuesto de que la historia política y literaria del país es una réplica -aunque de importancia menor- de la historia europea. El uso del concepto 'desarrollo' corresponde cronológicamente a la importación de ideas de 'desarrollo' en Colombia,,en las esferas política y económica, durante los años de 1940 y 195061

El éxito abrumador e inmediato de Cien años de soledad en el mundo hispano a partir de 1967, y luego, en la década siguiente, en la comunidad internacional, sacudió las bases del establecimiento literario colombiano. Los letrados conservadores tradicionalmente habían legitimado (o reprobado) a los novelistas colombianos; función que asumió desde los altos 50 el suplemento literario de El Tiempo. García Márquez, un costeño de clase media desprovisto de credenciales frente a la eterna élite literaria, fue proclamado por los centros académicos internacionales, y sobre todo, por un inmenso número de lectores, como uno de los escritores más importantes de Occidente. Aunque Isaacs, Rivera, Carrasquilla y Mejía Vallejo habían tenido cierto reconocimiento más allá de las fronteras patrias, nunca antes se le había otorgado tal fervor a un escritor colombiano. Colombia quedó sorprendida por el fenómeno García Márquez, el novelista de los best sellers, la celebridad del jet set, el intelectual de izquierda. El 'Boom' llegó a Colombia inclusive con mayor vigor que a Estados Unidos y Europa. A principios de los 70, los novelistas jóvenes se quejaban de 'la sombra' de García Márquez, bajo la cual sólo había dos poibilidades: ser una copia lamentable de las obras de éste, o ser tan pobre que ni siquiera podía compararse con ellas. Escritores como Gustavo Álvarez Gardeazábal, Fanny Buitrago, Germán Espinosa y Marco Tulio Aguilera Garramuiío, y posteriormente Rafael Humberto Moreno-Durán, Roberto Burgos Cantor y Alba lucía Ángel, respondieron contra tal 'sombra' en formas diferentes, y hacia 1975, aparecieron alternativas posmodernas que buscaban superar la influencia de Macondo.

El surgimiento de dos empresas modernas, Tercer Mundo Editores y Editorial Plaza y Janés, permitió a los novelistas colombianos dirigirse a un verdadero mercado nacional, en vez del regional, e inclusive, por primera vez, al público internacional. Tercer Mundo comenzó a operar a principios de los 60, especialmente en las áreas de ciencias sociales y literatura. La multinacional Plaza y Janés se interesó por la novela colombiana a principios de los 70, y en 1974 publicó un best seller de Gustavo Álvarez Gardeazábal, El bazar de los idiotas.

Hubo otros factores que contribuyeron a la desregionalización (o 'nacionalización') y a la modernización de la novela colombiana. La revista cultural Mito, de inspiración moderna y cosmopolita, publicó entre 1955 y 1962 textos de escritores europeos y latinoamericanos modernos, como García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Octavio Paz, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Henry Miller y Vladimir Nabokov. Se otorgó un premio nacional (el Premio Esso de Novela) a varios escritores, como Alberto Duque López por su obra Mateo el flautista (1968), de carácter experimental y posmoderno. En la década de 1960, un grupo de poetas desafiantes, conocido como Los Nadaístas, se rebeló contra las convenciones literarias y sociales, y auspició un premio para obras novedosas, como la de Germán Pinzón El terremoto (1966), y la de Humberto Navarro, Los días más felices del año (1966).

La novelística moderna fue inaugurada en Colombia con la publicación de tres trabajos netamente faulknerianos: La hojarasca (1955) de García Márquez; La casa grande(1962) de álvaro Cepeda Samudio; Respirando el verano (1962) de Héctor Rojas Herazo. Todos ellos relatan historias de aristocracias decadentes en la Costa, usando muchas de las estrategias narrativas de Faulkner. La hojarasca y La casa grande se refieren a la presencia de la American Fruit Co. en la Costa. La primera narra el impacto de esta entidad extranjera en un pueblo tradicional; la segunda tiene como centro la matanza de trabajadores en huelga de las bananeras, y está basada en hechos históricos de 1928. Otros aportes significativos a la novelística moderna del país en este período fueron El día señalado (1964), de Manuel Mejía Vallejo; Cien años de soledad (1967), de García Márquez; Respirando el verano (1967), de Rojas Herazo; Cola de zorro (1970), de Fanny Buitrago; Dos veces Alicia (1972), de Albalucía Ángel; y Dabeiba (1973), y El bazar de los idiotas (1974) de Álvarez Gardeazábal; y también las obras experimentales Después de la noche (1963) de Eutiquio Leal, El terremoto de Pinzón, Los días más felices del Año de Navarro y Mateo el flautista de Duque López.

El diálogo político en este período estuvo impulsado principalmente por las novelas de la Violencia. Estas obras constituyeron una forma de novelización tan generalizada durante las décadas de 1950 y 1960, que antes de la aparición del Macondo garcíamarquiano, en el país, los conceptos de novela contemporánea moderna y novela de la Violencia eran sinónimos. En tal época se publicaron más de 40 trabajos de este tipo. En general puede afirmarse que aquellos lectores no interesados en. los procesos políticos colombianos, los encontrarán defectuosos. Sin embargo podrían citarse cuatro excepciones: La calle 10 (1960) de Manuel Zapata Olivella; La mala hora (1962) de García Marquez; El día señalado (1963) de Mejía Vallejo, y Cóndores no entierran todos los días (1972) de Álvarez Gardeazábal. Estas cuatro obras transmiten ciertas vivencias con la participación activa del lector, estrategia que es propia de la novela moderna: en La calle 1 0 y en La mala hora,

Zapata Olivella y García Márquez usan el escenario de la violencia, principalmente a través de alusiones indirectas, no mencionando personas, lugares o hechos concretos. Muchas de las primeras novelas de La Violencia no pudieron escapar al impulso documental, y frecuentemente estaban sobrecargadas de hechos cruentos. Zapata Olivella y García Márquez escribieron con posterioridad ala publicación de -muchas de aquellas obras, y lograron establecer mayor distancia entre el lector y los hechos históricos narrados. La calle 10 consta de escenas desarticuladas, y el sentido de totalidad se logra cuando el lector comprende que un personaje marginal en una escena es el protagonista de otra62. Se inicia con la descripción de las condiciones de la clase pobre de la ciudad, y continúa con ciertos acontecimientos similares a 'los que ocurrieron en el asesinato de Gaitán en 1943. Al leer La mala hora prácticamente no se observa ningún hecho de violencia física, ya que la fuerza expresiva de esta novela radica en el lenguaje. Describe la vida opresiva, durante 17 días, en un pueblo anónimo colombiano. En esta novela rica en heteroglosia, los conflictos lingüisticos reflejan la pungna entre los individuos y el grupo, representados por el narrador y los personajes63

Mejía Vallejo yt Alvarez Gardeazábal le dan a la violencia un tratamiento más faulkneriano, ya sea desde la perspectiva de las técnicas literarias o de la misma violencia física. En El día señalado, Mejía Vallejo, como Faulkner, logra involucrar al lector con el uso de la estructura y de cambios en el punto de vista. Es la historia de un pueblo invadido por La Violencia, en el que los soldados del gobierno persiguen la guerrilla rural, y también, la historia violenta del personaje. Al final, Mejía Vallejo desvirtúa el concepto de violencia partidista, dando a entender que el factor determinante no es político sino sicológico, por lo irracional de ciertos comportamientos del hombre. En igual forma, Cóndores no entierran todos los días de Álvarez Gardeazábal, cuestiona ciertas interpretaciones de la Violencia, que trataban de explicarla simplemente bajo el prisma del enfrentamiento liberal - conservador. En esta obra, la violencia es más bien parte de la tradición familiar que genera actos humanos inexplicables.

Algunos han intentado caracterizar las mencionadas cuatro novelas con son tan ideológicas como cualquier otro texto. Contrario a lo que ocurrió con gran parte de la ficción de la época, estas obras transmiten su ideología con el uso de estrategias que evitan los pronunciamientos explícitos. Invitan al lector a reflexionar, a aceptar o rechazar las interpretaciones existentes de la violencia, ofreciendo actitudes opuestas. La mayoría de los novelistas del período, por el contrario, quizás más involucrados en los hechos, participaron en el diálogo político en forma tan intensa como habían participado décadas antes Eugenio Díaz con Manuela, y también Osorio Lizarazo. El deseo documental es demasiado evidente en obras como El 9 de abril (1951), de Pedro Gómez Corena, que se acerca más al ensayo histórico y al documento que a la novela. Describe el asesinato de Gaitán y la violencia que se desencadenó en una región llamada 'Risolandia'. La posición del autor respecto a los hechos es evidente desde la nota introductoria, en la que declara que la obra se refiere 'al nefasto asesinato del doctor Jorge Eliécer Gaitán'. En contraste con esta novela, Alfonso Hílarión Sánchez defiende a los conservadores en Las balas de la ley (1953), en la que el narrador - protagonista relata su educación durante los años de violencia liberal en las décadas de 1930 y 40. Es la historia de un joven inocente corrompido por la violencia. Viernes 9 (1953), de Ignacio Gómez Dávila, comienza narrando las relaciones de los integrantes de una familia urbana; pero con el asesinato de Gaitán, la narración se convierte en una brutal carnicería. La ciudad y el viento (1961), de Clemente Airó, es una novela urbana en la que eventualmente aparecen escenas de violencia, pero termina con una nota autoconsciente que insinúa que los eventos fueron, quizás, una pesadilla.

Tal como sugiere René Girard, la violencia, cuando se aplaca, busca siempre una víctima sustituta. La cultura que generó la furia de la violencia, en forma abrupta, va reemplazando sus víctimas, y las escoge únicamente por su disponibilidad y debilidad64. En novelas como Vientos seco (1953), de Daniel Caicedo, la violencia encuentra toda clase de víctimas y de víctimas sustitutas. Esta novela, al igual que la de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días, contiene algunas de las escenas más dramáticas de 'victimización' entre las novelas de La Violencia. ¿Quien dijo miedo? (1960) de Jaime Sanín Echeverri, describe las complejas interacciones ideológicas entre la guerrilla, los criminales comúnes y las víctimas sustitutas.

Las tres novelas sobre la violencia de Eduardo Caballero Calderón tienen que ver con individuos, cuyas vidas estuvieron directa o indirectamente afectadas por el fenómeno socioeconómico. Tales individuos fueron víctimas o víctimas sustitutas de la violencia. En El Cristo de espaldas (1952), un hijo liberal es acusado de haber asesinado a su padre conservador, y e ljoven cura del pueblo se convierte en la víctima sustituta cuando trata de defender la causa justa del hijo. El protagonista de Siervo sin tierra (1954) es víctima de la violencia, y muere sin siquiera haber intentado recuperar su propia tierra. Manuel Pacho (1962) expresa su tesis en el epígrafe y en el epílogo: cualquier persona, no importa qué tan humilde sea, tiene por lo menos una oportunidad en su vida, de adquirir el estatus del héroe.

Las novelas de La Violencia proporcionan otro ejemplo de por qué la novela colombiana se ha considerado un género menor. Cualquiera sea el partido político o la condición humana descritos en ellas no se trata del tipo de literatura que la oligarquía desearía reconocer o difundir. Muchas de tales obras fueron escritas por liberales, y han pasada, desapercibidas o han sido duramente censuradas por el establecimiento crítico conservador. Desde 1840, cuando comenzaron a aparecer pequeños panfletos de ficción bajo la categoría de 'novelas', el valor estético ha estado supeditado a las contingencias política incluyendo las arcadias o utopías iniciales - principio éste que no debe olvidar el lector que se acerque a cualquier trabajo de ficción colombiano, ya sea cuestionar el concepto mayor o menor, conocido o desconocido. Igualmente, uno debería de tradición literaria nacional orgánica. Desde el evidente y excepcional de la historia de Colombia, hasta la voz acertada de García Márquez acerca del fraude de la literatura colombiana, muchos factores sugieren que las formulaciones teleológicas sobre la novela colombiana son altamente cuestionables.


1. Frank Safford, 77w Ideal of the Practical: Colombia's Struggle to Form a Technical Elite, Austin and London, University of Texas Press, 1976, pp.6-8.
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2. Ibid., p.4
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3. Uso el concepto de institucionalización del valor literario de acuerdo a Jane Tomkins, Sensational Designs: The Cultural Work of' American Fiction 1790 - 1860, New York and Oxford University Press, 1985. Véase especialmente el capítulo VII, 'But Is lt Any Good?: The Institutionalization of Literary Value'.
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4. Bajo el término "conservadores' que utilizo en este lugar, subyace la idea de que los futuros conservadores eran denominados 'moderados' en la década de 1830. A finales de tal década, y en la siguiente, se denominaron '"ministeriales'; hasta la formación del partido conservador en 1849.
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5. Frank Safford, The Ideal of the Practical... op. cit., p. 31.
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6. Ibid.,p.49
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7. Safford cita directamente la ley del Congreso de Cúcuta. Véase íbid., p. 50.
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8. Ibid., p. 73.
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9. Terry Eagleton analiza los diferentes conceptos de literatura en el siglo XVIII en Inglaterra, en Theory of literature, Minneapolis, University of minnesota Press, 1983. Véase en especial el capítulo 1, 'The Rise of English'.
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10. Eagleton afirma que los conceptos de 'respuesta personal' y 'originalidad imaginativa' no habrían tenido ningún significado para Henry Fielding.
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11. Felipe Pérez está citado por Luis de Greiff Obregón en Semblanzas y comentarios, Medellín, ediciones Autores Antioqueños, Vol. 10, 1985, p. 239.
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12. Felipe Pérez, El caballero de la barba negra, p. 19.
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13. Ibid-
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14. James William Párk cita este contemporáneo de Madiedo en Rafael Núñez and the Politics of Colombian Regionalism 1863 - 1886, Baton Rouge and London, Louisiana State University Press, 1985, p. 128.
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15. Frank Safford,The Ideal of the Practical... op. cit., p. 193.
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16. Frank Duffey, 'The Early Cuadro de Costumbres in Colombia', University of North Carolina Stud,es in Romance Languages and Literatures, No. 26, p. 106,Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1956.
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17. José María Samper Matín Flores Bogotá, lmprenta de Gaitán,1866,p.g.
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18. Ibid., p. 166.
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19. Felipe Pérez, Los jigantes ,Bogotá, Imprenta de Gaitán,1875,p.4.
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20. Felipe Pérez, Sara, Bogotá, Imprenta Echavarría Hermanos, 1883, p. 6.
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21. Inés de Hinojosa fue novelada de nuevo en la década de 1980 por Próspero Morales Pradilla en la novela Los pecados de Inés de Hinojosa, Véase cap.7
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22. Temístocles Avella Meridoza, Anacaona, Bogotá, lrnprenta Constitucional, 1865,p.5.
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23. Rafael Mayo, Obra crítica, tomo 1, Bogotá, Banco de la República, 1982, p. 278.
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24. Ibid., p. 285.
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25. Frank Duffey, The Early Cuadro de Costumbres...op.cit., p.111
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26. Soledad Acosta de Samper, "Misión de la escritora en Hispanoamerica", en La mujer en la sociedad moderna, paris, Garnier Hermanos, 1895. Reproducido en Revista de estudios colombianos, No.5, 1988, pp. 3-6
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27. Ibid
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28. Lucía Guerra Cunningham ha notado cómo las mujeres crían a los hombres en "La modalidad hermética de la subjetividad romántica en la narrativa de Soledad Acosta de Samper" En Soledad Acosta de Samper, una nueva lectura, Bogotá, Ediciones del Fondo Cultural Cafetero, 1988, pp.353-367
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29. Para un análisis de las otras novelas de Soledad Acosta de Samper ver Donald Mc.Grady, La novela histórica en Colombia, Bogotá, Editorial Kelley, s.f.
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30. Fernando Guillén Martínez, La regeneración: primer frente nacional, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1986, p.89
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31. Ibid., p. 34.
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32. Gilberto Gómez Ocampo, Entre María y La Vorágine, la literatura colombiana finisecular (1886 1903), Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1988, cap. 1.
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33. Soledad Acosta de Samper, Gil Bayle, Bogotá, Imprenta de la Luz, 1898, p. 3.
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34. Soledad Acosta de Samper, Los piratas en Cartagena, Bogotá, Biblioteca Popular Colombiana, 1946, p. 21.
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35. Frank Duffey describe a Marroquín como 'siempre correcto' y 'quizás el mejor de los costumbristas colombianos', The Early Cuadro de Costumbres... op. cit., p. 69
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36. Marroquín, Blas Gil, Bogotá, lnstituto Caro y Cuervo,1973,p.271
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37. Marroquín, "Estudio de Entre primos", Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1978, pp.285-486
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38. Carlos Uribe Celis, Los años veinte en Colombia: ideología y cultura, Bogotá, Ediciones Aurora, 1985, p.18
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39. Juan osé Arrom, Fsquema generacional de las letras hispanoamericanas, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1963.
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40. Abel Naranjo Villegas, Generaciones colornbianas, Bogotá, Banco de la República, S.f.
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41. Véase Femando Charry Lara, 'Los poetas de Los Nuevos', Revista Iberoamericana Números 128 -1291 julio-diciembre 1984, pp. 633 -681.
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42. Carlos Uribe Celis, Los años veinte en Colombia... op. cit., p. 37.
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43. Ibid., p. 32.
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44. Véase Eduardo Castillo, La Vorágine en Montserrat Ordóñez, La Vorágine. textos críticos, Bogotá, Alianza Editorial, 1987, p. 41
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45. Ibid., pp. 29 y 34.
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46. Guillermo Manrique Terán, en Ibid., p. 39.
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47. Ibid., p. 47.
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48. Rafael Gutiérrez Girardot, 'La literatura colombiana en el siglo XX', en Manual de Historia de Colombia, Bogotá, Colcultura, pp. 470 - 471.
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49. Tomás Carrasquilla, 'Homilía No. 2' en Obras completas, tomo II, Medellín, Bedout, 1964, p.688. Véase nota 6. del cap. 5.
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50. Carrasquilla habla de 'nuestro ambiente' en Obras completas, tomo I, Medellín Bedout, 1958,p. 259.
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51. Armando Romero, '" novela colombiana de entreguerras', en Revista Iberoamericana 141, oct.-dic. 1987, p. 872.
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52. Armando Romero, Las palabras están en situación, Bogotá, Procultura, 1985, p.58
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53. Ibid., p. 46.
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54. Ibid., p.47
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55. Jacques Gilard, 'Un eco temprano de la aparición de Bestiario, Barranquilla, 1951', en Lo lúdico y lo fantástico en la obra de Cortázar, ed. Saúl Yurkiévich, Caracas, Editorial Fundamentos
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56. José Antonio Osorio Lizarazo, Novelas y Crónicas, Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1978,p.425
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57. Ibid., p. 82.
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58. Gerald Wade "An Introduction to the Colombian Novel", Hispania, 30, 4, Noviembre de 1957, p.480
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59. Gabriel García Márquez, "La literatura colombiana, un fraude a la nación", Obra periodística, Vol.4, Recopilación y prólogo de Jacques Gilard, Barcelona, Bruguera, 1983, pp.787-793
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60. Wade, "An Introduction to...op.cit., p.467
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61. Arturo Escobar,The 1-Irofessionalization and Institutionalization of' Development' in Colombia en the Early Post World War Il Period' Occasional Papers in Latin American Studies, Staiiford/Berkeley Joint Center for Latin American Studies, No. 14, Spring 1988.
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62. Thomas Kooreman,'Two Novelistic Views of the Bogotazo',Latin American Literary Review , 3:5,1974, p. 135.
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63. Para un análisis más amplio de la heteroglosia en La mala hora, véase: Raymond I. Williams, Gabriel García Márquez, Bostón, G.H. Hall, 1984, pp.66-68
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64. René Gilard, Violence and the Sacred, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1977, p.2
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