Época Colonial

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Introducción

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La adversidad de un género

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Algunos elementos novelescos

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Primera novela latinoamericana


Siglo XIX

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Introducción

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Novela histórico-romántica

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Novela post-romántica

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Novela costumbrista

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Novela realista

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Novela modernista


Siglo XX

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Introducción

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Modernismo/modernidad

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Novela sobre la violencia

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Un capítulo aparte: Gabo

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Novela reciente

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Posmodernidad en la novela colombiana


Siglo XIX

Novela histórico-romántica

Ingermina o la hija del calamarEl romanticismo en sus distintas vertientes: desde la evocación escapista, hasta la proclama revolucionaria, pasando por la efusión lírica y sentimental, tuvo su cultivo en Colombia, aunque no siempre con afortunada calidad. Las primeras obras de este periodo estuvieron guiadas, bien por un afán de recuperar un supuesto espíritu caballeresco de la conquista, bien por una sublimación poética y filosófica del aborigen de América. En orden cronológico, las primeras novelas colombianas del periodo corresponden a las escritas por el cartagenero Juan José Nieto: Ingermina, publicada en 1844 y Los moriscos de 1845, ambas novelas históricas. La primera es un relato que tiene como trasfondo las sublevaciones de los indios Calamares, antiguos pobladores de Cartagena en los primeros tiempos de la conquista, y tiene la particularidad de desarrollar una trama amorosa de corte caballeresco entre Alfonso de Ojeda, hermano de Pedro, el conquistador, y la princesa indígena Ingermina, en un intento por rehabilitar la conquista y poetizar, simultáneamente, al indio. Los moriscos relata los sufrimientos de una familia mora a causa de su expulsión de España, tras el decreto de 1609. 

Es una obra llena todavía de influencias claras de autores como Byron, Lamartine o Chateaubriand, que sigue los procedimientos melodramáticos de Walter Scott, pero que tiene el mérito de haber inventado los personajes de la trama central, con lo que lo histórico pasa a desempeñar la función de ambientación del relato.

Otro autor de novelas históricas es Felipe Pérez, conocido por tratar de manera rigurosa el tema del imperio incaico. En su novela Los gigantes (1875), sin embargo, Pérez hace protagonista de sus relatos a los chibchas (indios que habitaban la región que hoy es Colombia), a quienes coloca como actores principales de la independencia de la Nueva Granada. En esta obra, como en las de tema incaico, se promueve la idea del buen salvaje, y así se ve a los indios enfrentados a los males de la conquista y desterrados de su arcadia por la exagerada codicia española, patrocinadora de batallas sanguinarias y crueles. Además de estas obras de corte histórico, Pérez produjo otras de fondo social y de aventuras, como El caballero de Rauzán (1887) que refleja más claramente el ambiente romántico en que el escritor se había formado.

Pero también en este periodo inicial de la producción novelesca se da una vertiente que intenta presentar los usos y maneras de una vida colonial apacible que los autores echan de menos. Obras como El oidor (1845) de José Antonio de Plaza, Don Alvaro (1871) y Juana la bruja (1894) de José Caicedo Rojas o y El alférez real. Crónica de Cali en el siglo XVIII (1886), son buenos ejemplos de esta tendencia. Esta última novela es tal vez la de mayor calidad por su logrado equilibrio entre los elementos didácticos y narrativos, y por la menor sobrevaloración del ambiente, así como por la perfección de su estilo y la autoridad documental que despliega.


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