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Antonio Curcio Altamar
El paradigma tradicional

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Bodgan Piotrowsky
Literatura y realidad nacional

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Raymond Williams
Ideología y regiones

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad
La fábula y el desastre

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Luz Mery Giraldo
Búsqueda de un nuevo canon
Ciudades Escritas
Ellas cuentan
Cuentos de fin de siglo
Cuentos y relatos de la literatura colombiana
¿Dónde estamos? (a manera de epílogo)

 

Ricardo Burgos
Ciencia Ficción en Colombia

 

María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Ángela Inés Robledo
Literatura y diferencia

 

Augusto Escobar Mesa
Ensayos y aproximaciones a la otra literatura colombiana

 

Juan Gustavo Cobo Borda
Silva, Arciniégas, Mutis y García Márquez

 

Henry González
La minificción en Colombia

 

Oscar Castro García
Un siglo de erotismo en el cuento colombiano

 

Johann Rodríguez-Bravo
Tendencias de la narrativa actual en Colombia

  Silvana Paternostro
Colombia's New Urban Realists

¬

Gina Ponce de León
Panoarama de la novela colombiana contemporánea

¬

Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad literaria
Narradores del XXI. Cuatro cuentistas colombianos

  María Helena Rueda
La violencia desde la palabra
  María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

¬

La novela policiaca en Colombia
Hubert Poppel


La minificción en Colombia. Presentación.

Henry González (2002)

Tomado de: La Minificción en Colombia. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional


La presente antología, que hace parte de la Serie La Avellana, ha sido posible gracias al convenio de cooperación suscrito entre la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia y la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco, de México.

En el mundo actual, caracterizado en gran medida por la especularización de la vacuidad, por los índices del rating y por la caja registradora, la circulación de valores culturales entre naciones, que reivindiquen la ética o el humanismo, se hace cada vez más distante y puede llegar a considerarse extraña y hasta incongruente. Más aún cuando se trata de creaciones literarias, que como el minicuento, no gozan de amplios círculos de lectores, aunque su perspectiva actual sea la de ir ganando cada vez más auditores (creadores, lectores, críticos, antologistas) en muchos países, especialmente los latinoamericanos.

Pese a las dificultades con que cuenta la difusión cultural entre nuestros países, la unidad de dos importantes instituciones como la U.P.N. y la UAM-X en torno al propósito común de difundir algunos de los valores culturales latinoamericanos, sin ningún interés lucrativo, y, fundamentalmente con el ánimo de contribuir al diálogo fructífero entre críticos, profesores, estudiantes y los más eximios talentos de nuestras naciones, a más de ser un gran aliciente para el desarrollo cultural de nuestros pueblos, se constituye en una ejemplar práctica, que de ser seguida por otras naciones, seguramente contribuirá a superar las barreras de incomunicación cultural a las que hemos estado sometidos no solo por la distancia geográfica sino mental. Superando los múltiples escollos por los que atraviesa todo texto de esta naturaleza, que además de encontrar espíritus dispuestos para realizar la respectiva búsqueda y selección, debe sobrepasar otras tantas dificultades, aparece esta antología, compuesta de cincuenta creaciones minicuentísticas de escritores representativos del género, en cuyos textos se recrean múltiples temáticas y se expresan las concepciones poéticas de cada uno, tendientes todas ellas a contribuir con la fina urdimbre de una creación estética como el minicuento, marcada por el devenir de la cultura, en cuyo interior resuenan los acentos estéticos de la tradición y de nuestro tiempo.

En su condición de Serie, La Avellana, tiene el propósito de constituirse en una respuesta positiva a la dispersa producción minicuentística hispanoamericana, difundiendo en forma de antologías algunos de los minicuentos más representativos de cada uno de los países que constituyen esa gran franja marcada por lo hispanoamericano. Para el logro de dicho propósito, las dos instituciones firmantes del convenio coeditarán alternadamente la antología de cada país, en la medida en que vayan siendo preparadas por especialistas del mismo.

 

Henry González Martínez

Coordinador del Convenio U.P.N. - UAM Junio de 2000


ESTUDIO PRELIMINAR

En sus reflexiones acerca de algunas características que podría adoptar la literatura durante el milenio que ya hemos comenzado, el escritor italiano Italo Calvino señalaba cómo en estos tiempos congestionados que nos depara cada vez más el futuro, la necesidad de literatura se ve abocada a la "máxima concentración de la poesía y del pensamiento". "Sueño con inmensas cosmogonías, sagas y epopeyas encerradas en las dimensiones de un epigrama" (1989: 64), explicaba el autor, y, confesaba que gran parte de su obra está compuesta de textos breves, muchos de ellos apuntando al apólogo y al pequeño poema en prosa.

Este ejemplo de uno de los hombres que registra atentamente el devenir del tiempo intentando expresarlo a través de la brevedad y de la máxima síntesis poética, es uno de los tantos que han puesto en evidencia la necesidad de que el arte verbal se ponga en sintonía con los signos cambiantes de nuestra época. En consonancia con esa aspiración de máxima síntesis, el autor considera que la literatura de este nuevo milenio se verá influida por principios como el de la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad y la multiplicidad. Por ello, dedica un espacio importante a argumentar cada uno de ellos ya proyectarlos en el decurso cambiante de algunos géneros discursivos y literarios. Su evocación de la rapidez lo conduce velozmente por los senderos de una de las creaciones prototípicas de nuestros días: el minicuento, también denominado por algún sector de la crítica como minificción (1) o ficción brevísima, y, de paso, a la reivindicación de algunos de sus más importantes creadores, entre los que destaca a Jorge Luis Borges ya Augusto Monterroso.

Sin embargo, el argentino y el guatemalteco (nacionalizado mexicano), son apenas dos de los autores más representativos de una región como Latinoamérica, prolífica por excelencia en la producción minicuentística, en la que países como Argentina, Venezuela, México y Colombia, tienen una importante tradición y se erigen como aquellos que registran en la actualidad una dinámica creciente no solo en el surgimiento de jóvenes escritores sino en la recepción que le reservan al minicuento sectores cada vez más amplios de la población.

Siguiendo las huellas de esta creación en la cultura de nuestro país, ha surgido el presente trabajo, cuya finalidad no se reduce únicamente a presentar una selección de los cincuenta textos más representativos, sino también, a indagar brevemente en el contexto cultural, tanto universal como colombiano que los ha inspirado, lo que puede considerarse como las reflexiones previas a un estudio más amplio, en proceso de realización, acerca de lo que ha sido la práctica del minicuento en Colombia.

POR LOS SENDEROS DE ORIENTE EN BUSCA DE lA MINIFICCION

Son numerosos los estudiosos y críticos que coinciden en ubicar el origen del minicuento en las milenarias tradiciones orientales. Fuente primigenia de fértil inspiración serían los libros sagrados o históricos del Lejano Oriente en los que se encuentran insertos o haciendo parte de escritos más extensos muchos de los más elaborados y ejemplares minirrelatos. En libros como El Panchatantra, El Talmud o Las mil y una noches, y otros de la más remota antigüedad, de procedencia indú, china, hebrea, árabe, etc., pueden encontrarse apólogos, máximas, sabios consejos, etc., acerca de la vida, de la ética de una religión o de los usos y costumbres, que muchas veces adoptaron la forma de minificción. Aunque algunos analistas diverjan en la ubicación geográfica del origen, (China, India, Persia, etc.) lo cierto es que este tipo de creación no solo está vinculada con el mundo de la escritura, que representarían los libros antes mencionados, sino con la oralidad, y, en ese sentido, su procedencia estaría relacionada con las primeras formas de narrar de los seres humanos como los mitos y las leyendas, y su origen sería incierto, aunque, posteriormente sean recogidas por amanuenses o escritores de diversa procedencia. Para Edmundo Valadés, por ejemplo, el cuento brevísimo es de invención oriental, y, su origen sería incierto, sin embargo, se aventura a darle una ubicación espacial: "quizás más particularmente China, por estar en su literatura, creada hace siglos, algunos de los más redondos y ejemplares" (1990). Nana Rodríguez, por su parte, considera que la historia del cuento no se puede fechar, "sus formas ­dice- han variado desde las parábolas y las alegorías de La Biblia, pasando por la fábula, los apólogos, los aforismos, hasta los relatos breves de las literaturas orientales" (1996).

Con las anteriores explicaciones coincide el testimonio de los editores del número especial de la Revista Interamericana de Bibliografía (1996) dedicada al minicuento, en el que expresan: "Sería ingenuo pensar que este anhelo por lograr impresiones artísticas a través de la reducción de sus componentes ha sido exclusiva de la literatura. En su variable temporal, la indagación en torno a sus orígenes nos lleva siempre a China, India, Japón y Persia donde se practicaba, acaso desde un remoto pasado, la búsqueda de formas que alcanzaran una alta concentración comunicativa y que confirieron a sus manifestaciones artísticas un acento tan decisivo, tan resuelto a separarse de la naturaleza material para crear una naturaleza espiritual, más resumida, más esencial, más expresiva y más cadenciosa que aquella".

En síntesis, quizás los más antiguos referentes escritos de la minificción puedan encontrarse en documentos orientales gracias a su elaboración escrita, sin embargo, como señalan Tomassini y Colombo "formulaciones en prosa que rinden tributo a la brevedad han sido inventariadas en la literatura de todos los tiempos y de variadas tradiciones culturales: fábulas, parábolas, aforismos, leyendas, mitos, etc., cuyas matrices formales y temáticas son reconocibles como el basamento de muchas de las variantes que asume la ficción brevísima en nuestros días (1998). Del Oriente, la narración breve habría desembocado en Europa, con especial acogida en la Edad Media a través de la tradición oral, para ser asimilada en diversas creaciones literarias: cuentecillos, enxiemplos, estorias, fablas, apólogos, fábulas, hazañas, castigos y proverbios, que se convertirían en precursoras de la ficción breve. Sin embargo, en cuanto a su ubicación espacial, son innumerables los autores de diversas latitudes que han recurrido a estos microtextos para darles variados usos, como las interpolaciones en ensayos, cosmogonías, novelas y otro tipo de obras narrativas. Tal es el caso de "Hesíodo, Platón, Rabelais, Boccacio, cervantes, Tolstoi, Kafka, Faulkner, Ernest Hemingway, Italo Calvino, Jorge Luis Borges y Jorge Amado, además de la enorme colección de cuentos y relatos anónimos que han llegado hasta nosotros" (Editores RIB, 1996).

CREACION DE NOMBRE INDEFINIDO

Hasta el momento no existe unidad en torno a la denominación de este tipo de creación breve, pues, los calificativos orientados a caracterizarla son múltiples: minicuento, minificción, microrrelato, microcuento, minitexto, arte conciso, cuento instantáneo, microficción, cápsula o revés de ingenio, ficción mínima, síntesis imaginativa, relato enano, relato vertiginoso, etc. Lo relevante en su estudio, es que cada crítico le otorga nombre de acuerdo con las premisas del análisis o con las características que pretende destacarle.

Violeta Rojo (1997) ha señalado la carencia de un nombre definido para este tipo de textos debido a la poca atención que se les ha prestado ya la multitud de expresiones entre las que se debate el crítico a la hora de hablar de este tipo de narrativa, "muchas de las cuales pecan de ambiguas y caprichosas". Para Rojo la definición de un nombre es importante, pues, ello será síntoma de superación de muchas de las dudas y zonas oscuras sobre el minicuento. Además, explica que el hecho de que este tipo de narrativa tenga tantos nombres, se debe a la indeterminación de sus límites genéricos ya la incertidumbre que existe respecto a su ubicación. Para efectos de delimitación en su estudio, ella decide adoptar, por diferentes razones, el nombre de minicuento.

Koch y Valadés, a quienes cita Rojo como antecedentes de su estudio, coinciden en destacar la brevedad como uno de los problemas que ha afrontado esta narrativa para adquirir importancia frente a la crítica estudiosa. "Un relato tan breve, ­dice Koch- se considera modesto o frívolo, o carente de envergadura. En el mejor de los casos se le toma por una anomalía excéntrica e inclasificable" (1986). Por su parte Valadés explica: "Desestimado en mucho como creación menof¡ la del minaturista, el cuento breve o brevísimo no ha merecido ni recuento, ni historia, ni teoría, ni nombre específico universal" (1990).

Otros críticos como Zavala, Tomassini y Colombo, tienden a ampliar el horizonte analítico de los textos breves recurriendo al nombre de minificción, con el cual proponen una caracterización más amplia de estos textos, que como señalan Tomassini y Colombo, en la nota antes citada del presente estudio, se trata de una categoría transgenérica que re cubre un área más vasta que la del minicuento, pues, trasciende las restricciones impuestas por los géneros. Además, para estos estudiosos el número de palabras se torna en un elemento caracterizadof¡ según explica Zavala en uno de sus últimos libros: "he decidido utilizar el término minificción para referirme a los textos en prosa cuya extensión no rebasa las 400 palabras" (2000).

En la relación que hace sobre el cuento en Hispanoamérica, publicada en la revista argentina Puro cuento, Juan Armando Epple señala a la revista mexicana El cuento como la publicación que por primera vez le denominó "mini-cuento" a este tipo de creación narrativa breve, además, destaca el nombre complementario de "cuento en miniatura" que le otorga Enrique Anderson Imbert, uno de sus eximios creadores. De todas maneras, indiferentemente del nombre que adopte, nos hallamos ante una creación literaria heteróclita, fronteriza y perdurable, en la medida en que revela inventiva, ingenio, esfuerzo creador, concentración verbal y gran economía en el lenguaje.

LA MINIFICClON EN PERSPECTIVA LATINOAMERICANA

En su sugerente artículo "Ronda por el cuento brevísimo" (1990), el maestro mexicano Edmundo Valadés, -una especie de gurú del minicuento en hispanoamérica- destaca la importancia que este tipo de creación ha venido adquiriendo a lo largo de los últimos años en este continente. De ser considerado creación menor, agregado o relleno de revistas o elemental artesanía de miniaturistas; sin haber merecido recuento, crítica o teoría y ni siquiera un nombre caracterizador en el universo literario, es ahora "una elaboración que prolifera en las letras contemporáneas, y que se ensaya o se colma muy extensamente en nuestros países, sea en el estudio del escritor o en el taller de los que se inician en la narrativa: de allí su reproducción constante en revistas y suplementos y la multiplicación de libros forjados con minicuentos", según explica Valadés.

Ese vertiginoso ascenso del minicuento, especialmente en lo que respecta a Hispanoamérica, no es ajeno al mismo autor mexicano, quien además de ser creador de minificciones, contribuyó en gran medida con su difusión, impulso y estímulo, desde la revista El Cuento , publicación periódica que durante más de 25 años difundió este tipo de creaciones y organizó el primer concurso de dichos textos.

En Hispanoamérica la creación minicuentística cubre casi todo el siglo XX. Según Laura Pollastri (1998), las raíces de esta práctica estarían ancladas en el fuerte impulso innovador generado a partir de dos factores estrechamente vinculados con la modernidad: "por un lado, la renovación sobre la prosa que significa la tarea del modernismo -con su concepción poética de la escritura, la valoración de la musicalidad de la palabra, la puesta en relieve de los ritmos de la prosa y una concepción armónica del texto-; y por el otro, la influencia de la prensa periódica en el formato del cuento que se ve obligado a compactarse en función de los espacios destinados en estas publicaciones para su edición".

Otro factor de inevitable mención por su relevancia en la transformación de las letras hispanoamericanas y en la consolidación de la minificción, es el movimiento vanguardista de los años treinta. Dicha vanguardia, considerada como núcleo de la modernidad, equidistante de su origen modernista y proyectada hacia la realización de lo contemporáneo, se constituye en una etapa fundamental para las letras hispanoamericanas, pues, en su seno se radicalizan algunas transformaciones ya insinuadas en la fase modernista y se advierten los nuevos elementos de una escritura profundamente transformadora de nuestra literatura. Es, precisamente ese el momento de mayor auge en la experimentación de las formas poéticas, no solo de la poesía lírica, de la cual serán ejemplo Trilce y Altazor, sino de la prosa, en la que el cuento y la novela se verán altamente favorecidos.

Exceptuando el análisis de las transformaciones novelescas por no ser este el espacio para un estudio de ese tipo de creación, es importante destacar el prolífico momento por el que atravesó el cuento, pues, es en esa etapa en la que sus características de género proyectado a la modernidad adquieren solidez, y su producción aumenta. Como expresión de su capacidad renovadora, será usual encontrar a los poetas y novelistas de la vanguardia incursionar en un estilo de prosa breve, salpicada de ironía, humor y parodia, que paulatinamente desembocará en un tipo de creación autónoma de difícil ubicación en el inventario de los géneros clásicos, aunque en su estructura se perciban resonancias de aquellos y se encuentre filiación con otros géneros discursivos como el cuento, la fábula, la sentencia, el poema y muchos más.

Ejemplo de dicha renovación son los cuentos breves de Pablo Palacio, (El huerfanito, Amor y Muerte, El frío, y, algunos del volumen Un hombre muerto a puntapies, 1921-1927); Vicente Huidobro, ("Cuentos en miniatura", 1927); y Luis Vidales, ("La sombra muerta", "Los antípodas", "El antipático", "La rebelión", "El enigma", 1926); entre otros, pero antes que ellos, actuando como puente entre la tradición y la modernidad, estará Macedonio Fernández y sus textos breves que no solo constituyen una novedosa escritura minificcional sino la fundación de un nuevo género y de una teoría afín que lo sustenta.

A la par con Macedonio encontramos en México a Julio Torri, a quien la crítica señala también como uno de los hitos fundacionales del cuento brevísimo en hispanoamérica. Su libro Ensayos y Poemas (1917), pero especialmente el texto A Circe, con el que se inicia este libro, se considera precursor de este tipo de creación minificcional. Desde Torri y Macedonio hasta hoy, se registra una peculiar producción narrativa de estilo conciso, irónico, malicioso y de refinada exactitud idiomática, en cuya práctica se alinean nombres como los de Jorge Luis Borges, Enrique Anderson Imbert, José Antonio Ramos Sucre, Luis Vidales, Jairo Anibal Niño, Juan José Arreola, Augusto Monterroso y una lista interminable de otros importantes creadores.

TRADICIÓN CUENTÍSTICA y MOVIMIENTO MINIFICCIONAL EN COLOMBIA

Colombia no ha sido ajena a este movimiento del ingenio poético encapsulado, inmersa en una tradición cuentística fundacional que se retrotrae al Carnero, (1636-1638) de Juan Rodríguez Freyle, obra en la cual aparecen los primeros relatos breves o historielas (2) , precursoras del cuento hispanoamericano, ha continuado un proceso creador en el cual se suceden diferentes generaciones encabezadas por cuentistas de gran trascendencia como Tomás Carrasquilla, José María Rivas Groot, Lorenzo Marroquín, Jesús del Corral y Francisco Gómez Escobar ( quien se firmaba como Efe Gómez), por solo mencionar unos pocos, del Siglo XIX, y, los exponentes más sobresalientes del siglo XX, como Jorge Zalamea, Manuel Mejía Vallejo, Octavio Amórtegui, Hernando Téllez, Alvaro Cepeda Samudio, Andrés Caicedo, Marvel Moreno, Gabriel García Márquez, Nicolás Suescún, Luis Fayad, Helena Araujo, Policarpo Varón, Humberto Valverde, Ricardo Cano, Fanny Buitrago, Darío Ruiz y Roberto Burgos, entre los cuales los diez últimos mencionados todavía se encuentran en plena actividad.

A manera de síntesis, teniendo en cuenta la condición de estudio preliminar de este escrito, quizás sea pertinente señalar cuatro momentos fundamentales en el proceso creador que ha seguido este tipo de textos brevísimos en la literatura colombiana: un primer momento, que puede considerarse como fundacional, sería la publicación de Suenan timbres, (1926) del poeta Luis Vidales; el segundo, que puede ser entendido como su etapa de maduración, se caracteriza en un comienzo por la poca consideración que tiene el minicuento, y, posteriormente, por su desarrollo creativo en la obra de importantes escritores, (etapa del cuarenta al sesenta). Se trata de un período en el que la minificción supera las limitaciones en cuanto a los espacios de difusión, que dejaban de ser insignificantes o marginales en diferentes periódicos y revistas, y accedía a la página del libro, en antologías u obras exclusivamente compuestas por minicuentos. Además, el progreso en su aceptación, cada vez en aumento, era un síntoma del interés que iba despertando.

Una tercera etapa, que puede apreciarse como el período de plena madurez y auge del minicuento, se presenta entre los años setenta y ochenta, lapso caracterizado de una parte, por el resurgimiento en la escritura de importantes figuras de las letras, quienes se interesan por referentes como la oralidad, la cultura popular y los conflictos sociales, y de otra parte por la creación de la Revista Ekuóreo, publicación dedicada exclusivamente al estímulo y difusión del minicuento.

Un cuarto período, estaría caracterizado por el reconocimiento y aceptación que ha adquirido la creación breve en nuestros días y los múltiples canales de difusión que se emplean para ponerla al alcance del lector como los textos escolares, las ventas ambulantes, las filas de los cine clubes, los concursos en periódicos y revistas, los vehículos de servicio público, la radio, las antologías o libros individuales, por nombrar algunos espacios.

Por tratarse apenas de una síntesis del estudio que adelantamos en torno a la historia de este tipo de creación, solo nos referiremos en forma breve y panorámica a cada una de estas etapas:

Luis Vidales: Fundador

Pese a que muchos de los escritores colombianos han incursionado en la creación de cuento breve, y algunos han dado a la publicidad libros de minicuento, una revisión histórica de esta forma de ficción conduce a reconocer por antigüedad y estilo de escritura autoconsciente, al poeta Luis Vidales como el fundador de este tipo de creación breve en Colombia.

Con su libro Suenan Timbres, publicado en 1926, Vidales no solo se puso en sintonía con los vanguardistas del Continente americano sino que instauró en Colombia una escritura heteróclita, caracterizada por la extrema brevedad, el humor, la paradoja y la ironía; que se resistía a ser ubicada en el horizonte genérico literario de la época y rozaba sus sentidos con la sentencia, el poema, el epígrafe, el apólogo, la greguería y el chiste, entre otros.

Suenan Timbres es un libro compuesto formalmente por una autobiografía titulada "Confesiones de un aprendiz del siglo" y cuatro capítulos denominados: "Los importunos"; "Poemas de yolatría"; "Curvas" y "Estampillas". La curiosa estructura del texto está dada porque la mayor parte de su contenido -por no decir que su totalidad, excluyendo los primeros textos que son cuentos breves y unos pocos poemas líricos- está integrado por minificciones, si nos atenemos a la caracterización propuesta por Tomassini y Colombo.

Aunque en Colombia, y especialmente en Bogotá, apenas empezaba a conocerse su poesía por aquella época, gracias al descubrimiento que de ella hiciera en 1922 el escritor Luis Tejada, las creaciones de Vidales tendrían mayor resonancia en el exterior. Especialmente en Buenos Aires, -donde se desarrollaba un efervescente movimiento vanguardista- y hasta donde llegaron los ecos de su poesía. Lo anterior le permitió convertirse en el único poeta colombiano incluido en la famosa antología de 1926, seleccionada y prologada por Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo, titulada Indice de la nueva poesía americana, donde el poeta colombiano figura alIado de otros 61 poetas más de 9 países entre los que se encontraba Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal, Pablo de Rocka, Pablo Neruda, Luis cardoza y Aragón, Carlos Pellicer, César Vallejo y Macedonio Fernández, quien puede considerarse uno de los fundadores de la escritura minificcional en este continente.

En 1922, cuando el escritor Luis Tejada presentó al poeta Vidales, profetizaba la acogida que tendría su poesía con estas palabras: "Se que sus versos no irán a gustar todavía a esa gran masa de público rutinizado en el viejo sonsonete, sin alma ni médula, que nos dan diariamente quienes confunden la belleza con la sonoridad vacua y pretenden hacer poesía escalonando adjetivos, armonías y superficiales colores, en visión pobre por sólo ser descriptiva". (Citado por lsaías Peña, 1986). Este vaticinio habría de cumplirse posteriormente con la aparición de Suenan Timbres, un libro que reunía parte de la poesía y la prosa de Vidales, que despertó ataques, indiferencia y el aplazamiento de por lo menos 50 años para obtener el merecido reconocimiento, el cual sobrevendría en 1976, fecha en que se publicó la segunda edición y "todos los jóvenes lo aclamaron, porque era su poesía, la del siglo XX, la de la nueva música, la de las ciudades tecnificadas y llenas de oficinas y de fábricas, lejos de los arreboles y llantos románticos o modernistas". (Peña: 1986, pág. 17).

Al comentar la particular naturaleza de sus textos integrados en Suenan Timbres, el poeta Luis Vidales explicaba: "Contra lo que pueda creerse mi renovación poética comenzó por la prosa. Ni cuento ni poema en prosa, algo así como un nuevo género, pero sin pretensiones de serlo". Así, se fundamentaba la ingeniosa escritura que imprimía levedad y renovación a la narrativa colombiana, caracterizada por discursos declamatorios nacionalistas y grandilocuentes que encontraban bastante resonancia en La vorágine, la novela popular de aquél momento, y en la poesía con marcado acento telúrico.

Pese al espíritu renovador con que apareció Suenan timbres, no encontró el suficiente eco para consolidar entre los jóvenes escritores de la época el "nuevo género", situación que determinará la limitada atención y difusión del minicuento, pues, quedará "relegado entre cuentos de mayor paginaje, en rincones olvidados de revistas, cumpliendo un papel de relleno, de viñetas poco consideradas por los lectores", como explican Bustamante y Kremer (1994), más adelante, entre los años cuarenta y sesenta empieza a adquirir cierta autonomía ya consolidarse su práctica asidua con la publicación de sus textos breves por parte de reconocidos creadores como Jorge Gaitán Durán, Manuel Mejía Vallejo y Alvaro Cepeda Samudio, entre otros.

Consolidación y Auge del Minicuento: N acimiento de Ekuóreo

Entre los años setenta y ochenta se presenta en la literatura tolombiana un importante movimiento hacia la creación y difusión de las formas narrativas breves. El minicuento, que ya evidenciaba cierta regularidad en la producción artística de algunos escritores, se consolida en esta etapa y se convierte en un "nuevo género" al que se le dedica atención no solo desde el punto de vista creativo sino de difusión y vinculación con otros géneros literarios. Escritores como David Sánchez Juliao, quien había incursionado en la modalidad del "cuento-cassette" con historias de la cultura popular que reivindicaban la tradición oral como El Pachanga y El Flecha, experimenta también la escritura de minicuento en un libro constituido exclusivamente por creaciones de este tipo como El Arca de Noé (1976).

Así mismo, Jairo Anibal Niño, otro escritor ubicado en la cultura popular, quien configura en muchos de sus creaciones breves los problemas sociales, publica por aquella época dos importantes libros de minicuento: Toda la vida y Puro Pueblo (1979), aunque desde mucho tiempo atrás venía dando a conocer este tipo de creación en revistas y periódicos. Otro escritor que se ubica en este período es Elkin Obregón, quien con su serie de caricatura titulada Los invasores logró una importante relación entre el Carton y la historia breve. Por solo mencionar unos pocos de los impulsores del género en esta etapa.

Pero quizás uno de los acontecimientos más sobresalientes en el estímulo de la creación y en la difusión del minicuento en este período que venimos reseñando, haya sido el surgimiento de la revista Ekuóreo, una publicación especializada que por primera vez se dedicaba a recopilar y difundir textos de este género. Su entusiasta actividad durante algunos años no solo llamaría la atención de muchos escritores y lectores colombianos sino que trascendería las fronteras para llegar al conocimiento de uno de los más importantes impulsores del minicuento en Hispanoamériaca: el maestro Edmundo Valadés.

En su artículo "Ronda por el cuento brevísimo" (1990) que escribió para la revista argentina Puro Cuento, el maestro mexicano se refiere al papel pionero que cumplió la revista Ekuóreo en el fomento y difusión del minicuento en Colombia, y señala cómo dicho papel estaba en sintonía con el auge que por aquella época había adquirido este tipo de creación en Hispanoamérica, de tal

manera que Ekuóreo se constituía en una publicación que sintetizaba a nivel colombiano las nuevas formas de escritura liviana y versátil con que los escritores pretendían revelar una nueva sensibilidad estética esencialmente urbana, relacionada con el lenguaje de la publicidad, el video clip, y otras formas discursivas propias de los medios de comunicación y caracterizadas por la brevedad .

Al revisar la historia de Ekuóreo no deja de llamar la atención el núcleo humano que promovió su nacimiento, pues, inevitablemente este dejaría la huella en su creación: se trata de la juventud universitaria, que en su momento expresaba rebeldia no solo contra la situación social del país sino contra los discursos estereotipados y retóricos, que se expresaban en el quehacer literario. Al respecto dice Guillermo Bustamante, uno de sus fundadores y co-directores: "en tal contexto -integrado también por el hecho de ser estudiantes de literatura, y con fiebres adolescentes de escritores-, nos propusimos hacer una chapola mamagallista; algo que diera espacio para el humor, para no tomarse las cosas tan en serio". (2001: 2-3).

Por su parte Harold Kremer, el otro fundador y co-director explica respecto a Ekuóreo:

"El primer número de Ekuóreo se publicó en Cali en febrero de 1980 y el último apareció en noviembre de 1992. Ekuóreo se propuso difundir y fomentar la escritura del minicuento. Tuvo dos períodos: durante el primero, que se inició en la Universidad Santiago de Cali, se publicaron en total 29 números, del 1 al 30. Un segundo período se inició y culminó en la Universidad del Valle, donde se publicaron 7 números, del al 7. la palabra Ekuóreo, del adjetivo ecuóreo ("del mar"), fue sugerida por Eduardo Serrano Orejuela -entonces profesor de la Universidad del Valle­. En sus 37 números, Ekuóreo publicó un total de 139 cuentos cortos, varios de los cuales fueron tomados de novelas, libros de poesía y filosofía, entrevistas, canciones y periódicos" (Bustamante, 2001: 1).

En consonancia con quienes creaban y difundían el minicuento también surgieron reflexiones teóricas que apuntaban a deslindarlo de otros géneros ya fundar una poética del mismo, en abierta pugna con el canon vigente. Tal fue el caso de las que proponía laurian Puerta, quien en la revista Zona, de Barranquilla publicó una especie de manifiesto en el que el minicuento adquiría una "función literaria subversiva":

"Sacado de una de sus falsas costillas, el minicuento, ese extraño género del siglo XX, ha conducido al cuento clásico al camino de una estrepitosa bancarrota. Parece una afirmación temeraria. Pero es una rebelión inexorable que viene gestándose desde la cuentística inaugurada por Poe. La primera escaramuza fue con el relato breve. y al minicuento se le ha encomendado la delicada misión de darle el tiro de gracia" (Valadés, 1990: 28).

La "rebelión" artística se hacía aún más "beligerante" con consignas del estilo: "Ni un paso atrás, siempre en el minicuento!", a las que se agregaban principios conminatorios como los que siguen:

"Concebido como un híbrido, un cruce entre el relato y el poema, el minicuento ha ido formando su propia estructura. Apoyándose en pistas certeras se ha ido despojando de las expansiones y las catálisis, creando su propia unidad lógica, amenazada continuamente por lo insólito que lleva guardado en su seno. La economía del lenguaje es su principal recurso, que revela la sorpresa o el asombro. Su estructura se parece cada día a la del poema. La tensión, las pulsaciones internas, el ritmo y lo desconocido se albergan en su vientre para asaltar al lector y espolearle su imaginación. Narrado en un lenguaje coloquial o poético, siempre tiene un final de puñalada. Es como pisarle la cola a un alacrán para conocer su exacta dimensión. . . El cuento clásico ha sido domesticado, convertido en una sucesión de palabras sin encantamientos. El minicuento está llamado a liberar las palabras de toda atadura. Ya devolverle su poder mágico, ese poder de escandalizarnos. . . Diariamente hay que estar inventándolo. No posee fórmulas o reglas y por eso permanece silvestre o indomable. No se deja dominar ni encasillar y por eso tiende su puente hacia la poesía cuando le intentan aplicar normas académicas" (Valadés, 1990: 28).

En opinión de Valadés el aguerrido manifiesto de Puerta "no deja de ser otra certitud del auge de los significados actuales

del cuento brevísimo, que encuentra allí partidarios que lo enarbolan como desideratum cuentístico" (1990: 28).

El Minicuento en la Literatura Colombiana Actual

En la ardua lucha de géneros que se aprecia en la literatura colombiana, la novela sigue victoriosa, sin embargo, algunos géneros considerados como marginales, entre ellos el minicuento, han venido ganando terreno en los últimos años, hasta lograr su reconocimiento y plena aceptación, lo cual se manifiesta en la acogida que se le ha dispensado al microrrelato en diferentes ámbitos culturales.

A diferencia de las etapas antes descritas en las que escaseaba la edición de minicuentos, en la actualidad es posible encontrar en librerías múltiples ediciones de antologías u obras de autores individuales integradas por minicuentos. A nivel académico, también se le viene concediendo gran importancia a la ficción brevísima: publicaciones, trabajos de grado, talleres e investigaciones en el ámbito universitario son algunas de las actividades que lo fomentan. Una de esas investigaciones titulada Ambiente Hipermedial para el desarrollo de la didáctica literaria a partir del minicuento. Himini, se desarrolla actualmente en la Universidad Pedagógica Nacional y hasta la fecha ha producido un portal en Internet y un juego interactivo, fundamentados en la minificción. Entre los estudios teóricos dedicados al género encontramos: el de Nana Rodríguez, Elementos para una teoría del minicuento (1996); de Angela María Pérez Beltrán Cuento y miniCuento (1997); y, de Rodrigo Díaz Castañeda y Carlos Parra Rojas, Breve teoría y antología sobre el minicuento latinoamericano (1993), que se originaron como tesis de postgrado y terminaron convirtiéndose en libros. Publicaciones a las que se suma Antología del Cuento Corto Colombiano, una obra que recoge muchos de los minicuentos publicados por la revista Ekuóreo, durante sus años de circulación, a la que sus autores Guillermo Bustamante y Harold Kremer, agregan una breve introducción dedicada a la reseña histórica del minicuento.

En la parte inventiva se aprecia el cruce de dos generaciones de minicuentistas: la primera, constituida por los ya consagrados y reconocidos como Jairo Anibal Niño, David Sánchez Juliao, Celso Román, Triunfo Arciniegas, Elkin Restrepo, Jaime Castaño, Guillermo Velásquez, Juan Carlos Botero, Carlos Flaminio Rivera, Nicolás Suescún, Luis Fayad, Marco Tulio Aguilera, Juan Carlos Moyano, Jaime Alberto Vélez, Javier Tafur, Andrés Elías Florez, Harold Kremer, Fernando Ayala, Germán Santamaría, Carmen Cecilia Suárez y Fanny Buitrago, entre otros, quienes continúan en plena actividad, a la par de los cuales se encuentran autores de publicación reciente como Nana Rodríguez, Pablo Montoya, Guillermo Bustamante, Gabriel Pabón, Juan Federico Torres, Carlos Arturo Ramírez, César Jair Ariza y muchos más, que harían esta lista sumamente amplia.

Otra de las actividades que estimulan y difunden el minicuento son los concursos institucionalizados, entre los que se cuentan el que realiza anualmente la Alcaldía Mayor de Bogotá, dedicado a diferentes modalidades artísticas, entre ellas el cuento y el minicuento; y el Concurso Departamental de Minicuentos, con sede en el municipio de Palermo, (Departamento del Huila) que está próximo a convocar la décimo segunda edición; a los que se unen otros tantos concursos convocados coyunturalmente por universidades, casas de la cultura, periódicos y revistas, entre los cuales resuena todavía el eco de El mínimo esfuerzo, un concurso de minicuento efectuado en el año 2000 por la revista el mal pensante, una de las más importantes publicaciones culturales colombianas de circulación nacional e internacional, en el cuál resultó vencedor el escritor antioqueño Elkin Obregón; y, el Concurso de cuento breve realizado por el periódico El Tiempo durante el año 2001, del cual salió ganador el escritor Roberto Rubiano.

El panorámico recuento de esta etapa del minicuento en la literatura colombiana quedaría incompleto sin la mención de otras actividades culturales que han contribuido a su creación y difusión, como la amplia acogida que está teniendo en los textos escolares, que han reemplazado el fragmento de cuentos o novelas por el minicuento. También, el registro del Record Guines de José Ordóñez, un humorista que disolviendo las fronteras entre el chiste y el minicuento alcanzó 72 horas continuas contando historias en la radio; o el recorrido por filas de cine clubes y vehículos del transporte urbano que hasta hace pocos años hacía el escritor Jaime Castaño en procura de vender sus minicuentos. A lo anterior se suma el retorno del minicuento a la tradición oral en espacios muy diversos tal y como se ilustra en la anécdota del escritor Jairo Anibal Niño, quien fue a Villavicencio a buscar un puesto de ventas callejero que le había mencionado un amigo. Allí efectivamente, encontró al vendedor ambulante que ofrecía "jugos con cuento", que incluían una breve historia contada por él mientras el cliente tomaba el jugo; por supuesto, estos eran más costosos que los "jugos sin cuento". Lo curioso del hecho es que la mayoría de estos minicuentos orales eran tomados de algunos de los libros que el escritor había publicado y el vendedor los reivindicaba como propios, ante lo cual Jairo Aníbal se limitó a pedir suficientes jugos para beberlos mientras disfrutaba la apropiación popular de su trabajo que permitía a otros a escuchar los minicuentos que no leían.

Insistiendo en la esencia preliminar de estas reflexiones solo restaría decir que en Colombia la creación breve tiene una importante trayectoria a la espera de ser historiada, asunto que ya hemos empezado y en el que esperamos avanzar en poco tiempo, con el fin de revelar esa gran riqueza imaginativa que en torno al minicuento existe en nuestro país y que se proyecta día a día con nuevos y jóvenes talentos.

BIBLIOGRAFÍA

BUSTAMANTE, Guillermo y KREMER, Harold. (Antologistas). Antología del cuento corto colombiano. Cali: Universidad del Valle, 1994. 177 páginas.

BUSTAMANTE, Guillermo. "Ekuóreo: Una historia por re­contruir. A propósito del mini-cuento en Colombia". Bogotá, 2001. 8 págs. Texto inédito cedido por el autor para el presente estudio.

DÍAZ CASTAÑEDA, Rodrigo y PARRA ROJAS, Carlos. Breve teoría y antología sobre el minicuento latinoamericano. Neiva: ACE Samán Editores-Universidad Surcolombiana, 1993.

PEÑA, Isaías. "Prólogo". En Suenan Timbres. Bogotá: Plaza y Janés, 1986.

PEREZ BELTRAN, Angela María. Cuento y minicuento. Bogotá: Página Maestra Editores, 1997. 145 págs.

POLLASTRI, Laura. "El breve puente del relato breve". Literatura: Espacio de contactos culturales. Memorias de las IV

Jornadas Nacionales de Literatura Comparada. San Miguel de Tucumán, 12-15 de agosto de 1998. 10 págs.

RAMOS, Oscar Gerardo. El Carnero libro único de la Colonia. Medellín: Editorial Bedout, 1968.

REVISTA INTERAMERICANA DE BIBLIOGRAFÍA. Vol. XLVI, N° 1-4 Washington, D.C.: O EA, 1996.395 págs. Número monográfico dedicado al minicuento.

RODRÍGUEZ, Nana. Elementos para una teoría del minicuento. Tunja: Colibrí ediciones, 1996. 140 págs.

ROJO, Violeta. Breve manual para reconocer minicuentos. México: Universidad Autónoma Metropolitana, 1997.191 págs.

TOMASSINI, Graciela y MAI{IS COLOMBO, Stella. "La minificción como clase textual transgenérica". En Revista Interamericana de Bibliografía. Vol. XLVI, N° 1-4 Washington, D.C.: O EA, 1996. Págs 79-93

TOMASSINI, Graciela y MARIS COLOMBO, Stella. Comprensión Lectora y Producción Textual. Minificción Hispanoamericana. Córdoba-Rosario: Editorial Fundación Ross, 1998. 250 págs.

VALADÉS, Edmundo. "Ronda por el cuento brevísimo". En Revista Puro cuento. N° 21, Buenos Aires, marzo/abril de 1990. págs 28-30

VIDALES, Luis. Suenan Timbres. [1926]. Bogotá: Colcultura, 1976. 198 págs.

ZAVALA, Lauro. Relatos vertiginosos. Antología de cuentos mínimos. México: Alfaguara, 2000. 175 págs.

1. Minificción o ficción brevísima es el nombre que adoptan algunos críticos e investigadores, entre ellos Edmundo Valadés, Lauro Zavala, Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo, para nominalizar un tipo de texto caracterizado por la brevedad y un estatuto ficcional, sin estar relacionado directamente con una clase de superestructura determinada. Para las dos investigadoras últimamente mencionadas, existe diferencia entre minificción y minicuento, pues, mientras consideran la primera como una categoría transgenérica, que recubre un área más vasta que la del minicuento, ya que trasciende las restricciones genéricas; la segunda, comparte semas que justifican su empleo como designaciones equivalentes para aludir a un tipo de texto breve y sujeto a un esquema narrativo (1996: 83-84).

Por su parte Edmundo Valadés al referirse a la naturaleza de la creación breve explica: "La minificción no puede ser poema en prosa, viñeta, estampa, anécdota, ocurrencia o chiste. Tiene que ser ni más ni menos eso: minificción. y en ella lo que vale 0 funciona es el incidente a contar. El personaje, repetidamente notorio, es aditamento sujeto a la historia, o su pretexto. Aquí la acción es la que debe imperar sobre lo demás" (1990).

2. Con el término Historiela , tomado del italiano, el cual se asimila al de novela, novella, noticia, historia o cuento breve, denomina Oscar Gerardo Ramos (1968) las veintitrés narraciones con estilo de cuento que constituyen el núcleo de El Carnero. Asi, explica Ramos: "Una tendencia de indole cuentística pervade muchos relatos. Estos serian entonces historielas y Rodriguez Freyle seria un historielista. Veintitrés narraciones, con estilo de cuento, constituyen el eje de El Carnero. Si se las llama historielas en vez de cuentos, es porque no son rigurosamente historias, ni leyendas sino hechos presumibles de historicidad, tal vez tejidos con leyenda y matizados por el genio imaginativo del autor que toma el hecho, le imprime una visión propia, lo rodea con recursos imaginativos y, con agilidad, le da una existencia de relato corto. En este sentido pues, las historielas se asemejan al cuento: son, por tanto, precursoras del cuento hispanoamericano, y Rodriguez Freyle, como historielista, se acerca a la vocación del cuentista.[...]". (Págs, 33-38). Con esta propuesta de Ramos coinciden otros críticos, entre ellos Daría Achury, Hector H. Orjuela y Silvia Benso.

 

 


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