LA POSMODERNIDAD EN LA INTELECTUALIDAD
CUBANA DE LOS NOVENTA

Paul Ravelo Cabrera

 

Quisiera comenzar este escrito con dos vivencias personales. En el pasado Coloquio Internacional „Mariátegui en el pensamiento actual de Nuestra América", celebrado en la majestuosa sala Ché Guevara de Casa de las Américas, y una vez concluida la ponencia del colega cubano Jorge L. Acanda „Una clave mariateguiana para interpretar la realidad cubana", intervine para situar algunas cosas acerca de lo que algunos profesores cubanos estamos haciendo académicamente para pensar la posmodernidad desde la docencia en nuestro recinto universitario. Una vez terminada mi intervención tomó la palabra, muy respetuosa pero exaltadamente, el entrado en años (roza los noventa) intelectual italiano Gianni Toti, quien asombradamente se preguntaba: „¿qué es eso de posmodernidad y posmodernismo en Cuba, en el último bastión de la defensa del marxismo comunista?". Su protesta, encolerizada, me dejaba perplejo e inamovible, pero al mismo tiempo comprendía - como también otros allí reunidos - el por qué de ese tipo de razonamientos en un viejo intelectual comprometido con „la verdad revolucionaria". Una vez puesta en escena la oposición de referencias sobre el „post" de la modernidad cubana entre Acanda, Toti y yo, tomaron la palabra otros oradores que atentamente escuchaban a las partes en discusión. En las exposiciones se entraba y se salía del tema de lo posmoderno, unos vinculándolo al duro contexto cubano actual y otros haciendo referencias a los tiempos pasados de „polémica" intelectual en la Universidad de la Habana (la recepción del existencialismo sartreano, la época de „Pensamiento Crítico", las lecturas silenciosas de Foucault y Althusser). Pero hubo una intervención que me llamó mucho la atención, la de Fernando Martínez, quien, entre otras cosas, se lamentaba de que cuando Fredric Jameson visitara Cuba a mediados de los 80 y nos dejara su libro „El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío", no se prestara suficiente atención por nuestra parte a lo que Jameson exponía en ese importante texto .

La otra experiencia fue aniquilante e inquietante. En el reciente Taller Científico Internacional „Sociología y sociedad en el contexto de la reestructuración internacional" organizado por nuestra facultad, en el que participé con una ponencia sobre modernidad y posmodernidad en América Latina, tomó la palabra el profesor venezolano J. Nunez Tenorio, quien alentado por los juicios categóricos de otro de los ponentes sobre la posmodernidad como „ideología del capitalismo", arremetió exaltadamente contra mi discurso, preguntándose en la misma cuerda que Toti: „¿cómo es posible que nos dejemos engañar por esas modas intelectuales foráneas y perversas?". Esta vez tuve que emplearme a fondo en mis argumentos que, curiosamente, encontraron aceptación en colegas cubanos y latinoamericanos allí presentes.

De lo contado en ambas experiencias es fácil visualizar varias cosas importantes, de las cuales hablaré a lo largo de este texto. ¿Puede hablarse de posmodernidad en Cuba, país de la „periferia" dependiente y de enrevesada modernidad desde el siglo XIX (devenida después socialista) hasta nuestros días? Si aceptamos que la posmodernidad es una nueva etapa o época histórica suficientemente diferenciada pero no descoyuntada de la modernidad, en la que se alojan fenómenos paradojales de auto-afirmación, auto-destrucción y entrecruzamientos, es evidente que Cuba, por su colocación de subalternidad y por su modo de ser socialista, no ha devenido en una sociedad posmoderna, lo que no impide que ella esté participando y esté afectada de algún modo por el nuevo contexto trasnacionalizado y posmoderno. Pero como del adjetivo sustantivado (posmodernidad) se desprende a su vez el controvertido sufijo „ismo" (posmodernismo), estrechamente relacionado con la situación cultural y espiritual de esta secularización posmoderna, cabría también preguntarnos: ¿puede hablarse de posmodernismo en Cuba, país que asume el „marxismo comunista" como única y hegemónica ideología en todos sus frentes? ¿Marxismo y posmodernismo en Cuba?.

Así formuladas, estas preguntas exigen múltiples apuntes de análisis para su abordaje. Lo haremos sólo a partir de algunos de ellos. No es, sin embargo, lo relativo a la trayectoria (encuentros y desencuentros) de la incompleta, contradictoria y tensionada modernidad cubana lo que pretendo esbozar aquí, ni tampoco participar en los recientes debates que, alrededor de la historia de Cuba, están teniendo lugar en el escenario intelectual cubano. Lo que quiero es avanzar un conjunto de reflexiones y constataciones sobre la recepción (llegada), asimilación (¿imitación o apropiación?") y uso (¿estratégico o táctico?) de ese diseminado, inatrapable y contaminante „espíritu cultural", que encuentra uno de sus filones más importantes en eso que responde al nombre de „posmodernidad" o „posmodernismo". Mis inquietudes, básicamente, tienen que ver con dos cosas: una, su introducción y estudio en la docencia universitaria (de pregrado y posgrado); la otra, el estatuto teórico y los destinos del marxismo en esta actual „crisis de paradigmas"

¿Por qué dar tanta importancia en este asunto a la academia universitaria? ¿Qué papel debe jugar una facultad de ciencias sociales -ciencias éstas que modernamente han fundado su prestigio en la legitimación del „gran relato emancipador"- frente a la crisis de paradigmas teóricos y políticos? También la institución universitaria, esa que propaga una ciencia social legitimadora del „orden racional", atraviesa hoy una aguda crisis en su función de transmisión del saber . Como ha insistido E. Ichikawua, apoyándose en una acotación de Enrique José Varona, los „grandes principios" que han hecho variar y transformar la enseñanza cubana han sido elaborados fuera de las universidades . Así mismo, la intelectualidad de vanguardia ha logrado su plenitud de acción renunciando a la academia oficial y oponiéndose a la autoridad de los estrictos códigos de la institucionalización y la racionalización académica que se imponen sobre la teoría transgresora. Ichikawua pone como ejemplo a Marx, quien renunció a la docencia universitaria para dedicarse a la política y al periodismo, colaborando en la „Gaceta Renana" y en los „Anales francoalemanes" -proscritos por el gobierno prusiano-. Cita también a Nietzsche, quien renunció en 1879 a su cátedra de Basilea para ocuparse de su obra literaria, con la esperanza impaciente - pero desengañada - de que se originara a su alrededor una legión de discípulos y seguidores. Gusta también de citar el pasaje de Habermas sobre Adorno y Horkheimer, quienes confiaron su „Dialéctica de la Ilustración" a una pequeña editorial de emigrantes .

Nuestra academia, por las razones expuestas de preservación de sus códigos y autoridad tradicionales, tiende a ser conservadora, a resistirse a la reforma varoniana de la enseñanza y a no permitir la „subversión" de lo reglamentado y estatuido. Y esto, porque nuestros códigos políticos y terminologías universitarias siguen siendo, fundamentalmente, de naturaleza mistificadora y metafísica. Además, esa „jugada" de renunciar a la academia - cualesquiera sean los propósitos - no es, sin embargo, una opción viable para la intelectualidad de nuestro país. Hay que buscar con todo empeño que desde la academia universitaria se fomenten teorizaciones pertinentes sobre la posmodernidad y sobre la defensa reconstructiva del marxismo, que sigue siendo nuestro principal ritual ideológico-teórico. La batalla por la reconstitución del marxismo y por la recontinuación de toda la tradición de pensamiento cubano debe ganarse en las universidades, en las aulas universitarias, desde un radicalismo filosófico que se traduzca en una constante praxis teórica radical.

La formulación de la pregunta sobre la existencia y pertenencia del „espíritu de lo posmoderno" en Cuba puede ser chocante y hasta cínica para algunos („algo se está perdiendo y es bastante"), o estimulante y celebratoria para otros („algo se está ganando y es bastante"). Ni tradicionalistas aferrados, ni vanguardistas impetuosos están por completo equivocados. En el medio de ambas posiciones - sin cocinarnos en la „papilla del término medio" (J. Dietzgen), y corriendo el riesgo de que nos tilden de „posmodernistas, imitadores y autocomplacidos" - estamos los que tratamos de pensar, enfrentar y promover la posmodernidad como un asunto serio de abordar e intersectar, como un campo problemático y tensionado que pudiera servir para repensar y renovar el marxismo como teoría filosófico-política de la contemporaneidad. Promover el estudio de lo „posmoderno" no es convertirse en apóstoles de tal espíritu perturbador y transgresor. Ni aceptación acrítica ni refutación demonizante, sino asimilación dialéctica y comprometida, tal y como Marx enfrentó críticamente la realidad capitalista de su tiempo descubriendo lo positivo y lo negativo, lo progresivo y lo destructivo de la modernización capitalista y su cultura específica. Así como Lenin lo hizo en la fase monopolista o imperialista del capitalismo, toca hoy a la teoría del marxismo, en la presente etapa del capitalismo transnacional, desentrañar dialécticamente la paradoja de nuestro actual tiempo „posmoderno"; esto es, como sostiene Jameson, teorizar y desentrañar sus „momentos de verdad" y dinamismo, y sus „momentos de falsedad" o rasgos funestos Solo a partir de esta dialéctica - fatalmente incomprendida por la izquierda intransigente - se podrían enfrentar los retos que anuncia el espíritu posmodernista de una modernidad cultural secularizada.

A pesar de su llegada tardía a la academia cubana , y no sin enconada resistencia por parte del „marxismo duro", que en la primera mitad de los 80 se dedicaba a recepcionar mecánicanente las „verdades" del marxismo soviético, el debate posmoderno empezó a ganar cada vez más interés por parte de profesores y estudiantes universitarios. Aunque no puede hablarse en términos absolutos, aún en los casos en que el discurso posmoderno es increpado o existe frente a él cierta sospecha, se observa una incorporación del tema (conceptos, fraseologías) al lenguaje académico y teórico. Y esto ya señala síntomas de su recepción. Dura sería la batalla que habría que librar, ante los invariables esquemas teórico-ideológicos de los duros e intransigentes marxistas, para promover un serio abordaje, y, por qué no, la aceptación de ciertos supuestos y postulados de ese epocal espíritu o conjunto de impulsos culturales denominado „posmodernidad". Tal recepción y asimilación debiera rebasar, sin embargo, los estrechos criterios de la moda foránea y el deseo de „atrapar" lo último en producción y circulación internacional, para convertirse en un tema de actualidad al que debe prestársele atención. Tal es mi apreciación del asunto.

Ahora bien, ¿qué posibles causas o condicionantes han insidido en la recepción de dicho „espíritu cultural" en las academias universitarias? Ellas pueden ser de dos órdenes: uno teórico y otro, llamémosle, de orden „práctico". Por un lado, esta nueva crisis - quizás la más aguda - en que se ha sumido el marxismo tras el fracaso del „socialismo real", deja un vacío teórico en la intelectualidad cubana, muy apegada a las influencias académicas e ideológicas provenientes de la Europa oriental. Se nota con ello una „crisis de credibilidad", y, en el caso más extremo, un „desprendimiento" frente las influencias de la „perestroika" gorbachoviana en la joven generación de profesores y académicos. Desde mucho antes los estudiantes alertaban sobre ello, y pese a intentos renovadores de los programas de estudio (esos que exigía Varona en su tiempo), se seguía reproduciendo un marxismo que a todas luces reventaba por todos sus costados. En un sector más radical, la propuesta rupturista con el marxismo dogmático desbordó límites importantes , pero la resistencia ante los replanteos críticos no se hizo esperar por parte de los tradicionalistas de la academia, cuando lo que se necesitaba (y se necesita) era poner al marxismo de cara al mundo cambiante y en sintonía con la pluralidad de discursos y perspectivas de la realidad contemporánea. Digámoslo así: el tradicional paradigma marxista de la intelectualidad cubana hizo „crisis", dejándola sin alternativa teórica alguna, por lo que se reclama la necesidad, perfectamente compatible con un espíritu cuestionador y renovador, de avanzar hacia otra mirada con alcances atractivos para la nueva „transgresión epocal" .

Por otro lado, la crisis económica de principios de los 90 impactó en la intelectualidad (y en toda la conciencia social) cubana. Debido al duro contexto existencial por el que empezó a atravesar el país, y también al cauteloso silencio (primero) y a las tensionadas decisiones tomadas después por la „alta política" para manejar la crisis que se asomaba, la intelectualidad cubana se vió poseída por un cierto estado de desencanto y escepticismo, que la llevó a dudar - así lo interioriza por más que le digan lo contrario- de las promesas de solución inmediata a sus inquietudes existenciales y espirituales. La intelectualidad cubana no es una intelectualidad „inorgánica"; ella ha sido formada por (en) el proceso revolucionario y tiene fuertes compromisos con sus „esencias primeras". Pero ante el duro contexto nacional, el rigor de su cuestionamiento crítico no se hizo esperar (abierta o encubiertamente), aunque impera el „desencanto" frente ante la falta de perspectivas.

La crisis de los fundamentos epistemológicos del paradigma marxista, por un lado, y el desencanto generalizado frente a la situación del país, por el otro, constituyeron fuertes motivaciones para que la intelectualidad cubana de los noventa sintiera la necesidad de problematizar críticamente los desajustes de una teoría y las incongruencias de una praxis que pedía a gritos ser teorizada bajo renovados presupuestos interpretativos. Pero, ¿con qué objetivos y para qué finalidad tal perturbadora transgresión? ¿Transgredir para aniquilar, o transgredir para redefinir? Ni en los mismos teóricos deconstructivistas como Derrida, o los transgresores de la racionalidad moderna como Lyotard, Deleuze, Foucault y Vattimo, se descubre tal intento de aniquilación total, aunque dejen ensombrecido todo horizonte de transformación sus proposiciones críticas. Hablo de transgresión no como una conspiración o maldición sobre nuestros códigos y valores más consagrados, sino como redefinición de ellos en un contexto socio-histórico y cultural que, más allá de nuestros deseos y aspiraciones legítimas, ha mutado violentamente y necesitan ser readecuados a este mundo tardomoderno.

No somos ajenos al explosivo y diseminante „espíritu cultural" de nuestro tiempo - que al parecer desborda las fronteras de lo artístico-intelectual para ser una actitud ante la época -, aunque las situaciones sociales, espirituales y teóricas que lo hayan originado no nos pertenezcan. Una importante reflexión acerca de lo posmoderno en el contexto latinoamericano es la del argentino Roberto Follari: „lo posmoderno nunca podría darse entre nosotros en „estado puro", no puede incorporarse sin modulaciones, porque no nos tocan las situaciones sociales que lo han originado. No estamos en el paraíso fatuo del consumo inútil, no hemos llegado a hartarnos de los excesos de la productividad y el industrialismo, no se nos ha perdido la naturaleza ni la automatización ha encerrado todas nuestras rutinas" Esto no desautoriza, sin embargo, la presencia de la posmodernidad entre nosotros, aunque sus causas sean otras de las de los países „centrales". Nos afecta también esa crisis de valores absolutos y de fines últimos, de verdades ideologizadas y utopías cargadas de futuro, con las que nuestro proyecto político-cultural se ha saturado en demasía. El proyecto totalitario socialista -quiero afirmar- ha fomentado una sobresaturación muy fuerte de sus energías utópicas y teleológicas, una hiperracionalización que está generando por si misma agudas reacciones de resistencia (cuestionamientos, descreimientos) en la conciencia intelectual cubana.

Esta resistencia no estaría rompiendo radicalmente con nuestra „identidad nacional" (siempre fluyente y en constante situación de reconstitución), ni se estaría „superando" el marxismo en favor de una que otra ideología foránea, ni, en el peor de los casos, se estaría avanzando hacia el irracionalismo, nihilismo o solipsismo, valores éstos con que se ha identificado simplificadamente a dicho „espíritu epocal". El discurso y la lógica del posmodernismo, con su estela de provocaciones, insinuaciones y perturbaciones, se ha diseminado en los 90 en esta Cuba que, por demás, está mutando y transformándose al compás de las exigencias internacionales. Sea vía de la resistencia o la crítica, sea por vía de la estética, el arte, la filosofía o el periodismo (aquí en este último es donde más pobre se presenta), el espíritu de la posmodernidad ha llegado a la academia, a los artistas, escritores, críticos de arte, profesores y estudiantes. Es un „hecho" constatable e imposible de marginar del movimiento intelectual cubano, y parece que en caminos de alcanzar su máximo reconocimiento (aceptándose o detractándose).

Particularmente nuestra facultad (departamento de Filosofía e Historia, Universidad de la Habana) ha sido testigo de tal entrada de la „posmodernidad" en la academia. Recibimos profesores y estudiantes interesados en el tema, organizamos cursos ( como el ofrecido por la profesora argentina Susana Paponi de la Universidad Nacional del Comahue, quien, por demás, nos donó importantes textos como un hermoso gesto de solidaridad intelectual. Un grupo de profesores de nuestro Departamento (E. Ichikawua, A. Jardines, M Rodríguez y el que escribe) ha reorganizado el programa base de Historia de la Filosofía, y el tema de la posmodernidad ocupa importante espacio en él. Los estudiantes de la carrera presentan trabajos al respecto en las jornadas científico-estudiantiles, y hasta lo pretenden desarrollar en sus tesis de diplomas. Se han organizado seminarios, talleres y eventos científicos en donde la „posmodernidad" ha sido tema central. Y, un último dato, en el proyecto para la futura maestría de filosofía y ciencias sociales en nuestra facultad, uno de los créditos básicos será el de „Modernidad y Posmodernidad". ¿Es todo ello un travestismo cultural acorde con la moda internacional? ¿Confabulación con estéticas, poéticas e ideologías foráneas?, ¿Aceptación acrítica en su recepción y abordaje? Nada de eso. Es el deseo de explicar y participar con voz propia de la contemporaneidad cultural e ideológica, aunque para ello nos inscribamos en el debate a nivel internacional y no en lo „específico" de la crisis de la modernidad cubana.

Por qué abordar o pensar la posmodernidad desde Cuba? ¿Nos conciernen realmente los efectos posmodernos? Algo, sin dudas, está aconteciendo en la realidad social contemporánea, en el campo de las ideas, la política, las ciencias, las artes, la literatura y en toda la cultura contemporánea de los últimos tres decenios, que como una ola expansiva, tiende a reformular la compleja y larga historia cultural de la modernidad. Las mutaciones y transformaciones de hoy, a diferencia de otras épocas (se habla de nueva subjetividad, de „desconstrucción", de „transvanguardia", de intertextualidad y de muchos finales o muertes), responden a un doble orden de cosas: por una parte, a un complicado „progreso" de la sociedad contemporánea corporizado en la „racionalización" capitalista y sus exigencias tecnológicas, y, por otra, a un sospechoso estado de „deslegitimación" o erosión del principio de credibilidad de lo racional en las formaciones discursivas y prácticas culturales. La sociedad contemporánea está funcionando (o dis-funcionando) con mecanismos nuevos de alta complejización organizacional que provocan el reordenamiento (o des-ordenamiento) de los patrones tradicionales y la cultura, disparándose también en fragmentos y localismos imposibles de recentrar en esquemas ideológicos-totalitarios. . En un costado de esas transformaciones, y recibiendo sus influencias, se encuentran nuestra sociedad y nuestra cultura, nada inmóviles y desconectadas de la influencia y poder de tales cambios epocales.

En este tensionado y „esquizofrénico" (según Lacan) espacio-tiempo posmoderno, en el que se alojan los efectos paradojales de una modernidad social y cultural transhistorizada, tendrían lugar los nuevos impulsos de la teoría de izquierda contemporánea. El abordaje de las posiciones y actitudes teóricas de escritores, artistas y críticos „posmodernos" que hablan y siguen hablando de tales transformaciones, conspiraciones y sospechas en torno a la relación sociedad-cultura, debería ser una exigencia de primer orden para la teoría de la izquierda hoy . Noto que todos ellos, más allá de sus duras críticas y polémicos replanteos al paradigma estético-político de la modernidad, están pensando cuestiones que deben ser intersectadas allí donde ellas respondan a nuestros intereses y lógicas culturales. ¿Cuáles lógicas culturales? Las de desplegar un discurso teórico propio del „otro" - ese que en realidad siempre hemos sido - que haga la autocrítica de su secularizada modernidad, de los excesos y aporías de nuestro trayecto histórico económico, político y cultural; que desarrolle, ante su crisis de credibilidad, la teoría del marxismo en las nuevas condiciones históricas de capitalismo transnacionalizado, promoviendo alternativas teóricas de interpretación.

Sin embargo, en el caso particular de Cuba, no son pocas las dificultades con que se tropieza tal empeño de teorizar la posmodernidad. A los factores subjetivos de la „resistencia" tradicionalista se unen otros de tipo objetivo: 1) La carencia de importantes textos en nuestras bibliotecas universitarias e instituciones culturales, 2) la dispersión y no-sistematización de ese material bibliográfico en revistas, semanarios y publicaciones extranjeras; 3) las actuales dificultades financieras de nuestro país debido al recio y aberrante bloqueo económico y cultural norteamericano, que imposibilitan la compra y llegada de lo que se produce y circula a nivel internacional. Esto último afecta, particularmente, a la esfera del arte y la crítica artística, donde gran volumen de información sobre el posmodernismo procede de los escenarios y publicaciones norteamericanas . El cúmulo del material disponible para el estudio de la posmodernidad se encuentra localizable en las instituciones culturales de la capital del país (Casa de las Américas, Biblioteca Nacional, UNEAC), por lo que en el interior del país es más sombrío el panorama que describo. Esto, como es de suponer, atenta contra el abordaje multilateral y amplio de la ya no tan „habanera" cuestión del posmodernismo. No obstante, no todo resulta estar en las sombras. El esfuerzo personal de profesores en el extranjero, las donaciones de libros y materiales en fotocopias a nuestras universidades por parte de colegas extranjeros, así como el espacio que están abriendo algunas publicaciones a textos sobre el tema, son importantes contribuciones al desarrollo del movimiento intelectual cubano de los 90, sumido hoy en la más seria de las crisis de „desconexión" y desconocimiento de lo que circula en la cultura internacional.

Un asunto de suma importancia que hay que poner también en orden. Con la llegada y difusión de lo posmoderno al ámbito intelectual cubano llega también un sospechoso replanteamiento de sensibilidad „neo" o „post" de la historia política cubana por parte de algunos intelectuales jóvenes que el profesor E: Torres Cuevas ha denominado „intelectuales paracaidistas". Este replanteamiento, que caprichosamente se ha querido entroncar con el tema de lo „posmoderno" o de los rituales funerarios, y en el más extremo de los casos, con cierta inexistente tendencia „anexionista", está rozando, a mi modo de ver negativamente, con el trato académico del fenómeno de la posmodernidad. Los „intelectuales paracaidistas" parecen embuirse del espíritu cuestionador y transgresor que domina a nuestro tiempo para llegar a proposiciones tan transgresoras que sus propuestas se convierten en reclamos aniquiladores y detractores de lo „moderno" revolucionario cubano. Cosa ésta que ni la „vanguardia política" o generación histórica cubana (que con tensiones y presiones dirige este país), ni parte mayoritaria de la intelectualidad políticamente están dispuestas a admitir. El análisis que se deja entrever sobre la crisis de la actual modernidad cubana pone énfasis marcado en el „corte" producido por la „catársis de la racionalidad o discursividad moral emancipatoria" de la Revolución del 59. Según Rafael Rojas, uno de los jóvenes „paracaidistas" cubanos, ésta eligió la República martiana como finalidad, pero la insertó dentro de una utopía no liberal: el socialismo. De ahí el empeño de Rojas de reconstruir históricamente esa „otra racionalidad" mancillada, esto es, la de los enunciados liberales, democráticos, modernos y capitalistas . ¿Es este camino de la restauración de la racionalidad liberal moderna el que debemos tomar para teorizar las alternativas teóricas a la crisis de la modernidad cubana?.

Dejémoslo claro: posmodernismo y liberalismo tecnocrático (neoliberalismo, neoconservatismo) no son una y la misma cosa, aunque puedan existir puntos de contacto entre ellos. Mientras políticamente el ideal liberal-conservador representa una ideología legitimadora de un modelo capitalista pretendidamente universal (M. Friedman, F. Von Hayek, G. Himmelfart, F. Fukuyama), el posmodernismo es la conformación de un cierto espíritu o sensibilidad en la cultura (síntoma a su vez de la crisis de la cultura hoy) que transgrede y desconstruye (para reconstruir y recuperar sobre otras bases) los paradigmas „clásicos" de la modernidad. Y lo hace a través de una mirada crítica y reveladora, censora y desocultante, preocupada y no-encubridora de los excesos y las aporías propias heredadas de la modernidad (la teleología del arte, los absolutos del pensamiento, la supraracionalización tecnológica, los autoritarismos en la política). El pensamiento de la posmodernidad es resultado, por una parte, de las complejas mutaciones de la realidad histórico-social, y por otra, de un proceso dialéctico del propio desarrollo de la cultura, que a través de la crítica niega esa excesividad de la razón moderna. Empero, no es propósito de ésta crítica a la razón alcanzar nuevamente un estatuto de universalidad o una „verdad" totalizadora, sino el mantenerse (inquietante y perversamente) en ese borde limítrofe de la sospecha y el acecho, en ese umbral perenne del cuestionamiento de todo precepto o valor moderno. Tal „espíritu de época" entonces, no puede ser, como se alega, una ideología del capitalismo en su fase multinacional. Lo que trato de situar es que esa „lógica cultural dominante" no es privativa del espíritu del capitalismo contemporáneo como lo hace declarar Jameson, sino que es un estado emotivo o afectivo de la cultura que hace trizar todo dogma o canon impuesto por la modernidad, sea ésta de experiencia totalitaria capitalista o de experiencia totalitaria socialista.

Desde luego, no tendría ningún sentido y razón entre nosotros anunciar la „muerte" o el fin del proyecto de modernidad socialista y de la utopía revolucionaria cubana. Esto sería un apego excesivo al espíritu de la época, que si bien puede ser él un buen compañero de viaje en la misión de la transgresión de que hablo, en un punto del camino podría convertirse fácilmente en un arma aniquilante de cuanto valor nos ha conformado. La cuestión no estaría en renunciar al „gran relato" liberador de la tradición del pensamiento cubano. Hay importantes atributos y valores impregnados en él desde Varela-Martí hasta la ideología de la Revolución cubana que han hilvanado nuestra ya larga historia de emancipación social, por lo que sería un sin sentido despedirse de ellos para caer en nuevos ocultamientos y omisiones, que en contribuyen para a teorizar la crisis del proyecto emancipatorio cubano. Si bien la Revolución del 59 cercenó „la otra moral de la teleología cubana" (R. Rojas), el ajuste de cuentas y el rescate de lo cercenado tendría que basarse en una dialéctica posmoderna de desconstrucción-reconstrucción, o en términos marxistas de „negación-superación" de todo cuanto nos ha constituído, pero a favor de la constante y renovable realización del proyecto de modernidad socialista cubano.

En este orden de cosas, el sentido del logos socialista / marxista cubano, por su estricta y excluible „verdad racionalista" y por sus concientes olvidos y omisiones de un discurso también propio de nuestra tradición de pensamiento, necesita de un ejercicio destructivo (dislocador, removedor y reordenador) de esa autoridad racionalizante impuesta en nuestra cultura y praxis socio-cultural. Pero de un ejercicio crítico no que la „cierre" definitivamente, sino que la „abra" a la diferencia como negatividad dialéctica en camino a la superación (recuperación) y la preservación de lo „positivo" contenido en ese proyecto socialista cubano. Tal peculiar adopción de la metodología posmodernista, en su doble comportamiento de transgresión / recuperación, sí puede servir, más allá de la moda académica norteamericana y europea, como una „práctica socio-cultural irreversible" de la intelectualidad cubana.

Algo debe, entonces, quedar en claro: lo que trato de defender de esa emergente sensibilidad transgresora y posmoderna de nuestra época, no puede ser identificado de ninguna manera con una postura teórico-política colindante con el anexionismo o del „ajuntamiento dependiente". El argumento de que la tensión entre las dos morales (la emancipatoria y la instrumental) en la teleología cubana no ha desaparecido hoy y que sigue representando el eje de la historia política (y cultural) insular es un razonamiento perteneciente más bien a círculos intelectuales ubicados „fuera" de Cuba. Quizás parte de nosotros no haya prestado suficiente atención en estos decenios a lo que Rafael Rojas trata de resituar en sus textos, publicados, leídos y citados hoy con más éxito que los de otros intelectuales cubanos. Pero un mal que nos domina es que dictamos nuestros patrones (racionales) cosmovisivos atendiendo a lo que se dice (y se manipula) en Miami o en el „New Herald". El anexionismo o zanjonismo del que se habla „aquí adentro" no existe como sentimiento y tampoco se considera una alternativa, ni posible ni viable, en la intelectualidad cubana de hoy. Tenemos bien claro qué terribles cosas pudieran ocurrir si nos sumáramos a ese ajeno (aunque presente en nuestra historia) y lesivo „ajuntamiento". Sostener esto es sumarse al eco de un „ruido" emitido por voces preocupadas ciertamente por los destinos de nuestra cultura, pero carentes del espíritu dialéctico del marxismo que conservadoramente tratan de defender. No hay por qué armar algarabías. La joven intelectualidad cubana de los 90 sintoniza la frecuencia de la polémica transparente, del debate crítico y de los enjuiciamientos perfilantes, pero „dentro" de la Revolución y no contra ella - esa que nos formó-, en el espíritu del marxismo - ese del criticismo dialéctico -, y en los marcos del socialismo - ese que es capaz de reencontrarse en la polémica y en la pluralidad de lo diverso.

¿Necesita la crisis de la modernidad cubana de teoría acorde a esta época? Si aceptamos que el actual tiempo posmoderno es una condición o momento en que estaríamos repensando nuestro proyecto de modernidad, la respuesta tendría que ser afirmativa. Necesitamos de una „teoría crítica" que capte y problematice la tensionada modernidad social cubana de hoy (introducción y legitimación de prácticas del capitalismo, apertura de la economía al capital extranjero, erosión de la noción de „sujeto socialista" con el aparecer de nuevos „sujetos" asociados a la apertura económica, aplicación de un sistema tributario que gravita con elevado peso sobre la población, pérdida de valores morales en la nueva generación, etc.). Pero debe ser una teoría no que se despida de los supuestos básicos del proyecto que somete a crítica, sino que recupere, fundada y renovadoramente, los valores „clásicos" de nuestra modernidad, aquellos que nos han constituído y conformado. Es una dialéctica extraña para los tradicionalistas y juguetona para los transgresores, pero a favor de la preservación y la reconstrucción. Claro que para lograr repensar nuestra modernidad, esa teoría crítica debería „entrar y salir" del marxismo, esto es, recurrir a la abundante discusión semántica y social y a la diversidad de perspectivas teóricas sobre lo social en transición, complementándose con los discursos fundacionales de nuestra rica tradición histórico-emancipatoria.

La vanguardia intelectual cubana de los 90 parece no escapar a esa nueva sensibilidad que rompe con el dogmatismo, la politización del arte y la intransigencia ideológica presentes en nuestra cultura artística e intelectual. Sobrados son los ejemplos en la vanguardia cubana que han „traicionado" a su patria - reencontrándola en otras partes y sintiendo nostalgia por la pérdida - debido a las intolerancias ideológicas de antaño. Pero esta intolerancia sigue siendo un recurso del modelo político cubano para intervenir en la realidad social y, particularmente, sobre la teoría y la práctica cultural. No sin tropiezos, la vanguardia artística e intelectual cubana de hoy se abre lentamente a una retórica práctico-discursiva („entrando y saliendo" del canon ideológico oficial), acorde con el espíritu problematizador imperante en la cultura posmoderna. Atrapados en esa „dominante cultural" de nuestro secularizado tiempo histórico, los cubanos debemos continuar nuestro proyecto de modernidad. Quedarnos, sin embargo, en los marcos de una posmodernidad limitada al pesimismo y al desencanto, de un „desconstruccionismo" que no supera el vaciamiento y el desmontaje, de un posestructuralismo atrapado en la indiferencia y el juego retórico, no es una opción viable para el reencantamiento que una intelectualidad de izquierda debe ofrecer para proseguir el proyecto de la modernidad cubana. La nueva sensibilidad („post" o como se quiera llamar; la cuestión no estaría en los rótulos) en la intelectualidad cubana de hoy, debe contribuir a rearticular lo que se „desmonta" y a preservar lo que constituye la síntesis culminante de nuestra historia cultural, social y política: la Revolución.