Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

Como el aleteo de la mariposa que puede tener repercusiones en el otro lado del mundo, las hidroeléctricas no solo impactan en el sitio donde se construyen, también sus efectos se sienten a cientos y miles de kilómetros aguas arriba o aguas abajo del río que se represa.

En la cuenca del río Magdalena, las 33 hidroeléctricas operando y dos en construcción de tamaño grande y mediano están alterando la salud del afluente como un todo y de las planicies inundables de la Depresión Momposina, al norte de Colombia, en los departamentos de Bolívar, Cesar, Córdoba, Magdalena y Sucre. La evaluación para construir otras 99 posibles iniciativas y cumplir las metas de capacidad de generación de electricidad a 2050 tendrá que estar sustentada en un enfoque integral, para que los estudios de impacto ambiental no se limiten a analizar el ecosistema puntual donde se planean ubicar sino tengan en cuenta los efectos que su construcción puede generar en toda la cuenca.

Esta es una de las conclusiones del artículo científico publicado a comienzos de mayo en Hydrology Earth Systems Sciences por investigadores colombianos, estadounidenses y holandeses, titulado Basin-scale impacts of hydropower development on the Mompós Depression wetlands, Colombia.

El artículo, resultado de investigaciones desarrolladas por más de cuatro años, envía un mensaje clave a los tomadores de decisión: “Es necesario hacer la planificación teniendo en cuenta el impacto acumulado de todos los proyectos en toda la cuenca, y no proyecto por proyecto”, explica uno de sus autores, Héctor Angarita, investigador del Instituto de Ambiente de Estocolmo. “Dejemos de ver esto a escala de los proyectos individuales, que es lo que generalmente hacemos en el contexto institucional actual de Colombia”, dice y sugiere tener en cuenta consideraciones ambientales y sociales del sistema hidrológico integral porque “en la actualidad, hay lugares que están muy afectados”.

Un impacto que es evidente y evalúa el artículo es la afectación sobre las especies de peces migratorios, por encontrar barreras cuando nadan aguas arriba para cumplir parte de sus ciclos de vida: “Los peces perciben las señales que la dinámica natural de los periodos de aguas bajas, aguas altas y sus transiciones les envían, para iniciar los procesos de migración desde las partes bajas del río hacia aguas arriba y, de esta forma, llegar a sus áreas de desove. Sin embargo, resulta que esas rutas ya prácticamente están colapsando por el bloqueo que significa los muros de las hidroeléctricas”, dice el ecólogo Javier Maldonado, de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

Maldonado no solo está preocupado porque, como estudia los peces y es un experto en ellos, los quiere vivos; es que allí, en la Depresión Momposina, se desarrolla una de las principales pesquerías de la cuenca del Magdalena, basada principalmente en especies migratorias, y especies emblemáticas como el bocachico –Prochilodus magdalenae– o el bagre rayado –Pseudoplatystoma magdaleniatum–, sufren las consecuencias de la perturbación al caudal natural de los ríos. La fragmentación incluso puede aumentar el riesgo de extinción de esas especies, como fue demostrado en otro estudio publicado en 2017 por Maldonado y colaboradores. Este es el mejor ejemplo de que aquello que sucede en las zonas bajas depende de eventos que ocurren aguas arriba, a muchos kilómetros de distancia.

Los autores usaron un software para proyectar los efectos potenciales de la expansión de hidroeléctricas en la Depresión Momposina a 2050, que no solamente tiene en cuenta los aspectos ingenieriles sino también factores socioeconómicos y agrícolas. “Habíamos construido un modelo para toda la macrocuenca del Magdalena en la herramienta WEAP (Water Evaluation and Planning System). Lo que hacía falta para representar correctamente los procesos que determinan el movimiento del agua dentro de la cuenca era entender las planicies inundables”, explica Angarita, ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y candidato a PhD. Eso significa todo lo que puede alterarse porque el río no solamente depende de la conexión longitudinal de su canal principal, es decir, desde donde nace hasta donde desemboca. “También existe una conectividad lateral”, agrega Maldonado, refiriéndose a todo lo que lo rodea. “E s muy importante porque es la que determina, por ejemplo, la persistencia en el tiempo de todos los sistemas cenagosos, base de la pesca de la cuenca del Magdalena, así como de muchas actividades agrícolas de la cuenca que se desarrollan en las zonas de planicie”.

Si se perturba esa dinámica del agua, es decir, la interdependencia entre el río y sus planicies inundables, el sistema colapsa y su naturaleza muere. “Diseñar las nuevas capacidades de esta herramienta para modelar este componente de intercambio de aguas entre los ríos y las planicies inundables fue una de nuestras innovaciones en esta investigación”, afirma Angarita.

Así, el estudio concluye que en las condiciones actuales ya se han alterado significativamente la macrocuenca y los humedales de la Depresión Momposina: “En particular, la pérdida de conectividad longitudinal de los hábitats de desove de los peces migratorios (-54%) y la disminución del transporte de sedimentos (-39%), mientras el régimen y la variabilidad hidrológica de los humedales se mantienen cerca de las condiciones naturales a una escala temporal mensual”.

Si se aplican las proyecciones a 2050, el escenario puede empeorar. La construcción y operación de hidroeléctricas podría descompensar el ciclo natural de las aguas dulces que recorren nuestro territorio. Abrir las compuertas para que el agua fluya de manera artificial hará que todos los procesos ecológicos naturales que dependían de la dinámica natural de la cuenca se pierdan totalmente, y eso implica pérdida de productividad en especies de interés económico y cultural.

El flujo natural del agua en la cuenca es importante pero también lo es la sedimentación natural de los ríos, que es la que transporta los nutrientes. Esa también se está perdiendo. “Los muros de las represas de las hidroeléctricas no solo tienen efectos en contención del flujo de agua, sino que también atrapan y acumulan los sedimentos que deberían llegar aguas abajo para aportar nutrientes al río y a las planicies de inundación”, explica Maldonado. En consecuencia, disminuyen los peces… y la pesca. Entre otros impactos que genera la ausencia de sedimentos en los ecosistemas aguas abajo, se incluye la transformación del paisaje y hábitats de los ríos a lo largo del tiempo.

Paisaje desde la Hidroeléctrica El Quimbo, en el departamento del Huila.
Paisaje desde la Hidroeléctrica El Quimbo, en el departamento del Huila.


Los científicos proponen

“Los ríos son estructuras jerárquicas y anidadas que están conectados y sobre esa característica particular son muy sensibles a intervenciones puntuales”, explica Angarita. Un solo embalse en el lugar equivocado puede destruir completamente los procesos ecológicos de la cuenca; si se pone en otro lugar, es posible tener el mismo beneficio sin afectar todo el sistema. “La propuesta es que, en la identificación de nuevos proyectos, los impactos a escala de toda la cuenca sean considerados y se evalúen las medidas apropiadas para evitar o minimizar efectivamente sus consecuencias negativas y riesgos sociales y ambientales, a la vez que se obtienen los beneficios de estas obras”.

La bióloga javeriana Juliana Delgado, investigadora de The Nature Conservancy y coautora de la publicación, remató: “Lo que hemos podido analizar con las herramientas y el marco metodológico que TNC ha venido implementando en la cuenca del Magdalena-Cauca con autoridades ambientales nacionales y regionales y otros actores, es que tenemos un rango amplio de oportunidades para tomar mejores decisiones si consideramos los riesgos ambientales y sociales en etapas tempranas de la planificación de proyectos hidroeléctricos. El análisis, con una visión integral y a una escala adecuada, es indispensable para evitar o disminuir riesgos ambientales y sociales en la expansión del sector hidroeléctrico, que de otra forma no son considerados o son subestimados”.

Con lo sucedido recientemente en la represa de Hidroituango, el proyecto hidroeléctrico más grande del país construido en el río Cauca, principal tributario de la cuenca del río Magdalena, “en este momento cobra más importancia demostrar el potencial de este tipo de análisis”, afirma Delgado.

En los escenarios contemplados por los investigadores está Hidroituango porque, continúa, “es parte del ‘estado actual’ de la cuenca, en términos de impactos acumulativos por fragmentación de la red fluvial, con la pérdida del 28,8% de la conectividad original de la red principal de la macrocuenca, la alteración hidrológica del río Cauca y el atrapamiento de sedimentos del 79,2% en este mismo río”.

“Sin embargo”, concluye, “en las evaluaciones que hemos hecho excluyendo este proyecto de la línea base, el rango de opciones para evitar y disminuir impactos acumulativos en la cuenca es mucho mayor”.

En conclusión, no se trata de satanizar las hidroeléctricas sino de reconocer y minimizar los impactos con alternativas viables. Es claro el interés del país en aprovechar los privilegios de su geografía con fines hidroenergéticos, pero también lo es que a nivel mundial existe la tendencia a moverse hacia otras formas de producción de energía menos impactantes, tanto ambiental como socialmente. Tanto así que, por ejemplo, en Europa existe toda una iniciativa de remoción de sus hidroeléctricas. ¿Cuál será el camino que Colombia tomará al respecto?

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Hasta hace unos veinte años las investigaciones en antropología, las ciencias sociales y de la salud se enfocaban, en su mayoría, en estudios sobre los niños y no con los niños. En general, asumían que no era necesario tenerlos en cuenta en las investigaciones porque, tal vez, eran vistos como un apéndice de las familias: con raras excepciones se les entrevistaba, eran los padres quienes asumían la vocería. Esto pasaba en los estudios indígenas, afros, sobre la violencia y sobre la migración, claro. La caracterización de las migraciones dentro y fuera del país se lograba a partir de la voz de los adultos: de sus experiencias, vivencias y dramas.

A comienzos del siglo XXI las migraciones internacionales de colombianos aumentaron de manera notoria y varios investigadores relacionaron este fenómeno con las rupturas del núcleo familiar. Algunos juzgaron a los hijos de padres en situación de migración como personas abandonadas, peligrosas y perezosas. Se empezó a hablar de esas “malas madres” que los dejaban “botados”; se empezó a hablar de esos padres a quienes solo les interesaba el dinero.

Bajo ese contexto –en medio de ese paraguas “teórico”–, la enfermera y antropóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, María Claudia Duque, decidió realizar su tesis de doctorado en Antropología, sobre migración desde la perspectiva de los niños –en este caso, desde la perspectiva de niños colombianos que vivían en Tampa, Florida, en Estados Unidos–. Gracias a esa decisión –no bien vista por algunos colegas–, desde hace unos quince años Duque se convirtió en una de las primeras investigadoras del país y de América Latina que vio a los niños como agentes que influyen y construyen realidades sociales; o sea, como informantes claves para comprender la cultura.

En su tesis doctoral de 2004 –Colombian Immigrant Children in the United States: Representations of Food and the Process of Creolization­– Duque concluye que los niños migrantes son agentes y actores capaces de construir identidades que se expresan en sus prácticas y gustos alimentarios.

Después del doctorado Duque volvió a Colombia y analizó, a través de entrevistas individuales y grupales, y encuestas, las experiencias de varios niños de Risaralda y Bogotá en circunstancias de migración parental. Descubrió que ellos son agentes que, aunque comparten realidades comunes con ciertos miembros de las familias, viven sus experiencias propias. Descubrió que la mayoría de niños entiende la migración de sus padres, a pesar de ser una situación difícil y dolorosa, como un sacrificio para el bien de toda la familia –incluyéndolos. Y lo anterior, desde la mirada de ellos, a veces vale la pena, a veces no, todo depende de la edad del niño, de qué padre se ha ido –si es uno, si son los dos, si es una madre cariñosa, si no lo es. También depende de los cuidadores que se encargan de su cuidado –si lo tratan bien– y, desde luego, depende de las estrategias para mantener los vínculos afectivos –las remesas, regalos que recibe desde el exterior, llamadas, fotos… Duque demostró que los niños colombianos viviendo migración parental no son hijos abandonados, imaginario que aún perdura entre algunas oenegés, medios de comunicación e investigadores sociales–.

“Las narrativas de los niños en su mayoría no hablan de rupturas, sino de transformaciones y formas familiares diferentes a la nuclear (padre, madre, hijo) (…) Los niños viviendo situaciones de migración parental pueden ser al mismo tiempo poderosos e impotentes miembros de sus familias”, escribió la investigadora en su artículo Niños colombianos viviendo migración parental, en 2011.

“Las investigaciones de María Claudia sobre migración con niños fueron innovadoras y respondían a una necesidad investigativa que, hace diez años, pocos asumían por sus grados de dificultad –no es nada fácil trabajar con niños de seis años para adelante”, dice William Mejía, economista y Magíster en Migraciones Internacionales, profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira y coordinador de la red sobre migraciones Latinoamericanas, Colombiamigra.

Lo de María Claudia Duque ha sido una brega por romper estereotipos y evidenciar mundos complejos que no se pueden representar, simplemente, con un “pobrecitos” o un “malos padres”. Eso de que la migración es un hacha que corta raíces, bueno, no es tan cierto, no es tan negro ni blanco. Las conclusiones de sus estudios no son maniqueas y abordan el tema desde su complejidad… Y esa complejidad tiene una intención: deconstruir los estereotipos y los prejuicios, y, así, delimitar los problemas, definir las acciones de intervención y políticas sociales: “La investigación tiene que ser política”, dice la investigadora, y concluye: “Sí. Tiene que ser política, mas no politizada ni manipulada”.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Migración y niñez (serie de investigaciones desde 2003 hasta 2011).
INVESTIGADOR PRINCIPAL: María Claudia Duque Páramo.
Facultad de Enfermería – Departamento de Enfermería en Salud Colectiva – (Profesora jubilada).
PERÍODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2003 – 2011.

Ciencia Javeriana de alcance mundial

Ciencia Javeriana de alcance mundial

Tras un riguroso análisis que llevó poco más de seis meses, el comité evaluador escogió dos proyectos liderados por la Pontificia Universidad Javeriana como ganadores de la Segunda Convocatoria de Ecosistema Científico, la cual hace parte del programa Colombia Científica con la que el gobierno busca tanto promover la investigación y la innovación científicas como fortalecer la calidad de la educación superior, al igual que facilitar el ingreso de estudiantes colombianos a programas de doctorado.

El proyecto de Bogotá es dirigido en su componente científico por Susana Fiorentino, bacterióloga javeriana, investigadora con postdoctorado en Inmunoterapia Antitumoral, y busca la generación de terapias alternativas contra diferentes enfermedades, entre ellas el cáncer, a partir de fitomedicamentos procesados de más de 20 plantas, algunas nativas, como el anamú, el divi divi, la guanábana o la pimienta.

En esta propuesta participan 17 instituciones universitarias y empresas tanto colombianas (las universidades del Valle, de Antioquia, la Surcolombiana, el Instituto Tecnológico del Putumayo, la Corporación Universitaria Juan N. Corpas, la Corporación Universitaria LaSallista, el Hospital Universitario San Ignacio y la firma barranquillera Procaps) como extranjeras (las universidades Sorbona y Nantes, de Francia; Federal de Rio de Janeiro y São Paulo, de Brasil; la University College of London y el Imperial London College, del Reino Unido; el Instituto Ludwig, de Suiza; y el Instituto Motffit, de Estados Unidos).

“La investigación va más allá del estudio de los componentes de las plantas; es la interacción de sistemas complejos”, comenta Fiorentino, quien explica que cada institución, a su vez, se encargará de un subproyecto que permitirá transformarlos en fitomedicamentos a través de procesos de investigación y comparación de metabolitos (metabolómica), genes (genómica) y  proteínas (proteómica): “Esos componentes mezclados pueden tener un efecto positivo en la regulación del equilibrio del cuerpo y favorecen la eliminación propia del organismo de las células tumorales”.

María Fernanda Gutiérrez, doctora en Virología y directora de Fortalecimiento Institucional del proyecto, resalta las sinergias y los apoyos que desde la Javeriana y las universidades del Valle y de Antioquia se establecerán para contribuir a los procesos de acreditación de las demás instituciones universitarias participantes de este ecosistema.


Aporte a la investigación agrícola

El proyecto de Cali es liderado por Andrés Jaramillo, ingeniero electrónico javeriano, investigador de la sede en Cali con postdoctorado en Ciencia e Ingeniería de Nanoescala; su propósito es transformar los componentes epigenéticos, genéticos, metabólicos y proteicos del arroz y la caña de azúcar, para producir semillas más resistentes a cambios del clima, con un mejor rendimiento en la cosecha y que contribuyan a disminuir la emisión de gases de efecto invernadero.

En este ecosistema participan 16 entidades colombianas (Universidad Javeriana con sus sedes de Bogotá y Cali, las universidades Icesi, de los Andes, de Ibagué, del Quindío y de los Llanos, el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), Cenicaña, Fedearroz y la firma Intelecto) y del exterior (el California Institute of Technology y la Universidad de Illinois at Urbana Champagne, de Estados Unidos; la Ghent University, VIB, de Bélgica; el National Institute of Agricultural Botany, del Reino Unido; y la Universidad de Tokio, en Japón).

La ‘Segunda Convocatoria de Ecosistema Científico para la Financiación de Programas de I+D+i’ fue lanzada por el presidente Juan Manuel Santos en marzo de 2017, con el propósito de desarrollar el potencial científico de las regiones colombianas y alinear la innovación científica con las necesidades del sector productivo. El programa, convocado por Colciencias, Icetex y los Ministerios de Educación y de Industria, Comercio y Turismo, contempló una financiación de más de $150.000 millones provenientes de un préstamo del Banco Mundial.

 

Al rescate de la tradición culinaria y nutritiva en el sur de Bolívar

Al rescate de la tradición culinaria y nutritiva en el sur de Bolívar

Cuando en una huerta de ‘tierra caliente’ los campesinos tienen a mano frutas como plátanos y bananos, mangos, guayabas, naranjas, papayas y limones, aguacates, diferentes variedades de yucas y ñame, maíz, café, múltiples tipos de hortalizas, plantas medicinales como llantén, yerbabuena y sábila, y condimentos, como el cilantro y el achiote, es fácil deducir que tienen asegurada su alimentación. Sin embargo, en el municipio de San Pablo, al sur del departamento de Bolívar, donde el 60% de sus habitantes vive en situación de pobreza, la mayoría afronta bajos niveles nutricionales por no tener acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros y nutritivos. Es lo que la FAO llama inseguridad alimentaria.

Una investigación realizada por investigadores javerianos quiso comprender por qué si “las huertas familiares son importantes reservorios de diversidad agrícola, esenciales para sostener la seguridad alimentaria de las comunidades rurales”, de acuerdo con las estadísticas regionales, en San Pablo “había un tema muy fuerte de inseguridad alimentaria por las condiciones de salud de sus habitantes y deficiencias de ciertos nutrientes”, según el botánico Néstor García, del Departamento de Biología, en la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

Así, junto con las profesoras Neidy Clavijo, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, y Viviana Gutiérrez, del departamento de Microbiología, apoyaron acciones que ya venían realizando otras instituciones como el Servicio Jesuita de Refugiados (SJR), la Corporación Obusinga, de Bucaramanga, y el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (PDPMM).

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El profesor García se concentró en el trabajo de campo, mientras sus colegas se encargaron de realizar las pruebas en los laboratorios de la Universidad. “San Pablo está aislado del resto del país por estar al otro lado del río Magdalena, no existe un puente, entonces hay que pasar en canoa o planchón”, dice refiriéndose a las difíciles condiciones de acceso para llevar a cabo el estudio. Pero el objetivo de la investigación pesó más que los obstáculos encontrados: era necesario “rescatar los alimentos tradicionales de alto valor nutricional, reactivar la memoria alimentaria, reintroducir la diversificación de los cultivos, inventariar las semillas y los productos autóctonos y proteger su material genético”. La tarea no daba espera.

Luego de casi dos años de trabajo (2014 – 2015) identificando las características de 20 huertas en una vereda –Isla Medellín– y tres corregimientos –Pozo Azul, Vallecito y Cerro Azul–, acompañado por tres estudiantes de pregrado que hicieron su tesis allí integrando tres componentes –biológico, microbiológico y social–, encontraron 75 especies de plantas comestibles, principalmente frutas (48%), representadas en 162 variedades.

A través de visitas a las fincas de las 20 familias vinculadas al proyecto, organizaron juegos como La olla diaria para conocer sus costumbres y prácticas de manejo en la producción de sus alimentos, y jornadas para identificar las plantas alimenticias de cada huerta y tomar muestras de los suelos para hacer los análisis correspondientes.

Compartieron con los propietarios de las huertas, cuyas edades estaban entre los 28 y los 90 años, principalmente con estudios de primaria. Esa convivencia les demostró que las condiciones socioeconómicas en las que vivían eran muy precarias; que había cultivos ilícitos, minería ilegal y hechos de violencia; que las vías estaban en mal estado, los monocultivos en grandes áreas acorralaban sus parcelas, y faltaban espacios apropiados para comercializar los excedentes de sus fincas. La vida allí no era fácil, aunque se podía hablar que la región era –y es– una “despensa agrícola”.

Esta variedad agrícola contribuye “a la dieta básica de los pobladores en lo referente al suministro de energía aportada por los carbohidratos provenientes de tubérculos, raíces y cereales”, se lee en las conclusiones del estudio publicado por la profesora Clavijo junto con la ecóloga Claudia Ramírez Rodríguez. Pero eso no basta. Apropiados sistemas de riego estabilizarían la disponibilidad de los alimentos, buenas vías de acceso les permitiría diversificar los productos de consumo y complementar la dieta, y un adecuado esquema de servicios públicos les ayudaría a conservar y refrigerar sus productos.

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A través de la aplicación de herramientas de investigación participativa, –entrevistas semiestructuradas, observación participante y el menú diario de alimentación–, los investigadores encontraron datos curiosos como por ejemplo que los lugareños usan técnicas de agricultura ecológica para sus alimentos, y productos químicos para los que comercializan. En ese sentido, los profesores les dieron ideas para fortalecer y consolidar una agricultura limpia, para sembrar varios cultivos en una misma parcela, para cuidar los semilleros, cursos de abonos orgánicos con base en materia prima local y de técnicas para mejorar los suelos, por ejemplo con la elaboración de compostajes o lombricultura. Se percataron además de que muchos alimentos se perdían, para lo cual –entre todos– generaron estrategias que le agregaron valor a los productos a través de talleres con el apoyo del Jardín Botánico de Bogotá, como elaborar harina de plátano o de yuca, almidón de árbol del pan y compota de mango,

“Como consecuencia, también fue una cosa interesante, el colegio quería que siguiéramos desarrollando todos estos talleres con ellos”, cuenta García; “quedaron súper entusiasmados”.

Los resultados de todo el trabajo realizado generaron varios artículos científicos, pero lo que más impactó fue la publicación que produjeron como un producto extra del proyecto. En 32 páginas, a color y debidamente ilustradas, la Cartilla para el manejo de las huertas familiares en San Pablo, sur de Bolívar, entrega información para combatir los problemas alimentarios y nutricionales, consejos para mejorar la producción en las huertas, los productos y los suelos donde se siembra, para transformar las materias primas y un recetario que incluye los platos tradicionales que ellos suelen consumir con base en los productos que cosechan de sus huertas, como natilla de maíz, pollo con piña caramelizada, fríjoles con arroz y mafufo, un platanito pequeño,  ingrediente común en la sazón del municipio. “Una de las estrategias fue incentivar la producción de esas recetas locales para que ese conocimiento se recupere” concluye García.

La investigación, titulada Caracterización de los cultivares tradicionales y las plantas silvestres empleadas en alimentación en el sur del Departamento de Bolívar y propuestas para su mejoramiento y conservación, basada en el intercambio de conocimiento entre los participantes, fue un aporte para mejorar la producción de cultivos en las huertas y enriquecer la dieta de los habitantes de esta región del Magdalena Medio.

La educación no salva a las niñas

La educación no salva a las niñas

Las cifras surgían, danzaban en la pantalla, y como datos fríos se reproducían sin el menor interés de la gran tragedia que estaban confirmando: ser niña en Colombia es una desventaja. Eso lo tiene claro Luz Karime Abadía, economista, doctora en análisis y políticas económicas y profesora asociada de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana, quien aporta evidencia para entender que a las niñas en Colombia les va tan mal que ni siquiera la educación puede considerarse una tabla de salvación.

Lo demuestra en su investigación Brechas de género en el rendimiento escolar a lo largo de la distribución de puntajes: Evidencia pruebas Saber 11, realizada en conjunto con la profesora javeriana Gloria Bernal, en la cual aplicaron estimaciones econométricas sobre los resultados de las pruebas oficiales, que todos los estudiantes de secundaria realizan en Colombia para acceder a la educación superior. Su resultado confirmó una verdad incómoda, reconocida en el exterior pero subvalorada en el país: las niñas tienen peores puntajes que los niños en las pruebas que definen su futuro profesional.

“Encontramos que las brechas de género no son homogéneas a lo largo del país, hay departamentos donde son mucho más grandes, otros donde no hay diferencia y los demás, que son muy pocos, donde a las niñas les va mejor en matemáticas y en ciencias”, explica Abadía.

Su interés por el tema surgió hacia 2013, cuando cursaba su doctorado en la Universidad del País Vasco. Analizando las conclusiones de las pruebas PISA aplicadas en 2012, se interesó en ahondar en una verdad de las pruebas estandarizadas según la cual a las mujeres les va peor en matemáticas y ciencias porque su gran fuerte es el lenguaje. Una primera consulta en la bibliografía le permitió encontrarse con trabajos de psicólogos como Kim Cornish, Diane Halpern o Ann Gallagher, según los cuales existe una predisposición biológica en el cerebro femenino que lo hace diferente al masculino en lo que concierne a su funcionamiento, los patrones cognitivos y las habilidades viso-espaciales.

Pero había algo que no cuadraba: aquella brecha era significativamente menor (incluso no existía) en los países desarrollados, como los escandinavos, que habían implementado políticas de género para erradicar las diferencias abismales en el mercado laboral o en la educación. Al analizar los datos existentes, esa distancia entre niños y niñas se ampliaba en los países en vía de desarrollo, en especial en los latinoamericanos, lo que la llevó a consultar la obra de sociólogos, antropólogos o economistas, como David Baker, Catherine Riegle-Crumb o Roland Fryer Jr., donde se aseguraba que el potencial de las niñas se consolidaba bajo sociedades igualitarias.

Aquella pista le indicó que el de Colombia podía deberse, ante todo, a una cuestión cultural. “Desde pequeños nos condicionan con qué jugar: las niñas con muñecas y los niños arman y desarman Legos”, asegura, resaltando que el mensaje es tan poderoso que se va replicando en aspectos trascendentales como la escogencia de una carrera profesional: “La sociedad condiciona sus elecciones, y terminan preguntándose por qué tienen que ser tan buenas en matemáticas si van a estudiar otra carrera”.

Un primer artículo, redactado como parte de su tesis doctoral sobre brechas de género en la educación y salarios, vio la luz en 2014, pero algo le decía que no era suficiente para indagar sobre esta tragedia. Un año después, ya como parte del grupo de investigación en Política Social del departamento de Economía de la Javeriana, ganó una convocatoria del ICFES para promover la investigación de sus bases de datos. El grupo se decantó por analizar el examen de entrada a la educación superior: “A diferencia de PISA, las pruebas Saber 11 permiten saber qué es lo que pasa en cada departamento”, explica Abadía.


Una confirmación preocupante

La primera parte de la investigación se basó en un análisis descriptivo de las pruebas Saber 11 aplicadas en 2014 a 504.085 estudiantes, de los cuales 54,4% fueron niñas. Por medio de una operación simple, la resta de promedios, se pudo evidenciar que, en el puntaje global, los niños obtuvieron 5,8 puntos más que sus compañeras; un resultado similar se obtuvo en las pruebas de matemáticas (2,2) y ciencias (2,9), ambas favorables a los alumnos, mientras que el lenguaje el resultado es positivo a las niñas por una diferencia mínima: 0,64 puntos.

“Nuestra brecha es la peor en matemáticas frente al resto de países del mundo”, asegura Abadía, y apunta a que la situación pasa de castaño a oscuro cuando se habla de la competencia de lenguaje: “Algo está pasando con las niñas en el país, pues, en las pruebas que les favorecen, son las colombianas las que tienen la menor ventaja frente a los niños en el mundo”.

Para poner este punto en perspectiva, el análisis que la OCDE y la Fundación Santillana realizaron de las pruebas PISA 2015 (las de aplicación más reciente) sostiene: “En el conjunto de los países que participaron en PISA, el rendimiento promedio en lectura de los chicos es inferior al de las chicas. Sin embargo, en los diez países iberoamericanos analizados en el presente informe, excepto la República Dominicana, la brecha es menor que en el conjunto de los países de la OCDE en promedio”.

A simple vista, se podría inferir que esta diferencia de género se puede rastrear fácilmente por la calidad de educación, y señalar a las ciudades capitales como las de menores distancias entre niños y niñas, pero, de nuevo, se trata de una suposición equivocada: la quinta peor brecha de género es la de Bogotá, Antioquia tiene la décima, el Valle del Cauca se queda con la décima quinta y Atlántico, con la vigésima octava. Solo cinco departamentos muestran una distancia favorable a las niñas en el país: San Andrés, Guainía, Vichada, Magdalena y Chocó (ver gráfico).

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El liderazgo
insular, no obstante, tendría matices: “Necesitaríamos más información para analizarla, pero es posible que exista una baja cobertura porque los jóvenes dejan la educación para trabajar y rebuscarse la vida. Así, es posible que aquellas niñas que no desertan durante el bachillerato sean las de mejor rendimiento académico, sesgando la muestra”.


Las cifras frías

“Solo restar los promedios no es una buena medida, es solo un indicio”, explica Abadía, como un preámbulo de lo que significó la siguiente parte de su investigación: “Las diferencias en el rendimiento dependen de muchas variables, como la educación de los padres, si se estudia en colegio público o privado, si se vive en área rural o urbana, si se estudia en la capital o en otro lugar, la composición de la familia (si el hogar es disfuncional o con papás separados, o si vive con familiares no familia nuclear)”.

Para controlar todas las variables que pudieran explicar las razones de esta desigualdad entre géneros, los investigadores aplicaron técnicas econométricas como la de mínimos cuadrados ordinarios (para hallar criterios poblacionales) o la regresión cuantílica (para determinar las distancias entre grupos de resultados). Así fueron saliendo a la luz otros datos que generan escalofríos, por ejemplo, que en los puntajes altos, considerados como los mejores, las niñas obtienen 13 puntos menos que los niños; en los medios, esa distancia baja a seis puntos; y en los bajos, no hay diferencia considerable. Esto indica que entre mejor desempeño académico se tenga, mayor es la brecha de género.

El análisis iberoamericano de PISA 2015 ofrece una interpretación: “Las niñas en los países iberoamericanos refieren mayores niveles de ansiedad que los chicos al abordar la materia de las matemáticas y una menor confianza en su capacidad para resolver con éxito los problemas matemáticos. Estos sentimientos negativos, que a menudo se originan en los estereotipos respecto a las asignaturas «masculinas» y «femeninas», pueden desalentar a las mujeres jóvenes que son capaces y están interesadas en las matemáticas o las ciencias, en cuanto a la opción de emprender diversas carreras en el ámbito de las ciencias, la tecnología o la ingeniería”.


El origen de la desventaja

El análisis de los datos regresó a Abadía a sus años de colegio en Arauca, la capital del departamento homónimo (su investigación arrojó que allí es donde se encuentra la peor brecha, por encima del 10%). Aún mantienen vivo el comentario que uno de sus profesores solía hacerles a ella y sus compañeras cuando se equivocaban en alguna respuesta: “Niñas, la cabeza no es solamente para ponerse moños”.

Es en este tipo de estereotipos donde se originaría la razón de las abismales diferencias entre sexos. Los estereotipos masculinos se van inculcando desde pequeños, señalando verdades culturales que, por la edad, parecen irrefutables, como que las niñas son débiles y los niños fuertes; ellas tienen su lugar en la casa y ellos deben salir a trabajar. “Los llanos son una región muy machista, y suele escucharse que los padres se esfuerzan por mandar el niño a la universidad, pero que la niña aprenda a cocinar, que debe conseguirse un buen marido y ya”, dice.

Aunque se antoje una realidad lejana, en el día a día tiene implicaciones serias sobre el rol que tienen las mujeres en la vida laboral. “A pesar de los avances conseguidos en términos de equidad, sobre los hombros de la mujer sobre los hombros de la mujer continúa estando mayoritariamente el cuidado del hogar, y ahora se suma que debe aportar económica y profesionalmente a la sociedad” explica Félix Antonio Gómez, decano de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, quien agrega: “Eso, además de generarles una sobrecarga, no les permite a las mujeres definir un horizonte claro desde y para ellas mismas, ni les facilita tomar decisiones frente a su futuro”.

A veces, simplemente, no tienen otra opción. Sobre todo cuando se considera que las pruebas Saber 11 son el pre-requisito no solo para entrar a la educación superior, sino para acceder a becas y programas de apoyo, como Ser Pilo Paga, que garantiza la entrada a las mejores universidades del país y ayuda a financiar el costo de una carrera profesional, pero un puntaje tan desfavorable pone a las estudiantes muy lejos de las llamadas carreras STEM: todas las relacionadas con las ciencias, las matemáticas, la tecnología y la ingeniería. “Está demostrado que son las carreras que tienen los mejores salarios promedio en el mercado laboral, que son las que se necesitan para hacer doctorados de relevancia e innovación”, explica Abadía.

De esta forma se está condenando a las niñas colombianas a una vida por debajo de su mayor potencial, porque esas diferencias difícilmente se superan cuando ejercen su profesión. “En proporción, las mujeres que se gradúan de pregrado son un 52% frente a los hombres, pero eso cambia cuando deciden hacer estudios de posgrado en carreras científicas. Ahí, inmediatamente, cambian las cifras y comienza a aumentar el número de hombres”, explica Ángela Camacho Beltrán, doctora en Física, profesora de la Universidad de los Andes y presidenta de la Red Colombiana de Mujeres Científicas.

Su experiencia laboral está en el campo de la investigación, en el desarrollo de proyectos de innovación científica y tecnológica, y en ese campo ha comprobado que las mujeres parten con desventaja: “Las posiciones altas a nivel administrativo y los cargos de responsabilidad y de dirección son, generalmente, de hombres. Hay muy poquitos grupos de investigación dirigidos por mujeres porque ellas le pueden dedicar menos tiempo al trabajo de investigación, precisamente, porque tienen que responder en la casa por un número de tareas que se les ha asignado desde que son niñas. Y eso hace que, en el trabajo, prefieran tomar responsabilidades de segunda y tercera categoría. Pueden hacer un trabajo muy bueno pero nunca serán jefes de laboratorio”.


¿Hay alguna salida?

A la hora de discutir, pensar, proponer una solución a este problema, todo apunta a una quimera: se necesita un cambio cultural profundo en la sociedad colombiana. Uno que le enseñe a los hombres que las mujeres, primero, pueden aportar a la par de ellos; segundo, que las tareas del hogar no están condicionadas a un género y no pueden ser la excusa para hacer un estudio de posgrado; y tercero, que la educación es un elemento tan valioso como para dejar a la mujer a un lado.

De allí que sea vital eliminar los estereotipos que, en el subconsciente colectivo, rebajan el papel femenino en la sociedad. “Es muy importante resaltar el papel de mujeres sobresalientes. Eso hace la diferencia porque es un mensaje que cala en las niñas; en un modelo de roles aspiracionales, las niñas quieren ser como ellas, imitarlas”, señala Abadía. En su investigación encontró que el 52% de las madres de quienes presentaron las pruebas Saber 11 en 2014 estaban dedicadas a las labores domésticas, mientras que el 98% de los padres tenían un trabajo fuera de casa.

A nivel del sistema educativo, es vital empoderar la figura del profesor, seguir pasos como los de Finlandia donde los salarios más altos de destinan a los docentes y se les exige que tengan, mínimo, maestría obtenida en las mejores universidades del mundo. La experiencia escandinava ha demostrado que los mejores profesionales forman a los estudiantes sin estereotipos de género que incidan, más adelante, en desventajas educativas. O que desemboquen en desigualdades profundas al interior del hogar, en aspectos como la división de las tareas domésticas o las responsabilidades financieras.

De hecho, es en este campo en donde se concentra buena parte del trabajo de la Red de Mujeres Científicas. “Con las niñas de Quinto a Once, hemos hecho actividades en colegios privados para motivarlas, para que no generen miedo hacia las ciencias y las matemáticas, para que sigan por ese camino y se convenzan de sus capacidades. Estamos tratando de hacer un convenio con la Secretaría Distrital de la Mujer, en Bogotá, para extenderlas a los colegios distritales”, cuenta Camacho, y explica que su iniciativa está adscrita a la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Su trabajo también se enfoca en las universitarias, a quienes les enseñan a estructurar proyectos de investigación y a someter sus resultados en publicaciones científicas, además de asumir los ambientes laborales en igualdad de condiciones. “La mujer siempre tienen la sensación de que tiene que ser perfecta. Y, como no puede lograr hacerlo todo perfecto, no pelea para que su salario sea bueno”, explica.

También los expertos recomiendan promover políticas y legislación que favorezcan a las mujeres, como la posibilidad de ascender en los escalafones dentro del sector académico o que les facilite el ascenso laboral en otros campos cuando hay niños pequeños. Medidas como las guarderías en el sitio de trabajo o una ley mucho más favorable cuando se está en embarazo o se tienen hijos recién nacidos, puede impulsar a que las mujeres desarrollen su máximo potencial profesional.

Parecen pasos pequeños, pero los separa un inmenso abismo. Basta mirar las cifras de Medicina Legal para encontrar que, en 2016, el 59,13% de los casos de violencia intrafamiliar se produjo hacia las mujeres, quienes también fueron víctimas del 86% de los casos de violencia de pareja y del 73,98% de los de delito sexual.

En casa está la respuesta para que Colombia deje de ser ese país donde ser niña es sinónimo de una tragedia diaria y un futuro desolador.

El maestro, el centro del sistema educativo

El maestro, el centro del sistema educativo

El mes de mayo es crucial para la educación colombiana: por quinta vez, los estudiantes de 15 años de colegios públicos y privados representarán al país en las pruebas PISA. Este se ha convertido en un medidor de gran importancia para entender qué tan alta es la calidad del sistema educativo del país, pues sus resultados se comparan con los 35 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, su impulsor) y los demás que, como Colombia, lo presentan.

Los resultados en esta materia no han sido del todo satisfactorios. Aunque en su sumario de 2015 –último año en que se realizó la prueba– la OCDE reconoció que el colombiano fue el segundo mejor avance desde 2006 en materia de resultados, es cierto que el país se ubica por debajo del promedio de los países miembros de la organización, considerada como ‘el Club de países con las mejores prácticas’.

En esa ocasión, diversos debates se suscitaron por cuenta de los resultados: las críticas sobre la preparación de los profesores abundaron, al igual que las propuestas de copiar los sistemas educativos de países con mejores puntajes, como los nórdicos o, concretamente, el de Singapur. Sin embargo, esta ha sido una discusión sin mayores avances.

Para entender la importancia de estas pruebas en el actual sistema de educación y los cambios que deberían darse, Pesquisa Javeriana consultó a Félix Antonio Gómez, magister en educación, candidato a doctor en ciencias sociales y, desde enero de 2018, decano de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. En su concepto, más allá de implantar los modelos de otros países, es necesario que el país reivindique a todo nivel la figura del maestro en el aula de clase.


Pesquisa Javeriana: ¿Por qué es vital para Colombia medir su modelo de educación a través de las pruebas PISA?
Félix Antonio Gómez: Se podrían mencionar varios factores, entre los principales: los de orden económico, educativo y político.  En lo económico, las pruebas pueden ser un indicador de la manera en que un país puede encauzar sus modelos de educación para ser competitivo en el mercado internacional; pero, también, para definir prioridades que vayan más allá de este.  En lo educativo, pueden convertirse en tema de debate para determinar si lo que se mide en las pruebas concuerda o no con las necesidades formativas más urgentes del país, para entonces, tomar decisiones informadas y consensuadas.

Finamente, en lo político, las pruebas deberían ayudar a establecer políticas educativas de Estado y no, como hasta ahora ha sucedido, políticas de gobierno acomodaticias y de muy cortos alcances.


PJ: Colombia ha participado desde 2006 en las pruebas PISA. ¿Qué tal han sido los resultados?
FAG:
No nos ha ido muy bien, varios países nos llevan una gran ventaja. ¿Qué se ha hecho? De manera efectiva, muy poco en realidad; ha sido más el escándalo, pues los resultados han servido más para la demagogia política que para obtener resultados educativos reales. El debate se ha concentrado en si las pruebas son deseables o no, si son pertinentes, sobre su carácter político internacional, pero nunca se llega a acuerdos o claridades sustanciales. Ha habido demasiado debate estéril. Los docentes, que deberían estar participando en la discusión, configuran sus posiciones a través de otras voces que los median, tales como representantes políticos y directivos, pero el maestro “de a pie”, de aula, es quien termina estando menos informado sobre todo lo que gira en torno a la prueba y sus resultados, y se queda repitiendo lo que escucha del dirigente sindical, del político de turno o de la figura de moda en la pedagogía.

Si habláramos de lo que PISA ha producido, tendríamos que señalar que ha aumentado la brecha entre unas personas que discuten y toman las decisiones, y el maestro, que es quien finalmente se juega su trabajo en el aula. Es una especie de taylorismo educativo: a un lado los que discuten y diseñan políticas, y al otro el maestro que aplica, algunas veces sin saber muy bien por qué lo hace.


PJ: A nivel de política, ¿qué esfuerzos se han intentado a partir de estos resultados?
FAG: Podríamos mencionar en los últimos años la promulgación de los Derechos básicos de aprendizaje como una forma de que los niños adquieran aquellos saberes considerados fundantes en las principales disciplinas, pero, curiosamente, no han tenido una buena recepción entre los maestros.

Uno podría pensar que el programa “Ser Pilo Paga” tiende a eso también, a brindar oportunidades para que los muchachos que no tienen los recursos puedan acceder a las universidades que ofrecen una mejor calidad, pero todo eso se ve enturbiado por intereses de grupo político, ideológico. Se han hecho diferentes intentos, pero uno de fondo, con el que se busque repensar los fundamentos curriculares en las áreas esenciales, en el que se modele la educación sobre el trabajo interdisciplinario, o una educación más acorde a las exigencias de una sociedad que está cambiando muy rápidamente y donde el conocimiento se ha convertido en la moneda de cambio, esas transformaciones de fondo no se han dado.


PJ: Entre las propuestas formuladas por el Ministerio de Educación Nacional, se ha hablado de copiar el modelo educativo de países como Singapur o los escandinavos. ¿Eso le sirve a un país como Colombia?
FAG: Las influencias culturales y educativas entre naciones no son nuevas. Hoy, debido a los avances de las tecnologías en comunicación, es más fácil conocer y seguir otros modelos educativos, pero trasplantarlos a otra nación solo porque funcionó en el país de origen no es acertado. Hay que tener en cuenta que cualquier mecanismo de mejoramiento del conocimiento o de las habilidades de la persona debe tener en cuenta el contexto en el que se va a aplicar; no podemos copiar otro modelo de manera exacta, pero sí hay generalidades que se pueden adaptar. En ese aspecto, hay cosas interesantes en el modelo matemático de Singapur, también en lo que está aplicando Finlandia y otros países, y otras que no serían deseables ni aplicables para Colombia.

Por otra parte, tenemos una realidad que, por exagerarla, se nos está convirtiendo en un mito: como somos un país de regiones, debemos tener modelos diferentes para cada región. Eso también, llevado al extremo, es peligroso. Por ejemplo, hubo un caso de una capacitación de maestros por medio de un juego con figuras de animales y un maestro se negó a aplicarlo en su escuela porque uno de los animales representados no existía en su región. Hasta esos extremos hemos llegado.


PJ: Por los resultados obtenidos en las pruebas PISA, se puede concluir que los estudiantes colombianos salen muy mal formados de los colegios y es responsabilidad de las universidades nivelarlos. ¿Qué tan cierto es esto?
FAG: La Javeriana tiene un programa para acoger estudiantes que cursan último año de bachillerato para que vean algunas materias, permitiéndoles ver cómo es el ambiente universitario y validándoles esos créditos si las aprueban y se inscriben en la carrera. Es un ejemplo para decir que se necesita ese puente entre el bachillerato y la universidad. Seguimos teniendo un número amplio de áreas del conocimiento que el alumno tiene que ver en el colegio y pasa a una institución que restringe, en el sentido epistemológico del conocimiento, todos esos saberes, volviéndose una persona mucho más específica: de ver 11 asignaturas en la educación básica, más las electivas ofrecidas en el colegio y las actividades extracurriculares programadas por los papás, se pasa a ver siete materias en el primer semestre universitario.

En ese caso se necesita este puente, pero también es necesaria una revisión a profundidad de estos lineamientos curriculares en el país. Si no los tenemos ni los empatamos con la transformación que están viviendo las universidades, esa brecha no solo será de formación, en el sentido estrictamente académico, sino que lo será en otros sentidos: de orden social, relacional, etc. Pensemos en un joven que venga de un colegio de un solo género a una universidad y ahora deba relacionarse con personas de distinto sexo, estudiantes que vienen de colegios con una disciplina bastante rígida y entran a una universidad donde el grado de libertad es amplio, sin mayores restricciones, ahí tenemos brechas de otro tipo. En esos casos, el puente está roto. Por eso no solo necesitamos una reforma curricular que acerque la universidad al colegio sino que permita también una dimensión nueva del aprendizaje curricular, centrado en cómo aprenden los estudiantes y no en cómo enseñamos.


PJ: Otros países resaltan que el rol del maestro es un eje central para el sistema educativo, pero en Colombia la formación de profesores está en crisis, cada vez son menos los inscritos a licenciaturas por factores como los salarios bajos, la altísima carga laboral o los desplazamientos exagerados para ir a dictar clase. ¿Cómo puede hacer Colombia para convertirlo en una pieza fundamental?
FAG: Hoy tenemos en el país un desconocimiento de la labor del maestro. Se han dado algunos pasos para corregir este problema pero son más demagógicos, ligados a políticas momentáneas. Se habla mucho de la importancia del maestro en el sistema pero eso no se ve reflejado en lo que se le debe retribuir por su trabajo y sus condiciones laborales siguen siendo terribles.


PJ: Pero cuando el Magisterio intenta visibilizarlas, el discurso desde el Gobierno es que los maestros no se están esforzando lo suficiente. ¿Es una confrontación que puede superarse?
FAG: Es un diálogo donde hay verdades a medias de ambos lados. Una de parte del Estado es que se están mejorando las condiciones laborales a nivel de aulas e infraestructura, pero solo pasa en las grandes ciudades –tal vez se haya mejorado un poco la relación maestro-número de estudiantes en ciertas regiones–. Otra verdad a medias de parte de los gremios de docentes es que sí están haciendo todo lo que tienen que hacer, ¿pero cómo va a hacerlo alguien cuando escogió ser maestro porque no podía escoger otra profesión?

Tenemos que regresarnos unos años atrás cuando, según creo recordar, la Universidad del Valle realizó un estudio donde mostraba que quienes llegaban a la profesión docente lo hacían por razones que no tenían que ver directamente con su pasión o su deseo de enseñar. Estaba un gran grupo que entraba porque no había pasado el examen de admisión de otras carreras, otros la elegían por una cuestión de menores costos, pero el porcentaje de quienes habían elegido la licenciatura de manera consciente, que sabía de antemano las condiciones a las que se exponía, era el menor. Aunque suene políticamente incorrecto, debemos mirar las condiciones de los aspirantes a las facultades de Educación, si llegan a la carrera convencidos y si saben de las condiciones duras a las que se van a enfrentar para que no tengamos deserción ni tampoco docentes que califican la profesión como un “escampadero”.

Otro problema con la docencia es que las universidades están entrando en una competencia por producir patentes, escritos publicables en revistas indexadas, investigación, y la labor del docente en el aula cada vez es menos visible y menos importante. Es una cuestión que han señalado los medios de comunicación: el maestro tiene que estar produciendo, escribiendo, investigando, ¿pero dónde está el tiempo para la docencia?


PJ: ¿Qué ajustes tiene que hacer Colombia para superar estas fallas estructurales de su sistema de educación, y cuánto tiempo puede tardarse en resolverlas?
FAG: Es un problema macro, que requiere múltiples actores participando en su resolución, pero el primer paso tiene que girar en torno a los profesores. Creo que la formación docente en el país tiene que seguirse fortaleciendo unida a las condiciones laborales. Necesitamos, tal como sucede en Finlandia y otros países, atraer a los mejores egresados de los colegios para que ellos se formen y se conviertan en formadores, pero tenemos que volver ésta una profesión atractiva, no solamente desde lo académico –porque hay personas que quieren ser docentes, porque ven en ello una forma de crecer en la Academia, en lo humano, en lo personal–, sino también desde las condiciones económicas.

Por otra parte, tenemos que invitar al maestro de aula a la discusión sobre el sistema educativo; porque nos sobran “los expertos de escritorio”, y me parece terrible que muchas de las políticas en formación docente estén en manos de personas que nunca pisaron un salón de clase más allá de la universidad; es decir, no puedo formar al profesor de primaria sin nunca haberme desempeñado como profesor de primaria, jugándome un poco el prestigio con todo lo que significa estar allí. Hay que escuchar a los profesores bajo la condición de que su voz no esté mediada por lo político-estatal ni por lo político-gremial, sino por lo político-pedagógico –si puede denominársele así– por su voz como pedagogos.


PJ: Usted se posesionó en enero como decano de la Facultad de Educación de la Javeriana. ¿Cómo debe moverse la Universidad hacia ese norte ideal que acaba de ilustrar?
FAG: En varios niveles. En uno micro, cercano, la Facultad tiene que volver relevante la función de la docencia dentro de la universidad. Yo creo que la Javeriana sí reivindica al docente, pero tenemos que dar la pelea para que su figura no termine convirtiéndose en la de escritor de papers o solo investigador, sino que se reivindique su trabajo de aula: porque tiene que recibir en primer semestre a 20 jóvenes que aún no saben si ésa es realmente la carrera que quieren estudiar, porque debe recibir al alumno con grandes problemas en su casa y en su vida personal, y estar atento a su desempeño, etc.

A nivel de la ciudad, tenemos que participar más de las políticas distritales, y a nivel nacional, ser parte del diálogo educativo dando a conocer la tradición de la Facultad y de la Javeriana como tal, que es muy larga, muy fuerte, que se puede resumir en los valores de las cuatro C: ser educadores Competentes, Conscientes, Compasivos (solidarios) y Comprometidos, porque es un trabajo a largo plazo y debemos jugárnosla toda, porque nuestra profesión va a estar comprometida con nuestro proyecto de vida. Esas cuatro C, que fueron formuladas por el padre Kolvenbach, S.J., son nuestro aporte a un modelo pedagógico nacional.


PJ: A nivel personal, ¿cuál es su gran objetivo como Decano?
FAG:
Está ligado esencialmente a reivindicar la figura y la labor del docente. En tal sentido, como Facultad buscamos ampliar y consolidar nuestra oferta académica; asegurar la calidad de nuestros programas; gestionar el talento de nuestra comunidad; modernizarnos administrativamente, e incidir a nivel regional, nacional e internacional.  Otro de mis grandes objetivos es continuar con la labor de mi antecesor, el padre José Leonardo Rincón, quien inició un proyecto de facultad muy interesante, comprometido con los estudiantes, los exalumnos, los docentes, la  universidad y la sociedad.

El padre dejó un proyecto al que quiero darle continuidad, llevarlo hasta el final. Y, después de eso, nos pararemos en los hombros del gigante y seguiremos mirando hacia el horizonte. Por ahora tenemos puntos cruciales: ampliar la oferta académica, mejorar la calidad de nuestros egresados y docentes, y contribuir en la política pública del país.

Reformas puntuales para un mejor análisis

Reformas puntuales para un mejor análisis

Desde hace dos semanas, más de 8.500 estudiantes están dando una batalla silenciosa por mejorar el reconocimiento de Colombia a nivel internacional. A la par que el neurocirujano Roberto Llinás daba una multitudinaria conferencia en la XXXI Feria del Libro de Bogotá o Francia Márquez –la lideresa afro que ganó el Premio Ambiental Goldman, conocido como el ‘Nobel verde’, por su lucha social contra la minería– denunciaba amenazas contra su vida, esta multitud de jóvenes, estudiantes de colegios públicos y privados, comenzaba a representar al país en la edición 2018 de las Pruebas PISA, con las cuales se mide el nivel de calidad del sistema educativo colombiano frente al de más de 80 naciones en el mundo.

Su aplicación se inició el pasado 23 de abril y se espera que al 18 de mayo (día programado para su término) hayan participado, según datos del Ministerio de Educación Nacional (MEN), 8.539 estudiantes de 250 colegios elegidos en 25 departamentos y el distrito capital. Subir en la escala, a primera vista, es responsabilidad de niños y niñas que no superan los 15 años de edad.

Colombia participa desde 2006 en estas pruebas internacionales de carácter trienal promovidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, ver infografía). Los resultados de 2015 ubicaron al país en el puesto 57 entre 72 países participantes, siendo el colombiano el sexto sistema educativo con los más rápidos avances en la calificación. Por ejemplo, solo en la prueba de ciencias, se obtuvo una mejoría de 28 puntos frente a aquella primera prueba.

Sin embargo, este desempeño aún se mantiene alejado de los mejores resultados, incluso del promedio de la prueba o, para no ir tan lejos, de los estándares latinoamericanos, pues los resultados colombianos fueron los quintos mejores en la región.

Análisis Ed R

El desempeño se mide de acuerdo con tres áreas básicas que componen el núcleo de las pruebas PISA: ciencias, matemáticas y lectura (cada tres años se hace énfasis en una de ellas). Asimismo, se miden otros aspectos de tipo cualitativo, como el desempeño entre niños y niñas, la habilidad colaborativa para resolver problemas o la ansiedad de los estudiantes frente a las responsabilidades académicas, entre otros. En todos ellos pueden rastrearse las razones de peso que explican la distancia del sistema educativo colombiano con relación a otros países:

  • Los estudiantes provenientes de familias con menores ingresos tienden a no terminar el bachillerato.
  • Los mejores resultados en ciencias son de estudiantes de los colegios de estratos altos, con los laboratorios mejor dotados.
  • Colombia es el segundo país, detrás de Argelia, con el porcentaje más alto (43%) de estudiantes que perdieron año en primaria o secundaria.
  • Solo el 11% de los estudiantes con desventajas económicas pueden sobreponerse a esta situación y consigue mejores notas académicas.
  • El 6% de estudiantes colombianos no ve una clase de ciencias a la semana.
  • 24% de los estudiantes colombianos está matriculado en un colegio privado. Este porcentaje se encuentra por encima del de la OCDE, pero muy por debajo de países como Chile (63%) y Perú (31%).


Cuestión de estrategias

Los resultados de aquella prueba se hicieron públicos a finales de 2016 y la mayoría de las críticas se centraron en el bajo rendimiento de los estudiantes colombianos. Por ejemplo, el economista Ángel Pérez Martínez, investigador en temas educativos, resaltó la desventaja de los resultados nacionales en el área de ciencias: “El 49% no alcanza los resultados mínimos básicos para aprovechar el conocimiento cotidiano y los procedimientos elementales para identificar una explicación científica apropiada, así como interpretar los datos e identificar un diseño experimental simple. Tampoco pueden utilizar el conocimiento científico común para identificar una conclusión válida, a partir de un simple conjunto de datos y menos ser capaces de identificar preguntas que podrían ser investigadas científicamente”.

Quizás anticipando las críticas, Gina Parody, por entonces ministra de Educación, inició la entrega de material educativo en lectura y matemáticas basado en los modelos educativos de Singapur, Corea del Sur y Chile. La iniciativa distribuyó alrededor de 6 millones de libros, “adaptados al contexto colombiano”, en más de 4.000 colegios oficiales (según datos del DANE, en el país hay alrededor de 46.000 instituciones educativas públicas). “Estos nuevos textos marcarán la diferencia en el proceso educativo de nuestros estudiantes”, afirmó la funcionaria en marzo de 2016.

Simultáneamente, y desde inicios de la actual década, desde el MEN se han implementado diferentes programas para elevar el rendimiento escolar, principalmente en las instituciones educativas públicas, tales como:

  • Jornada única: En 2015 se extendió por dos horas la jornada escolar, buscando que los estudiantes invirtieran ese tiempo adicional desarrollando contenidos académicos. Según proyecciones del Gobierno, se buscó que 2,3 millones de niños estuvieran matriculados bajo esta modalidad para 2018.
  • Programa Todos a Aprender: Desde 2011 se implementó este programa para mejorar las prácticas pedagógicas y didácticas de los profesores de Transición a Quinto. Funciona con tutores que evalúan constantemente las competencias de los docentes; los datos oficiales muestran que, entre 2012 y 2017, abarcó 843 municipios y acompañó a 109.357 maestros (70% de establecimientos rurales).
  • Programa Supérate con el saber: Implementado desde 2012, evalúa constantemente las habilidades en matemáticas y lenguaje a partir de recursos digitales e interactivos. En 2017 participaron 1,6 millones de estudiantes de 1.023 municipios (desde este año incluye a alumnos de Segundo a grado Once).
  • Plan Nacional de Lectura y Escritura: En 2010 los Ministerios de Educación y Cultura crearon una estrategia para que los estudiantes incorporaran la lectura y la escritura en su formación. El programa incluye desde el fortalecimiento de las bibliotecas en colegios públicos hasta la formación de tutores de lectura, e incentiva la participación estudiantil en concursos nacionales de cuento.

Al ser consultados sobre estas iniciativas para mejorar la educación en el país, voceros del MEN le dijeron a Pesquisa Javeriana: “Los programas que adelanta el Ministerio buscan mejorar la calidad del sistema educativo del país y constituyen estrategias que están relacionadas con mejores desempeños en pruebas nacionales e internacionales, puesto que favorecen el desarrollo de distintas competencias de los estudiantes”.

Sin embargo, desde la Academia se ha criticado la eficacia de este tipo de iniciativas y su forma de implementación. “¿Es suficiente para entrar a la OCDE? No”, comenta Félix Antonio Gómez, decano de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. “Habría que analizar y estudiar esos resultados de las pruebas PISA con miras a un proyecto educativo de nación que aún no tenemos. Nuestro gran problema es que, en educación, seguimos teniendo políticas de Gobierno pero no de Estado. Más allá de haber mejorado o no, esos resultados deberían servirnos para definir una política de Estado. El que hayamos progresado no nos está diciendo mucho de si realmente eso es beneficioso, en especial con miras a un proyecto de país”.

Sobre este tema, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales ha resaltado la importancia de realizar un cambio profundo en la educación con medidas como vincular la educación a los planes de desarrollo nacionales y regionales, articular todos los niveles de educación con el sistema de ciencia y tecnología, renovar los modelos pedagógicos, garantizar una reforma curricular, reformular la política de formación de docentes, entre otras medidas.

Sus propuestas no solo buscan mejorar la calidad educativa en el país, también elevar el estatus de la ciencia y la tecnología para garantizar un mejor desarrollo económico de cara al postconflicto.

Análisis Ed Infograf


Las pruebas de 2018

Los programas implementados desde el Gobierno parecen encaminados a mejorar áreas puntuales del conocimiento, especialmente las evaluadas en la prueba PISA. Sin embargo, al ser consultado sobre este tema, el MEN respondió: “Según la OCDE, no se entrenan o preparan a los estudiantes para la presentación del estudio internacional PISA. Sin embargo, el organismo internacional permite la realización de estrategias para motivar a las instituciones y estudiantes en la presentación de estas pruebas”.

Concretamente para la de este año, donde la prueba de lectura será la que se evaluará con mayor énfasis, el MEN lanzó la “Selección Colombia PISA Fuerte”, un programa en alianza con la Fundación Carlos Slim, Claro Colombia, Computadores para Educar y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). El objetivo es familiarizar a los estudiantes seleccionados por la OCDE con la aplicación y respuesta de PISA; el eje central se basa en Prueba T, un aplicativo digital, donado desde México, para que los alumnos seleccionados mejoren sus capacidades de respuesta.

“Así como el fútbol conecta a todo Colombia, también lo hace la educación. Es un mensaje claro de que las selecciones nacionales unen a los países en torno a una meta y generan pasiones que hacen vibrar a la población, y eso representan los estudiantes que hacen parte de la prueba PISA. Este equipo de la educación está jugando por el país en las grandes ligas”, destacaron los voceros del MEN, cuya estrategia busca motivar a los alumnos utilizando como telón de fondo la participación del país en el Mundial de Fútbol Rusia 2018

Sin embargo, estos esfuerzos, aunque apuntan hacia un resultado concreto, podrían tener un alcance mucho más limitado de lo que se espera. “Como se aplican de forma aleatoria en un rango de edad, se puede esperar una mejora mínima”, dice el decano Gómez. “Pero, insisto, la mejora sería definir qué vamos a hacer con esos resultados, cómo hacer para que el maestro pueda participar en su interpretación. Si bien las facultades de Educación hemos tenido una voz en la discusión de esos resultados, no ha sido escuchada, y tenemos que generar más debate y más análisis”.

Posturas aparte, lo cierto es que hoy la responsabilidad de demostrar que tan preparados están los estudiantes colombianos recae sobre los más de 8.500 seleccionados que están presentando las pruebas PISA. Sin duda, llegan mejor preparados y puede que sus resultados sigan ampliando la mejoría del país en la medición. Pero es injusto depositarles esa colosal tarea solo a ellos.

Este año, y a partir de los resultados de 2015, la OCDE, en conjunto con la Fundación Santillana, publicó el estudio Competencias en Iberoamérica: Análisis de PISA 2015, con el que pretende ir más allá de los puntajes de la prueba para analizar el contexto de la educación en la región. Su recomendación es perseguir dos objetivos esenciales, garantizar el acceso a una educación de calidad y elevar las tasas de culminación de estudiantes graduados en secundaria, los cuales pueden alcanzarse mediante:

  • El aumento de la cobertura y la calidad educativas en los primeros años formativos (de Pre-Kínder a Transición) y en la primaria, especialmente en los entornos con mayores dificultades socioeconómicas.
  • Introducir programas para prevenir la pérdida del año académico y la deserción escolar.
  • Prestar mayores ayudas a los estudiantes de entornos socioeconómicos desfavorecidos para que permanezcan dentro del sistema educativo.
  • Reducir las distintas brechas académicas (de inversión en material escolar, instalaciones, preparación docente, etc.).
  • Elevar las expectativas de los estudiantes frente a sus logros académicos.

En síntesis, una labor más consciente por parte de la política pública y del Estado frente a su sistema educativo, que busque mejorías de fondo y no simplemente progresos en la medición del conocimiento impartido a sus estudiantes.


No se pierda los próximos 9 y 11 de mayo los artículos complementarios de nuestro informe especial a raíz de las pruebas PISA 2018. Acceda aquí a nuestra infografía en alta calidad.

El secreto de las estructuras de acero

El secreto de las estructuras de acero

Imagínese un examen de sangre sin agujas. Así se podría explicar lo que hace Federico Núñez. No tiene que ver con personas, sino con edificios, puentes y demás estructuras. Mientras estudiaba Vulnerabilidad Sísmica de las Construcciones, junto con otros colegas, se encontró con un antiguo fenómeno denominado ‘fatiga en acero’. “Yo pienso que ese puede ser el futuro del monitoreo de estructuras metálicas”, dice, explicando que, a través de sensores magnéticos, es posible determinar si la estructura está operando en rangos seguros o inseguros o si, por ejemplo, hay presencia de fisuras.

Para realizar el monitoreo de una estructura, los sensores clásicos requieren estar en contacto con ella, lo que implica raspar la superficie, quitar la pintura, dejar el acero desnudo y colocar el sensor, mientras que los sensores magnéticos no perjudican de ninguna manera las estructuras y ni siquiera es necesario estar en contacto con ellas para examinarlas.

Cuando era niño, a Federico le gustaban los edificios y decía que quería entender matemáticamente una estructura mil veces más grande que él. Este año, en colaboración con el ingeniero Camilo Otálora del Departamento de Ingeniería Electrónica, empezará desde casa y montarán en el edificio de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana sensores clásicos y magnéticos para monitorearlo por primera vez. Deseo cumplido.


Su puerta de entrada a la investigación

“Hay unas estructuras a las que no les puede pasar nada durante un sismo”, dice Federico, refiriéndose principalmente a los hospitales. “Esa fue una de las lecciones del terremoto de México de 1985”. Si un hospital se cae, se forma el caos absoluto. Pensando en eso, empezó una investigación como tesis de pregrado sobre la confiabilidad del Hospital Universitario San Ignacio en la que, a partir de la recolección de documentación, planos, geometría detallada y demás datos, concluyó que no estaba en las mejores condiciones para resistir un sismo.

“Yo no me atrevo a decir que el edificio va a colapsar, porque es difícil aseverar eso, pero sí es claro que después de un sismo fuerte ese edificio tal vez no se podrá utilizar como antes”, dice, comentando también que la Universidad Javeriana es consciente de ello y que cuenta con un plan –ya en acción– de renovación de los edificios del campus. Esta investigación fue reconocida como su tesis de grado y con ella empezó su vida como investigador. “Desde ahí me quedó gustando la investigación, tomar información, extrapolarse y sacar una conclusión a partir de datos”, dice.

La pasión de Federico Núñez por las estructuras viene desde su infancia.
La pasión de Federico Núñez por las estructuras viene desde su infancia.

Después del hospital la siguiente parada fueron los puentes colombianos. Participó, como joven investigador en 2004, junto con profesores del Departamento de Ingeniería Civil y con la dirección del ingeniero Édgar Muñoz en el estudio de vulnerabilidad sísmica del puente César Gaviria Trujillo y el puente de Cajamarca. Mientras que vieron que el primero estaba muy bien, el segundo presentaba algunos problemas que en el futuro imposibilitarían el creciente tráfico cotidiano. Gracias a eso, el Instituto Nacional de Vías(INVIAS) tomó la decisión de hacer otro puente allado. Posteriormente escribieron un libro llamado Ingeniería de puentes ganador en 2013 del Premio Nacional de Ingeniería Diódoro Sánchez, y aunque el diploma original reposa en algún lado de la Universidad que Federico desconoce, él guarda con orgullo una copia en su oficina.

La vida de Federico ha continuado como una constante suma de esfuerzos y triunfos, en la que también llegó a la docencia. “La academia siempre ha sido cercana a mí, porque mis papás son profesores y yo he visto en ellos ekgozo de enseñar”. Ese gozo se manifestó en el reconocimiento que sus estudiantes le otorgaron como profesor destacado en 2016. De su receta del éxito revela cuatro ingredientes: fe; paciencia infinita, pues, como aprendió de uno de sus profesores, la ciencia es quisquillosa; prudencia, porque es mejor reportar resultados probables que absolutos, y liberación de egos, porque considera que para hacer investigación y avanzar es importante ayudarse de otros.

La Claraboya | Episodio 8: Indigenismo

La Claraboya | Episodio 8: Indigenismo

¡Bienvenidos de nuevo!

Hoy queremos presentarles una nueva temporada de nuestro podcast La Claraboya, donde continuaremos con la tarea de hablar de ciencia para todos lo que nos somos expertos en ella.

En esta ocasión les presentamos una crónica sobre Indigenismo, el recital de los investigadores javerianos Carolina Plata (soprano) y Luis Gabriel Mesa (pianista y musicólogo), que rescata las composiciones académicas en lengua indígena, una iniciativa nacionalista que surgió en el siglo XIX para impulsar a las incipientes naciones latinoamericanas en su camino por consolidarse como estados independientes.

La obra recoge composiciones mexicanas, costarricenses, venezolanas, peruanas, bolivianas y chilenas, en un esfuerzo no solo por rescatar su valor cultural sino por presentarlas en una nueva época. Se trata de canciones escritas originalmente en español y en lenguas indígenas, como el quechua, náhuatl y mapundungún.

Indigenismo se presentará el jueves 3 de mayo, a las 8:00 de la noche, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Javeriana da la bienvenida a nueva rectora de la Nacional

Javeriana da la bienvenida a nueva rectora de la Nacional

El próximo miércoles 2 de mayo se posesiona la investigadora Dolly Montoya Castaño como nueva rectora de la Universidad Nacional de Colombia. Es la primera mujer que llega a ese cargo en los 150 años de esta institución pública colombiana.

Cuando termine su mandato, o sea, en 2021, Montoya espera dejar “una universidad que haya rescatado nuestra cultura institucional de trabajo colectivo”, y consolidar una Red de cultura, ciencia y tecnología para la paz activa “porque hay que bajar [la paz]de los escritorios a los territorios”, dice.

Trabajará por erradicar la corrupción del ADN de muchos colombianos, para lo cual propone una red que piense y proponga una educación centrada en el estudiante más que en el maestro desde los primeros años escolares. Una red que trabaje para “desarrollar en todos los estudiantes del país actitudes ciudadanas en un medio de innovación, siempre cambiando y transformando”.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, dijo que asume “una responsabilidad enorme no solo con la universidad sino con el país y con el mundo. Somos un proyecto cultural de Nación”.

Montoya ha estado en la Nacional durante 35 años. Creó y dirigió el Instituto de Biotecnología (IBUN), tema al que ha dedicado su quehacer profesional. Esa iniciativa implicó aprender a conseguir fondos de cooperación internacional, crear grupos interdisciplinarios e interfacultades, diseñar y armar más de 16 laboratorios, entre otras labores. También ha ocupado cargos administrativos como Vicerrectora de Investigación, donde se dedicó a armonizar las tres funciones misionales de la Universidad –investigación, docencia y extensión–, lo que ella denomina “arquitectura organizacional”, y buscó hacerlo no solamente desde el nivel central sino con el aporte y la actividad de las sedes en todo el país. Uno de los logros que destaca es la gestión para crear el Centro de Excelencia en Geociencias, en colaboración con el Servicio Geológico Colombiano (SGC) y la creación de “25 centros de pensamiento donde se reúnen profesores para pensar problemas nacionales y hacer política pública”.

Como buena investigadora, cree en la investigación científica. Propone “soportar la investigación básica de manera fuerte porque de ahí sale la innovación disruptiva; los grandes descubrimientos se hacen en los laboratorios, los que cambian los paradigmas de la sociedad”, y menciona el diseño de hamacas y carpas contra rayos, una innovación reciente de la Nacional que obtuvo dos patentes por los dispositivos insertados en su tejido con el fin de desviar las corrientes eléctricas y proteger a quienes las usan.

“Si no hacemos investigación básica no podemos hacer desarrollo tecnológico ni podemos hacer innovación”. Reforzó su respuesta así:

El Congreso de la República inicia el próximo jueves 3 de mayo un debate sobre la propuesta de Iván Darío Agudelo Zapata, representante a la Cámara por el Partido Liberal, de crear el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

La profesora Montoya no está muy convencida de la necesidad de crearlo: “¿Qué ganaríamos? Lo primero es ponernos de acuerdo en lo que queremos hacer. Yo creo que es la voluntad de los pueblos la que define qué hacer, la voluntad de los equipos y actores para construir. Primero saber qué hacer y luego qué estructura montar”.

Esa respuesta llevó a a la pregunta: ¿Cómo convencer a los tomadores de decisión de la importancia de la ciencia, la tecnología y la innovación?

Y remata: “Convencer a los tomadores de decisión a través de proyectos, no de carreta ni de críticas. Tenemos tantos y diversos problemas de acuerdo con la región que, por lo menos, debemos establecer unos con fuerza nacional para poder hacer desarrollo económico también”.

Inicia pues una nueva era en la Universidad Nacional de Colombia con visión femenina. Es la segunda vez que Montoya participa en las elecciones para Rector y pasará a la historia como la primera mujer elegida para el cargo. “Serán tres años como rectora, pero lo importante es sembrar semillas y que ellas vayan germinando”.