El viajero del conocimiento

El viajero del conocimiento

Los años 80 comenzaron para Andrés Etter con el peso de una revelación. Por entonces se encontraba en el municipio de La Loma, en Cesar, estudiando el impacto ambiental que tendría la futura operación carbonífera de la Drummond Ltd. Colombia, cuando se convenció de que su conocimiento era aún muy restringido para entender esos problemas. Si pretendía medir la verdadera huella del ser humano y sus actividades sobre los ecosistemas, tendría que ir más allá y ampliar sus conocimientos de biólogo; sería necesario consolidar y aplicar la visión sistémica, método que había aprendido de Arthur Simon, uno de los profesores que más lo había marcado. La representación geográfica, la historia y los mapas siempre lo atrajeron, por eso debía aprender de geografía y de manejo de datos espaciales y convertirse, nuevamente, en estudiante.

“En la biología que nos enseñaron, la acción del hombre se veía como algo separado de los sistemas biofíscos, como del ámbito de las ciencias humanas, lo que me parecía contradictorio porque cada vez me daba más cuenta de que la expresión de la naturaleza respondía a las interacciones del hombre”, resume. Esa convicción lo llevó, primero, al Centro Interamericano de Fotointerpretación (CIAF), organismo en convenio con la Universidad Nacional, liderado por profesionales holandeses, dedicado a la cartografía, los estudios de suelos y la vegetación basados en sensores remotos, como fotografías aéreas o imágenes satélitales. Y allí, en medio de coordenadas, accidentes geográficos y de nociones del concepto de paisaje, encontró los trazos de su destino.

El camino lo condujo a Holanda, donde estudió la Maestría en Ecología del Paisaje, la primera parada del viaje intelectual que se había propuesto. A su regreso, aquel muchacho de 27 años, tímido pero aplicado, se convirtió en profesor de estudiantes internacionales (brasileños, mexicanos y de otras latitudes), muchas veces con una experiencia que él apenas comenzaba a construir. “Ahí aprendí a relativizar y poner en contexto mis conocimientos, a valorar la experiencia de otros y la necesidad de escuchar. La ciencia es base de conocimiento progresivo”, comenta. En las clases vislumbró un vacío en las aproximaciones de estudio del territorio, que podrían integrarse dentro de las nociones de la ecología del paisaje. Entonces, supo que debía dedicarse a su promoción, divulgación y aplicación.

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Aquella convicción, que se ha convertido en el sello de su trayectoria académica, de alguna manera la había intuido ya desde su niñez. Andrés Etter tuvo el privilegio de conocer el país al lado de su familia y de su padre, un empresario suizo que echó raíces en Colombia y que entendió que la mejor forma de mostrarles el país a sus hijos era viajando: sus vacaciones transcurrían entre los cerros orientales, el altiplano cundiboyacense, las sabanas llaneras o las playas del río Guaviare, donde su familia acampaba. “Hablando con mis compañeros de colegio, me sorprendía que eso fuera inusual. En ese momento, conocer el país pocas veces iba más allá de ir a la playa o a una finca”.

El profesor Andrés Etter ha publicado más de 80 escritos, entre artículos, capítulos de libros, libros y decenas de mapas ecológicos.

Esas experiencias se fortalecieron mucho por el legado y los escritos de El Dorado, de su bisabuelo materno, Ernst Rothlisberger, y por la amistad de su abuelo Walter, que le abrió los ojos a la historia. La educación y las lecturas promovidas en el Colegio Helvetia, donde estudió, alimentaron su curiosidad: desde las obras de Albert Camus, Eduardo Caballero Calderón, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, hasta las biografías de grandes personajes del siglo XIX, como Napoleón, Simón Bolívar o Alexander von Humboldt. Todas incidieron en su constante interés por aprender más y contrastar lo que estaba escrito con lo que sucedía en el mundo real.

Fue la misma sensación que experimentaría en la universidad, cuando, a finales de los años 70, interrumpió sus estudios de biología en la Universidad de los Andes para irse a los llanos orientales. Después de viajes y encuentros con la naturaleza, ubicó un refugio intelectual en Villavicencio junto al herpetólogo y naturalista alemán Federico Medem, quien escribía por entonces sus libros sobre los cocodrilos colombianos. Etter se convirtió en su asistente de investigación, con acceso a una biblioteca llena de ediciones originales de libros de viajeros naturalistas como Spruce, Bates, Wallace y Schultes, y a los recuentos de sus viajes y conversaciones que acababan en la madrugada, acompañados de tinto y cigarrillo.

La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia, ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.
La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia,
ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.

Allí comenzó a entender que no lo comprendía todo, que ese país exuberante era mucho más intrincado de lo que creía. Lo supo en sus viajes posteriores a la Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Tumaco, Guajira, por los Andes y, nuevamente, por la Amazonia. Y lo reafirmó más tarde con sus primeras clases: para aportar, era necesario seguir conociendo y estudiando.

El siguiente paso lo daría en conjunto con su hoy amigo y colega Francisco González, quien en 1989 lo invitó a integrarse a la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo y visión contribuyeron a consolidar la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, donde se ha dedicado a enseñar y poner en práctica la ecología del paisaje. En esta nueva etapa investigó con un equipo interdisciplinario sobre aquel país que recorrió en su juventud, principalmente liderando proyectos de desarrollo regional en la cuenca del río Chicamocha (al norte de Boyacá), en los parques nacionales de la Amazonia, aportando en la fundación del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, y construyendo el primer Mapa de Ecosistemas de Colombia.

Este sería el primer insumo para su obra, que cristalizaría tras culminar el Doctorado en Ecología en la Universidad de Queensland, en Australia. Se trata de la modelación de la transformación histórica de los ecosistemas colombianos, trabajo que requirió la elaboración de mapas ecológicos del país desde el año 1500 hasta la actualidad con ayuda de documentos históricos y fuentes empíricas actuales, revelando que las principales amenazas se ciernen sobre la costa Caribe, la cuenca seca de los Andes y los bosques andinos. De ellos resultó la Lista Roja de Ecosistemas Colombianos, iniciativa apoyada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que busca medir la huella del desarrollo humano sobre el medio ambiente, elaborada junto a estudiantes graduados en ecología de su facultad.

La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.
La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.

“En estos tiempos del Antropoceno necesitamos ser doblemente responsables con lo que hacemos, porque tenemos evidencias claras de los impactos humanos en el funcionamiento del sistema global, por lo que está en nuestras manos manejar bien el medio ambiente para nosotros y los demás seres vivos”, asegura Etter, quien, por su trabajo, ha recibido distinciones como la Mención de Honor del Premio Nacional de Ciencias, otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, o el Premio Vida y Obra al mejor investigador otorgado por la Javeriana.

Amante de la obra del pintor francés Paul Gauguin y de la música clásica, se considera un académico apasionado y un viajero dedicado que hoy, junto con su esposa Isabel y su hijo Alejandro, sigue los pasos familiares de acampar en los páramos, a orillas de los ríos de Guaviare y Guainía, o los desiertos australianos.

En ellos se esconden claves del conocimiento. “Siempre les digo a mis estudiantes que el hecho de salir graduados de aquí no los hace depositarios de la verdad, pero sí personas con un conocimiento mayor al promedio de la población, lo cual los obliga a hablar y opinar responsablemente, siempre con base en evidencias y no con opiniones emocionales”.

Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

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El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

La infancia y la juventud de Flor Edilma transcurrieron en el campo, en un pueblo de Boyacá llamado Turmequé, donde el estallido de las mechas de pólvora se mezcla con los gritos de felicidad de quienes juegan tejo, el deporte nacional de Colombia. En aquel lugar, lo entendería muchos años después, vivió medio aislada de lo que ocurría realmente en Colombia. Eso la llevó a pensar que este país está lleno de pequeños archipiélagos que paradójicamente no han sido tocados por la violencia. “Yo estoy convencida de que eso marcó mucho mis opciones posteriores, como pensar en estudiar e investigar los procesos rurales”, dice. “Yo tengo metido, afectivamente, el mundo rural en mi cabeza, el mundo campesino”.

Es la menor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un solo hombre; estudió en la Normal, y apenas se graduó, muy jovencita, empezó a trabajar muerta del susto en una escuela rural en Tota. A pesar de que su experiencia como maestra rural duró poco porque se casó y rápidamente llegaron los hijos, percibió las contradicciones frente a la valoración del campo. “El deber ser es la ciudad, es como si el campo fuera un karma que hay que pagar para después ser trasladado a la ciudad, esto elimina todo el potencial. Muchos olvidan que el maestro es quien puede abrir horizontes a los niños, no necesariamente para que se vayan, sino para que la vida en el campo tenga un sentido”. Y como justamente para la investigadora el campo tiene sentido y muchas posibilidades para que el país tenga un mejor desarrollo, se ha dedicado a estudiarlo, a entenderlo más allá de la visión catastrófica y negativa que, según ella, los medios le han asignado, una “geografía rural hecha a punta de violencia”.

Al tener dos cosas claras, trabajar con la gente y la pedagogía, decidió estudiar Trabajo Social en la Universidad de La Salle. Esta carrera le abrió el espectro académico sin olvidar lo rural. Al graduarse, empezó a trabajar en el episcopado colombiano cuando sucedió el desastre de Armero. “Se requiere mucho trabajo comunitario, un desastre es algo muy fuerte en términos de reconstruir. Volver a empezar es muy difícil, establecer los nexos de la gente, enseñar qué es el futuro después de esos dramas tan duros”.

“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.
“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.

Durante un tiempo, la profesora Osorio también trabajó con una organización evangélica llamada Visión Mundial, en un plan padrino para ayudar a poblaciones vulnerables; sin embargo, su deseo de seguir estudiando la llevó en 1990 a empezar una maestría en Desarrollo Rural en la Pontificia Universidad Javeriana. Este espacio le abrió las puertas al campo académico y, gracias a la socióloga Edelmira Pérez, quien lideró muchos procesos en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, empezó su trabajo de docencia e investigación. Retomó sus inquietudes frente a la migración, pero fue el profesor Santiago Rojas quien la puso en contacto con un problema que estaba bastante escondido pero muy fuerte: el desplazamiento forzado.

“Mucha gente del Meta pertenecía al Partido Comunista, campesinos que militaban y eran desplazados y asesinados. En aquel entonces el problema del desplazamiento no era evidente. Yo en mi tesis de maestría alcancé a registrar afirmaciones de César Gaviria que decían: ‘Nadie está obligando a la gente, la gente se va porque está buscando un bienestar’. Claro, estaba pasando toda la guerra sucia contra la gente de la UP, entonces asesinaban y asesinaban mientras las noticias decían que eran cosas sueltas. Para mí esa fue una lección”, recuerda. Empezó a trabajar el desplazamiento forzado cuando todavía no era una problemática reconocida. En este contexto surge el grupo de investigación Conflicto, Región y Sociedades Rurales.

“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.
“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.

Con un doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Université Toulouse-Le Mirail, si algo ha aprendido Flor Edilma de los trabajos realizados con comunidades rurales (desde Córdoba hasta Caquetá) ha sido a no simplificar el análisis ni las respuestas. “Es muy jodido intervenir, aplicar una política, el trabajo con la gente no es fácil. Como grupo hemos aprendido cuáles son las diferencias regionales de historias, de contextos. Uno a veces simplifica lo rural, pareciera que lo complicado es lo urbano, pero lo rural tiene un montón de aristas, de actores, de historias, entonces yo creo que ahí le dimos solidez a ese proceso de investigación”. También ha llegado a la conclusión de que una de las cosas más dolorosas de la guerra es la soledad, esa soledad de estar lejos, expuesto a que lo amenacen y que a nadie le importe. Después de todo, “¿uno quién es en el campo?”, se pregunta. “Yo a veces sentía que lo de la universidad era tan inútil frente a las cosas que demandaba el país, sentía que no estábamos haciendo nada; sin embargo, la gente del campo nos decía: ‘gracias por estar aquí, ustedes están con nosotros y eso nos da energía, nos sentimos apoyados’. Entonces, si esa presencia de la universidad sirve, pues chévere”.

Como reconocimiento a su destacada trayectoria como investigadora, la profesora Flor Edilma ha sido nombrada como presidenta del XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, a celebrarse del 12 al 15 de septiembre de 2017.

De las cosas que más disfruta de la docencia es la dirección de trabajos de investigación, sencillamente porque es una relación uno a uno. “Ser profesor de alguien que toma sus decisiones, pero que uno acompaña, eso me parece súper bonito”. Y es que la admiración que ella siente por sus alumnos es tan grande que, aprovechando su año sabático, decidió crear una página web, con la ayuda de su hija, para publicar los trabajos de la clase de Problemas Rurales, donde recoge las experiencias de la gente del campo en materia política. “Yo creo que la esperanza del mundo rural no viene del Gobierno o de otros, viene con la fuerza de la gente. Con frecuencia creemos que la gente en el campo está esperando a que le den todo, que no se mueve porque es apática, pero hay un montón de experiencias de distintos alcances que demuestran que la gente tiene capacidad crítica y que hace un montón de cosas, que se esfuerzan por romper el miedo, que exigen reivindicaciones y eso a mí me parece esperanzador”.

“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.
“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.

Como suele ocurrir, las personas regresan a sus orígenes, por eso ella, que en 2015 recibió el Premio Bienal a la Investigación Javeriana, Vida y obra en el área de Ciencias Sociales, ahora vive en el campo, asumiendo el desafío de construir caminos que den continuidad a su experiencia académica, al tiempo que disfruta de las bondades de la vida rural.

Juan Ferro (colega de la universidad).
“De ella valoro mucho su perseverancia, su constancia en temas muy relevantes para nuestro país: el desplazamiento forzado, la problemática rural en general, el conflicto armado y de género. Lo interesante en estas investigaciones es que ella tiene facilidad para producir material escrito que dé cuenta de cada uno los procesos trabajados. Algo muy especial en ella es que tiene una buena manera para acompañar el trabajo de los estudiantes. Es una profesora muy completa por sus habilidades para la docencia, la investigación y la extensión, que son las tres principales actividades nuestras. Por todo esto, la profesora Flor Edilma fácilmente se gana el respeto”.

 

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Su amor por la naturaleza nació espontáneamente y fue, como dice él, el resultado de su insaciable curiosidad. “Hace muchos años tuve varios hobbies, pero observar la naturaleza es el único que sobrevive. Adentrarme en los bosques absorbió todo lo demás. Lo único que me interesa es salir a ver qué están haciendo los pájaros”.

Esa pasión por estudiar la biodiversidad hizo que, en 1994, junto con su esposa y colega Carolina Murcia, se vinculara a la Wildlife Conservation Society para desarrollar un programa de investigación y entrenamiento para la conservación de la biodiversidad en Colombia. Durante 13 años entrenaron a alrededor de 50 jóvenes investigadores y conservacionistas en bosques andinos en Colombia. El programa tenía su centro de operaciones en la cuenca del río Otún en Pereira, funcionó con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda y de la unidad de Parques Nacionales Naturales, con financiación de la Fundación MacArthur.

Investigador y verdadero maestro definen al profesor de la Carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana Cali Gustavo Kattan, lo que lo ha hecho merecedor de importantes reconocimientos, como el Biotropica Award for Excellence in Tropical Biology Conservation de la Association for Tropical Biology and Conservation.

Sus inicios en la investigación

Estudió Biología en la Universidad del Valle y se orientó hacia la ecología. Fue en su pregrado donde se enamoró de las aves, por influencia del profesor Humberto Álvarez, con quien empezó a estudiarlas, al igual que el comportamiento general de los animales. “Uno se contagia de la pasión de los profesores y, en la medida en que se empiezan a estudiar los problemas científicos relacionados con la biodiversidad, lo ‘pica’ la curiosidad”.

Recuerda una frase de uno de sus profesores de pregrado, quien decía que “hacer investigación es sostener una conversación con la naturaleza”, pero, añade, “hay que aprender a conversar con ella, hacer la pregunta correcta y saber interpretar la respuesta”.

Para hablar con la naturaleza, el profesor Kattan sale cada semana a caminar con ropa cómoda que le permita mimetizarse entre los paisajes que recorre. Entre sus sitios favoritos están el kilómetro 18 y La Teresita, ubicada en los Farallones de Cali, sitios que conoce como la palma de su mano. “Casi sé dónde está cada árbol”, dice. A veces sale a caminar solo para no distraerse, porque le gusta conversar con los árboles, saber cómo están, y preguntarles a los pájaros qué están haciendo. “Para hablar con la naturaleza hay que entender lo que dice”. Aunque a sus salidas de campo va con su cámara, confiesa que es pésimo fotógrafo, pero buen dibujante, un pasatiempo que ha dejado, pero que espera retomar.

“Dibujo lo que voy viendo en mis recorridos, sobre todo las aves, porque los escarabajos me quedan feos”. Muchos dibujos los hace de memoria, tratando de recrear —con trazos de lápiz y tiza pastel— cada detalle del animal.

Taxonómicamente, dice, las aves son el grupo más estudiado y, sin embargo, lo asombroso es que todavía se siguen encontrando especies nuevas. Cuando se refiere a ellas, sus ojos brillan y la emoción contagia a su interlocutor. Le fascinan por su majestuosidad y quisiera volar como ellas. Pero hay algo que las hace todavía más asombrosas y es que, según el investigador, las aves son dinosaurios. Entonces, estos no se extinguieron.

“Una de las características más importantes de las aves son las plumas; es el único grupo de animales que las poseen. En las últimas dos décadas se han descubierto fósiles muy interesantes, sobre todo en China, donde se han encontrado dinosaurios con plumas. Entonces las aves son un linaje de dinosaurios que sobrevivió”, explica el biólogo, ahora convertido en ornitólogo.

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En 1984 se fue a la Universidad de Florida a estudiar la maestría en Zoología y obtuvo el doctorado en la misma área y la misma universidad, en donde investigó sobre el comportamiento animal desde la ecología conductual en un marco evolutivo. Hizo un estudio sobre un fenómeno social denominado parasitismo de crianza en las aves. Hay un 2% de especies de aves que no crían a sus polluelos, sino que parasitan otras aves, es decir, ponen sus huevos en otros nidos y son otras aves las que se encargan de criar los hijos ajenos hasta que crecen y se independizan.

En 2008 se vinculó a la Universidad Javeriana Cali, en donde tuvo como principal objetivo trabajar en la estructuración del programa de Biología, el cual inició en 2009. El programa tiene el sello de este investigador. Durante su periodo como director, del 2009 al 2012, impulsó las actividades académicas extracurriculares como mecanismo para que los estudiantes aprendan entre ellos y se emocionen por su carrera.

Kattan se ha dedicado a estudiar los bosques de las montañas de los Andes. Actualmente investiga los árboles llamados higuerones, importantes en los bosques tropicales por su producción permanente de frutos, lo que los hace una pieza clave para la alimentación de la fauna, especialmente de aves y mamíferos. Estos árboles pueden dar respuesta a la conservación y restauración de los bosques tropicales.

Su personalidad introvertida le ha servido para concentrarse en la investigación, por lo que Colciencias lo ha clasificado como ‘investigador senior’. Es un apasionado por la lectura y devora principalmente libros de ciencia. Su autor preferido es el biólogo Bernd Heinrich, con el cual se siente identificado. “Es otro entrometido como yo, no puede ver a un animalito porque quiere saber qué está haciendo. Se puede gastar páginas enteras explicando cómo un escarabajo abre un hueco y uno está emocionado leyendo”.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

 

 

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Ángela Calvo de Saavedra. La verdadera filosofía es conversación

Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra
Caricatura de Ángela Calvo de Saavedra

Rodeada de sus ocho gatos persas, de libros, de los recuerdos que abundan en el caserón inglés estilo Tudor donde nació y donde espera vivir hasta el último día, Ángela Calvo piensa que, si algo no ha dejado de hacer desde que se graduó como filósofa de la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido dictar clase. Por eso si alguien le pregunta quién es Ángela, ella responde sin dudarlo: “¡Yo soy maestra!, a ello he dedicado mi vida desde 1981”.

Su vocación pedagógica se remonta, por un lado, al ambiente culto que respiraba en la familia tradicional bogotana en la que creció; por el otro, al San Patricio, el colegio donde estudió: “un lugar fantástico que marcó mi estilo de vida, mi manera de pensar”, dice. Allí valoraban las humanidades y, en particular, la tarea del educador y así decidió estudiar filosofía y letras. “Me encantó el mundo de las preguntas por la existencia, la cuestión ético-política que, de hecho, ha sido el eje de mi trabajo académico”.

Desde que entró a la Javeriana como estudiante se sintió en casa, y por eso ha permanecido allí hasta la actualidad. Era la década del setenta, una época marcada por Mayo del 68, cuando era crucial la pregunta sobre el papel del intelectual en la transformación de la sociedad, tanto para estudiantes como para docentes. “Mis profesores eran muy generosos con el saber, con la bibliografía, y si bien eran autoridades en sus temas, mantenían una relación muy cercana con los estudiantes. La coyuntura política de aquel entonces invitaba a que los filósofos fuéramos muy activos y participativos, y el escenario idóneo era el entorno universitario. Vivíamos una época de entusiasmo y compromiso con las posibilidades de la filosofía. El maestro no se enfocaba tanto en la investigación, sino en el pensar, en conversar y debatir, y yo debo reconocer y agradecer que tuve maestros realmente excepcionales”. Maestros que a través del diálogo le enseñaron que la filosofía hay que mirarla en el conjunto de la cultura, no como algo que surgió “de unos genios que se encerraron a escribir y a inventar el mundo”.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

De sus años como estudiante conserva en su memoria el testimonio de personas apasionadas por la enseñanza de la filosofía. En sus palabras, destaca “los aportes de mis colegas y amigos de la Facultad de Filosofía”, y recuerda con especial cariño y admiración a Fabio Ramírez S. J., Gerardo Remolina S. J., Jaime Barrera, Alicia Lozano y, especialmente, a su gran mentor y amigo, Guillermo Hoyos. Este último fue su maestro de pregrado y, años después, su director de tesis doctoral. Con él dictó durante diez años, hasta poco antes de su muerte, un seminario a dos voces sobre filosofía moral y política.

El diálogo entre profesores y estudiantes estaba iluminado por los grandes pensadores de la tradición filosófica, y fue allí donde surgió el encuentro apasionante con David Hume. “A Hume llegué porque cuando empecé a hacer mi tesis doctoral, que la hice por gusto, no por una exigencia laboral, Guillermo Hoyos me dijo: ‘Mira, podríamos trabajar a Habermas pero tú no hablas alemán’. ‘Y no voy a aprender’, le contesté. Entonces me dijo: ‘hay que buscar un autor que tú puedas leer en su lengua original’. Cuando en mi pesquisa encontré a este filósofo escocés, me emocioné enormemente y supe que sobre él sería mi tesis. No era un autor muy trabajado, no lo es todavía”.

De Hume le atrajo descubrir cómo la verdadera filosofía es conversación y tiene un papel fundamental en la configuración de ciudadanía, idea que le pareció poderosa y atractiva. A través de él se percató de la importancia de la sensibilidad moral, de los sentimientos y las emociones en la ética y la política. En vista de que la bibliografía en español era poca, decidió viajar a Inglaterra como investigadora invitada por el Birkbeck College de la Universidad de Londres, allí pasó días enteros a punta de agua y manzanas en la British Library y en el Senate House. De sus visitas quedaron múltiples cuadernos que hoy son para ella verdaderas joyas. Esta tarea la complementó en la biblioteca Lamont de Harvard, un lugar que la hizo sentir en el topus uranus.

“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”
“Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”

La elaboración de su tesis duró diez años, un tiempo que para muchos puede ser una exageración pero que para ella apenas fue el necesario para conocer en profundidad al autor. “Tenía clarísimo que tenía un nombre que cuidar y por eso le puse a este trabajo todo mi corazón, como si fuera la obra de mi vida; había, quizás, un poco de orgullo”, dice. La tesis, El carácter de la ‘verdadera filosofía’ en David Hume, que concluyó hace cinco años, fue laureada y por ende publicada en 2012 en la Colección Laureata; así mismo, mereció en 2013 el Premio Bienal al Investigador Javeriano. Su participación en la Hume Society fue decisiva en la elaboración de este trabajo, la cual, en 2014, la eligió como miembro del Comité Ejecutivo, distinción que pocos profesores latinoamericanos han obtenido.

Un dato curioso es que la dedicatoria de la tesis dice: ‘A mis estudiantes’, pues, como ella dice, “sus voces han sido determinantes en la consolidación de mi pensamiento”. Ellos han gozado sus clases tanto como ella, los ha motivado con la idea de que la filosofía se deje escuchar en el concierto de la vida cotidiana. “Si la filosofía no nos permite vivir de una manera más razonable, es poco lo que pueda aportar”, les ha dicho una y otra vez en clase.

Al observar el conjunto de su vida como profesora, Ángela Calvo no duda en afirmar que ha sido feliz, pues ha tenido la fortuna de trabajar en algo que la satisface plenamente. Durante todos estos años, nunca enfrentó el dilema entre trabajo y familia; siempre ha tenido el tiempo suficiente para preparar bien sus clases, para calificar en detalle los trabajos de los estudiantes y para ser buena esposa y una excelente mamá. Su esposo le ha ayudado a que todos sus proyectos salgan adelante, por algo en los agradecimientos de su tesis doctoral dice que “si no hubiera sido por la inteligencia práctica de Germán, probablemente ni la tesis ni la casa, esta casa que tiene 80 años, hubieran sobrevivido todo este tiempo”. A sus hijos les inculcó la autonomía, la libertad, los dejó andar solos y los mimó bastante porque, después de todo, opina que “la vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”.

“En síntesis, parafraseando la canción My Way, podría decir que he vivido a mi manera, y la verdad, son muchas menos las cosas de las que tengo que arrepentirme que las que tengo que agradecer en este período de trabajo que ha sido maravilloso”, concluye la profesora Ángela mientras uno de sus gatos le acaricia una pierna con su cola y se va.

Pasión, entrega, honestidad y vocación definen, en palabras de sus familiares y amigos, la carrera de Ángela Calvo

Germán Saavedra (esposo)

Es una persona de una honestidad proverbial en todo sentido: en términos morales, éticos, sociales, económicos. Desde el punto de vista académico le admiro su rigor, su perseverancia, cosa que no es fácil. Ella se sienta a las 9 a.m. y se levanta a las 2 p.m. de su mesa de trabajo, y si es por las noches, por las noches. Dentro del hogar, resalto su amor incondicional por la familia.

Carolina Saavedra (HIJA)

Es una mujer admirable por su capacidad de generar pensamiento y su compromiso con enseñar, investigar y con la filosofía. Me parece una afortunada por poder hacer lo que ama desde hace tantos años y de disfrutarlo, tanto así, que su trabajo no se percibe como un trabajo que implica cansarse, esfuerzo y desgaste, sino que implica pasión y energía, disposición e interés.

El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
El matrimonio de Germán Saavedra y Ángela Clavo, décadas de conversaciones y gran comprensión.
Juan Samuel Santos (Estudiante y, actualmente, profesor de la Facultad de Filosofía de la Javeriana)

Ha sido una guía en mi carrera; ella me ayudó a encontrar qué temas y qué autores estudiar, de qué forma estudiarlos y la importancia de esos autores y esos temas para hacerme una carrera en la Filosofía. Ha sido una compañera cuando entré a la Facultad de Filosofía como profesor. Y ha sido una amiga con quien he compartido varios episodios de mi vida. La enseñanza más valiosa que aprendí de ella fue a leer con mucha atención a los autores, ser paciente con ellos y con los textos.

Fabio Ramírez (Amigo personal, colega, director de la Biblioteca Mario Valenzuela)

Describir a una persona a la que uno quiere mucho es muy difícil; sin embargo, lo que más destaco de ella es el ser maestra, ella capta a los estudiantes, les dice lo que es importante decirles, les ayuda en la dirección de sus estudios, es una gran maestra. Es una persona que no se calla nada, ella es miembro del Consejo Directivo y yo creo que logra que la oigan sin necesidad de pelear, es muy clara en sus ideas y las dice sin miedo. Ella es uno de los puntos de referencia de la Facultad de Filosofía y, en buena parte, ella es la continuidad de la presencia de Guillermo Hoyos en la universidad.

Gerardo Remolina (Ex rector de la Pontificia Universidad Javeriana y profesor de Filosofía)

En Ángela Calvo admiro su profunda calidad académica y humana, que le han merecido de parte de la Universidad el premio Vida y Obra de una gran maestra. Aprecio profundamente su vocación universitaria e investigativa, la constancia y profundidad en sus trabajos filosóficos y su interés por la educación de ciudadanos responsables y comprometidos con la problemática de nuestra sociedad. Admiro y aprecio, igualmente, su pasión por la filosofía y sus cualidades de docente.

“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
“La vida es muy dura siempre y que una reserva de consentimiento extra no sobra”, dice Ángela Calvo de Saavedra.
Emilia Calvo (hermana)

Desde el punto de vista académico, siempre he admirado en Ángela su absoluta integridad y fidelidad a sus valores, su claridad de pensamiento y su creatividad.

Desde el punto de vista intelectual, nuestras paralelas disciplinas, filosofía y psicología, nos han permitido un continuo intercambio de ideas, siempre enriquecedor y en ocasiones encontrando un terreno común de curiosidad y descubrimiento, como ha sido el caso con las ideas de narrativa y constructivismo social. Nuestra creencia compartida en perspectivas múltiples nos ha permitido abordar temas desde nuestro propio punto de vista, pero siempre con interés y respeto por la voz de la ‘otra’. Emocionalmente, nos une un hilo indestructible que, a pesar de la enorme distancia geográfica, nos permite estar siempre conectadas, siempre unidas.

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Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

En su trayectoria profesional ha logrado algo fuera de lo común: conciliar al médico clínico, al ‘de las trincheras’, con el científico, y evitar su desencuentro; ‘meterle ciencia’ al día a día de una profesión que fácilmente cae en la rutina y en las soluciones mecánicas. Tal vez este es su mayor aporte a la profesión por la que optó a los 16 años de edad.

Esa fórmula se aplica en numerosos proyectos en los que ha estado comprometido Juan Gabriel Ruiz Peláez, pediatra, epidemiólogo clínico, docente, médico clínico e investigador.

Durante la rotación en Pediatría en la Universidad Javeriana lo sedujo la rama que se ocupa de los “locos bajitos” —como diría el cantautor catalán Joan Manuel Serrat—, cuando halló en dos de sus maestros una mezcla ideal de ciencia y humanismo. “Los profesores Eduardo Borda y Ernesto Sabogal combinaban el rigor científico con su tremenda responsabilidad, su sano escepticismo, su duda metódica cartesiana y un sentido de humanidad inigualable”, explica Ruiz. Considerar el contexto familiar, social y cultural del paciente, porque este determina en gran medida las decisiones clínicas que se adoptan, se convirtió desde entonces en un axioma para él.

Epidemiología clínica: base teórica de la revolución

La vida le ofreció a este profesional una oportunidad para perseguir esa idea compleja del médico: una beca de la Fundación Rockefeller para entrenarse en Epidemiología Clínica en la Universidad de Newcastle (Australia). Hacia allá partió, recién casado.

Poco entendía entonces de qué se trataba esta área, que se asociaba a la ligera con la epidemiología general, afín a la salud pública y a la estadística, pero que era algo diferente. Ruiz la define como aquella rama del conocimiento que “entrena al médico clínico en el método científico, para tomar mejores decisiones al lado de la cama del paciente”.

Como resultado de la necesidad de diseminar los principios de la epidemiología clínica —que este investigador compara con el Evangelio— surge en varios centros académicos mundiales la medicina basada en la evidencia —“como el Catecismo Astete”, dice— que ‘aterriza’ y simplifica el lenguaje de una disciplina abstracta. El doctor Ruiz y su equipo introdujeron estos desarrollos en Colombia y en parte en Iberoamérica. De lo que se trata es de no renunciar a la metodología científica para manejar la incertidumbre inherente al trabajo con seres humanos.

El arte de no tragar entero

El balance de la experiencia australiana fue ampliamente satisfactorio. Para comenzar, la consolidación de una relación de pareja que ha perdurado 32 años y, luego, la irrupción de un científico dispuesto a ‘armar la revolución’ a su regreso al San Ignacio.

Su perspectiva parte de una actitud crítica, del estímulo al pensamiento divergente, de reconocer que lo que hoy es verdad mañana puede no serlo y de la irreverencia frente a los dogmas. Para muchos, qué sanos han sido estos vientos, en un mundo en el que “las ciencias médicas tienden a aplastarlo a uno”, según lo reconoce el propio Ruiz. “Los médicos aspiran a tener la certeza de las cosas y se toman decisiones en negro o blanco, cuando la realidad está llena de grises. La idea es ser capaz de tomar decisiones que la mayoría de las veces hagan más beneficio que daño en presencia de una incertidumbre proveniente de distintas fuentes”, agrega.

Canguro: amor a primera vista

El programa Canguro, cuya semilla plantaron hace cuarenta años los neonatólogos del Hospital Materno Infantil de Bogotá, resultó ser el terreno ideal para que Ruiz desarrollara su formación.

Todo comenzó con la aterradora tasa de mortalidad (¡30%!) de bebés prematuros, generada por el hacinamiento inevitable que obligaba, incluso, a confinar a dos pacientes en una incubadora, ampliamente expuestos a infecciones. Teniendo en cuenta que el problema fundamental de los nacidos antes de tiempo es su dificultad para regular la temperatura, una vez superada la etapa crítica, se propuso una fórmula que imitaba a los marsupiales al remplazar la incubadora por el cuerpo de la madre, al que el bebé se adosaba día y noche, donde quiera que ella estuviera.

Sin embargo, a pesar de su abrumadora lógica, el programa se apoyaba en escasísimos estudios y publicaciones y se llevaba a cabo en un terreno empírico, con el sustento, importante pero insuficiente, de la buena voluntad.

En los años noventa, fascinados con el programa Canguro, el doctor Ruiz y su colega Nathalie Charpak se comprometieron a darle piso científico al programa, porque si bien este reducía la mortalidad de los prematuros, aún moría el 19 %. Tras el derrumbe de algunos paradigmas y de un trabajo investigativo de años, hoy día la mortalidad en Canguro es de menos del 1 %.

Pero tal vez lo más importante ha sido la reivindicación del rol de la madre y la familia —el papá y los hermanos conforman una ‘familia cangurizada’— en la recuperación del prematuro. Las investigaciones ratificaron los beneficios de este método en términos afectivos e inmunológicos.

Presente florido

Desde la Universidad Internacional de la Florida, donde trabaja como profesor de Epidemiología Clínica desde octubre de 2015, luego de ser profesor de la Pontificia Universidad Javeriana por más de 31 años, Ruiz anuncia que por ahora no regresará a Colombia, por las posibilidades de ejercicio profesional que tiene en Estados Unidos y que están más allá del horizonte previsible en nuestro país: “me queda gasolina para un ratico”, asegura; y además porque vivir a nivel del mar es preferible para la familia en este momento.

Por supuesto, sigue siendo el mismo ser humano que extrañan sus alumnos y colegas, que son sus amigos, quienes en casa de Juan Gabriel y su esposa Silvia se sienten en la propia, que escuchan cantar al antiguo rockero y se entregan al delicioso pasatiempo de ‘echar carreta’ sobre lo divino y lo humano. Entre ellos hay quienes han recibido sus servicios de ‘celestino’ a título gratuito, estudiantes de provincia que han convalecido en su propia casa y que lo han visto consentir a su gata y llorar a su perro. Él también echa de menos a su “gentuza”, como la llama con cariño.

 

Testimonios

El doctor Ruiz es mi amigo, he sido su alumna, su subalterna y su jefe. Siempre me ha respetado. Es amoroso y tiene un sentido humano gigante. Siempre le he dicho que es una madre: sufre por lo que le pasa al estudiante, a un paciente, a los colegas, es cien por ciento leal.

Nos enseñó a cuestionar las decisiones que tomábamos y a buscar en la literatura el porqué de lo que estábamos haciendo.

Carolina Guzmán, profesora y exdirectora del Departamento de Pediatría, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Él fue consultor de mi trabajo de grado, fue mi maestro, y teníamos discusiones sobre todos los temas… para mí, Juan Gabriel es como un papá. Él quiere que la gente que trabaja con él llegue siempre más lejos.

Fue pediatra de mi hijo…. En ese rol es capaz de tranquilizar fácilmente a una madre primeriza angustiada. Siempre dispuesto a escuchar, muy respetuoso con su paciente.

Socorro Moreno, psicóloga, epidemióloga clínica, profesora asistente, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Conocí a Juan Gabriel cuando estudiaba ingeniería electrónica y trabajaba en el área de sistemas de la Universidad. Él tenía un problema en el computador y me enviaron a ayudarle. El problema se solucionó en 15 minutos, pero nos quedamos toda la tarde hablando… Ese fue uno de los eventos que ha cambiado mi vida.

Es muy cercano y amable, su actitud es humilde, es rico conversar con él.

John Camacho, ingeniero electrónico, profesor instructor, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Como profesor, en los turnos nocturnos no se iba a dormir hasta que no descifrara todo lo que podía ocurrir con un paciente. A las tres de la mañana nos llevaba a buscar libros para estudiar.

Nos demostró lo importante que es la familia; nos enseñó a expresar y pelear por nuestras convicciones. Un maravilloso profesor para la vida.

Claudia Granados, pediatra, epidemióloga clínica, profesora, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

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