Un país unido para estudiar sus peces

Un país unido para estudiar sus peces

Chiri JM

Durante los últimos cuatro años Colombia vivió dos episodios esenciales para el estudio de nuevas especies de peces: el proceso de paz con las FARC y la decisión del gobierno saliente de Juan Manuel Santos de ayudar a consolidar el sistema de áreas protegidas en Colombia, lo que fortaleció la conservación de ecosistemas estratégicos del país en las zonas Andina, Orinoquía y Amazonía. No obstante, estas regiones de conservación están fuertemente amenazadas por la especulación y acaparamiento de tierras, lo que ha incrementado las tasas de deforestación, las más altas en el país según documentos oficiales recientes.

Decisiones tomadas recientemente, así como iniciativas en desarrollo desde el nivel local, nacional y global para contrarrestar esta situación, pueden ayudar a salvaguardar esta región: la ampliación del Parque Nacional Natural (PNN) Serranía de Chiribiquete, situado en los departamentos de Caquetá y Guaviare a un área total de 4’268.095 hectáreas; su declaración como patrimonio de la humanidad por la UNSECO; la legalización y expansión de varios territorios indígenas en el corredor Andino Amazónico (Caquetá y Putumayo); la declaratoria de la serranía la Lindosa (Guaviare) como Reserva Forestal Protectora Nacional y Área Arqueológica Protegida (AAP); la ruta declaratoria (en proceso) de un área protegida regional en Guaviare como un corredor que garantice la conectividad Andes-Amazonia y la amortiguación de áreas núcleo de conservación, como son las reservas forestales protectoras de la Lindosa, Capricho, Cerritos y Mirolindo (Guaviare) y los PNN Serranía de Chiribiquete y Sierra de la Macarena; y  la ruta declaratoria de un área protegida regional en Caquetá, cuencas baja del río Caguán y alta del Caquetá, que ayude a conservar la conectividad de los PNN La Paya y Serranía de Chiribiquete.

Algunas organizaciones de diversa índole, públicas, privadas e internacionales, han invitado al Laboratorio de Ictiología de la Pontificia Universidad Javeriana (PUJ), a participar de estas iniciativas, considerando que el de peces es uno de los grupos biológicos estratégicos por dos razones:  la información que aporta sobre los ecosistemas acuáticos de la región y su estado de conservación, que generalmente no han sido tenidos en cuenta a la hora de establecer las diferentes figuras de conservación en la región, y por los estrechos vínculos culturales y económicos que tienen con las comunidades de colonos, campesinos e indígenas que habitan allí.

Desde 2014 y con un total de cinco expediciones realizadas hasta la fecha (ver mapa), investigadores del laboratorio iniciaron un levantamiento sistemático en campo en esta área de transición Andino-Orinoquia-Amazonas, que a la fecha ha conllevado a llenar vacíos geográficos de información, el descubrimiento de nuevas especies de peces para la ciencia (algunas de las cuales ya han sido descritas formalmente y otras están en proceso de descripción), incrementar el número de especies consideradas como endémicas tanto de la cuenca del Orinoco como la del Amazonas, y ampliar los rangos de distribución de especies previamente no registradas para las cuencas de los ríos Guaviare, Inírida, Vaupés y Caquetá.

Los registros y datos obtenidos en estas expediciones también han sido importantes en la consolidación de las colecciones de peces de agua dulce a nivel nacional y en la actualización del listado de peces de agua dulce de Colombia, en el cual se registran un total de 710 y 675 especies de peces en las zonas hidrográficas de Amazonas y Orinoco, respectivamente.

Todos estos resultados están siendo o han sido incorporados tanto en publicaciones formales (artículos científicos y capítulos de libro), guías de peces o en informes técnicos, como el de la Propuesta de la Ampliación del PNN Serranía de Chiribiquete que se hizo realidad en julio de este año. Adicionalmente, los resultados de estas cinco expediciones han permitido la formación de un estudiante de pregrado de la carrera de Biología, uno de maestría del programa de Conservación y Uso de Biodiversidad, y uno de doctorado del programa de Ciencias Biológicas (en curso) en la PUJ.

Este primer ciclo de expediciones colaborativas a zonas previamente no exploradas de la región se cerrará con el desarrollo de otras tres adicionales, para un total de ocho entre 2014 y 2018 (ver mapa):

  1. Parque Nacional Natural Cordillera de los Picachos y su área de influencia. Desde finales de 2017 se iniciaron conversaciones con la dirección del parque que dieron como resultado la propuesta de realizar una investigación sobre los peces del río Pato (alto río Caguán/Caquetá), necesidad que obedece a los vacíos de este grupo biológico en el área, como a la priorización del río Pato como uno de los valores objeto de conservación del área protegida. Esta expedición ayudará a responder una pregunta esencial: ¿cuál es el estado y composición de los peces presentes en el río Pato y Guaduas?
    Estos resultados serán complementarios a los obtenidos en el mes de abril, en el Inventario Biológico y Social Rápido 30 coordinado por The Field Museum y la Fundación para la Conservación y el Desarrollo Sostenible (FCDS) en la cuenca baja del río Caguán, Caquetá, zona de transición entre el PNN La Paya y el PNN Serranía de Chiribiquete. Esta colaboración entre Parques Nacionales Naturales y el Laboratorio de Ictiología de la PUJ constituye una de las primeras actividades de investigación en colaboración que se desarrollarán a través del recién firmado permiso marco de recolección de especímenes de la diversidad biológica, con fines de investigación científica no comercial.
  1. Resguardo Inga de Yunguillo (Putumayo, Cauca y Caquetá). Desde 2017 se iniciaron conversaciones con Amazon Conservation Team (ACT) Colombia y su programa Putumayo para acompañar a los jóvenes del resguardo en el monitoreo de peces   en los ríos Tilinguara y Villalobos, cuenca alta del río Caquetá, fortaleciendo así los procesos de consolidación de información de grupos biológicos de interés para sus comunidades.
  2. Alto río Apaporis (La Tunia), alto río Yarí (Caquetá). Última expedición a desarrollar en el marco de la primera fase del proyecto Amazon Fish, que cierra a inicios de 2019 con el apoyo de FCDS, The Field Museum, Instituto SINCHI y Parques Nacionales Naturales regional Amazonas. El objetivo de esta expedición es complementar la información recientemente aportada por el Instituto SINCHI en el marco de una de las expediciones de ColombiaBio al río Apaporis y consolidar la información del grupo de peces en el área de ampliación del PNN Serranía de Chiribiquete.
Chiri Mapa
Mapa de la zona de expediciones. /Alexander Urbano

Es claro que la consolidación de estas tres expediciones biológicas, y las que a partir de 2019 se puedan definir para desarrollar en esta región, dependerán del panorama frente a la consolidación del proceso de paz por parte del nuevo gobierno. No es desconocido que el ingreso de los científicos a estas áreas ha sido y será posible gracias al acuerdo y al interés genuino de las comunidades locales en pro de fortalecer sus procesos locales de consolidación del territorio. También al trabajo y las gestiones que, desde otros ámbitos, han realizado instituciones como la Presidencia de la República, el  Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Norte y el Oriente Amazónico, y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

De esta forma, el Laboratorio de Ictiología de la PUJ busca afianzar las relaciones interinstitucionales para el desarrollo de procesos de investigación en la zona de transición Andino-Orinoquia-Amazonas en el grupo de peces, cuyos resultados puedan ser presentados a diversas audiencias y que, sobre todo, puedan seguir contribuyendo a la toma de decisiones para la conservación de esta región de interés global por su riqueza biológica y cultural.


Algunas de las especies de peces estudiadas son:

Chiri Chaetostoma-joropo-Holotipo
Chaetostoma joropo. /Jorge Enrique García Melo)

 

 

Gladioglanis anacanthus (Jorge Enrique García Melo)
Gladioglanis anacanthus. /Jorge Enrique García Melo.

 

 

Hemigrammus sp. nov. (Alexander Urbano).
Hemigrammus sp. nov. /Alexander Urbano

 

 

Paracanthapoma sp. nov. (Jorge Enrique García Melo)
Paracanthapoma sp. nov. /Jorge Enrique García Melo

 

 

Colombia Científica, una apuesta más allá de la academia

Colombia Científica, una apuesta más allá de la academia

Las universidades tienen la responsabilidad de trascender los muros de sus aulas para dialogar con las comunidades, con la empresa y con la sociedad en general. En esta conversación, la búsqueda de soluciones a necesidades que enfrentamos a diario se sustenta en el conocimiento crítico y el desarrollo de nueva tecnología, es decir, en la movilidad del conocimiento. Esta apuesta histórica de la Pontificia Universidad Javeriana, en sus sedes de Bogotá y Cali, nos hizo ganadores de dos de los cuatro proyectos que aprobó el programa Colombia Científica, articulado por el Banco Mundial, Colciencias, Icetex y los ministerios de Educación Nacional y de Comercio, Industria y Turismo.

Sin duda, los dos ecosistemas científicos que liderará la Javeriana en este programa responderán también de manera natural a la inspiración de nuestra misión, que concibe “la creación y el desarrollo de conocimiento y de cultura en una perspectiva crítica e innovadora, para el logro de una sociedad justa, sostenible, incluyente, democrática, solidaria y respetuosa de la dignidad humana”: una sintonía armoniosa, además, entre nuestras funciones sustantivas de realizar docencia, investigación y servicio con excelencia y perspectiva global e interdisciplinar. Una parte de esto se refleja en los dos proyectos que lideraremos. Me explico a continuación.

Por los próximos cuatro años, la sede Bogotá de la Javeriana tendrá la responsabilidad de indagar y explorar terapias alternativas contra diferentes enfermedades, entre ellas el cáncer, a partir de fitomedicamentos procesados de más de 20 plantas, algunas nativas, como el anamú, el dividivi o la guanábana. Este proyecto estará en cabeza de la bacterióloga Susana Fiorentino, investigadora con posdoctorado en inmunoterapia antitumoral. Para ello, 17 entidades nacionales e internacionales vigorizarán sus redes académicas, generarán acciones con el sector industrial y fortalecerán instituciones educativas.

Además, con un proyecto que coordina el ingeniero electrónico Andrés Jaramillo, con posdoctorado en ciencia e ingeniería de nanoescala, nuestra seccional de Cali tendrá el reto de transformar los componentes epigenéticos, genéticos, metabólicos y proteicos del arroz y la caña de azúcar para producir semillas más resistentes a los cambios del clima. Esta apuesta científica espera impactar positivamente en el rendimiento de la cosecha y en la disminución de emisiones de gases de efecto invernadero.

Más de 100 investigadores con doctorado estarán aportando desde sus experticias a la comprensión de los fenómenos que buscamos transformar: por un lado tenemos una enfermedad como el cáncer y, por el otro, una forma de aprovechar mejor nuestros recursos naturales para proponerle alternativas de seguridad alimentaria al país. Entre los resultados esperados se encuentran 156 artículos científicos, desarrollos que permitan la solicitud de diez patentes, la formación de más de 50 estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, y el fortalecimiento institucional de universidades con menores estándares de calidad: muchos logros para las academias. Pero allí no termina el impacto de estos proyectos.

Una convocatoria como Colombia Científica es una oportunidad para robustecer capacidades y consolidar redes de trabajo, no solo en el interior de la academia sino en ese tridente de universidad-empresa-Estado, que debería ser constante. Gracias al manejo de recursos por más de $18.000 millones por proyecto, nunca antes vistos en convocatorias nacionales de investigación en el país, podemos pasar de proyectos puntuales de corto aliento a una concepción de ciencia vigorosa, rigurosa y de talla internacional.

No desconocemos que estas son apuestas ambiciosas, que plantean retos innumerables en cuanto a coordinación institucional y manejo de estos recursos públicos que, en últimas, vienen de su bolsillo y del mío. Pero reconocemos, sobre todo, que trazan inmensos desafíos en esta idea de hacer ciencia pertinente para nuestra sociedad, que brinde soluciones concretas a necesidades latentes y actuales, como la salud y la seguridad alimentaria. Así pues, confirmamos que tenemos la camiseta puesta para hacer ciencia y fortalecer la academia, para cumplirle a la sociedad colombiana.


Luis Miguel Renjifo Martínez

Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

La belleza de la debacle

La belleza de la debacle

N Samper Col

Suena chistoso pero las mejores historias pueden aparecer en los lugares áridos llenos de hombres observando, desde un escalón inferior, a los que con dientes perfectos de teclas de piano se besan y se abrazan mientras agitan los brazos haciendo un ruido extraño, gutural, que se intensifica cuando levantan la copa para demostrar que sí, que no hay mejores que ellos.

Los que están abajo, guardando la medalla de plata en el bolsillo, son un poco como nosotros: cargan un doloroso día de fracaso en su vida por cuenta de una final perdida. Y si hablamos de usted o de mí, las instancias definitivas que se fueron con saldo en contra son más que las vencidas. Porque la vida se encarga de hacernos perder la mayor cantidad de finales que estamos disputando mano a mano, a un solo juego y con gol de oro, sin penales para definir. Nos equivocamos decidiendo sobre el futuro de nuestra vida y cuando entramos en una crisis sin final como el club que a punta de malas decisiones está a punto de perder su lugar en primera división nos espabilamos para arañar la salvación. Y, como en la vida real, a veces esos esfuerzos gestan una inesperada hazaña que puede ser la de seguir viviendo, por ejemplo–, pero no siempre ocurre que se da ese final feliz que nos brindará un respiro y un descanso pensando en la temporada venidera, y de esa manera reordenarnos. ¿En cuántas ocasiones nos hemos ido a la B?

Vivimos más como un club de media tabla para abajo: a veces podemos jactarnos de alguna pequeña alegría. Por ejemplo, una conquista amorosa impensada para nosotros que, en términos futbolísticos, puede ser como ese día en que el Osasuna de Pamplona fue a visitar al encopetado Real Madrid, por allá en 1991, y con tres goles de un largo polaco llamado Jan Urban se llevó el triunfo 4-0. Claro, cuando nos termina la mujer inalcanzable era de esperarse, como si en un párrafo pequeño leemos que un día el Osasuna descendió y a nadie sorprende.

Hay valores y escalas de satisfacción, porque a veces la satisfacción no es el placer en sí mismo: en muchas oportunidades resume el final de un padecimiento. Haga de cuenta que es como ir a sacar el RUT, dejar un par de cuentas de cobro sin que algún funcionario las devuelva, sacar por fin el carro de los patios del Tránsito o vencer en un tribunal al policía que se ensañó contra uno el día en que decidió ponernos una multa que no correspondía.

Cuando el universo se pone a favor y llega la buena noticia su RUT está listo, no devolvieron la consignación hecha sobre la hora, pagó la deuda adquirida con el banco, sentimos que saltamos tan alto como Pelé en aquel cabezazo que deja desairado a Albertosi en la final del 70. Nos vemos tan grandes como Jorge Luis Burruchaga cuando alcanza a tocar con la punta del pie el balón ante la salida temeraria de Harald Schumacher el día que les da a los argentinos su segunda Copa del Mundo. Es la sensación de que por fin tuvimos ese sabor de ahorcar del pescuezo al sistema.

Y justo cuando todo parece por fin dominado, salimos a celebrarlo con la tarjeta de crédito que acabábamos de dejar en cero, porque somos así: después miramos de dónde sacamos para volver a pagar.

Con esa consigna, la de ir a pérdidas de inicio para sentir que a veces se puede estar en superávit, han aparecido libros como Bestiario del Balón, Bestiario de la TV colombiana, Por eso estamos como estamos y, ahora, Lo que el fútbol se llevó. Y todas las historias allí escrutadas cuentan con eso: la esperanzadora opción de encontrar la belleza en las piedras. En la debacle.


 

*Periodista deportivo, columnista y escritor. En su más reciente libro, Lo que el fútbol se llevó, editado por Planeta, recopila historias raras, extrañas y non sanctas de los mundiales de fútbol.

Ser o no ser cómplice

Ser o no ser cómplice

Fernando Araújo Col

Como usted y como aquél, yo también fui hincha de la Selección Colombia. Y como usted y como aquél, lloré cuando perdía y celebré sus pocas victorias. Eran los años 70 y 80. Willington Ortiz, Víctor Campaz, Diego Umaña, Jairo Arboleda, Pedro Zape y Alejandro Brand, por nombrar solo algunos, eran esa magia que me hacía falta para vivir. Los días de una semana estaban marcados por los partidos de fútbol, o el fútbol era la puerta abierta a la vida. Pero luego fueron sucediendo hechos oscuros y fui conociendo lo que ocurría, o lo que había empezado a ocurrir con el fútbol en Colombia.

Trabajaba ya en un periódico y allí escribía sobre fútbol. En La Prensa empecé a comprender que el resultado de un juego, o lo que veíamos sobre un campo de fútbol, era consecuencia de mil circunstancias, de personajes sombríos, siniestros, de historias teñidas de sangre, de mucha sangre, de mentiras y robos, de resultados amañados en un escritorio. Había un fútbol detrás del fútbol.

Ese fútbol se me presentó completo el 5 de septiembre del 93, luego del legendario 5-0 sobre Argentina en las Eliminatorias para el Mundial del 94. Ese día, esa noche, vi que el fútbol iba de la mano de la muerte, y que algunos de los jugadores que tanto admiraba eran cómplices de quienes habían tomado el poder del fútbol en Colombia a punta de bala y picana. El 6 de septiembre aterricé en Bogotá, ignorante de lo que había ocurrido. Y poco a poco, con estupor, y luego con pánico, me fui enterando de los cien muertos que había dejado la celebración del 5-0. Vi la ciudad regada de botellas y de banderas quemadas y de harina y colillas de cigarrillos. En fin, restos de la alegría de una simple victoria.

Restos de la alegría de una simple victoria en un país como Colombia, donde la vida no vale nada y donde una simple discusión puede terminar con una cuchillada o un tiro en la frente. No había taxis. No había buses. El país había dejado de funcionar sobre el dolor de las familias de las víctimas. Una hora más tarde llegó la Selección de Colombia. El desfile, el himno, el patrioterismo, los políticos subidos al carro de la victoria, igual que los empresarios y los periodistas, los miles de lagartos y uno que otro hincha. Era el baile del oportunismo, al ritmo de los arribistas.

Desde ese día, Colombia fue el centro de cientos de miles de mentiras; el aficionado, el centro del engaño. Quien osara decir que el equipo no iba a quedar campeón del mundo en Estados Unidos, era considerado enemigo público de la nación. Un apátrida. Y llegó el Mundial. Y el equipo perdió. Y de ese perder, de las mentiras, del engaño, de la estupidez, de los periodistas vendidos, de los empresarios vendedores, de la desorganización, de la vanidad de los líderes del equipo, y tantas y tantas cosas más, surgió una noche de sábado un pistolero en un restaurante de Medellín y acribilló a Andrés Escobar. Jamás en la historia del fútbol un jugador había sido asesinado por sus actuaciones en una copa del mundo. Escobar fue el primero.

El 2 de julio del 94 terminé de decidir que yo no quería hacer parte de aquel baile multicolor y sangriento. Comprendí que con nuestro silencio, con nuestro apoyo, nuestro mirar hacia otro lado, nuestro dejarnos llevar por las multitudes, éramos cómplices de todos los crímenes del fútbol. Éramos, de alguna manera, criminales.

 


*Escritor y periodista, editor cultural del diario El Espectador. En sus libros de no ficción, como Pena máxima (1995) y No era fútbol, era fraude (2016), denuncia al fútbol como un deporte que ha dejado de ser transparente. Fue estudiante javeriano, y a la universidad ha regresado a dictar clases y conferencias. Sobre sus días de pregrado, recuerda: “Mi relación con el fútbol en la Javeriana se inició desde que comencé a estudiar allá, pues lo primero que hice una vez me matriculé fue subir a la cancha de fútbol. Desde entonces, me dediqué a armar el equipo de la facultad todos los años, a comprar los uniformes –incluso con mi dinero– y a ver a cuanto prospecto aparecía en primer semestre. En mis ratos libres, el tinto era en las graderías de la cancha de fútbol, y en mis tiempos de clase, el estudio era con diagramas para definir cómo jugaría nuestro equipo el siguiente partido”.

**Fotografía obtenida de Max Pixel (CC0).

Sonar para sanar

Sonar para sanar

Col Música IL

¿Se ha preguntado cómo cambia su percepción del tiempo y del espacio cuando escucha determinada música? Haga el experimento. Suprima el volumen en una película o pruebe hacer sus recorridos diarios con una melodía que le guste, luego con una que deteste y luego aísle cualquier sonido. Su percepción del tiempo cambiará drásticamente, su emocionalidad y el sentido de lo que sucede, también. Pero, ¿por qué pasa esto? ¿Cómo podemos usarlo a nuestro favor?

La música tiene el poder de afectar en diferentes formas a los individuos y colectividades. Con ella pasa lo mismo que con la compañía de alguien: si la disfrutamos, el tiempo parece pasar más rápido y el entorno se hace más ameno. Esto sucede porque la música, al igual que las relaciones personales, estimula directamente nuestros sentimientos. ¿No ha sentido alguna vez que un disco es suficiente compañía? David Burrows, profesor de la Universidad de Nueva York, dice que esto se debe en gran medida a que el oído es el primer sentido que desarrolla el humano.

La música estimula el cerebro, es decir que genera estados de alerta, conciencia, interés o excitación. Esta afección de los sentidos genera vínculos entre lo que sucede a nivel interno y lo que pasa a afuera, y así es como se modifica la percepción del espacio y del tiempo. La socióloga musical Tia DeNora comprobó cómo determinada música apacigua la ansiedad, acelera y activa el cuerpo o ayuda a rememorar situaciones; así, la música es un vehículo que puede ayudar a cambiar la disposición de un individuo frente a una situación, a superar momentos difíciles, aprender de ellos y resignificarlos.

Médicos, terapeutas e investigadores alrededor del mundo han empezado a usarla intencionalmente para ayudar a reparar y sanar en diferentes niveles: físicos, cognitivos, mentales y psicológicos.

Un ejemplo conocido del efecto sanador de la música es el del pianista británico James Rhodes, quien habla de ella como un proyecto vital, como aquella forma de existir y de crear que le salvó la vida:
“Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero es un hecho irrefutable que la música me ha salvado la vida de una forma muy literal, y creo que también la de un montón de personas más. Ofrece compañía cuando no la hay, comprensión cuando reina el desconcierto, consuelo cuando se siente angustia, y una energía pura y sin contaminar cuando lo que queda es una cáscara vacía de destrucción y agotamiento”.

Según el sociólogo británico Simon Firth, “hacer música no es una forma de expresar ideas, es una manera de vivirlas”, y esto es precisamente a lo que se refiere Rhodes: canalizó su ira y su odio a través de la música, convirtió sus pensamientos en ideas musicales y hoy la música le permite amar y hallar oportunidades donde antes solo veía fracasos.

Pero la música va más allá del ámbito individual porque ofrece también una reparación social. Firth afirma que la música genera identidad “porque ofrece un sentimiento de sí mismo y de los otros, del subjetivo en el colectivo”. La música agrupa personas de distintas procedencias, creencias y culturas, borrando sus diferencias y marcando una semejanza común. El caso de la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente ejemplifica esta virtud: en 1999, Daniel Barenboin configuró una orquesta sinfónica de jóvenes palestinos, árabes e israelíes para unirlos desde sus semejanzas y construir desde las diferencias. Hoy es uno de los ejemplos más exitosos del poder de cohesión y transformación social que tiene la música.

Aterricemos en Colombia con dos casos en los que la música contribuyó a superar el dolor del conflicto y cambió la percepción de vida de las víctimas. A la rapera bogotana Diana Avella le entregó el poder de reconciliarse con su entorno y de soñar un mejor futuro:
“La música te entrega una vida, una ocupación. Le da proyección y horizonte a quienes nacieron para ser unos miserables, pobres y oprimidos más por el sistema, y le dio la vuelta a la torta para decir ‘ah, señor sistema, ¿usted quiere estos miserables? Tenga estos artistas’”.

En la comunidad de Libertad, Sucre, la música reparó el tejido social de un pueblo afligido por el dominio paramilitar. Luis Miguel Caraballo, líder social, afirma:
“La música ha sido un puente porque transmite alegría, transmite todas las sensaciones, hace que tu corazón piense en cosas diferentes como el perdón, como la reconciliación. La música sirve para guardar la memoria y sirve para sanar el alma”.


*Comunicadora social y música javeriana.

Ciencia en época electoral

Ciencia en época electoral

Lisbeth

La comunidad científica se está moviendo. En diferentes espacios se reúnen los investigadores  para analizar, debatir, consensuar y hacer sus propuestas con miras a sacar adelante al sector porque lleva tiempo en una situación lamentable. Colciencias continúa, afortunadamente, pero me da la impresión de que el Gobierno  en ese aspecto espera que llegue pronto agosto para no tener que pensar en el siguiente director que tendrá que nombrar. Se le volvió al Presidente Santos un dolor de cabeza, a veces comprensible con todas las otras jaquecas que ha padecido en estos años de mandato.

Pero les comentaba de las reuniones de la comunidad científica. Por un lado, los exdirectores de Colciencias, liderados por el primero en la entidad, el capitán  Alberto Ospina Taborda, y con el concurso de otros investigadores, pusieron en circulación el documento titulado Diez propuestas cruciales para una Colombia mejor, con fecha de 15 de abril pasado.

Por otro lado, la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales lideró un encuentro en Paipa, Boyacá, a finales de enero de este año, en el que participaron algunos de sus miembros, así como de las academias de Economía y de Medicina, invitados de universidades y representantes de asociaciones como Ascun y ACAC, entre otros, 31 en total, que debatieron sobre el estado de la ciencia, la tecnología, la educación y el medio ambiente; en un documento que está empezando a circular, titulado Manifiesto de la ciencia, Desafíos para el 2030, ofrecen 45 propuestas concretas, 13 en ciencia y tecnología, 17 en educación y 15 en medio ambiente.

Se tomaron su tiempo los primeros en varias reuniones y los segundos en armar el documento producto de las discusiones en Paipa, y en líneas generales les presento lo que a mi juicio son las coincidencias y las diferencias, que, más que eso, son temas complementarios:

¿En qué coinciden?

  1.  Ambos buscan llegar con sus propuestas a manos de los candidatos a Presidente de la República, o al menos a sus asesores, pero también advierten que se trata de documentos que bien pueden servirles al sector privado, a la sociedad civil y el de la Academia sostiene que al sector educativo, puesto que, además de ciencia y tecnología, trata temas de educación y de medio ambiente.
  2. Ambos coinciden en recordar las recomendaciones de la Misión de Sabios de 1994, que nunca llegaron a ser una realidad pero cuyos postulados continúan vigentes.
  3. Ambos urgen aumentar el presupuesto para ciencia y tecnología y dan diferentes alternativas. ¿Para qué? Será una respuesta interesante para quienes no son cercanos al sector. Los exdirectores de Colciencias responden: “Fortalecer el sector de ciencia, tecnología e innovación del país para enfrentar el subdesarrollo, la desigualdad y la pobreza”. El Manifiesto responde: “Invertir en ciencia, tecnología e innovación nos ayudará a construir un país con más oportunidades, equidad, justicia y desarrollo económico”. ¿Hay que explicar más?
  4. Ambos destacan su preocupación por la asignación de los dineros de las regalías para la ciencia y la tecnología. El Manifiesto de la ciencia apoya el proyecto de ley que cursa en el Congreso actualmente y pretende enderezar el proceso para adjudicar los dineros a proyectos de investigación científica, modificando el parágrafo 5 del artículo 361 de la Constitución Política.
  5. Creo entender en ambos que la propuesta es fortalecer los centros de investigación y desarrollo tecnológico, centros de innovación y de pensamiento, incubadoras de empresas, en lugar de crear nuevos centros –como lo están ofreciendo algunos candidatos–. Apoyar lo presente para lograr su solidez es muy acertado porque su existencia no ha sido fácil y muchos de ellos están en las últimas.
  6. Ambos urgen la institucionalidad de la ciencia, la tecnología y la innovación para el desarrollo del país y proponen nombrar un Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, que sea el que le hable al oído al propio Presidente y al Gobierno Nacional en general.

¿En qué se complementan?

El de los exdirectores de Colciencias propone la construcción de una cultura científica y “asegurar que los líderes responsables por la conducción de los destinos del país comprendan la importancia de la ciencia para el desarrollo y se comprometan a proveer los medios para generar cultura científica en toda la población”. También se refiere a la importancia de promover la investigación en ciencias sociales y humanas “para garantizar la dimensión ética, estética y ambiental”.

Este documento propone invertir en formación y preparación del talento humano, en investigaciones en salud y en las nuevas tecnologías como la ingeniería biomédica, la biónica y la práctica de telemedicina, en los problemas y retos del agua, la biodiversidad y las consecuencias del cambio climático, en estudios sociales que pueden dar al país ventajas comparativas como la producción de alimentos, la bioprospección, la generación de energías limpias, entre otras, en las tecnologías como la genómica, la biotecnología, la nanotecnología, la tecnología digital, las TIC y las tecnologías del espacio.

Por su parte, el Manifiesto de la ciencia urge la autonomía del sector de ciencia y tecnología, se detiene en la educación como “camino para consolidar la paz y el desarrollo”, y profundiza en el tema del medio ambiente con propuestas para garantizar la calidad ambiental para los ciudadanos y cumplir con los compromisos adquiridos por el país en el contexto internacional, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible promovidos por las Naciones Unidas.

Se trata de dos derroteros que bien vale la pena analizar y, si es que los candidatos a la Presidencia tienen interés en el tema, ayudarán a tener una visión más clara del camino que pueden tomar para lograr un país mejor. Pero por favor, que no nos prometan más que invertirán el uno por ciento del PIB en investigación y desarrollo. Actúen.

La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

Col Basto C
En 2010, trece reconocidos investigadores a nivel mundial (Jonathan Silvertown y colaboradores) hicieron un llamado a la comunidad científica, a los tomadores de decisiones y a las entidades que financian proyectos de investigación, a evitar la “miopía ambiental” que se genera por la falta de financiación para experimentos ecológicos a largo plazo, ya que son, en palabras textuales, “una herramienta científica para el beneficio de las generaciones futuras”.

Los experimentos a largo plazo son escasos, no obstante, algunos de ellos se han venido desarrollando por más de 120 años. Los estudios ecológicos de amplia duración son importantes porque las alteraciones que se presentan en los ecosistemas, frente a fenómenos como el cambio climático, no siempre se pueden evidenciar en el corto periodo que dura la financiación de la mayoría de proyectos de investigación, sino que se registran después de más de una década de experimentación. Esto se debe a que las respuestas de los ecosistemas son complejas, porque son el resultado de la interacción de numerosos factores que no pueden valorarse completamente en el corto plazo.

Además, los disturbios producen efectos de forma lenta sobre algunos componentes del ecosistema y no son detectados en el corto plazo; por consiguiente, estudios llevados a cabo por espacios cortos de tiempo pueden mostrar tendencias opuestas a aquellos de mayor alcance. En consecuencia, se pueden obtener conclusiones erróneas y realizar predicciones imprecisas que, si se emplean como guía para la toma de decisiones en conservación, pondrían en riesgo la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas.

Por otro lado, a través de los experimentos a largo plazo se pueden realizar hallazgos inesperados que abran las puertas a futuras investigaciones para comprender mejor los impactos que causan los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. En mi experiencia, por ejemplo, al estudiar los efectos de la contaminación por nitrógeno y la sequía en el banco de semillas –semillas viables que se acumulan sobre el suelo después de ser dispersadas de la planta madre– durante 13 y 14 años, respectivamente, se evidenció que estas amenazas para la biodiversidad tienen efectos negativos mayores e insospechados a lo que previamente se conocía y que, contrario a la predicción de los estudios realizados durante menos de 6 años, el ecosistema de pastizales tiene baja capacidad de recuperación frente a los cambios ambientales. ¿Qué sucedería si los criterios para la toma de decisiones, en torno a la contaminación ambiental y el cambio climático, se basaran únicamente en los resultados de los estudios a corto plazo? La respuesta la dejo a consideración del lector.

En mi caso, tuve la excelente oportunidad de participar en esos estudios en Inglaterra, que hoy en día completan más de dos décadas de experimentación. La robustez de las conclusiones obtenidas me permitió darle una mayor visibilidad a la investigación a través de la publicación de artículos científicos en revistas de prestigio, aunque lo más importante es que el conocimiento generado se está incorporando en las discusiones académicas sobre los efectos de los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. Esto no hubiera sido posible sin el apoyo financiero y la cooperación internacional que hay detrás del establecimiento, mantenimiento y monitoreo de mi investigación. Resalto la enseñanza que me dejó el trabajar con científicos de diferentes partes del mundo, abiertos a compartir su conocimiento, datos y experiencias para alcanzar un objetivo común.

¿Cuál es la situación de Colombia? Desde finales de los años 80, institutos de investigación, entidades públicas, ONG y universidades han unido fuerzas para realizar estudios ecológicos a largo plazo; no obstante, algunos de ellos no tuvieron la financiación para darles continuidad. Por lo tanto, es necesario que, pese a la escasez de recursos económicos para financiar proyectos de investigación y a la visión inmediatista y, por lo tanto, limitada que se tiene sobre las prioridades de producir nuevo conocimiento, se comprenda y se visualicen los beneficios de realizar estudios a largo plazo, de manera que se tomen decisiones acertadas sobre la asignación de recursos para financiarlos. Colombia necesita ampliar la inversión económica en este tipo de estudios para que contribuyamos a las decisiones que, a nivel mundial, se toman sobre el futuro del planeta.

Para ello, primero tenemos que despojarnos de la creencia de que somos dueños de los temas de investigación, para que se genere y fortalezca la confianza entre investigadores e instituciones y así se garantice la permanencia en el tiempo de estudios ecológicos. Segundo, podemos acudir a la colaboración internacional para acceder a infraestructura, herramientas y métodos que otros países tienen, y así disminuir los costos de los proyectos a la vez que, al evidenciar la complementariedad del conocimiento, habilidades y experiencia entre los miembros de la alianza, contemos fácilmente con fuentes de financiación externa. Finalmente, que se discuta en las agendas del gobierno sobre el fortalecimiento y proyección de programas de investigación a largo plazo. Temas como el cambio climático y la contaminación ambiental son ejes trasversales que permiten la integración de investigadores de diferentes disciplinas y la articulación con los intereses de investigación de otros países.


*Bióloga, doctora en Ciencia Animal y Vegetal de la Universidad de Sheffield, docente investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

Un llamado a los electores

Un llamado a los electores

El 16 de septiembre de 1993, Rodolfo Llinás inició su intervención en la instalación de la Misión de Sabios con estas esperanzadoras palabras: “Este es un momento mágico para Colombia. Por primera vez, que yo sepa, un gobierno acepta la posibilidad de hacer un gran vuelco en el triángulo interactivo de la educación, la ciencia y el desarrollo tecnológico de este país. Esto se debe subrayar como una revolución positiva y sin precedentes”. Veinticinco años después, atientas de un nuevo proceso electoral del cuerpo legislativo y presidencial, las promesas anunciadas se ahogan en una perspectiva oscura para esta triada de la que habló el reconocido neurofisiólogo colombiano, formado en la Pontificia Universidad Javeriana. Esa revolución nunca se concretó, ni siquiera con la Ley 1286 de 2009.

Las apuestas de esta política pública, sin ser la salvación de la investigación y la innovación colombianas, apuntaban a fortalecer la producción de nuevo conocimiento en el país, para impulsar el desarrollo social, económico y productivo y “propiciar una nueva industria nacional”, como lo indicaba la citada ley. Entre sus estrategias se proyectó formular un Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI) e incorporar estos tres elementos como ejes transversales en la política económica y social del país, además de fortalecer las capacidades de la comunidad científica, para que sean relevantes en esferas regionales e internacionales; así como ajustar instrumentos, mecanismos financieros y de liderazgo para solventar el Sistema de CTI, entre otros.

Y las expectativas no tienden a mejorar cuando se confirmó una reducción del presupuesto en ciencia, tecnología e innovación para 2018, mucho menos cuando se esperaba una reglamentación por parte del Consejo Nacional de Política Económica y Social, que “arreglaría la casa”, pero finalmente se quedó en borrador. Nuestro país invierte hoy alrededor del 0,4 % de su producto interno bruto (PIB) en actividades de ciencia y tecnología, lo que no implica recursos netos directos para la producción de nuevo conocimiento. Por el contrario, las cifras del Banco Mundial indican que los países destinan en promedio más del 2 % de su PIB a ciencia e innovación.

Más allá de las cifras que evidencian nuestra desventaja global, lo cierto es que este es un año de reflexiones y de apuestas para alcanzar un crecimiento sostenido y sustentable. Y qué mejor que ir de la mano de la ciencia para este propósito. Sería, sin duda, un círculo virtuoso. Así es que tenemos el reto de exigir un nuevo enfoque a los dirigentes que habremos elegido en las urnas para los próximos cuatro años.

Los desafíos que enfrentamos como país en reconstrucción nos exigen altas cuotas de creatividad, claridad y respaldo académico. La ciencia, la tecnología y la innovación son el camino garantizado para cumplir dichas transformaciones. Hay que fortalecer la política pública en CTI para que cuente con herramientas jurídicas y presupuestales que permitan a los dirigentes defender a capa y espada el desarrollo basado en el conocimiento. Como sociedad podemos contribuir, desde nuestros diferentes roles, a que la ciencia haga parte de nuestra agenda pública, nuestra cotidianidad y nuestras soluciones.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Música y mente

Música y mente

Col Música IL

Un antiguo problema filosófico del budismo zen se preguntaba lo siguiente: si un árbol se cae en un bosque y no hay nadie cerca para oírlo, ¿hace algún sonido? Piénselo un momento. La respuesta no es filosófica sino puramente científica. No. No puede sonar porque el sonido es una traducción que hace nuestro oído de las ondas que viajan en el aire. Solo en nuestros centros nerviosos –y en los de los animales– esa vibración se traduce en sonido. ¿No cree que la mejor forma de celebrar este don es aprendiendo a usar el oído?

Escuchar música es una actividad que estimula nuestro cerebro y lo afecta positivamente, así como nuestras funciones motoras, nuestra disposición para aprender, concentrarnos, divertirnos y emocionarnos. Imagínese que cada región de su cerebro se iluminara al activarse; escuchar música haría brillar casi todas esas zonas. Pero además, según el neurocientífico Facundo Manes, genera nuevas conexiones y circuitos cerebrales. Un efecto más poderoso empieza a actuar cuando entendemos cómo funciona la música y, mejor aún, si aprendemos a hacerla.

Aunque esto se sabe, y también se conoce su poder social, no se ha valorado lo suficiente. En Colombia, por ejemplo, gobernantes e instituciones se hacen los de los oídos sordos cuando se trata de implementar la formación musical y artística en colegios, o cuando se quiere consolidar orquestas y agrupaciones profesionales. Bien puede ser ignorancia o, que aunque conozcan las ventajas y los beneficios que trae la música en el desarrollo individual y colectivo del ser, no les interese construir una mejor sociedad.

Para ponernos en contexto: mientras que países como Venezuela contaban hasta hace tres años con 210 orquestas sinfónicas y 375 coros, Colombia tiene un promedio de dos orquestas en sus ciudades más importantes. En las últimas décadas se han cerrado agrupaciones profesionales dependientes de las gobernaciones, como la Banda Sinfónica Nacional, la Banda Distrital y la antigua Banda Sinfónica de Cundinamarca. El Plan Nacional de Música para la Convivencia, del Ministerio de Cultura, es el acercamiento más grande a una consolidación de un programa transversal en la formación; sin embargo, aún carece de presupuesto suficiente.

En otros países de América Latina se realizan investigaciones importantes sobre la música y sus efectos en el aprendizaje, y se implementan programas educativos con los resultados. Tal es el caso del músico chileno y magíster en educación Egidio Contreras, quien se ha dedicado a investigar la relación entre desarrollo cognitivo y música, aplicando su programa de educación musical en 90 ciudades de la región. Él descubrió que los instrumentos de cuerdas potencian la atención y la concentración, los de percusión promueven el desarrollo motriz y los de viento, el aprendizaje afectivo; también, que las frecuencias agudas estimulan la energía nerviosa, aumentan las cargas eléctricas de regiones cerebrales relacionadas con la memoria, el razonamiento superior, el análisis y la síntesis.

¿Alcanza a dimensionar lo que sucedería si la educación musical fuera tan importante como el estudio de las ciencias o las matemáticas? Si todavía no está convencido, mencionemos una última ventaja. El psiquiatra Anthony Storr reseña uno de los casos de estudio de la música como terapia y estrategia pedagógica para niños con capacidades especiales. Al relacionar actividades motrices con canciones, David, un niño autista de seis años, logró lo que llevaba intentando durante mucho tiempo: amarrarse los zapatos. Su dificultad motriz tenía que ver con la parte visual, pues no era capaz de coordinar la visión con el movimiento. La música le permitió entender el proceso de atarse los cordones en el momento en que ese acto se organizó en el tiempo a través de una canción.

Así, muchas de las discapacidades se convierten en oportunidades para crear fortalezas. La música permite que nos integremos al mundo desde nuestras diferencias y similitudes.

Tal como el acertijo del árbol que cae en el bosque, la música suena en nuestros oídos pero, realmente, es escuchada por pocos. Escuchar implica atender, entender, reconocer e involucrarse en la experiencia sonora. Mientras que otros deciden si vale la pena aprender a escuchar, sus oídos y su cerebro están a la espera de que la magia suceda. Allí, en el infinito universo sonoro se encuentra una fuente de aprendizaje, de potenciamiento de nuestro cerebro, de emoción y reconocimiento del otro. La música está en todas partes, la información sobre ella también. Comprenderla es ir un paso más allá. Usted, ¿se atreve a empezar?


*Comunicadora social y música javeriana.

La ciencia nos debería importar a todos en Colombia

La ciencia nos debería importar a todos en Colombia

Carlos A. Ordóñez-Parra*

Andrés Ordóñez P

La ciencia colombiana está amenazada como nunca. A finales de 2017 el Gobierno presentó un borrador del presupuesto nacional de 2018, que incluía un recorte de 42% del rubro asignado a Colciencias, el cual, luego de un cubrimiento mediático y un pronunciamiento por parte de la comunidad académica colombiana, “afortunadamente” no fue sino del 11%. A inicios de este año se destituyó a su Director, convirtiéndolo en el octavo en su cargo en los últimos ocho años. Incluso ahora en pleno periodo de propaganda electoral han comenzado a difundirse rumores de la desaparición de esta institución. Pero mientras el país –que invierte 1,54 dólares por habitante al año en ciencia– pone su casa en orden, debo decirles que nosotros, que nos hacemos llamar científicos o que estamos aprendiendo a serlo, tenemos gran parte de la culpa en esta crisis.

Para mí nunca fue un secreto que eran pocas las personas que deseaban ser científicos. Al tomar mi anuario y contar cuántos de mis compañeros escogieron una carrera en ciencias, difícilmente tendría que usar los dedos de una mano. La mayoría de ellos optaron por carreras en Administración, Derecho o Medicina (y no precisamente por la investigación que se desarrolla en esta última). Incluso, aquellos que se decidieron por alguna Ingeniería lo hicieron en aquellas relacionadas con finanzas o la industria. Ahora, que estoy próximo a terminar mis estudios, no sólo sé que mis compañeros de carrera pasaron por situaciones similares sino que esto es un reflejo de la realidad de nuestro país. Sólo basta con revisar el listado de las carreras más estudiadas por los beneficiados por el programa Ser Pilo Paga para darse cuenta de lo que les digo.

Esto no ocurre solamente entre los más jóvenes. Incluso mi mamá –que está enterada de lo que hago en mi carrera y los sueños que tengo de ser investigador– dice que se siente “excluida de ese mundo” y que, al ver las noticias de la crisis científica en Colombia, cree que no es algo que la afecta directamente sino que le concierne a unos pocos. Estoy seguro de que mi mamá no es la única que piensa así y, si no me cree, tómese la molestia de preguntarle a la persona a su lado.  Sé, casi que con toda seguridad, que le dará una respuesta similar.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los colombianos sienten que la ciencia es algo que unos pocos hacen y que no pueden acceder a ella? Hay múltiples razones, pero hoy quiero que los científicos pensemos –y que aquellos que comparten el pensamiento de mi mamá les exijan a ellos que se lo pregunten–  en lo siguiente: ¿Qué hemos hecho para enamorar a Colombia de la ciencia? Yo diría que muy poco.

Puedo decir sin miedo que quienes hacemos ciencia sentimos que nuestro corazón late fuertemente cuando hacemos nuestros estudios, que nuestra mente vuela al discutir sobre los descubrimientos que hacemos y que nuestro espíritu investigador está ávido de emprender nuevos proyectos aún cuando los viejos no han acabado. Lastimosamente, todas las experiencias se traducen en un manuscrito donde las emociones son reemplazadas por jerga científica que solo captan los entrenados para leerla. Esto descarta a un público indiscutiblemente más grande que el científico. Ahora, no estoy diciendo que debamos dejar de escribir artículos científicos –aún siendo el principal criterio para calificar a los científicos en Colombia– pero no podemos permitirnos que eso sea lo único que hagamos, ya que es lo que tiene a los colombianos desligados y desencantados de la ciencia: no entenderla.

Grandes personalidades como Stephen Jay Gould, Carl Sagan y Richard Dawkins han hecho grandes esfuerzos por llevar el conocimiento científico a todos los públicos sin permitir que, al hacerlo, se vuelva menos riguroso o valioso. Incluso Kristin Sainani, doctora en epidemiología de la Universidad de Stanford, dicta un curso en línea llamado Writing in the Sciences, el cual inicia diciendo que para escribir lo que más se necesita es tener una historia y que los científicos tenemos muchas por contar. Siendo así, solo nos falta empezar a contarlas. Sé que esto ha sido discutido antes, incluso por personas con mayor trayectoria académica. Pero, ¿no creen que una Colombia más cercana a su ciencia saldría a las calles a protestar junto a los científicos del mismo modo en el que marchan por la salud o la educación?

Solo resta una cosa más por decir: científicos colombianos, ¡enamoremos a Colombia de la ciencia! Unámonos para hacer lo que hicieron todos estos científicos que les presento y logremos que personas como mi mamá sientan también lo que nosotros sentimos al investigar. Se acercan tiempos difíciles para la ciencia de nuestro país, pero ahora es justo el momento de hacer que el público no-científico –nuestras familias, amigos, vecinos, conocidos y todos los colombianos– se sientan incluidos en la ciencia y les duela también lo que le pasa en Colombia.


* Estudiante de Ecología y Biología de la Pontificia Universidad Javeriana. Coordinador del Semillero de Investigación en Ecofisiología de Semillas y Plántulas, del Departamento de Biología (Facultad de Ciencias).