El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

¿Cómo es el mundo marino? ¿Qué hay de las especies que lo habitan? ¿De los misterios que se ocultan en el océano? Eran las preguntas que Laura Rodríguez se hacía a sus 12 años, las mismas que con el paso del tiempo y el profundo gusto que desarrolló por el mar la llevaron a estudiar biología marina como carrera profesional.

Hoy, con 1,60 de estatura, cabello castaño con visos morados y piel trigueña, ha logrado lo que pocas investigadoras colombianas: recibir las becas National Geographic Society Early Career Grant y Colombia Biodiversa, de la Fundación Alejandro Ángel Escobar.

Su pasión por el agua inició, según recuerda, desde muy pequeña; ingenuamente recorría una y otra vez libros de texto y documentales buscando características de plantas, algas y delfines sin llegar a imaginar que, años más tarde, se dedicaría a ellos por el resto de su vida, al estudio e investigación de microalgas. “Decidí hacer biología marina. Cuando entré a la Universidad me di cuenta de que no era tan sencillo como yo creía, era complejo, era ciencia”, recuerda.

Su alma mater fue la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde conoció los fundamentos básicos de los ecosistemas marinos y costeros y se sumergió en contenidos puramente físicos, matemáticos y biológicos, pero semestres más tarde, y tras optar por el énfasis marino, su vida dio un giro de 180 grados: se mudó a Santa Marta donde, como requisito, tuvo que tomar por más de año y medio todas las materias teóricas y prácticas. Su proyecto de grado lo hizo en Providencia, una de las islas más reconocidas del Mar Caribe por sus actividades ecoturísticas y pesqueras; allí trabajó con comunidades de pescadores en cultivos de macroalgas. Algas rojas, para ser específicos.

Su estadía en la isla le cambió la vida. La forma de ser de la gente, las prácticas culturales y la administración del tiempo la transformaron, pasó de vivir con sus papás y hermanos a convivir con nuevas personas, a hacer todo despacio, soportar el intenso calor y entender que, a diferencia de la capital, “las personas allí son más amigables. Desde la señora de la tienda hasta el pescador”, menciona.

Según cuenta, estudió con algas rojas para crearles alternativas sostenibles a las comunidades de pescadores y así garantizarles, de alguna u otra manera, que tuvieran ingresos económicos adicionales diferentes a la pesca extractiva;  sin embargo, más allá de esto, su pasión siempre ha estado en los temas relacionados con sostenibilidad, como su proyecto de grado: “Cuando se cultivan algas, se sacan del medio natural, se ponen en cuerdas y no hay necesidad de alimentarlas, solamente verificar que estén limpias y, en ese sentido, es un cultivo sostenible. No hay que usar pesticidas”, asegura.

Además de combinar su gusto por la biodiversidad marina y la investigación, los hobbies de Laura María son la música y la literatura. A ella no le importa cuánto tiempo puede pasar entre páginas si de novelas e historias policiacas se trata, y tampoco si trabaja con una dosis de buen rock.“Aparte de leer ciencia, me encanta la literatura. Disfruto las novelas policiacas, de misterio y, sobre todo, me gustan las novelas clásicas. El último libro que leí fue la novela Breakfast at Tiffany’s, del escritor Truman Capote”, reconoce.

Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.
Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.

Se le puede definir como una ‘caja de sorpresas’ porque, además de pasar horas seguidas dentro de laboratorios investigando corales y algas, esta joven de 27 años tuvo una formación musical en saxofón cuando era una pequeña. La música fue su segunda opción al momento de escoger una carrera universitaria, pero, aunque fue uno de sus mayores pasatiempos, su pasión por la biología marina fue mucho más fuerte. Ya no practica saxofón porque cuando empezó a estudiar no le quedaba tiempo. “Uno se pone a estudiar, salir, ir de fiesta o estar con amigos, entonces uno va dejando de lado esas cosas”, dice.

Tras finalizar su proyecto de pregrado, regresó a Bogotá para recibir su grado; sin embargo, se encontró con una triste realidad y es que, según ella, “en el país no hay tantas oportunidades laborales para la biología marina como uno quisiera, ya que el campo de acción es reducido”. Por eso, gracias a su tenacidad y terquedad, como se describe, pudo involucrarse laboralmente en la Asociación de Corporaciones Autónomas Regionales ASOCARS, en donde colaboró en la construcción de la política de vertimientos al mar junto al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. “En biología marina, el 95%  depende de ti, que se abra una oportunidad depende de ti misma porque acá la investigación en el mar es corta, especialmente la financiación”, asegura.

Meses más tarde, y luego de haber tomado cursos de corta duración como el de Cultivo de macroalgas, Restauración de arrecifes coralinos y Ecología de bosques de manglar: manejo y restauración, esta bogotana decidió presentarse a la Universidad de California Santa Bárbara en Estados Unidos; sin embargo, por azares de la vida y una conversación con una colega, inició su maestría Conservación y Uso de Biodiversidad en la Pontificia Universidad Javeriana.

A pesar de que la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales no está orientada hacia una profunda investigación en estudios marinos estudió este posgrado porque “me pareció diferente, interdisciplinario, con un enfoque novedoso y un particular interés por la conservación y el uso sostenible del ecosistema”.

Después de algún tiempo para pensar, leer y hablar con profesores, Laura María decidió hacer su trabajo de posgrado a partir de una hipótesis sobre arrecifes profundos, proyecto que no solo le ha permitido ampliar sus conocimientos y experiencia profesional en investigación sobre arrecifes de coral, sino también la llevó a ganarse la beca Colombia Biodiversa de la Fundación Ángel Escobar, organización que coordina el fondo homónimo de becas para estudiantes de pregrado y posgrado que desarrollan sus proyectos de tesis en temas relacionados con conservación, conocimiento y uso sostenible de la biodiversidad colombiana.

Appraising the “deep reef refugia” hypothesis in the Colombian Caribbean: genetic connectivity and implications for conservation es el nombre del proyecto con el cual Laura María intenta probar que los ecosistemas coralinos mesofóticos (aquellos a profundidades de entre 30 y 200 metros) pueden ser refugios potenciales contra perturbaciones que afectan a los arrecifes poco profundos (localizados entre la superficie y 40 metros bajo el agua) a través de gametos y larvas de coral. Esta investigación la desarrolla en una zona poco explorada del país, los bancos de Barú. “Cuando una población de corales ubicados en la superficie mueren por calentamiento global y están blanqueados, por ejemplo, existe la posibilidad de que la misma especie en zonas de arrecifes profundos se reproduzcan y sus huevos y larvas lleguen hasta arriba, permitiendo una nueva población de la misma especie”, explica.

Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.
Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.

En ese sentido, la etapa inicial del proyecto empezó con una exploración de las zonas donde hay arrecifes mesofóticos en Colombia a través de una revisión en los mapas náuticos de la Armada Nacional, dando como resultado la zona costera de Barú, cerca a Cartagena de Indias. Una vez definido el lugar, un colega suya “descendió a 50 metros bajo el agua para tomar muestras de los corales. Se colectaron aproximadamente unas 60 para ser estudiadas genéticamente a través de la extracción de su ADN”. Sin embargo, desarrollar y examinar estas muestras no ha sido un trabajo sencillo, ya que es necesario “mandar las muestras EE.UU. para hacer un estudio con marcadores moleculares sobre el ADN y, posteriormente,  hacer un análisis sobre el genoma”, proceso altamente costoso.

Por ello, Laura María se propuso conseguir financiación para desarrollarlo, logrando que la Universidad de Manchester aportara recursos para la etapa inicial del proyecto, seguido de la beca National Geographic Society y, recientemente, la beca Colombia Biodiversa entregada por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, con lo cual espera pagar los análisis en Estados Unidos.

Juan Armando Sánchez, profesor titular en ciencias biológicas y marinas de la Universidad de los Andes y director del Laboratorio de Biología Molecular Marina (BIOMMAR), indica que tiene particular interés en esta investigación y por eso ha permitido que Laura María realice las pruebas genéticas que  requiera en su laboratorio. “Su hipótesis es viable y, con las nuevas técnicas de buceo, ahora es posible conocer cosas que antes no teníamos en cuenta” dice, y también asegura que, de ser comprobable este proyecto, “el estudio daría la oportunidad de ver cuál es el comportamiento del ecosistema y serviría para avanzar con el  conocimiento en términos científicos”.

Así, Laura María, una mujer apasionada por la investigación, sabe que, aunque conseguir recursos para la financiación de ciencia en el país es complicado, su responsabilidad, disciplina y terquedad, como se define y como sus colegas la ven, son cualidades que le permitirán seguir aportando al conocimiento y conservación de recursos. Por ahora espera seguir ahondando en su proyecto de investigación con el propósito de terminarlo a  final de año, recoger la mayor cantidad de información posible y, así, no solo probar que con disciplina se alcanzan sueños, sino también seguir siendo un motivo de orgullo para su familia.

Salomé Victoria Mojica: “Soy inmensamente feliz con lo que hago”

Salomé Victoria Mojica: “Soy inmensamente feliz con lo que hago”

Los ojos de Salomé Victoria Mojica se iluminan cuando pronuncia ‘salud pública’. La vocación de servicio es su razón de ser. Por eso, cuando tuvo que escoger la investigación de su maestría, no dudó en pensar en que debía tener un componente humano. “Siempre quise saber sobre el marco normativo que rige a las cuidadoras de niños con malformaciones congénitas. Mi objetivo es visibilizar que son mujeres que están completamente solas, afectadas psicológicamente, sin recursos económicos”, asegura con un gesto desesperanzador marcado en el rostro.

Y cómo no preocuparse si, según la investigación que adelanta, estas mujeres no solo cargan con el peso de tener un hijo o hija enfermos, sino con la culpa, por parte de sus parejas, de que no naciera “como lo esperaba la sociedad”. Salomé pertenece al grupo de Ciencias Básicas y Clínicas de la Salud, de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, que genera conocimiento a partir de investigaciones en áreas de ciencias básicas médicas que tengan aplicación clínica.

De acuerdo con Teresita Sevilla, directora de investigación, desarrollo e innovación, “Salomé es una de las jóvenes promesas de la Universidad”, razón por la cual fue beneficiaria de los apoyos financieros que ofrece su oficina para adelantar estudios de maestría.

Pero, ¿cuál es el rol del Estado en esta coyuntura? Es precisamente la pregunta que Salomé quiere desvelar mediante su proyecto, porque, como bien manifiesta, es la madre que cuida al niño, pero, ¿quién cuida de ella?

No obstante, esa pasión por la salud pública no es nueva. Desde que estaba en quinto semestre de Medicina, y tras realizar su rural con énfasis en investigación, supo que ese era el camino que quería tomar y cada nuevo día lo afianza. Tanto que hace seis meses logró abrirse un espacio en la Secretaría de Salud de Cali para ayudar a los enfermos de tuberculosis y VIH.

Salomé hace parte del grupo de Micobacterias, de la Secretaría, que trabaja en la coinfección de estas dos enfermedades. “Vigilamos que estos pacientes, en algunos casos habitantes de la calle y de la comunidad LGBTI, reciban un tratamiento adecuado, oportuno, y que por nada del mundo lo dejen”, explica.


De estudiante a profe

Bailarina de ballet desde los cinco años hasta que inició sus estudios universitarios, combinó esta afición con la salsa cuando la descubrió a los 11 años. Esa sí no la ha dejado: hoy dicta clases en el programa Javesalsa. Pero no es la única disciplina que dicta.

Cuando apenas estaba dejando a un lado los cuadernos y su mochila de estudiante, le llegó la propuesta más “abrumadora” de su vida, como ella misma lo califica. A sus 24 años es tal vez la profesora más joven de la Universidad. En julio pasado asumió la tarea de dictar la asignatura Salud y Comunidad, con la que pretende hacer que los futuros médicos entiendan que fuera de los consultorios también se puede hacer medicina.

“Ha sido una experiencia de mucho respeto, de humildad. Me daba miedo que los estudiantes dijeran que por ser joven no sabía nada. Luego, ha sido un proceso de irnos transformando y construyendo en el aula, de enseñarles que la medicina se puede trabajar desde la comunidad y para la comunidad, que no es únicamente recetarle al paciente una pastilla, que detrás de ese enfermo hay una situación que lo determina, como sus condiciones de vivienda”.

Entre libros, salones de clase e historias clínicas transcurre la vida de esta joven médica que sueña con salvar el mundo llevando, no la capa de la Mujer Maravilla, sino su bata blanca. “Los salubristas siempre buscamos mejores condiciones para todos y pienso que eso es lo que debería mover a cada ser humano. Levantarse todos los días y sentir que contribuye a una mejor sociedad”, concluye.

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Hay cinco puertas abiertas y dos opciones: cerrar cuatro y avanzar por una sola o quedarse estancado con todas ellas abiertas. Natalia Sepúlveda, nutricionista de la Pontificia Universidad Javeriana, eligió la primera. Decidió “darlo todo” por la línea de investigación de nutrición infantil. Ese fue el momento más retador de su trayectoria como investigadora; “¿será la decisión correcta?”, pensaba.

Nunca imaginó una vida como investigadora o como docente, su ocupación desde hace cuatro años en la Universidad Javeriana. Durante su pregrado, se visualizaba como una nutricionista enfocada en pediatría, en clínica; sin embargo, su trabajo de grado cambió ese destino. Incursionó investigando sobre el estado nutricional y la actividad física en adolescentes. Tuvo la oportunidad de presentar su trabajo en un congreso internacional en Islas Canarias, España, lo que la hizo soñar con una maestría en ese país, que más adelante logró: es magister en Condicionantes Genéticos, Nutricionales y Ambientales del Crecimiento y Desarrollo de la Universidad de Granada.

Ama viajar, pintar mandalas, compartir con su mascota Mía –una golden retriever– y su ‘mantra’ es la ética: “No tiene sentido obtener ningún dato de investigación sin ética”, dice. También tiene un gran amor: los niños. Por eso su vida como investigadora ha estado dedicada a los “chiquitines”, como ella les llama. Considera que son “la base del futuro” y que la nutrición es crucial, ya que los hábitos alimentarios inadecuados de la infancia pueden afectar, en la edad adulta, no solo el estado de salud sino la capacidad intelectual. Además, “formar o modificar un hábito alimenticio en un niño es más efectivo que decirle a un adulto que se coma la fruta entera en vez del jugo de todos los días”.

Trabajar con niños es más que medirlos, tallarlos y analizar datos. El compartir y los abrazos son importantes, el contacto con ellos y las risas “son toda una aventura”. Lo disfruta incluso cuando lo cuenta. El mundo de la investigación le permite tener contacto con diferentes poblaciones de niños mientras se genera conocimiento. Así, ha trabajado como coinvestigadora en la caracterización nutricional de enfermedades huérfanas como Niemann Pick tipo C y la mucopolisacaridosis. Estudió los casos de todos los niños de Colombia que tenían estas patologías en 2012 y cómo la nutrición puede favorecer el tratamiento médico de estas enfermedades. Ese mismo año lideró una investigación sobre actividad física, actividad sedentaria y hábitos alimentarios en escolares con exceso de peso, cuyos resultados presentó un año después en un congreso de nutrición pediátrica en España.

¿Fue la puerta correcta? En el mejor momento de su carrera, puede decir, convencida, que sí. “Ahora estoy recogiendo el esfuerzo de todos mis años como nutricionista, investigadora y docente”. Este año volvió a España con el respaldo de la Pontificia Universidad Javeriana y una de las 35 becas que otorga la Fundación Carolina en Latinoamérica. Allí realizará su doctorado en Medicina Clínica y Salud Pública, en la Universidad de Granada, donde desarrollará su tesis sobre nutrición y neurodesarrollo, temática en la que ha trabajado en los últimos años. ¿Cuál fue la clave? Seguir el camino que ordenaron sus sueños, entregarse a ellos y agregarle disciplina. Así hizo que el universo conspirara a su favor.

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

Barrera c

El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Sebastián Velandia: los mensajes que dicta el silencio

Sebastián Velandia: los mensajes que dicta el silencio

Desde hace muchos años, a Sebastián Velandia Campos lo acompaña una frase que celosamente guarda en su billetera: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. El enunciado de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, es para Sebastián un mensaje tan cercano a su vida que lo convirtió en una impronta que guía sus pasos.

“Creo mucho en el aporte de todos los jóvenes a la sociedad, no importa la forma. Yo puedo aportar y transformar realidades”, comenta. Pero el del cronista uruguayo no es el único mensaje que lo ronda. Este bugueño, que en octubre de 2016 se graduó de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, es un hombre de mensajes, tanto los que aplica en su cotidianidad como aquellos que considera su deber multiplicar entre los demás para despertar la sensibilidad.

En esa última categoría cabe justamente el mensaje que, desde su mundo de silencio, su hermano Santiago le ha transmitido toda la vida y que de alguna manera le dio sentido a su encuentro con la investigación. “Mi hermano presenta una situación de discapacidad auditiva profunda y, aunque solo hay tres años de diferencia entre los dos, no hemos podido acceder a una oferta educativa igualitaria. Él todavía está terminando el bachillerato y yo ya egresé de una carrera”, enfatiza.


La investigación como forma de divulgar mensajes argumentados

En medio de una formación meritoria ­­–estudió en la Javeriana con la Beca Magis 2012-2016 por sus logros académicos e hizo un semestre internacional en la Pontificia Universidad Católica de Perú, gracias a otra beca ofrecida por la Plataforma Alianza del Pacífico 2015, del Ministerio de Educación de ese país–, Sebastián ha fortalecido su construcción profesional con esos mensajes que tanto valora: “Los economistas debemos ser agentes sociales que analizan las problemáticas y aportan a la transformación de las realidades de las poblaciones más vulnerables, como las personas en condición de discapacidad que, según estudios, tienen mayor propensión a la pobreza y menor participación política, social y económica”.

En esa ruta, la actividad científica, fue para Sebastián una herramienta para comunicar mejor su relato. Desde el Semillero de Investigación en Economía y su énfasis en Políticas Sociales, elaboró el trabajo “Análisis multinivel y experimental del acceso a la educación superior para personas en condición de discapacidad en Cali”, junto a su compañera Melissa Ramírez y bajo la dirección de la profesora Maribel Castillo.

El ejercicio trascendió hasta llevarlo al Concurso Nacional de Ponencias Jesús Antonio Bejarano, en 2016, donde expuso en el marco del Congreso Nacional de Estudiantes de Economía. “Mi objetivo era ofrecer a economistas evidencia científica y social que demostrara la importancia de trabajar por esta población”. Además del tercer lugar obtenido, Sebastián descubrió a través de la experiencia que “la investigación puede promover, alentar y persuadir a la sociedad para la adecuada toma de decisiones en los ámbitos económico, social y político, y puede expresarse en políticas públicas”. Con esa certeza, este joven de 23 años guía actualmente su vocación de investigador.

Hoy en día Sebastián es joven investigador del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico de la Javeriana Cali, y acaba de lograr una beca en España para continuar sus estudios en desarrollo local e innovación territorial en la Universidad de Alicante.

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

La infancia y la juventud de Flor Edilma transcurrieron en el campo, en un pueblo de Boyacá llamado Turmequé, donde el estallido de las mechas de pólvora se mezcla con los gritos de felicidad de quienes juegan tejo, el deporte nacional de Colombia. En aquel lugar, lo entendería muchos años después, vivió medio aislada de lo que ocurría realmente en Colombia. Eso la llevó a pensar que este país está lleno de pequeños archipiélagos que paradójicamente no han sido tocados por la violencia. “Yo estoy convencida de que eso marcó mucho mis opciones posteriores, como pensar en estudiar e investigar los procesos rurales”, dice. “Yo tengo metido, afectivamente, el mundo rural en mi cabeza, el mundo campesino”.

Es la menor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un solo hombre; estudió en la Normal, y apenas se graduó, muy jovencita, empezó a trabajar muerta del susto en una escuela rural en Tota. A pesar de que su experiencia como maestra rural duró poco porque se casó y rápidamente llegaron los hijos, percibió las contradicciones frente a la valoración del campo. “El deber ser es la ciudad, es como si el campo fuera un karma que hay que pagar para después ser trasladado a la ciudad, esto elimina todo el potencial. Muchos olvidan que el maestro es quien puede abrir horizontes a los niños, no necesariamente para que se vayan, sino para que la vida en el campo tenga un sentido”. Y como justamente para la investigadora el campo tiene sentido y muchas posibilidades para que el país tenga un mejor desarrollo, se ha dedicado a estudiarlo, a entenderlo más allá de la visión catastrófica y negativa que, según ella, los medios le han asignado, una “geografía rural hecha a punta de violencia”.

Al tener dos cosas claras, trabajar con la gente y la pedagogía, decidió estudiar Trabajo Social en la Universidad de La Salle. Esta carrera le abrió el espectro académico sin olvidar lo rural. Al graduarse, empezó a trabajar en el episcopado colombiano cuando sucedió el desastre de Armero. “Se requiere mucho trabajo comunitario, un desastre es algo muy fuerte en términos de reconstruir. Volver a empezar es muy difícil, establecer los nexos de la gente, enseñar qué es el futuro después de esos dramas tan duros”.

“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.
“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.

Durante un tiempo, la profesora Osorio también trabajó con una organización evangélica llamada Visión Mundial, en un plan padrino para ayudar a poblaciones vulnerables; sin embargo, su deseo de seguir estudiando la llevó en 1990 a empezar una maestría en Desarrollo Rural en la Pontificia Universidad Javeriana. Este espacio le abrió las puertas al campo académico y, gracias a la socióloga Edelmira Pérez, quien lideró muchos procesos en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, empezó su trabajo de docencia e investigación. Retomó sus inquietudes frente a la migración, pero fue el profesor Santiago Rojas quien la puso en contacto con un problema que estaba bastante escondido pero muy fuerte: el desplazamiento forzado.

“Mucha gente del Meta pertenecía al Partido Comunista, campesinos que militaban y eran desplazados y asesinados. En aquel entonces el problema del desplazamiento no era evidente. Yo en mi tesis de maestría alcancé a registrar afirmaciones de César Gaviria que decían: ‘Nadie está obligando a la gente, la gente se va porque está buscando un bienestar’. Claro, estaba pasando toda la guerra sucia contra la gente de la UP, entonces asesinaban y asesinaban mientras las noticias decían que eran cosas sueltas. Para mí esa fue una lección”, recuerda. Empezó a trabajar el desplazamiento forzado cuando todavía no era una problemática reconocida. En este contexto surge el grupo de investigación Conflicto, Región y Sociedades Rurales.

“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.
“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.

Con un doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Université Toulouse-Le Mirail, si algo ha aprendido Flor Edilma de los trabajos realizados con comunidades rurales (desde Córdoba hasta Caquetá) ha sido a no simplificar el análisis ni las respuestas. “Es muy jodido intervenir, aplicar una política, el trabajo con la gente no es fácil. Como grupo hemos aprendido cuáles son las diferencias regionales de historias, de contextos. Uno a veces simplifica lo rural, pareciera que lo complicado es lo urbano, pero lo rural tiene un montón de aristas, de actores, de historias, entonces yo creo que ahí le dimos solidez a ese proceso de investigación”. También ha llegado a la conclusión de que una de las cosas más dolorosas de la guerra es la soledad, esa soledad de estar lejos, expuesto a que lo amenacen y que a nadie le importe. Después de todo, “¿uno quién es en el campo?”, se pregunta. “Yo a veces sentía que lo de la universidad era tan inútil frente a las cosas que demandaba el país, sentía que no estábamos haciendo nada; sin embargo, la gente del campo nos decía: ‘gracias por estar aquí, ustedes están con nosotros y eso nos da energía, nos sentimos apoyados’. Entonces, si esa presencia de la universidad sirve, pues chévere”.

Como reconocimiento a su destacada trayectoria como investigadora, la profesora Flor Edilma ha sido nombrada como presidenta del XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, a celebrarse del 12 al 15 de septiembre de 2017.

De las cosas que más disfruta de la docencia es la dirección de trabajos de investigación, sencillamente porque es una relación uno a uno. “Ser profesor de alguien que toma sus decisiones, pero que uno acompaña, eso me parece súper bonito”. Y es que la admiración que ella siente por sus alumnos es tan grande que, aprovechando su año sabático, decidió crear una página web, con la ayuda de su hija, para publicar los trabajos de la clase de Problemas Rurales, donde recoge las experiencias de la gente del campo en materia política. “Yo creo que la esperanza del mundo rural no viene del Gobierno o de otros, viene con la fuerza de la gente. Con frecuencia creemos que la gente en el campo está esperando a que le den todo, que no se mueve porque es apática, pero hay un montón de experiencias de distintos alcances que demuestran que la gente tiene capacidad crítica y que hace un montón de cosas, que se esfuerzan por romper el miedo, que exigen reivindicaciones y eso a mí me parece esperanzador”.

“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.
“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.

Como suele ocurrir, las personas regresan a sus orígenes, por eso ella, que en 2015 recibió el Premio Bienal a la Investigación Javeriana, Vida y obra en el área de Ciencias Sociales, ahora vive en el campo, asumiendo el desafío de construir caminos que den continuidad a su experiencia académica, al tiempo que disfruta de las bondades de la vida rural.

Juan Ferro (colega de la universidad).
“De ella valoro mucho su perseverancia, su constancia en temas muy relevantes para nuestro país: el desplazamiento forzado, la problemática rural en general, el conflicto armado y de género. Lo interesante en estas investigaciones es que ella tiene facilidad para producir material escrito que dé cuenta de cada uno los procesos trabajados. Algo muy especial en ella es que tiene una buena manera para acompañar el trabajo de los estudiantes. Es una profesora muy completa por sus habilidades para la docencia, la investigación y la extensión, que son las tres principales actividades nuestras. Por todo esto, la profesora Flor Edilma fácilmente se gana el respeto”.

 

Andrés Buitrago ¿un nuevo Joker?

Andrés Buitrago ¿un nuevo Joker?

Andrés se viste de colores oscuros —en especial de negro— que destacan su melena rubia y su aire de metalero. Al lado de su motocicleta luce como todo un renegado y, de hecho, lo es desde que empezó a llamarse ‘postartista’. Le gusta tatuarse y en este momento lleva en su piel las imágenes de un tigre y un dragón.

Como los superhéroes, Andrés tiene una doble vida: de día es profesor de artes en el Colegio Ciedi y en las noches ‘lucha contra el crimen’, es decir, emplea su tiempo libre para hacer una de las cosas que más le ha valido reconocimientos, la crítica de arte, a veces bajo el seudónimo de Jack Napier (nombre verdadero
del Joker, de Batman).

Poderes: Andrés usa la pedagogía para transformar la mente de sus estudiantes de primaria y bachillerato: “las clases de arte me permiten, más que formar artistas, formar ciudadanos”, dice. Otro de sus poderes es su pensamiento agudo, en el que se mezclan el arte y los estudios culturales para dar como resultado una perspectiva crítica con un impecable uso del lenguaje, preciso y argumentado.

Historia: Desde muy joven, su pasión por la pintura y el dibujo lo llevaron a estudiar Artes Visuales en la Pontificia Universidad Javeriana. Allí surgió su interés por interpretar el arte desde una perspectiva social y política.

Su nueva identidad: Y aunque en un comienzo quiso ejercer como artista e incluso produjo obra, en 2011 nació su identidad como postartista, cuando empezó a estudiar la Maestría en Estudios Culturales en la Universidad Nacional; ahora se enfoca no en el arte, sino en la cultura visual. “Mi postura implica reconocer de qué manera las imágenes pueden servir como producción de conocimiento y ayudar a pensar cuestiones vitales, como las relaciones personales; pero también implica reconocer cómo el arte es excluyente cuando se ve desde perspectivas como la de clase, género o raza”.

Hazañas, parte I: Andrés se inauguró en el mundo de la crítica publicando un artículo en el portal Esferapública sobre la artista Sophie Calle, invitada en 2012 a exponer en el Museo de Arte del Banco de la República. “El artículo generó un debate interesante y me permitió ir delineando mi postura crítica”, dice.

Hazañas, parte II: Su segunda publicación fue resultado de la beca que obtuvo como Joven Investigador de Colciencias, en la que plasmó algunos resultados de su tesis de maestría, que fue meritoria. Allí buscó comprender la configuración contemporánea del nacionalismo en Colombia, analizando las campañas publicitarias Vive Colombia, viaja por ella y Vive Colombia, el país que llevas en el corazón.

Hazañas, parte III: Su última publicación fue ¿A qué suena La Perse?, ganadora del Premio Nacional de Crítica 2015 luego de que el jurado considerara que, de los 37 textos participantes, el de Jack Napier era “relevante, novedoso y coherente”. El texto inaugura una crítica al sistema del arte y a su configuración discursiva. “Quiero que me sirva para plantear una ética, una política y una estética de la vida misma, es decir, pensar los ejercicios creativos para proyectar la vida de otra manera”.

¿Para qué sirve la crítica?: “Si la crítica no cumple funciones pedagógicas, no está sirviendo para nada, pues debe poner a disposición de otros herramientas y estrategias que permitan la apropiación social del conocimiento”, asegura.

Sus retos: Le inquieta cómo la investigación, la producción y la circulación del conocimiento sirven para ser mejor persona: “le apuesto a una producción de conocimiento socialmente útil, ¡un reto grande! Por ejemplo, quizá, una de las cosas más relevantes, en lo personal, es que más allá de hacer crítica, con lo que me he enfrentado es conmigo mismo, con la necesidad de transformarme”.

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Su amor por la naturaleza nació espontáneamente y fue, como dice él, el resultado de su insaciable curiosidad. “Hace muchos años tuve varios hobbies, pero observar la naturaleza es el único que sobrevive. Adentrarme en los bosques absorbió todo lo demás. Lo único que me interesa es salir a ver qué están haciendo los pájaros”.

Esa pasión por estudiar la biodiversidad hizo que, en 1994, junto con su esposa y colega Carolina Murcia, se vinculara a la Wildlife Conservation Society para desarrollar un programa de investigación y entrenamiento para la conservación de la biodiversidad en Colombia. Durante 13 años entrenaron a alrededor de 50 jóvenes investigadores y conservacionistas en bosques andinos en Colombia. El programa tenía su centro de operaciones en la cuenca del río Otún en Pereira, funcionó con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda y de la unidad de Parques Nacionales Naturales, con financiación de la Fundación MacArthur.

Investigador y verdadero maestro definen al profesor de la Carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana Cali Gustavo Kattan, lo que lo ha hecho merecedor de importantes reconocimientos, como el Biotropica Award for Excellence in Tropical Biology Conservation de la Association for Tropical Biology and Conservation.

Sus inicios en la investigación

Estudió Biología en la Universidad del Valle y se orientó hacia la ecología. Fue en su pregrado donde se enamoró de las aves, por influencia del profesor Humberto Álvarez, con quien empezó a estudiarlas, al igual que el comportamiento general de los animales. “Uno se contagia de la pasión de los profesores y, en la medida en que se empiezan a estudiar los problemas científicos relacionados con la biodiversidad, lo ‘pica’ la curiosidad”.

Recuerda una frase de uno de sus profesores de pregrado, quien decía que “hacer investigación es sostener una conversación con la naturaleza”, pero, añade, “hay que aprender a conversar con ella, hacer la pregunta correcta y saber interpretar la respuesta”.

Para hablar con la naturaleza, el profesor Kattan sale cada semana a caminar con ropa cómoda que le permita mimetizarse entre los paisajes que recorre. Entre sus sitios favoritos están el kilómetro 18 y La Teresita, ubicada en los Farallones de Cali, sitios que conoce como la palma de su mano. “Casi sé dónde está cada árbol”, dice. A veces sale a caminar solo para no distraerse, porque le gusta conversar con los árboles, saber cómo están, y preguntarles a los pájaros qué están haciendo. “Para hablar con la naturaleza hay que entender lo que dice”. Aunque a sus salidas de campo va con su cámara, confiesa que es pésimo fotógrafo, pero buen dibujante, un pasatiempo que ha dejado, pero que espera retomar.

“Dibujo lo que voy viendo en mis recorridos, sobre todo las aves, porque los escarabajos me quedan feos”. Muchos dibujos los hace de memoria, tratando de recrear —con trazos de lápiz y tiza pastel— cada detalle del animal.

Taxonómicamente, dice, las aves son el grupo más estudiado y, sin embargo, lo asombroso es que todavía se siguen encontrando especies nuevas. Cuando se refiere a ellas, sus ojos brillan y la emoción contagia a su interlocutor. Le fascinan por su majestuosidad y quisiera volar como ellas. Pero hay algo que las hace todavía más asombrosas y es que, según el investigador, las aves son dinosaurios. Entonces, estos no se extinguieron.

“Una de las características más importantes de las aves son las plumas; es el único grupo de animales que las poseen. En las últimas dos décadas se han descubierto fósiles muy interesantes, sobre todo en China, donde se han encontrado dinosaurios con plumas. Entonces las aves son un linaje de dinosaurios que sobrevivió”, explica el biólogo, ahora convertido en ornitólogo.

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En 1984 se fue a la Universidad de Florida a estudiar la maestría en Zoología y obtuvo el doctorado en la misma área y la misma universidad, en donde investigó sobre el comportamiento animal desde la ecología conductual en un marco evolutivo. Hizo un estudio sobre un fenómeno social denominado parasitismo de crianza en las aves. Hay un 2% de especies de aves que no crían a sus polluelos, sino que parasitan otras aves, es decir, ponen sus huevos en otros nidos y son otras aves las que se encargan de criar los hijos ajenos hasta que crecen y se independizan.

En 2008 se vinculó a la Universidad Javeriana Cali, en donde tuvo como principal objetivo trabajar en la estructuración del programa de Biología, el cual inició en 2009. El programa tiene el sello de este investigador. Durante su periodo como director, del 2009 al 2012, impulsó las actividades académicas extracurriculares como mecanismo para que los estudiantes aprendan entre ellos y se emocionen por su carrera.

Kattan se ha dedicado a estudiar los bosques de las montañas de los Andes. Actualmente investiga los árboles llamados higuerones, importantes en los bosques tropicales por su producción permanente de frutos, lo que los hace una pieza clave para la alimentación de la fauna, especialmente de aves y mamíferos. Estos árboles pueden dar respuesta a la conservación y restauración de los bosques tropicales.

Su personalidad introvertida le ha servido para concentrarse en la investigación, por lo que Colciencias lo ha clasificado como ‘investigador senior’. Es un apasionado por la lectura y devora principalmente libros de ciencia. Su autor preferido es el biólogo Bernd Heinrich, con el cual se siente identificado. “Es otro entrometido como yo, no puede ver a un animalito porque quiere saber qué está haciendo. Se puede gastar páginas enteras explicando cómo un escarabajo abre un hueco y uno está emocionado leyendo”.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

 

 

Gustavo Perea Insaciable deseo de aprender

Gustavo Perea Insaciable deseo de aprender

La relación de Gustavo Perea con la investigación es relativamente reciente, pero tiene sus raíces en una mucho más antigua y profunda: su relación con el conocimiento, cuyo recuerdo más lejano se ubica cuando él cursaba cuarto de primaria.

De esa época, Gustavo recuerda una conversación con su profesora en el Gimnasio Farallones que marcó su vida académica. “Mi hermano ya había pasado por ese curso porque estaba dos años adelante mío. Cuando la profesora llamó a lista me dijo: ‘¿Eres hermano de Darío?’, contesté que sí y me dijo que él era muy buen estudiante y que esperaba que yo también lo fuera”.

Darío era el referente académico en su familia, el de mostrar por sus logros escolares. “Siempre lo admiré en silencio”. A partir del ejemplo de su hermano y de la sentencia de su profesora, Gustavo empezó a apropiar herramientas que fue integrando a su aprendizaje. “Me volví amante del conocimiento, de la responsabilidad, de ‘ser bueno’”. En el bachillerato siempre fue el mejor estudiante y, sumando reconocimientos, fortaleció su relación con el saber. “Es un amor por querer estar cada día más empapado de conocimiento”.

Ese deseo insaciable de aprender llevó a Gustavo no solo a estudiar Derecho —se graduará en mayo próximo—, sino a aprovechar la doble titulación que ofrece la Javeriana Cali, e ingresar a Filosofía, carrera en la que cursa cuarto semestre. En medio de ese proceso, en 2013 se encontró con la investigación. “Ingresé al grupo De Humanitate como monitor del proyecto Responsabilidad social empresarial a la luz de la doctrina social de la Iglesia, y en 2014 pasé a ser miembro del semillero de investigación del grupo, adscrito a la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales”, punto de encuentro de las dos disciplinas que estudia.

Durante estos tres años, su producción académica ha merecido diversos reconocimientos. Además de haber sido beneficiario de la convocatoria de semilleros de investigación de Colciencias en 2014 y de la convocatoria interna de la Universidad en 2015 —participando en el semillero Wittgenstein—, ha publicado un capítulo del libro Semillas de Wittgenstein. Gracias a su paso por el semillero de Derecho Procesal, participó exitosamente en un foro sobre el tema, fue ponente del Nodo Suroccidental de la Investigación Sociojurídica en 2015 y, en el campo de la filosofía, a partir de su trabajo sobre Ludwig Wittgenstein, ha sido conferencista en Bogotá, Cali y Lima.

A sus escasos 25 años, Gustavo es hoy asistente del Departamento de Humanidades, donde acompaña, promueve y fortalece todos los procesos de los semilleros. Y, como cuando estaba en cuarto de primaria, no ha perdido la costumbre de ganarse la confianza de los docentes que encuentra en su camino. “La mayoría de estudiantes se queda con lo de clase y ya”, comenta Ana María Giraldo, docente del Departamento de Humanidades y quien inició con G
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ustavo el semillero sobre Wittgenstein. “Él está abierto a distintas formas de conocimiento, diferentes actores, distintas maneras de investigar y eso permite enriquecer mucho todo el conocimiento que recibe”.

En ese proceso, donde la investigación es ahora su campo de acción, la fuerza de su relación con el conocimiento jamás ha mermado. “Hace poco, en la biblioteca, miraba los libros y decía: ‘Ojalá pudiera tener el tiempo y la facilidad para leer al menos la mitad de los libros de uno de esos estantes’. Eso me atrae muchísimo, me exhorta a comprender”.

Y aunque algunas cosas no han cambiado desde su niñez, incluyendo su admiración por su hermano Gustavo, tiene claro algo que sí cambió la forma como lo ve su familia: “Ahora soy yo al que mandan a otro país a presentar ponencias, el que escribe libros. Ahora soy yo el referente académico”.

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Álvaro Faccini Martínez. Investigar para curar y curar para investigar

Álvaro Faccini Martínez. Investigar para curar y curar para investigar

Álvaro Adolfo Faccini Martínez, hijo de médicos, empezó su juventud pensando que sería diseñador. Sin embargo, mientras estudiaba en el Colegio San Bartolomé la Merced, fue descubriendo poco a poco que su verdadera vocación era la medicina. Álvaro es hoy médico de la Universidad Militar Nueva Granada, con maestría en Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, y estudiante del Doctorado en Enfermedades Infecciosas de la Universidade Federal do Espírito Santo en Brasil.

Desde el pregrado tuvo gran interés en las enfermedades infecciosas, así que decidió ser médico rural en investigación, al tiempo que estudiaba su maestría. Fue entonces cuando se le abrió un nuevo mundo en su experiencia médica: sintió que le daba aire a su vida académica, descubrió que la investigación era otra rama importante en la medicina y que tenía la oportunidad de transitar un camino diferente al que siguen la mayoría de médicos.

Durante su maestría se concentró en el estudio de las rickettsiosis, enfermedades infecciosas causadas por bacterias transmitidas al hombre a través de garrapatas, pulgas, piojos y ácaros. Esta investigación, que realizó junto con otros investigadores del Departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana, fue desarrollada en Villeta, Cundinamarca, en el marco del proyecto Caracterización de factores climáticos y ecológicos de una especie de garrapata y su relación con la epidemiología de la rickettsiosis en un área endémica, con la cofinanciación de Colciencias. El principal hallazgo del estudio es que se hizo evidente la circulación de la bacteria rickettsia tanto en animales domésticos como en garrapatas del municipio. Así mismo, se encontró que las rickettsiosis hacían parte de las causas de síndrome febril agudo en los pacientes que consultaron al Hospital Salazar de Villeta entre noviembre de 2011 y marzo de 2013.

Fue en este proceso cuando descubrió su pasión por la investigación y junto con su tutora, Marilyn Hidalgo, y compañeros de estudio redescubrió el trabajo de laboratorio, el trabajo de campo, la escritura académica y se encontró con el gran aporte de la interdisciplinariedad. Álvaro afirma que, gracias al trabajo conjunto con veterinarios, microbiólogos, bacteriólogos y biólogos, aprendió a investigar mejor.

Le gustó el área de las enfermedades infecciosas porque es muy dinámica y siempre hay algo nuevo por estudiar —nuevos microorganismos, nuevos mecanismos de resistencia, dice—; también, porque considera que son pocos los médicos que estudian enfermedades que afectan principalmente a poblaciones rurales en situación de pobreza. “Hacer producción científica sobre estas enfermedades olvidadas es una posibilidad de dar a conocer la verdadera realidad de una población desatendida que merece diagnósticos oportunos, tratamientos eficaces y mejores políticas de salud pública” afirma.

Álvaro está convencido que su experiencia en la medicina no se agota en el ejercicio de una ciencia aplicada, sino que tiene el deber de contribuir a su progreso a partir de la producción de nuevo conocimiento científico. Así, su sueño es seguir en el ámbito clínico tratando pacientes y haciendo investigación de manera simultánea. “Cuando uno hace investigación se ve obligado a la actualización permanente, eso lleva a nuevos aportes para determinadas enfermedades”, dice; “y a su vez, la interacción con el paciente invita a profundizar en el comportamiento de una enfermedad, a estudiar su perfil epidemiológico, lo que se puede compartir con la comunidad científica para construir más conocimientos en esa área de estudio”.

Este médico, abierto a la observación, dispuesto a dudar y a contribuir a generar mayor conocimiento científico, tiene claras sus metas: lograr que la medicina expanda su conocimiento en estas enfermedades, que los pacientes reciban mejores tratamientos, que las instancias gubernamentales mejoren sus políticas y que los agentes locales implementen acciones de salud pública pertinentes para la realidad social de aquellas personas excluidas que son quienes más lo necesitan.

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