Más allá de lo evidente

Más allá de lo evidente

Por aquella época los días tenían una facilidad enorme para estirarse, para no acabarse, para mantenerse firmes, incambiables en el calendario. Lo peor de todo era que el teléfono no sonaba: ninguna razón, nadie que le avisara de la suerte del primer proyecto de su carrera. Avanzaba 1988 y Sandra Baena, recién graduada de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, había regresado a Cali, a su casa paterna, a la espera de que una llamada le confirmara que su tesis de grado iba a convertirse en realidad.

Pero muy poco pasaba: la llamada recurrente que recibía era la de Elizabeth Hodson de Jaramillo, su mentora y tutora, siempre insistente: “Me decía que no me acelerara porque todo iba a salir bien”, recuerda hoy Baena, con una sonrisa.

Las buenas noticias llegarían en mayo de aquel año. Con la aprobación administrativa empacó maletas, regresó a la capital y se puso al frente del proyecto de evaluación de un sistema natural de tratamiento de aguas residuales domésticas que utiliza pastos forrajeros, el mismo que empezó a construirse en el campus de la universidad, en la zona verde junto al edificio Jesús Emilio Ramírez, S. J., en la esquina de la carrera Séptima con calle 45.

Con ese proyecto nacería la Unidad de Saneamiento y Biología Ambiental (USBA) de la Javeriana, que con el tiempo se convertiría en el grupo de investigación con el que Baena alcanzaría sus mayores logros científicos y académicos. Claro que en sus primeros días generaba risas entre los colegas: “Mis amigos me decían: ‘El grupo es de uno: es usted. Si falta, se acaba’”, recuerda. Realizaba sus primeros análisis de demanda biológica de oxígeno (DBO) de las aguas residuales en un rincón del laboratorio dirigido por Hodson, en horas en las que nadie más estuviera presente.

Ese fue su primer paso, uno que había anticipado en su infancia. Hija de ingeniero químico y de abogada, se formó en un hogar abierto a las preguntas y las inquietudes. Fue en ese ambiente, haciendo las tareas acompañada de sus cinco hermanos, cuando se despertó su afinidad por temas como la biología celular o el funcionamiento del sistema solar. “Desde que estaba en el colegio lo único que me gustaba eran las ciencias. Nunca pensé que pudiera ser administradora de empresas, economista o ingeniera. Me gustaban la química y la biología”.

Su elección estuvo marcada por la profesora Carmen Elisa, quien en el Colegio de la Sagrada Familia, de Cali, le enseñó los secretos celulares a través de dinámicas de clase que fomentaban la opinión: “Era muy buena gente, y lo que más me descrestaba es que sabía. Lo que uno le preguntaba, ella lo sabía. Todo lo explicaba muy fácilmente”.

Todos esos recuerdos los llevó consigo a Bogotá, donde, a comienzos de los años 80, inició la carrera de Biología en la Javeriana. En sus aulas, de la mano de la profesora Hodson y de Martín Llano, su profesor de ecología, encontró el norte de su carrera: los sistemas biológicos para descontaminar aguas residuales. De hecho, su tesis de grado consistió en aplicarlos al tratamiento de aguas residuales basados en la hidroponía, técnica que Carlos Fonseca, entonces subdirector de Medio Ambiente del Inderena, buscaba implantar en el país, especialmente en municipios pequeños. Esta técnica consistía en una estación en la que se sembraban en grava pastos forrajeros, y los microorganismos de las raíces, al entrar en contacto con el líquido, degradaban sus contaminantes y removían nutrientes (principalmente fósforo y nitrógeno), los cuales, a su vez, nutrían todo el sistema.

Se trata de un sistema biológico sencillo, pues funciona gracias a la interacción entre las plantas y el microbioma asociado principalmente a las raíces. “Esta interacción es la que realiza el trabajo”, comenta Baena, y explica que su amor por esta especialidad surgió cuando entendió que se trataba de una solución adaptada al trópico, donde la duración de la luz del sol es constante a lo largo del año y facilita el trabajo biológico: “No eran sistemas complejos desarrollados en países industrializados, sino soluciones pensadas en las ventajas competitivas del trópico para solucionar este problema ambiental”.

Sin embargo, ella no quedó satisfecha con ese logro. Mientras buscaba que estos sistemas se implementaran en municipios pequeños y empresas, al tiempo que dictaba clases en pregrado y las recibía en la Maestría de Saneamiento y Desarrollo Ambiental, seguía inquieta sobre lo que sucedía en ese mundo invisible descontaminante. Una pasión que llevó a fondo a comienzos de los años 90, cuando Colciencias la becó para adelantar un doctorado en Ciencias en la Universidad de Aix Marseille, al sur de Francia. Fue allí en donde realizó su tesis doctoral en el laboratorio de microbiología de anaerobios –sistemas que trabajan sin la presencia de oxígeno– del Institut de Recherche pour le Développement (IRD), laboratorio que hoy hace parte del Institut Méditerranéen d’océanologie (MIO).

Baena P44 1iAsí, con el entusiasmo por aprender más sobre las interacciones entre los microorganismos en los sistemas anaerobios de tratamiento de aguas residuales, partió a Marsella, lejos de París, donde su esposo, el biólogo herpetólogo e investigador javeriano Julio Mario Hoyos, hacía su doctorado en el Museo de Historia Natural. El cambio fue duro: tuvo que instalarse en un pequeño estudio de la ciudad universitaria de Luminy y conoció las consecuencias de las clásicas huelgas a la francesa, en las que los servicios públicos de transporte se suspenden; también tuvo que convivir con el estilo marsellés de conversaciones de tono alto y palabras de grueso calibre. Aún recuerda con emoción los imponentes paisajes de las calanques alrededor de Luminy, unos valles de bordes muy empinados que se encuentran en la costa del mar Mediterráneo.

Pero, sobre todo, aprendió lo que no sabía en Colombia: el cultivo de bacterias anaerobias en laboratorio, los marcadores moleculares para hacer identificación taxonómica y análisis filogenético de procariotas y, principalmente, cómo eran las interrelaciones de microorganismos en ambientes anaerobios que degradaban la materia; en síntesis, se zambulló en un universo que no se percibe a simple vista. “Dentro de la biodiversidad se ignora aquello que no podemos ver. A veces nos parece que los microorganismos no tienen un papel relevante en el mundo, pero ellos son los encargados de transformar la materia orgánica, de mover los ciclos biogeoquímicos, son la base de las cadenas tróficas. Sin su actividad, difícilmente podríamos existir”, explica.

Fueron cuatro años de estudio dedicado, que también le abrieron la puerta al conocimiento de los microorganismos que habitan ambientes extremos gracias a las investigaciones que llevaba a cabo su tutor francés, Bernard Ollivier, en estos ambientes, como aguas termales, ecosistemas salinos, biomas de frío intenso o cualquier lugar donde, a simple vista, se crea que no es viable hallar vida.

En su regreso a la Javeriana tuvo que implementar este conocimiento desde cero, pues el laboratorio del grupo de investigación no estaba diseñado para este tipo de estudios. Fue a comienzos del siglo XXI cuando Baena regresó a un país con profundos problemas sociales, políticos y económicos, con recursos escasos para la investigación y para la creación de infraestructuras que era necesario adecuar si quería generar nuevo conocimiento sobre la diversidad microbiana, así que se dio a la tarea de formular y presentarle proyectos de investigación a todas las instancias posibles: empresas, entidades oficiales, organismos de cooperación internacional, etc.

Baena P44 2CLos últimos 18 años los ha dedicado a la investigación en campo, al estudio de microorganismos de manantiales termales y salinos y de microorganismos que puedan producir enzimas o metabolitos de interés, y así, junto con su estudiante de doctorado Gina López, su trabajo le ha valido la obtención de la patente sobre una lipasa modificada, aislada de un organismo que habita en manantiales con alta temperatura y en condiciones ácidas que puede transformar grasas y aceites utilizados en la industria alimentaria, cosmética y, posiblemente, farmacéutica. Pero, ante todo, se ha dedicado a formar estudiantes de la misma forma con la que aprendió a trabajar en los laboratorios franceses: cada uno sabe lo que tiene que hacer y todos trabajan con compromiso por el grupo. “Siempre les digo a los que trabajan conmigo que pueden preguntar todas las veces que quieran para evitar equivocarse por no preguntar”, explica.

Aunque reconoce que su trayectoria no está completa, un reconocimiento a su arduo trabajo se dio en 2014 cuando la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales la aceptó como uno de sus miembros. “Fue un reconocimiento a una labor silenciosa, a un trabajo constante y bien hecho”. Durante la ceremonia de entrada dictó una conferencia sobre la diversidad metabólica y filogenética de los manantiales salinos colombianos; allí la acompañaron su esposo, Julio Mario, sus amigos, su familia extendida (estudiantes que ha formado a lo largo de estos años) y Elizabeth Hodson, su tutora y amiga.

Hoy su rutina transcurre con más calma. Gracias a su trabajo disciplinado ha aprendido no solo a dominar los silencios de la incertidumbre, también a disfrutar aquellos espacios externos a su pasión, que es su trabajo científico. En su casa, las noches y los fines de semana son de “cerebros caídos”: en el refugio que ha construido con su esposo está prohibida cualquier referencia a los proyectos en curso, las tesis dirigidas o las clases que vienen. Aquellas jornadas se dedican a la música –su esposo es un melómano del rock clásico, en especial del rock progresivo italiano–, al cine y a la literatura, una de las aficiones de Baena. En su biblioteca abundan las obras de Roberto Bolaño, Javier Marías, Julia Navarro, Alice Munro o Nancy Houston: “Me gusta cómo pueden llevar las situaciones a los extremos para generar una historia”.

En los estantes de su casa también reposa una libreta. Sus hojas están llenas de cuidadosas anotaciones sobre las plantas y los árboles de su infancia, que ha ido construyendo poco a poco gracias a las conferencias telefónicas que sostiene desde Cataluña con su mamá. “Me gustan los jardines, quiero tener una casa con un jardín grande”, comenta cuando habla de los días aún lejanos de su jubilación, en los que también planea estudiar historia y seguir dando clases, ya no desde la formalidad de la academia sino a niños, por ejemplo, sobre el ambiente que los rodea.

Sin embargo, es la primera en aceptar que no se debe apurar el tiempo. Es un aprendizaje que ha asumido gracias al trabajo duro y consciente, a construir, resultado tras resultado y proyecto a proyecto, un tejido humano de conocimientos aplicados que sigue reinventándose todos los días. Por eso sigue atenta a los pliegues de la rutina diaria, porque los años que vienen se antojan, ante todo, intensos: “Más que al futuro, tenemos que trabajarle al día a día. Tenemos unos días muy lindos acá”.

Trascender hacia la fantasía

Trascender hacia la fantasía

Imagínese recorrer un pasillo que parece no tener fin y que pertenece a un edificio que existió muchos años atrás, colmado con el sonido de mil máquinas de escribir. Ese fue el detonante para Fabricia, animación con la que Cecilia Traslaviña ganó el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana que se entregó en septiembre de 2014, en el marco de primer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad. Era también la primera vez que la Universidad reconocía el talento creativo. Los 18 años de hacer escuela, de romper los límites estéticos y la reflexión constante sobre su campo, hicieron merecedora a Traslaviña de esta distinción.

Esa remembranza de su infancia, en la que quizás solo fueron diez señoras que trabajaron con máquinas de escribir junto con su madre en la Registraduría Nacional del Estado Civil, fue el recuerdo motivador para que la profesora de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana le diera vida a uno de sus personajes consentidos. Ése que, además, le ha devuelto muchas sonrisas y reconocimientos. Además del premio javeriano, Traslaviña ha presentado esta obra de animación en espacios nacionales e internacionales como la Cinemateca Distrital de Bogotá, , el XVI Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia, el V Festival de Cine Corto de Popayán, la Muestra de Cine en Femenino, Chilemonos en Santiago de Chile, Panorama du cinema Colombien de Paris, 20th KROK International Animated Film Festival, en Ucrania, entre otros.

“Lo que brinda Fabricia es la posibilidad de abrirse a la fantasía”, asegura la creadora de esta historia que cuenta cómo una niña llega a una fábrica que la asusta terriblemente y que a través de la imaginación logra huir de ese espacio que la agobiaba. Agrega Traslaviña que, a pesar de vivir en un mundo complicado y difícil, la imaginación es el poder esencial para encontrar salidas a lo creativo. Ese es el mensaje que ha buscado transmitir a lo largo de su carrera como profesora desde 1989 cuando comenzó su experiencia docente en diseño de textiles en Talleres Esperanza. Luego, cuando pasó a la Javeriana en 2000, su pasión artística y foco académico se concentraron en la animación y el cine experimental. En casi dos décadas, junto a otros profesores, ha fortalecido esta área artística en la Facultad de Artes, destacándola en el campo artístico nacional tanto por las producciones realizadas como por los reconocimientos obtenidos.

La preocupación por impulsar las obras de sus estudiantes es palpable. “A cualquier festival donde vaya llevo un compilado de animaciones colombianas y de los estudiantes; así no sea parte de los programas oficiales de los eventos, trato de empujar para que lo vean”, explica. Asegura que la animación colombiana tiene actualmente un fuerte dinamismo, sin embargo, las producciones de las universidades suelen quedarse en el entorno académico, no trascienden. Por ello visibilizarlas en cuanto espacio encuentra es una consigna asumida. Además, porque está convencida de que el sello de la Javeriana está en esas apuestas experimentales de búsqueda de narrativas poco convencionales y arriesgadas, de no contar las historias y los personajes desde una estructura solamente tradicional sino con una propuesta estética y emotiva que conmocione a quien la ve.

En la trayectoria de Traslaviña se destaca la producción de más de diez piezas audiovisuales en animación desde 1988, las cuales han participado en festivales a lo largo del planeta:

  • Almas Santas Almas Pacientes, 2007
  • Una vez fuimos peces, 2008
  • La Casa del Tiempo, 2009
  • Álbum, 2009
  • El silencio habita en tu ventana, 2010
  • Presencias/Ausencias, 2012
  • Fabricia, 2013
  • Perpetuum Mobile 2014
  • Memorias y Caminos 2015
  • Movimientos en el sótano 2017
Imagen de 'Fabricia'.
Imagen de ‘Fabricia’.


Los cambios del campo en Colombia

Cecilia Traslaviña es reflexión viva sobre su quehacer y el de sus estudiantes. La creación propia y colectiva es constante, cuenta con más de 15 piezas de su autoría y otras colaboraciones, así como el acompañamiento de 19 trabajos de grado de estudiantes en dos décadas. Pero las inquietudes artísticas no se quedan allí. Su cuestionamiento por ampliar los límites de las posibilidades de la creación hace parte de su cotidianidad. “Yo insisto mucho en eso, un artista tiene que crear su propio mundo y jalar hacia algún lado, proponiendo siempre. No quedarse solo en lo que funciona, sino que amplíe el medio. En últimas, eso es lo que lo enriquece”, asegura. Comprende que en los trabajos hay que dar respuestas a inquietudes comerciales, pero eso no debe impedir que en el mundo propio se sigan experimentando y explorando rumbos genuinos.

No es desconocido para la profesora que es un choque fuerte cuando los estudiantes terminan su carrera en la universidad y se enfrentan al mercado que condiciona la creación. “Ahí el problema no es que trabajen en una empresa, sino que no olviden su proyecto personal, seguirlo haciendo de manera independiente. Porque o si no es venderle el alma al diablo”, sentencia. “Y lo digo ahora con el tiempo porque ya pasé por esas. También lo sufrí un montón”.

Recuerda cuando en la Javeriana no había ni siquiera mesa de animación, tampoco el país tenía muchos recursos para producir estas piezas audiovisuales. El cambio y crecimiento de este campo de creación es notorio, por ejemplo, con el diplomado en animación experimental que se ofreció entre 2005 y 2015 por medio del programa de Educación Continua en la Javeriana, con la creación en 2016 del pregrado Realización en Animación de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la Especialización en Animación de la Universidad Nacional de Colombia, el aumento en premios del Fondo de Desarrollo Cinematográfico o la convocatoria en animación creada por el Instituto Distrital de las Artes–Idartes. “El campo se ha ido abriendo y es en la medida en que viene más gente estudiando animación”, asegura.

También han surgido cambios en las convergencias de áreas artísticas y del uso de la tecnología. La tendencia ahora es a combinar la animación con artes electrónicas, con cine expandido o la animación documental y la de ensayo. “Es decir, se ha ido abriendo a otros campos y eso la enriquece un montón. Empieza uno a ver una paleta de obras muy amplia”. En cuanto a las preocupaciones temáticas, Traslaviña ha identificado que la memoria, tanto colectiva como personal, suele ser el recurso más constante en la producción de sus estudiantes; también el uso experimental de la forma o buscar transformaciones basadas en la música. Otros temas suelen ser de carácter fantástico. Últimamente, ha sentido una preocupación por los asuntos actuales del país.


La reflexión académica también cuenta

En su producción intelectual, cuenta con artículos sobre animación experimental y cine de animación. Ha sido ganadora de premios a mejor animación en el V Festival Internacional de cine El Espejo (Bogotá, 2008), I Festival Internacional de Cine de Mompox (Bolívar, 2008) y estímulo para la realización de cortometrajes del Fondo de Desarrollo Cinematográfico en 2005 y 2010. Su línea de investigación está enfocada en Pedagogía, tecnología y sociedad en las artes visuales, y ha realizado diferentes textos académicos y divulgativos alrededor de las prácticas, la historia, los actores y los modos de la animación en el país.

La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.
La profesora Cecilia Traslaviña se ha hecho un nombre en el campo de la animación en Colombia.

“Sigo entusiasmada y queremos seguir haciendo investigaciones en el campo de la animación”, asegura Traslaviña, y explica los documentales sobre animación que hizo con Mauricio Durán y Gilberto Andrés Martínez, titulados Perpetuum Mobile (capítulos I, II y III), que están en el Catálogo de Obras Artísticas de la Pontificia Universidad Javeriana. Este proyecto nació como una necesidad de presentar la animación más allá de una técnica audiovisual o de un producto exclusivo para el público infantil. Para aclarar ese supuesto, los profesores realizaron entrevistas a animadores y no animadores, con el objetivo de indagar por las formas de trabajo y los puntos de partida para crear, descubriendo un amplio espectro de modos de realizar sus proyectos –por ejemplo, varios creadores hacían guion, otros no; algunos creaban tres cosas simultáneamente–. Es decir, concluyeron que hay tantas posibilidades de trabajo como personas haciéndolo y que no hay una regla fija que condicione la creación en animación.

El primer capítulo se enfocó en la noción de espacio-tiempo y cómo, desde la animación, se descompone el tiempo para recomponerlo después. Era la mirada de artistas sobre cómo crean ese espacio en animación y cómo evidencian que ella hace parte del arte; el segundo trató de las metodologías de trabajo y cómo la animación puede hablar de la realidad, planteando así la disruptiva de que solo el documental puede retratar los hechos reales. Es decir, comprender la animación como herramienta para contar la realidad. El tercer capítulo abordó la relación entre la tecnología y las artes desde la experiencia personal hasta situaciones más elaboradas, y cómo la tecnología ha cambiado todas las maneras de hacer en todas las disciplinas, no solamente en la creación sino en cualquier campo del conocimiento.

Esta amplia y valorada trayectoria, la preocupación por su campo, la formación de escuela y su constante evolución en las piezas de animación y cine experimental, fueron aspectos tenidos en cuenta para que Cecilia Traslaviña fuera la primera artista reconocida con el Premio Bienal a la Creación Artística Javeriana. Asegura que fue una fantástica sorpresa, que todavía la emociona al contarla, sobre todo porque es un espaldarazo a su trabajo y a los esfuerzos de sus compañeros por posicionar un campo poco tradicional en medio de artes con trayectorias históricas.

El maestro, el centro del sistema educativo

El maestro, el centro del sistema educativo

El mes de mayo es crucial para la educación colombiana: por quinta vez, los estudiantes de 15 años de colegios públicos y privados representarán al país en las pruebas PISA. Este se ha convertido en un medidor de gran importancia para entender qué tan alta es la calidad del sistema educativo del país, pues sus resultados se comparan con los 35 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, su impulsor) y los demás que, como Colombia, lo presentan.

Los resultados en esta materia no han sido del todo satisfactorios. Aunque en su sumario de 2015 –último año en que se realizó la prueba– la OCDE reconoció que el colombiano fue el segundo mejor avance desde 2006 en materia de resultados, es cierto que el país se ubica por debajo del promedio de los países miembros de la organización, considerada como ‘el Club de países con las mejores prácticas’.

En esa ocasión, diversos debates se suscitaron por cuenta de los resultados: las críticas sobre la preparación de los profesores abundaron, al igual que las propuestas de copiar los sistemas educativos de países con mejores puntajes, como los nórdicos o, concretamente, el de Singapur. Sin embargo, esta ha sido una discusión sin mayores avances.

Para entender la importancia de estas pruebas en el actual sistema de educación y los cambios que deberían darse, Pesquisa Javeriana consultó a Félix Antonio Gómez, magister en educación, candidato a doctor en ciencias sociales y, desde enero de 2018, decano de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. En su concepto, más allá de implantar los modelos de otros países, es necesario que el país reivindique a todo nivel la figura del maestro en el aula de clase.


Pesquisa Javeriana: ¿Por qué es vital para Colombia medir su modelo de educación a través de las pruebas PISA?
Félix Antonio Gómez: Se podrían mencionar varios factores, entre los principales: los de orden económico, educativo y político.  En lo económico, las pruebas pueden ser un indicador de la manera en que un país puede encauzar sus modelos de educación para ser competitivo en el mercado internacional; pero, también, para definir prioridades que vayan más allá de este.  En lo educativo, pueden convertirse en tema de debate para determinar si lo que se mide en las pruebas concuerda o no con las necesidades formativas más urgentes del país, para entonces, tomar decisiones informadas y consensuadas.

Finamente, en lo político, las pruebas deberían ayudar a establecer políticas educativas de Estado y no, como hasta ahora ha sucedido, políticas de gobierno acomodaticias y de muy cortos alcances.


PJ: Colombia ha participado desde 2006 en las pruebas PISA. ¿Qué tal han sido los resultados?
FAG:
No nos ha ido muy bien, varios países nos llevan una gran ventaja. ¿Qué se ha hecho? De manera efectiva, muy poco en realidad; ha sido más el escándalo, pues los resultados han servido más para la demagogia política que para obtener resultados educativos reales. El debate se ha concentrado en si las pruebas son deseables o no, si son pertinentes, sobre su carácter político internacional, pero nunca se llega a acuerdos o claridades sustanciales. Ha habido demasiado debate estéril. Los docentes, que deberían estar participando en la discusión, configuran sus posiciones a través de otras voces que los median, tales como representantes políticos y directivos, pero el maestro “de a pie”, de aula, es quien termina estando menos informado sobre todo lo que gira en torno a la prueba y sus resultados, y se queda repitiendo lo que escucha del dirigente sindical, del político de turno o de la figura de moda en la pedagogía.

Si habláramos de lo que PISA ha producido, tendríamos que señalar que ha aumentado la brecha entre unas personas que discuten y toman las decisiones, y el maestro, que es quien finalmente se juega su trabajo en el aula. Es una especie de taylorismo educativo: a un lado los que discuten y diseñan políticas, y al otro el maestro que aplica, algunas veces sin saber muy bien por qué lo hace.


PJ: A nivel de política, ¿qué esfuerzos se han intentado a partir de estos resultados?
FAG: Podríamos mencionar en los últimos años la promulgación de los Derechos básicos de aprendizaje como una forma de que los niños adquieran aquellos saberes considerados fundantes en las principales disciplinas, pero, curiosamente, no han tenido una buena recepción entre los maestros.

Uno podría pensar que el programa “Ser Pilo Paga” tiende a eso también, a brindar oportunidades para que los muchachos que no tienen los recursos puedan acceder a las universidades que ofrecen una mejor calidad, pero todo eso se ve enturbiado por intereses de grupo político, ideológico. Se han hecho diferentes intentos, pero uno de fondo, con el que se busque repensar los fundamentos curriculares en las áreas esenciales, en el que se modele la educación sobre el trabajo interdisciplinario, o una educación más acorde a las exigencias de una sociedad que está cambiando muy rápidamente y donde el conocimiento se ha convertido en la moneda de cambio, esas transformaciones de fondo no se han dado.


PJ: Entre las propuestas formuladas por el Ministerio de Educación Nacional, se ha hablado de copiar el modelo educativo de países como Singapur o los escandinavos. ¿Eso le sirve a un país como Colombia?
FAG: Las influencias culturales y educativas entre naciones no son nuevas. Hoy, debido a los avances de las tecnologías en comunicación, es más fácil conocer y seguir otros modelos educativos, pero trasplantarlos a otra nación solo porque funcionó en el país de origen no es acertado. Hay que tener en cuenta que cualquier mecanismo de mejoramiento del conocimiento o de las habilidades de la persona debe tener en cuenta el contexto en el que se va a aplicar; no podemos copiar otro modelo de manera exacta, pero sí hay generalidades que se pueden adaptar. En ese aspecto, hay cosas interesantes en el modelo matemático de Singapur, también en lo que está aplicando Finlandia y otros países, y otras que no serían deseables ni aplicables para Colombia.

Por otra parte, tenemos una realidad que, por exagerarla, se nos está convirtiendo en un mito: como somos un país de regiones, debemos tener modelos diferentes para cada región. Eso también, llevado al extremo, es peligroso. Por ejemplo, hubo un caso de una capacitación de maestros por medio de un juego con figuras de animales y un maestro se negó a aplicarlo en su escuela porque uno de los animales representados no existía en su región. Hasta esos extremos hemos llegado.


PJ: Por los resultados obtenidos en las pruebas PISA, se puede concluir que los estudiantes colombianos salen muy mal formados de los colegios y es responsabilidad de las universidades nivelarlos. ¿Qué tan cierto es esto?
FAG: La Javeriana tiene un programa para acoger estudiantes que cursan último año de bachillerato para que vean algunas materias, permitiéndoles ver cómo es el ambiente universitario y validándoles esos créditos si las aprueban y se inscriben en la carrera. Es un ejemplo para decir que se necesita ese puente entre el bachillerato y la universidad. Seguimos teniendo un número amplio de áreas del conocimiento que el alumno tiene que ver en el colegio y pasa a una institución que restringe, en el sentido epistemológico del conocimiento, todos esos saberes, volviéndose una persona mucho más específica: de ver 11 asignaturas en la educación básica, más las electivas ofrecidas en el colegio y las actividades extracurriculares programadas por los papás, se pasa a ver siete materias en el primer semestre universitario.

En ese caso se necesita este puente, pero también es necesaria una revisión a profundidad de estos lineamientos curriculares en el país. Si no los tenemos ni los empatamos con la transformación que están viviendo las universidades, esa brecha no solo será de formación, en el sentido estrictamente académico, sino que lo será en otros sentidos: de orden social, relacional, etc. Pensemos en un joven que venga de un colegio de un solo género a una universidad y ahora deba relacionarse con personas de distinto sexo, estudiantes que vienen de colegios con una disciplina bastante rígida y entran a una universidad donde el grado de libertad es amplio, sin mayores restricciones, ahí tenemos brechas de otro tipo. En esos casos, el puente está roto. Por eso no solo necesitamos una reforma curricular que acerque la universidad al colegio sino que permita también una dimensión nueva del aprendizaje curricular, centrado en cómo aprenden los estudiantes y no en cómo enseñamos.


PJ: Otros países resaltan que el rol del maestro es un eje central para el sistema educativo, pero en Colombia la formación de profesores está en crisis, cada vez son menos los inscritos a licenciaturas por factores como los salarios bajos, la altísima carga laboral o los desplazamientos exagerados para ir a dictar clase. ¿Cómo puede hacer Colombia para convertirlo en una pieza fundamental?
FAG: Hoy tenemos en el país un desconocimiento de la labor del maestro. Se han dado algunos pasos para corregir este problema pero son más demagógicos, ligados a políticas momentáneas. Se habla mucho de la importancia del maestro en el sistema pero eso no se ve reflejado en lo que se le debe retribuir por su trabajo y sus condiciones laborales siguen siendo terribles.


PJ: Pero cuando el Magisterio intenta visibilizarlas, el discurso desde el Gobierno es que los maestros no se están esforzando lo suficiente. ¿Es una confrontación que puede superarse?
FAG: Es un diálogo donde hay verdades a medias de ambos lados. Una de parte del Estado es que se están mejorando las condiciones laborales a nivel de aulas e infraestructura, pero solo pasa en las grandes ciudades –tal vez se haya mejorado un poco la relación maestro-número de estudiantes en ciertas regiones–. Otra verdad a medias de parte de los gremios de docentes es que sí están haciendo todo lo que tienen que hacer, ¿pero cómo va a hacerlo alguien cuando escogió ser maestro porque no podía escoger otra profesión?

Tenemos que regresarnos unos años atrás cuando, según creo recordar, la Universidad del Valle realizó un estudio donde mostraba que quienes llegaban a la profesión docente lo hacían por razones que no tenían que ver directamente con su pasión o su deseo de enseñar. Estaba un gran grupo que entraba porque no había pasado el examen de admisión de otras carreras, otros la elegían por una cuestión de menores costos, pero el porcentaje de quienes habían elegido la licenciatura de manera consciente, que sabía de antemano las condiciones a las que se exponía, era el menor. Aunque suene políticamente incorrecto, debemos mirar las condiciones de los aspirantes a las facultades de Educación, si llegan a la carrera convencidos y si saben de las condiciones duras a las que se van a enfrentar para que no tengamos deserción ni tampoco docentes que califican la profesión como un “escampadero”.

Otro problema con la docencia es que las universidades están entrando en una competencia por producir patentes, escritos publicables en revistas indexadas, investigación, y la labor del docente en el aula cada vez es menos visible y menos importante. Es una cuestión que han señalado los medios de comunicación: el maestro tiene que estar produciendo, escribiendo, investigando, ¿pero dónde está el tiempo para la docencia?


PJ: ¿Qué ajustes tiene que hacer Colombia para superar estas fallas estructurales de su sistema de educación, y cuánto tiempo puede tardarse en resolverlas?
FAG: Es un problema macro, que requiere múltiples actores participando en su resolución, pero el primer paso tiene que girar en torno a los profesores. Creo que la formación docente en el país tiene que seguirse fortaleciendo unida a las condiciones laborales. Necesitamos, tal como sucede en Finlandia y otros países, atraer a los mejores egresados de los colegios para que ellos se formen y se conviertan en formadores, pero tenemos que volver ésta una profesión atractiva, no solamente desde lo académico –porque hay personas que quieren ser docentes, porque ven en ello una forma de crecer en la Academia, en lo humano, en lo personal–, sino también desde las condiciones económicas.

Por otra parte, tenemos que invitar al maestro de aula a la discusión sobre el sistema educativo; porque nos sobran “los expertos de escritorio”, y me parece terrible que muchas de las políticas en formación docente estén en manos de personas que nunca pisaron un salón de clase más allá de la universidad; es decir, no puedo formar al profesor de primaria sin nunca haberme desempeñado como profesor de primaria, jugándome un poco el prestigio con todo lo que significa estar allí. Hay que escuchar a los profesores bajo la condición de que su voz no esté mediada por lo político-estatal ni por lo político-gremial, sino por lo político-pedagógico –si puede denominársele así– por su voz como pedagogos.


PJ: Usted se posesionó en enero como decano de la Facultad de Educación de la Javeriana. ¿Cómo debe moverse la Universidad hacia ese norte ideal que acaba de ilustrar?
FAG: En varios niveles. En uno micro, cercano, la Facultad tiene que volver relevante la función de la docencia dentro de la universidad. Yo creo que la Javeriana sí reivindica al docente, pero tenemos que dar la pelea para que su figura no termine convirtiéndose en la de escritor de papers o solo investigador, sino que se reivindique su trabajo de aula: porque tiene que recibir en primer semestre a 20 jóvenes que aún no saben si ésa es realmente la carrera que quieren estudiar, porque debe recibir al alumno con grandes problemas en su casa y en su vida personal, y estar atento a su desempeño, etc.

A nivel de la ciudad, tenemos que participar más de las políticas distritales, y a nivel nacional, ser parte del diálogo educativo dando a conocer la tradición de la Facultad y de la Javeriana como tal, que es muy larga, muy fuerte, que se puede resumir en los valores de las cuatro C: ser educadores Competentes, Conscientes, Compasivos (solidarios) y Comprometidos, porque es un trabajo a largo plazo y debemos jugárnosla toda, porque nuestra profesión va a estar comprometida con nuestro proyecto de vida. Esas cuatro C, que fueron formuladas por el padre Kolvenbach, S.J., son nuestro aporte a un modelo pedagógico nacional.


PJ: A nivel personal, ¿cuál es su gran objetivo como Decano?
FAG:
Está ligado esencialmente a reivindicar la figura y la labor del docente. En tal sentido, como Facultad buscamos ampliar y consolidar nuestra oferta académica; asegurar la calidad de nuestros programas; gestionar el talento de nuestra comunidad; modernizarnos administrativamente, e incidir a nivel regional, nacional e internacional.  Otro de mis grandes objetivos es continuar con la labor de mi antecesor, el padre José Leonardo Rincón, quien inició un proyecto de facultad muy interesante, comprometido con los estudiantes, los exalumnos, los docentes, la  universidad y la sociedad.

El padre dejó un proyecto al que quiero darle continuidad, llevarlo hasta el final. Y, después de eso, nos pararemos en los hombros del gigante y seguiremos mirando hacia el horizonte. Por ahora tenemos puntos cruciales: ampliar la oferta académica, mejorar la calidad de nuestros egresados y docentes, y contribuir en la política pública del país.

El secreto de las estructuras de acero

El secreto de las estructuras de acero

Imagínese un examen de sangre sin agujas. Así se podría explicar lo que hace Federico Núñez. No tiene que ver con personas, sino con edificios, puentes y demás estructuras. Mientras estudiaba Vulnerabilidad Sísmica de las Construcciones, junto con otros colegas, se encontró con un antiguo fenómeno denominado ‘fatiga en acero’. “Yo pienso que ese puede ser el futuro del monitoreo de estructuras metálicas”, dice, explicando que, a través de sensores magnéticos, es posible determinar si la estructura está operando en rangos seguros o inseguros o si, por ejemplo, hay presencia de fisuras.

Para realizar el monitoreo de una estructura, los sensores clásicos requieren estar en contacto con ella, lo que implica raspar la superficie, quitar la pintura, dejar el acero desnudo y colocar el sensor, mientras que los sensores magnéticos no perjudican de ninguna manera las estructuras y ni siquiera es necesario estar en contacto con ellas para examinarlas.

Cuando era niño, a Federico le gustaban los edificios y decía que quería entender matemáticamente una estructura mil veces más grande que él. Este año, en colaboración con el ingeniero Camilo Otálora del Departamento de Ingeniería Electrónica, empezará desde casa y montarán en el edificio de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana sensores clásicos y magnéticos para monitorearlo por primera vez. Deseo cumplido.


Su puerta de entrada a la investigación

“Hay unas estructuras a las que no les puede pasar nada durante un sismo”, dice Federico, refiriéndose principalmente a los hospitales. “Esa fue una de las lecciones del terremoto de México de 1985”. Si un hospital se cae, se forma el caos absoluto. Pensando en eso, empezó una investigación como tesis de pregrado sobre la confiabilidad del Hospital Universitario San Ignacio en la que, a partir de la recolección de documentación, planos, geometría detallada y demás datos, concluyó que no estaba en las mejores condiciones para resistir un sismo.

“Yo no me atrevo a decir que el edificio va a colapsar, porque es difícil aseverar eso, pero sí es claro que después de un sismo fuerte ese edificio tal vez no se podrá utilizar como antes”, dice, comentando también que la Universidad Javeriana es consciente de ello y que cuenta con un plan –ya en acción– de renovación de los edificios del campus. Esta investigación fue reconocida como su tesis de grado y con ella empezó su vida como investigador. “Desde ahí me quedó gustando la investigación, tomar información, extrapolarse y sacar una conclusión a partir de datos”, dice.

La pasión de Federico Núñez por las estructuras viene desde su infancia.
La pasión de Federico Núñez por las estructuras viene desde su infancia.

Después del hospital la siguiente parada fueron los puentes colombianos. Participó, como joven investigador en 2004, junto con profesores del Departamento de Ingeniería Civil y con la dirección del ingeniero Édgar Muñoz en el estudio de vulnerabilidad sísmica del puente César Gaviria Trujillo y el puente de Cajamarca. Mientras que vieron que el primero estaba muy bien, el segundo presentaba algunos problemas que en el futuro imposibilitarían el creciente tráfico cotidiano. Gracias a eso, el Instituto Nacional de Vías(INVIAS) tomó la decisión de hacer otro puente allado. Posteriormente escribieron un libro llamado Ingeniería de puentes ganador en 2013 del Premio Nacional de Ingeniería Diódoro Sánchez, y aunque el diploma original reposa en algún lado de la Universidad que Federico desconoce, él guarda con orgullo una copia en su oficina.

La vida de Federico ha continuado como una constante suma de esfuerzos y triunfos, en la que también llegó a la docencia. “La academia siempre ha sido cercana a mí, porque mis papás son profesores y yo he visto en ellos ekgozo de enseñar”. Ese gozo se manifestó en el reconocimiento que sus estudiantes le otorgaron como profesor destacado en 2016. De su receta del éxito revela cuatro ingredientes: fe; paciencia infinita, pues, como aprendió de uno de sus profesores, la ciencia es quisquillosa; prudencia, porque es mejor reportar resultados probables que absolutos, y liberación de egos, porque considera que para hacer investigación y avanzar es importante ayudarse de otros.

El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

El reto de sumergirse en los arrecifes de coral

¿Cómo es el mundo marino? ¿Qué hay de las especies que lo habitan? ¿De los misterios que se ocultan en el océano? Eran las preguntas que Laura Rodríguez se hacía a sus 12 años, las mismas que con el paso del tiempo y el profundo gusto que desarrolló por el mar la llevaron a estudiar biología marina como carrera profesional.

Hoy, con 1,60 de estatura, cabello castaño con visos morados y piel trigueña, ha logrado lo que pocas investigadoras colombianas: recibir las becas National Geographic Society Early Career Grant y Colombia Biodiversa, de la Fundación Alejandro Ángel Escobar.

Su pasión por el agua inició, según recuerda, desde muy pequeña; ingenuamente recorría una y otra vez libros de texto y documentales buscando características de plantas, algas y delfines sin llegar a imaginar que, años más tarde, se dedicaría a ellos por el resto de su vida, al estudio e investigación de microalgas. “Decidí hacer biología marina. Cuando entré a la Universidad me di cuenta de que no era tan sencillo como yo creía, era complejo, era ciencia”, recuerda.

Su alma mater fue la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde conoció los fundamentos básicos de los ecosistemas marinos y costeros y se sumergió en contenidos puramente físicos, matemáticos y biológicos, pero semestres más tarde, y tras optar por el énfasis marino, su vida dio un giro de 180 grados: se mudó a Santa Marta donde, como requisito, tuvo que tomar por más de año y medio todas las materias teóricas y prácticas. Su proyecto de grado lo hizo en Providencia, una de las islas más reconocidas del Mar Caribe por sus actividades ecoturísticas y pesqueras; allí trabajó con comunidades de pescadores en cultivos de macroalgas. Algas rojas, para ser específicos.

Su estadía en la isla le cambió la vida. La forma de ser de la gente, las prácticas culturales y la administración del tiempo la transformaron, pasó de vivir con sus papás y hermanos a convivir con nuevas personas, a hacer todo despacio, soportar el intenso calor y entender que, a diferencia de la capital, “las personas allí son más amigables. Desde la señora de la tienda hasta el pescador”, menciona.

Según cuenta, estudió con algas rojas para crearles alternativas sostenibles a las comunidades de pescadores y así garantizarles, de alguna u otra manera, que tuvieran ingresos económicos adicionales diferentes a la pesca extractiva;  sin embargo, más allá de esto, su pasión siempre ha estado en los temas relacionados con sostenibilidad, como su proyecto de grado: “Cuando se cultivan algas, se sacan del medio natural, se ponen en cuerdas y no hay necesidad de alimentarlas, solamente verificar que estén limpias y, en ese sentido, es un cultivo sostenible. No hay que usar pesticidas”, asegura.

Además de combinar su gusto por la biodiversidad marina y la investigación, los hobbies de Laura María son la música y la literatura. A ella no le importa cuánto tiempo puede pasar entre páginas si de novelas e historias policiacas se trata, y tampoco si trabaja con una dosis de buen rock.“Aparte de leer ciencia, me encanta la literatura. Disfruto las novelas policiacas, de misterio y, sobre todo, me gustan las novelas clásicas. El último libro que leí fue la novela Breakfast at Tiffany’s, del escritor Truman Capote”, reconoce.

Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.
Además de la biología marina, Laura María Rodríguez es apasionada por la literatura y la música.

Se le puede definir como una ‘caja de sorpresas’ porque, además de pasar horas seguidas dentro de laboratorios investigando corales y algas, esta joven de 27 años tuvo una formación musical en saxofón cuando era una pequeña. La música fue su segunda opción al momento de escoger una carrera universitaria, pero, aunque fue uno de sus mayores pasatiempos, su pasión por la biología marina fue mucho más fuerte. Ya no practica saxofón porque cuando empezó a estudiar no le quedaba tiempo. “Uno se pone a estudiar, salir, ir de fiesta o estar con amigos, entonces uno va dejando de lado esas cosas”, dice.

Tras finalizar su proyecto de pregrado, regresó a Bogotá para recibir su grado; sin embargo, se encontró con una triste realidad y es que, según ella, “en el país no hay tantas oportunidades laborales para la biología marina como uno quisiera, ya que el campo de acción es reducido”. Por eso, gracias a su tenacidad y terquedad, como se describe, pudo involucrarse laboralmente en la Asociación de Corporaciones Autónomas Regionales ASOCARS, en donde colaboró en la construcción de la política de vertimientos al mar junto al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. “En biología marina, el 95%  depende de ti, que se abra una oportunidad depende de ti misma porque acá la investigación en el mar es corta, especialmente la financiación”, asegura.

Meses más tarde, y luego de haber tomado cursos de corta duración como el de Cultivo de macroalgas, Restauración de arrecifes coralinos y Ecología de bosques de manglar: manejo y restauración, esta bogotana decidió presentarse a la Universidad de California Santa Bárbara en Estados Unidos; sin embargo, por azares de la vida y una conversación con una colega, inició su maestría Conservación y Uso de Biodiversidad en la Pontificia Universidad Javeriana.

A pesar de que la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales no está orientada hacia una profunda investigación en estudios marinos estudió este posgrado porque “me pareció diferente, interdisciplinario, con un enfoque novedoso y un particular interés por la conservación y el uso sostenible del ecosistema”.

Después de algún tiempo para pensar, leer y hablar con profesores, Laura María decidió hacer su trabajo de posgrado a partir de una hipótesis sobre arrecifes profundos, proyecto que no solo le ha permitido ampliar sus conocimientos y experiencia profesional en investigación sobre arrecifes de coral, sino también la llevó a ganarse la beca Colombia Biodiversa de la Fundación Ángel Escobar, organización que coordina el fondo homónimo de becas para estudiantes de pregrado y posgrado que desarrollan sus proyectos de tesis en temas relacionados con conservación, conocimiento y uso sostenible de la biodiversidad colombiana.

Appraising the “deep reef refugia” hypothesis in the Colombian Caribbean: genetic connectivity and implications for conservation es el nombre del proyecto con el cual Laura María intenta probar que los ecosistemas coralinos mesofóticos (aquellos a profundidades de entre 30 y 200 metros) pueden ser refugios potenciales contra perturbaciones que afectan a los arrecifes poco profundos (localizados entre la superficie y 40 metros bajo el agua) a través de gametos y larvas de coral. Esta investigación la desarrolla en una zona poco explorada del país, los bancos de Barú. “Cuando una población de corales ubicados en la superficie mueren por calentamiento global y están blanqueados, por ejemplo, existe la posibilidad de que la misma especie en zonas de arrecifes profundos se reproduzcan y sus huevos y larvas lleguen hasta arriba, permitiendo una nueva población de la misma especie”, explica.

Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.
Los corales profundos de Barú, imagen tomada durante la etapa de investigación sumarina.

En ese sentido, la etapa inicial del proyecto empezó con una exploración de las zonas donde hay arrecifes mesofóticos en Colombia a través de una revisión en los mapas náuticos de la Armada Nacional, dando como resultado la zona costera de Barú, cerca a Cartagena de Indias. Una vez definido el lugar, un colega suya “descendió a 50 metros bajo el agua para tomar muestras de los corales. Se colectaron aproximadamente unas 60 para ser estudiadas genéticamente a través de la extracción de su ADN”. Sin embargo, desarrollar y examinar estas muestras no ha sido un trabajo sencillo, ya que es necesario “mandar las muestras EE.UU. para hacer un estudio con marcadores moleculares sobre el ADN y, posteriormente,  hacer un análisis sobre el genoma”, proceso altamente costoso.

Por ello, Laura María se propuso conseguir financiación para desarrollarlo, logrando que la Universidad de Manchester aportara recursos para la etapa inicial del proyecto, seguido de la beca National Geographic Society y, recientemente, la beca Colombia Biodiversa entregada por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, con lo cual espera pagar los análisis en Estados Unidos.

Juan Armando Sánchez, profesor titular en ciencias biológicas y marinas de la Universidad de los Andes y director del Laboratorio de Biología Molecular Marina (BIOMMAR), indica que tiene particular interés en esta investigación y por eso ha permitido que Laura María realice las pruebas genéticas que  requiera en su laboratorio. “Su hipótesis es viable y, con las nuevas técnicas de buceo, ahora es posible conocer cosas que antes no teníamos en cuenta” dice, y también asegura que, de ser comprobable este proyecto, “el estudio daría la oportunidad de ver cuál es el comportamiento del ecosistema y serviría para avanzar con el  conocimiento en términos científicos”.

Así, Laura María, una mujer apasionada por la investigación, sabe que, aunque conseguir recursos para la financiación de ciencia en el país es complicado, su responsabilidad, disciplina y terquedad, como se define y como sus colegas la ven, son cualidades que le permitirán seguir aportando al conocimiento y conservación de recursos. Por ahora espera seguir ahondando en su proyecto de investigación con el propósito de terminarlo a  final de año, recoger la mayor cantidad de información posible y, así, no solo probar que con disciplina se alcanzan sueños, sino también seguir siendo un motivo de orgullo para su familia.

Salomé Victoria Mojica: “Soy inmensamente feliz con lo que hago”

Salomé Victoria Mojica: “Soy inmensamente feliz con lo que hago”

Los ojos de Salomé Victoria Mojica se iluminan cuando pronuncia ‘salud pública’. La vocación de servicio es su razón de ser. Por eso, cuando tuvo que escoger la investigación de su maestría, no dudó en pensar en que debía tener un componente humano. “Siempre quise saber sobre el marco normativo que rige a las cuidadoras de niños con malformaciones congénitas. Mi objetivo es visibilizar que son mujeres que están completamente solas, afectadas psicológicamente, sin recursos económicos”, asegura con un gesto desesperanzador marcado en el rostro.

Y cómo no preocuparse si, según la investigación que adelanta, estas mujeres no solo cargan con el peso de tener un hijo o hija enfermos, sino con la culpa, por parte de sus parejas, de que no naciera “como lo esperaba la sociedad”. Salomé pertenece al grupo de Ciencias Básicas y Clínicas de la Salud, de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, que genera conocimiento a partir de investigaciones en áreas de ciencias básicas médicas que tengan aplicación clínica.

De acuerdo con Teresita Sevilla, directora de investigación, desarrollo e innovación, “Salomé es una de las jóvenes promesas de la Universidad”, razón por la cual fue beneficiaria de los apoyos financieros que ofrece su oficina para adelantar estudios de maestría.

Pero, ¿cuál es el rol del Estado en esta coyuntura? Es precisamente la pregunta que Salomé quiere desvelar mediante su proyecto, porque, como bien manifiesta, es la madre que cuida al niño, pero, ¿quién cuida de ella?

No obstante, esa pasión por la salud pública no es nueva. Desde que estaba en quinto semestre de Medicina, y tras realizar su rural con énfasis en investigación, supo que ese era el camino que quería tomar y cada nuevo día lo afianza. Tanto que hace seis meses logró abrirse un espacio en la Secretaría de Salud de Cali para ayudar a los enfermos de tuberculosis y VIH.

Salomé hace parte del grupo de Micobacterias, de la Secretaría, que trabaja en la coinfección de estas dos enfermedades. “Vigilamos que estos pacientes, en algunos casos habitantes de la calle y de la comunidad LGBTI, reciban un tratamiento adecuado, oportuno, y que por nada del mundo lo dejen”, explica.


De estudiante a profe

Bailarina de ballet desde los cinco años hasta que inició sus estudios universitarios, combinó esta afición con la salsa cuando la descubrió a los 11 años. Esa sí no la ha dejado: hoy dicta clases en el programa Javesalsa. Pero no es la única disciplina que dicta.

Cuando apenas estaba dejando a un lado los cuadernos y su mochila de estudiante, le llegó la propuesta más “abrumadora” de su vida, como ella misma lo califica. A sus 24 años es tal vez la profesora más joven de la Universidad. En julio pasado asumió la tarea de dictar la asignatura Salud y Comunidad, con la que pretende hacer que los futuros médicos entiendan que fuera de los consultorios también se puede hacer medicina.

“Ha sido una experiencia de mucho respeto, de humildad. Me daba miedo que los estudiantes dijeran que por ser joven no sabía nada. Luego, ha sido un proceso de irnos transformando y construyendo en el aula, de enseñarles que la medicina se puede trabajar desde la comunidad y para la comunidad, que no es únicamente recetarle al paciente una pastilla, que detrás de ese enfermo hay una situación que lo determina, como sus condiciones de vivienda”.

Entre libros, salones de clase e historias clínicas transcurre la vida de esta joven médica que sueña con salvar el mundo llevando, no la capa de la Mujer Maravilla, sino su bata blanca. “Los salubristas siempre buscamos mejores condiciones para todos y pienso que eso es lo que debería mover a cada ser humano. Levantarse todos los días y sentir que contribuye a una mejor sociedad”, concluye.

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Natalia Sepúlveda: la decisión correcta

Hay cinco puertas abiertas y dos opciones: cerrar cuatro y avanzar por una sola o quedarse estancado con todas ellas abiertas. Natalia Sepúlveda, nutricionista de la Pontificia Universidad Javeriana, eligió la primera. Decidió “darlo todo” por la línea de investigación de nutrición infantil. Ese fue el momento más retador de su trayectoria como investigadora; “¿será la decisión correcta?”, pensaba.

Nunca imaginó una vida como investigadora o como docente, su ocupación desde hace cuatro años en la Universidad Javeriana. Durante su pregrado, se visualizaba como una nutricionista enfocada en pediatría, en clínica; sin embargo, su trabajo de grado cambió ese destino. Incursionó investigando sobre el estado nutricional y la actividad física en adolescentes. Tuvo la oportunidad de presentar su trabajo en un congreso internacional en Islas Canarias, España, lo que la hizo soñar con una maestría en ese país, que más adelante logró: es magister en Condicionantes Genéticos, Nutricionales y Ambientales del Crecimiento y Desarrollo de la Universidad de Granada.

Ama viajar, pintar mandalas, compartir con su mascota Mía –una golden retriever– y su ‘mantra’ es la ética: “No tiene sentido obtener ningún dato de investigación sin ética”, dice. También tiene un gran amor: los niños. Por eso su vida como investigadora ha estado dedicada a los “chiquitines”, como ella les llama. Considera que son “la base del futuro” y que la nutrición es crucial, ya que los hábitos alimentarios inadecuados de la infancia pueden afectar, en la edad adulta, no solo el estado de salud sino la capacidad intelectual. Además, “formar o modificar un hábito alimenticio en un niño es más efectivo que decirle a un adulto que se coma la fruta entera en vez del jugo de todos los días”.

Trabajar con niños es más que medirlos, tallarlos y analizar datos. El compartir y los abrazos son importantes, el contacto con ellos y las risas “son toda una aventura”. Lo disfruta incluso cuando lo cuenta. El mundo de la investigación le permite tener contacto con diferentes poblaciones de niños mientras se genera conocimiento. Así, ha trabajado como coinvestigadora en la caracterización nutricional de enfermedades huérfanas como Niemann Pick tipo C y la mucopolisacaridosis. Estudió los casos de todos los niños de Colombia que tenían estas patologías en 2012 y cómo la nutrición puede favorecer el tratamiento médico de estas enfermedades. Ese mismo año lideró una investigación sobre actividad física, actividad sedentaria y hábitos alimentarios en escolares con exceso de peso, cuyos resultados presentó un año después en un congreso de nutrición pediátrica en España.

¿Fue la puerta correcta? En el mejor momento de su carrera, puede decir, convencida, que sí. “Ahora estoy recogiendo el esfuerzo de todos mis años como nutricionista, investigadora y docente”. Este año volvió a España con el respaldo de la Pontificia Universidad Javeriana y una de las 35 becas que otorga la Fundación Carolina en Latinoamérica. Allí realizará su doctorado en Medicina Clínica y Salud Pública, en la Universidad de Granada, donde desarrollará su tesis sobre nutrición y neurodesarrollo, temática en la que ha trabajado en los últimos años. ¿Cuál fue la clave? Seguir el camino que ordenaron sus sueños, entregarse a ellos y agregarle disciplina. Así hizo que el universo conspirara a su favor.

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

Barrera c

El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Sebastián Velandia: los mensajes que dicta el silencio

Sebastián Velandia: los mensajes que dicta el silencio

Desde hace muchos años, a Sebastián Velandia Campos lo acompaña una frase que celosamente guarda en su billetera: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. El enunciado de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano, es para Sebastián un mensaje tan cercano a su vida que lo convirtió en una impronta que guía sus pasos.

“Creo mucho en el aporte de todos los jóvenes a la sociedad, no importa la forma. Yo puedo aportar y transformar realidades”, comenta. Pero el del cronista uruguayo no es el único mensaje que lo ronda. Este bugueño, que en octubre de 2016 se graduó de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, es un hombre de mensajes, tanto los que aplica en su cotidianidad como aquellos que considera su deber multiplicar entre los demás para despertar la sensibilidad.

En esa última categoría cabe justamente el mensaje que, desde su mundo de silencio, su hermano Santiago le ha transmitido toda la vida y que de alguna manera le dio sentido a su encuentro con la investigación. “Mi hermano presenta una situación de discapacidad auditiva profunda y, aunque solo hay tres años de diferencia entre los dos, no hemos podido acceder a una oferta educativa igualitaria. Él todavía está terminando el bachillerato y yo ya egresé de una carrera”, enfatiza.


La investigación como forma de divulgar mensajes argumentados

En medio de una formación meritoria ­­–estudió en la Javeriana con la Beca Magis 2012-2016 por sus logros académicos e hizo un semestre internacional en la Pontificia Universidad Católica de Perú, gracias a otra beca ofrecida por la Plataforma Alianza del Pacífico 2015, del Ministerio de Educación de ese país–, Sebastián ha fortalecido su construcción profesional con esos mensajes que tanto valora: “Los economistas debemos ser agentes sociales que analizan las problemáticas y aportan a la transformación de las realidades de las poblaciones más vulnerables, como las personas en condición de discapacidad que, según estudios, tienen mayor propensión a la pobreza y menor participación política, social y económica”.

En esa ruta, la actividad científica, fue para Sebastián una herramienta para comunicar mejor su relato. Desde el Semillero de Investigación en Economía y su énfasis en Políticas Sociales, elaboró el trabajo “Análisis multinivel y experimental del acceso a la educación superior para personas en condición de discapacidad en Cali”, junto a su compañera Melissa Ramírez y bajo la dirección de la profesora Maribel Castillo.

El ejercicio trascendió hasta llevarlo al Concurso Nacional de Ponencias Jesús Antonio Bejarano, en 2016, donde expuso en el marco del Congreso Nacional de Estudiantes de Economía. “Mi objetivo era ofrecer a economistas evidencia científica y social que demostrara la importancia de trabajar por esta población”. Además del tercer lugar obtenido, Sebastián descubrió a través de la experiencia que “la investigación puede promover, alentar y persuadir a la sociedad para la adecuada toma de decisiones en los ámbitos económico, social y político, y puede expresarse en políticas públicas”. Con esa certeza, este joven de 23 años guía actualmente su vocación de investigador.

Hoy en día Sebastián es joven investigador del Centro de Estudios sobre la Cuenca del Pacífico de la Javeriana Cali, y acaba de lograr una beca en España para continuar sus estudios en desarrollo local e innovación territorial en la Universidad de Alicante.

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

Flor Edilma Osorio: entre el campo y la academia

La infancia y la juventud de Flor Edilma transcurrieron en el campo, en un pueblo de Boyacá llamado Turmequé, donde el estallido de las mechas de pólvora se mezcla con los gritos de felicidad de quienes juegan tejo, el deporte nacional de Colombia. En aquel lugar, lo entendería muchos años después, vivió medio aislada de lo que ocurría realmente en Colombia. Eso la llevó a pensar que este país está lleno de pequeños archipiélagos que paradójicamente no han sido tocados por la violencia. “Yo estoy convencida de que eso marcó mucho mis opciones posteriores, como pensar en estudiar e investigar los procesos rurales”, dice. “Yo tengo metido, afectivamente, el mundo rural en mi cabeza, el mundo campesino”.

Es la menor de cinco hermanos, cuatro mujeres y un solo hombre; estudió en la Normal, y apenas se graduó, muy jovencita, empezó a trabajar muerta del susto en una escuela rural en Tota. A pesar de que su experiencia como maestra rural duró poco porque se casó y rápidamente llegaron los hijos, percibió las contradicciones frente a la valoración del campo. “El deber ser es la ciudad, es como si el campo fuera un karma que hay que pagar para después ser trasladado a la ciudad, esto elimina todo el potencial. Muchos olvidan que el maestro es quien puede abrir horizontes a los niños, no necesariamente para que se vayan, sino para que la vida en el campo tenga un sentido”. Y como justamente para la investigadora el campo tiene sentido y muchas posibilidades para que el país tenga un mejor desarrollo, se ha dedicado a estudiarlo, a entenderlo más allá de la visión catastrófica y negativa que, según ella, los medios le han asignado, una “geografía rural hecha a punta de violencia”.

Al tener dos cosas claras, trabajar con la gente y la pedagogía, decidió estudiar Trabajo Social en la Universidad de La Salle. Esta carrera le abrió el espectro académico sin olvidar lo rural. Al graduarse, empezó a trabajar en el episcopado colombiano cuando sucedió el desastre de Armero. “Se requiere mucho trabajo comunitario, un desastre es algo muy fuerte en términos de reconstruir. Volver a empezar es muy difícil, establecer los nexos de la gente, enseñar qué es el futuro después de esos dramas tan duros”.

“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.
“Me encanta ensayar semillas, plantar, ver crecer las matas, me emociono cuando salen las flores y los frutos maduran”.

Durante un tiempo, la profesora Osorio también trabajó con una organización evangélica llamada Visión Mundial, en un plan padrino para ayudar a poblaciones vulnerables; sin embargo, su deseo de seguir estudiando la llevó en 1990 a empezar una maestría en Desarrollo Rural en la Pontificia Universidad Javeriana. Este espacio le abrió las puertas al campo académico y, gracias a la socióloga Edelmira Pérez, quien lideró muchos procesos en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, empezó su trabajo de docencia e investigación. Retomó sus inquietudes frente a la migración, pero fue el profesor Santiago Rojas quien la puso en contacto con un problema que estaba bastante escondido pero muy fuerte: el desplazamiento forzado.

“Mucha gente del Meta pertenecía al Partido Comunista, campesinos que militaban y eran desplazados y asesinados. En aquel entonces el problema del desplazamiento no era evidente. Yo en mi tesis de maestría alcancé a registrar afirmaciones de César Gaviria que decían: ‘Nadie está obligando a la gente, la gente se va porque está buscando un bienestar’. Claro, estaba pasando toda la guerra sucia contra la gente de la UP, entonces asesinaban y asesinaban mientras las noticias decían que eran cosas sueltas. Para mí esa fue una lección”, recuerda. Empezó a trabajar el desplazamiento forzado cuando todavía no era una problemática reconocida. En este contexto surge el grupo de investigación Conflicto, Región y Sociedades Rurales.

“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.
“Disfruto mucho de las flores, siembro sin parar y me las gozo en todo su proceso, no solo por los lindos colores y formas, sino por su relación con pajaritos, mariposas, abejas y otros bichitos”.

Con un doctorado en Estudios Latinoamericanos de la Université Toulouse-Le Mirail, si algo ha aprendido Flor Edilma de los trabajos realizados con comunidades rurales (desde Córdoba hasta Caquetá) ha sido a no simplificar el análisis ni las respuestas. “Es muy jodido intervenir, aplicar una política, el trabajo con la gente no es fácil. Como grupo hemos aprendido cuáles son las diferencias regionales de historias, de contextos. Uno a veces simplifica lo rural, pareciera que lo complicado es lo urbano, pero lo rural tiene un montón de aristas, de actores, de historias, entonces yo creo que ahí le dimos solidez a ese proceso de investigación”. También ha llegado a la conclusión de que una de las cosas más dolorosas de la guerra es la soledad, esa soledad de estar lejos, expuesto a que lo amenacen y que a nadie le importe. Después de todo, “¿uno quién es en el campo?”, se pregunta. “Yo a veces sentía que lo de la universidad era tan inútil frente a las cosas que demandaba el país, sentía que no estábamos haciendo nada; sin embargo, la gente del campo nos decía: ‘gracias por estar aquí, ustedes están con nosotros y eso nos da energía, nos sentimos apoyados’. Entonces, si esa presencia de la universidad sirve, pues chévere”.

Como reconocimiento a su destacada trayectoria como investigadora, la profesora Flor Edilma ha sido nombrada como presidenta del XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, a celebrarse del 12 al 15 de septiembre de 2017.

De las cosas que más disfruta de la docencia es la dirección de trabajos de investigación, sencillamente porque es una relación uno a uno. “Ser profesor de alguien que toma sus decisiones, pero que uno acompaña, eso me parece súper bonito”. Y es que la admiración que ella siente por sus alumnos es tan grande que, aprovechando su año sabático, decidió crear una página web, con la ayuda de su hija, para publicar los trabajos de la clase de Problemas Rurales, donde recoge las experiencias de la gente del campo en materia política. “Yo creo que la esperanza del mundo rural no viene del Gobierno o de otros, viene con la fuerza de la gente. Con frecuencia creemos que la gente en el campo está esperando a que le den todo, que no se mueve porque es apática, pero hay un montón de experiencias de distintos alcances que demuestran que la gente tiene capacidad crítica y que hace un montón de cosas, que se esfuerzan por romper el miedo, que exigen reivindicaciones y eso a mí me parece esperanzador”.

“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.
“El gusto por leer y escribir, intercalado con paseos diarios que hacemos con mi pareja y los tres perritos, Conde (el negro), Timba (la blanca) y Lulú (la amarilla), es un hermoso goce en este terruño que llamamos Kuychi (arco iris en quechua)”.

Como suele ocurrir, las personas regresan a sus orígenes, por eso ella, que en 2015 recibió el Premio Bienal a la Investigación Javeriana, Vida y obra en el área de Ciencias Sociales, ahora vive en el campo, asumiendo el desafío de construir caminos que den continuidad a su experiencia académica, al tiempo que disfruta de las bondades de la vida rural.

Juan Ferro (colega de la universidad).
“De ella valoro mucho su perseverancia, su constancia en temas muy relevantes para nuestro país: el desplazamiento forzado, la problemática rural en general, el conflicto armado y de género. Lo interesante en estas investigaciones es que ella tiene facilidad para producir material escrito que dé cuenta de cada uno los procesos trabajados. Algo muy especial en ella es que tiene una buena manera para acompañar el trabajo de los estudiantes. Es una profesora muy completa por sus habilidades para la docencia, la investigación y la extensión, que son las tres principales actividades nuestras. Por todo esto, la profesora Flor Edilma fácilmente se gana el respeto”.