La ciencia nos debería importar a todos en Colombia

La ciencia nos debería importar a todos en Colombia

Carlos A. Ordóñez-Parra*

Andrés Ordóñez P

La ciencia colombiana está amenazada como nunca. A finales de 2017 el Gobierno presentó un borrador del presupuesto nacional de 2018, que incluía un recorte de 42% del rubro asignado a Colciencias, el cual, luego de un cubrimiento mediático y un pronunciamiento por parte de la comunidad académica colombiana, “afortunadamente” no fue sino del 11%. A inicios de este año se destituyó a su Director, convirtiéndolo en el octavo en su cargo en los últimos ocho años. Incluso ahora en pleno periodo de propaganda electoral han comenzado a difundirse rumores de la desaparición de esta institución. Pero mientras el país –que invierte 1,54 dólares por habitante al año en ciencia– pone su casa en orden, debo decirles que nosotros, que nos hacemos llamar científicos o que estamos aprendiendo a serlo, tenemos gran parte de la culpa en esta crisis.

Para mí nunca fue un secreto que eran pocas las personas que deseaban ser científicos. Al tomar mi anuario y contar cuántos de mis compañeros escogieron una carrera en ciencias, difícilmente tendría que usar los dedos de una mano. La mayoría de ellos optaron por carreras en Administración, Derecho o Medicina (y no precisamente por la investigación que se desarrolla en esta última). Incluso, aquellos que se decidieron por alguna Ingeniería lo hicieron en aquellas relacionadas con finanzas o la industria. Ahora, que estoy próximo a terminar mis estudios, no sólo sé que mis compañeros de carrera pasaron por situaciones similares sino que esto es un reflejo de la realidad de nuestro país. Sólo basta con revisar el listado de las carreras más estudiadas por los beneficiados por el programa Ser Pilo Paga para darse cuenta de lo que les digo.

Esto no ocurre solamente entre los más jóvenes. Incluso mi mamá –que está enterada de lo que hago en mi carrera y los sueños que tengo de ser investigador– dice que se siente “excluida de ese mundo” y que, al ver las noticias de la crisis científica en Colombia, cree que no es algo que la afecta directamente sino que le concierne a unos pocos. Estoy seguro de que mi mamá no es la única que piensa así y, si no me cree, tómese la molestia de preguntarle a la persona a su lado.  Sé, casi que con toda seguridad, que le dará una respuesta similar.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los colombianos sienten que la ciencia es algo que unos pocos hacen y que no pueden acceder a ella? Hay múltiples razones, pero hoy quiero que los científicos pensemos –y que aquellos que comparten el pensamiento de mi mamá les exijan a ellos que se lo pregunten–  en lo siguiente: ¿Qué hemos hecho para enamorar a Colombia de la ciencia? Yo diría que muy poco.

Puedo decir sin miedo que quienes hacemos ciencia sentimos que nuestro corazón late fuertemente cuando hacemos nuestros estudios, que nuestra mente vuela al discutir sobre los descubrimientos que hacemos y que nuestro espíritu investigador está ávido de emprender nuevos proyectos aún cuando los viejos no han acabado. Lastimosamente, todas las experiencias se traducen en un manuscrito donde las emociones son reemplazadas por jerga científica que solo captan los entrenados para leerla. Esto descarta a un público indiscutiblemente más grande que el científico. Ahora, no estoy diciendo que debamos dejar de escribir artículos científicos –aún siendo el principal criterio para calificar a los científicos en Colombia– pero no podemos permitirnos que eso sea lo único que hagamos, ya que es lo que tiene a los colombianos desligados y desencantados de la ciencia: no entenderla.

Grandes personalidades como Stephen Jay Gould, Carl Sagan y Richard Dawkins han hecho grandes esfuerzos por llevar el conocimiento científico a todos los públicos sin permitir que, al hacerlo, se vuelva menos riguroso o valioso. Incluso Kristin Sainani, doctora en epidemiología de la Universidad de Stanford, dicta un curso en línea llamado Writing in the Sciences, el cual inicia diciendo que para escribir lo que más se necesita es tener una historia y que los científicos tenemos muchas por contar. Siendo así, solo nos falta empezar a contarlas. Sé que esto ha sido discutido antes, incluso por personas con mayor trayectoria académica. Pero, ¿no creen que una Colombia más cercana a su ciencia saldría a las calles a protestar junto a los científicos del mismo modo en el que marchan por la salud o la educación?

Solo resta una cosa más por decir: científicos colombianos, ¡enamoremos a Colombia de la ciencia! Unámonos para hacer lo que hicieron todos estos científicos que les presento y logremos que personas como mi mamá sientan también lo que nosotros sentimos al investigar. Se acercan tiempos difíciles para la ciencia de nuestro país, pero ahora es justo el momento de hacer que el público no-científico –nuestras familias, amigos, vecinos, conocidos y todos los colombianos– se sientan incluidos en la ciencia y les duela también lo que le pasa en Colombia.


* Estudiante de Ecología y Biología de la Pontificia Universidad Javeriana. Coordinador del Semillero de Investigación en Ecofisiología de Semillas y Plántulas, del Departamento de Biología (Facultad de Ciencias).

Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

Lisbeth

La gota que rebosó la copa de la situación actual de Colciencias y del Sistema Nacional de Ciencia, tecnología e Innovación fue la expedición de la Ley 1286 de 2009. Por muchas razones, entre ellas porque puso a la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI) al servicio de un modelo productivo “para darle valor agregado a los productos y servicios de nuestra economía y propiciar el desarrollo productivo y una nueva industria nacional”, dejando el apoyo a la generación del conocimiento, que no necesariamente tiene utilidad inmediata, en el último rincón de las prioridades. Así se demostró en 2015 cuando los científicos sociales se sintieron marginados por el desinterés en las convocatorias de Colciencias frente a este tipo de investigación, pero también porque el concepto de innovación se asumió exclusivamente desde la perspectiva “productivista”, sin tener en cuenta que el proceso para lograr innovaciones de impacto exige tiempo para pensar, investigar, crear, ensayar, aprender sobre la teoría y la práctica y sobre el conocimiento histórico, enfrentar el error y construir sobre él, así como generar alianzas entre diferentes disciplinas y, sobre todo… contar con tiempo. Las innovaciones no surgen frotando lámparas.

Pasaron por la dirección de Colciencias Jaime Restrepo –fue uno de los autores de la Ley junto a la hoy candidata presidencial Marta Lucía Ramírez–, Jorge Cano, Carlos Fonseca, Paula Marcela Arias, Alicia Ríos (QEPD), Yaneth Giha, Alejandro Olaya, César Ocampo y ahora, nuevamente, el economista Olaya, cada uno con enfoques diferentes, con muy poco tiempo para diseñar su ‘política científica’ –ni siquiera alcanzan a activarla cuando salen de su cargo– y lograr resultados.

Se necesitaba tiempo también para sentarse a armar esta nueva institución y proyectarla hacia 2050, con visión de largo plazo, como lo exige la investigación en CTI. La ley tiene párrafos interesantes que podrían haber guiado una política coherente, por ejemplo, preguntándose: ¿cómo lograr que el país, como dice la ley, incorpore “la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes transversales de la política económica y social del país”? ¿Cómo insertar la CTI y comprometer a todas las instancias que nos gobiernan, a aquellas del sector industrial, a las familias, al sector educativo, a las comunidades minoritarias, etc., etc., para que las incluyan en su ‘canasta familiar’, como proponía el propio Gabriel García Márquez en 1994 cuando integró la Misión de Sabios? ¿Qué se puede rescatar de las recomendaciones de dicha Misión?

No hubo tiempo. Las responsabilidades asumidas bajo el nuevo estatus de la entidad se multiplicaron –la ley ascendió a Colciencias de Instituto a Departamento Administrativo– y la inversión del gobierno fue disminuyendo sistemáticamente en los últimos cinco años, lo que demuestra falta de coherencia. ¿Cómo pensar en entrar a la OCDE en esa situación? Se necesitan hechos, no palabras. Pero la promesa ha sido que lograremos llegar a una inversión del 1% del PIB para CTI… y tampoco. Ni siquiera hemos llegado a la tercera parte.

Con la expedición de la ley, el gobierno prometió ampliar la nómina de Colciencias: con más responsabilidades se necesitaba más gente para cumplir. Pero el número de funcionarios de planta hoy no supera los 130 –cifra muy similar a la de 2008–, y los contratistas –que llegan a ser 300, de acuerdo con el actual director Olaya– no tienen estabilidad por las características de sus contratos, y así no es posible pensar en la Colombia ‘científica’ del largo plazo.

La ley 1286 constituyó un Consejo Asesor que no se reúne con regularidad, o cuando se cita es cancelado porque no asiste alguno de los cuatro ministros o el director del DNP que no pueden delegar su asistencia, y cuando logran reunirse, y en el mejor de los casos asesorar, lo máximo que alcanzan las propuestas de sus miembros es quedar en el acta.

Se asoman algunas iniciativas que pueden ser exitosas, como Colombia Bio –aún no es tiempo de cantar victoria– o los resultados que pueda estar generando el Programa Ondas, pero no ve uno coherencia en el nivel del diseño de una política integral, que lleve a la CTI a posicionarse, actuar en el concierto nacional y traspasar fronteras. ¿Cuántas veces el Consejo de Ministros ha citado al director(a) de Colciencias? Es que ni siquiera el propio presidente Santos los recibe en su despacho, a excepción, muy probablemente, de la actual ministra Giha, con quien tiene una mayor cercanía, y con quien firmó el enorme cheque en el que se comprometieron a invertir el 1% del PIB en Actividades de CTI –no en Investigación y Desarrollo, que es diferente–, “con al menos 50% de inversión privada” para agosto de 2018. Les quedan menos de siete meses para alcanzar esa meta y no se vislumbra que lo logren.

Por último, aunque podría ir párrafo por párrafo demostrando lo absurdo de la práctica de la Ley 1286, se establece que “el Conpes determinará anualmente, las entidades, la destinación, mecanismos de transferencia y ejecución y el monto de los recursos en programas estratégicos de ciencia, tecnología e innovación, para la siguiente vigencia fiscal, mediante la expedición de un documento de política, en el cual además, se especificarán las metas e indicadores de resultado sobre los cuales se hará medición del cumplimiento”. ¿Dónde están esos Conpes? El único que se elaboró en decenas de versiones se archivó como ‘borrador’.

Desidia total por parte de los tomadores de decisión en las altas esferas. Politización e incoherencia en el gobierno, por un lado quitándole recursos de regalías a la ciencia para destinarlas a carreteras mientras aprueba un préstamo del Banco Mundial para hacer lo que hubiera podido ejecutar con recursos de regalías.

Buena parte de la Ley 1286 se ha quedado en letra muerta. Por eso difícilmente lograremos metas como entrar a la OCDE, o volver a Colombia la más educada, o consolidar a la comunidad científica, o ser visibles a nivel nacional e internacional, o lograr una cultura científica nacional. No sé cómo ha resistido Colciencias este abandono. Las circunstancias en que despierta en este 2018 de elecciones no permiten ser positivos. Lástima.

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

Barrera c

El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

Las encrucijadas de la ciencia colombiana

Las encrucijadas de la ciencia colombiana

Para esto, no solo se requieren excelentes equipos de investigadores e innovadores y buenas prácticas de gestión de la investigación, sino un conjunto articulado de instituciones, reglas de juego e instrumentos de financiación, así como una definición clara de las apuestas del país en ciencia, tecnología e innovación.

Más que sumarme a la gran cantidad de voces de lamento sobre las encrucijadas de la ciencia colombiana, quiero proponer puntos concretos de reflexión y acción sobre estas problemáticas. Estamos ante un nuevo proceso electoral que será determinante para Colombia en varios frentes, el cual plantea a su vez grandes desafíos para la comunidad científica en términos de su participación en la definición y rediseño de instrumentos como el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías, y en la construcción de políticas de fomento a la investigación y la educación, articuladas entre Colciencias, los ministerios y otras entidades del Gobierno nacional.

En cuanto a las apuestas nacionales en ciencia, tecnología e innovación (CTeI), así como las relativas a la educación en general, será determinante examinar con el espíritu crítico y reflexivo propio de las comunidades académicas cada una de las propuestas de los candidatos. Es preciso tener claro que en estos campos se juegan en buena medida los cambios que requiere el país en lo referente a inclusión, paz y prosperidad. Igualmente, sería muy valioso que los candidatos contaran con los aportes de la comunidad científica para el diseño de una política pública que apunte a fortalecer tanto la educación como la ciencia y la innovación. Este reconocimiento recíproco de políticos y científicos será uno de los factores diferenciadores de una política de CTel que aspire a articular a los actores claves y a perdurar en el largo plazo.

En lo relativo al rediseño de instrumentos, como el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías, quiero llamar la atención sobre dos puntos: el primero, ya mencionado, tiene que ver con la forma como las instituciones nacionales valoran y propician la participación de la comunidad científica en dicho rediseño. El segundo, y más apremiante, está relacionado con la articulación de las entidades que forman parte del ciclo de formulación, priorización y aprobación, ejecución y seguimiento, y cierre de los proyectos en el marco de dicho fondo. Las universidades y grupos de investigación estamos expuestos a todo tipo de desafíos y adversidades para acceder a la información sobre tiempos, procedimientos y oportunidades para participar en la construcción de las agendas departamentales y regionales sobre CTeI.

Vemos con gran inquietud la manera como el país desaprovecha la capacidad institucional de Colciencias, entidad que cuenta con la experiencia requerida para hacer un seguimiento de la ejecución de este tipo de proyectos, cuyas particularidades, a diferencia de los proyectos de infraestructura, hacen que sea necesario un conocimiento especializado sobre las dinámicas propias del sector de la ciencia y la innovación.

Por último, preocupa el continuo recorte presupuestal a Colciencias. Según las últimas noticias, se disminuirán notablemente los recursos para el último año de gobierno. Si bien la financiación a través del Sistema General de Regalías se concibe como una opción, quedan vacíos, por ejemplo, en los casos de investigaciones que por su naturaleza no apuntan a dar respuestas inmediatas de conocimiento aplicado, como ocurre en la ciencia básica en sus primeras fases.

Así pues, los elementos señalados en esta columna –como la necesidad de articulación institucional con los diferentes actores y la coherencia de las políticas de ciencia, tecnología e innovación con aquellas que apuntan a fortalecer la educación superior y a impulsar desarrollos en las TIC y las tecnologías agropecuarias, entre otras políticas sectoriales– se hacen indispensables en procura de propósitos y mecanismos de fomento de largo plazo para lograr transformaciones profundas en el país. Esta, en últimas, debería ser la apuesta de la ciencia y la innovación.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

La ciencia colombiana no tiene doliente

La ciencia colombiana no tiene doliente

Lisbeth

El Gobierno propone una reducción del 40% en el presupuesto de ciencia y tecnología para 2018. ¿Se podría esperar un escenario diferente? No lo creo: una cosa son las intenciones, y otra, las actuaciones.

El Gobierno dice que se prepara para ser miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), pero recorta el presupuesto para la ciencia, sabiendo que es un requisito importante para lograrlo; el Gobierno ofrece dineros de regalías para que todas las regiones inviertan en ciencia y tecnología, y luego se los quita para construir vías terciarias; el Gobierno se ufana de apoyar la formación de doctores, pero no se da cuenta de que, una vez formados, el país no está en la capacidad de ofrecerles espacios dignos para dedicarse a producir nuevo conocimiento; el Gobierno dice que cree en la ciencia y la tecnología, pero está ocupado en asuntos del día a día, vive en el corto plazo y no planea a futuro; el Gobierno dice que Colombia será el país más educado de América Latina en 2025, pero aún la calidad de la educación está estancada y no promueve el pensamiento crítico y curioso. La misma OCDE, en su documento de revisión de la política educativa del país (2016), reconoce que aunque el sistema educativo colombiano “ha experimentado una transformación fundamental”,  actualmente enfrenta altos niveles de desigualdad desde los primeros años de educación y un bajo nivel de calidad en el sistema educativo.

Y, a todas estas, ¿dónde están los científicos colombianos? Abrumados. No es su estilo salir a las calles a alzar su voz frente a la situación, son tímidos ante a los medios. Pronto enviarán cartas, organizarán espacios de análisis y reflexión, le pedirán cita a los altos funcionarios y todo se quedará en el mismo punto en el que comenzaron, estirando los pocos fondos que puedan tener, buscando otras fuentes de financiación y viendo, con nostalgia, una Colciencias que necesita combustible para despegar con decisión.

¿Y dónde está la ciudadanía que vele por un país en el que los valores individuales conlleven a un desarrollo colectivo y a su bienestar en la realidad y no solo en el discurso? ¿Dónde está esa ciudadanía que cree y le interese una cultura científica? Son pocas las iniciativas y menos las que logran sensibilizar y formar ciudadanos empoderados.

El problema es que el país ni conoce ni cree que Colombia tiene un gran potencial en ciencia, tecnología e innovación.

La Javeriana, pionera en innovación universitaria

La Javeriana, pionera en innovación universitaria

Este diálogo se ubica, de un lado, en la reciente Política de Ciencia, Tecnología e Innovación impulsada por Colciencias y en la focalización presupuestal que hizo el gobierno nacional para impulsar aquella investigación que genera soluciones aplicadas, principalmente, la que impacta el sector productivo. Del otro lado, se enmarca en la construcción colectiva de la Planeación Universitaria 2016-2021, un escenario invaluable de conversación en torno al emprendimiento y la transferencia de conocimiento para encontrar consensos frente a lo que concebimos como innovación y, luego, explorar cómo apropiarla en nuestro ADN javeriano.

No es una discusión menor, pues tradicionalmente la PUJ ha buscado estar a la vanguardia tanto en la producción de nuevo conocimiento como en el impacto que genera este en la formación y el servicio. Contamos con diez años en la promoción e institucionalización de la transferencia de la oferta científico-técnica al sector productivo y la sociedad. Un paso significativo fue la constitución de la Vicerrectoría de Investigación, con su Dirección de Innovación y, luego, en 2014, la creación de políticas y directrices que sirvieron como pilares para fomentar y orientar la cultura hacia la innovación y el emprendimiento en la comunidad javeriana.

Estas acciones y la experiencia acumulada han permitido que nuestra universidad sea pionera en el país en procesos de transferencia de conocimiento gracias a la construcción de un propio modelo de gestión de la innovación que denominamos ‘De la academia al mercado’. Otros esfuerzos que aportan a este reconocimiento han sido la plataforma Vector, un espacio para encontrar colaborativamente la solución de necesidades del mercado y la sociedad; y la consolidación de un servicio de inteligencia competitiva, que cuenta con más de 200 estudios sobre el estado del arte de los temas de investigación y su aplicabilidad. Otra iniciativa en marcha es la estructuración de un fondo de capital semilla para apoyar experiencias emprendedoras provenientes de la actividad investigativa, de creación y de gestión de la Universidad.

El liderazgo javeriano se debe también a las 18 patentes concedidas y las 36 que están en solicitud. Sin embargo, conscientes de que el proceso de innovación no termina con el patentamiento, en la Javeriana hay tres tecnologías licenciadas y una cartera de iniciativas empresariales tipo spin-off en camino a convertirse en empresas.

Estos esfuerzos y logros no son individuales. La suma de diferentes factores, como el convencimiento del cuerpo directivo para esta apuesta, el recurso humano altamente calificado y la oferta de capacidades científicas y tecnológicas con las que contamos en las diferentes unidades académicas; todo ello ha permitido ejercer un rol destacado a nivel nacional como agente de cambio mediante la generación de conocimiento que pueda ser apropiado por la sociedad.

Así pues, mi invitación es a que entendamos la innovación con una perspectiva amplia. Según los expertos en este tema, antes se concebía a la academia para investigar y formar. Ahora, se investiga, forma y transfiere conocimiento, es decir, una mirada sintonizada a los intereses de la sociedad y de quiénes aprovecharían el conocimiento producido al interior de la Javeriana. Sin duda, estamos en un ambiente ideal para llegar a acuerdos, reconocer las experiencias exitosas y aprender de aquellas que pueden mejorarse con el fin de cumplir la meta de ser en 2021 una universidad consumida en prácticas y procesos recursivos, creativos e innovadores. Un escenario, además, indispensable para contribuir al fortalecimiento del ecosistema nacional de la innovación.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

 

Tips Pesquisa 35

Tips Pesquisa 35

Investigación Javeriana 2015 en cifras:

142 proyectos de investigación y creación financiados.
♦ Más de $11 mil millones invertidos en proyectos de investigación, creación e innovación.
♦ Más de 450 artículos publicados por profesores javerianos (Bogotá y Cali) en revistas indexadas en Web of Science y Scopus.
♦ La publicación de artículos científicos se triplicó entre 2007 y 2015, tanto en Web of Science como en Scopus.
♦ Más de $162 millones invertidos en publicación de artículos científicos.
111 grupos de investigación clasificados por Colciencias (Bogotá y Cali).
78 semilleros de investigación.
10 patentes aprobadas: Estados Unidos: 1, Colombia: 9.
31 solicitudes de patentes en curso.

Por primera vez en la historia, la Convocatoria 737 de medición de grupos de Colciencias reconoce y valora la creación en artes, arquitectura y diseño como producción de nuevo conocimiento, informa Óscar Hernández, asistente para la Creación Artística de la Vicerrectoría de Investigación y uno de los promotores de la propuesta. Los resultados se publicarán en mayo de 2016.  http://www.colciencias.gov.co/
La Pontificia Universidad Javeriana en sus sedes Cali y Bogotá, junto con otras universidades del país, fue beneficiada con la asignación de recursos para la conformación de dos Centros de Excelencia en Big Data e Internet de las Cosas (IoT), iniciativa del Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones y Conciencias. Trabajarán aspectos relevantes de tecnología y manejo de información para prestar mejores servicios a la sociedad.
Continue reading
Las revistas y editoriales universitarias en la política de CT&I

Las revistas y editoriales universitarias en la política de CT&I

Las universidades colombianas han publicado revistas académicas desde hace sesenta años. Algunas revistas tuvieron su ciclo natural de nacimiento, crecimiento y muerte; otras se han consolidado gracias a un esfuerzo sostenido de calidad en su contenido y en su diseño editorial. Para 2014 se contaba con cerca de 540. Desde hace tres décadas se vienen consolidando las editoriales universitarias como alternativa a las casas comerciales, buscando acercarse a la comunidad académica y a sus autores. De allí que la asociación que las reúne (ASEUC) cuente con 60. Sin embargo, revistas y editoriales universitarias colombianas juegan en un mundo en el que tienen la partida perdida, y las políticas públicas no ayudan lo suficiente para que puedan competir en un escenario de contienda despiadada.

En un contexto global, el sistema que cualifica las revistas académicas determina la visibilidad y aceptación de los autores. En 1964, el Institute for Scientific Information (ISI) desarrolló un Índice de Citación Científica (SCI) en el que el número de citas de terceros sobre los artículos publicados (denominado “factor de impacto”) se convirtió en el parámetro de calidad científica. Como era de preverse, las revistas Nature y Science se ubicaron en los primeros puestos.

Los directores de bibliotecas universitarias del mundo empezaron a suscribirse a las revistas con mejor posición en dicho índice, muchas de las cuales eran propiedad de las mismas editoriales y, en el caso de Reuters y Elsevier, además eran productoras de los índices que miden impacto. Esto creó un mercado inelástico que produjo un aumento en los precios de aquellas mejor posicionadas.

Las grandes empresas editoriales se volvieron dueñas de revistas y jueces en índices de citación. Estar por fuera de ellas significó no participar en la divulgación científica y académica. Como en todo mercado, las editoriales que publican estas revistas aprendieron a manejar los índices y los autores empezaron a publicar artículos, buscando más la citación que la contribución al país o la región. Para finales de los noventa, la evaluación de la calidad de la producción académica quedó supeditada a su capacidad de publicar en las revistas con mayores índices de citación. Esto ha llevado a una tremenda competencia entre los autores por publicar en las revistas ubicadas en los primeros lugares (cuartiles) y a un marcado sesgo de los sistemas de evaluación de los académicos por su capacidad de publicar en ellos. Este mercado también presenta otro sesgo evidente: las revistas en inglés representan el 80% del conjunto de títulos indexados y las de un solo país, EE. UU., el 40% de ellas.

Mientras tanto, las revistas latinoamericanas producidas en universidades están desfinanciadas, los editores son profesores convertidos empíricamente en tales, el tiempo para la tarea editorial se disputa con las ya complicadas tareas de investigador, docente y gestor, y la visibilidad de la publicación se ve mermada por la lengua en la cual se escribe. La competencia está, de partida, perdida.

En 1996, Colciencias estableció un sistema de in-dexación de las revistas académicas colombianas,
la Base Bibliográfica Nacional, Publindex, y en 1998 reconoció 45 revistas. Las políticas cambiaron y desde 2005, a nombre de la internacionalización, las revistas en las categorías superiores ya no eran las mejores a nivel nacional, sino aquellas que habían ingresado a sistemas de indexación (Sires) extranjeros como Web of Science, Medline, Econlit y PsyINFO. De un tajo, las mejores posiciones nacionales quedaron relegadas a los servicios de indexación extranjeros.

Ante la falta de visibilidad de las revistas de la región, editores latinoamericanos crearon la iniciativa SciELO en Brasil, en 1997, y Redalyc en México, en 2003, con una clara opción por el acceso abierto. Entretanto, había surgido Scopus en 2004. El movimiento a favor de la Ciencia Abierta empezó a tomar fuerza para un acceso libre a los artículos.

Las editoriales universitarias fueron objeto, también, de su propia indexación en la primera década del 2000, hasta llegar a ser reconocidas en distintas categorías, de manera que un académico que publicara en ellas tenía garantizada la categoría de su libro o capítulo de libro por la certificación de la casa que los imprimía. Pero, en 2014, Colciencias dejó de certificar editoriales universitarias, de manera que dejó que cada capítulo o libro completo en la convocatoria de medición tuviera que demostrar el proceso editorial arbitrado y documentado que había sufrido.

En este ámbito abigarrado de grandes casas editoriales, de la geopolítica del conocimiento y de la hegemonía de países y del idioma inglés, la situación de nuestras revistas y editoriales universitarias es de enorme desventaja. Necesitan, como lo hizo la agenda pública entre los años cuarenta y sesenta con la industria nacional, de una política similar a la de “sustitución de importaciones” para la protección de la producción científica y académica del país, mientras se crea la capacidad instalada que nos ponga en condiciones de competir en ese escenario desigual.

Consuelo Uribe Mallarino
Vicerrectora de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Descargar artículo
Descargar Pesquisa No. 34
¿Para qué medir a los investigadores y a sus grupos?

¿Para qué medir a los investigadores y a sus grupos?

El último ejercicio de medición de investigadores y grupos de investigación que realizó Colciencias en 2015 nos permitió ajustar procesos para brindarles un mejor seguimiento y acompañamiento a los grupos de investigación y a los investigadores javerianos. También suscitó una reflexión sobre la forma de medir las capacidades investigativas en el país, así como el impacto de la medición sobre el sistema actual de Ciencia, Tecnología e Innovación.

A la Pontificia Universidad Javeriana esta experiencia le permitió tener una idea de la producción científica y académica real de su comunidad, fortalecer el Repositorio Institucional donde se ubica dicha producción y confirmar la posición de los investigadores y sus grupos frente al entorno nacional. También sirvió para poner en marcha una plataforma de verificación de los productos que reúne en un solo espacio los sistemas de información internos y externos para el seguimiento de su producción investigativa. Por último, hizo que los líderes de los grupos se empoderaran frente a la producción de conocimiento de sus miembros y, en algunos casos, redinamizaran sus lazos de trabajo.

Así como evidenciamos aprendizajes, la convocatoria también nos dejó algunas inquietudes. Primero, puso a las universidades y a los centros de investigación a realizar una labor notarial orientada a avalar la existencia de productos y la adecuada ubicación de estos en las distintas categorías de la plataforma, lo cual riñe con su naturaleza de productores de conocimiento. Segundo, al apostar por una forma particular de difundir los resultados de investigación por medio de artículos publicados en revistas científicas especializadas, el modelo desestima otros medios de divulgación que pueden tener mayor impacto en las regiones y las comunidades del país. Tercero, implicó un alto costo de tiempo y recursos, tanto de los investigadores como de las universidades, para la preparación del material ingresado a la plataforma ScienTI, lo que pudo afectar la productividad de la investigación, las actividades propias de los grupos y la gestión y el acompañamiento de la investigación por parte de las oficinas que fomentamos este ejercicio. Además, consideramos que persiste un alto grado de error del aplicativo en términos, por ejemplo, de información que no queda registrada cuando se piensa que ha sido grabada, saturación de la plataforma en los últimos días de la convocatoria y mala ubicación de productos que son de naturaleza muy diversa, como formación de estudiantes, artículos, libros, consultorías, variedades vegetales, patentes, etc., no por mala fe de los investigadores sino por lo complicadas que resultan las definiciones de un modelo que suma varias decenas de páginas. Queda entonces la incertidumbre del impacto de los resultados de esta medición, ya que sin duda incidirán en la orientación de la financiación de Colciencias a proyectos de investigación y actividades relacionadas, como el programa de Jóvenes Investigadores, y también en la acreditación de los programas de posgrado.

Estos ejercicios de medición podrían contribuir a desestimular el trabajo colaborativo interinstitucional, ya que alimentan la competencia entre los grupos de las universidades que buscan una mejor ubicación en los rankings, de modo que alejan el espíritu de aunar esfuerzos por responder a problemas específicos de Colombia.

Se afirma que el modelo es neutro, pero lo cierto es que la probabilidad de que los grupos de ciencias básicas y naturales queden en las categorías superiores es mucho más alta que para los grupos de ciencias sociales y humanas. Esto se da en parte porque entre las prácticas de las ciencias básicas y naturales se encuentra la publicación de artículos en revistas indexadas en lengua inglesa. En cambio, los científicos sociales prefieren impactar en lo local y entre comunidades no necesariamente científicas y, además, en sus espacios de producción priman los libros o capítulos de libros o artículos que el modelo considera como divulgativos o como apropiación social del conocimiento, los cuales reciben bajo puntaje. Por esta razón, proponemos que la valoración de la capacidad investigativa del país se realice por parte de grupos humanos y que no esté a cargo de una plataforma informática. Estos grupos realizarían su labor por medio de una evaluación organizada por comités de miembros de las diferentes áreas, lo cual favorecería una valoración equitativa y consecuente con los avances del conocimiento en cada uno de ellos, al reconocer la pluralidad y la diversidad metodológica. Ese es el modelo que ha elegido el Reino Unido, con base en el criterio de comités en 36 áreas del conocimiento.

Los anteriores elementos incentivan a repensar nuestro sistema de valoración de las capacidades investigativas en Colombia. Por esto, invitamos a la comunidad académica y científica del país a contribuir a su redefinición.

Consuelo Uribe Mallarino
Vicerrectora de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Descargar artículo
Sobre la indagación javeriana en un contexto de transición

Sobre la indagación javeriana en un contexto de transición

El encuentro de diferentes saberes; el intercambio de experiencias; el reconocimiento del otro, de sus necesidades, cosmovisiones, lenguajes y tiempos, y, en últimas, la seguridad de hacer parte de un país de regiones ampliamente diverso, son conceptos que la Universidad Javeriana viene incorporando desde hace años en sus preguntas de investigación, así como el propósito de brindar soluciones a problemáticas de nuestra sociedad. Desde sus comienzos, los profesores de la institución se han preocupado por producir nuevo conocimiento que permita alimentar el debate científico, sin dejar de lado la esencia misional de involucrar a la comunidad académica en temas socialmente relevantes y de hondo impacto.

Cumpliendo con esas directrices y contemplando el contexto actual colombiano, nuestra comunidad científica no podría ser ajena al momento de transición en que nos encontramos, un periodo en el que se unen esfuerzos desde diferentes esferas (política, social o de disidencia) para hallar alternativas que lleven a poner punto final al conflicto armado. Por ello, la universidad apuesta por favorecer el diálogo social, el fortalecimiento de capacidades humanas relevantes y pertinentes y la construcción de conocimiento como escenarios que interpelan y exigen respuesta de la academia, tanto en el ámbito nacional como en el regional. Las ciencias sociales, las formales y naturales, las ingenierías, las artes y la filosofía aportan sus esfuerzos de análisis académicos, metodologías y hallazgos en la construcción y reflexión de un país que intenta superar sus crisis. La Universidad Javeriana parte de la reflexión de que la construcción de la paz, a la cual nos convoca la transición que estamos viviendo, requiere tanto de estos diálogos como de la visibilidad de los sujetos que hoy se encuentran invisibilizados y silenciados.

Una pequeña muestra de estos esfuerzos por aportarle a la sociedad colombiana a través de la indagación se refleja en los artículos de esta edición de Pesquisa. Es el caso de la investigación participativa desarrollada en el golfo de Tribugá (Chocó), que inició con un método y propósito de “hablar sobre hablar”, y permitió aportar un modelo de gobernanza en torno a los recursos naturales y humanos que tienen los habitantes alrededor de sus manglares. Así como del estudio que desarrolló un profesor de psicología de la Seccional Cali con policías, basado en la pregunta “¿Qué vendrá después del posconflicto en cuanto a salud mental?”. De la misma forma en que psicólogos y psiquiatras se interesaron por los traumas que dejó la Primera Guerra Mundial, es tarea ahora de los investigadores colombianos indagar sobre las afectaciones mentales en nuestro territorio.

Presentamos, además, un estado del arte sobre la legislación y las posibilidades que tienen las comunidades de mujeres indígenas afectadas por el conflicto de su país para acceder a la justicia y denunciar los delitos de los que fueron víctimas. Este trabajo fue realizado por profesoras de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, y construido con colegas colombianos y guatemaltecos. Los aprendizajes, al tiempo que reconstruyeron el tejido tradicional y social de las comunidades impactadas, permitieron “articular dos propósitos: la indagación contextualizada y el empoderamiento de las mujeres víctimas para un diálogo cualificado con sus comunidades e instituciones”, como lo explica el artículo.

Son diversos los alcances de este ejercicio de investigar sobre problemáticas de nuestro entorno. Además de proponer soluciones concretas que impacten a la comunidad, posiciona estos temas en la agenda científica internacional, permite un crecimiento para los investigadores por cuanto convoca al diálogo de saberes, invita a una visión interdisciplinar para resolver la pregunta inicial del proyecto de investigación, y plantea diferentes espacios para la divulgación de sus resultados, no solo en circuitos científicos, sino en un ámbito más amplio. Supone, además, un desafío frente al manejo del lenguaje que busque llegar a personas interesadas en saber cómo la investigación y sus conclusiones impactan en su cotidianidad. Finalmente, propone un acercamiento con las entidades del Estado, ya que ofrece sus hallazgos como insumos para la construcción de políticas públicas.

Estamos convencidos de que nuestro aporte como científicos e investigadores se define en un contexto que sobrepasa los límites de nuestras preguntas de investigación y al cual buscamos contribuir como ciudadanos. Estas son algunas de nuestras investigaciones que cimientan conocimiento y fortalecen a la sociedad.

Consuelo Uribe Mallarino
Vicerrectora de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Descargar artículo