Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Investigación e innovación tecnológica y apropiación social de conocimiento científico de orquídeas nativas de Cundinamarca es el proyecto desarrollado entre académicos del Instituto de Investigación en Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá y la Pontificia Universidad Javeriana con viveristas, productores y comercializadores de la región.

Pesquisa Javeriana estuvo presente en el cierre del proyecto en Chinauta, Cundinamarca, conversando con los cultivadores quienes explicaron por qué este proyecto se convirtió en un proceso de apropiación social del conocimiento.

 

Luego de tres años de trabajo (2015 – 2018), productores y distribuidores de orquídeas del departamento de Cundinamarca encontraron que si creaban agremiaciones, intercambiaban especies nativas de estas flores y educaban a la comunidad de provincias como San Antonio del Tequendama y Sumapaz sobre la biodiversidad de la región, podrían potenciar su uso y conservación. No en vano, Fusagasugá, otro municipio beneficiado por la investigación, es conocida nacionalmente como la ‘Ciudad jardín de Colombia’ y el hogar de la Exposición Nacional de Orquídeas que se realiza anualmente.  

Estos hallazgos son parte del resultado del proyecto de investigación que presentó la Gobernación de Cundinamarca ante el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías para aumentar el conocimiento sobre las orquídeas en el departamento y orientar a los productores locales de la zona sobre su conservación.

Como resultado de la investigación se diseñó un plan de trabajo entre viveristas, productores y comercializadores de la región y académicos con el fin de diversificar el material vegetal usado en el cultivo de sus flores e implementar las buenas prácticas de producción para potenciar su comercialización sin desconocer los marcos normativos.

 

 

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Investigación e innovación tecnológica y apropiación social de conocimiento científico de orquídeas nativas de Cundinamarca es el proyecto desarrollado entre académicos del Instituto de Investigación en Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá y la Pontificia Universidad Javeriana con viveristas, productores y comercializadores de la región.

Pesquisa Javeriana estuvo presente en el cierre del proyecto en Chinauta, Cundinamarca, conversando con los cultivadores quienes explicaron por qué este proyecto se convirtió en un proceso de apropiación social del conocimiento.

Luego de tres años de trabajo (2015 – 2018), productores y distribuidores de orquídeas del departamento de Cundinamarca encontraron que si creaban agremiaciones, intercambiaban especies nativas de estas flores y educaban a la comunidad de provincias como San Antonio del Tequendama y Sumapaz sobre la biodiversidad de la región, podrían potenciar su uso y conservación. No en vano, Fusagasugá, otro municipio beneficiado por la investigación, es conocida nacionalmente como la ‘Ciudad jardín de Colombia’ y el hogar de la Exposición Nacional de Orquídeas que se realiza anualmente.

Estos hallazgos son parte del resultado del proyecto de investigación que presentó la Gobernación de Cundinamarca ante el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías para aumentar el conocimiento sobre las orquídeas en el departamento y orientar a los productores locales sobre su conservación.

Como resultado de la investigación se diseñó un plan de trabajo entre viveristas, productores y comercializadores de la región y académicos con el fin de diversificar el material vegetal usado en el cultivo de sus flores e implementar las buenas prácticas de producción para potenciar su comercialización sin desconocer los marcos normativos.

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El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

Buena parte de los ecosistemas naturales de la costa Caribe colombiana han sido transformados drásticamente por la actividad humana en las últimas décadas. “Ya casi no existen”, afirma el profesor investigador Andrés Etter, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana. La construcción de carreteras y otras obras de infraestructura, la urbanización, pero principalmente la expansión de la frontera agrícola, son algunas de las razones para que esto ocurra.

Lo mismo ha sucedido con una gran extensión de las tres cordilleras que recorren el país de sur a norte. Y es en estas regiones donde también el Grupo de Ecología y Territorio de la Javeriana, en cabeza de Etter, ha identificado los ecosistemas en peligro crítico (CR): lo que queda del bosque seco tropical en el Caribe y el desierto tropical de la Guajira y la Tatacoa en el Huila; los ecosistemas secos de los Andes, como el Cañón del Chicamocha en Santander y, en menor escala, Dagua en el Valle del Cauca; los ecosistemas húmedos como los humedales que agonizan en el altiplano cundiboyacense empezando por Jaboque, en pleno Bogotá, y las áreas de bosque húmedo tropical del piedemonte llanero. Allí es donde la situación está más complicada.

Estos resultados podrían apoyar la toma de decisiones de quienes juiciosamente diseñan los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) en los más de mil municipios del país, porque el trabajo de los investigadores javerianos lleva más de 30 años y tiene evidencia científica del cambio en el paisaje desde hace cinco siglos. El estudio, además de caracterizar el nivel de riesgo de los ecosistemas naturales que subsisten, permite establecer el nivel de protección en el sistema nacional de Áreas Protegidas. De los ecosistemas que se encuentran en peligro crítico (CR) o en peligro (EN), que en total son 38, no subsisten sino 19 millones en las 114 millones de hectáreas que tiene el territorio colombiano. El estudio también permite ubicar los tipos de ecosistemas que han desaparecido y los lugares que estos ocupaban, para identificar necesidades de restauración.

Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.
Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.

Con base en esto, Etter recomienda priorizar la restauración de aquellos ecosistemas que están en peligro crítico o en peligro. Hace énfasis en aquellas zonas rojas y naranjas del mapa (Figura 1), pero focalizándose en aquellas que presentan baja productividad y altos niveles de impacto ambiental. Sin demeritar los beneficios de la industria ganadera, llama la atención porque “la ganadería ha sido la gran transformadora de los ecosistemas colombianos”, y agrega que “el 80% de la frontera agrícola colombiana son vacas, frecuentemente con bajos niveles de productividad”, alrededor de 23 millones de reses. Si estuviera en sus manos, entre estas se enfocaría en aquellas áreas alejadas de las carreteras, cercanas a ecosistemas naturales y a ríos, entre otras características que viene analizando con sus colegas.


Una lista roja de ecosistemas

Ahora que en Colombia tanto el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), han presentado sus mapas de amenaza de los ecosistemas colombianos, Etter y sus colaboradores entregan la Lista Roja de Ecosistemas (LRE) que representa un nuevo estándar unificado de carácter global mediante el cual es posible evaluar el estado de todos los ecosistemas del mundo en riesgo, con una metodología basada en cuatro criterios básicos: la reducción en la distribución geográfica, el patrón que ha llevado a esa reducción, la degradación ambiental física, que incluye aspectos como el suelo y el clima, y la alteración de procesos bióticos asociados a los ecosistemas, como, por ejemplo, los cambios en los procesos de dispersión de semillas o de polinización. “Estamos mostrando en qué ecosistemas ha sido más severo el deterioro y cómo, si se juntan las variables, se puede valorar ese riesgo de una manera más transparente”, explica el ecólogo (Ver Figura 2). Esta metodología, originalmente ideada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), se empezó a diseñar en 2010, y en 2013 se publicó en el artículo titulado Scientific Foundations for an IUCN Red List of Ecosystems, de David Keith, Jon Paul Rodríguez y colaboradores.

Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia
Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia

Colombia ha sido uno de los pocos países que, junto con Costa Rica, Chile y Venezuela, iniciaron en América Latina el estudio con financiación internacional. La experiencia del investigador Etter al haber recorrido el país entero durante más de tres décadas y haber realizado análisis históricos de transformación de ecosistemas, sumado a insumos importantes liderados por otros investigadores como, por ejemplo. las tasas de deforestación en el país del IDEAM, permitieron avanzar en la investigación que, según Etter, es reconocida como una de las aplicaciones de la metodología más completas.

Los investigadores javerianos se concentraron en los ecosistemas terrestres, identificando 81 tipos: 54 corresponden a ecosistemas forestales, seis a ecosistemas arbustivos, 16 a sabanas y páramos, y cinco a humedales. “Los ecosistemas son la base del soporte de la vida humana. Conservándolos, conservamos oportunidades a futuro, en términos de la biodiversidad”. Pero también, resalta, como país megabiodiverso, “Colombia tiene una responsabilidad más allá de sus fronteras, en términos globales, de responder como guardianes de esa riqueza biológica”.


A futuro

Con base en los mapas históricos (Ver Figura 3), y si sigue la tendencia actual de lluvias, dentro de 20 o 30 años, el área con los mayores cambios será la península de la Guajira, seguida de la parte norte del departamento de Norte de Santander y la región central de Arauca y Casanare.

Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.
Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.

Desde el punto de vista de las tasas de pérdida o degradación de los ecosistemas en relación con la dispersión de semillas y polinización, las regiones que más sufrirán serán las ubicadas en la cordillera de los Andes, el norte de la Amazonia y el sur de la Orinoquia, unas 60 millones de hectáreas afectadas.

Si bien el ejercicio realizado hasta ahora ha contemplado las amenazas por el cambio climático de manera preliminar, los investigadores no dudan en que esta categoría empezará a jugar un papel más importante en futuras evaluaciones.


INVESTIGADOR PRINCIPAL: Andrés Etter Rothlisberger
COINVESTIGADORES: Ángela Andrade, Kelly Saavedra, Paula Amaya, Paulo Arévalo, Juliana Cortés, Camila Pacheco, Diego Soler.
COLABORADORES: Tito Muto, Andrés Páez, Mauricio Vejarano, Miguel A. Cañón, Laura Eraso, Yaneth Muñoz.
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Pontificia Universidad Javeriana
Conservación Internacional, Colombia

Financiación
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, IUCN
Convention of Ecosystem Management, CEM
Provita
Fundación Moore

Apoyo institucional
Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible
Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt
Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andreis

PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2010 – 2017

Islas de carbono

Islas de carbono

Cuando se caminan las sabanas de la Orinoquía, tal como lo dice Julio Jaramillo en su canción de Reminiscencias, el llano infinito se funde al besar el sol. Aquí, inmersos en la planicie, pequeñas islas verdes brotan en la mitad de un océano de pastizales; estos parches son relictos de bosques que flotan en una tierra que ahora le pertenece al ganado. Al adentrarse en ellos todo cambia. El aire ya no está cargado de la esencia volátil del pasto, aquí el olor es distinto: huele a tierra, a húmedo, a selva.

Al corazón de esta selva vienen hombres y mujeres vestidos con camisas, pantalones impermeables y botas pantaneras, la misma ropa de todos los días. Entre ramas y bejucos, unos abrazan los troncos de los árboles para medirlos con un metro, otros les ponen placas metálicas con puntilla y martillo mientras que los demás dibujan unas franjas con pintura acrílica amarilla sobre aquellos árboles escogidos. En una libreta, a la que le cuelga un lápiz, alguien más toma nota minuciosa de todo lo que le dictan. Estas personas, biólogos y ecólogos, son investigadores que vienen a bosques como este, para comprobar que están captando el carbono de la atmósfera.

Sus esfuerzos le sirven al gobierno colombiano para cumplir el compromiso adquirido en el Acuerdo de la Conferencia de las Partes (COP21), celebrado en París en 2015. Allá, lejos de la selva, Colombia se comprometió a que sus emisiones de carbono deberán reducirse en un 20% para 2030. Se trata de un esfuerzo internacional para que la temperatura de la tierra no aumente más de 2 ºC en los próximos años.

Pero lejos de la promesa en papel está la realidad. Si bien Colombia es uno de los países más biodiversos a nivel mundial, también está entre los 10 países que más área forestal ha perdido entre 1990 y el 2015. Recientemente se supo que 178.597 hectáreas de bosque desaparecieron en 2016, algo así como el tamaño de Bogotá.

A ese bosque que aún respira, Ana María Aldana, bióloga de la Universidad de los Andes, llega con su equipo de investigadores a marcar y medir árboles. Ella quiso saber cuánto y cómo los bosques en Colombia están acumulando el carbono de la atmósfera, un gas que calienta la tierra y aumenta los efectos del cambio climático. Este carbono se acumula en los árboles porque ellos se alimentan de él. Así como nosotros respiramos y necesitamos el oxígeno para vivir, las plantas utilizan este elemento para hacer fotosíntesis, para convertir la energía del sol en energía que puedan utilizar.

La bióloga Ana María Aldana, durante su trabajo de campo en los bosques de la Orinoquía.
Estudiantes de la Universidad de los Andes durante su trabajo de campo del proyecto de acumulación de carbono, en los bosques de la Orinoquía.

Aldana, como muchos otros científicos en el país, está en una carrera contra el tiempo. Es probable que mientras se escriben estas líneas –o mientras se leen–, a un árbol lo estén tumbando en alguna parte del país. Y es porque, según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la causa que más ha golpeado a los bosques ha sido el uso de tierras para los monocultivos y cultivos ilícitos a lo largo del Pacífico Norte y Sur, el Sur del Chocó, el Nororiente de Antioquia, el Norte de Santander y el Sarare, al Noroccidente de la Orinoquía.

Más allá de que la academia haya llevado a la bióloga a estudiar los bosques tropicales, la pasión con la que habla de sus plantas y la alegría cada que vez que va al campo delatan los sentimientos de una mujer que creció viendo atardeceres llaneros. “La gran diversidad de formas y de especies, de colores, de olores, etc., hace que sean extremadamente fascinantes”, resalta. Y así, una cosa llevó a la otra. Aldana hizo una maestría en Botánica de la Universidad de Reading, Inglaterra, y ahora es doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad en los Andes, título que consiguió en marzo del 2017.


Entre el laboratorio y la selva

Su proyecto comenzó en 2005. En él también participaron investigadores de otras universidades, estudiantes de biología y su director de tesis, Pablo Stevenson, quien está a cargo del Laboratorio de Primatología y Ecología Tropical (LEPTYP) de la Universidad de los Andes.

Medir el carbono de los bosques no es sencillo. Las jornadas comienzan a las seis de la mañana, con el tiempo justo para tomarse un tinto oscuro, desayunar e irse al campo. Allí, en medio de mosquitos inmisericordes, se trabaja hasta que los rayos del sol dejen de penetrar el bosque.

La primera parte del proyecto fue establecer parcelas en distintas regiones de Colombia como la Orinoquía, la Amazonía y el Magdalena Medio. “Es una metodología para estudiar vegetación”, explica Aldana, “las parcelas de una hectárea son las más convenientes para estudios de vegetación en el largo plazo. A lo que se refiere es que las parcelas sirven para que, dentro de un lugar en el bosque que mide una hectárea, se pueda tener una idea de cómo está funcionando un ecosistema, ¿qué plantas viven allí? ¿Cuánto y cómo crecen? ¿Cómo es su relación con los animales? Estas son algunas preguntas que los científicos buscan responder al establecerlas. Pero “montar parcelas” no es solo enterrar tubos de PVC para que formen un cuadrado de una hectárea, hay que tener en cuenta detalles como la inclinación del suelo y un sentido de orientación preciso para que, al final, no termine en forma rombo –o peor aún, sin forma–.

En cada parcela los ecólogos seleccionan aquellos árboles, bejucos y palmas que tengan un diámetro mayor a 10 cm a la altura del pecho, una medida usada en este tipo de estudios. Mientras hay luz, los números y los nombres científicos se apropian del eco del bosque. “Este es un Protium que mide 32 cm”, dice uno, refieriéndose al tronco de un árbol de unos 20 metros de alto. “Listo, entonces ese es el 52.834”, le responde otro mientras anota en su libreta y le pasa una placa metálica con números marcados en su superficie. Sin duda, no todo en el campo es medir árboles: en la mitad del bosque, debajo de un “cambuche” improvisado, los ecólogos sacan una coca de plástico con un almuerzo frío pero rico en carbohidratos (papa, arroz, lentejas y, a veces, una que otra carne). En ese momento se habla de todo, de historias, de chismes, de la vida.

La otra parte del trabajo es volver a las 32 parcelas que se establecieron años atrás para ver cuánto ha cambiado el bosque. Por ejemplo, a estos del Meta, en San Martín, Ana regresó después de haberlos visitado por primera vez en 2011. Aquí todavía se escuchan las estridentes voces de monos aulladores mientras los investigadores vuelven a revisar la parcela. A cada árbol que marcaron, martillaron y pintaron seis años atrás, le miden el diámetro y la altura; después hacen una incisión en el tronco con un instrumento parecido a un descorchador de vinos, el barreno. Del árbol, Aldana y su equipo sacan muestras de la madera para saber su densidad. También recogen muestras del suelo para conocer qué tan fértil es la tierra.

Luego de meses de trabajo de campo, montar parcelas, marcar árboles e identificar especies –y quién sabe cuántas picadas de coloraditos y mosquitos–, Aldana utiliza la estadística y las matemáticas para sacar conclusiones de sus observaciones y las de su equipo de trabajo. Y así como cuando un médico le pide al paciente la altura y el peso para saber su grasa corporal, Aldana utiliza la densidad de la madera, la altura y el diámetro de cada árbol, palma o liana que se marcó para encontrar la biomasa aérea de cada individuo –o para saber cuán gordito está–, lo cual demuestra la salud de los bosques.

La biomasa es todo aquello “que hace parte de un organismo vivo”, explica. Nosotros somos biomasa, por ejemplo. En el caso de esta investigación, solo se analiza la parte aérea de las plantas, que es todo lo que está por encima del suelo: las hojas, las ramas y el tronco. “En árboles, en promedio, la mitad de la biomasa está compuesta por carbono; la otra mitad, de nitrógeno y otros elementos orgánicos”, añade. Las matemáticas le sirven para hacer aproximaciones y, así, saber cuánto de esa biomasa es carbono, el mismo que se escapa a la atmósfera cuando se tala un bosque.

Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.
Se cree que Colombia perdió 178.597 hectáreas de bosque en 2016.

Cuando un árbol está más gordo y más alto quiere decir que tienen más biomasa, o sea, que acumula más carbono, pues Aldana descubrió que los bosques estudiados almacenan, en promedio, 120 toneladas de carbono por hectárea, un valor que está por encima del promedio nacional: 104 toneladas por hectárea según el Sistema de Información Ambiental de Colombia.

Proteger el bosque porque acumula el carbono es solo una de las razones para conservarlo. A través del Programa Evaluación y Monitoreo de la Biodiversidad, el Instituto Humboldt determinó las especies de plantas y animales que pueden estar en riesgo por la deforestación en distintas partes del país. Especies que son maderables como almendro (Dypterix oleífera) y el cedro (Cedrella sp.) están en peligro. Con la selva en riesgo, también lo están aves como el paujíl piquizul (Crax alberti) y mamíferos como el mico churuco (Lagothrix lugens) y la danta (Tapirus bairdi), entre otros.

Mientras estudios como los de Aldana se llevan a cabo, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, junto con el IDEAM, lideran el Inventario Forestal Nacional, un plan que permite conocer cómo están los bosques en Colombia: la estructura, la diversidad y el impacto de la deforestación. Es un esfuerzo como el que hizo Aldana, pero en todo el territorio nacional. Con toda la información recolectada, incluso con la de esta bióloga, se espera que se generen políticas públicas para la conservación y preservación de los bosques colombianos. De esta información nacen programas como Visión Amazonía, una estrategia para la conservación y protección de los bosques del sur del país en alianza con los gobiernos de Alemania, Noruega y el Reino Unido, para que la deforestación neta llegue a cero en 2020.

Ana Aldana, que se embarcó en una aventura en la que comprobó que hay que conservar los bosques porque acumulan carbono, ahora espera comenzar una vida de investigadora más independiente: tener su laboratorio, hacer sus investigaciones, dirigir tesis de estudiantes y volver al bosque. Ella, la investigadora que viajó por Colombia midiendo árboles, está segura de que, para conservar, no hay que esperar a que la tierra se caliente o se desborden los ríos.

Para esta científica, conservar comienza por los cambios de hábitos de cada uno. El problema está en ser capaces de cambiar el uso de los combustibles fósiles, de la expansión ganadera o de la extracción de maderas. “Los efectos que nosotros estamos generando son mucho más rápidos que la capacidad de recuperación de los ecosistemas”, advierte.

La Claraboya | Episodio 3: Murciélagos

La Claraboya | Episodio 3: Murciélagos

¡Hola a todos!

En esta edición de La Claraboya, nuestro podcast sobre ciencia para los que no somos expertos, hablaremos sobre los murciélagos.

Colombia tiene un importante sistema de cuevas en la región de Santander que no ha sido explorado completamente, por lo que su importancia para la conservación de los murciélagos sigue siendo en gran parte desconocida. Esta investigación del profesor Jairo Pérez, además de buscar diversas especies, también surge de la necesidad de generar conocimiento, políticas de conservación y educación ambiental sobre las especies de murciélagos en el departamento de Santander a turistas y comunidades aledañas.

Además, junto al profesor Pérez, derrumbamos algunos mitos que han convertido a los murciélagos en especies temidas por el humano.

Lee aquí nuestro artículo sobre esta investigación.

¿Cómo van los parques nacionales naturales de Colombia?

¿Cómo van los parques nacionales naturales de Colombia?

En poco más de la décima parte del territorio colombiano se encuentran 59 áreas protegidas con 14 millones de hectáreas. El reto, de acuerdo con el presidente Juan Manuel Santos, es expandirla a 26 millones. El mandatario quiere que lo recuerden como el que “puso un granito de arena para preservar lo más importante que tenemos en Colombia: la naturaleza, el medio ambiente y la biodiversidad”, según dijo durante el evento Parques para la vida, en el que se conmemoraron 40 años de la creación de 18 parques naturales.

Manuel Rodríguez Becerra, quien en 1994 se convirtió en primer ministro de Medio Ambiente de Colombia, aprovechó la ocasión para anunciar una iniciativa que vienen cocinando varias instituciones, entre ellas la Pontificia Universidad Javeriana, para generar, hacer seguimiento y analizar sistemáticamente la información sobre la situación de las áreas protegidas del Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia (SPNN), la cual podría llamarse ‘Parques, ¿cómo vamos?’.

Liderada y financiada por la Fundación Santodomingo, para los primeros dos años el observatorio cuenta ya con un presupuesto de $2.700 millones, de los cuales $1.500 millones están representados en el tiempo de profesionales de la más alta calidad de la Javeriana, la Universidad de los Andes y la Fundación Natura. También colaboran en esta iniciativa entidades como Dejusticia, el Foro Nacional Ambiental, la Wildlife Conservation Society (WCS), el World Wildlife Foundation (WWF), Semana Sostenible, Alisos y la Fundación Corona.

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La decana de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, María Adelaida Farah, economista y experta en estudios del desarrollo, le dijo a Pesquisa Javeriana que son varias las unidades de la universidad que han adelantado trabajos desde diferentes enfoques sobre la conservación de los parques y áreas protegidas en general. Esa “mirada multidisciplinaria” se ha reflejado en temas que van desde entender la conservación de áreas protegidas en su aspecto social, biológico o desde los estudios ambientales y rurales en diferentes parques, como los de Chingaza, Los Nevados, Sanquianga y en varios de la Amazonia colombiana, entre otros.

“Nos interesa aliarnos con estas instituciones para potencializar el análisis sobre los Parques Nacionales Naturales”, dijo Farah, porque, aunque el SPNN tiene una trayectoria, “ha habido una debilidad en términos de ver realmente cuáles han sido los impactos, los análisis de los procesos, entender que la visión de conservación ha cambiado en el mundo y en Colombia y que uno puede pensar en parques con gente. Aunque en el SPNN ya hay una conciencia mayor, se necesitan muchos más análisis y reflexión y creemos que una iniciativa de este tipo puede contribuir de manera importante a reflexionar mucho más sobre esta temática y aportar a formulaciones de política pública en este sentido”, remató.

El observatorio iniciará actividades en los próximos meses.

El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

Parecen exploradores a punto de entrar en otro planeta. Se enfundan en un overol grueso, botas pantaneras, una máscara de doble filtro, casco con linterna y guantes de carnaza, todo eso con un clima que ronda los 20 ºC. El grupo se adentra en la cueva y comienza a caminar con cuidado: los pies se hunden en el piso fangoso, la visibilidad se reduce con cada nuevo paso. No se ve nada y lo que importa es escuchar atentamente, presentir los aleteos.

“Desde la entrada de la cueva hasta donde se llegue, la máscara es obligatoria porque el principal riesgo es respirar esporas de hongos”, explica Jairo Pérez Torres, profesor asociado del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana y líder de la expedición. Desde 2010, junto a un grupo de estudiantes, ha caminado entre el guano, con un aire fecundo de histoplasma (hongo que al entrar en los humanos causa una severa enfermedad pulmonar) penetrando la cueva de Macaregua, en el municipio santandereano de Curití. Su objetivo: entender la vida de las nueve especies de murciélagos que escogieron la cueva como su hábitat, describir su forma de vida, averiguar el papel que juegan en el ciclo infeccioso del mal de Chagas y la leishmaniasis.

Más allá de que se tenga miedo a la oscuridad, a los espacios cerrados, a un suelo movedizo o a un aleteo no identificado, el lugar es un espectáculo. Enclavada en las montañas, a 1566 metros sobre el nivel del mar, la cueva se extiende por unos 600 metros y se divide en dos ramales: uno seco y otro húmedo, gracias al contacto con una quebrada.

En su investigación han encontrado los matices de una sana convivencia. Por ejemplo, en los primeros 300 metros de recorrido abunda el Carollia perspicillata, un individuo frugívoro que suele vivir en harems controlados por un macho alfa. Casi todos ellos se organizan en perchas (porciones del techo) con rugosidades, el sitio perfecto para que las crías, tras una primera fase de amamantamiento, se resguarden mientras la madre busca alimento.

Más adelante aparecen los insectívoros. Predominan dos especies: el Natalus tumidirostris, cuyas hembras y machos asumen un comportamiento huraño la mayor parte del año, que solo cede en la época reproductiva, y el Mormoops megalophylla, con un comportamiento tan inusual como intrigante: solo los machos viven en la cueva; en las épocas de apareamiento, ingresan las hembras, procrean y amamantan a las crías, pero un día se llevan a las hembras recién nacidas y dejan a los machos confinados a la oscuridad. Los científicos no han logrado establecer hacia dónde vuelan ni qué hacen allí.

La riqueza de la cueva es tal que se calcula una población cercana a los 20.000 individuos de nueve especies con diferentes hábitos alimenticios: además de frutas e insectos, consumen el néctar de las flores o la sangre de otros mamíferos.

Macaregua ha sido destacada como Sitio Importante para la Conservación de Murciélagos (SICOM) por la Red Latinoamericana para la Conservación de Murciélagos (RRELCOM). “Después de estos años de trabajo, logramos evidenciar que es la cueva con más especies registradas de murciélagos en el país”, afirma Pérez.

Un vecino incómodo

La convivencia de los santandereanos con los murciélagos no siempre ha sido pacífica. Aunque es común encontrar algunos individuos deambulando por las calles de Bucaramanga, capital del departamento, o a otros en los techos altos de las fincas y casas rurales de San Gil, Curití y Socorro, también hay familias que han tenido que reemplazar tejados enteros de sus casas porque se convirtieron en el nuevo hogar de un grupo de estos mamíferos voladores.

Pero el animal también ha sufrido a los humanos, especialmente en los últimos años, con el auge de la industria turística de la espeleología (estudio de las cavernas) y sus excursiones improvisadas a las cuevas de la región. Guías con muy poca precaución llevan a personas en camiseta y pantaloneta por las profundidades de la montaña y suelen espantar a los murciélagos para que vuelen. Sin saberlo, generan una situación de alto riesgo.

“Todo el ciclo de transmisión (insectos vectores, animales silvestres y humanos) de Leishmania y Trypanosoma está presente en la zona, y lo que queremos saber es el papel que juegan los murciélagos en él”, explica Claudia Liliana Cuervo, profesora asistente del Departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana. Ella se asoció con el profesor Pérez hace tres años para estudiar si los quirópteros hacen parte del ciclo natural de transmisión de Trypanosoma cruzi o Leishmania spp, causantes de la enfermedad de Chagas y la leishmaniasis en la región. Según cifras del Instituto Nacional de Salud, en diciembre de 2015 se confirmaron en el departamento 173 casos crónicos para la primera y 505 para la segunda.

Los investigadores han analizado muestras de sangre de individuos recolectados en Macaregua. “Para este proyecto colectamos 101 murciélagos en dos salidas de campo, pertenecientes a tres especies que son las que en ese momento se encontraban en la cueva. La prevalencia de infección con Leishmania y Trypanosoma fue de un 52%”, resume Cuervo.

Los datos, publicados en el Congreso Internacional de Enfermedades Infecciosas que se realizó este año en India, indican que el murciélago es un reservorio natural del parásito. “Encontramos que el parásito está llegando al corazón del murciélago. Cuando eso ocurre en los humanos, ocasiona una cardiopatía que es mortal, pero es una infección muy larga, de muchos años, que aún no se ha logrado evaluar cómo es en el animal”, afirma Cuervo, lanzando una alerta clara: “perturbar su hábitat y generar migraciones puede llegar a favorecer un aumento de la transmisión de las infecciones a los humanos”.

 De ‘villano’ a benefactor

Lo que buscan los científicos de la Javeriana es generar conciencia sobre cómo la tala de bosques, las construcciones en zonas rurales y las visitas de no expertos contribuyen a acabar con los hábitats de los murciélagos y los obligan a emigrar a las áreas urbanas. En otras palabras, resaltar el papel de una especie que, desde los tiempos de la Colonia, y con el auge de las novelas de vampiros, tiene fama de ser una criatura diabólica, que chupa la sangre de humanos —en realidad solo hay una especie hematófaga que muerde al ganado— y transmite enfermedades.

En 2005, cuando trabajó en un proyecto en el Eje Cafetero, Pérez se convirtió en predicador de todos los efectos que conlleva su preservación: “En cualquier mercado del trópico, el 70% u 80% de las frutas que se encuentran son por el beneficio de los murciélagos, porque dispersan las semillas o las polinizan”. De hecho, en el sur de Estados Unidos, los campesinos se ahorran millones de dólares en plaguicidas porque, de noche, los quirópteros irrumpen en los cultivos buscando insectos para cazar.

Esta investigación, que de momento ha producido doce trabajos de pregrado de Biología y Ecología y siete tesis de maestría, pretende que el humano preserve el hábitat de una especie para su propio desarrollo, promueva un turismo responsable y consciente de los riesgos de entrar a las cuevas de la región y, sobre todo, tenga argumentos de mayor peso a la hora de realizar proyectos de educación ambiental con los pobladores de la zona.

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Novedades Editoriales

Novedades Editoriales

Arrullos y currulaos. Material para abordar el estudio de la música tradicional del Pacífico sur colombiano

Ochoa, Juan Sebastián; Convers, Leonor; Hernández, Oscar. Arrullos y currulaos. Material para abordar el estudio de la música tradicional del Pacífico sur colombiano. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014.  Tomo I: 138 páginas; Tomo II: 162 páginas.

Esta obra es una investigación sobre la música tradicional del litoral pacífico sur colombiano, desde Buenaventura hasta Tumaco aproximadamente, que consta de texto y archivos de audio y video. A partir de la interrelación del texto escrito con el material audiovisual ―que se puede encontrar en arrullosycurrulaos.tumblr.com―, el trabajo propone un puente entre las formas tradicionales de aprendizaje de músicas regionales y las herramientas pedagógicas tomadas de la tradición académica.

El texto consta de dos tomos: el primero muestra el contexto social e histórico en el cual surge y tiene sentido esta práctica musical, y presenta una introducción al formato y a los géneros más representativos. El segundo corresponde a la propuesta pedagógica para aprender a interpretar los instrumentos tradicionales: bombos, cununos, guasás y marimba de chonta, con algunos comentarios sobre la interpretación vocal.

Hasta ahora son pocos los trabajos investigativos de largo alcance que se han publicado en Colombia acerca de tradiciones musicales regionales, y menos aún desde enfoques pedagógicos como el que aquí se propone. En este sentido, Arrullos y currulaos marca un aporte significativo a la investigación musical en el país, y contribuye a la difusión y el conocimiento de una tradición musical y de toda una región que tiene aún mucho por mostrar y que hace falta conocer y reconocer.

Juegos masivos multijugador en línea. Arquitectura, identidades e hipermediación

González-Romero, Nadya; Castañeda-Peña, Harold; Sierra-Gutiérrez, Luis Ignacio; Salazar-Sierra, Adriana; Menéndez-Echavarría, Alfredo Luis. Juegos masivos multijugador en línea.Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014. 268 páginas.

Este libro ofrece una visión panorámica, y al mismo tiempo detallada, sobre lo que implican los juegos masivos multijugadoren línea (JMML), con respecto a prácticas investigativas que conllevan innovación y trazan derroteros para investigaciones futuras desde distintas disciplinas en un contexto bien delimitado.
El espacio virtual se ha convertido en un ámbito conversacional donde es posible dialogar con otros jugadores, crear alianzas, definir estrategias comunes y complementar la experiencia lúdica con una práctica social. Aquí se presenta un estado del arte completo de los juegos masivos de rol, investigación que abarca desde sus principales teorías hasta los estudios de sus participantes, pasando por sus lógicas creativas y de innovación.

Tubérculos andinos: conservación y uso desde una perspectiva

Clavijo Ponce, Neidy,autora; Barón, María Teresa; Combariza, Juliana Andrea, colaboradoras. Tubérculos andinos: conservación y uso desde una perspectiva agroecológica. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014. 228 páginas.

Este libro plasma los resultados de un proceso de investigación participativa, que, desde una perspectiva agroecológica (tanto en las precisiones conceptuales como en las orientaciones metodológicas que configuraron este trabajo), tuvo como propósito fomentar la conservación y uso de tres especies nativas de la zona andina: la ibia, el cubio y la ruba. Estos tubérculos han persistido desde la época precolombina en sistemas productivos indígenas y campesinos, y hoy forman parte de las denominadas especies infrautilizadas, dada la marginalidad a la cual han sido sometidas durante el último siglo, no obstante su importancia en la diversificación alimentaria y el sustento de poblaciones locales en los Andes.

En Turmequé y Ventaquemada, dos municipios del departamento de Boyacá (Colombia), un grupo de familias agricultoras, junto con la Pontificia Universidad Javeriana y la Corporación para el Desarrollo Participativo y Sostenible de los Pequeños Productores (Corporación PBA), emprendieron un trabajo que permitió reconocer la variabilidad morfológica de estas especies, así como las características de los sistemas productivos diversificados en los cuales se encuentran inmersas, además de sus prácticas de cultivo, sus usos y valoraciones respecto a nutrición y seguridad alimentaria, aspectos que los agricultores consideran bastión principal para su conservación.

Hacia una bioeconomía en América Latina y el Caribe en asociación con Europa

Hodson de Jaramillo, Elizabeth, editora. Hacia una bioeconomía en América Latina y el Caribe en asociación con Europa. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014. 294 páginas.

Los contenidos de este libro hacenparte de un proyecto de cooperación birregional entre América Latina y el Caribe (ALC) y la Unión Europea, el cual buscaba contribuir al desarrollo de la bioeconomía en ALC. Este libro presenta un panorama general de la bioeconomía, en relación con la región ALC; analiza los recursos naturales de esta; estudia los marcos político e institucionales para el crecimiento de la bioeconomía en ALC; ofrece una perspectiva sobre los impactos socioeconómicos y ambientales que esto conlleva; evalúa el estado actual de las capacidades técnicas y de innovación relacionadas con este tema; y por último, hace una valoración del desarrollo inicial en bioeconomía, plantea lecciones aprendidas y buenas prácticas.


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