La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

Col Basto C
En 2010, trece reconocidos investigadores a nivel mundial (Jonathan Silvertown y colaboradores) hicieron un llamado a la comunidad científica, a los tomadores de decisiones y a las entidades que financian proyectos de investigación, a evitar la “miopía ambiental” que se genera por la falta de financiación para experimentos ecológicos a largo plazo, ya que son, en palabras textuales, “una herramienta científica para el beneficio de las generaciones futuras”.

Los experimentos a largo plazo son escasos, no obstante, algunos de ellos se han venido desarrollando por más de 120 años. Los estudios ecológicos de amplia duración son importantes porque las alteraciones que se presentan en los ecosistemas, frente a fenómenos como el cambio climático, no siempre se pueden evidenciar en el corto periodo que dura la financiación de la mayoría de proyectos de investigación, sino que se registran después de más de una década de experimentación. Esto se debe a que las respuestas de los ecosistemas son complejas, porque son el resultado de la interacción de numerosos factores que no pueden valorarse completamente en el corto plazo.

Además, los disturbios producen efectos de forma lenta sobre algunos componentes del ecosistema y no son detectados en el corto plazo; por consiguiente, estudios llevados a cabo por espacios cortos de tiempo pueden mostrar tendencias opuestas a aquellos de mayor alcance. En consecuencia, se pueden obtener conclusiones erróneas y realizar predicciones imprecisas que, si se emplean como guía para la toma de decisiones en conservación, pondrían en riesgo la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas.

Por otro lado, a través de los experimentos a largo plazo se pueden realizar hallazgos inesperados que abran las puertas a futuras investigaciones para comprender mejor los impactos que causan los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. En mi experiencia, por ejemplo, al estudiar los efectos de la contaminación por nitrógeno y la sequía en el banco de semillas –semillas viables que se acumulan sobre el suelo después de ser dispersadas de la planta madre– durante 13 y 14 años, respectivamente, se evidenció que estas amenazas para la biodiversidad tienen efectos negativos mayores e insospechados a lo que previamente se conocía y que, contrario a la predicción de los estudios realizados durante menos de 6 años, el ecosistema de pastizales tiene baja capacidad de recuperación frente a los cambios ambientales. ¿Qué sucedería si los criterios para la toma de decisiones, en torno a la contaminación ambiental y el cambio climático, se basaran únicamente en los resultados de los estudios a corto plazo? La respuesta la dejo a consideración del lector.

En mi caso, tuve la excelente oportunidad de participar en esos estudios en Inglaterra, que hoy en día completan más de dos décadas de experimentación. La robustez de las conclusiones obtenidas me permitió darle una mayor visibilidad a la investigación a través de la publicación de artículos científicos en revistas de prestigio, aunque lo más importante es que el conocimiento generado se está incorporando en las discusiones académicas sobre los efectos de los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. Esto no hubiera sido posible sin el apoyo financiero y la cooperación internacional que hay detrás del establecimiento, mantenimiento y monitoreo de mi investigación. Resalto la enseñanza que me dejó el trabajar con científicos de diferentes partes del mundo, abiertos a compartir su conocimiento, datos y experiencias para alcanzar un objetivo común.

¿Cuál es la situación de Colombia? Desde finales de los años 80, institutos de investigación, entidades públicas, ONG y universidades han unido fuerzas para realizar estudios ecológicos a largo plazo; no obstante, algunos de ellos no tuvieron la financiación para darles continuidad. Por lo tanto, es necesario que, pese a la escasez de recursos económicos para financiar proyectos de investigación y a la visión inmediatista y, por lo tanto, limitada que se tiene sobre las prioridades de producir nuevo conocimiento, se comprenda y se visualicen los beneficios de realizar estudios a largo plazo, de manera que se tomen decisiones acertadas sobre la asignación de recursos para financiarlos. Colombia necesita ampliar la inversión económica en este tipo de estudios para que contribuyamos a las decisiones que, a nivel mundial, se toman sobre el futuro del planeta.

Para ello, primero tenemos que despojarnos de la creencia de que somos dueños de los temas de investigación, para que se genere y fortalezca la confianza entre investigadores e instituciones y así se garantice la permanencia en el tiempo de estudios ecológicos. Segundo, podemos acudir a la colaboración internacional para acceder a infraestructura, herramientas y métodos que otros países tienen, y así disminuir los costos de los proyectos a la vez que, al evidenciar la complementariedad del conocimiento, habilidades y experiencia entre los miembros de la alianza, contemos fácilmente con fuentes de financiación externa. Finalmente, que se discuta en las agendas del gobierno sobre el fortalecimiento y proyección de programas de investigación a largo plazo. Temas como el cambio climático y la contaminación ambiental son ejes trasversales que permiten la integración de investigadores de diferentes disciplinas y la articulación con los intereses de investigación de otros países.


*Bióloga, doctora en Ciencia Animal y Vegetal de la Universidad de Sheffield, docente investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

El viajero del conocimiento

El viajero del conocimiento

Los años 80 comenzaron para Andrés Etter con el peso de una revelación. Por entonces se encontraba en el municipio de La Loma, en Cesar, estudiando el impacto ambiental que tendría la futura operación carbonífera de la Drummond Ltd. Colombia, cuando se convenció de que su conocimiento era aún muy restringido para entender esos problemas. Si pretendía medir la verdadera huella del ser humano y sus actividades sobre los ecosistemas, tendría que ir más allá y ampliar sus conocimientos de biólogo; sería necesario consolidar y aplicar la visión sistémica, método que había aprendido de Arthur Simon, uno de los profesores que más lo había marcado. La representación geográfica, la historia y los mapas siempre lo atrajeron, por eso debía aprender de geografía y de manejo de datos espaciales y convertirse, nuevamente, en estudiante.

“En la biología que nos enseñaron, la acción del hombre se veía como algo separado de los sistemas biofíscos, como del ámbito de las ciencias humanas, lo que me parecía contradictorio porque cada vez me daba más cuenta de que la expresión de la naturaleza respondía a las interacciones del hombre”, resume. Esa convicción lo llevó, primero, al Centro Interamericano de Fotointerpretación (CIAF), organismo en convenio con la Universidad Nacional, liderado por profesionales holandeses, dedicado a la cartografía, los estudios de suelos y la vegetación basados en sensores remotos, como fotografías aéreas o imágenes satélitales. Y allí, en medio de coordenadas, accidentes geográficos y de nociones del concepto de paisaje, encontró los trazos de su destino.

El camino lo condujo a Holanda, donde estudió la Maestría en Ecología del Paisaje, la primera parada del viaje intelectual que se había propuesto. A su regreso, aquel muchacho de 27 años, tímido pero aplicado, se convirtió en profesor de estudiantes internacionales (brasileños, mexicanos y de otras latitudes), muchas veces con una experiencia que él apenas comenzaba a construir. “Ahí aprendí a relativizar y poner en contexto mis conocimientos, a valorar la experiencia de otros y la necesidad de escuchar. La ciencia es base de conocimiento progresivo”, comenta. En las clases vislumbró un vacío en las aproximaciones de estudio del territorio, que podrían integrarse dentro de las nociones de la ecología del paisaje. Entonces, supo que debía dedicarse a su promoción, divulgación y aplicación.

Etter C

Aquella convicción, que se ha convertido en el sello de su trayectoria académica, de alguna manera la había intuido ya desde su niñez. Andrés Etter tuvo el privilegio de conocer el país al lado de su familia y de su padre, un empresario suizo que echó raíces en Colombia y que entendió que la mejor forma de mostrarles el país a sus hijos era viajando: sus vacaciones transcurrían entre los cerros orientales, el altiplano cundiboyacense, las sabanas llaneras o las playas del río Guaviare, donde su familia acampaba. “Hablando con mis compañeros de colegio, me sorprendía que eso fuera inusual. En ese momento, conocer el país pocas veces iba más allá de ir a la playa o a una finca”.

El profesor Andrés Etter ha publicado más de 80 escritos, entre artículos, capítulos de libros, libros y decenas de mapas ecológicos.

Esas experiencias se fortalecieron mucho por el legado y los escritos de El Dorado, de su bisabuelo materno, Ernst Rothlisberger, y por la amistad de su abuelo Walter, que le abrió los ojos a la historia. La educación y las lecturas promovidas en el Colegio Helvetia, donde estudió, alimentaron su curiosidad: desde las obras de Albert Camus, Eduardo Caballero Calderón, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, hasta las biografías de grandes personajes del siglo XIX, como Napoleón, Simón Bolívar o Alexander von Humboldt. Todas incidieron en su constante interés por aprender más y contrastar lo que estaba escrito con lo que sucedía en el mundo real.

Fue la misma sensación que experimentaría en la universidad, cuando, a finales de los años 70, interrumpió sus estudios de biología en la Universidad de los Andes para irse a los llanos orientales. Después de viajes y encuentros con la naturaleza, ubicó un refugio intelectual en Villavicencio junto al herpetólogo y naturalista alemán Federico Medem, quien escribía por entonces sus libros sobre los cocodrilos colombianos. Etter se convirtió en su asistente de investigación, con acceso a una biblioteca llena de ediciones originales de libros de viajeros naturalistas como Spruce, Bates, Wallace y Schultes, y a los recuentos de sus viajes y conversaciones que acababan en la madrugada, acompañados de tinto y cigarrillo.

La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia, ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.
La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia,
ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.

Allí comenzó a entender que no lo comprendía todo, que ese país exuberante era mucho más intrincado de lo que creía. Lo supo en sus viajes posteriores a la Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Tumaco, Guajira, por los Andes y, nuevamente, por la Amazonia. Y lo reafirmó más tarde con sus primeras clases: para aportar, era necesario seguir conociendo y estudiando.

El siguiente paso lo daría en conjunto con su hoy amigo y colega Francisco González, quien en 1989 lo invitó a integrarse a la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo y visión contribuyeron a consolidar la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, donde se ha dedicado a enseñar y poner en práctica la ecología del paisaje. En esta nueva etapa investigó con un equipo interdisciplinario sobre aquel país que recorrió en su juventud, principalmente liderando proyectos de desarrollo regional en la cuenca del río Chicamocha (al norte de Boyacá), en los parques nacionales de la Amazonia, aportando en la fundación del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, y construyendo el primer Mapa de Ecosistemas de Colombia.

Este sería el primer insumo para su obra, que cristalizaría tras culminar el Doctorado en Ecología en la Universidad de Queensland, en Australia. Se trata de la modelación de la transformación histórica de los ecosistemas colombianos, trabajo que requirió la elaboración de mapas ecológicos del país desde el año 1500 hasta la actualidad con ayuda de documentos históricos y fuentes empíricas actuales, revelando que las principales amenazas se ciernen sobre la costa Caribe, la cuenca seca de los Andes y los bosques andinos. De ellos resultó la Lista Roja de Ecosistemas Colombianos, iniciativa apoyada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que busca medir la huella del desarrollo humano sobre el medio ambiente, elaborada junto a estudiantes graduados en ecología de su facultad.

La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.
La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.

“En estos tiempos del Antropoceno necesitamos ser doblemente responsables con lo que hacemos, porque tenemos evidencias claras de los impactos humanos en el funcionamiento del sistema global, por lo que está en nuestras manos manejar bien el medio ambiente para nosotros y los demás seres vivos”, asegura Etter, quien, por su trabajo, ha recibido distinciones como la Mención de Honor del Premio Nacional de Ciencias, otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, o el Premio Vida y Obra al mejor investigador otorgado por la Javeriana.

Amante de la obra del pintor francés Paul Gauguin y de la música clásica, se considera un académico apasionado y un viajero dedicado que hoy, junto con su esposa Isabel y su hijo Alejandro, sigue los pasos familiares de acampar en los páramos, a orillas de los ríos de Guaviare y Guainía, o los desiertos australianos.

En ellos se esconden claves del conocimiento. “Siempre les digo a mis estudiantes que el hecho de salir graduados de aquí no los hace depositarios de la verdad, pero sí personas con un conocimiento mayor al promedio de la población, lo cual los obliga a hablar y opinar responsablemente, siempre con base en evidencias y no con opiniones emocionales”.

Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
No se pierda la edición 42 de Pesquisa Javeriana

No se pierda la edición 42 de Pesquisa Javeriana

 

Este 2017 ha sido un gran año para Pesquisa Javeriana. Con el relanzamiento de nuestra estrategia digital, que nos ha llevado a tener una presencia más activa en internet y en las redes sociales, al igual que la posibilidad de realizar cubrimientos en vivo, nos vamos convirtiendo en un medio activo en la difusión de contenidos científicos con una alta calidad periodística.

Por eso, para ir cerrando este año con broche de oro, los invitamos a leer el número 42 de nuestra revista impresa, el último de 2017 que circula hoy para los suscriptores del diario El Espectador.

Encuentre en nuestra edición:

  • Un reportaje especial sobre la investigación que los profesores de la Universidad Javeriana sede Cali hacen cada año en la Reserva Seaflower.
  • Las técnicas aportadas por nuestra alma máter para conservar la estructura de las capillas colombianas construidas con tapia pisada.
  • Los avances en la investigación contra la demencia frontotemporal.
  • La evidencia sobre metales pesados en el agua lluvia que cae en la capital.
  • ¿Quién es Andrés Etter, el ecólogo y profesor javeriano que investiga la huella de los humanos en los ecosistemas?
  • Un recorrido reflexivo por las obras de arte dispuestas en la Avenida Eldorado y la Carrera Séptima, en Bogotá.
  • La opinión de los usuarios hoteleros sobre la calidad del servicio.
  • Perfil de Salomé Mojica, joven investigadora especializada en salud pública.
  • Editorial sobre las reflexiones de innovación que dejó nuestro XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana.
  • La iniciativa de renovación verde en el campus javeriano de Bogotá.
  • Recomendaciones de la Editorial Javeriana.

Si usted desea acceder a estos contenidos y no es suscriptor de El Espectador, puede descargar la edición digital (PDF) de nuestro número 42 en este enlace.

El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

Buena parte de los ecosistemas naturales de la costa Caribe colombiana han sido transformados drásticamente por la actividad humana en las últimas décadas. “Ya casi no existen”, afirma el profesor investigador Andrés Etter, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana. La construcción de carreteras y otras obras de infraestructura, la urbanización, pero principalmente la expansión de la frontera agrícola, son algunas de las razones para que esto ocurra.

Lo mismo ha sucedido con una gran extensión de las tres cordilleras que recorren el país de sur a norte. Y es en estas regiones donde también el Grupo de Ecología y Territorio de la Javeriana, en cabeza de Etter, ha identificado los ecosistemas en peligro crítico (CR): lo que queda del bosque seco tropical en el Caribe y el desierto tropical de la Guajira y la Tatacoa en el Huila; los ecosistemas secos de los Andes, como el Cañón del Chicamocha en Santander y, en menor escala, Dagua en el Valle del Cauca; los ecosistemas húmedos como los humedales que agonizan en el altiplano cundiboyacense empezando por Jaboque, en pleno Bogotá, y las áreas de bosque húmedo tropical del piedemonte llanero. Allí es donde la situación está más complicada.

Estos resultados podrían apoyar la toma de decisiones de quienes juiciosamente diseñan los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) en los más de mil municipios del país, porque el trabajo de los investigadores javerianos lleva más de 30 años y tiene evidencia científica del cambio en el paisaje desde hace cinco siglos. El estudio, además de caracterizar el nivel de riesgo de los ecosistemas naturales que subsisten, permite establecer el nivel de protección en el sistema nacional de Áreas Protegidas. De los ecosistemas que se encuentran en peligro crítico (CR) o en peligro (EN), que en total son 38, no subsisten sino 19 millones en las 114 millones de hectáreas que tiene el territorio colombiano. El estudio también permite ubicar los tipos de ecosistemas que han desaparecido y los lugares que estos ocupaban, para identificar necesidades de restauración.

Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.
Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.

Con base en esto, Etter recomienda priorizar la restauración de aquellos ecosistemas que están en peligro crítico o en peligro. Hace énfasis en aquellas zonas rojas y naranjas del mapa (Figura 1), pero focalizándose en aquellas que presentan baja productividad y altos niveles de impacto ambiental. Sin demeritar los beneficios de la industria ganadera, llama la atención porque “la ganadería ha sido la gran transformadora de los ecosistemas colombianos”, y agrega que “el 80% de la frontera agrícola colombiana son vacas, frecuentemente con bajos niveles de productividad”, alrededor de 23 millones de reses. Si estuviera en sus manos, entre estas se enfocaría en aquellas áreas alejadas de las carreteras, cercanas a ecosistemas naturales y a ríos, entre otras características que viene analizando con sus colegas.


Una lista roja de ecosistemas

Ahora que en Colombia tanto el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), han presentado sus mapas de amenaza de los ecosistemas colombianos, Etter y sus colaboradores entregan la Lista Roja de Ecosistemas (LRE) que representa un nuevo estándar unificado de carácter global mediante el cual es posible evaluar el estado de todos los ecosistemas del mundo en riesgo, con una metodología basada en cuatro criterios básicos: la reducción en la distribución geográfica, el patrón que ha llevado a esa reducción, la degradación ambiental física, que incluye aspectos como el suelo y el clima, y la alteración de procesos bióticos asociados a los ecosistemas, como, por ejemplo, los cambios en los procesos de dispersión de semillas o de polinización. “Estamos mostrando en qué ecosistemas ha sido más severo el deterioro y cómo, si se juntan las variables, se puede valorar ese riesgo de una manera más transparente”, explica el ecólogo (Ver Figura 2). Esta metodología, originalmente ideada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), se empezó a diseñar en 2010, y en 2013 se publicó en el artículo titulado Scientific Foundations for an IUCN Red List of Ecosystems, de David Keith, Jon Paul Rodríguez y colaboradores.

Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia
Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia

Colombia ha sido uno de los pocos países que, junto con Costa Rica, Chile y Venezuela, iniciaron en América Latina el estudio con financiación internacional. La experiencia del investigador Etter al haber recorrido el país entero durante más de tres décadas y haber realizado análisis históricos de transformación de ecosistemas, sumado a insumos importantes liderados por otros investigadores como, por ejemplo. las tasas de deforestación en el país del IDEAM, permitieron avanzar en la investigación que, según Etter, es reconocida como una de las aplicaciones de la metodología más completas.

Los investigadores javerianos se concentraron en los ecosistemas terrestres, identificando 81 tipos: 54 corresponden a ecosistemas forestales, seis a ecosistemas arbustivos, 16 a sabanas y páramos, y cinco a humedales. “Los ecosistemas son la base del soporte de la vida humana. Conservándolos, conservamos oportunidades a futuro, en términos de la biodiversidad”. Pero también, resalta, como país megabiodiverso, “Colombia tiene una responsabilidad más allá de sus fronteras, en términos globales, de responder como guardianes de esa riqueza biológica”.


A futuro

Con base en los mapas históricos (Ver Figura 3), y si sigue la tendencia actual de lluvias, dentro de 20 o 30 años, el área con los mayores cambios será la península de la Guajira, seguida de la parte norte del departamento de Norte de Santander y la región central de Arauca y Casanare.

Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.
Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.

Desde el punto de vista de las tasas de pérdida o degradación de los ecosistemas en relación con la dispersión de semillas y polinización, las regiones que más sufrirán serán las ubicadas en la cordillera de los Andes, el norte de la Amazonia y el sur de la Orinoquia, unas 60 millones de hectáreas afectadas.

Si bien el ejercicio realizado hasta ahora ha contemplado las amenazas por el cambio climático de manera preliminar, los investigadores no dudan en que esta categoría empezará a jugar un papel más importante en futuras evaluaciones.


INVESTIGADOR PRINCIPAL: Andrés Etter Rothlisberger
COINVESTIGADORES: Ángela Andrade, Kelly Saavedra, Paula Amaya, Paulo Arévalo, Juliana Cortés, Camila Pacheco, Diego Soler.
COLABORADORES: Tito Muto, Andrés Páez, Mauricio Vejarano, Miguel A. Cañón, Laura Eraso, Yaneth Muñoz.
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Pontificia Universidad Javeriana
Conservación Internacional, Colombia

Financiación
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, IUCN
Convention of Ecosystem Management, CEM
Provita
Fundación Moore

Apoyo institucional
Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible
Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt
Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andreis

PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2010 – 2017