Al rescate de la tradición culinaria y nutritiva en el sur de Bolívar

Al rescate de la tradición culinaria y nutritiva en el sur de Bolívar

Cuando en una huerta de ‘tierra caliente’ los campesinos tienen a mano frutas como plátanos y bananos, mangos, guayabas, naranjas, papayas y limones, aguacates, diferentes variedades de yucas y ñame, maíz, café, múltiples tipos de hortalizas, plantas medicinales como llantén, yerbabuena y sábila, y condimentos, como el cilantro y el achiote, es fácil deducir que tienen asegurada su alimentación. Sin embargo, en el municipio de San Pablo, al sur del departamento de Bolívar, donde el 60% de sus habitantes vive en situación de pobreza, la mayoría afronta bajos niveles nutricionales por no tener acceso físico, social y económico permanente a alimentos seguros y nutritivos. Es lo que la FAO llama inseguridad alimentaria.

Una investigación realizada por investigadores javerianos quiso comprender por qué si “las huertas familiares son importantes reservorios de diversidad agrícola, esenciales para sostener la seguridad alimentaria de las comunidades rurales”, de acuerdo con las estadísticas regionales, en San Pablo “había un tema muy fuerte de inseguridad alimentaria por las condiciones de salud de sus habitantes y deficiencias de ciertos nutrientes”, según el botánico Néstor García, del Departamento de Biología, en la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

Así, junto con las profesoras Neidy Clavijo, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, y Viviana Gutiérrez, del departamento de Microbiología, apoyaron acciones que ya venían realizando otras instituciones como el Servicio Jesuita de Refugiados (SJR), la Corporación Obusinga, de Bucaramanga, y el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (PDPMM).

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El profesor García se concentró en el trabajo de campo, mientras sus colegas se encargaron de realizar las pruebas en los laboratorios de la Universidad. “San Pablo está aislado del resto del país por estar al otro lado del río Magdalena, no existe un puente, entonces hay que pasar en canoa o planchón”, dice refiriéndose a las difíciles condiciones de acceso para llevar a cabo el estudio. Pero el objetivo de la investigación pesó más que los obstáculos encontrados: era necesario “rescatar los alimentos tradicionales de alto valor nutricional, reactivar la memoria alimentaria, reintroducir la diversificación de los cultivos, inventariar las semillas y los productos autóctonos y proteger su material genético”. La tarea no daba espera.

Luego de casi dos años de trabajo (2014 – 2015) identificando las características de 20 huertas en una vereda –Isla Medellín– y tres corregimientos –Pozo Azul, Vallecito y Cerro Azul–, acompañado por tres estudiantes de pregrado que hicieron su tesis allí integrando tres componentes –biológico, microbiológico y social–, encontraron 75 especies de plantas comestibles, principalmente frutas (48%), representadas en 162 variedades.

A través de visitas a las fincas de las 20 familias vinculadas al proyecto, organizaron juegos como La olla diaria para conocer sus costumbres y prácticas de manejo en la producción de sus alimentos, y jornadas para identificar las plantas alimenticias de cada huerta y tomar muestras de los suelos para hacer los análisis correspondientes.

Compartieron con los propietarios de las huertas, cuyas edades estaban entre los 28 y los 90 años, principalmente con estudios de primaria. Esa convivencia les demostró que las condiciones socioeconómicas en las que vivían eran muy precarias; que había cultivos ilícitos, minería ilegal y hechos de violencia; que las vías estaban en mal estado, los monocultivos en grandes áreas acorralaban sus parcelas, y faltaban espacios apropiados para comercializar los excedentes de sus fincas. La vida allí no era fácil, aunque se podía hablar que la región era –y es– una “despensa agrícola”.

Esta variedad agrícola contribuye “a la dieta básica de los pobladores en lo referente al suministro de energía aportada por los carbohidratos provenientes de tubérculos, raíces y cereales”, se lee en las conclusiones del estudio publicado por la profesora Clavijo junto con la ecóloga Claudia Ramírez Rodríguez. Pero eso no basta. Apropiados sistemas de riego estabilizarían la disponibilidad de los alimentos, buenas vías de acceso les permitiría diversificar los productos de consumo y complementar la dieta, y un adecuado esquema de servicios públicos les ayudaría a conservar y refrigerar sus productos.

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A través de la aplicación de herramientas de investigación participativa, –entrevistas semiestructuradas, observación participante y el menú diario de alimentación–, los investigadores encontraron datos curiosos como por ejemplo que los lugareños usan técnicas de agricultura ecológica para sus alimentos, y productos químicos para los que comercializan. En ese sentido, los profesores les dieron ideas para fortalecer y consolidar una agricultura limpia, para sembrar varios cultivos en una misma parcela, para cuidar los semilleros, cursos de abonos orgánicos con base en materia prima local y de técnicas para mejorar los suelos, por ejemplo con la elaboración de compostajes o lombricultura. Se percataron además de que muchos alimentos se perdían, para lo cual –entre todos– generaron estrategias que le agregaron valor a los productos a través de talleres con el apoyo del Jardín Botánico de Bogotá, como elaborar harina de plátano o de yuca, almidón de árbol del pan y compota de mango,

“Como consecuencia, también fue una cosa interesante, el colegio quería que siguiéramos desarrollando todos estos talleres con ellos”, cuenta García; “quedaron súper entusiasmados”.

Los resultados de todo el trabajo realizado generaron varios artículos científicos, pero lo que más impactó fue la publicación que produjeron como un producto extra del proyecto. En 32 páginas, a color y debidamente ilustradas, la Cartilla para el manejo de las huertas familiares en San Pablo, sur de Bolívar, entrega información para combatir los problemas alimentarios y nutricionales, consejos para mejorar la producción en las huertas, los productos y los suelos donde se siembra, para transformar las materias primas y un recetario que incluye los platos tradicionales que ellos suelen consumir con base en los productos que cosechan de sus huertas, como natilla de maíz, pollo con piña caramelizada, fríjoles con arroz y mafufo, un platanito pequeño,  ingrediente común en la sazón del municipio. “Una de las estrategias fue incentivar la producción de esas recetas locales para que ese conocimiento se recupere” concluye García.

La investigación, titulada Caracterización de los cultivares tradicionales y las plantas silvestres empleadas en alimentación en el sur del Departamento de Bolívar y propuestas para su mejoramiento y conservación, basada en el intercambio de conocimiento entre los participantes, fue un aporte para mejorar la producción de cultivos en las huertas y enriquecer la dieta de los habitantes de esta región del Magdalena Medio.

De sus deliciosos sabores a su potencial riqueza terapéutica

De sus deliciosos sabores a su potencial riqueza terapéutica

El agraz es perseguido por cocineros que preparan suculentos postres, ricos pasteles y provocativas mermeladas. Las crónicas televisivas de los canales especializados en gastronomía relatan la ansiedad con la que los chefs recorren territorios difíciles tras un preciado ingrediente con el que experimentarán nuevos sabores o combinaciones que serán reconocidos por sus comensales.

Pocos habrán conocido historias similares cuyos protagonistas sean científicos que caminan cientos de kilómetros, abren trochas y vibran cuando aparece ante sus ojos una planta de agraz y que, en su afán de atraparla, son recibidos por un desafiante machete. Algo similar le sucedió al profesor del Departamento de Química de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, Luis Gonzalo Sequeda, y a sus estudiantes cuando, en una salida de campo, visitaron tierras boyacenses cercanas al municipio de Tinjacá en búsqueda de una de las frutas que utilizarían para extraer moléculas con potencial terapéutico. Investigaban los posibles efectos antioxidantes y antitumorales, en particular los efectos anticancerígenos y en la disminución de la producción de radicales libres, en células capaces de ser cultivadas en laboratorio (in vitro).

Tenían claro su interés en explorar, desde la investigación básica, posibles aportes para contribuir a contrarrestar la incidencia del cáncer y de las enfermedades cardíacas en los índices de mortalidad de Colombia. Sabían que estas enfermedades han sido relacionadas con el aumento de la producción de radicales libres o con un desbalance entre la producción de estos y su inactivación, fenómeno que se conoce como estrés oxidativo, y que muchas frutas contienen sustancias antioxidantes con potencial de ser utilizadas para combatir los radicales libres.

El organismo de los seres humanos contiene moléculas constituidas por átomos unidos entre sí por lazos químicos. Cada átomo está formado por un núcleo, rodeado por pares de electrones cargados negativamente que giran en torno a él. Los radicales libres son moléculas que, por diversos factores, sufren un desequilibrio entre el núcleo y los electrones, de modo que uno de ellos queda desemparejado, con lo que se vuelven altamente reactivas, ya que procuran captar de alguna otra molécula vecina el electrón que les hace falta para volver a su estado de equilibrio. Se inicia entonces una reacción en cadena que teminará por dañar muchas células si los antioxidantes no intervienen.

Camino largo por recorrer

El profesor Luis Gonzalo Sequeda comenta que hoy la comunidad científica acepta que el estrés oxidativo contribuye al desarrollo del cáncer y de una amplia gama de enfermedades cardiovascules, inflamatorias y neurodegenerativas. De ahí el desarrollo que ha tenido en los últimos años un concepto como el de terapia antioxidante, es decir, el entendido de que la administración de productos antioxidantes ayudaría de forma única o complementaria en la terapia de una enfermedad específica, o podría disminuir el riesgo de aparición de algunas enfermedades.

Teniendo en cuenta los postulados anteriores, afirmaciones como la de la Fundación para la Investigación Mundial sobre el Cáncer (WCRF), que indica que la nutrición con frutas y verduras y la actividad física son fundamentales para prevenir el cáncer en un 25 %, los conocimientos arrojados por la etnobotánica y los saberes populares, se formuló la investigación “Evaluación de la capacidad antioxidante y antitumoral en cuatro frutas de interés comercial en Colombia”, liderada por el profesor Sequeda, en la que participaron el Grupo de Investigación Fitoquímica y el Grupo de Investigación de Terapia Celular y Molecular de la Universidad Javeriana. La investigación contó con el apoyo del Medical College of South Carolina, la Universidad de Caldas, el Departamento de Neurociencias del Hospital Universitario San Ignacio, el Departamento de Ciencias Fisiológicas de la Universidad Javeriana y el Hospital de Cáncer MD Anderson.

Lo que se propusieron fue evaluar la capacidad antioxidante y los posibles efectos antitumorales de extractos y fracciones provenientes de frutas como el agraz (Vaccinium meridionale Sw.), el carambolo (Averrhoa carambola), el níspero (Eriobotrya japonica Lindl) y el arándano (Vaccinium myrtillus L.).
Del carambolo habían recogido saberes populares sobre su utilización para el tratamiento de tos, intoxicación alimentaria, dolor de garganta, dolor de cabeza y lesiones traumáticas; del agraz se documentaban sus poderes para aliviar el dolor de músculos, en tratamientos de diabetes y problemas digestivos; del arándano, su capacidad astringente y su utilización como tónico, antiséptico y antidiarréico, y del níspero, su acción preventiva de afecciones del tracto intestinal.

Prepararon mezclas con diferentes solventes y en diferentes proporciones, a fin de extraer las moléculas que pudieran tener un potencial terapéutico, y sometieron las células a estrés asociativo con neurotóxicos o con oxidantes. La célula por sí sola se protege o el antioxidante, una sustancia que a baja concentración evita problemas de oxidación ya sea a nivel celular propio o en un producto, bloquea la oxidación.

Sequeda y la profesora Sonia Luz Albarracín, del Grupo de Terapia Celular y Molecular, explican que la obtención de extractos y fracciones totales se realizó mediante corte, prensado, maceración, Soxhlet y posterior fraccionamiento. Se implementaron entonces métodos de determinación de capacidad antioxidante en cultivos de células que se expusieron a mayor o menor concentración.

Los extractos y fracciones obtenidos del agraz y de la uva isabella, trabajada en otra investigación, resultaron ser muy promisorios en cuanto a la capacidad de inactivar radicales libres en los ensayos químicos. Sin embargo, puntualiza Sequeda, “en las células utilizadas (neuroblastoma —tipo de célula cancerígena—) se evidenció un aumento en la producción de radicales superóxido utilizando dos concentraciones de los extractos. Lo anterior es muy importante en este contexto celular, ya que las células cancerígenas exhiben múltiples mutaciones y el aumento del estrés oxidativo disminuye su viabilidad. Adicionalmente, cuando son expuestas a un agente quimioterapéutico y al extracto, la viabilidad disminuye y muestra un efecto sinérgico del extracto”.

Sequeda plantea que, aunque todavía hace falta un largo camino por recorrer, es alentador ver que los resultados del trabajo están disponibles en revistas especializadas, que han sido presentados en congresos nacionales e internacionales y que han dado origen a tesis de pregrado y maestría. El profesor es consciente de la dificultad que representa avanzar a la misma velocidad con la que lo hace la ciencia en otros países en donde, por ejemplo, ya se ha determinado que el níspero tiene propiedades antitumorales, el agraz es promisorio en procesos antiinflamatorios y el carambolo tiene un efecto profiláctico contra algunos tipos de cáncer.


Para saber más:
» Hernández, J. J., Martá, M., Sequeda, L. G., Sutachan, J. J. & Albarracín, S. (2012). “La actividad antioxidante de los extractos de semilla de uva y agraz en la línea celular de neuroblastoma shsy5y y células diferenciadas con ácido retinoico”. Revista Ciencias de la Salud (Universidad del Rosario) 10 (1): 91-159. Disponible en: http://revistas.urosario.edu.co/index.php/revsalud/article/viewFile/2021/1776. Recuperado en: 01/05/2014.

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