Colombia Científica, una apuesta más allá de la academia

Colombia Científica, una apuesta más allá de la academia

Las universidades tienen la responsabilidad de trascender los muros de sus aulas para dialogar con las comunidades, con la empresa y con la sociedad en general. En esta conversación, la búsqueda de soluciones a necesidades que enfrentamos a diario se sustenta en el conocimiento crítico y el desarrollo de nueva tecnología, es decir, en la movilidad del conocimiento. Esta apuesta histórica de la Pontificia Universidad Javeriana, en sus sedes de Bogotá y Cali, nos hizo ganadores de dos de los cuatro proyectos que aprobó el programa Colombia Científica, articulado por el Banco Mundial, Colciencias, Icetex y los ministerios de Educación Nacional y de Comercio, Industria y Turismo.

Sin duda, los dos ecosistemas científicos que liderará la Javeriana en este programa responderán también de manera natural a la inspiración de nuestra misión, que concibe “la creación y el desarrollo de conocimiento y de cultura en una perspectiva crítica e innovadora, para el logro de una sociedad justa, sostenible, incluyente, democrática, solidaria y respetuosa de la dignidad humana”: una sintonía armoniosa, además, entre nuestras funciones sustantivas de realizar docencia, investigación y servicio con excelencia y perspectiva global e interdisciplinar. Una parte de esto se refleja en los dos proyectos que lideraremos. Me explico a continuación.

Por los próximos cuatro años, la sede Bogotá de la Javeriana tendrá la responsabilidad de indagar y explorar terapias alternativas contra diferentes enfermedades, entre ellas el cáncer, a partir de fitomedicamentos procesados de más de 20 plantas, algunas nativas, como el anamú, el dividivi o la guanábana. Este proyecto estará en cabeza de la bacterióloga Susana Fiorentino, investigadora con posdoctorado en inmunoterapia antitumoral. Para ello, 17 entidades nacionales e internacionales vigorizarán sus redes académicas, generarán acciones con el sector industrial y fortalecerán instituciones educativas.

Además, con un proyecto que coordina el ingeniero electrónico Andrés Jaramillo, con posdoctorado en ciencia e ingeniería de nanoescala, nuestra seccional de Cali tendrá el reto de transformar los componentes epigenéticos, genéticos, metabólicos y proteicos del arroz y la caña de azúcar para producir semillas más resistentes a los cambios del clima. Esta apuesta científica espera impactar positivamente en el rendimiento de la cosecha y en la disminución de emisiones de gases de efecto invernadero.

Más de 100 investigadores con doctorado estarán aportando desde sus experticias a la comprensión de los fenómenos que buscamos transformar: por un lado tenemos una enfermedad como el cáncer y, por el otro, una forma de aprovechar mejor nuestros recursos naturales para proponerle alternativas de seguridad alimentaria al país. Entre los resultados esperados se encuentran 156 artículos científicos, desarrollos que permitan la solicitud de diez patentes, la formación de más de 50 estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, y el fortalecimiento institucional de universidades con menores estándares de calidad: muchos logros para las academias. Pero allí no termina el impacto de estos proyectos.

Una convocatoria como Colombia Científica es una oportunidad para robustecer capacidades y consolidar redes de trabajo, no solo en el interior de la academia sino en ese tridente de universidad-empresa-Estado, que debería ser constante. Gracias al manejo de recursos por más de $18.000 millones por proyecto, nunca antes vistos en convocatorias nacionales de investigación en el país, podemos pasar de proyectos puntuales de corto aliento a una concepción de ciencia vigorosa, rigurosa y de talla internacional.

No desconocemos que estas son apuestas ambiciosas, que plantean retos innumerables en cuanto a coordinación institucional y manejo de estos recursos públicos que, en últimas, vienen de su bolsillo y del mío. Pero reconocemos, sobre todo, que trazan inmensos desafíos en esta idea de hacer ciencia pertinente para nuestra sociedad, que brinde soluciones concretas a necesidades latentes y actuales, como la salud y la seguridad alimentaria. Así pues, confirmamos que tenemos la camiseta puesta para hacer ciencia y fortalecer la academia, para cumplirle a la sociedad colombiana.


Luis Miguel Renjifo Martínez

Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Ciencia Javeriana de alcance mundial

Ciencia Javeriana de alcance mundial

Tras un riguroso análisis que llevó poco más de seis meses, el comité evaluador escogió dos proyectos liderados por la Pontificia Universidad Javeriana como ganadores de la Segunda Convocatoria de Ecosistema Científico, la cual hace parte del programa Colombia Científica con la que el gobierno busca tanto promover la investigación y la innovación científicas como fortalecer la calidad de la educación superior, al igual que facilitar el ingreso de estudiantes colombianos a programas de doctorado.

El proyecto de Bogotá es dirigido en su componente científico por Susana Fiorentino, bacterióloga javeriana, investigadora con postdoctorado en Inmunoterapia Antitumoral, y busca la generación de terapias alternativas contra diferentes enfermedades, entre ellas el cáncer, a partir de fitomedicamentos procesados de más de 20 plantas, algunas nativas, como el anamú, el divi divi, la guanábana o la pimienta.

En esta propuesta participan 17 instituciones universitarias y empresas tanto colombianas (las universidades del Valle, de Antioquia, la Surcolombiana, el Instituto Tecnológico del Putumayo, la Corporación Universitaria Juan N. Corpas, la Corporación Universitaria LaSallista, el Hospital Universitario San Ignacio y la firma barranquillera Procaps) como extranjeras (las universidades Sorbona y Nantes, de Francia; Federal de Rio de Janeiro y São Paulo, de Brasil; la University College of London y el Imperial London College, del Reino Unido; el Instituto Ludwig, de Suiza; y el Instituto Motffit, de Estados Unidos).

“La investigación va más allá del estudio de los componentes de las plantas; es la interacción de sistemas complejos”, comenta Fiorentino, quien explica que cada institución, a su vez, se encargará de un subproyecto que permitirá transformarlos en fitomedicamentos a través de procesos de investigación y comparación de metabolitos (metabolómica), genes (genómica) y  proteínas (proteómica): “Esos componentes mezclados pueden tener un efecto positivo en la regulación del equilibrio del cuerpo y favorecen la eliminación propia del organismo de las células tumorales”.

María Fernanda Gutiérrez, doctora en Virología y directora de Fortalecimiento Institucional del proyecto, resalta las sinergias y los apoyos que desde la Javeriana y las universidades del Valle y de Antioquia se establecerán para contribuir a los procesos de acreditación de las demás instituciones universitarias participantes de este ecosistema.


Aporte a la investigación agrícola

El proyecto de Cali es liderado por Andrés Jaramillo, ingeniero electrónico javeriano, investigador de la sede en Cali con postdoctorado en Ciencia e Ingeniería de Nanoescala; su propósito es transformar los componentes epigenéticos, genéticos, metabólicos y proteicos del arroz y la caña de azúcar, para producir semillas más resistentes a cambios del clima, con un mejor rendimiento en la cosecha y que contribuyan a disminuir la emisión de gases de efecto invernadero.

En este ecosistema participan 16 entidades colombianas (Universidad Javeriana con sus sedes de Bogotá y Cali, las universidades Icesi, de los Andes, de Ibagué, del Quindío y de los Llanos, el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), Cenicaña, Fedearroz y la firma Intelecto) y del exterior (el California Institute of Technology y la Universidad de Illinois at Urbana Champagne, de Estados Unidos; la Ghent University, VIB, de Bélgica; el National Institute of Agricultural Botany, del Reino Unido; y la Universidad de Tokio, en Japón).

La ‘Segunda Convocatoria de Ecosistema Científico para la Financiación de Programas de I+D+i’ fue lanzada por el presidente Juan Manuel Santos en marzo de 2017, con el propósito de desarrollar el potencial científico de las regiones colombianas y alinear la innovación científica con las necesidades del sector productivo. El programa, convocado por Colciencias, Icetex y los Ministerios de Educación y de Industria, Comercio y Turismo, contempló una financiación de más de $150.000 millones provenientes de un préstamo del Banco Mundial.

 

El cambio climático también afecta a las semillas

El cambio climático también afecta a las semillas

¿Sabía que de 1880 a 2012 la temperatura mundial aumentó 0,85 °C, que los océanos se han calentado, las cantidades de nieve y hielo han disminuido y el nivel del mar ha subido aproximadamente 19 cm durante los últimos cien años? Aunque esta información es alarmante, los datos recogidos por la docente Sofia Basto, de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, exponen una realidad insospechada sobre uno de los componentes de los ecosistemas que pasan inadvertidos para muchos y, por lo mismo, se encuentran menos estudiado: las semillas.

Esta bióloga dedicada al estudio del banco de semillas –aquellas viables que no han germinado y que se acumulan sobre el suelo, debajo de la capa de hojas que lo recubre o de su superficie– y su comportamiento, logró identificar los efectos del cambio climático en el número de semillas y de especies bajo la tierra y sus implicaciones en la capacidad de recuperación de los ecosistemas.

Basto realizó sus estudios de doctorado en Ciencia Animal y Vegetal en la Universidad de Sheffield, Inglaterra, con una beca otorgada por la Unión Europea para estudiantes de América Latina y con el apoyo de la Javeriana. Así evidenció los graves efectos que tienen diferentes disturbios generados por los humanos en los bancos de semillas. Una de sus investigaciones se llevó a cabo a través de experimentos para evaluar los efectos del cambio climático en la cantidad de lluvias , hallazgo que fue publicado en una de las revistas del grupo Nature con el fin de llamar la atención ante este inminente problema global. Su investigación más reciente, Severe effects of long-term drought on calcareous grassland seed banks, se publicó el pasado mes de febrero en la revista npj Climate and Atmospheric Science.

La investigadora encontró que la sequía, ocasionada por el cambio climático, reduce el número de semillas y de especies presentes en el suelo. Esto significa que en caso de sufrir eventos climáticos devastadores las semillas no restituirán la vegetación adulta, lo cual es alarmante teniendo en cuenta que “estos bancos son reservorios de biodiversidad que mantienen el equilibrio en los ecosistemas”.

El proyecto investigativo terminó de consolidarse durante una conversación con el ecólogo y experto en cambio del clima Philip Grime, quien le comentó a Basto sobre un hallazgo en las especies de pastos que analizaba. Según sus resultados de investigación, aquella vegetación era resistente al cambio climático porque no evidenciaba alteraciones en sus parcelas; sin embargo, posteriormente se dio cuenta de que este mismo estudio, hecho a escalas de análisis más pequeñas, mostraba que “algunas especies se movían de las áreas más profundas del suelo a las más superficiales y viceversa”, recuerda Basto, lo que significaba que las condiciones del cambio climático sí afectaban de alguna u otra forma a la vegetación.

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Parcelas del experiemento del profesor Grime, en Inglaterra, donde Sofía Basto realizó su investigación.

Con esta información, la colombiana consideró que algo similar podría estar ocurriendo con las semillas y que probablemente los estudios a gran escala y a corto plazo habrían estado sesgados debido al poco tiempo de análisis que tenía cada uno. Por eso,  retomó el proyecto preliminar que uno de sus colegas había hecho en 1998 sobre el estudio de las semillas en las parcelas del experimento de Grime, el cual no evidenció efectos adversos ocasionados por las alteraciones del clima en condiciones de sequía y humedad.

“El experimento del profesor Grime fue instalado en 1994 en parcelas en las que se estudia el efecto de la sequía, del incremento de las precipitaciones en verano y del aumento de la temperatura en la vegetación, en comparación con parcelas que no han recibido manipulación del cambio climático”, dice Basto.

Esta investigación de la docente javeriana inició en 2008. Para ese momento, las parcelas de un pastizal calcáreo cerca de la ciudad de Buxton (Inglaterra) ya llevaban 14 años desde su montaje, ya que, al tratarse de una evaluación a largo plazo, los resultados obtenidos son mucho más robustos y las conclusiones, basadas en mejores evidencias. “Fui muy afortunada al encontrar un proyecto en el que se ha simulado el cambio climático por más de una década. Precisamente, por esta razón logré evidenciar que las respuestas de las semillas ocurren a un ritmo más lento del que los estudios a corto plazo permiten identificar”, explica Basto.

El primer paso para estudiar los efectos del cambio climático en los bancos de semillas fue empaparse de literatura científica y hallar los vacíos, hasta ahora no descubiertos, sobre conocimiento de las semillas. Posteriormente realizó el trabajo de campo.  Según cuenta: “Establecí subparcelas al interior de las áreas experimentales y, al azar, tomé 10 muestras de suelo en cada una de ellas, luego las dividí en intervalos de 2 cm y medí la profundidad del suelo en cada punto de muestreo para así analizar el posible efecto de su variación en la respuesta del banco de semillas frente a las alteraciones en las precipitaciones; en otras palabras, para identificar la profundidad en la que se encontraban las especies y cuáles se estaban moviendo en respuesta al cambio climático”, añade.

Luego, Basto tomó las 524 muestras recolectadas y debidamente marcadas según su profundidad del suelo  y parcela de origen (sequía, exceso de precipitación y condición ambiental natural), las tamizó y extendió en una capa de uno a tres milímetros de grosor sobre las bandejas de germinación, las cuales contenían turba previamente humedecida. También identificó y registró las plántulas que germinaron a partir de las muestras de suelo.

El proceso de análisis lo realizó a partir de una comparación entre las especies de semillas y su abundancia en las parcelas sometidas a sequía y exceso de lluvia, con las que se encontraban bajo condición ambiental natural. Con esta información fue posible notar que el número de especies y de semillas en suelos secos, ocasionados por el cambio climático, sufrió una reducción significativa respecto a las semillas presentes en suelos bajo condición ambiental natural. Por otro lado, la presencia de semillas en suelos sometidos a un exceso de lluvias no fue afectada.

Así lucían los bancos de semillas
Imagen de los especímenes vegetales analizados durante la fase de emergencia de plántulas.

Es decir, “que llueva más durante el verano no va a generar un cambio ni en la vegetación ni en el banco de semillas, pero, por el contrario, si se presenta la sequía, los efectos son más severos en el banco que en la vegetación”, dice Basto.

Esta investigación duró dos meses durante el proceso de recolección de muestras, tres en el procesamiento del material, nueve en el registro de la emergencia de las plántulas y un semestre en el análisis y escritura del artículo científico. Así, la colombiana evidenció que las semillas no seguían el mismo patrón de respuesta y resistencia de la vegetación ante el cambio climático que indicaba Grime y que sí eran afectadas por la sequía.

A pesar de que esta investigación se realizó en territorio europeo y las condiciones del suelo difieren del colombiano, la docente considera que estos hallazgos permiten la formulación de nuevas preguntas de investigación con las cuales será posible ahondar en los efectos de cambio climático en las semillas. Basto también reconoce que es necesario entender las causas del problema hallado, es decir, si la sequía está afectando la producción de semillas, la germinación, dañando sus mecanismos de reparación o si está causando un daño directo a sus estructuras. Además, señala que este proyecto es importante ya que presenta resultados de investigación a partir de experimentos de largo plazo, lo cual debe, según ella, servir de referente para la implementación y financiación de actividades de investigación de largo aliento que arrojarán resultados mucho más sólidos.

“Nosotros tenemos una limitación y es que hacemos estudios concretos de uno o un par de años, pero los procesos biológicos son muy complejos y se requiere evaluarlos durante periodos de tiempo más largos para que, en el caso específico de las semillas, se logre incorporar los resultados de las investigaciones en los modelos que predicen la frecuencia e intensidad de la sequía en el escenario del cambio climático y mejorar su capacidad de predecir sus consecuencias”, reconoce.

Basto 3
Sofía Basto, docente javeriana, durante el trabajo de campo de su investigación.

Por último, esta investigación realizada en Inglaterra hace un llamado a las instituciones públicas y privadas, académicos, universidades, tomadores de decisiones y a la ciudadanía para tomar conciencia sobre lo que está ocurriendo con los ecosistemas destinados a conservación, especialmente aquellos que hacen parte de la biodiversidad y riqueza nacional pero que, paulatinamente, pueden llegar a ser transformados por las condiciones adversas del cambio climático.

De igual forma, es un llamado a reflexionar sobre qué tanto conocemos sobre la capacidad que tienen los ecosistemas colombianos para recuperarse frente al cambio climático, como también a reconocer que aunque los banco de semillas mantienen la diversidad genética y las especies, permite la recuperación de la vegetación después de los disturbios y  reduce el riesgo de extinción de las plantas, podría estar siendo severamente afectado por el cambio climático y, con ello, incrementando la vulnerabilidad de los ecosistemas.

Científicos restauran paisaje del Neusa

Científicos restauran paisaje del Neusa

Como si fuera una obra de arte, investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana restauran el Parque Forestal Embalse del Neusa, en Cundinamarca, donde hace unos años solo pinos de más de 20 metros de altura conformaban el paisaje. No puede negarse que era un bonito bosque; era agradable caminar sorteándolos, con ese olor tan particular y ese colchón formado por sus hojas secas color café, en forma de aguijones largos y delgados –acículas­–, que a veces alcanzan un grosor de 30 centímetros. La verdad es que se trata de una especie foránea que desplazó a los árboles nativos en un intento por evitar la sedimentación del embalse.

La vegetación altoandina nativa fue talada: encenillos y siete cueros, gaques y chuques, tunos y arbolocos, chilcos, ají de páramo y arrayanes desaparecieron, y con ellos se fueron los conejos silvestres, los faras y los zorros de monte, así como algunos reptiles y anfibios que solían acercarse a la orilla del embalse.

Desde hace más de seis años, los investigadores suben hasta los 3.050 msnm del Neusa y, a medida que estudian las posibilidades de restaurar el ecosistema degradado por la acción de las especies exóticas para recuperar el bosque nativo original, proponen nuevos proyectos en los que integran a las comunidades campesinas de los municipios de Tausa y Cogua. Incluso los alumnos de la Institución Educativa Departamental San Antonio, Sede Páramo Bajo de Tausa, forman parte de las investigaciones: Sonia, Angie, Edwin, Sergio y Ronald, entre otros chicos de cuarto a décimo grados, acompañan a los científicos a trepar por la montaña para entender las dinámicas del bosque nativo y sembrar nuevos –pero realmente originarios– árboles del altiplano altoandino.

Ellos ya saben la diferencia entre reforestar y restaurar. “Con la reforestación logramos restablecer una cobertura vegetal y no necesariamente de especies nativas”, explica la bióloga Sofía Isabel Basto. En cambio, “la restauración ecológica asiste la recuperación de los ecosistemas degradados para recuperar los componentes y funciones en el ecosistema original”; es como ir tejiendo la historia misma del paisaje: “qué había antes, en qué cantidad, cuáles eran las relaciones entre una especie y otra”.


Tres proyectos en un solo ecosistema

El primer proyecto de investigación ha diseñado estrategias para implementar la restauración ecológica con especies nativas en terrenos donde se han talado los pinos y evitar que otras especies invasoras, como el helecho marranero, el retamo espinoso o la mora silvestre, comiencen a ‘marcar terreno’ por la facilidad que tienen de llegar, echar raíces y propagarse.

El proyecto de la Pontificia Universidad Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría décadas en volver a su estado original.
El proyecto de la Pontificia Universidad
Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión
natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría
décadas en volver a su estado original.

En convenio con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), el grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) estableció parcelas en tres sectores del parque –Guanquica, Chapinero y Laureles– para monitorear lo que ocurre después de la tala y caracterizar cuatro componentes: la vegetación, los suelos, la macrofauna edáfica –otros organismos que lo habitan, como hormigas, escarabajos, lombrices, arañas y ciempiés– y la avifauna, que es clave, pues sus especies son dispersoras de semillas, polinizadoras de plantas y controladoras de plagas. Con sus binóculos, cámaras y mucha paciencia, los ornitólogos encontraron 73 especies de aves, entre ellas copetones, picaflores, atrapamoscas, colibríes, carpinteros, cucaracheros y tángaras.

La Escuela de Restauración Ecológica (ERE) lleva 14 años de trabajo en restauración ecológica.

Por ser un grupo interdisciplinario, las reuniones luego de las salidas de campo han sido jugosas en información. Cada especialista cuenta sobre sus avances con un eje común: deben comparar cómo se comporta cada uno de estos componentes en tres sectores: uno tenía cuatro meses después de la tala, otro dos años y medio y, en el último, los pinos se habían talado hace cuatro años y medio. “Al conocer cuáles eran las especies que dominaban en cada grupo, pudimos hacer predicciones sobre las trayectorias que puede tomar el ecosistema después de la tala de especies exóticas”, explica la profesora Basto.

El segundo proyecto profundizó en los bancos de semillas, el conjunto de semillas viables que se acumulan en el suelo después de que han sido dispersadas y todavía no han germinado en el ecosistema. Si se encuentran suficientes de ellas en el suelo, el banco puede ser utilizado como fuente de material vegetal para reintroducir las especies perdidas en los ecosistemas degradados. En el bosque de pinos, las semillas se encuentran debajo del colchón formado por las acículas; en el bosque de encenillos, están debajo del colchón de musgo húmedo y requeteverde, características típicas de cada ecosistema.

Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.
Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.

En la plantación de pinos, en el bosque nativo y en los tres sectores postala estuvieron los investigadores y estudiantes de la región buscando semillas y caracterizando el lugar: revisando olores, colores, fauna… En el borde de la plantación, los investigadores encontraron las semillas en las deposiciones de las aves, y los niños aprendieron cómo ellas las dispersan.

“Lo que estamos viendo”, explica la profesora Basto, “es que muy pocas semillas se encuentran en el bosque nativo, no tantas como esperábamos, y definitivamente encontramos muchas menos en la plantación de pinos”. La zona postala de dos años y medio es la que presenta mayor abundancia y riqueza de semillas, en tanto que en la de cuatro años y medio se estabiliza la cantidad. Los investigadores esperaban que en esta última siguiera aumentando. ¿Qué pasa allí? El problema son las especies invasoras. Muchas de las semillas de las plantas exóticas pueden durar más de 30 años dormidas, despertarse, germinar y regenerar la especie.

Aquí entra el tercer proyecto, el más reciente, cuyo objetivo es evaluar estrategias para eliminar el retamo espinoso y restaurar las áreas que han sido invadidas por esta especie, que aquí crece más que en su nativa Europa, rodea los caminos y ahora florece en potreros donde antes se cultivaba papa criolla y zanahoria o donde pastaban vacas y ovejas.

Apoyados por el Acueducto de Bogotá, el proceso inicia con el corte manual o mecánico de la planta con machete, guadaña o motosierra; sigue con la trituración del material con una chipeadora y luego se aprovecha al convertirlo en compost.

Las semillas son el problema de esta planta, no solo porque produce muchísimas sino porque, como están en una vaina, las altas temperaturas del mediodía hacen que esta explote y las disperse hasta una distancia de casi diez metros a la redonda. La semilla es tan pequeña, entre uno y dos milímetros, que ni siquiera la chipeadora la puede triturar. Además, como pueden durar tanto, su banco de semillas es una amenaza para el ecosistema invadido y los vecinos.

Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.
Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino
es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y
la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.

Por eso, es necesario hacerle un tratamiento que la deje inviable y no germine, explica la bióloga Sandra Contreras. Luis Hernán Rodríguez, ‘Lucho’, administrador agropecuario, tausano y, por tanto, conocedor de su región, es el contacto en el Parque. Él es quien explica los tres tratamientos que prueban con materiales de la región para que en el futuro el campesino los pueda utilizar. Erradicar el retamo no será fácil, pero la ciencia puede dar pistas antes de que invada páramos, propague incendios y siga acabando con las plantas nativas, generalmente menos resistentes.


La ciencia del aprendizaje

“Neusa ha sido como un laboratorio donde se pueden hacer diferentes ensayos, se aprende y se aporta conocimiento que puede ser replicado en otras regiones”, concluye la bióloga Carolina Moreno, de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), liderada por el profesor José Ignacio Barrera, quien ha promovido varias tesis de pregrado en esta región andina. Él mismo concluye que “el Parque Forestal Embalse del Neusa ha sido un escenario de aprendizaje y de enseñanza sobre cómo restaurar los bosques altoandinos que han sido degradadados por diferentes tipos de disturbios y usos de suelo. Las diferentes estrategias aplicadas muestran que la restauración ecológica es una opción que puede acelerar los procesos de recuperación de la salud e integridad de los ecosistemas”.

El día de campo terminó con la siembra de árboles nativos. Cada niño adoptó uno, lo sembró y lo bautizó. Así, hoy deben estar creciendo Muñeco, Bebé, Hojitas y Loky. Los niños probablemente ya les estarán contando a sus padres y familiares estas y otras enseñanzas que no caben en este artículo diario de campo, mientras la investigación continúa.


Para leer más

  • Restaurando el Neusa. Una experiencia de restauración ecológica de áreas post-tala de especies exóticas en el Parque Forestal Embalse del Neusa. Pontificia Universidad Javeriana, Escuela de Restauración Ecológica (ERE), Corporación Autónoma Regional (CAR). Junio, 2015.

 


INVESTIGADORES PRINCIPALES: José Ignacio Barrera y Sofía Isabel Basto
Facultad de Ciencias
Departamento de Biología
Grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (UNESIS)
Escuela de Restauración Ecológica (ERE)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014 – en ejecución.

 

 

Buenas prácticas para la producción de mejor papa

Buenas prácticas para la producción de mejor papa

Algunos historiadores consideran que fue el “motor” de la expansión europea en el siglo XVII, pues solucionó hambrunas y permitió el crecimiento demográfico en el Viejo Continente. Su escasez, por cuenta de una plaga, causó la muerte de cerca de un millón de irlandeses y la migración de aproximadamente dos millones a mediados del siglo XIX. Hablamos de la papa, ese tubérculo de apariencia simple y procedencia humilde, que ha jugado un rol determinante en la historia de la humanidad.

Originaria de Suramérica, hoy la papa es cultivada en todo el mundo y se ha consolidado como uno de los alimentos más im- portantes para el consumo humano. Según cifras de la Superintendencia de Industria y Comercio, en Colombia la papa representa aproximadamente un 32 % de la producción de los cultivos transitorios, es decir, aquellos anuales, bianuales y plurianuales, y cuyo valor radica en el volumen y la calidad del producto en cada cosecha.

Según datos de la Federación Colombiana de Productores de Papa (Fedepapa), el 85 % del total de la producción del tubérculo en el país es generado por pequeños productores, mientras que solo el 5 % está en manos de los grandes productores. Sin embargo, son los de pequeña escala, aquellos que tienen menos de 3 hectáreas, quienes enfrentan mayores retos. Así lo explica Lorena Piedrahita, coordinadora de la Zona Andina de la Corporación para el Desarrollo Participativo y Sostenible de los Pequeños Agricultores (PBA), una organización no gubernamental que promueve procesos de innovación participativa con pequeños agricultores para mejorar la producción, mitigar el impacto medioambiental y mejorar la calidad de vida de los campesinos.

“Al no poder acceder a semillas de buena calidad, los cultivos son más vulnerables a enfermedades y plagas, y en esa medida los pequeños productores deben incurrir en gastos adicionales por cuenta del uso de agroquímicos. Es un círculo vicioso”,señala.

Con esta problemática en la mira, la Corporación PBA, con recursos del Gobierno de Holanda, inició en 2008 un proyecto para apoyar a pequeños agricultores de papa de la provincia de Ubaté, en el departamento de Cundinamarca. El objetivo era involucrar a la comunidad en el diseño y la implementación de estrategias de innovación agrícola, manejo ambiental y fortalecimiento social y organizativo que permitieran, no solo mejorar la productividad de los cultivos, sino también preservar los recursos naturales de los municipios de Simijaca y Susa, principalmente.

La conservación del ecosistema es otro asunto crucial para la cadena productiva de la papa. Las zonas en las que se cultiva el tubérculo suelen limitar con los páramos, en donde se encuentran los nacimientos de agua de los que se abastecen las ciudades. En esa medida, lo ideal es reducir al mínimo el impacto de la agricultura sobre estos ecosistemas.

De esa forma se inició el proyecto “Estrategias participativas de manejo sostenible en sistemas productivos con pequeños agricultores de la provincia de Ubaté”, liderado por la Corporación PBA, el Fondo para la Acción Ambiental, la Gobernación de Cundinamarca y el Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana. Esta iniciativa benefició directamente a 42 familias e indirectamente a 103. El proyecto fue ejecutado durante cinco años.

Buena semilla, buena papa

“Esta fue nuestra primera experiencia en un proyecto de innovación rural participativa. Llegamos por invitación de la Corporación PBA debido a nuestra experiencia en la producción de semillas de papa in vitro y manejo integrado de cultivos, es decir, en la utilización de diferentes estrategias, no tradicionales, para manejar el cultivo en términos de fertilización, control de plagas y enfermedades”, explica María del Pilar Márquez, profesora del Departamento de Biología de la Universidad Javeriana e investigadora principal en este proyecto 1.

Mientras algunas cadenas productivas, como las de la palma y el café, cuentan con institutos técnicos patrocinados por la empresa privada para el mejoramiento de las cosechas, los pequeños productores de papa no tienen las mismas facilidades al momento de buscar asesoría técnica, afirma Márquez.

La única asesoría que los pequeños productores de papa suelen recibir proviene de los comercializadores de agroquímicos, quienes, en la mayoría de casos, recomiendan un uso de pesticidas mayor al apropiado, lo cual termina afectando la calidad del cultivo, el medio ambiente, e incluso la salud de los consumidores, puntualiza Adriana Sáenz, profesora de Biología de la Universidad Javeriana y coinvestigadora del proyecto.

Dado que el cultivo de papa en la provincia de Ubaté estaba teniendo problemas fitosanitarios, es decir, que estaba presentando enfermedades y plagas, la primera tarea para controlar la situación era producir una semilla inicial de calidad, aunque, según explica Márquez, “el uso de semillas de buena calidad no es una práctica usual en los agricultores colombianos”.

Los productores suelen usar como semilla la papa que descartan para la venta, es decir, papa no uniforme, posiblemente afectada por enfermedades. Lo hacen porque desconocen tanto las ventajas que tendría usar una buena semilla, como las desventajas que implica basar toda la producción en semillas de mala calidad. También lo hacen porque en Colombia no existen muchos laboratorios que produzcan semilla inicial de papa a precios accesibles para un pequeño productor.

Además de promover el uso de buenas semillas, otro de los objetivos del proyecto era recuperar variedades tradicionales de papa importantes culturalmente para la comunidad y que ya casi no se estaban produciendo. Según el informe de la Superintendencia de Industria y Comercio, a pesar de que existen más de 30 variedades de papa, el 90% de la producción en Colombia se concentra en las variedades diacol capiro, parda pastusa y pastusa suprema.

En los laboratorios de la Universidad Javeriana, el equipo liderado por la profesora Márquez se dio a la tarea de hacer el cultivo de tejido vegetal in vitro para producir las semillas, y posteriormente entregar a los pequeños productores plantas libres de virus y enfermedades. Las variedades de papa que se desarrollaron con semillas producidas en el laboratorio de la universidad fueron la ica única, la papa tuquerreña, la parda pastusa y la pastusa suprema.

Las semillas producidas para las variedades ica única, tuquerreña y parda pastusa lograron ser certificadas por el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), lo cual significa que son semillas de calidad superior que reciben el aval de la entidad después de varios monitoreos en diferentes etapas del cultivo.

Los pequeños productores tuvieron la oportunidad de comparar las parcelas cultivadas con semillas certificadas con los lotes en los que sembraron de la forma tradicional. Las profesoras María del Pilar Márquez y Adriana Sáenz explican que la evidencia de plantas con mayor número de tubérculos, uniformes y menos susceptibles a las plagas hizo que, desde el comienzo, el grupo de productores de la provincia de Ubaté fuera muy receptivo frente a las prácticas promovidas en el proyecto.

Menos es más

Si bien el uso de semillas de buena calidad es un paso fundamental en el mejoramiento de los cultivos, es importante integrar otras prácticas sostenibles en la agroindustria para conseguir una mejor producción y un menor impacto en el ambiente. Una de esas prácticas es la producción de bioinsumos, mezclas producidas con desechos de la cosecha que se utilizan en la fertilización y en el control de plagas y enfermedades.

A través de talleres, los productores conocieron la diversidad de bioinsumos aplicables a los cultivos de la zona, no solo al de la papa, sino también a los de legumbres. Al igual que con las semillas, los productores seleccionaron diferentes parcelas en los lotes para probar el impacto de algunos bioinsumos y así determinar en qué proporción podían reducir el uso de agroquímicos y evitar la dependencia de productos comerciales. Según Fedepapa, los fertilizantes, los fungicidas, los insecti- cidas y los herbicidas suman, en promedio, un 40% del costo total de producción.

Entre los bioinsumos que los productores conocieron y aprendieron a elaborar estaba el abono bocashi, compuesto por material orgánico fermentado (desechos orgánicos, ceniza, cáscaras de huevo o conchas de mariscos, leche, levadura y agua, entre otros). También aprendieron a hacer caldos minerales, como el bordelés (combinación de sulfato cúprico y cal hidratada, utilizado para controlar los hongos) y el caldo sulfocálcico (compuesto por azufre y cal, y que además de controlar los agentes de las enfermedades de los cultivos los fortalece). La ortiga, considerada como una “mala hierba” por generar escozor al entrar en contacto con la piel, es otro bioinsumo valioso una vez se la deja fermentar. La afectación del cultivo de papa por cuenta de la sequía también se puede mitigar con bioinsumos. Los tés de frutas, humus y bocashi ayudan a mantener hidratados los cultivos por más tiempo.

Otra práctica sostenible con la que se familiarizaron los productores de papa fue la propagación y siembra de especies nativas. El objetivo principal de esta actividad, liderada por los profesores Loyla Rodríguez y Jorge Jácome, era proteger las fuentes hídricas. Los productores se capacitaron en técnicas de producción, manejo y uso de árboles y material vegetal.

Al cierre del proyecto se habían sembrado más de cuatro mil árboles, principalmente aliso (la especie que mejor se adaptó a las condiciones de la zona), cedro andino, encenillo, guayacán y roble. Estos árboles también se usaron para la construcción de cercas vivas.

En este componente se involucró a los niños de la región y a la comunidad en general. Con ellos, se llevaron a cabo jornadas de sensibilización sobre el impacto de sus actividades en el medio ambiente, y la im-portancia de la conservación de los árboles, teniendo en cuenta los servicios ambientales que estos ofrecen.

Tras cinco años de trabajo con la comunidad, quince socios y cuarenta pequeños productores de los municipios de Simijaca, Susa, Carmen de Carupa, Saboyá, Buena Vista y Ventaquemada pudieron sembrar cultivos de papa con semillas de alta calidad y se vieron beneficiados al obtener mayor producción en sus cultivos con un menor uso de fertilizantes químicos. Adicional a esto, la reducción de costos y el aumento de la producción han facilitado el sostenimiento de los agricultores de papa.

Fortalecimiento del pequeño productor

Un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicado en julio de este año señala que la agricultura a pequeña escala es la principal fuente de alimentos en los países en desarrollo. Especialmente en Asia y África, son los pequeños productores quienes generan cerca del 80% de los alimentos que se consumen. En otras palabras, el informe pone en evidencia que los campesinos son un actor clave en la erradicación del hambre y la pobreza. No obstante, el informe llama la atención sobre la necesidad de “reconocer la diversidad de los pequeños agricultores y vincularlos a unos mercados en continua evolución, para poder alimentar a más gente”.

En línea con ese llamado, el proyecto incluyó un componente de fortalecimiento a nivel organizativo y empresarial de los pequeños agricultores de la región. Los productores pasaron de tener una empresa asociativa, con algunas debilidades, a contar con una organización bien estructurada. Se trata de la Asociación Agroforestal Simisú, la cual es reconocida a nivel municipal y representa a cuatro asociaciones. En el marco del proyecto se realizó la evaluación, el diagnóstico y la formulación de un plan de negocios para la asociación.

Germán Fraile es el menor de ocho hermanos, aún es soltero y vive con sus padres en una pequeña finca de Simijaca. Solo tiene veintidós años pero ya es el director de la Asociación Simisú y es reconocido como uno de los líderes de su comunidad. No tiene dudas de los beneficios que le generó a su cultivo el uso de semillas libres de plagas y enfermedades. “Lo primero que uno asegura es que va a tener una mejor producción, y al mismo tiempo, estas semillas requieren menos agroquímicos y se impacta menos el ecosistema”.

Este líder se siente orgulloso de poder identificar enfermedades y plagas que afectaban sus cultivos y que él desconocía. Hoy, Fraile habla con propiedad de control biológico y de las diferentes mezclas que se pueden hacer para fertilizar la tierra y proteger el cultivo sin necesidad de recurrir a pesticidas como los que él y sus colegas solían usar. Todos los productores que participaron en el proyecto demostraron un fuerte compromiso con esta iniciativa. También conservan y siguen con rigor el manual sobre plagas y enfermedades que recibieron al cierre del proyecto.

Fraile asegura que, en comparación con la que usaba antes, la semilla certificada le permitió percibir un aumento en la productividad aproximada del 40% en condiciones climáticas óptimas. Sin embargo, como él mismo señala, el clima es un factor considerable: el año pasado registraron pérdidas significativas por cuenta de la sequía que se presentó debido al fenómeno de La Niña.

Fraile y su asociación se preparan para iniciar en los próximos meses otro proyecto de la mano de la Corporación PBA y la Universidad Javeriana. Se trata del montaje de un laboratorio de bajo costo para la producción de semilla inicial de papa. La asociación, la corporación y la universidad presentaron un proyecto a Colciencias y fueron seleccionados para recibir apoyo económico. La idea de este laboratorio es que la comunidad produzca sus propias se- millas. Colciencias financiará los equipos y un año de trabajo en el que la corporación y la universidad asistirán a los productores. A partir del segundo año, se espera que el laboratorio esté operado en su totalidad por los productores.

1 A María del Pilar Márquez la acompañaron Adria- na Sáenz como coinvestigadora en responsabilidad del manejo integrado del cultivo; Loyla Rodríguez y Jorge Jácome, en el componente ambiental del proyecto, y Catalina Chaparro, en la producción de semillas.

Para saber más:

»» Arias, P., Hallam, d., Krivonos, e. & Morrison, J. (2013). Smallholder Integration in Changing Food Markets. Roma: Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO). disponible en: http://www.fao.org/docrep/018/i3 292e/i3292e.pdf. Recuperado en: 14/07/2013.
» Superintendencia de Industria y Comercio. “Cadena pro- ductiva de la papa: diagnóstico de libre competencia”. disponible en: http://www.sic.gov.co/documents/10157/ 973ad164-55ea-4c55-9d24-38f11403e400. Recuperado en: 14/07/2013.
» Consorcio Andino. Página web. disponible en: http://con sorcioandino.ning.com/. Recuperado en: 14/07/2013. Recuperado en: 25/02/2013.


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