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UNIVERSITAS PHILOSOPHICA,
Año 18 - número 36 - junio 2001,
Bogotá - Colombia
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LECTIO INAUGURALIS
Espacios trágicos: humanización del
mundo
MARCELA FORERO
Cada vez que entramos en una crisis es el absurdo total,
comprendé que la dialéctica sólo puede ordenar los armarios
en los momentos de calma. Sabés muy bien que en el punto
culminante de una crisis procedemos siempre por impulso,
al revés de lo previsible, haciendo la barbaridad más
inesperada. Y en ese momento precisamente se podía decir
que había como una saturación de realidad, ¿no te parece?
La realidad se precipita, se muestra con toda su fuerza,
y justamente entonces nuestra única manera de enfrentarla
consiste en renunciar a la dialéctica, es la hora en la
que le pegamos un tiro a un tipo, que saltamos por la
borda, que nos tomamos un tubo de gardenal como Guy, que
le soltamos la cadena al perro, piedra libre para cualquier
cosa. La razón sólo nos sirve para disecar la realidad
en calma, o analizar sus futuras tormentas, nunca para
resolver una crisis instantánea. (Rayuela, Julio Cortázar)
EN EL DÍA DE HOY un nuevo encuentro entre el Presidente
Pastrana y el Comandante Marulanda Vélez ha tenido lugar
. Desde nuestra reunión académica en la Facultad de Filosofía
podemos preguntarnos ¿qué nivel de realidad encierra ese
encuentro? Con la pregunta no pretendo colar en nuestras
convicciones cotidianas la sospecha perspicaz de que tal
acontecimiento pudiera no ser más que un montaje periodístico,
estratégicamente diseñado por los cuerpos de seguridad del
Estado o de las FARC; o que pudiera tratarse de un experimento
científico en el cual, gracias a las dotes psíquicas de
un mentalista poderoso, hubiéramos sido sugestionados hasta
el punto de tener un sueño colectivo en el que se programaba
y desarrollaba este evento político. La realidad que interrogo
no se configura en su victoria sobre la mentira y la ficción,
sino en su capacidad para hacer visible el mundo, mejor
aún, en su expresión como mundo. Los dominios de la verdad
y de la objetividad no concurren con la realidad. He ahí
una afirmación escandalosa que pide reflexión.
Deslizando mi voz sobre las palabras de Hannah Arendt digo
que actualmente vivimos tiempos de oscuridad. Nuestro presente,
la oscuridad, se vincula con el presente de Arendt no sólo
por las masacres, los desplazamiento masivos y el exterminio
selectivo, sino sobre todo por la pérdida del mundo humano.
La oscuridad que me propongo explorar no es la primera,
la perversión del corazón, objeto de una ontología del mal;
sino la oscuridad como desintegración del espacio público,
esa condición política y moral en la cual la verdad, por
una parte, y la solidaridad de paria, por otra, operan como
disolventes de la realidad.
En esta sociedad de expertos en la que abundamos sin tregua
en descripciones y diagnósticos sobre la situación nacional,
en un empeño desesperado por dominar nuestra historia, por
conocer las causas de lo que nos ocurre, por aliviar el
sufrimiento con el ungüento de las explicaciones bien fundamentadas;
en esta sociedad experimentamos, paradójicamente, el sentimiento
compartido de que nuestra realidad nos resulta del todo
inaprensible. Se trata de un sentimiento de contradicción:
a mayor verdad menor realidad, y en él nos encontraremos
inevitablemente atrapados mientras pretendamos vivir en
la apuesta por la verdad. Lo que agudiza, sin embargo, esta
experiencia oscura es la transmutación agónica del sentimiento
de irrealidad al ser rebautizado con el nombre de "indiferencia"
y ungido con el óleo de la culpa. La pedagogía de los valores,
la pastoral, las éticas profesionales, los programas periodísticos
de opinión, entre otros, han contribuido de "buena fe" a
construir el clima social en el que el juicio implacable
de inhumanidad ha propiciado el desplazamiento de todos
los habitantes del espacio público hacia sus moradas interiores.
Lo que aquí entiendo por verdad es un dialecto y un lenguaje
altamente ambiguo y eficiente, en virtud del cual ciertos
filósofos, por su parte, condenan el reino de las apariencias,
que constituye el ámbito mismo de lo público; y los políticos,
los burócratas, los desestabilizadores y los restauradores
de un presunto orden racional, por la suya, justifican sus
acciones infames y sus agendas de trabajo. La verdad es
este camuflaje dialéctico en el que la realidad se comprime
hasta desaparecer bajo un tejido apretado de conceptos:
paz, sociedad civil, justicia social, gobernabilidad, dignidad
humana, reactivación económica, cultura ciudadana, etc.
Anticipándome a algunas posibles objeciones de origen wittgensteiniano
o foucaultiano, subrayo la idea de que no desconozco el
contenido de verdad de este tipo de lenguaje, expresión
productiva del poder si se quiere, como tampoco el que posea
consistencia lógica y por lo mismo no pueda catalogársele
simplemente de ideológico; pero hacia donde dirijo mi atención
es hacia el hecho de que su ser es ser verdadero y no real,
existencial. Se trata de un lenguaje estructurado bajo las
pretensiones de la certeza y no del sentido, y considero
con Sartre que en ello hay "mala fe". Sobre este punto dice
Hannah Arendt que:
Si la función del reino público es echar luz sobre los
sucesos del hombre al proporcionar un espacio de apariencias
donde puedan mostrar de palabra y obra, para bien o para
mal, quiénes son y qué pueden hacer, entonces la oscuridad
ha llegado cuando esta luz se ha extinguido por "lagunas
de credibilidad" y un "gobierno invisible", por un discurso
que no revela lo que es sino que lo esconde debajo de
un tapete, por medio de exhortaciones (morales y otras)
que, bajo el pretexto de sostener viejas verdades, degradan
toda verdad a una trivialidad sin sentido.
El escenario de la cita Pastrana-Marulanda precisamente
ha sido constituido a través de una multitud de actos de
habla y de gestos legitimadores, tales como los discursos
del cuerpo diplomático acreditado en Colombia, la aquiescencia
defensiva de los mandos militares, las declaraciones desafiantes
de los comandantes de las FARC, las entrevistas a los politólogos,
la convocatoria de un obispo piadoso a una jornada de oración
colectiva, el anuncio del despliegue periodístico, etc.
Podríamos decir que el ritual creador de la Historia con
mayúscula ha engendrado este evento. Cabe preguntarnos entonces,
si la legitimidad de este acontecimiento es lo mismo que
su realidad.
En la teoría política de Habermas una democracia deliberativa
es inseparable de su legitimidad, esto es, del derecho como
garantía de un procedimiento neutral en el que pueda tener
lugar el debate público de las diversas posiciones que encierran
pretensiones de verdad; lo cual significa que legitimidad
y verdad se justifican mutuamente: una "verdad legítima"
y una "verdadera legitimidad". Desde este punto de vista,
la legitimidad como procedimiento de incrustación de la
verdad entre los seres humanos sacrifica el mundo humano,
rinde los espacios que se extienden entre ellos al estandarte
del consenso racional.
La diferencia introducida por las éticas de la argumentación
respecto del carácter atribuido a la verdad, en el sentido
de abandonar los presupuestos epistemológicos de la teoría
de la correspondencia y girar más bien nuestra atención
hacia su condición de construcción intersubjetiva, no las
salva, sino que muestra su complicidad con la infamia en
el oscurecimiento de nuestra época, a la que han prestado
un mayor refinamiento del lenguaje disipador de la realidad.
Esta idea de que existe un modo de pensar y de argumentar
correcto, independientemente de los contenidos y motivaciones
de nuestra práctica discursiva, unas condiciones universales
a priori para el entendimiento mutuo, es una idea que nos
aplasta, porque apenas intentamos asirla el mundo que habitamos,
producto caótico de las conversaciones entre amigos, desaparece
bajo nuestros pies. En los Estados occidentales y en los
nuestros, situados en las márgenes de Occidente, y en diversas
organizaciones sociales al interior de los mismos, la toma
racional de decisiones se convierte en lema, en proyecto,
en condición de legitimidad de las actividades y las normas;
se expresa en discursos, en tinta como océanos fluyendo
sobre desiertos infinitos de papel y en millones de agendas
mintiendo reuniones deliberativas. Tan sólo dos días ha
que en Israel la democracia deliberativa, con toda la pureza
de su procedimiento condujo a Sharon al triunfo electoral;
sin embargo, el altísimo índice de abstención muestra que
un número significativo de israelíes optaron por la "migración
interna". Ante el dilema moral planteado por la alternativa
"sí" o "no" avasallante de la verdad, escaparon a sus relatos
privados de perfección.
Baste por ahora con la cuestión de la verdad, porque no
podemos olvidar la otra cara de la misma moneda. Las expediciones
colonizadoras del mundo por cualquier pretensión de verdad
o de racionalidad terminan expulsando de él las apariencias,
las opiniones, las formas de existencia peculiar; las cuales
ahora devienen parias. La verdad no se queda con el mundo,
lo disuelve, porque el mundo no es otra cosa que el conjunto
de las apariencias. Los grupos que encarnan tales apariencias,
sin embargo, al ser excluidos del espacio público en el
cual su voz puede tener algún sonido, temen desaparecer
y optan por afirmarse desde su identidad insultada y despreciada.
Estos grupos maltratados suelen formar guetos, en una especie
de renuncia a sus particularidades individuales, ganando
con ello la pesantez de la amalgama identitaria como lugar
de resistencia. La fraternidad en el sufrimiento que surge
entre los grupos perseguidos configura una estrategia de
sobrevivencia, sin embargo, diluye los espacios entre las
distintas personas, sus consideraciones originales acerca
de lo que les parece verdadero, es decir, el mundo humano.
Los grupos pretenden afianzar por este camino su permanencia
en la gran Historia, su presencia como pueblo, grupo o etnia.
Esta salida inexorable implica necesariamente una pérdida
de realidad porque el juego sutil de las opiniones diversas,
el mundo, se desvanece.
Las luchas políticas por el reconocimiento de las identidades
de grupo, largamente preteridas, no son sinónimo de esta
condición de identificación fraternal en la cual se disuelven
las diferencias entre los miembros del grupo. Puede, sin
embargo, en condiciones de dramática exclusión social, constituirse
en un recurso de resistencia. Que la producción de formas
específicas de subjetividad se halle inextricablemente vinculada
a los contextos culturales, a los ámbitos evaluativos históricos,
no significa que en esos procesos autointerpretativos todo
el sentido que conferimos a nuestra existencia se informe
homogéneamente. Inéditas interpretaciones de nosotros mismos
son indispensables para que se abra el horizonte en el que
el mundo humano se expresa y, al mismo tiempo, sólo en un
mundo humano nos constituimos como sujetos libres, creadores
de identidad personal.
La cita Pastrana-Marulanda se desarrolla en un medio sin
contrastes. El dialecto político destaca esta acción como
signo de tolerancia, valora la voluntad de diálogo, esto
es, el deseo de encuentro de posiciones desencontradas;
pero ¿qué posiciones pueden ser más homogéneas en Colombia
que las del gobierno Pastrana y el programa revolucionario
de las FARC, con sus respectivos apéndices paramilitares
y sus narcogrupos financieros? Son ellas piezas del mismo
rompecabezas, el que armado muestra los mismos fines y procedimientos:
la imposición forzada de ciertos razonamientos o verdades
y el ensombrecimiento del espacio público, es decir, la
creación de un escenario irreal. La náusea que experimentamos
no es gratuita, pues la compactación de nuestros modos de
existencia, la intrusión del ser denso en nuestra historia,
en otras palabras, el triunfo de los proyectos políticos
dominantes que hoy fingen darse cita, como si "lo mismo"
pudiera encontrarse, ha sido un triunfo obtenido por la
exterminación macabra de todas las consideraciones peculiares
acerca de lo que se cree verdadero. En muchos casos, de
todos los presentes es sabido, la eliminación ha sido física,
pero para la mayoría de nosotros se ha tratado de un destierro
de la trama de lo público, aceptado con resignación.
¿Cómo podemos recuperarnos como residentes del mundo? ¿Cómo
humanizamos el mundo sin caer en la trampa de la verdad?
¿Cómo regresamos todos, los parias torturados y perseguidos
y los parias culpabilizados? Hannah Arendt nos narra la
manera en que para los europeos fue posible hacerlo en su
momento:
Después de la Primera Guerra Mundial experimentamos el
'dominio del pasado' en un torrente de descripciones sobre
la guerra que variaban enormemente en forma y calidad:
naturalmente, esto no sólo sucedió en Alemania sino en
todos los países afectados. Sin embargo, pasarían treinta
años antes de que apareciera una obra de arte que mostrara
con tanta transparencia la verdad interior del hecho que
fue posible decir: sí, esto fue lo que sucedió. Y en esta
novela de William Faulkner titulada Una fábula se describe
muy poco, se explica aún menos y no se 'domina' nada en
absoluto; su final son lágrimas que el lector también
derrama y lo que queda más allá de esto es el 'efecto
trágico' o el 'placer trágico', la frustrante emoción
que nos permite poder aceptar el hecho de que algo como
esta guerra haya podido suceder.
La repetición de los hechos en el sufrimiento, el lamento,
constituye la dimensión trágica de la vida; sólo en él se
revela el significado de la acción y en virtud suya tal
acción se introduce en el curso de la historia. En el dominio
de la acción lo visible son los principios guía, las metas
preconcebidas y los motivos apremiantes; mientras que en
el ejercicio poético e histórico se encadena el significado
de ésta a una narrativa recurrente en la cual relacionamos
los hechos entre sí y con nosotros mismos, lo que solemos
llamar sentido o realidad.
Clément Rosset nos muestra la manera en que a lo largo
de la historia de la filosofía y de la cultura occidental,
en general, hemos intentado evadir la realidad, a través
de múltiples intentos de encontrar su fundamento fuera de
ella. La ininteligibilidad de la realidad, esto es, su incompatibilidad
con la verdad, nos agobia e impulsa a buscarle principios
externos (las Ideas platónicas, Dios, las estructuras a
priori de la subjetividad o del lenguaje, etc.), pero ello
supone una disolución de la realidad y la consecuente proclamación
del "principo de realidad insuficiente". Semejante negación
de la realidad, sin embargo, se debe más que a su carácter
ininteligible, a su insoportable crueldad constitutiva:
la realidad es cruel y es real, es decir, no sólo es cruel,
sino que ineludiblemente es así. Y como a los seres humanos
esta realidad nos es dada sin atenuantes, sin que poseamos
la condición psicológica para contenerla, tenemos que admitir
que la crueldad de la realidad siempre nos rebasa y por
eso, en cuanto nos toca, tendemos a evadirla mediante el
dispositivo de una explicación, justificación, interpretación
o expectativa que nos sustraiga artificiosamente de la condición
del sufrimiento.
Para Clément Rosset ciertamente la realidad es cruel, pero
igualmente es transitoria, pues el principio de incertidumbre
que la informa hace que nunca haya en ella algo perenne
y absoluto, de manera que el tono fatalista que la define
también la relativiza. Hannah Arendt cree, en esta línea,
que el sentimiento trágico de la realidad no alivia el dolor,
no resuelve ningún problema, no domina nada definitivamente
porque no es el ámbito del juicio ni de la verdad. El sentimiento
trágico sirve, no obstante, de condición necesaria para
la humanización del mundo, gracias a que la conversación
sólo es posible en el lugar donde ninguna verdad se ha erigido
en absoluto, dejando espacio entre los hombres para establecer
y restablecer los significados de la narración; esos espacios
entre los hombres precisamente son el mundo humano, el espacio
público.
La concepción de solidaridad de Richard Rorty , a pesar
de apelar a la dimensión poética en la que ampliaciones
imaginativas del potencial de crueldad presente en la propia
vida sirven de límite moral e igualmente conducen a la identificación
con cualquier ser humano sufriente, queda sujeta, no obstante,
a un residuo de verdad. Este residuo se expresa en la comprensión
de sí mismo como un liberal solidario, que a través de incesantes
redescripciones del mundo, aspira a alcanzar un dominio
de sí y una responsabilidad respecto de los otros, a través
de la benevolencia. El sentimiento trágico al que me refería
más arriba no tiene tal pretensión de dominio, es más bien
la modulación de sí mismo, y no de las acciones, en la conmemoración
del sufrimiento. En ello, desde luego, más que advertir
imaginativamente nuestro poder de crueldad, tenemos que
aventurarnos en una poética de nuestra existencia vulnerable,
de nuestra aptitud de dependencia, en la línea en la que
MacIntyre introduce un vuelco en su misma catalogación de
las virtudes.
En Dependent Rational Animals, MacIntyre llama la atención
sobre el modo en el que recurrentemente nuestras tradiciones
filosóficas saltan presurosas sobre el reconocimiento de
la condición de fragilidad y de dependencia a la que todos
los seres humanos estamos abocados, en nuestra temprana
infancia y también en la vejez, y en el caso de algunos
de nosotros durante toda la vida, por ejemplo por invalidez
mental o física. El pensamiento liberal hace referencia
a la enfermedad y a la miseria propias sólo como imagen
desconsoladora, como un recurso pedagógico que nos permite
experimentar desagrado por ellas y conciencia de aquello
que los sistemas políticos y económicos deben proponerse
erradicar como tarea. El acento se pone entonces en las
virtudes de la independencia y la autonomía, entre las cuales
se destaca la de la benevolencia, una práctica de atenuación
del sufrimiento ajeno, pues los miserables y desdichados
son siempre los otros. Este desprecio del dolor propio y
especialmente de la dependencia que nos vuelve existencia
necesitada e incompleta coincide con la negación de nuestra
animalidad constitutiva. Pretendemos definirnos humanos
por la diferencia con los animales, nos afirmamos racionales
y prescindimos de nuestra dimensión animal, sin reparar
en que con ello abandonamos el mayor recurso que poseemos
para dar forma a una comunidad en la que las discapacidades,
las deformidades, el abandono y, en fin, toda la gama de
fragilidades y contingencias que nos constituyen pueden
ser asumidas como responsabilidad común de grupos humanos
cohesionados alrededor de ciertas concepciones compartidas
del bien.
El humanismo moderno ha pretendido ignorar la vulnerabilidad
y la dependencia de los seres humanos reduciéndolas a objeto
de práctica terapéutica, al tipo de cosas que debe ser aislado
en clínicas y asilos para ser observado, tratado, curado.
La muerte y el sufrimiento han sido marginados de la vida,
como lo otro que no cabe en nuestra concepción de nosotros
mismos, en cuanto sujetos racionales y autónomos y que,
por tanto, debe ser traducido al lenguaje de la ciencia,
la política y la técnica, como desafío del progreso. Sin
embargo, este fenómeno de desatender la realidad propia
que tenemos más a la mano no ha sido sólo una evasión moderna,
también los griegos en su consideración de la vida buena
intentaron dominar la fragilidad humana. El hombre magnánimo
de Aristóteles es el más autosuficiente de los hombres,
evita compartir con otros sus penas, pero en cambio comparte
con ellos sus bienes y su alegría; de manera que la virtud
a destacar es la generosidad. Excepcionalmente, MacIntyre
se encuentra con las virtudes de la dependencia y de la
vulnerabilidad humana en el Tratado de la caridad de Santo
Tomás (Suma Teológica, 2-2, 117, 5). Un rasgo predominante
en la filosofía aristotélica es la consideración de las
virtudes éticas en la perspectiva del alma humana. La razón
práctica no opera por negación de las funciones animales
del hombre, sino contando con ellas y este aspecto integrador
de la animalidad en la vida moral es relevante para Santo
Tomás; a partir de cuya consideración MacIntyre cree que
debe corregir la visión de las virtudes, tal como las presentó
en Tras la virtud y en sus otros libros.
Si tenemos en cuenta la virtud de la caridad en su contexto,
esto es, la amistad con Dios y con los demás seres humanos,
podemos comprender lo que significan las virtudes de la
misericordia o disposición a la piedad y la de la beneficencia
o disposición a hacer el bien. Esta última virtud, plenamente
racionalizada, se convertiría dentro de la tradición liberal
en el pilar de la justicia distributiva, pues trasplantada
al orden de la organización social adquiere la forma de
benevolencia como reciprocidad imparcial. Ella, sin embargo,
es inseparable de la misericordia en la tradición cristiana
y, como el mismo significado etimológico lo indica (miser:
mísero, sufriente y cordis, de cor: el corazón), la misericordia
es un impulso desde el corazón, desde el sentimiento profundo,
hacia el que sufre. Ese impulso es amoroso y, de la misma
manera que en el Banquete de Platón, los amantes, quienes
se hallan poseídos por un dios (eros), van hacia el amado
para proporcionarle toda suerte de bienes y felicidad, en
la dimensión cristiana el amor hacia el afligido nos lleva
a la beneficencia o generosidad. El amor que nos inspira
a asistir al sufriente en sí mismo no tiene ninguna función
terapéutica, el énfasis está puesto en el sentimiento y
no en las acciones que él inspira. Se trata, además, de
un sentimiento en el que me constituyo a mí misma como sujeto
vulnerable, necesitado igualmente de misericordia. No hay
en ello verdad alguna, tampoco dominio de algo, ni alivio
de mi dolor o del dolor del otro; es el sentimiento trágico
en el que se abren los espacios entre los hombres, para
que puedan reconocerse en su diversidad de apariencias,
limitadas y reales.
¿Es ésta una moral de esclavos? ¿Una moral de corderos
impotentes para dominar el mundo? Éstas son preguntas que
siempre brotan como un estallido en nuestro medio filosófico
secularizado ante la sola mención del cristianismo, los
prejuicios de la crítica racional poseen mayor beligerancia
hoy que en el siglo XVIII, porque son defensivos de lo que
ahora configura las tradiciones académicas dominantes, las
tradiciones ilustradas y post-ilustradas. Independientemente
de la crítica nietzscheana a las virtudes cristianas de
la compasión, la pretensión que me resulta especialmente
significativa en su pensamiento moral es precisamente la
de mostrar que en lo que han fallado las tradiciones cristiana
y liberal es en la desnaturalización del hombre, en la exaltación
de unas virtudes desarraigadas de la corporalidad, de la
animalidad humana. La voluntad creadora de sí ha de pasar
por una crítica de la verdad, porque bajo el peso de esta
última, las apariencias en las que devenimos sutilmente
se presentan ahora como si fueran irreales. Pero también
ha de pasar por una afirmación de la naturaleza corporal,
en virtud de la cual muerte y sufrimiento se integran al
todo pleno de la vida humana.
La cita Pastrana-Marulanda ha tenido lugar en medio de
una multitud de escoltas de lado y lado, en un escenario
en el que cada uno ha hecho su mayor despliegue de fuerza.
Esto no sólo en las instalaciones concertadas del Caguán,
sino en todo el territorio colombiano, hoy reducido a un
mapa consolidado de pueblos y regiones dominadas por uno
y por otro, sin espacios alternativos. Sin espacios. ''¡Son
las tácticas de la guerra!'', dirán algunos, pues para que
una negociación de paz prospere es necesario mostrarse fuerte.
El lenguaje adecuado en estas circunstancias es, o bien
el de la ambigüedad en la crítica y la condena frente a
lo que sucede, o bien el de una autolegitimación de las
acciones y omisiones de cada una de las partes en el conflicto,
amparándose en principios políticos y verdades morales de
dudosa procedencia. Ningún lamento, desde luego, aunque
la palabra pueda aparecer entre las otras palabras, entre
amenazas veladas y procedimientos técnicos y proyecciones
de un territorio y una economía sin seres humanos.
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