Una historia de larga duración

Reseña del articulo "Del códice a la pantalla: la trayectoria de lo escrito" de Roger Chartier

En este artículo, Chartier señala algunos efectos de la revolución del texto electrónico, entendida como la transformación radical de las modalidades de producción, transmisión y recepción de lo escrito. El autor comienza con la observación de que los textos escritos, gracias a las facilidades de la digitalización, podrán ahora ser separados de la forma del libro que impuso occidente hace XVI siglos. Su punto de vista es el del historiador cultural que admite lo inevitable de esta transformación, pero que también advierte de los peligros y de las tareas que deben emprenderse para allanarlos.

Chartier menciona tres transformaciones en una historia de larga duración necesaria para comprender las dimensiones de esta revolución electrónica. La primera tiene que ver con el paso del rollo al códice. Considera que esa mutación es el punto de la historia humana donde se da una transformación de dimensiones semejantes a las que estamos presenciando ahora. Este paso al códice es, según Chartier, de alguna manera una conquista de libertad para el lector, en tanto que el nuevo formato le permite escribir al tiempo que lee y tomar distancias al mismo tiempo que va de una página a otra, o de un libro a otro.

La otra revolución tiene que ver con la invención de la imprenta por Gutemberg que, a mediados del siglo XV (es decir, doce o 13 siglos después de la aparición del códice), transformó los modos de reproducción de los textos y de la producción del libro. Chartier advierte que la invención de la imprenta no constituye la aparición del libro, sino un mejoramiento técnico para su reproducción y distribución, y por eso considera que la revolución electrónica no debe ser comparada con esta mutación. La revolución actual es mayor que la de Gutemberg ya que no solo modifica la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores.

Con base en esta última observación, Chartier acude a un recuento de la historia de la lectura, y recuerda cómo existieron dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación de la modalidad física y corporal del acto de la lectura, cuando se da el paso de una lectura oral a una lectura silenciosa. Otra revolución de la lectura se refiere al estilo mismo, que transforma una lectura intensiva en otra extensiva, hacia la mitad del siglo XVIII. El lector extensivo, a diferencia del intensivo, consume numerosos y diversos impresos, los lee con rapidez y avidez y ejerce una actividad crítica. Chartier compara estas mutaciones de la lectura con lo implica para ella la revolución del texto electrónico, pues leer sobre una pantalla no es lo mismo que leer en un códice. Chartier concluye que la revolución iniciada es ante todo una revolución de los soportes y de las formas que transmiten lo escrito.

El texto electrónico supera varias limitaciones propias del mundo de los textos impresos, de las cuales Chartier destaca dos hasta ahora consideradas imperativas, La primera tiene que ver con la estrecha posibilidad de intervención del lector. Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo: el lector ahora no solo puede someter los textos a múltiples operaciones sino que puede convertirse en su coautor. La segunda limitación que promete superar el texto electrónico es la de contar por fin con una biblioteca universal que reúna todos los libros jamas publicados. La comunicación de textos a distancia vuelve concebible y accesible este antiguo sueño.

Chartier finaliza su artículo advirtiendo que una posible transferencia del patrimonio escrito del códice a la pantalla, si bien abre posibilidades inmensas, también representará una violencia ejercida sobre los textos al separarlos de las formas que han contribuido a construir sus significaciones históricas. Y por eso exige dos acciones: De un lado acompañar con una profunda reflexión crítica la mutación que hoy está revolucionando los modos de comunicación y recepción de lo escrito. La segunda implica no relegar al olvido y mucho menos destruir los objetos que han portado el conocimiento y la comprensión de la cultura escrita.

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