KERCKHOVE, Derrick de. Inteligencias en conexión. Hacia una sociedad de la web. Barcelona: Gedisa editorial, 1999. Pgs. 17-28

PROLOGO

Tardé algún tiempo en entrar en la Red. Me costó muchas horas de morderme las uñas el solo hecho de aprender a enviar un e-mail. Y después necesité más tiempo para superar una reticencia a leer mi correo entrante por miedo a tener que responderlo. No habría podido soportar otro flujo más de información entrando a raudales en la oficina. En la minúscula oficina central del McLuban Program on Culture and Technology, además de la tortura diaria de tres líneas telefónicas («¿Debería estar activada la llamada en espera?»), aterriza un fax cada diez minutos, recibimos correo postal dos veces al día, tenemos estudiantes, personal y visitantes entrando y saliendo por dos puertas (algunas veces todos al mismo tiempo), tres aparatos de televisión (uno a menudo encendido), tres radios (una casi siempre encendida) y tres veces a la semana, como promedio, mantenemos videoconferencias con alguna parte del mundo.

Durante años, la gente me ha advertido amablemente que esta situación simplemente no podía continuar y que, si no racionalizaba las actividades, el tiempo y los recursos, el programa iba a terminar mal. He aprendido, sin embargo, que cuando uno está en el centro de las cosas el caos resulta ser hasta bueno. Es sólo en los extremos que el caos hace perder la concentración y disipa la energía. En realidad, el caos puede ser la única respuesta cuando uno está realmente interesado en saber lo que está pasando «ahora mismo». El caos para mí es como un caleidoscopio que contiene información en el interior revolviéndose y girando, cayendo en forma de patrones que tienen sentido. Hoy en día, no puedo dejar pasar un día sin estar on-line y nuestra abarrotado pequeño oficina ostenta siete PC conectados a una espina dorsal de diez megabytes. En ella se puede encontrar entre tres y veinte personas trabajando -o jugando- a cualquier hora del día desde las nueve de la mañana hasta la medianoche, cada día de la semana (excepto los domingos). Siempre habrá algo de locura en mis métodos.

Aún recuerdo el momento preciso en que me dejé seducir por el concepto de la Red. Durante un seminario, una de mis estudiantes nos mostró un vídeo de un sitio de un museo en la World Wide Web y nos dijo -tuvimos que creerla porque no había sido posible realizar una grabación en audio- que cuando hacías clic en un botón «ahí» podías escuchar la canción de «ese» pájaro de la fotografía. Yo pensé: «¡Ahí está! ¡CD-ROM interactivos on-line, en tiempo real! ¡Ahora sí vamos por buen camino!». No pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta, para sorpresa mía, de que estaba utilizando el e-mail de forma habitual y empezaba a desarrollar un nuevo tipo de convulsión: el ansia por que llegara el momento de la siguiente conexión al cabo de cortos lapsos de tiempo.

Nada de esto debería interpretarse como que yo soy un ávido navegante; no más de lo que lo soy con la televisión. Mantengo mi distancia con todos los medios excepto el teléfono y el ordenador. Sin embargo, me doy cuenta de que continúo mirando en la dirección de la Red, casi a mi pesar. Hay un número infinito de cosas de la Red que aborrezco activamente: primero, las esperas; después, los colores sin vida de Windows y Netscape; la torpeza primitiva de gran parte de¡ diseño; la estupidez ocasional del contenido y, claro está, el bombo publicitario que la rodea. Aun así, no puedo evitar tener la convicción cada vez más fuerte de que algo genuinamente revolucionado está adquiriendo forma en ella, que va a afectamos a todos y que deberíamos conocerla más. Eso es de lo que trato este libro.

Mientras trabajaba en estas páginas, consulté de vez en cuando mi anterior libro, La piel de la cultura, para medir mis pensamientos actuales contra lo que habla escrito anteriormente. Descubrí que mi visión había evolucionado en varios puntos. Una de mis mayores sorpresas fue leer lo siguiente: «No hace mucho, el mundo era tonto y nosotros éramos listos. Pero el mundo asistido por ordenadores se está volviendo muy listo y a un ritmo más rápido del que aprendemos nosotros. Muy pronto nuestra inteligencia tecnológica colectivo superará las inteligencias orgánicas individuales tanto en velocidad como en integración. Será interesante ver cómo esa organización cognitiva unificado se ocupará de¡ medio ambiente y de la pobreza y qué criterios dictará para la ingeniería genética. Por el momento, relajémonos. Todavía no ha llegado el momento».

Desde que escribí esas líneas he revisado mi forma de pensar en dos aspectos importantes. El primero es que nuestra inteligencia tecnológica comúnmente compartida no es realmente «colectiva» sino que más bien está "conectada».* El otro es que «estamos» sin duda allí y, aunque tenerlos que mantener la calma, no es tiempo para relajarse.

Sin duda, este libro nace de un nuevo sentido de la urgencia. Mientras que La piel de la cultura trataba sobre los medios de comunicación electrónicos vistos de forma separada, este libro nos muestra cómo éstos están convergiendo, e intento descubrir hacia dónde están convergiendo. Aunque La piel de la cultura está en lo esencial bien encaminada, lo que le falto es una discusión sobre las implicaciones de las comunicaciones digitales «en red».

Tanto si la llamamos la Red, lnternet o la «autopista de la información», la sinergia creciente de la comunicación en red es, con la excepción del lenguaje en sí, el medio de comunicación por excelencia -el más exhaustivo, el más innovador y el más complejo de todos-. Es también el más interesante. En la megaconvergencia de hipertexto, multimedia, realidad virtual, redes neurales, agentes digitales e incluso vida artificial, cada medio cambiando partes diferentes de nuestras vidas -nuestros modos de comunicación, entretenimiento y trabajo-, pero la Red potencialmente cambia todo eso y más, todo a la vez. lntemet nos da acceso a un entorno real, casi orgánico, de millones de inteligencias humanas perpetuamente trabajando en algo y en todo con una relevancia potencia¡ para cualquiera y para todos. Es una nueva condición cognitiva a la que yo llamo Webness.

Por Webness quiero denotar «la esencia de toda red». La palabra es un derivado de la Word Wide Web. Durante el verano de 1991, Tim Bemers,Lee y sus colegas del CERN (Centre Européen de Recherches Nucléaires) publicó el protocolo de comunicaciones por ordenador Word Wide Web ,Para posibilitar que los investigadores accedieran al contenido de las bases de datos directamente, sin tener que buscar en cada una por separado. En efecto, ello comportaba enlazar todos los contenidos de cualquier servidor en cualquier parte del mundo con otro ordenador on-line. Podías acceder a la memoria del mundo igual que accedías a la tuya. Al cabo de

Debo este cambio a una sugerencia hecha por el artista de la tecnología australiano Ross Harley, quien amablemente me rescató de mi vergüenza con las connotaciones negativas, potencialmente fascistas de la palabra colectivo. los lectores de mi anterior libro me harían un gran favor si sustituyeran, por lo menos mentalmente, cada vez que aparece la palabra colectivo en relación con la inteligencia por la palabra conectivo.

cinco años había treinta millones de usuarios de la Red, con el número creciendo exponencialmente, y todo indicaba que un sector de la economía o, probablemente, toda ella en su conjunto, estaba convergiendo en ella.

Y si a este fenómeno le añadiéramos, como Esther Dyson et al. aconsejan, todas las telecomunicaciones, por hilos o por cable; todas las emisiones estándar y en bando estrecha vía satélite o por retransmisiones celulares; todos los miles de estaciones de radio y televisión, clasificando activamente la realidad del día del planeta para todo el mundo más o menos al mismo tiempo,- tendríamos ante nosotros la repentina comprobación de que se está produciendo una gigantesca transformación.

los mayores avances tecnológicos detrás de esta convergencia son la digitalización de todos los contenidos, la interconexión de todos las redes, la humanización del software y del hardware de interfaz y los efectos globalizadores de los satélites.

La digitalización consiste en hacer añicos todo hasta obtener bits y poner después el reconstituyente de la materia, de la vida y de la realidad en manos de gente como ustedes y como yo. Como fenómeno de definición de nuestro tiempo, está moviendo el comercio y la industria del dominio de los átomos al de los bits. En un nivel más fundamental, está moviendo los objetos del dominio de lo material al del pensamiento. Los bits hacen que la materia sea más maleable que los átomos. los datos digitales están creando formas, sustancias e identidades mutuamente compatibles, de la forma en que las ideas y las imágenes están en nuestras mentes. Las cosas están siendo digitalizadas para que entren, más tarde, en el dominio de la mente.

La tecnología de interfaces, impulsado por una improbable combinación de presiones desde el arte y la ingeniería de la aviación militar, está aproximándose cada vez más a las combinaciones de hardware-software de acceso directo que permitirán al pensamiento controlar los ordenadores directamente. Cada paso que se toma en esa dirección -del mando de control, el teclado y el ratón, a la voz y al comando mental directo está haciendo que nuestras relaciones con los máquinas sean más intuitivas e incluso casi podríamos decir que más humanas.

Las redes soportan la extensión de lo que conocemos como mente hasta las asociaciones nuevas, conectadas (¡no colectivos!). Están proporcionando el entorno operativo para la convergencia de todos los datos. Una mente, tal como la que todavía podemos considerar como nuestra, está entrando en avalancha en las redes, con una relación más interactivo, más estrecha, más sensorial que nunca.

las tres principales condiciones subyacentes de la nueva ecología de las redes, que incluye tanto la economía de las industrias relacionadas como los nuevos hábitos cognitivos sociales y personales que los soportan, son las siguientes:

  1. interactividad, el enlace físico de la gente o de las industrias basadas en la comunicación (las industrias del cuerpo);

2. hipertextualidad, el enlace de contenidos o industrias basadas en el conocimiento (las industrias de la memoria);

3. conectividad, o Webness, el enlace mental de la gente o de las industrias de redes (las industrias de la inteligencia).

Los satélites figuran de forma importante en la ecuación, por el hecho de.dar humanidad a la agencia y a la imagen de la nueva escala planetario de su alcance; los nuevas proporciones de su imagen corporal colectiva. Como individuos y como especie, empezamos a ver, por un lado, las crecientes conexiones entre nosotros mismos, nuestros cuerpos y nuestras mens y, por el otro, las conexiones con el planeta.

Juntas, la interactividad, la hipertextualidad y la conectividad constituyen la base de la planetización de la gente corriente, así como de las organizaciones, las naciones y los continentes, por una permanente actualización automática de la sinergia de los ordenadores locales, las redes globales y los satélites.

INTERACTIVIDAD

Hace diez años, la palabra «interactividad» era la curiosidad de todo lexicógrafo. Ahora está en boca de todo el mundo. Pero, ¿qué significa realmente? La interactividad es la relación entre la persona y el entorno digital definido por el hardware que conecta a los dos. Se está realizando un rápido progreso en la investigación militar y artístico sobre las interfaces de acceso directo mente-máquina. Sin embargo, la mayor parte de las intervenciones humanas en los entornos materiales y virtuales permanecerá fundamentado en el cuerpo humano. No es sorprendente que una de las áreas más interesantes de la investigación sobre la Realidad Virtual (RV), en la que se está trabajando hoy en día, sea la retroacción táctil. La interactividad es el tacto.

La RV, los multimedia y los sistemas interactivos son proyecciones multisensoriales. Dentro del rico entorno electrónico que nos hemos creado, a menudo mantenemos relaciones «proprioceptivas» inconscientes, es decir, respuestas activadas por estímulos que están tan profundamente arraigados en los medios que apenas nos damos cuento de que existen.

Las redes también son extensiones del tacto. Y los redes interactivas como el teléfono o la videoconferencia son aún más táctiles ya que permiten una retroacción inmediato. ¿Qué representa la «presencia» en este tipo de «telepresencia»? Si puedes estar «aquí» y «allí» al mismo tiempo por teléfono o por videoconferencia, considerando un «allí» que esté a siete mil kilómetros de distancia, representa que o bien te has vuelto muy rápido, o bien muy grande. Una comunicación correcta requiere la retroacción para confirmar que el mensaje ha sido recibido, aunque sea sólo devolviendo la información en una cadena de datos -es en este punto donde se observa la dimensión verdaderamente «táctil» de la relación y la esencia de la presencia.

Desde la época de¡ telégrafo hasta la de la Red, la población mundial ha aumentado continuamente la densidad de sus conexiones de red. En estas redes se producen nuevas formas de concentración de energía humana y éstas no coinciden necesariamente con los centros físicos de población. En la Red, las ciudades de la antigüedad -como Pompeya, Monte Alban, Catal Huyuc, Karnak y otras- se alzan como fantasmas gracias a la reproducción digital exacta. Las ciudades reales del siglo XX como Berlín, Florencia y San Francisco- están siendo recreadas como bases de datos y puestas a punto para conectarlas a la información en tiempo real, on-line. Están empezando a aparecer mundos tridimensionales, que cuentan con arquitectura virtual, servicios de noticias y de información meterológica fiables, comportamientos sociales y antisociales, tan viejos como la vida misma, que van desde defecaciones virtuales de perros hasta el vandalismo virtual, y todos ellos atraen a miles de «habitantes». Se inauguran centros comerciales virtuales en sitios web -URL (Localizador Universal de Recursos, el protocolo para asignar direcciones en la Word Wide Web)-, que son auténticos edificios que tienen incluso paredes para hacernos sentir mejor cuando compramos virtualmente. Muy pronto, las «Ofcinas virtuales» habrán sustituido muchos de sus materiales equivalentes a rnedida que los seres humanos aprendan a prescindir de una parte de la parafernalia de las agencias inmobiliarias. Como cada vez hay más posibilidades para la gente de adquirir una presencia real en sus entornos virtuales, parece muy probable que las personas terminarán por traslado muchos de las actividades que actualmente desempeñan en «espacio real» a estos entornos virtuales.

No debería sorprendernos que los artistas compitan con los investigadores militares para estar en la punta de la investigación tecnológica en todo este tema. Ambos tienen un interés personal por comprender y explotar el impacto de la tecnología sobre el sensorium humano. Y cada uno está involucrado, a su manera, con temas de agresión -los militares por razones obvias y los artistas a causa de su sensibilidad especial por el potencial destructivo de las nuevas tecnologías que invaden el orden social establecido-. la paradoja, por supuesto, es que la sociedad no escatima financiación para el R&D del ejército, mientras que el arte tiene que conformarse con vivir de las sobras. Además, el ejército trabaja en secreto, mientras que el arte procura, en cada oportunidad, sacar de la oscuridad su forma de ver las cosas. Como no tengo acceso a los secretos mires, yo he optado por dirigirme al arte de nuestro tiempo para ver la donde nos dirigimos, confiando en la recomendación perceptivo de Mcluhan:

Si los hombres fuéramos capaces de convencernos de que el arte es un conocimiento avanzado y preciso de cómo nos relacionamos con las consecuencias físicas y sociales de la próximo tecnología, ¿se harían todos artistas? ¿O empezarían a hacer una traducción cuidadosa de las nuevas formas de arte en forma de diagramas de navegación social? Tengo curiosidad por saber qué pasaría si, de repente, el arte se viera como lo que es, s decir, como la información exacta sobre la manera de reorganizar la psique de uno para anticipar el siguiente golpe de nuestras propias facultades extendidas.

El dominio privilegiado del nuevo arte es el mundo de las interfaces, no sólo porque es un campo accesible para ser explotado sino también porque es la metáfora tecnológica de los sentidos. Con nuestras manos, oreos y el resto de sentidos que nos permiten realizar acciones y tener sensaciones, constantemente estamos relacionándonos o interactuando con el mundo; esas son las relaciones a las que los artistas han dedicado más atención desde los inicios de¡ arte. Es, por lo tanto, lógico y predecible, que miren ahora en la dirección de la modulación de estas interacciones a través de¡ nuevo entorno tecnológico. Aunque la mayor parte de los artistas (pero no todos) optan por observar los patrones de los fenómenos -sonidos, imágenes, pensamientos, procesos-, la nueva generación no tiene miedo de llegar a conocer a fondo a su sustituto digitalizado.

HIPERTEXTUPLIDAD

Hipertextualidad significa acceso interactivo a cualquier cosa desde cualquier parte. Mientras que la digitalización es la nueva condición de la producción de contenidos, la hipertextualidad es la nueva condición del almacenamiento y la entrega de contenidos. Por sí mismo, el hipertexto podría considerarse un sistema automatizado muy inteligente de referencias y rastreo basado en el texto. Pero la buena noticia de la implementación de los principios de la hipertextualidad en la World Wide Web es precisamente que el espacio de búsqueda es mundial. La World Wide Web es el paradigma de lo que pasa con el hipertexto cuando éste emigra de un sistema autónomo o de una red de área local (LAN) a la red mundial. Cambio las reglas del juego de los contenidos.

La hipertextualidad está invadiendo los dominios tradicionales del suministro de contenidos en forma de datos, texto, sonido y vídeo. Está cambiando las reglas del almacenamiento, la distribución y la entrega basados en el espacio de elementos como los libros, los discos, los casetes, los vídeos o las películas. Como se está volviendo omnipresente y, además, responde mucho mejor a los requisitos de entrega inmediata del mercado, está sustituyendo a los métodos más antiguos de entrega de noticias en todos los lugares donde las redes existentes lo permiten. Países como Canadá y los Países Bajos, que están dotados con una buena infraestructura de red*, tienen una mayor posibilidad de sacarles ventaja económica inmediata a sus vecinos, sólo si sus Gobiernos e industrias terminan de convencerse de facilitar la hipertextualización de sus economías. Hay, claro

Por ejemplo, la cobertura por cable en ambos países alcanza más del 90 %.

está, algunas resistencias a ese cambio. Primero, porque hace tambalear los patrones establecidos del comercio- segundo, porque las compañías tienden más a pensar en los beneficios que se pueden a corto plazo que en las oportunidades a largo plazo; y finalmente, porque hace falta visión y habilidad para implementar el acceso hipertextual a escala global, y el primero de estos requisitos, especialmente, por lo general no abunda.

A pesar de ello, la digitación ya ha «eliminado» o desmaterializado dispositivos de soporte de memoria tradicionales como los libros, los casetes y los discos. la oportunidad para incorporar la hipertextualidad es también una poderosa fuerza de motivación para el cambio en los modos de producción y acceso de medios lineales (analógicos) a no lineales (digitales). Gracias a la facilidad para reconfigurar los datos, las noticias están pasando de ser distribuciones en masa a entregas personalizados. La economía de la información está alejándose de las tecnologías de almacenamiento concreto como la analogía, el video, el audio y la impresión, y está aproximándose a máquinas inteligentes que producen la información a petición. En otras palabras, mientras que las tecnologías de la información de¡ pasado son ayudas para la memoria y el almacenamiento (libros, casetes, discos, películas, vídeos, fotos), las principales tecnologías de los sistemas de información actual son ayudas al procesamiento; es decir, ayudas a la inteligencia. Este cambio es el reflejo de una permutación de la cultura mucho más amplia, de la producción basada en la memoria a la producción, basada en la inteligencia. Pasamos, en estos momentos, de la era de la «reproducción» a la de la «segunda versión». Estamos desarrollando hábitos cognitivos y formas de colaboración asistidos por ordenador -nuevas formas, de hecho, de conectividad.

CONECTIVIDAD

La conectividad es un estado humano casi igual que lo es la colectividad o la individualidad. Es esa condición de fugacidad comprendida por un mínimo de dos personas en contacto entre sí, por ejemplo, conversando o colaborando. La Red, el medio conectado por excelencia, es la tecnología que hace explícita y tangible esta condición natural de la interacción humana. Los otros únicos medios conectados que hemos conocida son el telégrafo y el teléfono, relaciones de uno a uno, punto a punto; extensiones del intercambio vocal. lnternet, al combinar estos dos y añadir el potencial punto a multipunto (radiodifusión), ha aumentado considerablemente la conectividad útil entre las personas. La World Wide Web añadió otra dimensión a la conectividad con el hipertexto, enlazando el contenido almacenado a su comunicación. Después, como para alcanzar a la masa crítica, Marc Andreessen sacó el pichichi lanzando Mosaic.* Al convertir a la Red en algo con colorido y sensualidad, al mismo tiempo que de utilidad, la volvió irresistible.

Lo que mantiene «conectada» la Red es que permite y alienta la entrada a individuos dentro de un medio «colectivo». El resultado es que los procesos de información y la organización social que nacen de ella están conectados y son individuales al mismo tiempo. Los libros, en comparación, sólo promovían el individualismo, llegando hasta a aislar a la gente los unos de los otros al hacer de la comunicación algo silencioso. El efecto de los libros fue acelerar el crecimiento de las mentes individuales y de¡ individualismo de esas mentes. (Los libros no están conectados en absoluto porque no permiten entradas individuales.) la radio y la televisión son verdaderamente colectivos, porque se dirigen a todo el mundo al mismo tiempo: al igual que los libros, éstas no están conectados porque no permiten ni invitan a la entrada por porte de personas individuales en tiempo real. La excepción que confirma la regla son los programas de radio con participación telefónica en directo. Éstos, sin embargo, tienen un formato muy cerrado, con mucha selección, y son estrictamente moderados. No existe nada como los ordenadores para acelerar el procesamiento humano individual de la información. Y desde el momento en que se organizaron en redes, lo conectado se volvió una alternativa a lo individual y a lo colectivo. La conectividad es uno de los recursos más poderosos de la humanidad. Es una condición para el crecimiento acelerado de la producción intelectual humana.

Mosaic fue el primer «navegador» para la exploración en la World Wide Web. Un joven programador llamado Marc Andreessen que entonces trabajaba en la NSCA (National Super Computer Association) lo desarrolló y lo lanzó el verano de 1993. Casi inmediatamente, la Red, nombre con el cual empezó a conocerse en seguida, fue invadido por gente nueva. Desde entonces, Mosaic y Andreessen se han asociado con Jim Clark, fundador y expresidente ejecutivo de Silicon Graphics, para crear y lanzar el buscador líder en el mercado actual, Netscape.

Los satélites nos han conducido a una potenciación y a un cambio de escala formidable en nuestro entorno conectado. Ahora cualquier persona puede acceder a la Red, descargar imágenes, en tiempo casi real, del planeta Tierra desde un satélite de información meteorológica. No es lo mismo que estar en la cima de una montaña y la experiencia podría no siempre generar el orgullo de propiedad de un montañés, pero lo que ves en la pantalla sin duda está allí y es tu acceso personal al mundo global. Puede desplazar un cursar para cambiar el ángulo de visión. Puedes ver la luz del sol en un lado del planeta. Con la visualización de lapso de tiempo puedes observar como se desarrollan las formaciones nubosas y seguir el curso de los huracanes.

El extraordinario cambio de escala que le ha supuesto al hombre corriente el acceso directo a su entorno ecológico total, está haciendo espacio para nuevas variedades de estructuras psicológicas. ¡Qué diminuto es, en comparación, el modelo de hombre del Renacimiento!

Del número y la velocidad de conexiones con la Red podríamos esperar, de manera razonable, que apareciera una sensibilidad conectada, una nueva psicología, que es de lo que más o menos trata el resto de este libro.

Hay una creciente necesidad, quizá reprimida por el resultado de nuestra lamentable experiencia con los ideales hechos añicos durante este siglo, de creer en algo que todavía pudiera tener un resultado agradable. Mientras en el mundo hay una epidemia de mayor religiosidad, con todos sus contradicciones habituales, y choques violentos entre culturas locales y globales que viven en porciones de tiempo diferentes y en zonas horarias diferentes, hay al mismo tiempo una mayor conciencia, incluso entre facciones opuestas, de formas creativos con las que se puede dar cabida a determinadas cosas y encontrar soluciones.* Con los sentidos y los sistemas nerviosos normales de la población mundial, ahora en manos de los satélites, y con las máquinas acercándose a la condición de mentes y las mentes de los humanos conectándose a través del tiempo y de! espacio, el futuro puede y debe ser más una cuestión de elección que de destino. Es mucho más fácil hacerse a la idea cuando se entiende todo el contexto.

Al estar mediados por la pantalla, la expresión fisiológica y cognitiva del usuario se «exterioriza». Este se mueve fuera de los confines de su piel, aunque sea a corta distancia, pero con frecuencia durante un largo período. ¿Escapismo? Posiblemente, pero éste es diferente al que proporciona un entretenimiento pasivo como el cine o la televisión.

Inteligencias en conexión es un libro, no un hipertexto. Sin embargo, he tenido presente que gente diferente con agendas diferentes podría considerar algunas partes más pertinentes que otras. Cada capítulo puede separarse del resto. Cada una de las partes: una, dos y tres, titulados respectivamente «Interactividad», «Hipertextualidad» y «Conectividad», son un reflejo de las otras dos y de todo el libro. He procurado integrar la interactividad, la hipertextualidad y la conectividad en cada capítulo porque creo que estos principios operan a escala global en todos los aspectos relativos a la tecnología y a la cultura. Para aquellos a quienes les gusta que se dé continuidad a un argumento, he ordenado los capítulos de tal forma que reflejen lo que yo apoyo, en resumidas cuentas, que, aunque sin duda nuestra tecnología nos está precipitando hacia un nuevo orden de la realidad, es preciso que todo ello esté documentado con esmero y atención para todo el mundo.

 
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