Las lecciones de la historia

Roger Chartier en un artículo suyo titulado: Del códice a la pantalla: trayectorias de lo escrito, propone  asumir una perspectiva histórica de larga duración para comprender mejor los efectos de la radical transformación contemporánea de las modalidades de producción, transmisión y recepción de lo escrito. Plantea por eso la necesidad de atender a una historia del libro, de la lectura y de las relaciones de lo escrito.

Desde el punto de vista de una historia del libro, Chartier observa cómo la imprenta, si bien constituye una revolución tecnológica crucial, se limita a transformar el modo de reproducción de lo escrito, pero ésta no altera el soporte mismo del manuscrito: el códice. Esta observación es importante, pues relativiza el impacto histórico-cultural de la llamada revolución de Gutemberg y nos obliga a ir más atrás: al momento en que se produce la sustitución del volumen por el códice, que tiene implicaciones tan fuertes como la de los cambios actuales:

La revolución de nuestro presente es, evidentemente mayor que la de Gutemberg. No solo modifica la técnica de reproducción de lo escrito, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores ( 45).

Pero si esta perspectiva legitima mejor algunas extrapolaciones culturales para nuestra realidad contemporánea, una revisión de las revoluciones de la lectura complementa la perspectiva histórica que se requiere para comprender la adecuada dimensión de las transformaciones presentes. En efecto, Chartier repasa varios de los hitos de la mutación  de la lectura (la adquisición de una lectura silenciosa y visual, el paso de una lectura intensiva a una extensiva, etc.) para concluir que:

La revolución del texto electrónico es y será también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla no es leer en un códice. La representación electrónica de los textos modifica totalmente su condición: sustituye la materialidad del libro por  la inmaterialidad de los textos sin lugar propio (46).

De este modo, revisando la secuencia de dos historias: la de los cambios en el soporte de lo escrito y la de los cambios en los modos de leer, se hace posible tomar plena medida de las posibilidades inéditas abiertas por la digitalización de lo escrito, que, para Chartier, se sintetizan en dos: 1, la posibilidad real de superar esa limitación que hasta ahora significaba para el lector su reducida intervención sobre los textos; 2,  la realización del viejo sueño de occidente de contar con una biblioteca universal.

Esas dos conquistas, sin embargo, generan ciertos riesgos sobre los que Chartier quiere llamar la atención:

La posible transferencia del patrimonio escrito de un soporte a otro, del códice a la pantalla, abre inmensas posibilidades, pero también representará una violencia ejercida en los textos al separarlos de las formas que han contribuido a construir sus significaciones históricas (49).

De ahí que Chartier proponga finalmente dos tareas simultáneas: de un lado, reflexionar desde distintas perspectivas (histórica, jurídica, filosófica) en torno a las mutaciones de los modos de comunicación y recepción de lo escrito que se están operando hoy. Pero, de otro, preservar la inteligencia del códice:

La biblioteca debe ser también el lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión de la cultura escrita en las formas que han sido y son todavía mayoritariamente las suyas hoy en día. La representación electrónica de todos los textos cuya existencia no comienza con la informática no debe significar, de ninguna manera, la relegación al olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han portado (49).

Este llamado de Chartier está implícito en las afirmaciones que hace Alvin Kernan, en su libro La muerte de la literatura, en el sentido de que uno de los factores que más seriamente podría estar afectando la credibilidad y las posibilidades mismas de existencia de la literatura es el avance de la llamada revolución microelectrónica, en detrimento de una cultura de la imprenta.

Según Kernan, la literatura fue una criatura de la imprenta hasta en sus más mínimos detalles.

De un lado, como lo impreso carece del contexto y de las dinámicas interactivas que brinda la oralidad, y su verdad resulta por eso siempre ambivalente y compleja, el esclarecimiento de su estructura requiere de la lectura minuciosa e intensa de un texto estable y altamente estilizado. Esta estabilidad y esta estilización han sido por mucho tiempo los ideales de la obra literaria. De otro lado, la literatura pone en juego, artísticamente, eso que hay detrás de la situación epistemológica implícita en la página impresa: la afirmación de que el conocimiento es complejo, ambivalente, abstracto, de interpretación incierta:

La imprenta ha sido tan determinante para la literatura que no resulta exagerado decir que la literatura históricamente es el sistema literario de la imprenta: en el nivel de lo obvio, la literatura ha sido más que nada una colección de obras canónicas impresas. En un nivel más profundo, el tema de la literatura moderna ha sido el de la dificultad de entender cómo un lector que vuelve las páginas de un libro puede adquirir sentido. Nuestros héroes literarios viven la experiencia de la vida de la misma manera que los lectores viven la experiencia de la realidad en la página impresa: incompleta, misteriosa, resistente a cualquier interpretación fácil o totalizadora y como algo que escapa a su juicio (133).

Ahora, en nuestros tiempos, la cultura de la imprenta ha entrado en un proceso de franca decadencia y el sueño humanista de aprender, de llegar a una verdad última, a fuerza de leer y escribir, se está deshaciendo. Factores de diversa índole parecen favorecer el futuro electrónico a costa del pasado impreso. Así, el poder de las compañías de la comunicación está convirtiendo el libro en lo más antiliterario: una mercancía, a la que se la diseña en función de las posibilidades de extraer dinero de los lectores, de los cineastas, de los televidentes, pues un libro vendible tiene que ser flexible a estas necesidades del mercado. Pero esto no quiere decir que el libro desaparezca: hoy se publican muchos más libros; sólo que esa expansión es una expansión del mercado de lo mediocre, lo que atenta contra otro ideal humanista: no se trata de leer, sino de leer lo importante. Es, incluso, por eso posible que, paradójicamente, la superabundancia impacte más que la escasez en esa anunciada muerte de la literatura. Otro factor que está convirtiendo la cultura de la imprenta en un modo anacrónico de conocimiento es la dificultad de almacenamiento: en todo caso resulta mucho más económico y manejable digitalizar la información y guardarla en cintas o en CD- ROMs que construir más bibliotecas e invertir en el mantenimiento de un material, cuya misma composición material (el papel y la tinta) está en “peligro de extinción”.

Sumemos a la superabundancia y a las dificultades de almacenamiento, el desgaste de la posición privilegiada del conocimiento y tendremos el panorama completo: como la gente escribe y lee menos, en tanto ve televisión, usa el teléfono, la computadora, la lectura de libros (y menos aun de los complejos y difíciles) está dejando de ser la forma primordial de saber algo en nuestra sociedad:

Los medios electrónicos hacen menos interesante y necesaria la lectura. La literatura está hecha de textos ampulosos y complejos, mientras que el mundo social más amplio de la electrónica y la televisión no sólo ha reemplazado al libro impreso como vía de adquirir información, sino que también define qué constituye la información y la comprensión. La lección está muy clara: si se quiere que la gente lea, o al menos que compre u libro, hoy día hay que hacerle publicidad por la televisión (146).

Pero el problema no es solo este desplazamiento, sino que, en un nivel profundo, la visión del mundo de la televisión es fundamentalmente opuesta a la visión de una literatura basada en el libro impreso:

Desde la televisión, cada vez más personas están derivando su sentido de la realidad y su lugar existencial en ella, de modo que los supuestos sobre el mundo que han  estado asociados con la literatura se hacen cada vez  menos plausibles y con el tiempo se volverán del todo increíbles (148).

Ahora, Kernan, al igual que Landow en su momento, es consciente de que este paso de una cultura de la imprenta a una cultura de la microelectrónica (en la que el conocimiento dejará de ser un valor a favor de la información y del manejo de datos) causa angustia y reacciones de todo tipo. Es por eso que, para ambos (como antes para Chartier), una sana posición ante lo irremediable de la situación consiste en aprender las lecciones de la historia. A partir de una analogía con la revolución de Gutemberg, Landow propone atender al menos tres (Landow, Hipertexto, 45-47):

1. Se necesita un largo tiempo para que el paso de un modo a otro se asiente. Entre tanto, pueden realizarse tareas de reflexión, acomodo y hasta de recuperación de viejos valores que pueden ahora ponerse a circular de nuevo.

2. Comprender la tecnología no nos faculta para hacer predicciones, pues los deseos y manipulaciones iniciales con los que se visualizan sus potencialidades pueden variar. Así: comprender la lógica tecnológica que pone en escena la imprenta (inalterabilidad, multiplicidad y sistematización de textos), permite predecir tendencias, pero no los modos exactos como iba a impactar otros ámbitos como el cultural (así, se ha visto, la literatura empieza a valorarse, a partir de la imposición de lo impreso,  desde una perspectiva muy particular, pero eso no significa que la literatura sea sólo escritura estable y estilizada).

3. Las transformaciones tecnológicas tienen, en ultima instancia, implicaciones políticas.

Sólo si se atienden las lecciones de la historia se hacen legítimos los intentos de predecir posibles desarrollos e implicaciones a partir de una lógica tecnológica dada, pero también la visualización de sus peligros. Para el caso del hipertexto, esto significa que, como propone Chartier, la capacidad de ubicarse en una historia de larga duración (la del soporte escritural) hace lícito el ejercicio de estimación de las reconfiguraciones que se llevarán a cabo y de los riesgos concomitantes.

Temas relacionados

Una historia de larga duración - Reconfiguraciones del texto

 
Universidad Javeriana - El relato digital - Jaime Alejandro Rodríguez - Foro abierto