Rayuela, Derecho y Filosofía

Iván Darío Muñoz Quevedo
Filosofía
Universidad Nacional
Bogotá D.C.
 
 

CuadrantePhi No. 11

 

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Antes de entrar en materia, es mi deber advertir al lector respecto a tres cosas: primero, en el presente artículo no trato de responder a la pregunta ¿qué es el derecho? aunque algunos fragmentos pueden verse como aproximaciones a tal cuestión; segundo, no trataré de argumentar a favor o en contra de posición alguna, simplemente trataré de exponer una postura cuya conveniencia y coherencia podrá juzgar el lector, y; tercero, he tratado de omitir la referencia a cuestiones técnicas del Derecho, ello porque considero que mi conocimiento del mismo es superficial (recuérdese que no soy abogado).

 

I. Rayuela y Derecho, una analogía

 

“Golosa”, es el nombre más común del juego. Algunos lo llaman “Rayuela”. Consiste en una prueba de habilidad psicomotriz en la que un jugador lanza un objeto sucesivas veces sobre un tablero, compuesto éste por varias líneas que delimitan ciertas áreas, con el objeto de recorrer una por una tales áreas, saltando en un solo pie. Las reglas no son muy difíciles, y entre ellas se incluye: está prohibido caer dos veces consecutivas sobre la misma área; está prohibido que el pié que no está siendo usado como punto de apoyo toque el piso durante la operación; está prohibido caer sobre el área dentro de la cual cayó el objeto arrojado antes de comenzar a saltar y; está prohibido pisar cualquiera de las líneas que delimitan el tablero. No creo que necesite enumerar la totalidad de las reglas de la Rayuela, pues se trata de un juego que todos conocemos y que seguramente hemos jugado en algún momento de nuestras vidas. Aquellos que lo jugamos recordamos haber estado envueltos alguna vez en una conversación como la siguiente:

 

Niño 1 : ¡Perdiste!, ¡pisaste la raya!

Niño 2 : ¡No es cierto!, ¡no la pisé!

Niño 1 (muy alterado) : ¡Sí!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí la pisaste!

Niño 2 (gritando): ¡No!, ¡no!, ¡no!, ¡no la pisé!

Niño 1 : ¡Que sí!, ¡y aquí está la prueba! (señalando un borrón en la línea prolijamente dibujada con tiza blanca -robada del colegio- sobre el asfalto negro de la calle)

Niño 2 : ¡Que no!, ¡ese borrón lo hiciste tú en el turno anterior cuando perdiste!

Niño 1 : ¡Que sí!

Niño 2 : ¡Que no!

 

Si la discusión terminaba convenientemente para ambos, el juego se daba por terminado y cada uno de los niños se marchaba, seguro de ser el ganador (al menos “moralmente”, diríamos hoy); pero era frecuente que uno de los dos niños estallara en llanto y corriera a los brazos de su madre a acusar al otro (o tal vez a la alcoba de su hermano mayor demandando una golpiza para el otro); o que el niño más grande amedrentara al otro amenazándolo con golpearlo; en fin, el punto es que un juego aparentemente bien determinado en sus reglas, no resultaba ser tan claro a la hora de aplicar las reglas a ciertos casos límite. Si ese caso no es suficientemente claro, piénsese en el caso en que el jugador en turno lanza el objeto hacia el tablero y éste, que para nuestro ejemplo resulta ser una roca no muy fuerte, se divide en dos al golpear el suelo (o incluso antes, para hacer el caso más problemático). Uno de los fragmentos queda, efectivamente, en la casilla en la que el jugador en turno deseaba que quedara, pero el otro no. ¿Es válido o no el lanzamiento?, ¿podemos decidir eso apelando a las reglas del juego? Parece que no es posible tomar una decisión sin acudir a criterios diferentes al conjunto de reglas que más arriba habíamos enunciado. La pregunta es ¿fallan las reglas? No, las reglas no fallan, más aún las reglas de la rayuela son, efectivamente, muy claras y precisas. Ambos niños estuvieron de acuerdo al iniciar el juego (tal vez no explícitamente, pero eso no es relevante) en que pisar cualquiera de las rayas que delimitaba el tablero redundaría en la pérdida de la oportunidad para finalizar el recorrido por el mismo, y estuvieron de acuerdo en que el objeto arrojado debería caer en la casilla deseada para comenzar a desplazarse por el tablero. La reglas nunca cambiaron, el problema surgió en el momento de la aplicación de las reglas, pues cada uno de los niños se utilizó a sí mismo como criterio, obedeciendo a intereses personales. Las reglas podrían ser aplicadas sin problemas, si se contara con un criterio objetivo que permitiera determinar si, para el caso del primer ejemplo mencionado, el niño 2 realmente pisó la raya (o si, para el segundo caso-ejemplo, el lanzamiento es válido o no) . En el mejor de los casos, quien pisaba la raya lo aceptaba sin problema, pero dado que no todos los casos son el mejor de los casos, en ocasiones se hacía necesario recurrir a una tercera persona (otro niño o un adulto) que hubiera presenciado el hecho y fuera capaz de aplicar objetivamente la regla. Ello presuponía, idealmente, dos cosas. Primera, que la tercera persona fuera imparcial y; segunda, que los otros dos niños se sometieran a la decisión del tercero sin objetarla.  

Tal vez el lector se esté preguntando qué tiene que ver, según el autor, la Rayuela con el Derecho. Pues con premura respondo tal interrogante: la mayoría de sociedades humanas no difieren mucho, esencialmente, de la Rayuela. Más aún, en general, toda sociedad humana es muy similar a un juego bien establecido. Cuando un grupo de personas convenimos en vivir juntos, compartiendo un espacio y unos recursos bien determinados, acudimos a (o creamos) un “tercero”, alguien con un criterio objetivo, justo e imparcial, que nos facilite la resolución de los conflictos que puedan surgir entre aquellos que pactamos tal convenio. En general, a ese tercero lo llamamos “Estado”, y a ese criterio lo llamamos “Derecho” [1].

 No estoy sosteniendo que el derecho pueda ser entendido literalmente como un simple juego. Pero sí creo que en algún sentido analógico el derecho es un juego; uno intrincado, pero un juego al fin y al cabo. Las dos razones principales por las que digo esto son: primero, que en tanto el derecho puede entenderse como un conjunto de leyes y preceptos destinados a regular los comportamientos individuales que puedan afectar al todo social, puede entenderse también como un sistema de reglas determinadas (tales como las que definen un juego), en el más estricto sentido formal. Y, segundo, que tanto en el derecho como en los juegos, se presentan situaciones no predichas por las reglas, y cubiertas someramente por ellas, que deben ser analizadas y tratadas con coherencia respecto al sistema total. Así, el derecho puede ser entendido como una unidad conformada por ciertas reglas, las herramientas para su aplicación, y unos individuos capaces, no solo de seguir las reglas y aplicarlas, sino de modificarlas y crearlas cuando sea necesario, ajustándose siempre al objetivo general del sistema (social): el bien común. Los abogados pertenecen a ese conjunto de individuos, haciendo la salvedad de que podríamos dividirlos en dos subgrupos. Por un lado los abogados que ejecutan el derecho, en el sentido en que se limitan a reproducir y manipular las reglas a su antojo sin analizar ni tener una ética bien definida, creyendo que su profesión tiene como objetivo el lucro personal; y, por el otro, los abogados que ejercen el derecho, aquellos que realmente entienden que su labor en la sociedad es un servicio que requiere de un gran compromiso, un compromiso que implica muchas cosas, entre ellas análisis, autonomía, ética, y sentido social.

Es éste último grupo sobre el que quiero fijar mi atención en este artículo. La pregunta clave respecto a ello es “¿cómo formar este tipo de profesionales del derecho?” La aparición en este artículo de tal pregunta (y, de hecho, la aparición de este artículo) obedece también a dos razones, por un lado la creencia en que el compromiso de de una facultad de derecho (cualquiera sea ésta) es formar abogados que ejerzan el derecho y no que simplemente lo ejecuten (en el sentido antes mencionado); y, por el otro, el hecho de que, en calidad de miembro activo de esta sociedad me siento profundamente comprometido con el desarrollo efectivo de una respuesta a la misma.

 

II. Filosofía en el derecho, una necesidad

 

Decía más arriba que es posible ver el derecho como un juego puesto que, primero, es concebible como un conjunto de reglas bien determinado, y, segundo, en cuanto sistema de reglas está sujeto a la aparición de casos que exceden la determinación de tales reglas. Pues bien, en materia de aprendizaje del derecho, considero que lo primero, por una parte corresponde a los saberes adquiridos en asignaturas que llamaré “clásicas”[2] del derecho, cuya mecánica, dados sus contenidos, ha obedecido tradicionalmente a un esquema de cátedra en el que el estudiante aprende el saber que ha sido construido por otros (incluso sin involucrarse mucho en su comprensión), y, por otra parte justifica el estudio de lógica formal en la carrera de derecho. Y considero que lo segundo corresponde al aprendizaje (en el sentido más práctico de la palabra) constructivo de un saber, esto es, a la construcción y comprensión de ciertas herramientas de manejo del derecho, por parte del estudiante mismo, ya no como un proceso de adquisición, sino como un proceso de creación. Es en este aspecto que es importante desarrollar en el futuro abogado las habilidades de análisis, de comprensión y de cuestionamiento, propias del hombre en tanto tal. Y es allí donde entra a jugar un papel muy importante la filosofía.

Pero, y considero esto el tema central del artículo, no me refiero a la filosofía como un saber hermético y dogmático, formulado en términos incomprensibles para la mayoría e inalcanzable para el común de las personas; pues tal es la imagen que de la filosofía se ha formado, en parte por culpa del arcaico y errado método de enseñanza de la misma en todos los niveles (escolar y universitario[3]), y en parte por el aislamiento en el que se sumen buena parte de los filósofos, dado el nivel de especialización de su pensamiento. Me refiero a la filosofía en el más literal de los sentidos. Hablo de la filosofía como amor al saber, al conocimiento. El filósofo surge en la antigua Grecia, hacia el siglo quinto antes de nuestra era, en oposición al sabio. Éste quería tener mucha información respecto al mundo; aquél no quería una información definitiva, pues ello representaría un estancamiento en el pensamiento, lo que quería era un continuo movimiento de preguntas, un continuo dudar que forzara al individuo a indagar, a explicar, y a preguntar de nuevo. Para los primeros filósofos el conocimiento era acción e investigación, y no simple adquisición de información, él no quería contemplar y conocer todo el mundo, sino, al menos, entender un pedacito de éste. El filósofo veía el conocimiento como un proceso eternamente mutable, y no como un resultado estático. En ese orden de ideas, la genuina actitud filosófica es la del niño pequeño que es incansable en su indagación por las causas de los fenómenos que lo rodean, y formula hipótesis (aunque a nuestros oídos parezcan insensatas) que comprueba y revalúa constantemente, generando así un sistema de creencias fuerte y cohesivo. Lastimosamente, en un proceso paulatino entre la niñez y la adolescencia, esa actitud desaparece en la mayoría de seres humanos de nuestra sociedad, que se convierten entonces en perfectos candidatos para la comunidad de personajes que se conforman con lo que les dice la modelo en la televisión y no se cuestionan nunca sobre lo que pasa a su alrededor, permitiendo a otros tomar las decisiones por ellos, y dominarlos a su antojo.

Es en ese sentido que creo que los estudiantes universitarios deben estudiar filosofía. En el sentido en que deben hacer filosofía, deben recuperar la actitud de niños inquisidores, deshaciéndose de prejuicios y dogmas que bloquean su pensamiento y su desarrollo como profesionales y como seres humanos. La asignatura de filosofía debe ser un espacio para el fomento del pensamiento. Un espacio en el que el estudiante desarrolle sus habilidades de análisis y, especialmente, se cuestione sobre sus creencias, sus principios rectores (su ética, su moral), y la manera como éstos determinan su vida, su papel en la sociedad, y su desempeño como profesionales[4].

Más aún, la asignatura de filosofía, en el ámbito universitario, no debe limitarse a ser un espacio para entrenamiento del pensamiento. Debe ser, además, un espacio para la presentación de la teoría, y la construcción, por parte del estudiante, de un metasaber de su propio saber, un saber sobre su saber; un saber que le dé herramientas para revaluar constantemente sus creencias de acuerdo a un sistema que sea coherente, no sólo con sus posiciones éticas, sino con el todo social en el que se inscribe; y que además le facilite los instrumentos para fortalecer sus esquemas argumentativos. En la medida en que el estudiante sea consciente de la manera como el hombre construye conocimiento; de la manera como surge una creencia; de las diversas maneras como es posible comprobar una hipótesis; de los diversos criterios de verdad que deben ser tenidos en cuenta a la hora de convertir una creencia en conocimiento; de la importancia de tener control sobre su sistema de creencias, de modo que no permita la imposición arbitraria de creencias por parte de elementos externos (y con motivaciones personales); de la importancia de la unidad y la unicidad de tal sistema de creencias, y, sobre todo; de la importancia de la constante revaluación de tal sistema, será no solo un mejor abogado, sino también un mejor ser humano, uno de esos que no “traga entero” y tampoco quiere “hacer tragar entero” a los demás.

Por ello es también muy importante el papel del docente de filosofía en las asignaturas del mismo nombre. Es clave que el docente sea un acompañante, un guía en el proceso que debe ser llevado a cabo por el mismo estudiante, y no un recitador de nombres, posturas y doctrinas. Lo importante no será que el estudiante sea capaz de reproducir la teoría epistemológica u ontológica de determinado autor, lo verdaderamente importante será que el estudiante esté en capacidad de cuestionar tales teorías y de adaptar alguna de ellas, o crear la suya con base en el entorno social y cultural en el que se desenvuelve como humano y se desenvolverá como profesional. El estudiante debe estar en capacidad de discutir, de argumentar a favor y en contra de una postura, y, por supuesto, debe ser capaz de aceptar su error en una postura y recibir con beneplácito las críticas que le ayuden a detectar problemas la misma.

En pocas palabras: si el derecho es similar a un juego y algo característico de algunos juegos es que existen casos que no están cubiertos por las reglas, entonces un abogado no debe ser simplemente un ejecutor de normas, sino que debe estar en capacidad de generar normas. En otras palabras, un abogado debe ser un legislador en potencia. Pero un abogado sólo puede ser un potencial legislador (y en general un legislador sólo puede ser un buen legislador), si comprende cuál es la naturaleza de las leyes, qué papel desempeñan en la sociedad, por qué las necesitamos (si es que las necesitamos), qué nos lleva a generarlas y, en general, un abogado sólo podrá ser un buen abogado en tanto conozca su papel en la sociedad, en tanto sepa qué nos lleva a asociarnos y qué es lo que estamos buscando respecto a la asociación cuando generamos leyes.

 

III. Un llamado por el retorno a la filosofía

 

En esa medida, se busca rescatar la asignatura de filosofía como un espacio para la formación de ciudadanos (labor ésta que se puede extender a la asignatura de filosofía en el ámbito escolar), de modo que deje de ser una simple “costura” (como se le concibe en argot popular) y recupere el papel de preeminencia que debería tener dada su utilidad en la formación del pensamiento del cualquier ser humano.

Es esa la idea que se debería tener –según este artículo propone– de la filosofía en las Facultades de Derecho. Son esas las velas que deberían empujar y guiar la generación de las asignaturas de filosofía para estudiantes de Derecho, y son esos, además, los principios rectores que deberían ser tenidos en cuenta en el momento de la elaboración de los programas de tales asignaturas. Pero más allá de eso, desde esta tribuna quiero abogar por la extensión de esta propuesta a todas las carreras profesionales que puedan existir. Obviamente no estoy exigiendo ni solicitando un cambio inmediato en los programas de todas las carreras, simplemente estoy haciendo un llamado para que, paulatinamente, se generen los espacios adecuados para fomentar la discusión, el análisis, y el pensamiento argumentativo en los estudiantes, para que las universidades entreguen a la sociedad colombiana, no solo excelentes profesionales, sino además seres humanos éticos y coherentes.

Bogotá, D. C., septiembre de 2003

 

 


[1] Para completar la analogía. Si el lector ha sido observador, recordará que cuando mencionamos algunas de las reglas de la rayuela, las enunciamos en un formato de prohibición, resaltando, justamente, las palabras “está prohibido”. Tal prohibición en la Rayuela correspondería a la coacción en el Derecho. Se prohibe algo para que las relaciones sociales (tanto en el juego, como en la sociedad) continúen siendo armoniosas (y siga habiendo juego, o sociedad).

[2] No en un sentido peyorativo, sino en el sentido en que tales materias constituyen la columna vertebral, si no el cuerpo todo, de los programas de la carrera de Derecho en la mayoría de universidades del país, puesto que son consideradas esenciales en la formación del abogado.

[3] Me refiero, por supuesto, a la enseñanza de la filosofía en carreras distintas a la misma filosofía.

[4]Claro está que creo también que tal espacio debería darse mucho más atrás en la historia personal del estudiante. Y no hablo sólo del ámbito escolar, sino incluso del ámbito familiar previo al ingreso al colegio. De hecho creo que no deberíamos permitir la desaparición de la actitud que he llamado de “niño inquisidor”.

 

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