La guerra perpetua

Germán Bula
Filosofía
Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá D.C.
 
 

CuadrantePhi

No. 09-10

 

Comentarios

 

Introducción

 

Algunos de ustedes me vieron el día de ayer en la biblioteca eclesiástica y en la noche en la biblioteca central buscando un filósofo para embutirle a mi ponencia de hoy. Anteayer había tenido una crisis con mi ponencia al decidir que, tal como estaba, no era filosofía sino que pertenecía más bien a la lingüística o a la ciencia política.

 

Finalmente no encontré ningún filósofo que se dejara embutir, por lo menos a corto plazo, pero si pensé en por qué quise leer esta ponencia en un coloquio de filosofía. Esta reflexión quedará al final de la ponencia e ilustra por qué este texto está dirigido a filósofos.

 

En lo sucesivo, voy a estudiar las propiedades de un discurso que llamaré discurso de guerra perpetua. Algunos problemas los encaramos a través de discursos que metaforizan al problema como un enemigo y la actividad de solución como una guerra. Esta no es una metáfora suelta y literaria, sino que implica un conjunto de metáforas y una manera de pensar y encarar los problemas. Llamo a estos discursos de guerra perpetua porque 1) los problemas así conceptualizados no tienen, de hecho, solución bélica y 2) el discurso es robusto en cuanto tiene formas de absorber tanto fracasos como críticas, de modo que ante unos y otras tan sólo se intensifica la guerra, en lugar de propiciarse un cambio de estrategia.

 

Es necesario enfatizar el efecto profundo que tiene la selección de metáfora sobre la acción, para lo cual echamos mano de la ciencia cognitiva: “La mente es una cosa inherentemente encarnada, el pensamiento es sobre todo inconsciente, el pensamiento es principalmente metafórico”. Así comienza el antifilosófico Filosofía en la carne[1] de Lakoff y Jhonson, un libro que explica algunos resultados empíricos del área de la ciencia cognitiva. A continuación, explicamos brevemente las afirmaciones recién citadas.

La mayor parte de los procesos cognitivos son inconscientes, en el sentido de inaccesibles e incontrolables por la conciencia. Estos son los procesos cerebrales que determinan lo que vamos a pensar conscientemente.

 

La mente es encarnada en un sentido fuerte. Lo que pensamos depende de la estructura de nuestro cerebro, de la manera en que están conectadas nuestras redes neuronales.

 

Pensamos, sobre todo, sirviéndonos de metáforas a nivel inconsciente. Estas metáforas inconscientes que utilizamos de manera recurrente, están encarnadas en la activación simultánea de diversos grupos de neuronas. Cuando dos grupos de neuronas se activan simultáneamente, es inevitable pensar determinados fenómenos sin usar determinadas metáforas; fenómeno y metáfora se han hermanado en nuestro desarrollo cognitivo.

 

Por ejemplo, en la infancia experimentamos, en repetidas ocasiones, un incremento de cantidad al mismo tiempo que un incremento en altura (amontonar libros en un escritorio, o la leche que va subiendo en el plato de cereal). La apariencia conjunta de ambos fenómenos en repetidas instancias hace que se activen simultáneamente redes neuronales correspondientes a estos dos eventos, que en la niñez ni siquiera diferenciamos. Más adelante reconocemos que altura y cantidad son dos cosas distintas, pero seguimos hablando y pensando con metáforas como “un alza en los precios”, “un bajón de azúcar”, etc. Hay que anotar que no entendemos estas metáforas a través de un proceso interpretativo sino que entendemos el sentido inmediatamente: ni siquiera reconocemos que se trata de metáforas.

 

La metáfora “cantidad es altura” es una metáfora simple, es decir, relaciona dos fenómenos. Existen también metáforas complejas, que se entienden en virtud de varias metáforas simples. Para poner un ejemplo extremadamente cursi, la metáfora “cantidad es altura” funciona junto con la metáfora “el amor es una cantidad” para hacer entendible la frase “mi amor por ti llega hasta las estrellas”.

 

El descubrimiento de que pensamos inconscientemente y a través de metáforas rinde corolarios familiares a la filosofía: el mundo que experimentamos está mediado por el lenguaje, el pensamiento es lenguaje, no nos podemos salir de nuestro propio lenguaje ni, por tanto, de nuestro mundo. La ciencia cognitiva proporciona cierta dureza, cierta inevitabilidad causal a estas afirmaciones.

 

Era importante enfatizar que la manera en que pensamos determina la manera en que obramos. Este punto, dicho así, suena obvio; sin embargo, su importancia se esclarecerá a lo largo de la ponencia. Pasamos a examinar un conjunto de metáforas que se están utilizando hoy en día, y las consecuencias reales y terribles que trae su uso.

 

Vamos a estudiar tres discursos hermanos: el de la guerra contra las drogas, el de la guerra contra el terrorismo y el de la guerra contra la corrupción. No todos los problemas son, metafóricamente, enemigos en una guerra. En los colegios no se le declara la guerra a la tardanza, ni en una ciudad se le declara la guerra a la suciedad. Cuando concebimos la solución de un problema en términos de guerra, pensamos también en una cierta forma de solucionarlo.

 

La metáfora no es aislada: no sólo se habla de la guerra contra el problema, sino que esta guerra se declara, se cierran filas y el fracaso es una derrota. Se toma prestado todo un aparato conceptual proveniente del campo de lo bélico. Por ejemplo: “el primer ministro chino Zhu Rongji declaró el domingo la guerra contra la corrupción y se comprometió a tomar acciones contra los funcionarios corruptos... Zhu prometió que no se tendrá piedad de nadie en el combate contra la corrupción”.[2]

 

Señalaremos cuatro propiedades de los discursos de guerra perpetua y sus implicaciones en cuanto a la forma en que buscamos solución a los problemas. 1) En un discurso de guerra perpetua, el problema se reifica como un enemigo y la estrategia de guerra consiste en destruir la reificación, un empeoramiento del problema se conceptualiza como un ataque por parte del enemigo; 2) se ve el problema como algo externo al sistema que ataca, y como una cosa en lugar de un proceso; 3) se crea un dualismo de “ellos contra nosotros” que deriva en una incapacidad para escuchar críticas y 4) se exagera el problema, con lo que se justifica el desvío de recursos de la sociedad para combatir la guerra.

 

Reificación

 

¿A quién se le declara la guerra? Al enemigo. El enemigo, por una parte, es el que no es amigo, el que no es de los nuestros. Por otra parte, el enemigo es el malo (mientras nosotros, por supuesto, somos los buenos). Tratemos primero este último aspecto.

 

En los discursos de guerra perpetua, el problema aparece como un mal absoluto que debe ser deplorado cada vez que se menciona (este terrible mal, este odioso flagelo, etc). Miremos, por ejemplo, la figura del flagelo: “Bolivia debe seguir con sus planes de erradicación de cocales para librarse del flagelo del narcotráfico que hoy castiga con especial dureza a Colombia... Esos son requisitos indispensables para... erradicar el odioso flagelo del terrorismo...”

 

Notemos que el flagelo castiga. Como en el caso de la guerra, no se trata de una metáfora suelta, sino de un conjunto de metáforas que se trasladan del campo de la tortura. El flagelo es un instrumento de tortura. Es decir, no sirve para nada bueno, es el instrumento de demonios y sadomasoquistas y esta hecho para producir dolor. El problema (trátese del narcotráfico, la corrupción o el terrorismo) sufre dos transformaciones: se reifica y se convierte en lo peor del mundo, en un mal absoluto.

 

Al mal absoluto se le odia. Es decir, se le quiere destruir (a los problemas, por el contrario, se les quiere solucionar). Pero a un proceso no se le puede pegar un tiro, no se le puede destruir como se destruye un objeto físico, ¿cómo romper un ciclón? Por lo tanto, la destrucción se encamina no hacia el proceso sino hacia algunas cosas que lo simbolizan.

 

Es así que una avanzada en la guerra contra el narcotráfico quiere decir aumentar penas a consumidores o vendedores, o destruir más plantaciones. Es así como el terrorismo se combate matando terroristas. El odio, en fin, a “los corruptos” resultará en más años de condena a quienes sean pescados, “mano dura contra la corrupción”. El odio no se preguntará por qué son tantos los corruptos, tantos que en las cárceles no caben sino unos cuantos chivos expiatorios (mientras los demás andan libres gracias a la corrupción).

 

A veces hay metáforas mixtas, en la siguiente cita un látigo tiene tentáculos: “Centroamérica debe adoptar políticas mancomunadas contra el flagelo del narcotráfico, cuyos tentáculos amenazan la región”.

 

Entonces a la reificación hay que añadir el zoomorfismo. Y tomando en cuenta que el flagelo castiga, como por voluntad propia, también el antropomorfismo. Estas dos últimas características se hacen necesarias en un discurso sobre el mal absoluto. El problema que se combate no es meramente inconveniente, tiene que ser odioso, malvado; por eso tiene que ser un personaje, una persona o un animal. Es así que estos discursos se sirven de narrativas viejas y conocidas: la narrativa de la caza de la bestia, del jabalí, o la narrativa de vencer al enemigo demoníaco, a Lex Luthor o a Eskeletor.

 

Entonces, la primera característica de los discursos de guerra perpetua es que atacan al problema intentando destruirlo. Si resulta que el problema no es una cosa que se pueda destruir, se intenta por lo menos destruir algo, hacer algún daño (el glifosato, por ejemplo, si que hace daño).

 

Yo creo que todos aquí sabemos que, por ejemplo, el terrorismo es un proceso, un proceso que se fomenta matando terroristas. Si alguien tiene alguna duda, que consulte la historia de Algeria, y cómo este país logró su independencia[3]. La DEA no sabe lo que está haciendo, su metáfora para tratar a las drogas es errada, se ilustra señalando que el fin de la banda musical Grateful Dead hizo más para reducir las ventas de LSD que toda la destrucción combatiente de la policía[4].

 

Considerar al problema como un enemigo tiene otra consecuencia. Si nos está yendo mal, por ejemplo, en la guerra contra las drogas, concebimos el empeoramiento del problema como un ataque. En la lógica de la guerra, se responde a un ataque con otro ataque, o sea, se intensifica la guerra. Por lo tanto, el empeoramiento de los problemas no se ve como una señal de que se está usando una mala estrategia para resolverlos sino como un argumento para intensificar la misma estrategia.

 

Exterioridad respecto al sistema

 

La reificación de los problemas tiene otra consecuencia: la exterioridad del mal respecto a la sociedad en donde se presenta. Los “malos” de las distintas guerras siempre son “ellos”: los terroristas, los narcotraficantes, los corruptos, como si se tratara de un grupo de diez o quince personas que, una vez erradicadas, dejaran de producir el mal que simbolizan y éste se acabara automáticamente. Este “ellos” se opone a un “nosotros”: nosotros los ciudadanos honestos, nosotros los países democráticos, nosotros los que sólo tomamos alcohol. El mal queda plasmado como una exterioridad al sistema que ataca, como si el sistema fuera invadido por un mal del cual no es responsable. De forma similar, en una época se veían los sueños húmedos como invasiones demoníacas de íncubos y súcubos para negar la responsabilidad que de sus propios sueños tenían los cristianos que los disfrutaban.

 

Quisiera citar aquí una curiosa comparación entre los corruptos y los piratas, señalando que los piratas invaden el barco, son exteriores al barco, y no tienen lugar propio:

                       

Los corruptos públicos y privados, no sólo de México sino de cualquiera de las naciones de Latinoamérica... han perfeccionado formas de robar, enriquecerse, atracar, defraudar o corromper sociedades completas que van cayendo una por una ante el poderío de los modernos piratas... del siglo XXI, que si hacemos un balance objetivo, congruente y limpio, se llega a la conclusión de que estos modernos piratas sólo llevan desgracia y más miseria, dolor y enfermedades a granel...

 

En esta cita están un par de elementos que hemos venido señalando: el rechazo al problema como un mal absoluto y la plasmación del problema en un “ellos” separado del sistema. El punto es que “ellos”, los piratas, llegan a una sociedad y producen todos los males, como si la sociedad fuera sana y viviera feliz antes de su llegada.

 

La reificación de los problemas en los discursos de guerra perpetua es la que impide ver correlatos como los que hay entre desempleo y drogadicción, pobreza rural y cultivo de drogas, imperialismo político-económico y terrorismo, o el correlato entre un sistema de gobierno enmarañado, de difícil escrutinio y la corrupción institucional.

 

Buenos y malos

 

Decíamos arriba que hacer del problema un enemigo tiene dos implicaciones. La primera, que el problema es “el malo” y que quienes luchan contra el problema son “los buenos”. Ahora nos fijamos en las consecuencias de dividir el mundo en buenos y malos.

Yo soy bueno porque lucho contra el mal absoluto. Quien no lucha contra el mal absoluto no es bueno. Quien no lucha a mi manera (es decir, de forma guerrerista) no lucha contra el mal absoluto y por tanto no es bueno. Esta es la lógica que opera en los discursos de guerra perpetua.

 

Jesús dijo alguna vez, “quien no está contra mi, está conmigo”. Bush, por su parte, acusó a los españoles de ceder contra los terroristas “Quien no lucha conmigo, y a mi manera, está en contra mía, es de los malos”[5].

 

El dualismo concomitante al discurso de guerra perpetua tiene una importante consecuencia: no se escuchan las críticas. El crítico aparecerá como un agente del enemigo. No aparecerá como alguien que también quiere resolver el problema, sino como uno que carece de voluntad para enfrentarlo y quiere rendirse en la guerra.

 

Esto es patente en los debates en torno al terrorismo, donde hay un elemento adicional: toda duda será vista como flaqueza ante los terroristas, por lo que no debe haber ninguna crítica de ningún tipo ante la guerra. Y esto se llama patriotismo.

 

Pero el dualismo y la terquedad también son visibles en el debate sobre las drogas. Quienquiera que defienda la legalización de las drogas (es decir, solucionar el problema de las drogas enfocándolo como un problema de salud pública, no de orden público) caerá bajo la sospecha de consumir él mismo drogas, de beneficiar los intereses de los consumidores de drogas (él mismo y/o sus amigos) y no los de la sociedad. Se verá como alguien que quiere que aumente el consumo de drogas y no como alguien que quiere cambiar de estrategia para reducir el consumo.

 

El resultado de todo esto es que las políticas sensatas sólo se pueden enunciar en voz baja o sólo pueden ser enunciadas por antipolíticos, pues la pena por hablar es parecer un traidor a la patria.

 

Exageración

 

Al caracterizar el problema como mal absoluto, las consecuencias del problema se tienden a exagerar. Seguro que la corrupción es un problema, pero no creo que vaya tumbando sociedades una por una y trayendo miseria y enfermedad a granel. Es indudable que el terrorismo pone en peligro la vida de muchos occidentales, pero es absurdo suponer que amenaza la misma forma de vida occidental: racistas como Samuel Huntington quieren hacer de este conflicto uno entre oriente y occidente, ¿es que alguien puede sostener con franqueza que unos cuantos miles de extremistas con explosivos van a lograr que en Londres se viva como se vivía en Kabul bajo el régimen Talibán?

 

La exageración del problema es significativa porque así se justifica el desvío de muchos recursos para la “guerra”. A parte del costo a largo plazo, el costo inmediato en el que incurre el estado colombiano con las fumigaciones con glifosato es enorme[6], pero ningún costo es demasiado si se trata de combatir el horrendo flagelo que nos tortura...

 

Guerra perpetua

 

Los discursos guerreristas que he descrito son autoperpetuantes por dos características: su ineficacia y su robustez. Lo primero, por que atacan a un proceso como si fuera una cosa: el hombre en la calle lo dice: no atacan las causas del problema, es cosa de sentido común. Lo segundo, porque al concebir el problema como enemigo no se miran los fracasos sino como ataques del enemigo, lo que perpetúa y fortalece la guerra en lugar de debilitarla. También porque el dualismo concomitante a un discurso de guerra impide que se escuchen críticas. Entonces las agencias antidrogas dicen “el consumo ha subido, los precios han bajado, pero tenemos que seguir en la guerra contra las drogas, si les seguimos cascando duro van a ver que se acaba el problema.”

 

Podemos explicar un poco más saliéndonos del análisis del efecto cognitivo de las metáforas. Estos discursos autoperpetuantes son el producto de instituciones autoperpetuantes. La DEA, el FBI, las contralorías, quieren seguir existiendo, sus empleados quieren seguir devengando y teniendo poder. En el caso del terrorismo, el poder es muy claro. En los casos de la lucha antidrogas y anticorrupción podemos ilustrar un poco el poder: cuando un acto que todo el mundo comete se hace ilegal, la persecución del crimen sólo puede ser selectiva. Es imposible perseguir la corrupción o las drogas sin decidir de antemano a quién perseguir en particular. Por esto, al ente encargado de perseguir estos crímenes se le entrega el poder de decidir a quién perseguir. ¿Y a quién persigue? Sólo a los que odia o a quienes no le dan sobornos. A las instituciones les gusta el poder, y es lógico que apoyen discursos que alarguen su poder.

 

Además, los discursos de guerra perpetua niegan la responsabilidad de un sistema en la creación de los problemas. Como decía, no se ve la responsabilidad de una sociedad en la producción de drogadictos, de un gobierno en la producción de corruptos, de un orden mundial en la producción de terroristas. Esto es hipocresía, hay algo que se quiere ocultar: que la vida en el capitalismo tardío no es buena y que siempre estamos drogados en todo caso, o que hay injusticias entre países, por ejemplo.

 

El hombre primitivo atribuía sus enfermedades a espíritus malignos. Lo imagino tirado en el piso con retortijones tras comer kilo y medio de cerdo, preguntándose a qué deidad habría ofendido. Esa forma primitiva de ver la enfermedad es conveniente: le permite al hombre primitivo seguir atragantándose de cerdo. Las instituciones que luchan estas guerras de mentiras quieren seguir atragantándose de cerdo.

 

A los filósofos

 

¿Por qué me pareció adecuado para un coloquio de filosofía el estudio de los discursos de guerra perpetua? Como sabemos por los filósofos del giro lingüístico, y como ilustré de otra manera hablando de ciencia cognitiva, la propagación de un lenguaje, de unas metáforas, es lo mismo que la creación de un nuevo mundo.

 

Fue el pánico, la impotencia, lo que me llevo a escribir esta ponencia. A nuestro alrededor crece como mala hierba un nuevo mundo, un mundo en que afirmaciones que otrora sería identificadas como fascistas se han vuelto aceptables por la sociedad en general. Un mundo donde la forma guerrerista de pensar, un discurso robusto y con gran fuerza de propagación, amenaza con tomar el monopolio de nuestras estrategias para resolver problemas. El mundo que crece a nuestro alrededor es uno de guerra perpetua, de poder para las mentes enfermas que gustan de castigar.

 

Ante este nuevo mundo sentí pánico. Recurrí a una forma vieja y conocida de terapia filosófica: la genealogía. Al señalar el origen del discurso de guerra perpetua, su naturaleza intrínseca, le quito realidad. Al señalarlo como metáfora, lo convierto en metáfora. Puedo decir, con Nietzsche, este no es el mundo, es una metáfora, una creación transitoria, un armazón de mentiras útiles, útiles para los fascistas del siglo XXI.

 

Esto no acaba con el discurso, pero quizás identificar el enemigo es un primer paso. Sabemos, pues, que este mundo que crece a nuestro alrededor es metáfora,  quizás lo podemos combatir. ¿Con más metáforas? ¿Con una ética fundamentada, procedimentalista, racional, que combata la lógica narrativa del discurso de guerra perpetua? ¿O quizás no con más discursos sino denunciando, poniendo el pecho, actuando con las armas del dominado: la huelga y el terrorismo? ¿Qué pasa con Kant, cuando no es el respeto a la razón lo que mueve a los hombres, sino un discurso con una lógica propia, irracional y odiosa, que se expande salvajemente como el fuego por el pasto seco?

 

Esta es una pregunta para filósofos, no tanto porque sea teóricamente interesante sino porque los filósofos se dedican a hablar de ética y filosofía política, de Rawls y de Habermas y de Kant,  y aún de qué quiere decir Realpolitik y de Marx. Y Roma se quema mientras tocamos el violín. No estoy diciendo que haya que ser activista en lugar de filósofo. Solamente que si vamos a hablar de estos temas, de ética y política y racionalidad, tenemos que tomar en cuenta las llamas que nos rodean.

 

 


[1] LAKOFF y JHONSON, Philosophy in the Flesh, New York: Basic Books 1999.

[2] Todos estos ejemplos son sacados de una búsqueda en internet a través de Google, con los términos “guerra contra las drogas”, “guerra contra el terrorismo” y “guerra contra la corrupción”. No son sino muestras de un lenguaje que cualquiera aceptará que permea nuestra forma de pensar los problemas.

[3] En la década de los 60, después de que el gobierno Francés convirtió a un pequeño núcleo nacionalista en un movimiento nacional gracias a sus repetidas incursiones violentas en los ghettos argelinos.

[4] Esta banda dejó de dar conciertos a finales de los años 90 y este hecho coincidió con un declive en las ventas de LSD. La relación entre ambos fenómenos está coherentemente relacionada en medios de información alternativos. La verdad está disponible para aquel que sepa usar Google.

[5] Es curioso que la derecha religiosa ayude tanto a uno que es tan patentemente anti-cristo.

[6] Lo más costoso: que los campesinos alzan la cabeza y ven como el estado destruye su forma de vida. Es muy difícil que ese estado después vaya a pedirles confianza.

 

 

Bibliografía

LAKOFF y JHONSON, Philosophy in the Flesh, New York: Basic Books, 1999.

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