La obra, el autor y su público: comentario en torno a los prólogos de “Don Quijote”

Diego Antonio Pineda R.
Filosofía
Pontificia Universidad Javeriana
Bogotá D. C.
 
 

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Quizá lo que más claramente se pueda decir sobre el Quijote es que es un libro escrito desde, por y para la lectura. La lectura atraviesa el Quijote (o los dos Quijotes) de parte a parte. Se infiltra en cada línea y va “anudando sus hilos”. Se me podrá argüir con plena razón que todos los libros se escriben para ser leídos (u oídos). Pero lo que quiero resaltar es que el Quijote es el primer libro laico que expresa directamente y sin tapujos su intención: está escrito para ser leído “en masa” (con la relatividad que este término implicaría aplicado al siglo XVII), es decir, en busca de cualquier tipo de público.

Juan C. Rodríguez, en El escritor que compró su propio libro.

Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran Señor, ésta te escribo.
Ayer me dieron la Extremaunción y hoy te escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir

Miguel de Cervantes Saavedra, en la dedicatoria al Persiles.

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, esa portentosa obra de don Miguel de Cervantes cuyos 400 años estamos muy cerca de celebrar es, entre muchas otras cosas, un tratado de los libros, de la lectura, de la escritura y de la inmensa influencia que aquellas obras que amamos ejercen sobre nuestra vida; y es también, por la peculiar coyuntura en que fue escrito y publicado, una interesante reflexión sobre lo que significa ser el autor de una obra y el creador de un público.

Desde el primer capítulo de su Primera Parte se nos cuenta que nuestro héroe se empeñaba en entender todo cuanto leía en las novelas caballerescas; y que “con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello” (I, 1, p. 24)[1]. Se nos dice igualmente que discutió muchas veces con el cura de su pueblo sobre cuál era el mejor de los caballeros andantes y que, en fin, “se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio” (I, 1, p. 24).

Ahora bien. Si el Quijote es un libro de lectura, para la lectura y sobre la lectura, es también, a la vez, un texto que reflexiona no sólo sobre el acto de leer o de escribir, sino sobre él mismo como obra. Sorprende al lector, por ejemplo, que en su Segunda Parte no sólo los personajes (don Quijote, Sancho, Dulcinea, etc.) actúen como leyendas vivas que todos reconocen, sino que el libro se comente a sí mismo, como ocurre en aquel interesante pasaje en que don Quijote y el bachiller Sansón Carrasco comentan la Primera Parte de la obra.

- Ahora digo –dijo don Quijote- que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a escribirla, salga lo que saliere, como decía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: “Lo que saliere”. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido que era menester que con letras góticas escribiese junto a él: “Éste es gallo”. Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

- Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes que apenas han visto algún rocín flaco cuando dicen: “Allí va Rocinante”. Y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote; unos le toman, si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico.

- A escribir de otra suerte –dijo don Quijote- no fuera escribir verdades, sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa, (…). En efecto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios. (…) La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la verdad está Dios en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.

- No hay libro tan malo –dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.

- No hay duda en eso –replicó don Quijote-; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.

- La causa deso es –dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos sin haber dado algunos propios a la luz del mundo (II, 3, pp. 34-35).

He aquí, pues, algunas de las cosas que preocupan a Cervantes puestas en boca de sus personajes: ¿qué tanta claridad podrá encontrar el autor en su obra y en qué medida ésta requiere de un cierto comentario?, ¿qué tanto efecto ha tenido ella sobre los hombres comunes y, por ende, qué tanto es posible que la lean y la compren?, ¿en qué medida la obra se presenta a su público como gustosa y honesta?, ¿cuánto hay en ella de verdad histórica y cuánto de invención poética?, ¿qué tan acertada fue haberla entregado a la imprenta, en donde mueren tantos libros? Muchas de tales preocupaciones son eminentemente prácticas, pues Cervantes es un hombre pobre que, después de muchos años de sufrimientos y derrotas, ha alcanzado siendo ya viejo la gloria literaria; y, sobre todo, es alguien que depende de la venta de sus libros para poder vivir.

Y, sin embargo, hay en todo esto algo más que necesidad práctica. Está el nacimiento de un nuevo tipo de obra, la novela, que Cervantes reivindicará como suya; el surgimiento de una nueva conciencia de autor, que Cervantes expresará con particular fuerza en el modo como presenta y defiende sus escritos; y, también, la aparición de un nuevo lector, de un nuevo público, que Cervantes no sólo saluda con regocijo sino que él mismo ayuda a crear. ¿Cómo son esta nueva obra, este nuevo autor y este nuevo público? Intentaremos mirarlo con cierto detenimiento a lo largo de este ensayo, en el que nos ocuparemos en hacer un comentario de los prólogos que Cervantes escribe para las dos partes de su obra[2]. Nos interesa subrayar especialmente la arraigada conciencia cervantina de estar creando algo enteramente nuevo y su pretensión de encontrar un lector independiente capaz de juzgar por su propia cuenta lo que el autor ofrece a su consideración.

El primer gran aviso de lo que Cervantes pretende con su obra nos lo ofrece ya en la dedicatoria al duque de Béjar:

En fe del buen acogimiento y honra que hace vuestra excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado sacar a luz al Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel preciso ornamento de elegancia y erudición de que suelen estar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, no continiéndose en el límite de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

Miguel de Cervantes Saavedra

Con frecuencia se pone poca atención en esta dedicatoria del primer Quijote, pues se le considera un mero formalismo. En una época en que no es posible acceder al mundo de la cultura más que si se consigue el patrocinio de un noble, Cervantes opta por poner, a la obra y a su autor, bajo la protección de un hombre lleno de títulos nobiliarios. Esa es la costumbre de la época y a ella se atiene nuestro autor, sin poner mucha atención en esto[3].

Hay aquí, sin embargo, algunos de los temas centrales que abordará Cervantes en sus prólogos. Aunque nuestra impresión primera al leer un texto como éste sea la de un terrible servilismo intelectual y personal, ya aparece allí un hombre que tiene una clara conciencia del autor autónomo que se arroga el derecho a reivindicar para sí su obra y que, a pesar de las múltiples dificultades por las que atraviesa, y de ser, como persona y como escritor, alguien de dudosa reputación, se determina a sacar a la luz su libro. Y, sobre todo, se nos presenta allí Cervantes como un autor que se considera tan original que ha elegido un estilo propio, lejos del acostumbrado, y que se caracteriza por su “desnudez”, por la falta de ornato. A través de esta primera dedicatoria, y mucho más del primer prólogo, se puede observar una tremenda crítica a lo que es la producción cultural de su época y especialmente a aquellos que, como Lope de Vega, juzgan y deciden qué es lo que debe ser escrito y publicado, a quienes califica de ignorantes e injustos.

No me interesa entrar aquí en la polémica sobre el significado de esta famosa obra de Cervantes, y ni siquiera en el asunto de los motivos que pudieron llevar a su escritura. Si se debe ver al Quijote como una crítica a la cultura de su tiempo, como la conciencia del fin de una época, como una obra meramente satírica o, incluso, como el resultado de alguien que necesitaba escribir simplemente como una forma de sobrevivir, no es algo que pretenda abordar aquí. Me interesa, más bien, clarificar el tipo de autor que es Cervantes tal cual él mismo se nos revela en los prólogos a las dos partes de su libro; el tipo de relaciones que, como autor, pretende establecer con su público; y el tipo de obra que pretende ser el Quijote, así como el público que ella misma se encarga de engendrar. Para comprender algunas de estas cosas, será necesario, por supuesto, volver sobre las condiciones en las cuales se escribió tanto el Quijote mismo como cada uno de sus prólogos. Veamos.

Se sabe con certeza que el 26 de septiembre de 1604 le fue otorgada a don Miguel de Cervantes Saavedra licencia real para que publicara El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, una obra en la que venía trabajando desde hacía casi diez años, que se imprimió entre septiembre y diciembre del mismo año y que, finalmente, se empezó a vender en Madrid en enero de 1605. Nada permitía presagiar el tremendo éxito que entonces alcanzaría este texto por completo novedoso. Y ello, en buena parte, porque, para esa época, Cervantes no sólo era un gran desconocido sino que incluso existían serias sospechas sobre su carrera literaria y sobre su vida personal.

¿Quién era, pues, ese Cervantes del prólogo de 1604? Antes que nada, un hombre ya bastante viejo, de por lo menos 57 años, que para entonces no había publicado nada de importancia, excepto La Galatea (1585), veinte años atrás. Podría decirse sin duda que, para la época, no era más que un escritor fracasado: aparte de La Galatea y unos cuantos poemas sueltos, escritos la mayoría como dedicatoria para los libros de otros escritores, y alguno que otro entremés, nada hacía pensar que fuera él la persona destinada a escribir la más importante obra de la literatura castellana y, sin duda, una de las más destacadas de la literatura universal. Él mismo, por cierto, reconoce esta condición de autor desconocido en un pasaje de su primer prólogo:

Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo, cuando vea que al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos, y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en los márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes, y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? (I, prólogo, p. 12).

Es claro que Cervantes teme la opinión que pueda formarse de su obra, que no está del todo seguro de que ella pueda agradar al público, y, sobre todo, que ha iniciado muy tarde su carrera literaria. A ello, sin embargo, hay que añadir un elemento adicional: Cervantes es un hombre excluido del movimiento cultural de su momento, dominado absolutamente por la figura siniestra de Lope de Vega. Muchas de las cosas que dice en este primer prólogo sólo son comprensibles en la medida en que él se sabe un marginal respecto de la cultura literaria de la época. Se sabe incluso que el 4 de agosto de 1604 Lope de Vega escribe a muchos de sus amigos una carta en donde intenta disuadirlos no sólo de la lectura del Quijote sino de que hagan cualquier “alabanza” de él, es decir, que se abstengan de escribir cualquier verso o comentario que acompañen a la obra.

Las sospechas que tiene Lope de Vega a lo mejor tienen algo de justificación, pues, a los ojos de muchos, Cervantes no sólo es un escritor tardío y fracasado, sino también una persona sospechosa. Su biografía es oscura y llena de elementos que mueven a la duda: vivió varios años como cautivo en Argel, ha pasado varias veces por la cárcel a causa de negocios turbios, sus hermanas, con las que vive, son objeto de comentarios poco favorables; su única hija, una hija natural, tiene también ciertos enredos amorosos y parece que a causa de ella muere alguien una noche al frente de la casa de los Cervantes en Valladolid. Sorprende, pues, que sea precisamente este personaje tan lejano y oscuro el destinado a escribir una obra de tal importancia, y sorprende especialmente el modo como se presenta a sí mismo como un autor original que reivindica para sí su obra y solicita para ella el juicio independiente y crítico de un lector de quien espera que la lea con detenimiento y especial cuidado. Comienza Cervantes así su primer prólogo:

Desocupado lector: sin juramento, me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir la orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. (…). Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes la juzga por discreciones y lindezas, y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso… (I, Prólogo, p. 11).

Desde estas primeras palabras se puede palpar ya el temple de ánimo en que fue escrito un texto como este primer prólogo: un hombre solitario, sin patrocinio alguno en el mundo de la cultura, decide publicar su libro, al que le ha dedicado tantos años, poniendo él mismo la cara directamente al público lector. No busca un seudónimo ni pretende que alguien se lo presente. El libro es su obra, y el personaje es su hijo. Y, sin embargo, ¿autor de qué? ¿Y padre de quién? Empiezan aquí las múltiples contradicciones en que se mueve el autor al presentar la obra a su lector desocupado. ¿Qué tipo de obra es? No sabe decirlo. Simplemente está ahí, desnuda, para que el lector la juzgue. ¿Quién es el personaje? Sin duda, alguien como él, que ahora sólo se declara su “padrastro”: el padrastro de un hijo seco, avellanado, antojadizo, etc. El tono altisonante de las primeras palabras de este prólogo empieza poco a poco a bajar y Cervantes a rebajar sus pretensiones. Ahora ve las contradicciones que hay en su obra. Lo que sorprende al lector es precisamente el modo como resuelve cada una de esas contradicciones.

Cervantes ha declarado la paternidad de su obra. Pero, ¿de qué paternidad se trata? ¿Ese personaje que ha creado, acaso no será también, como él, un hombre viejo cansado y fracasado que se niega a morir en el olvido? A pesar de las dudas que le asalten, sabe Cervantes, sin embargo, que una vez se emprende la obra no se puede ésta suspender hasta la feliz terminación. Y entonces afronta la batalla solitaria en busca de un público para su obra, el mismo público que el establecimiento literario de su época le negaba. Para la conquista de ese público habrá de recurrir a por lo menos tres argumentos básicos: el primero se referirá a las condiciones del acto creador; el segundo a la necesidad del juicio independiente del lector; y el tercero a la desnudez misma del acto creador. Veamos más despacio cada uno de estos argumentos o conjuntos de argumentos.

Cervantes no parece estar del todo seguro del juicio que hará su público lector, y por ello empieza por buscar disculpas si a éste no le satisface el resultado. Si al público no le satisface no hay nada que se pueda hacer, pues “en la naturaleza cada cosa engendra su semejante”. Cervantes sólo responde por lo que de él depende: por su parte ha hecho todo el esfuerzo porque su historia sea la mejor. Si no es así, el lector sabrá entender las condiciones en que su texto fue creado:

Y así, ¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento (I, Prólogo, p. 12).

El contraste que hace aquí Cervantes entre lo diferentes que pueden resultar la obra y el personaje que se engendraron en una cárcel y lo que puede esperarse de aquello que fue creado en condiciones propicias de soledad y silencio intenta resaltar, sin duda, que si la obra posee algún valor, éste habrá de verse acrecentado por las condiciones de su creación, lo que, a su vez, otorgará doble mérito a su autor. Cervantes parece haberse jugado el conjunto de la vida en un solo instante: o la gloria perenne o el olvido eterno. Sabía del valor de su obra y de su mérito como autor, pero estaba sometido, tanto él como su obra, a un público del que no sabría aún cómo respondería. Le ofrece, pues, al lector, algunos criterios para que juzgue su texto, pero se niega a implorar misericordia. Pide, más bien –y éste es el segundo gran argumento- el juicio independiente de su lector.

(…) no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte casi con lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres, pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el Rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto al Rey mato. Todo lo cual te exenta y te hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor a que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della (I, Prólogo, p. 11).

“Como otros hacen”. Más de una vez lo dirá Cervantes. No sigue aquí el modelo de nadie ni en la forma de escribir ni en la forma de dirigirse al público. Escribe como autor independiente y quiere ser juzgado por un lector independiente. Y esa actitud, la de la independencia de juicio, es la que reclama de su lector. Él no se oculta a su lector, antes bien se presenta en su desnudez, y espera que el lector tampoco se oculte ante él y que le deje conocer su juicio, aunque éste sea negativo o crítico. Le recuerda a su lector, además, que no tiene ningún compromiso con el autor de una obra y que, por eso, cuando haga su juicio, se sienta tan libre como se siente en su casa, donde ni siquiera el Rey gobierna, o tan libre como debajo de su manto, en donde incluso a este Rey podría matar.

Pide, pues, Cervantes de su lector transparencia, porque eso es precisamente lo que él se ha empeñado hasta el fondo demostrar en este prólogo. Y llegamos con ello al tercer argumento, y el más fundamental, de este primer prólogo: el de la desnudez del acto creador. Era un argumento ya anunciado en la dedicatoria al Duque de Béjar, a quien recuerda que presenta su libro “desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben”. Allí las palabras reflejan ironía; en el prólogo se habla de forma directa y llana: el ornato se presenta innecesario: “Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse” (I, Prólogo, p. 11).

El péndulo de las emociones cervantinas vuelve a oscilar nuevamente cuando recuerda lo difícil que para él ha sido saber la forma adecuada como habrá de presentar su obra a sus lectores. El Cervantes consciente de la autoría y del valor de su obra vuelve a ser nuevamente sustituido por el Cervantes que nos relata sus múltiples vacilaciones, y que hasta nos cuenta cómo él mismo, el autor del gran Quijote, ha experimentado con angustia el “síndrome de la hoja en blanco”:

Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribirla, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido… (I, Prólogo, pp. 11-12).

Nuevamente, sin embargo, sus vacilaciones le dan nuevos bríos para volver a remarcar no sólo su conciencia de autor original sino su decisión de hacer una obra que se caracterice precisamente por su “desnudez”, en clara contraposición, además, a las obras de la época, y especialmente a las de Lope. En la conversación con su amigo de que nos habla en el primer prólogo, Cervantes nos cuenta que se ha percatado de por lo menos tres cosas esenciales: en primer término, que su obra no requiere adorno alguno, y por ello ni está dispuesto a buscarlo ni presto a recibirlo; en segundo lugar, que la altura de su personaje ya le deparará a la obra los adornos que otros tienen que pedir prestados; y, en tercer término, que no tiene sentido andar buscando otros autores que digan por uno lo que uno es capaz de decir por sí mismo.

De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo o Zeuxis, (…) También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas, celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, (…) yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos (I, Prólogo, p. 12).

En esto radica precisamente la desnudez del acto creador: en que la obra valga por sí misma y pueda, por ello, ser sometida al juicio crítico de un público independiente; en que sus personajes alcancen vida propia y no tengan que tomarla prestada de quienes se especializan en poner adornos literarios casi siempre innecesarios; y en que el autor mismo sea capaz de decir lo que le corresponde sin tener que esperar la aprobación de otros. Cervantes ha decidido volver al mundo literario después de casi veinte años “en el silencio del olvido”, y lo hace desnudo; y asumiendo todas las consecuencias de su desnudez. Para ello se enfrenta a los usos literarios en boga y se juega todas sus cartas a una obra sin antecedente alguno concebida en la soledad de una cárcel.

Su decisión es absoluta, pero funciona. Cervantes no parece dispuesto a transigir en lo esencial: se la ha jugado con una obra y con ella espera llegar hasta el final. No le gustan por ello las soluciones fáciles y conciliadores que le ha sugerido el amigo de su prólogo: inventar unos sonetos y atribuírselos a algún personaje de lejanas tierras, poner algunas citas eruditas en latín, etc. Cervantes opta radicalmente por la desnudez de la obra y del autor; y, si hace referencia a todas aquellas costumbres literarias de su tiempo, es precisamente para mostrar la artificialidad de la producción literaria de su época al tiempo que la vanidad que caracteriza a sus autores. El mismo amigo que habla en su prólogo ha llegado a convencerse de que esta opción por la desnudez es lo mejor, y de que no habrá juicio más adecuado para una obra que el que pueda darle el propio público, que pueda a la vez educarse y deleitarse:

Y, pues, esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos, sin intrincarlos ni oscurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efeto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzárades, no habríades alcanzado poco (I, Prólogo, p. 15).

Soluciones, pues, para acomodarse a los usos literarios de la época habría muchas. Pero, ¿tienen sentido? De ninguna manera. Nada puede reemplazar al autor que se presenta al desnudo y con su obra desnuda, y que no espera de su obra más que de ella pueda surgir un personaje inmortal. En ello está todo el éxito de la obra, y a ese éxito es al que apunta Cervantes:

Verás, lector suave; (…) el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero; (…). Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no me olvide. Vale (I, Prólogo, pp. 15-16).

Y concluye con esto el primer prólogo.

Es claro que este primer prólogo resulta ser una interesante mezcla a la vez de humildad, ironía y orgullo. Cervantes se presenta “desnudo” ante el lector, pero empuña sus armas contra toda la empresa cultural de la época. Muchas de las cosas que dice son incómodas para el establecimiento literario y, sin duda, debió recibir reclamos de parte de quienes fueron objeto de sus dardos, como parece seguirse de un comentario suyo en el prólogo a las Novelas ejemplares. Pasarán diez años más para que aparezca de nuevo el viejo hidalgo recorriendo los campos de España. ¿Qué ocurrirá mientras tanto en la vida literaria de Cervantes?

Aunque no se sabe con exactitud por qué época empezó Cervantes a redactar la Segunda Parte de su Quijote, se puede decir que, tras la publicación de la Primera Parte, es que empieza efectivamente la carrera literaria de Cervantes, pues en el curso de pocos años publica algunas de sus obras más importantes: las Novelas ejemplares, el Viaje al Parnaso, los Trabajos de Persiles y Sigismunda, sus Entremeses, etc. Se calcula que debió ser hacia 1609 que Cervantes pudo empezar a bosquejar lo que sería la Segunda Parte del Quijote, pero se sabe que hacia 1614 (no debía llevar por entonces ni siquiera la mitad del libro) se apresura a concluirlo a causa de algo que cambia radicalmente el destino de la obra y que afecta de un modo radical tanto al autor como a su personaje: el 4 de julio de 1614 la diócesis de Tarragona concede licencia para la publicación de una Segunda Parte del Quijote bajo la autoría del Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, un oscuro personaje cuya auténtica identidad nunca se ha logrado establecer con precisión, aunque se suele suponer que era un sacerdote que se movía en los círculos de Lope de Vega.

Éste será el acontecimiento fundamental que marcará la escritura de la Segunda Parte del Quijote, no sólo porque Cervantes deberá responder al plagio escribiendo una nueva parte del “auténtico” Quijote (y, para evitar nuevos plagios, tendrá que asegurarse de acompañar a su personaje hasta la tumba), sino porque éste es el punto de referencia obligado de esta Segunda Parte, en donde parece empeñado el propio Quijote en mostrarse como personaje público y reconocido. Esto tal vez sea fundamental porque el Cervantes de 1615 ya no es el mismo hombre fracasado de hace 10 años. Si a lo mejor sigue siendo tan pobre como antes, ahora por lo menos puede gozar de la gloria literaria: sus personajes tienen vida y han empezado a ser parte de la historia, su obra se ha publicado ya muchas veces y se conoce en muchas lenguas, y él mismo ha logrado afirmar al máximo su conciencia de autor hasta llegar a decir sin el menor rubor: “yo he sido el primero que he novelado en lengua castellana”.

Lo anterior explica, sin duda, el tono enteramente diferente que tiene el segundo prólogo. Ahora Cervantes será a la vez desafiante y magnánimo. Desafiante porque ya no habla en general de los escritores de su época, sino que se va lanza en ristre contra uno en concreto: Avellaneda, ese personaje desconocido que trata como a un “don nadie” que “dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona”, de quien se defiende respecto a las acusaciones puramente personales, pues Cervantes se resiente por haber sido llamado “viejo, manco y envidioso” y a quien acusa especialmente de actuar en las sombras, de no poner la cara. Cervantes ahora se siente seguro, pues está en el colmo de la gloria: aparte del éxito de su obra y sus personajes, puede jactarse (como lo hace en la dedicatoria al conde de Lemos) de la invitación del Emperador de la China a que presida un colegio en ese viejo imperio en donde se aprenderá la lengua castellana a través de la lectura de su obra y, sobre todo, ha recibido uno de los más altos honores que puede esperar cualquier autor: el haber sido plagiado. Tanta seguridad de sí mismo como autor le permite sorprender al lector cuando le indica, al comienzo del segundo prólogo, que no espere que se comporte como alguien vengativo o amante de las riñas ante quien ha pretendido robar su obra:

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, (…). Pues en verdad que no te he dar ese contento; que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de hacer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma, y allá se lo haya (II, Prólogo, p. 13).

Estas palabras primeras, sin duda, respiran tranquilidad, la tranquilidad de quien está seguro del valor de su obra. Si su Quijote tiene ya su público lector, si las múltiples ediciones son el más fiel testimonio de su valor como obra, si incluso, puesto que alguien la ha plagiado, se le considera digna de imitación; ¿qué necesidad hay de defenderla? La obra se defiende por sí misma. ¿Qué importa, por ejemplo, que Avellaneda haya dicho que el Quijote es “una comedia”, y una comedia “en prosa”, como una forma de intentar quitarle valor literario, pues se consideraban éstos géneros menores en la época? La expresión de Cervantes al respecto no puede ser a la vez más magnánima y más despectiva: “castíguele su pecado, con su pan se lo coma, y allá se lo haya”.

Otra cosa, muy distinta, sin embargo, sucede cuando el asunto entra en el terreno personal, como lo hace Avellaneda en el prólogo a su “falso” Quijote. Cervantes recoge aquí cada una de las tres acusaciones y prepara una respuesta específica para cada una de ellas.

Lo primero que le molesta es que le llamen “manco”, y no tiene ningún reparo en recordarle, a Avellaneda y a su propio lector, que, en su caso, la manquedad se lleva con el orgullo del soldado que ha sabido combatir en Lepanto: “como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros” (II, Prólogo, p. 13). Y viene a continuación una exaltación de la vida del soldado que lucha por su patria y por su Rey semejante al famoso discurso sobre las armas y las letras del propio don Quijote. Cervantes aprovecha, pues, la ocasión, para reivindicar para sí un pasado glorioso, e incluso para intentar limpiar, ahora que es famoso y reconocido, la imagen oscura que de él se tenía hasta hace unos cuantos años.

La segunda ofensa que le lanza Avellaneda es la de “viejo”. Como ésta se refiere a un hecho físico tan incontestable como el primero, bastará con mostrar lo que resulta evidente: que, si se trata de escribir, la edad, lejos de ser un impedimento, parece ser la condición por excelencia: “y háse de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años” (II, Prólogo, p. 13). Y, con esta segunda respuesta, volvemos sobre el mismo punto: cada ofensa termina por volverse contra quien la lanza y, de rebote, sirve para engrandecer al propio Cervantes como autor.

La tercera acusación de Avellaneda, y la respuesta de Cervantes requiere comentario especial. Empecemos por recordar este interesante pasaje:

He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene, por añadidura, ser familiar del santo Oficio; y, si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa (II, Prólogo, p. 13).

¿A quién se refiere aquí Cervantes? Todo indica que a Lope y a los de su círculo, entre los que se encuentra Avellaneda. Es decir, a todos los que, además, de dominar la producción cultural de su época, los domina a tal punto su envidia que no pueden soportar la idea de que alguien por fuera de su círculo, alguien solo, se haya enfrentado a estos gigantes y los haya derrotado. Cervantes contraataca y no teme ahora argumentar ad hominem: Avellaneda hace el trabajo sucio que otro le ha encargado, Lope es hombre poderoso con el que no vale la pena meterse, y no quiere él problemas con el Santo Oficio. El comentario sobre la “virtud” de Lope no deja de cargar, además, su inmensa ironía, dada la vida disipada de este sacerdote poco ejemplar.

Al contraataque lo acompañan ahora el reto y la venganza. Cervantes no es ya el indefenso escritor, inseguro de sí mismo, del primer prólogo. Ahora tiene su obra y su público, que espera de él una respuesta, que espera que el que osó plagiarlo reciba su merecido. El reto no podrá ser ya el de los tiempos medievales, un reto a muerte ante el honor mancillado: bastará con pedirle que muestre la cara para poderle ver su propia aflicción. Y entonces viene su mensaje hacia Avellaneda, tomando por testigo al propio lector:

(…) sabiendo que no se ha de dar aflicción al afligido, y que la que debe de tener este señor, sin duda, es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado; que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer e imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanto fama; y, para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento (II, Prólogo, p.14).

Cervantes no duda en pedir la complicidad de su lector para plantear el reto a quien ha osado mancillar su obra, pues, aunque intente ejercer su defensa con la mayor elegancia que le resulta posible, no deja de lanzar dardos una y otra vez hacia todos sus enemigos literarios. Parece que hasta quiere burlarse de ellos a través de los dos cuentos enigmáticos (tan enigmáticos que aún nadie acierta a saber a qué vienen) que le propone al lector que le cuente a Avellaneda si, ¿por ventura?, pueda con él toparse. Cervantes contraataca, reta a su oponente e incluso se burla del autor que lo plagia en este prólogo. Sin embargo, no ejerce aún venganza. Ésta la reserva para las páginas de la Segunda Parte de su Quijote, en donde no dudará en poner al propio hidalgo en guardia contra quien pretende usurpar su nombre.

- ¿Quién es el que nos responde? –respondieron del otro aposento.

- ¿Quién ha de ser –respondió Sancho- sino el mismo don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen pagador no le duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno de ellos echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:

- Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia; sin duda, vos, señor, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego. Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don Quijote, y sin responder palabra comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo:

- En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podría temer que yerra en todas las demás de la historia (II, 59, p. 372).

¿Qué otra venganza mejor puede esperar Cervantes que la propia desaprobación de don Quijote? El personaje se vuelve aquí en defensa de su autor, como el autor se ha vuelto una y otra vez en defensa de su obra con la complicidad del público lector. La obra, el autor y su público se fundirán en uno solo en Cervantes… y esta unidad se conservará hasta la hora de su muerte, en que recuerda a aquel joven estudiante con quien pudo conversar en el camino de Esquivias:

En esto llegamos al puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos ganas de decilla, y yo mayor gana de escuchalla. Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burro, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos. Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que se convenía. ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida![4].

 

 

 

 

 

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Notas

[1] Utilizo la edición de El Quijote de Martín Alonso, publicada en Colombia por la Casa Editorial El Tiempo, 2001. Cuando cite pasajes del texto cervantino lo haré indicando si es de la Primera o de la Segunda Parte, el capítulo correspondiente y el número de página de donde cito, de acuerdo con la versión ya mencionada.

[2]Aunque pueda parecer extraño dedicarse a comentar dos prólogos, en vez del contenido mismo de la obra cervantina, hay por lo menos dos razones que a ello me mueven. En primer lugar, que los prólogos, que se suelen escribir al haber finalizado ya una obra, suelen contener una expresión concentrada de los principales supuestos en que se funda la obra, y allí el autor suele darnos cuenta de lo que le movió a escribir y de las circunstancias y avatares de su escritura. En segundo término, que me interesa aquí, más que la figura literaria del Quijote, Cervantes como autor: la actitud que él mismo tiene ante su obra, su relación con el lector, el modo como intenta crear su propio público, etc.
[3] Comenta al respecto Juan Carlos Rodríguez (2003, p. 430): “El prólogo o la dedicatoria al noble supone la necesidad de poner bajo su protección al autor y la obra. Generalmente, se espera una recompensa bajo una forma u otra. Pero Cervantes ‘sabía’ que esa recompensa no la iba conseguir prácticamente nunca. Quizá por eso la dedicatoria al duque de Béjar en el primer Quijote se ‘cae’ de la imprenta: o no hay tiempo para imprimirla o a Cervantes le importa poco su autenticidad. El caso es que, como se sabe de sobra, esa dedicatoria es prácticamente una reproducción de la que hizo Fernando de Herrera para el marqués de Ayamonte en su edición comentada de las obras de Gracilaso. Que la introdujeran los impresores o que fuera un recurso fácil de Cervantes es quizá lo de menos. Lo que acaso convenga resaltar es que la dedicatoria al noble, en este primer Quijote, a Cervantes apenas le importaba (o no le interesaba en absoluto). Lo que le importa es su prólogo al lector, como signo básico de su espejo inverso: el ser escritor que en el mercado necesita de un público”.

[4] CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Madrid, Castalia, 1969, pp. 48-49.

 

 

 

Bibliografía

CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, edición de Martín Alonso, publicada en Colombia por la Casa Editorial El Tiempo, 2001.

CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Madrid, Castalia, 1969.

 

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