Articulo: 35 años de una ética del sonido - Hoy en la Javeriana
35 años de una ética del sonido. Historia del nacimiento del Departamento de Música y Carrera de Estudios Musicales
Guillermo Gaviria
Profesor emérito de la Facultad de Artes, Pontificia Universidad Javeriana
El maestro Guillermo Gaviria narra cómo el deseo puro de nueve estudiantes de ser profesionales en música dio origen en la Javeriana a uno de los programas pioneros de Colombia.
Hace cinco años, al celebrarse el 30 aniversario, compartí con ustedes una luz: aquel hallazgo (Paul Cooper) en la biblioteca de la Universidad Nacional en 1974 que permitió entender que la música no eran las notas, sino la energía que las produce.
Hoy, al cumplir 35 años de esta gesta colectiva, esa luz se expande con fragmentos que estaban en la penumbra de los archivos y que ahora cobran un sentido pleno. Celebrar 35 años no es simplemente contabilizar tiempo; es asumir en la conciencia la génesis de nuestra identidad.
Si hace un lustro hablé de la teoría, hoy quiero hablar de la voluntad que hizo presencia mucho antes que la norma.
Nuestra historia tiene un pulso que se adelantó al decreto: aunque el Departamento de Música se creó en 1991 y la carrera de Estudios Musicales se aprobó oficialmente en noviembre de ese año, ya en agosto de 1985 habitábamos el “garaje”; un espacio donde la música empezó a pensarse de manera distinta a la pedagogía mecánica que imperaba entonces.
Allí, en la penumbra compartida de aquellos comienzos, germinó la semilla: una estudiante de Ingeniería (¡Leonor Convers!), integrante del Coro Javeriano de 1980, que decidió abandonar la seguridad de su camino para dedicarse a la música, y los ocho compañeros que reunió para dar forma a ese anhelo. Eran estudiantes de diversas instituciones que no buscaban un título; de hecho, ninguno llegó a graduarse formalmente en nuestra carrera. Tuve el privilegio de ser maestro y líder de aquel noneto fundacional; juntos constituíamos el primer impulso anacrúsico hacia la profesionalización de los estudios musicales.
Mi labor, entonces, como la de un director frente a una partitura inédita, no fue dictar verdades, sino canalizar esa energía colectiva que rompió la inercia de lo establecido.
En aquellos años de gestación, mientras explorábamos los límites del sonido, fue consolidándose el ADN de nuestro programa. En 1988 dejamos por escrito en nuestro Marco Teórico que el arte no es un adorno, sino una “educación del sentimiento” y un conocimiento objetivo del mundo. Nuestra lucha no fue solo administrativa; fue la batalla por el “criterio musical”. Exigíamos que la Universidad no solo aprobara un proyecto en papel, sino que entendiera que la formación de un músico requiere condiciones de aislamiento y acústica que son sagradas, pues nuestras instalaciones son laboratorios de la sensibilidad.
Decidimos entonces que nuestros maestros no serían los manuales, sino las obras mismas de Bach, Mozart, Stravinsky o Schoenberg: ellas eran, y siguen siendo, nuestro material fundamental de estudio.
Mi compromiso siempre ha sido ese: no transmitir información, sino proporcionar las herramientas para que cada alumno descubra la verdadera naturaleza del sentimiento humano a través del sonido.
Sin embargo, el camino hacia la institucionalidad fue una batalla contra el tiempo. Tras años de rigor, llegamos a 1991 con una estructura académica sólida, pero sin un lugar jurídico propio. Recuerdo con nitidez el 11 de junio de aquel año. Ante la lentitud de los procesos, acudimos a la oficina del vicerrector académico, el padre Jairo Bernal, SJ. Allí, tras exponer seis años de esfuerzos y avances, le manifesté una decisión dolorosa pero necesaria: si la Universidad no tomaba el paso definitivo, yo tendría que buscar otro lugar para el proyecto.
La respuesta del Vicerrector fue el “acorde” que resolvió la tensión acumulada de aquellos años: “No, maestro, creamos el Departamento de Música hoy mismo”. Ante mi asombro, él mismo buscó en su biblioteca un cuadernillo azul y me señaló el parágrafo que le otorgaba esa facultad. En ese instante, lo que había sido un sueño de garaje se convirtió en una realidad institucional.
Hoy, al contemplar nuestros modernos edificios, es fácil perderse en lo visible. Sin embargo, la esencia sigue latiendo en ese espíritu de resistencia intelectual del garaje.
Como nos enseña el compositor György Kurtág: “existe un objetivo, más que un camino; lo que llamamos camino es la vacilación”. Nuestra carrera no nació de un decreto; nació de aquel gesto de libertad, compartido con el noneto, que nos enseñó entonces que la música es, antes que una profesión, una forma ética de estar en el mundo.
Celebramos hoy que, tras 35 años, los estudiantes entran por esa puerta con la misma sed de aquellos que decidieron que la música merecía ser rescatada del anquilosamiento para ser pensada, por fin, de otra manera.











