Articulo: La espiritualidad que se vive cuerpo, memoria y comunidad - Hoy en la Javeriana
La espiritualidad que se vive: cuerpo, memoria y comunidad
Por: Alejandra Poveda González
Coordinadora de Promoción y Comunicaciones
La espiritualidad cristiana se expresa en el cuerpo, los vínculos, las heridas y la memoria. Esa mirada fue el eje principal del Primer Congreso de Estudio de la Espiritualidad Cristiana Vivida en América Latina y el Caribe, realizado en la Universidad Javeriana.
Pensar la espiritualidad desde la experiencia cotidiana cambia el punto de partida. Ya no se trata solamente de doctrinas o prácticas devocionales, sino de reconocer lo que ocurre en la vida de las personas y las comunidades como un lugar para la reflexión teológica.
Durante el Congreso esta mirada apareció de distintas formas. Se habló del sufrimiento, la pérdida, el abandono, la esperanza, el cuerpo, las mujeres, los jóvenes, las comunidades, la pobreza, las violencias, los pueblos indígenas y el diálogo entre religiones. Temas distintos, pero unidos por una misma pregunta: ¿cómo se manifiesta la experiencia de Dios en la historia concreta? Para abordarla, la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana reunió distintas perspectivas para reflexionar sobre la experiencia de Dios en los contextos históricos, culturales y eclesiales de América Latina y el Caribe, en el encuentro que se desarrolló del 28 al 31 de julio.
Uno de los énfasis del encuentro fue reconocer la experiencia como una fuente legítima de conocimiento teológico. La espiritualidad, desde esta perspectiva, puede verse como un proceso que transforma la existencia y que se expresa en decisiones, relaciones, prácticas y formas de construir comunidad.
Esto implica también mirar de frente la fragilidad humana. Patricia Moreno Becerra, profesora de la Universidad Iberoamericana de Ciudad de México, planteó que sanar el abandono puede transformar el vacío en un espacio de autonomía relacional. Mientras que Juliana Andrea Martínez Blanco, profesora de la Facultad de Teología de la Javeriana, señaló que, en medio de la pérdida, la espiritualidad puede abrir nuevamente un espacio para la esperanza.
La experiencia espiritual, entonces, no aparece como una forma de escapar de las dificultades, sino como una manera de atravesarlas y encontrar nuevos sentidos. Esta comprensión abrió además un diálogo con disciplinas como la psicología, la pedagogía, la historia, las ciencias sociales y los estudios culturales.
Un cuerpo que también habla de Dios
Otro de los ejes fue el cuerpo. Las ponencias de los invitados mostraron que la espiritualidad también está presente en la vulnerabilidad, el cuidado, el sufrimiento, la enfermedad y otras experiencias de la vida cotidiana.
Desde esta mirada, el Congreso recuperó la Encarnación como fundamento de una espiritualidad que reconoce la presencia de Dios en la corporalidad y en la historia de cada persona.
Las voces de las mujeres tuvieron un lugar importante en esta reflexión. Sus aportes mostraron saberes teológicos construidos desde experiencias de resistencia, esperanza y transformación, y también señalaron las violencias y exclusiones que históricamente han recaído sobre los cuerpos femeninos.
María Isabel Huerta Armenta, coordinadora editorial y de difusión de la Cátedra de Teología Feminista IBERO México, propuso reconocer a las mujeres como “morada de Dios”, una idea que lleva a pensar la teología como un saber situado, corporal y comprometido con una vida digna.
La reflexión también incluyó a los jóvenes. Laura Estefanía Mantilla Ramírez, coordinadora del Centro pastoral San Francisco Javier de la Javeriana, invitó a tomarlos en serio en su integralidad, reconociendo sus preguntas, relaciones y experiencias corporales, emocionales y espirituales como dimensiones inseparables.
Una espiritualidad que necesita de los otros
La experiencia cristiana tampoco fue entendida como algo exclusivamente individual. Las discusiones insistieron en la importancia de la comunión, la solidaridad y la corresponsabilidad.
Gwendolyn Araya Gómez, profesor de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosofía de la Universidad Católica de Temuco, planteó que la experiencia espiritual no lleva al aislamiento ni a la autosuficiencia, sino a una apertura hacia la comunión. Jonathan Sneider Acosta Caballero, director del programa de Teología en Unicervantes, puso el acento en la relación como forma de realización humana, frente a las lógicas de individualismo. En esta misma línea, Gisela de Lourdes Giraudo, profesora de Antropología, habló de reconfigurar los vínculos desde la reciprocidad, la justicia y el cuidado mutuo. La oración, el discernimiento y la contemplación adquieren así una dimensión comunitaria cuando fortalecen los vínculos y alimentan el compromiso con los demás.
Finalmente, Víctor Ricardo Moreno Holguín, presbítero de la Arquidiócesis de Bogotá, resumió la conversación en una idea: la contemplación, lejos de ser una evasión, puede convertirse en la raíz de un compromiso transformador.
Memoria, justicia y cuidado de la vida
Hablar de espiritualidad en América Latina y el Caribe también implicó mirar la historia de la región. El Congreso abordó la colonización, las resistencias de los pueblos, las desigualdades, las violencias y las esperanzas que han marcado estos contextos.
Por eso, la espiritualidad fue vinculada con la memoria de las víctimas, la justicia y la defensa de la dignidad humana. Las reflexiones sobre conflicto armado, desapariciones forzadas, feminicidios y otras formas de exclusión mostraron que la experiencia espiritual no puede desligarse del sufrimiento de quienes han sido afectados por estas realidades.
También se abrió un diálogo con las cosmovisiones indígenas y otras tradiciones religiosas. Esta conversación amplió la comprensión de la creación como una comunidad de vida interrelacionada y puso sobre la mesa el cuidado de la casa común.
Gustavo Alberto Valenzuela, coordinador del Centro de Espiritualidad Franciscana de Argentina, propuso entender el encuentro interreligioso no como un debate, sino como una escucha mutua. En esa disposición a escuchar al otro, la espiritualidad encuentra también una posibilidad de aprendizaje.
Una esperanza que no cierra las preguntas
El Congreso no presentó la espiritualidad como una respuesta capaz de resolver todas las preguntas humanas. Al contrario, una de sus ideas finales fue que la esperanza puede convivir con la incertidumbre.
Juan Pablo Espinosa Arce, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile, afirmó que la Pascua no clausura las preguntas, sino que abre la vida hacia lo que todavía puede desplegarse. Asimismo, Julián Andrés Gélvez Hernández, estudiante del doctorado en Teología de la Javeriana, señaló que la interioridad no separa al sujeto del mundo, sino que puede ampliar su capacidad de amar.
Así, la espiritualidad cristiana vivida aparece como una manera concreta de habitar la historia: atenta a la experiencia humana, abierta a las voces que han sido excluidas, en diálogo con otros saberes y culturas, y comprometida con la fraternidad, la esperanza y la vida.
El Congreso dejó, además, una tarea hacia adelante: fortalecer redes de investigación, desarrollar metodologías para estudiar la espiritualidad vivida, ampliar la participación de voces históricamente marginadas y consolidar un campo de estudio que continúa creciendo en América Latina y el Caribe.











