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Septiembre 7, 2026

Especial: La paz comienza donde alguien decide cuidar

Por: Melissa de la Hoz P. 
Periodista de la Dirección de Comunicaciones 

 

"El cuidado no se limita a la técnica; comienza donde el corazón se conmueve por el otro". -Madeleine Leininger, enfermera estadounidense y desarrolladora del concepto de enfermería transcultural. 


Todo ocurre en Ciudad Bolívar. Allí, donde durante décadas el conflicto armado, el desplazamiento forzado, la pobreza y la exclusión marcaron la vida de miles de familias, la Universidad Javeriana desarrolla el programa de responsabilidad social Vidas Móviles, un espacio en el que nueve facultades, entre ellas Enfermería, Odontología, Ingeniería y Psicología, trabajan junto con las comunidades para responder a sus necesidades desde la salud, la educación, el emprendimiento, la ingeniería, la psicología y otras disciplinas. 

Sede de Vidas Móviles en Ciudad Bolívar, Bogotá


Desde su creación en 2006, Vidas Móviles ha acompañado a 1.449 familias de Ciudad Bolívar en procesos de restitución de derechos, bienestar y construcción de paz. 

El programa nació por una invitación de la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (Ascofame) y en alianza con la Fundación Panamericana para el Desarrollo (Fupad), inicialmente bajo la coordinación de la Facultad de Medicina. Con los años, esa coordinación ha rotado entre distintas facultades: la ejerció Medicina hasta 2008, luego Ciencias hasta 2013 y Odontología hasta 2016; desde entonces está a cargo de la Facultad de Enfermería, centro de estudio que este año cumple 85 años. 

Vidas Móviles organiza su trabajo en cuatro líneas de acción: Emprendimiento y Generación de Ingresos; Hábitat para la Vida y la Convivencia; Educación para la Paz; y Salud y Bienestar. Cuenta, además, con el apoyo de aliados estratégicos como Javesalud y el Hospital Universitario San Ignacio. 

Para la profesora Mayerly Martínez Garavito, directora del Departamento de Enfermería en salud colectiva y actual directora de Vidas Móviles, el programa representa mucho más que un escenario de práctica para los estudiantes. “Vidas Móviles permite que la Universidad salga de sus aulas y se encuentre con las realidades del territorio. Allí los estudiantes comprenden que el cuidado no ocurre únicamente en un hospital, sino donde transcurre la vida de las personas. Ese encuentro transforma tanto a la comunidad como a quienes llegan a aprender de ella”. 

Durante la bendición de su sede actual en 2017, el entonces rector de la Javeriana, el padre Jorge Humberto Peláez, SJ, se refirió al programa como una apuesta de Universidad desde la cual se construye país. Para las comunidades de Potosí, Caracolí y Arborizadora Alta, Vidas Móviles es, en palabras de sus propios habitantes, una familia de la cual se recibe apoyo emocional. 

Allí, cada año, más de 180 estudiantes de las nueve facultades vinculadas llegan para aprender de la comunidad y poner su conocimiento al servicio de quienes más lo necesitan. 

Esa transformación comenzó incluso antes de que María Paula Pretelt Toloza, estudiante de Enfermería de la Javeriana, descendiera del TransMiCable al sur de Bogotá. Lo que sigue es su crónica: un relato que cruza su propio diario de campo con las voces de quienes ella misma encontró en el camino —una lideresa comunitaria, un profesor y otros estudiantes— porque en Vidas Móviles nadie aprende solo, dice Maria Paula. 

Una montaña que enseña 

La práctica colectiva en enfermería representa mucho más que una experiencia académica: es un encuentro profundo entre las comunidades, el territorio y realidades que se interpelan desde su raíz. En el marco del programa de Vidas Móviles, esta vivencia se desarrolló en la localidad de Ciudad Bolívar, Bogotá D.C., un escenario en el que el contexto social, la geografía, las condiciones de vida y las historias personales se combinan en una compleja pero esperanzadora red de resistencia y sentimiento. 

Para María Paula, el primer recorrido por las montañas de Ciudad Bolívar fue suficiente para entender que la salud no depende únicamente de un diagnóstico médico. 

María Paula Pretelt Toloza, estudiante de Enfermería de la Javeriana


Desde las alturas del TransMiCable, recorriendo las estaciones de Juan Pablo, Manitas y el Mirador del Paraíso, vi un panorama que revelaba la complejidad del territorio: viviendas precarias, basura, residuos visibles o calles sin pavimentar a medida que aumentaba la altura. 

Mientras observaba el paisaje comenzaron a surgir preguntas. 

¿Por qué entre más alta era la loma eran más marcadas las condiciones de pobreza y marginalidad? ¿Por qué parecería que la geografía decide el acceso a derechos tan básicos como el agua, la salud o la vivienda? 

Pero la respuesta no estaba únicamente en las calles. También estaba en las personas —y la primera que se la ofreció fue Lorena Montes, una lideresa comunitaria que conoce esa historia desde mucho antes de que existiera Vidas Móviles. 
 

La memoria de un territorio 

Su familia llegó a Ciudad Bolívar en 1982, cuando el sector apenas comenzaba a poblarse con familias desplazadas por la violencia. Su madre, junto con otras mujeres del barrio, impulsó algunas de las primeras iniciativas comunitarias de la zona: hogares infantiles, comedores comunitarios y espacios de organización vecinal que luego darían origen a programas institucionales. 

Lorena Montes lideresa en Ciudad Bolívar


Décadas después, Lorena continúa ese legado desde una fundación comunitaria que trabaja con niños, jóvenes y familias del sector. 

Su propósito de vida, dice, cabe en una sola frase. “Lo que hago es generar propósitos de vida para que quitársela no sea una opción”. Mientras recorre las fotografías antiguas que conserva de su madre, aparecen imágenes de otra época: casas construidas en paroid, caminos sin pavimentar, niños cargando agua durante horas y brigadas de salud que comenzaban a subir la montaña. 

Entre esas fotografías también aparecen unas muy familiares. Son imágenes de estudiantes y profesores de la Pontificia Universidad Javeriana realizando brigadas de salud en los años noventa. 

La relación entre la Universidad y Ciudad Bolívar, en realidad, comenzó hace dos décadas. Hoy continúa a través de Vidas Móviles. 

Para Lorena, esa presencia ha sido determinante. “Para mí el apoyo de la Universidad Javeriana y de Vidas Móviles ha sido trascendental, porque sé que no podemos navegar solos y necesitamos siempre un apoyo externo”. 

Esa alianza, explica, ha permitido que estudiantes de Enfermería, Odontología, Ingeniería, Psicología y otras carreras acompañen procesos comunitarios que fortalecen el bienestar físico, emocional y social de cientos de personas. 

Pero también ha significado algo más. “La academia es importante porque tiene unas bases para incidir en la comunidad. Desde mi experiencia ha sido muy importante porque abre nuevas perspectivas de vida”, comenta Lorena Montes. 

 

Aprender antes de intervenir 

Esa conversación con Lorena se quedó con María Paula. Muy pronto comprendió que Vidas Móviles no era un lugar al que se llegaba para enseñar. Era un lugar al que primero había que aprender a escuchar. 

Así lo escribió en su diario de campo. 

Nuestra primera lección como estudiantes de enfermería fue entender que el cuidado colectivo requiere rigurosidad. Detrás de cada taller, actividad lúdica o charla educativa existe una planeación cuidadosa. Aprendimos que para ser partícipes en la comunidad no podíamos llegar a imponer saberes, sino adaptarnos de forma creativa a las necesidades y características de cada ciclo vital. 

Esa filosofía atraviesa toda la práctica. Cada intervención parte del conocimiento que las personas tienen sobre su propia vida y busca fortalecer sus capacidades para cuidar de sí mismas y de su comunidad. 

Para la profesora Mayerly Martínez, esa es precisamente la esencia del programa: en Vidas Móviles nadie llega como protagonista. La protagonista siempre es la comunidad. 

 

 “La paz también se construye cuando una comunidad reconoce sus capacidades, fortalece sus redes de apoyo y encuentra en la Universidad un aliado que la escucha y trabaja junto a ella, no por ella”, Mayerly Martínez Garavito, directora de Vidas Móviles. 

 

 

Del aula al territorio 

Después de recorrer las calles de Ciudad Bolívar, llegó el momento de que los estudiantes de Enfermería javerianos pusieran en práctica aquello que durante meses habían aprendido en las aulas. Sin embargo, pronto descubrieron que la enfermería comunitaria exige habilidades que ningún libro puede enseñar por completo. 

Nuestra primera inmersión masiva fue en la institución educativa del sector. Allí, a través de stands informativos, nos propusimos concientizar a padres de familia y cuidadores sobre el cuidado cardiovascular y la nutrición. Mientras tomábamos la presión arterial y explicábamos didácticamente el riesgo silencioso de la hipertensión y el compromiso de los órganos blanco, nos enfrentamos al reto de ofrecer un cuidado verdaderamente contextualizado. En salud comunitaria, es un error recetar hábitos inalcanzables; la educación en salud debe brotar de los recursos reales de la población. 

Profesor Albeiro Perdomo, del Departamento de Enfermería en Salud Colectiva junto a sus estudiantes


Ese principio también guiaba a quien acompañó a María Paula y a sus compañeros durante esa práctica: el profesor Albeiro Perdomo, del Departamento de Enfermería en Salud Colectiva, para quien el mayor aprendizaje consiste en comprender que la salud no puede separarse del territorio. “Nos pensamos una enfermería en salida a la comunidad; una enfermería que integra el cuidado con la realidad social, cultural y política que se encarna en los territorios. Construimos a partir de la cosmovisión que tienen las personas, las familias y los colectivos que habitan esos espacios”. 

Uno de los escenarios que más marcó a María Paula fue el Centro Día, donde los estudiantes compartieron con personas mayores del sector. 

Antes de iniciar cualquier valoración de presión arterial o de abordar la arteriosclerosis, entendimos que el primer paso era romper el hielo y construir confianza. Siguiendo el sabio consejo de nuestro profesor, nos despojamos de la rigidez clínica y nos unimos a ellos en sus jornadas de baile. Entre risas, abrazos y pasos compartidos, los adultos mayores nos demostraron que tenían más que enseñarnos a nosotros sobre la vida, que nosotros a ellos sobre la enfermedad. 

Para el profesor Perdomo, ese momento resume Vidas Móviles. “El programa se ha consolidado como un punto de encuentro que conecta la academia con la realidad de los territorios. Los adultos mayores dicen que les gusta venir, porque aquí pueden compartir con otros, sentirse escuchados y fortalecer su salud mental. Ese encuentro también transforma a nuestros estudiantes, porque aprenden a construir prácticas de cuidado realmente acordes con las necesidades de la comunidad”. 

Estudiantes de Enfermería en la sede de Vidas Móviles 


“En el Centro Día descubrimos que la salud colectiva también siembra autoestima. Las sesiones iniciaban con actos de autocuidado emocional —aplaudirse a sí mismos, abrazarse, reconocer su propio valor— y se extendían hasta la interacción con huertas urbanas. Al cuidar de las plantas, el adulto mayor se reafirmaba como un ser ecológico, con un sentido de pertenencia inquebrantable por su entorno. Allí confirmamos una premisa que guio toda la práctica: la educación popular es, en esencia, la sanación comunitaria”, escribe María Paula Pretelt Toloza en su crónica. 

La comunidad también transforma a quien cuida. María Paula lo escribió en su diario, pero no fue la única en sentirlo: sus compañeros, que caminaron las mismas calles, lo cuentan cada uno a su manera:  

Para Luisa Fernanda Rosso, estudiante de séptimo semestre de Enfermería, la experiencia terminó por cambiar su mirada sobre la profesión. “El impacto además de ser académico, también es personal. Uno conoce un poco más cómo se viven las situaciones en esta zona y comprende los diferentes determinantes que afectan a los niños y a sus familias. Eso nos lleva a pensar cómo podemos aportar desde la enfermería para que el acompañamiento sea mucho más significativo”. 

Su compañero Juan Sebastián Giraldo Núñez, quien llegó por primera vez a Vidas Móviles durante el primer semestre de 2026, también reconoce que la experiencia modificó su manera de entender la ciudad. “No estaba acostumbrado a conocer estos lugares. Aquí uno encuentra otro tipo de población, otras realidades y entiende que muchas personas no tienen el mismo acceso a los recursos que nosotros. Eso genera un impacto muy grande y ayuda a comprender a los demás desde otro punto de vista”. 

En tercer semestre, cuando apenas comienzan las prácticas comunitarias, el descubrimiento suele ser aún mayor. Para la estudiante Angie Lorena Ruiz Acosta, el mayor aprendizaje no ocurrió durante una valoración clínica: ocurrió mientras escuchaba las historias de las personas. “Ha contribuido muchísimo a mi crecimiento personal y profesional. Aquí entendí la importancia de la comunidad, de generar conocimiento junto con las personas y de acompañarlas. Esta experiencia llena no solo el corazón, sino también el alma, porque uno aprende a transformar esas historias en oportunidades para la comunidad y también para uno mismo”. 

Peluche armado con la colcha de retazos hecha en la Semana por la Paz 2025 de la Javeriana


Sofía Chaparro Guzmán reconoce que el territorio termina enseñando tanto como la universidad. “Pasamos de la teoría a vivir el contexto social. Aprendemos de la comunidad, de cómo entiende la salud desde su propia historia y su cultura. Es un choque de aprendizaje muy bonito, porque también descubrimos el privilegio desde el que muchas veces miramos la realidad”.  

María Paula, por su parte, seguía llenando su diario. Uno de los apartados más personales relata la experiencia vivida con los adolescentes del Proyecto Fénix. 

Al aproximarnos a ellos desde la empatía, descubrimos que las conductas catalogadas como ‘problemáticas’ eran reflejo de realidades complejas: favoritismo familiar, desmotivación escolar y carencias afectivas. El grupo no carecía de capacidades; necesitaba un acompañamiento guiado por la escucha activa, la ternura y la ausencia de prejuicios. Lograr que nos entregaran su confianza y participaran en las dinámicas fue la prueba reina de que la enfermería comunitaria sana el tejido social a través de la presencia y el respeto profundo. 

 

Entrar a una casa para comprender un territorio 

Si caminar por Ciudad Bolívar cambió la mirada de María Paula Pretelt Toloza, cruzar la puerta de las casas terminó por transformar su manera de entender la enfermería. 

El núcleo del cuidado se consolidó en las visitas domiciliarias en los alrededores de Vidas Móviles. En compañía del equipo y los líderes del programa, cruzamos el umbral de los hogares para realizar una valoración no solo cefalocaudal, sino guiada por los patrones funcionales de salud. El primer encuentro nos permitió caracterizar a la persona en sus dimensiones biológica, psicosocial y familiar, identificando aquellos factores estresantes que alteraban su dinámica interna. 

Fotografía del diario de campo de María Paula


La experiencia le permitió comprender que el cuidado no consiste únicamente en intervenir, sino en reconocer la historia, las posibilidades y los desafíos de cada familia. 

Utilizando la taxonomía NANDA como brújula, diseñamos en un segundo encuentro una intervención educativa hecha a la medida de sus realidades. No fuimos a transformar sus casas, fuimos a encender la chispa de la conciencia desde lo que ellos son, tienen y pueden hacer. Ver la salud desde la vulnerabilidad de una sala o una cocina nos demostró que el cuidado clínico y el colectivo comparten la misma esencia, obligándonos a expandir nuestra mirada más allá de la rigidez institucional. 

Ese mismo hallazgo —que el cuidado empieza por escuchar— fue, para la profesora Mayerly Martínez, la razón de ser de las visitas domiciliarias: llevar a los estudiantes hasta el umbral de la vida cotidiana de cada familia, no solo hasta el síntoma. 

Al mirar hacia atrás, María Paula entiende que la experiencia fue mucho más que una práctica académica. Fue una invitación a ejercer la enfermería desde la cercanía, la empatía y el compromiso con las comunidades. 

Al analizar el impacto de este recorrido, resulta evidente que la paz en Colombia no se firma únicamente en los grandes escritorios; se construye y se media en la cotidianidad de los territorios más vulnerables. El programa Vidas Móviles se consolida precisamente como ese puente mediador de responsabilidad social e interdisciplinariedad. 

Y concluye con una reflexión: 

Esta experiencia en salud colectiva nos entrega una certeza poderosa: cada ser humano tiene poder sobre su propia salud. Si bien existen determinantes biológicos e inmodificables, el verdadero cambio social ocurre cuando transformamos el entorno a través de la promoción y la prevención. La salud no es un estado que se gestiona de forma aislada; es una dinámica viva que empieza desde el niño que asiste al colegio, la mamá soltera que sostiene un hogar con valentía, el vecino que saluda con amabilidad en la esquina e, incluso, en el respeto por los animales que cohabitan el sector y el cuidado del espacio público. 

Su reflexión termina con una invitación. 

La labor en la clínica es sumamente valiosa y necesaria para salvar vidas en la enfermedad, pero la enfermería de salud colectiva nos demuestra que no podemos quedarnos esperando pacientemente detrás de un consultorio. Es indispensable salir de la comodidad institucional e ir directamente a los territorios, allí donde las dinámicas familiares y comunitarias ocurren en tiempo real. Cuando el profesional de salud se involucra, se adapta con creatividad y camina junto a la población con humildad y empatía, la salud preventiva se convierte en una herramienta de autogestión social. Al final del día, educar para cuidar de sí mismo y del otro es la forma más pura de participación ciudadana; porque una comunidad empoderada, saludable y con sentido de pertenencia, es una comunidad capaz de transformar su realidad y sembrar una paz sostenible. 

 

Lee las otras historias que hacen parte del especial: 

Reconocer al otro: una apuesta por la paz desde el género y la diversidad 

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