Comunidad Javeriana
Entrevista
Agosto 27, 2026

De la investigación a las soluciones: cómo la innovación se abrió camino en la Javeriana

Por: Claudia Marcela Mejía Ramírez
Coordinadora de Divulgación científica, editora de Pesquisa Javeriana, Vicerrectoría de Investigación 

Innovar también ha sido una historia de transformación institucional. En la Pontificia Universidad Javeriana, lo que comenzó hace más de dos décadas como una preocupación por encontrar nuevas formas de proteger y transferir el conocimiento generado a través de la investigación fue creciendo hasta convertirse en una apuesta que hoy conecta disciplinas, capacidades y actores dentro y fuera de la Universidad.

La innovación pasó de ser una iniciativa de algunos grupos a ocupar un lugar en la manera en que la institución entiende su relación con la sociedad. 

Fanny Almario junto a su equipo de la Vicerrectoría de Investigación

 

Ese proceso ha sido colectivo y en él han participado profesores, investigadores, estudiantes y equipos administrativos. Fanny Almario, quien fue directora de Innovación hasta esta agosto de 2026, ha sido una de las personas que contribuyó en ese camino. Desde 2005, en la Facultad de Ciencias fue creciendo esta iniciativa hasta convertirse en una apuesta institucional dedicada a la investigación y la innovación.  

Así, Fanny acompañó políticas de propiedad intelectual, participó en la formación en transferencia tecnológica, dinamizó alianzas con otras universidades y empresas, cocreó una ruta De la academia al mercado e impulsó nuevas formas de reconocer las capacidades de los grupos de investigación, que ayudaron a consolidar este ecosistema. Su mirada permite reconocer cómo se ha consolidado esta cultura y, sobre todo, qué falta para que siga creciendo. También, brinda luces sobre cómo cambió la relación entre universidad, empresa y entorno en Colombia.  

 

¿Cómo comenzó la historia de la innovación en la Javeriana? 

Fanny Almario: Fue un proceso que nació de abajo hacia arriba, en la Facultad de Ciencias. En 2005, la decana de ese momento veía que había trabajos de grado muy buenos y desarrollos tecnológicos interesantes de los profesores, pero que se quedaban ahí: en las tesis o en la investigación, sin que necesariamente ocurriera algo después. 

Empezamos entonces a preguntarnos cómo promover la protección de esas tecnologías, el emprendimiento de profesores y estudiantes y, en general, cómo dinamizar los procesos de transferencia de conocimiento y tecnología.  

Después, cuando la decana pasó a la Oficina de Fomento de la Investigación, vimos que lo que estábamos haciendo en Ciencias podía servir para toda la Universidad. Ya necesitábamos políticas de propiedad intelectual, directrices para relacionarnos con el entorno y, además, empezaban a surgir proyectos en los que las soluciones no venían solamente de las ciencias básicas, sino también de la ingeniería y otras facultades. De esta manera, pasamos a la Vicerrectoría Académica y, posteriormente, en la  definición de una Vicerrectoría de Investigación se creó la Dirección de Innovación. 

 

¿Qué estaba pasando en las universidades colombianas en ese momento? 

F.A.: La innovación era un tema todavía incipiente. Cuando trabajaba en Colciencias (actual Minciencias), revisábamos proyectos de física, química y matemáticas y encontrábamos investigaciones muy buenas, pero muchas se quedaban en la investigación básica. No siempre había una pregunta sobre qué hacer con esos resultados. 

Por eso, impulsamos un estudio con 11 universidades del país para mirar cómo se gestionaba el conocimiento y cómo se apropiaban de sus resultados. Encontramos que había conocimiento valioso en universidades importantes, pero no necesariamente estaba pasando algo con él. Incluso había profesores que hacían consultoría o trabajaban externamente a partir de ese conocimiento, pero no lo hacían en nombre de la universidad. 

Se reconoció entonces una oportunidad para darle una nueva dinámica y uso al conocimiento que se estaba produciendo. De ahí surgieron con más fuerza los procesos de transferencia de conocimiento y tecnologías. 

 

¿Cómo fue creciendo esa cultura dentro de la Javeriana? 

F.A.: Uno de los primeros pasos fue aprender. Cuando empezamos, muchas personas no sabían qué era una patente o cómo se redactaba. Hicimos entonces el primer curso de preparación de patentes para líderes de grupos de investigación y comenzamos a preguntarnos qué conocimiento era protegible, cómo hacerlo y qué oportunidades existían. 

Después entendimos que una solución podía estar en varias facultades. Empezamos a construir lo que llamábamos cadenas de valor: cómo diferentes grupos de investigación podían responder conjuntamente a un problema. Por ejemplo, en temas como el recurso hídrico podían encontrarse capacidades en las facultades de Comunicación y Lenguaje, Ingeniería, Ciencias y Estudios Ambientales y Rurales. Ese fue un ejercicio muy importante porque nos obligó a conversar entre facultades y a reconocer que la investigación no tiene límites disciplinares. 

Otros dos hitos fueron: la primera patente que surgió de la Facultad de Ciencias, alrededor de 2009 y, en 2010, la creación de la política de propiedad intelectual, que ayudó a establecer un marco para gestionar estos procesos. 

 

¿Cómo llegó la Universidad a tener una ruta para llevar el conocimiento hacia la sociedad? 

F.A.: La Universidad fue construyendo su propia ruta de transferencia. No lo hicimos solos: aprendimos de instituciones como la Universidad de Oxford (Inglaterra), la Universidad Hebrea de Jerusalén (Israel), la Universidad de Utah (Estados Unidos), la Universidad Politécnica de Valencia (España) y otras organizaciones. Pero no se trató de copiar modelos, sino de adaptarlos al contexto local. 

Eso nos permitió construir lo que hoy llamamos la ruta De la academia al mercado. Y es importante decir que no es algo estático: la hemos venido mejorando año tras año. Este proceso ha contribuido a que la Universidad y sus profesores reciban distintos reconocimientos. Pero, más allá de los premios, creo que lo importante es que durante estos años hemos trabajado profesores, directivos y organizaciones externas para construir lo que hoy tenemos. 

 

¿Qué significa que la innovación haga parte del ADN de la Universidad? 

F. A.: Creo que hemos avanzado, pero todavía hay camino por recorrer. Una universidad innovadora necesita varios elementos. Primero, una muy buena investigación. Sin ella difícilmente tendríamos capacidades y soluciones para entregar a la sociedad. 

Segundo, debe existir conciencia por parte de los directivos. Y creo que eso ya está. Hay una comprensión que “la innovación no es un cliché” y que no necesariamente es el fin, sino un medio para generar cambios. 

Hoy podemos hablar de innovación en todas las facultades, no solamente en Ciencias e Ingeniería. También estamos hablando de innovación social y de los impactos que puede tener la innovación en la interacción con el entorno. 

 

“Entendimos que una solución podía estar en varias facultades (…) eso nos obligó a conversar entre facultades y a reconocer que la investigación no tiene límites disciplinares”, Fanny Almario. 

 

¿Qué aporte puede hacer la Universidad al desarrollo de la región y del país? 

F.A.: La Universidad tiene que salir de sus cuatro paredes y generar soluciones basadas en conocimiento. Ese es un cambio importante en la manera de entender su papel. También, tenemos que aprender a identificar mejor las necesidades del entorno. Cuando trabajamos con empresas, por ejemplo, no se trata de intentar resolver siete u ocho problemas al mismo tiempo. Tenemos que ayudarlas a identificar cuál es su principal necesidad, empezar por ahí y lograr victorias tempranas. 

Pero hay algo fundamental: la solución debe tener impacto. No se trata solamente de mejorar la productividad o competitividad de una empresa. El deber de la Universidad es que aquello que ayudamos a desarrollar también tenga impacto en la sociedad. 

 

¿Qué desafíos quedan para profesores, estudiantes y administrativos? 

F.A.: El principal desafío es que la innovación siga creciendo y que podamos fortalecer nuestro ecosistema para interactuar con ecosistemas externos. 

Con los estudiantes tenemos una tarea enorme: generar espacios para que la innovación sea parte de su formación, tanto en la enseñanza como en la investigación. No se trata solamente de que aprendan a crear una empresa o una tecnología. Se trata de que desarrollen “el chip de la innovación” para pensar, actuar, trabajar, generar soluciones y mirar su entorno de otra manera. 

Pero no es una tarea exclusiva de los estudiantes. También tenemos que trabajar con profesores, egresados, administrativos, empresas y nuevos actores que llegan permanentemente. Es un proceso que nunca termina. 

 

Después de tantos años, ¿cuenta con un objeto simbólico que represente el trabajo de la innovación en la Javeriana? 

F.A.: Hay un objeto que para mí simboliza todo este recorrido: mis llaves. Tengo un llavero con las llaves de la oficina que debe tener más de 25 años. Lo he llevado conmigo mientras he cambiado de lugares en la Universidad: en Ciencias, en la Oficina de Fomento de la Investigación, en la Vicerrectoría de Investigación y ahora en mi espacio actual. 

Me gusta verlo como un símbolo porque esas llaves no solo me han abierto puertas a mí, también le ha abierto puertas a la Universidad. Gracias al trabajo que hemos hecho como equipo hemos podido “traspasar las fronteras institucionales y llegar a muchos sitios y a muchas organizaciones”. Para mí representan trabajo en equipo, capacidades, competencias y, sobre todo, las ganas de entregar conocimiento y soluciones a la sociedad. 

 

Un camino que continúa 

La historia que cuenta Fanny Almario muestra que una cultura de innovación no aparece de un momento a otro. Se construye a partir de preguntas, aprendizajes, políticas, capacidades y, sobre todo, personas dispuestas a conectar el conocimiento con los problemas del entorno. La Javeriana ha recorrido buena parte de ese camino, pero también ella advierte que el momento actual es de inflexión: “cuando uno quiere alcanzar el éxito, los retos son más grandes”. 

El siguiente paso será profundizar esa cultura para que la innovación no dependa de unas pocas oficinas o grupos, sino que forme parte de la experiencia universitaria. Para ello, será necesario mantener una investigación sólida, fortalecer las conexiones entre disciplinas y abrir nuevas conversaciones con empresas, organizaciones, gobiernos y comunidades. El reto, en últimas, es que más estudiantes y profesores puedan reconocer en el conocimiento una posibilidad no solo de comprender el mundo, sino también de transformarlo.