Hoy en la Javeriana: Sobre Magnifica Humanitas de Leon XIV - Hoy en la Javeriana
Sobre Magnifica Humanitas de S. S. León XIV
Alfonso Flórez Flórez, profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Filosofía
El pasado 15 de mayo, en el aniversario 135 de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, el Sumo Pontífice León XIV, promulgó la primera encíclica de su pontificado, Magnifica Humanitas. En este documento de 45.000 palabras, el papa vuelve sobre los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, que encontraron su primera formulación en el documento fundacional de su ilustre predecesor, de quien quiso heredar la preocupación por la cuestión social, cuando adoptó el nombre de León.
Es así como en la encíclica se pasa examen al desarrollo de dicha doctrina, que después de León XIII encontró expresión en la mayoría de los pontífices y en el Concilio Vaticano II (§§28-44). Tras este recorrido histórico, se hace una pertinente presentación tanto de los fundamentos como de los principios constitutivos de la Doctrina Social.
Los pilares de este compromiso eclesial son, primero, la creación del ser humano a imagen y semejanza de Dios uno y trino, que, como tal, obra en una dinámica continua de comunión, por la que el Hijo ha entrado en la historia y en la carne para hacernos partícipes del amor divino (§§48-50). De lo anterior se sigue el segundo fundamento, cual es la igual e infinita dignidad de todo ser humano, que le es intrínseca a toda persona por el mero hecho de serlo e irreductible, por ende, a cualquier lógica de productividad o utilidad (§§51-53). Los derechos humanos constituyen el tercer pilar de la doctrina, con un compromiso específico en el respeto de las minorías (§§54-58).
Los principios constitutivos de la Doctrina Social
A continuación, se mencionan y explican con brevedad y claridad los cinco principios constitutivos de la Doctrina Social, que van a devenir criterios de juicio de la cultura digital, en conformidad con la orientación del documento. Así, se presenta primero el bien común, esto es, que el todo es más que las partes (§§59-64); en segundo lugar, se enuncia el destino universal de los bienes, es decir, que las riquezas tangibles e intangibles pertenecen a la totalidad de los seres humanos y no a una sola fracción de ellos, que tampoco se limita a los contemporáneos (§§65-67); el tercero es la subsidiariedad, a saber, que debe respetarse el ejercicio propio de cada instancia dentro de la gran organización humana, sin ser reducida o absorbida por instancias superiores (§§68-72); como cuarto se ofrece la solidaridad, por la que los seres humanos se encuentran todos en interrelación activa (§§73-76); se concluye, en quinto lugar, con la justicia social, aquella fraternidad que se orienta a los más débiles y desposeídos de la comunidad humana, identificando en las
grandes estructuras sociales, políticas y económicas errores de construcción que han conducido a ignorar o dejar de lado este compromiso (§§77-81).
El mundo digital
Sobre esta base se aborda la grave cuestión del paradigma tecnocrático y el poder digital, esto es, la tendencia y la tentación no sólo a delegar en agentes artificiales cálculos y decisiones del orden humano, sino a considerar que ello es normal y acorde al desarrollo de la humanidad. La inteligencia artificial (IA) se presenta como la punta de lanza de este paradigma, que en sí mismo no es nuevo, pero que ahora ha permeado las organizaciones y las mentalidades hasta el punto de ser considerado no sólo como un paso inevitable en el desarrollo de lo humano, sino incluso como algo bienvenido y positivo (§§92-96).
Después de unos parágrafos sobre la IA (§§97-111) que merecen atenta lectura y consideración, se expone la custodia de lo humano, el acompañamiento, el cuidado, la atención, que, aunque pueden recibir apoyo de un medio tecnológico, no pueden, en realidad, ser sustituidos por ningún artefacto (§§112-114). En todo esto se lanza una fuerte advertencia contra propuestas transhumanistas y posthumanistas que quieren un ser humano “mejorado” por la tecnología como futuro de la especie (§§115-117). En sentido recto, la perfección del ser humano procede de la gracia de Dios, única vía para que nuestra finitud se acerque a lo infinito divino (§§118-128). En este estado de ánimo, el papa agustino tiene a bien darle un tono agustiniano a sus exhortaciones con la cita de un célebre pasaje de la Ciudad de Dios del obispo de Hipona: “Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial” (§130).
A partir de estas consideraciones, se abordan dimensiones decisivas de lo humano, como son la verdad, el trabajo y la libertad, de las cuales no pueden sino presentarse algunas indicaciones de un conjunto de reflexiones que ameritan un atento examen. Hay que tener presente, en primer lugar, que la verdad de lo humano no va a encontrarse en las plataformas tecnológicas, sino en la relación con los hechos y en la orientación hacia el bien (§§132-134). Aquí se toca un aspecto sensible de la cultura digital, como es su carácter comunicacional (§§135-138), frente al cual la Iglesia enfatiza la transparencia en las informaciones sensibles y el esfuerzo personal, sin el cual no va a surgir ningún aprendizaje nuevo (§140). De este modo, se prioriza la educación como ámbito propio de la verdad, cuyo primer hogar se da en el seno de la familia, para continuarse en las instituciones escolares y universitarias, que afrontan hoy diferentes retos derivados del predominio de las tecnologías informacionales (§145).
En las consideraciones sobre el trabajo en el mundo digital se subraya la posición que el trabajo ocupa de suyo en la experiencia humana, no sólo como medio de subsistencia, sino como espacio de expresión, relación y contribución a la comunidad (§154), por lo que el desempleo juvenil es un motivo de especial preocupación (§167). En cuanto a la libertad, se constatan las muchas dependencias forzadas por las mediaciones digitales y se hace un vehemente llamado a una nueva libertad (§173). Aquí el Sumo Pontífice no es evasivo y reconoce las muchas equivocaciones históricas de la Iglesia al no haberse comprometido en la defensa de la libertad: “Por eso, en nombre de la Iglesia, pido sinceramente perdón” (§176).
En la parte final del documento se evoca la civilización del amor frente a toda y cualquier intención belicista, que se rechaza sin contemplaciones una y otra vez en un vehemente llamado a la paz, que no puede sino pasar por la justicia social. Aquí el aporte de cada uno es indispensable, comenzando por desarmar las palabras (§214) y tener presentes en primer lugar a las víctimas de violencias e injusticias (§§216-217). En todo ello, las vías del diálogo deben permanecer siempre abiertas, presentándose el recurso a la palabra como el primer instrumento de la paz, que en otros niveles ha de continuarse por las vías de la diplomacia.
De la conclusión, de índole teológica, como corresponde, hay que mencionar la necesaria referencia a la oración de María, primicia de la humanidad, ante la bendición del Espíritu Santo por labios de su pariente Isabel: el Magnificat por el que la joven engrandece al Señor (Lc 1,46-55) es respuesta a la acción del Señor de asumir la forma humana (Jn 1,14) y compartir con nosotros todas nuestras debilidades (Jn 11,33-34), de modo que en ello la propia humanidad se engrandece (§245), siendo, por tanto, en verdad, una Magnifica Humanitas, una humanidad engrandecida por el Salvador.
*Imagen de portada tomada de https://www.cofradiasietepalabras.org/informaciones-diocesanas/magnifica-humanitas-la-primera-enciclica-de-leon-xiv/











