Columnista invitada
Opinión
| 
Agosto 19, 2026

Migración: semilla para el crecimiento económico, humano y social

Por: Ximena Vidal Rojas
Directora nacional del Servicio Jesuita a Refugiados 

Actualmente, más de 122 millones de personas en el mundo se han visto obligadas a huir de su lugar de origen por causas políticas, económicas, sociales y/o ambientales. Entre personas desplazadas internas, refugiadas, migrantes y apátridas, se puede decir que una de cada setenta personas a nivel mundial ha tenido que abandonar su hogar para salvar su vida, hallar bienestar y/o proteger su dignidad y la de los suyos.   

Migrar o desplazarse en busca de un nuevo lugar, es un proceso desafiante que pone a prueba la valentía, la resiliencia y la capacidad de desarraigo, en la mayoría de los casos, con un altísimo costo emocional; aunque para nadie resulta fácil dejar atrás una historia y una identidad por la fuerza, migrar sigue siendo una expresión de esperanza para alcanzar el sueño de un futuro mejor. 

La vida y la dignidad de las personas son derechos que deben ser protegidos; sin embargo, las barreras físicas y sociales impiden o limitan la acogida y las posibilidades de una integración socioeconómica y cultural efectiva de las personas migrantes y refugiadas en muchos lugares del mundo; frente a discursos de odio y narrativas de exclusión, urgen respuestas más humanas y solidarias y se hacen imperativas la compasión, la empatía y la instauración de una cultura de hospitalidad. 

En ese sentido, el papa León XIV, en su reciente mensaje para la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado plantea claramente que la hospitalidad no puede quedarse en un concepto abstracto, sino que exige convertirse en una práctica constante de toda la comunidad, no solo de la iglesia o de instituciones especializadas. 

Esto supone un cambio profundo en el imaginario colectivo; no obstante, esta transformación, que puede parecer una tarea titánica, se hace posible a través de pequeñas acciones cotidianas que resultan siendo una respuesta a la invitación del papa Francisco a “vencer la cultura del descarte, hacernos rehenes de la otra persona, practicar el amor”. 

La movilidad humana es un fenómeno que ha tenido enormes impactos en la historia, la economía y la cultura de sociedades desde los orígenes de la civilización. Si bien es cierto que resulta desafiante tanto para quienes migran o se desplazan como para quienes reciben o acogen, resulta fundamental reconocer que, bajo una adecuada gestión, la migración puede traer enormes beneficios económicos, sociales y culturales para las naciones de acogida.  

 

La hospitalidad no puede quedarse en un concepto abstracto, sino que exige convertirse en una práctica constante de toda la comunidad, no solo de la iglesia o de instituciones especializadas. 

 

Desde el punto de vista socio económico, la migración puede propiciar un aumento en la tasa de crecimiento del PIB, contribuir a la sostenibilidad de los sistemas de seguridad social, ayudar a contrarrestar el fenómeno de envejecimiento de la población activa, ampliar la capacidad de consumo y promover la creación de nuevos negocios; en últimas, contribuye a hacer prósperas las naciones que reconocen el valor de la migración, aunque no sólo por los beneficios económicos y meramente materiales, sino también por cómo llega a enriquecer la diversidad cultural con nuevas costumbres, lenguas y tradiciones, y de esta forma a contribuir en la construcción de un tejido social más equitativo, justo, colaborativo e inclusivo. Se trata de ver que es posible la instauración de la cultura basada en la amistad a la que invitaba con esperanza el papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti: “reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles”. 

Así mismo, reconociendo que la migración es una realidad que atraviesa el pasado, el presente y el futuro de la humanidad, urge comprender que debemos fomentar esa cercanía y la cultura del encuentro para ver el futuro con esperanza y soñar con sociedades más humanas que reconocen el valor de la vida y de la dignidad humana.  

Esto es una invitación, no solo a recordar las palabras del papa León XIV, quien afirma que “La dignidad humana no tiene pasaporte”, sino a reconocer la humanidad compartida a través de la implementación de acciones en los diferentes ámbitos de la sociedad que acogen, protegen, promueven e integran. Solo así dejaremos de ver al migrante como un enemigo para reconocerlo como un ser humano clave para el desarrollo social, económico, cultural y humano de las naciones que le acogen.