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Jaime Alejandro Rodríguez - Narrativa colombiana de fin de siglo


Introducción

La relación entre literatura y posmodernidad no sólo obedece a una moda o a una discusión de orden pasajero:  constituye toda una perspectiva crítica capaz de alumbrar la creación contemporánea.  El debate, sin embargo, se presenta sesgado de modo tal que cualquier aproximación a un modelo que sea capaz de dar cuenta de esta relación resulta siempre confuso o contradictorio.  La dificultad radica, sobretodo, en el hecho de que la discusión sobre posmodernidad implica un discurso que no es homogéneo, un discurso que ni siquiera es integrable, y cualquier intento de determinación o definición está destinado a la fragmentación, a la inconsistencia o a la dispersión.

Una revisión de señales, terminologías y escrituras de la posmodernidad, permitirá, no obstante, llamar la atención sobre algunas de las características de la discusión y plantear algunas de las actividades que serían necesarias y/o que conducirían a una mejor comprensión de la relación entre literatura y posmodernidad.

En general, sería posible afirmar que la literatura posmoderna asume como punto de partida que la escritura es el modelo del mundo, su realidad; es consciente de que si bien lo real está más allá de los textos y de las escrituras, sólo es accesible por textos y escrituras.  Ahora bien, la literatura posmoderna opera bajo las consecuencias de una "estética de las fuerzas", según la cual, la obra literaria la hace el lector.  Un panorama de esta estética de las fuerzas en la novela posmoderna, obliga a reconocer críticamente fenómenos tales como la exigencia de nuevas competencias en el lector: doble productividad, capacidad de determinación de la indeterminación, relaciones no ligadas al sentido o a la idea, grado cero de la interpretación , etc.

La novela posmoderna estaría así, demandando nuevas competencias comunicativas.  Sobretodo una lectura no ligada a un contar seguro y orgánico, a un narrador homogéneo; una lectura comprometida menos con lo externo y representativo que con lo realmente incomunicable:  las fuerzas mismas de la narración.  Una lectura, por tanto, capaz de asumir y absorver lo fragmentario, la energía significante en su estado puro; una lectura capaz de convivir con la inestabilidad y presenciar la catástrofe.

Ahora, la novela posmoderna sabe que la estética de la presentación ha recortado la comunicación de estas fuerzas, ha falseado el "contínum" y ha generado un lector pasivo, tal vez temeroso.  Sabe que debe combatir estos hábitos, que debe zafarse y zafar al "lector de compulsiones performativas y que, aun en el caso de recurrir al ornamento como operación, todo esto ocasiona resistencias.

Así que, de un lado, la capacidad de la obra se amplia potencialmente, pero, de otro, la competencia del lector se afecta irremediablemente; y esta dinámica puede generar, en contra de lo que pretende, ya no el mutismo (de un lector pasivo) como la sordera (de un lector indiferente), ya no la creatividad (que exigen las nuevas competencias) como el esquematismo (de la nueva superficialidad), ya no la comprensión (profunda) como la nostalgia neurótica.



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