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Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

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Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

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Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

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Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

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Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

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Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

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Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

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Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

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William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

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Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

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Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

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El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

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Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

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María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

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María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Carmenza Kline - Apuntes sobre literatura colombiana (comp.)


Del amor y otros demonios: tragedia inquisitorial, beatificación a africana

Por Michael Palencia-Roth

Colombiano de origen, ha vivido durante la mayor parte de su vida en los Estados Unidos. Hizo estudios de Doctorado en la Universidad de Harvard. Durante varios años ocupó la posición de Chaiman para el Departamento de Literatura Comparada en la Universidad de Illinois. Tanto sus ensayos como sus libros son muy respetados dentro de la crítica internacional, destacándose entre ellos el estudio que hizo sobre la obra de Gabriel García Márquez, titulado La línea, el círculo y las metamorfosis del mito. Michael Palencia-Roth pertenece a la "Asociación de colombianistas" de la que será presidente a partir de 1997.

Introducción

Uno de los principales asuntos del postmodemismo es la desunificación de la verdad como patrimonio cultural de las clases en el poder, mediante la oposición y aceptación de las verdades individuales. Paul Ricoeur sostiene que "hay una pluralización de los órdenes de la verdad", al tiempo que favorece las verdades que cada escritor expresa en sus textos. Cada texto artístico por consiguiente, posee sus propios niveles de la verdad de acuerdo con la experiencia individual de su creador, con su ideología y con su visión del mundo. Gabriel García Márquez en su novela Del amor y otros demonios muestra una abierta oposición contra la posesión de la verdad teológico sustentada por el tribunal de la Inquisición en la Cartagena colonial. También es evidente la intención garcíamarquiana de poner de manifiesto la mentalidad dicotómica de la sociedad cartagenera de aquel entonces, donde las jerarquías de la iglesia católica y la aristocracia se consideraban superiores en clase social, raza, intelecto y espíritu frente a las clases marginadas de los esclavos africanos y de los ciudadanos de origen judío. Un tercer aspecto en el modo de presentación de los personajes de esta novela es uno que deja vislumbrar el desacuerdo del autor con las afirmaciones que atribuyen sólo a la mujer la capacidad de amar, comprender y compadecer a otros, en tanto que al hombre se le niegan fácilmente tales atributos.

Expuestas esas tres oposiciones autoriales contra la verdad teológico, la marginalidad socio-cultural de los esclavos africanos y la exclusión del sexo masculino en su capacidad de amar, el presente estudio se propone demostrar tales oposiciones y su verdad particular a través del caso de segregación e hibridación cultural de que es objeto Sierva María de Todos los Angeles, el personaje central de la novela en mención.

Al inicio de la novela, a modo de prólogo, los lectores nos encontramos con la voz del reportero-autor que refiere cómo salió en busca de una noticia verdadera que luego se convirtió en un discurso novelesco. El acontecimiento base de la noticia novelada fue el descubrimiento en una lápida del viejo convento de Santa Clara de "una cabellera viva de un color de cobre intenso" (García Márquez 1 l), que un maestro de obra y sus ayudantes quisieron sacar completamente, pero "entre más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña" (1 l). La cabellera que asombrosamente siguió creciendo después de la muerte hasta medir veintidos metros con once centímetros es el símbolo que el reportero novelador usa para entretejer por un lado, la leyenda popular que oyó de labios de su abuela, quien afirmaba que existió en esos contornos "una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del mal de la rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del caribe por sus muchos milagros" (1 l). El reportero se toma entonces, en un investigador de las circunstancias de la vida, padecimientos y muerte de la niña que realmente fue la hija del segundo marqués de Casalduero, Don Ygnacio de Alfaro y Dueñas. El resultado de la investigación que hace el reportero sobre la "versión oficial" de la muerte de la niña, es su propia versión y reflexión sobre los hechos y las circunstancias en que sucedió la inmolación de Sierva María de Todos los Angeles, hija también de Bemarda Cabrera, "esposa sin títulos" del citado marqués de Casalduero. A partir de ahí, la voz del narrador se encargará de transmitir las verdades descubiertas o asumidas por el autor. Es de anotar que el lenguaje que usa el narrador en estaobra deja ver un tono de compasión por la niña inocente y una actitud de confrontación y denuncia contra el grupo de adultos inconscientes que descargaron sobre aquella las amarguras de sus propias frustraciones y los odios entre unos y otros, así como la prepotencia del ejercicio del poder omnímodo de la posesión de la verdad religiosa que detentaron los participantes del Santo Oficio, al tratar a la niña como una endemoniada a la que debía exorcisar con todo el rigor que la tarea les exigía.

Desde su nacimiento Sierva María de Todos los Angeles estuvo condenada al repudio matemal. Ella nació sietemesino y además su madre la había concebido en "una maniobra fría y certera", para "atrapar de por vida" al marqués de Casalduero, a quien luego tenía planeado envenenar para "no tener que sufrirlo", pero "no tuvo corazón" para hacerlo. Sin embargo, por el hecho de haberle perdonado la vida a su esposo, Bernarda le confiesa a este último que "era demasiado esperar que además de todo tuviera que amar a esa pobre sietemesino, o a usted, que ha sido la causa de mis desgracias" (190). El rechazo sustituye al amor en la relación de Bemarda con Sierva María, y es por ello que sin resistencia del padre, doblegado por sus propias miserias, la madre expulsa a su hija de la esfera familiar, social y racial, confinándola al espacio de la marginalización donde habitan los esclavos africanos que posee el marqués de Casalduero. ¿Qué sucedió entonces con la segregación de que fue objeto Sierva María de Todos los Angeles? Pues pasó a ser la niña de todos los esclavos negros, especialmente de Dominga de Adviento, quien hizo las veces de madre y se encargó del proceso de socialización de aquella dentro del seno de la cultura africana. Allí en ese, espacio marginal cultural, Sierva María aprendió los bailes africanos, a "cantar con voces distintas de la suya en las diversas lenguas de Africa" (19), especialmente la lengua Yoruba. También por orden de Dominga de Adviento, las esclavas más jóvenes le tiznaban la cara, le ponían collares de santería encima del escapulario católico y nunca le cortaron la cabellera radiante que arreglaban en forma de trenzas. Dadas las circunstancias del proceso de socialización y de la adquisición de una identidad cultural y religiosa, es fácil para los lectores estar de acuerdo con la voz autorial de que la identidad de la niña terminó por ser un híbrido cultural. Por un lado, con apellidos de la clase aristócratica, con características físicas de la raza blanca, "tenía muy poco de la madre. Del padre, en cambio, tenía el cuerpo escuálido, la timidez irredernible, la piel lívida, los ojos de un azul taciturno, Y el cobre puro de la cabellera radiante" (20). Por otro lado, Sierva María nunca se sintió en "casa" en el espacio socio-cultural y religioso de los blancos. Su casa estaba en la periferia, con los esclavos negros, con los cuales se identificaba mentalmente, compartía su lengua, sus costumbres y sobre todo, sus creencias religiosas. "'Lo único que esa criatura tiene de blanca es el color', decía la madre" (63). Y para más, la niña adopta para sí un nombre africano: María Mandiga, el que marca más la identidad híbrida que posee aquella. Una vez muerta Dorninga de Adviento son inútiles los esfuerzos para introducir a la niña al espacio familiar original. Ella se resiste a aprender a escribir y a leer español. Permanecía como muda, y cuando hablaba lo hacía en lengua yoruba. Después de que ocurre el insuceso del perro con peste rabia que muerde a Sierva María en el tobillo, es cuando por fin reacciona el padre otorgándole cuidados y amorosa solicitud a su hija desvalida y en peligro de una muerte trágica, que el médico Abrenuncio recomienda conjurar mediante la búsqueda del modo de "hacer feliz a la niña". El marqués empieza la tarea "de ganarse a su hija" y a aculturarla en los donúnios de la raza blanca aristocrática. La niña, a la sombra de la dedicación paternal, "aprendió más cosas de blancos en dos meses que nunca antes" (68), y empezó a hacerle preguntas al padre de si "era verdad como decían las canciones, que el amor lo podía todo. 'Es verdad', le contestó él, pero harás bien en no creerlo" (69).

La interacción de las fuerzas culturales diferentes, que influye en el destino de Sierva María, se desenvuelve luego en una tensión que va perjudicándola más y más. Cuando el marqués creyó haber ganado a su hija para su cultura blanca e hizo planes para enviarla a Sevilla para que terminara allá su "educación del mundo"', aparecen los síntomas de la rabia. Desesperado el padre acude a todos los bandos encargados de curar a los enfermos para conjurar y desmentir la superstición popular de que "los arrabiados terminaban por ser iguales al perro que los mordió" (69). Acuden al lecho de Sierva María tanto médicos como boticarios, curanderos y hechiceros, pero la enfermedad sigue su curso irremediable causándole a la víctima vómitos, diarreas, espasmos y delirios que la hacían contorsionar en arre batos de dolor y de ira. La sentencia equívoca sobre el origen d la enfermedad de la niña salió de labios de los curanderos, quienes afirmaban que "estaba loca o poseída por los demonios" (7 l).

Ahora bien, de acuerdo con William Rowe y Vivian Schelling, en las sociedades jerárquicas existe la tendencia de organizar las oposiciones binarias de modo simétrico, hasta formar una red intelectual con lo que para ellos es "superior" e "inferior', "humano y animal", "doméstico y salvaje". Además de las categorías anteriores, en la sociedad colonia] cartagenera se dio la oposición binaria de "católico", sinónimo de alma que participa de la esfera de lo celestial, y la de "no católico", o alma que pertenece a los espacios de los demoniaco. Por ello, el poder religioso del Santo Oficio, ejercido por el obispo Don Toribio de Cáceres y Virtudes cae con todo su peso sobre la niña de doce años ante las noticias de que ella ,,está endemoniada". Es a partir de la intervención de las autoridades religiosas católicas en la situación de Sierva María, cuando los lectores y lectoras pueden percibir más directamente la empatía del narrador por las injusticias que los adultos cometen para con aquella. Primero, el repudio de la madre por su odio hacia el padre, el que dadas su debilidad de carácter y su decadencia moral, abandona a la hija en los primeros doce años de su vida. Luego, el obispo con su omnipotencia del conocimiento de las trainpas del demonio para apoderarse de las almas, oficia las torturas de los exorcismos en el ya atormentado y frágil cuerpo de la chiquilla. A lo anterior se agregan los malos tratos y juicios errados de las actuaciones de la niña, que ejecutan las monjas clarisas, durante su encarcelamiento en el convento a órdenes del obispo. La abadesa Josefa Miranda, quien "se había formado en Burgos a la sombra del Santo Oficio, pero el don de mando y el rigor de sus prejuicios eran de dentro y de siempre" (89), es la que capitanea a las clarisas y por añadidura, alberga mucho rencor contra los criollos aristócratas y contra los franciscanos, orden a la cual pertenecen el obispo y Cayetano Delaura, a quien se le encarga la misión de estudiar el caso de la posesión demoniaco de Sierva María. Usando palabras que denuncian el trato rudo de la portera del convento y construyendo una imagen patética, el narrador describe el momento del encierro de la niña "poseída", para nunca más salir de los muros del convento: "La tomera tomó a la niña de la mano, sin darle tiempo para una despedida, y la pasó por el tomo" (84). Debido a que la mordedura del perro rabioso en el tobillo de Sierva María se había convertido en una llaga dolorosa a instancias de los tratamientos anteriores, el narrador dice que "como el tobillo le dolía al caminar, la niña se quitó la chinela izquierda. El marqués la vio alejarse, cojeando del pie descalzo, y con la chinela en la mano" (84). Un poco más adelante, no obstante que el narrador ya expresó dos veces lo lamentable de la niña y su dolor en el tobillo, lo repite una vez más anunciándolo como lo único que le quedó al marqués de su pequeña hija: "El último recuerdo que tuvo de ella fue cuando acabó de atravesar la galería del jardín, arrastrando el pie lastimado, y desapareció en el pabellón de las enterradas vivas" (84). Es más, cuando el narrador usa la denominación" el último recuerdo" está refiriéndose a una imagen visual y emotiva que no se va a borrar de la mente del padre de la niña.

Es interesante la representación garcíamarquiana sobre su interpretación de los hechos en tomo a las actuaciones de Sierva María, que hacen los miembros de la iglesia católica. Estos últimos al imitar el modelo de la ideología de la inquisición europea asumen la posesión de la verdad y por ende la posición de superioridad sobre cualquier otro conocimiento religioso y metafísico. Por consiguiente, los eclesiásticos asumen la realidad exterior de acuerdo con su propia lente, y rechazan cualquier diferencia o acto que no esté dentro del campo de su visión ideológica, sin detenerse a pensar en que pueden existir equivocaciones en cuanto al veredicto popular de que Sierva María está endemoniada. Basta con que el nombre del enemigo capital se mencione en relación con los síntomas de la rabia, para no dudar que las actuaciones de furia y las palabras extrañas que profiere la niña, que no son otras que las de la lengua yoruba, son obra del demonio. Así mismo, las actuaciones positivas de la niña las juzgan con sectarismo. Sucede que cuando encierran a Sierva María en el convento, ésta se pone a cantar con una voz muy melodioso que cautiva no sólo a la servidumbre, sino a la misma abadesa que la estaba escuchando desde su celda sin saber a quién pertenece tal voz. Pero una vez tiene conocimiento de que esa voz es de la niña, inmediatamente se dirige al patio donde se encuentra ésta última y "blandiendo el crucifijo como un arma de guerra contra Sierva María, 'Vade retro', gritó" (92). A continuación la llama airadamente "engendro de Satanás, te has hecho invisible para confundimos" (92). La niña enmudece y se pone en actitud hermética y agresiva, tal como lo hacía con su madre para defenderse de los ataques de esta última. Si los lectores nos ponemos del lado de la realidad de Sierva María tal como lo hace el narrador, ¿cuál podría ser la interpretación de actuaciones como la de la abadesa frente a aquella? Teniendo en cuenta que la niña ha crecido soportando los odios, el abandono y la segregación de los adultos de su raza, ella no puede sino reaccionar con mudez, frustración y rabia de impotencia ante el poder que los otros manejan sobre ella. A ello se agrega que el narrador nos ha descrito que su carácter es "pícaro" y gusta de decir mentiras. Para más testimonio del origen de la conducta de Sierva María, el mismo marqués corrobora lo anterior, cuando atormentado y culposo por la parte que a él le toca por haber abandonado a su hija en el patio de los esclavos, le dice a Cayetano Delaura que "A eso atribuía sus silencios, que podían durar meses, las explosiones de violencia irracional, la astucia con que se burlaba de la madre colgándoles a los gatos el cencerro que ella le ponía en el puño. La mayor dificultad era su vicio de mentir por placer, como los negros" (149). Los adultos siempre están violando el espacio de Sierva María y la despojan arbitrariamente de todo aquello que ella ama y le pertenece, como por ejemplo, los collares que sus amigas las esclavas negras le habían regalado y que una criada del convento trata de arrebatárselo provocando la furia de la niña, quien "la agarró por la muñeca y la obligó a soltarlos" (93). Y la criada, distorsionando el hecho real, declara que la niña había usado "una fuerza del otro mundo" para derribarla. Por lo tanto, "la verdad de la posesión demoníaca" de Sierva María se hace más contundente para los bandos católicos. Las monjas empiezan a levantar actas consignando "pruebas" que van acumulando contra la niña, que acorralada empieza a cometer actos de rebeldía y terror al verse acosada y agredida por las novicias que empezaron a darle empellones: "Se subió a la mesa, corrió de un extremo a otro gritando como una poseída verdadera en zafarrancho de abordaje" (95). Bajo una visión dogmática que sólo acepta sus propios puntos de vista y desconoce las acciones y las relaciones en una relación de causa a efecto, como es el caso de la visión del Santo Oficio, es explicable lo que el narrador manifiesta en tomo al convencimiento de los aliados del Santo Oficio de que las actuaciones de Sierva María no pueden ser más que obra del demonio, y no de sus circunstancias particulares. Esa distorsión de la realidad de Sierva María la lleva hasta los linderos de lo fantástico en que todo lo malo y extraño que sucediera en el convento se atribuía al maleficio de la niña. Hubo varias novicias que "declararon para las actas que volaba con unas alas transparentes que en-útían un zumbido fantástico" (95). Y la abadesa afirmó que un cerdo habló y una cabra parió trillizos" (108).

Nelly Richard argumenta que nuestra identidad cultural latinoamericana es la de individuos que procedemos de una mezcla dialéctica de lenguas diferentes que nos rodean. En el caso particular de Sierva María, como ya se expresó anteriortnente, su identidad procede de una mezcla entre razas antagónicas como son la blanca y la negra. Con el agravante de que ella se expresa más en las lenguas africanas, especialmente cuando reacciona ante los ataques de sus perseguidores o estalla en los espasmos de la enfermedad de la rabia. Debido a que Sierva María hace uso de lenguas africanas, el obispo, quien no concibe la aceptación de las diferencias, declara dogmáticamente que todo aquello que provenga de las razas no católicas es motivo de idolatría. Por eso, es que el obispo acomoda la realidad del caso de Sierva María de acuerdo a sus propios parámetros y no acepta otras explicaciones, tal como lo refiere el narrador al enunciar que "el obispo siempre encontró una explicación a su favor" (77), cuando el marqués trata de hacerle ver que su hija no está endemoniada sino aquejada por la enfen-nedad de la rabia, a causa del mordisco del perro rabioso. Ante una evidencia como la mordedura en el tobillo de la niña, el obispo sigue afirmando lo suyo y establece que "digan lo que digan los médicos, la rabia en los humanos suele ser una de las tantas artimañas del Enemigo" (79). El veredicto del obispo en ejercicio de su autoridad episcopal, aunque no lo quieran aquellos que tratan de interceder por la niña inocente, es lo que hace que la guerra contra el Enemigo se lleve hasta las últimas consecuencias, haciendo caso on-tiso del cuerpo infantil y las torturas por las que debe pasar en el proceso del exorcismo. Lo único que les importa al abispo y a sus seguidores es "salvar el alma de la niña" de las garras del contender y por ende, demostrar que ellos son más poderosos que el demonio. Si prestamos atención a la fonna en que se lleva a cabo el exorcismo resulta fácil comprobar que hay una oposición autorial ante las razones clericales para declararle la guerra a su Enenúgo a través de una niña inocente que no sabe de la existencia del Dios católico ni mucho menos de las non-nas cristianas existentes. Y peor aún, cuando por lo anterior los ministros de la Inquisición juzgan a la niña como a una hereje, dándole los tratos que consideran apropiados: "Fue un ritual de un condenado a muerte. La llevaron a rastras al abrevadero, la lavaron a baldazos, la despojaron a tirones de sus collares y le pusieron el camisón de los herejes" (173). A continuación, con unas cizallas de podar, le cercenaron el atributo físico más preciado que poseía la víctima, como era su cabellera, la cual nunca le habían cortado como una promesa que había hecho Dominga de Adviento, hasta que la niña contrajera matrimonio. Luego, el narrador refiere como una manifestación de la imitación de los modelos inquisitoirales europeos, una monja arroja la cabellera a la hoguera que habían encendido en el patio. Después le ponen a Sierva María una camisa de fuerza y la cubren con un trapo fúnebre para conducirla a la capilla en una parihuela, como a un reo al que llevaban a ejecutar. El panorama que presenta el narrador es el de la condenación y ejecución de un criminal irredento al cual el obispo enfrenta en pie de guerra: "El agarró el hisopo como un mazo de guerra, se inclinó sobre Sierva María, y la asperjó a lo largo del cuerpo murmurando una oración. De pronto profirió el conjuro que estremeció los fundamentos de la capilla" (175). Ante los gritos estertóreos del obispo, la niña reacciona con un grito, "fuera de sí por el terror", -explica el narrador-. El grito de la niña, como es de suponer, lo interpretan los inquisidores como una respuesta del "sino demonio ante el conjuro que le hace el obispo. Este último grita de nuevo. Lo mismo hace Sierva María como reacción, y cuando el obispo va a gritar más alto para continuar conjurando al Enemigo, se desploma falto de aire en sus pulmones debilitados por la enfermedad crónica del asma que le aqueja. Estos hechos complican más la situación de la niña, ya que es obvio que para la verdad de la posesión demoníaca que pretenden imponer los inquisidores, el obispo aparece víctima de la resistencia que le opone el Enemigo agazapado en el pequeño cuerpo de la niña. Sin embargo, en la realidad que vive Sierva María, las actuaciones condenatorias de los eclesiásticos por una culpa de la cual ella no tiene la menor idea ni conciencia, los que aparecen como demonios son los mismos inquisidores tal como aquella se lo refiere a Cayetano Delaura, una vez que éste se convirtió en su aliado:"Le habló del estruendo de los coros que parecían de guerra, de los gritos alucinados del obispo, de su aliento abrasador, de sus hermosos ojos verdes enardecidos por la conmoción. 'Era como el diablo'. Dijo" (177). Las anteriores palabras revelan el juicio del narrador, quien a la postre está poniendo de presente la verdad que maneja el autor frente a los métodos de juicio de los inquisidores para con Sierva María, v por ende de quién sabe cuántas otras víctimas inocentes en la historia verdadera de los juicios del Santo Oficio. La verdad que porta este discurso novelesco es entonces, la de que los verdaderos demonios contra los cuales pelean los simpatizantes de la inquisición, son los mismos inquisidores con sus juicios dogmáticos, autoritarios, a la ligera y con sus procedimientos de verdugos cuando hacen exorcismos. Por otra parte, además de que el narrador expresa que el obispo es el demonio a los ojos de Sierva María. también lo dice explícitamente de la abadesa Josefa Miranda a través de Cayetano Delaura cuando éste en un arranque de indignación ante la lectura del memorial de los muchos cargos exagerados contra Sierva María, exclama delante del obispo: "Si alguien está poseído por todos los demonios es Josefa Miranda. Demonios de rencor, de intolerancia, de imbecilidad, ¡Es detestable! " ( 1 28). Ante la sorpresa del obispo, Delaura baja el tono, pero no se retracta de su verdad sobre Josefa Miranda, manifestando a modo de explicación, que ésta le otorga tantos poderes al rey del averno, que más bien parece "una devota del demonio". Por consiguiente, los lectores y lectoras podemos deducir que los demonios a que hace referencia el título de la obra son los miembros de la Iglesia católica en su tarea de inquisidores.

En cuanto al otro referente del título de la obra que implica su otra gran verdad textual, que es la del sentimiento del amor, éste recae principalmente en Cayetano Delaura, en el marqués de Casalduero en su rol de padre,, en Sierva María y en los esclavos negros.

De modo irónico y subversivo para las normas religiosas y las sociales, el personaje Cayetano Delaura, quien tiene treinta y seis años, se enamora profunda y desesperadamente de la niña Sierva María, convirtiéndose en el redentor de las Injusticias y de la falta de amor y atención que Sierva María había padecido a instancias de la religión, de la segregación y del abandono de que había sido objeto. Delaura se convence de que la niña no está endemoniada y trata de hacérselo ver a los inquisidores, especialmente a la abadesa, con la cual tiene enfrentamientos por su ligereza de juicios, y las condiciones infrahumanas a que ha reducido a la acusada: "Cuando la guardiana abrió la puerta, la celda de Sierva María exhaló un vaho de podredumbre. La niña yacía bocarriba en la cama de piedra sin colchón, atada de pies y manos con correas de cuero" (1 1 0). En su empeño por salvar a Sierva María de la ejecución del exorcismo Delaura va en busca del marqués para saber más detalles acerca de la vida y carácter de la marquesita, pero el padre nada puede aportarle sino su propio dolor y ansiedad por sacar a su hija de la cárcel en que el obispo lo obligó a confinarla so pretexto de "salvar su alma". A continuación, rompiendo las distancias y diferencias que lo separan, Delaura va a hablar con el médico y judío, Abrenuncio' quien está bajo amenazas de ser juzgado por hereje debido a su independencia de criterio y a su cultura universal anticatólico. Cayetano necesita hallar indicios, que Abrenuncio le puede proporcionar, para probar que Sierva María no está poseída por el demonio. En efecto, Abrenuncio le corrobora a Delaura que si algo tiene la niña son los síntomas de la rabia, y agregó con ejemplos lamentables, de cómo la iglesia "desde siempre la había confundido con la posesión demoniaca, al igual que ciertas fortnas de locura y otros trastornos del espíritu" (1 55). Las gestiones que realiza Cayetano para la causa de Sierva María son inútiles ante el poder que detenta el Santo Oficio. Tampoco pueden hacer nada por la inocente, el marqués, el médico Abrenuncio ni ciertas cofrades que apoyaron a Delaura en su causa, pero que finalmente no se atrevieron a "pronunciarse contra las actas del gobierno ni a contrariar la credibilidad popular" (156). A la postre, los sentimientos de amor y de justicia de Cayetano Delaura por Sierva María, precipitan su caída ante el clero y el castigo de encierro perpetuo en el leprocomio, cuando queda en evidencia ante el clero, su relación amorosa con la endemoniada. Es más, poco faltó para que Cayetano fuera condenado por herejía. Mientras éste último, es capturado cuando iba can-fino a la celda de Sierva María para escapar juntos, ella, sin tener la menor idea del por qué Cayetano no volvió a su lado para salvarla de la Inquisición y huir hacia la felicidad del amor, tal como lo habían planeado, explota en ataques de rebeldía y frustración, confirmando más y más "los indicios de la posesión". Y cuando la guardiana entró a la celda para llevar a Sierva María a la sexta sesión de exorcismos, el narrador nos informa a los lectores y lectoras del final de la niña diciéndonos que la guardiana, "la encontró muerta de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacida" (198). Vale observar finalmente, que a pesar del poder destructor de los encargados de exorcisar a Sierva María, ésta no tuvo que padecer las torturas de sus demonios inquisidores, y fue el amor el que la liberó de sus dominios.

El amor verdadero como oponente al rechazo, abandono e injusticias de que es objeto Sierva María anida en personajes insospechados. De forma contraria o irónica la niña no recibe el amor de quienes se supone que poseen la capacidad y obligación moral de amar, compadecer y comprender a los demás. Ellos son los que más distantes están para albergar tales atributos. Empezando por Bernarda Cabrera, la madre de Sierva María, quien actúa como una mujer desnaturalizada que repudia y segrega familiar y culturalmente a su propia hija, en tanto que el padre, aunque un tanto tarde, es quien le otorga a Sierva María los cuidados amorosos abnegados y la atención que la madre siempre le negó a aquella. También las figuras femeninas religiosas, encabezadas por la abadesa, que se supone un dechado de virtudes y compasión, son la más intolerantes y despiadadas con la niña. El obispo Don Toribio de Cáceres y Virtudes (nombre irónico este el de "virtudes"), quien podría estar lleno de sabiduría no aparece en la novela con conocimientos, ni capacidad para razonar para no emitir veredictos que victimicen a seres inocentes como es el caso de Sierva María. El que sí posee tal capacidad de razonamiento es Abrenuncio, el médico del cuerpo. Así mismo, Cayetano Delaura, fue quien más pudo darle paz y felicidad a la niña ya convertida en mujer incipiente, hacia el final de la novela, pero, por razones obvias en cuanto a las normas sociales y religiosas, Delaura fue impedido para continuar sus amores con Sierva María. Es de anotar, además que en esta novela los esclavos negros que representan lo marginal, son los que también le entregan amor y cuidados a Sierva María en sus primeros anos, especialmente Dominga de Adviento, quien hace las veces de madre. Un patrón que se puede observar en la asignación autorial de la capacidad de amor y compasión, es que ciertos personajes masculinos, a diferencia de los femeninos, son los que demuestran tales inclinaciones, lo mismo que aquellos personajes que se encuentran en la periferia.

Queda pues, establecido cómo en esta obra Del amor y otros demonios, Gabriel García Márquez nos expresa sus verdades sobre la sociedad dicotómica colonial Cartagenera y de manera más contundente, su oposición individual frente a las verdades y leyes que manejaba el Santo Oficio de la Inquisición, dejando a los lectores y lectoras espacio para la reflexión y el cuestionamiento de los manejos de la verdad espiritual a mano de tales ministros de Dios, que parece que estaban más bien servicio del demonio. Y al mismo tiempo, a sabiendas del pode del sectarismo religioso y la rigidez social para con el amor prohibido entre Cayetano y Sierva María, García Márquez quiere establecer a través de su texto novelesco su verdad de que el anor es el camino de la reivindicación, la justicia y la felicidad individual.

Obras consultadas

Dussel, Enrique. "Eurocentrism and Modemity" en The Postmodernism Debate in Latin Ameríca. Coed. John Beverly y José Oviedo. Trad. Michel Aronna. Boundary 2. Vol. 20, no. 3 (Fall 1993), 64-74.

García Márquez, Gabriel. Del amor y otros demonios. Santafé de Bogotá: Editorial Norma S.A., 1994.

Richard, Nelly. "Cultural Peripheries: Latin America and Postmodernist De-centering" en The Postmodernism Debate in Latin America, Coed. John Beverly y José Oviedo. Trad. Michel Aronna. Boundary 2. Vol. 20, no. 3 (Fall 1993), 157-161.

Rowe, William y Schelling, Vivian. Memory and Postmodemity. Popular cultura in Latin America. New York: Verso, 1994.

Williams, Raymond L. Afirmaciones de la verdad en Occidente en el contexto de la novela latinoamerica. Trad. Eugenia Mufloz. En Textos y Contextos: Ensayos críticos americanos y latinoamericanos. New Mexico: Research University Press, 1996.

DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS: TRAGEDIA INQUISITORIAL, BEATIFICACIÓN AFRICANA

En Del amor y otros demonios García Márquez ha creado un mundo plenamente colombiano y colonial de amores prohibidos y duras penas, de sensualidad y su represión. Este mundo, que le debe mucho a la cultura eclesiástica española, es el de la tragedia inquisitorial. Sin embargo, la cultura inquisitorial en América es tan distinta de la española, según indica Pedro Gómez Valderrama en su prólogo al libro de José Toribio Medina sobre la Inquisición en Cartagena, "como son las Repúblicas del Reino, por esa gota de veneno tropical que entra en las venas al colonizador" (Gómez Valderrama). Complementemos las palabras de Gómez Valderrama con la siguiente observación: en la sangre tropical de Cartagena de Indias corren, mezcladas, las sangres indígenas y africanas, junto con las europeas-españolas.1 Estas sangres, especialmente la africana, dan un sabor muy distinto a la temática de tragedia de la sexualidad y de la fe religiosa en la Colombia colonial de García Márquez. Precisemos: a mi modo de ver, García Márquez se sirve de las obsesiones de sus personajes para enfrentarse con la cultura blanca y española de la iglesia católica en la época colonial y, al mismo tiempo, para celebrar el modo de ser de una cultura que hasta hoy día ha sido casi imperceptible en su obra y que, con pocas excepciones, no ha figurado en los cánones de la historia de la literatura colombiana: la africana. Más aún: García Márquez desarrolla toda esta complicada temática por medio del concepto de la fatalidad en su sentido clásico y aristotélico.

Los "demonios" del título de la novela traen a la memoria "los demonios creadores" o la obsesiones principales del propio García Márquez. Estas, como se ha notado correcta y en colombia, son las del amor y de la muerte. A estas obsesiones habrá que añadir la de la fatalidad. Estas tres obsesiones se repiten en obra tras obra, y en tan distintas como lo son Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, y El general en su laberinto. De todas las obras anteriores a Del amor y otros demonios, quisiera comentar, aunque brevemente, Crónica de una muerte anunciada. Esta novela la considero como una especie de pauta para Del amor y otros demonios particularmente en cuanto a las dimensiones temáticas del género.

El género literario del cual se nutre Crónica de una muerte anunciada es menos el de la novela policiaca o del reporte periodístico y más el de la tragedia clásica, sobre lo cual escribí un artículo hace años. Los amores fatales entre Santiago Nasar y Angela Vicario han de verse no sólo a través del prisma español, muy del Siglo de Oro, del honor, sino también a través de la luz prismática y aristotélica del destino en su sentido clásico. El destino aristotélico reglamenta, da forma y estructura, a la historia de estos amores, a la crónica de la destrucción de estas dos, En Del amor y otros demonios esa misma estructura -es decir la de la destrucción, predestinada desde el principio, de una o más personas - se traduce al contexto, tanto teológico como cultural, de la iglesia y de la Inquisición, y este contexto se traduce, simultáneamente, al histórico de la Colombia colonial. Complicadísima, pues, la historia, y no sólo por la temática tan conflictiva emocional y canónicarnente como la de un amor entre clérigo y doncella, sino también, por aquella otra temática, igualmente conflictiva, del enfrentamiento de dos culturas: la eclesiástica y la secular, la europea y la africana, la blanca y la negra.2

El título de la novela y el contenido de las primeras tres 0 cuatro páginas nos orientan hacia el sendero de su interpretación: El amor es un demonio entre otros en un mundo esclavizado casi por completo. Metafóricamente, el endemoniar y el esclavizar comparten una semejante temática. Ambos procesos tienen que ver con la posesión, ya sea del alma, ya sea del cuerpo. El amor principal de la novela es aquel entre Cayetano Delaura, sacerdote español de 36 años, y Sierva María de Todos los Angeles, con sus 12 años, hija única del segundo marqués de Casalduero y de "una mestiza brava de la llamada aristocracia de mostrador" (15), Bernarda Cabrera. Pero este amor, aunque el más importante de la novela, ha de encajarse dentro de la historia de los demonios en general. Recuérdese que esta relación prohibida entre sacerdote y niña sólo aparece en la segunda mitad del libro. El "demonio" principal de la novela entera es, obviamente, el de la posesión diabólica, historia que comienza en la primera página de la novela y va hasta la última.3

En la Cartagena colonial del siglo XVIII, la historia de la posesión diabólica de Sierva María, al igual que la de las otras posesiones de la novela, sólo puede desarrollarse dentro de las normas del Santo Oficio de la Inquisición, institución establecida en Cartagena en 16104 y en contínua operación hasta principios del siglo XIX.5 El Santo Oficio, a veces denominado el "Consejo de la Suprema y General Inquisición" o simplemente "La Suprema", fue instrumento de opresión y control social, metáfora perfecta de la esclavitud que saturaba las vidas de los cartageneses en la época colonial.

Que toda la novela se vea bajo la lupa de la esclavitud es el objeto, me parece, del episodio del remate del cargamento de esclavos, entre ellos la bella abisinia, que ocupa las primeras páginas del libro. Y también que diga García Márquez lo siguiente de Sierva María en sus primeras descripciones la niña: "en aquel mundo opresivo en el que nadie era libre, Sierva María lo era: sólo ella y sólo allí'(19). Doble ironía, pues,la una del nombre ("Sierva María" equivale decir "Esclava María") y la otra del contexto ("allí" 'se refiere a las barracas de los esclavos, en donde encuentra la niña su única libertad). De libre y contenta, ella pasa a la esclavitud moral y a la tormenta en su corazón, causados los dos por sus acusadores y luego por su familia, sus carceleras en el Convento de Santa Clara, sus tres exorcistas y, al final, por el único amor de su breve vida, Cayetano Delaura- y todo a raíz, según la narración, de un simple accidente, el mordisco de un perro rabioso.

Candidatos a la vida libre en este mundo de obsesionados, de presos, de condenados por la fatalidad y de inquisidores son tres, cada candidato persona marginalizada, ya sea por la sociedad, ya sea por la iglesia. El primer candidato, Judas Iscariote, es un negro gigantesco y buen mozo, quien, aunque siendo libre, se vende a sí mismo (33) a Brnarda Cabrera. El paralelo, escandaloso por una parte y por otra no, con la biblia es obvio. El segundo candidato es la esclava Dominga de Adviento, quien sirve a Bernarda Cabrera y a Sierva María. Dominga, prohibida por su ama de contarle al marqués lo que había visto entre la marquesa y Judas Iscariote, obedece. Sin embargo, le contesta a Bemarda, "[Usted] no puede prohibirme lo que pienso" (35). Irónico, el hecho de que uno de los pocos librepensadores en la Cartagena colonial sea una esclava. Irónico también porque la prohibición del pensamiento independiente es precisamente la razón de ser de la Inquisición. El tercer candidato es el licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao (27), médico y judío portugués de gran erudición (habla un latín perfecto) y el único ser europeo en la novela capaz de existir sin ahogarse en el aire del catolicismo colonial. Representa el libre ejercicio de la razón en un contexto en el cual se prohibe. El es el único a disputar el diagnóstico obispal de la posesión diabólica de Sierva María. Todos los demás, incluso Cayetano Delaura (que duda a veces la necesidad de un exorcismo), aceptan la interpretación eclesiástica del mordisco del perro.

Este mordisco es el anuncio casi imperceptible de un encarcelamiento irreversible en la vida de una niña hasta entonces completamente normal. Dicho mordisco funciona también quizás como símbolo del despertar de la sensualidad en la adolescencia, es decir, del despertar de las pasiones "animales" y eróticas que están presentes en toda persona. Este cambio físico es visto con suma naturalidad por los afrocolombianos en la novela, pero no por los blancos, quienes son, cabe notar, los que se alarman por el mordisco en el tobillo de Sierva María. Ella hubiera crecido normalmente si no hubiera sido por la represiva mentalidad de los españoles y los criollos, y por el Santo Oficio con su larga tradición en cuanto a posesión demoniaca, lo cual se hace muy evidente en la visita del marqués de Casalduero al obispo Toribio de Cáceres y Virtudes. "Es un secreto a gritos", le dice el obispo al marqués, "que tu pobre niña rueda por los suelos presa de convulsiones obscenas y ladrando en jerga de idólatras. ¿No son síntomas inequívocos de una posesión demoniaca?" (76). Las malas lenguas acusan -y los lectores saben que la acusación es falsa- a Sierva María de ser poseída por el demonio. Una vez mordida por el perro rabioso, según le explica el obispo al padre de la niña, ella vive bajo el signo de la culpabilidad y la condena. "La rabia en los humanos", dice el obispo, "suele ser una de las tantas artimañas del Enemigo" (79). Al marqués le parece todo esto como "el preludio de una condena al fuego eterno" (79). Con sólo evidencia anecdótico pero de acuerdo con las prácticas ordinarias del Santo Oficio, el obispo define el estado de ser de la niña y da comienzo a la batalla inquisitorial y exorcisante. Así, progresiva e inexorablemente, sin posibilidad de apelación eficaz, Sierva María se encuentra en las garras de un proceso predestinado a una sola conclusión, "la condena al fuego eterno". Dicho de otra manera, Del amor y otros demonios es "la crónica de una condena anunciada".

La metáfora del progresivo encarcelamiento explica las vidas de otros personajes de este mundo colonial, especialmente cuando esa cárcel es el resultado de pasiones desbordantes. En las vidas de Bernarda Cabrera, madre de Sierva María, y de Cayetano Delaura vemos dos de los senderos distintos que puede tomar la pasión. Menos interesante, para mí, es la cárcel de la pasión en la cual vive Bernarda Cabrera, y eso dado a que las descripciones en la novela narran cambios más bien físicos que psicológicos o espirituales. Es decir, de "mestiza brava, ... seductora, rapaz y parrandera" con "cuerpo de sirena" (15) se convierte en vieja fea, gorda y llena de ventosidades. En ella, la pasión es exclusivamente genital.

De mucho más interés es la complicada y sutil manera en que García Márquez construye la cárcel que se cierra sobre Cayetano Delaura; éste, capturado primero por una pasión prohibida, será, a consecuencia de esta misma pasión, juzgado por los códigos de su fe. El primer indicio de los posibles y futuros sentimientos del joven sacerdote ocurre ya pasando la mitad del libro, cuando, al ver a Sierva María por primera vez, un temblor se apodera de su cuerpo y un sudor helado lo empapa (110). En secreto y en silencio, él, aunque lucha desde el principio contra esta conquista tan inesperada de su corazón, se enamora de ella. Este amor lo revela con la "confesión" -aunque no en el confesionario- que le hace Delaura a su obispo, quien lo encuentra "revolcándose en un lodazal de sangre y de lágrimas", desesperado y adolorido por su auto-flagelación. "Es el demonio", le dice Delaura, "el más terrible de todos" (159). Al final de la novela lo encontramos "condenado en un juicio de plaza pública que [arroja] sobre él sospechas de herejía" (196).

¿Cuál es el delito de Cayetano Delaura? La explicación que más frecuentemente me han dado los amigos-lectores de García Márquez es que Cayetano Delaura es culpable del delito de la solicitación. Aunque parezca correcta, esta explicación es errónea. El tan conocido sollicitatio ad turpiam in confessione es la incitación, dentro del confesionario, al confesado, por parte del padre confesor, a pecar. Legalmente, se incluye como castigable el tiempo inmediatamente anterior o posterior a la confesión del penitente. Este delito fue bastante común en la iglesia (quizás lo sigue siendo), y ha sido bien estudiado.6 El delito de la solicitación comenzó a ser un problema históricamente al convertirse la confesión, dentro del sacramento de la penitencia, de proceso público e infrecuente a privado y frecuente. Este cambio empezó en el siglo VII en los monasterios de Irlanda y se confirmó por el Concilio de Trento en el siglo XVI. El erotismo potencial en el tener que describir la penitente sus pasiones y acciones íntimas a un hombre obligado a recibirlas en confianza, y todo esto en un lugar apartado y privado, fácilmente-convierte al confesionario en el famoso "templete de amor", lugar predilecto -se dice- de la solicitación.7

Esta interpretación del delito de Cayetano Delaura, en parte por sus simplificaciones y en parte por sus suposiciones, es incorrecta. No negamos que Cayetano Delaura sea sacerdote; ni que haya intentado seducir a Sierva María; tampoco que las relaciones amorosas entre los padres confesores y las penitentes sean prohibidas. Pero la dificultad según el derecho eclesiástico, es múltiple: por una parte, Delaura no es el padre confesor de Sierva María sino más bien su exorcista. Su "solicitación" no ocurre dentro del sacramento de la confesión. Desde luego, dentro del reglamentario del Santo Oficio, y no hay que olvidarse que era el Santo Oficio que tenía la responsabilidad de la investigación y el castigo del delito de la solicitación,8 él no puede ser culpable del sollicitatio ad turpiam in confessione. Por otra parte, su solicitación tampoco ocurre dentro del proceso del exorcismo, sino más bien después de haber sido despedido de su cargo por el obispo. Cuando se declara a Sierva María, ya no es su exorcista. Y, por todavía otra parte, como ha dejado de tener poder eclesiástico sobre Sierva María, no hay en él ni decepción ni -lógicamente abuso de su posición.9 Tan rara es la seducción dentro del exorcismo que no he podido encontrar descripción del delito ni en manuales de confesores, ni en manuales de inquisidores, ni en trabajos eruditos sobre el Santo Oficio.

Tampoco puede considerarse el crimen de Cayetano Delaura un delito de seducción, ya que, antes de alcanzar su meta de amor, los largos tentáculos del Santo Oficio se apoderan de él y lo entregan a sus propios inquisidores, quienes lo someten a juicio público y lo condenan por toda la vida a servir de enfermero de leprosos en el Hospital del Amor de Dios. La sentencia es, me parece, de una exquisita precisión: todos los días, este hombre controlado por los deseos carnales ve ante los ojos la carne en putrificación de la lepra. Esta condena indica que el delito de Cayetano Delaura no es aquel del sollicitatio ad turpiam in confessione. Más bien, el delito es que se ha enamorado de Siera María en contra del voto de castidad. El Santo Oficio condena a Cayetano Delaura, pues, por sus deseos, su imaginación, sus intenciones, sus pensamientos, sus blasfemias, sus declaraciones escandalosas.10

El derecho aplicable al caso de Cayetano Delaura también puede entenderse por analogía. Ya que "el esquema formal de la confesión reproduce, a pequeña escala, un procedimiento inquisitorial" (Pérez Escohotado, 36), las intenciones seductoras, cuando éstas aparecen dentro de un proceso de inquisición, han de verse como castigabas. Y el exorcismo cabe dentro del proceso inquisitorial. Un acto o una intención semejante en todos tres procesos -la confesión, la inquisición, el exorcismo-conllevaría penas parecidas, aunque canónicamente los procesos de la inquisición y del exorcismo no forman parte de los sacramentos.

Dentro de este contexto tan eclesiástico y colonial, los deseos camales de Cayetano Delaura hacen de su vida una tragedia inquisitorial, pero por lo menos él está consciente de lo que hace y, dado que ha violado los votos que había jurado obedecer, él se merece, en el mundo moral de la novela, la pena impuesta. En el caso de Sierva María, la tragedia inquisitorial es otra, pues ella no merece su destino. Sin embargo, ella, aunque inocente, es considerada como culpable desde el momento del mordisco del perro rabioso y desde el momento en que las malas lenguas optan por decir que han visto en ella indicios de posesión. Allí comienza su condena; allí comienza su muerte.

¿Y qué de la temática africana en el contexto de esta condena por el Santo Oficio? Aquí habrá de notarse lo siguiente: En Del amor y otros demonios, al igual que en El general en su laberinto y Doce cuentos peregrinos, García Márquez suplementa su narración con un aporte autobiográfico. Es como si, poniendo ante los críticos "la novela de la novela" o "el cuento del cuento," quisiera encauzar el gran río de la crítica. Pero el prólogo de esta última novela señala la presencia de un enorme silencio que, según mis investigaciones de la recepción de la novela, ningún crítico ha comentado. Recuérdese el fin. Sierva María de Todos los Angeles amanece "muerta de amor" en su celda antes de ser sometida a la sexta sesión de su exorcismo. Canónicamente, pues, muere como hechicera o bruja, 11 acusada se ser poseída por el demonio. Canónicamente, como no hay presunción de inocencia en los procesos del Santo Oficio, muere condenada al infierno. En su caso no hubo ni siquiera un indicio de arrepentimiento como para poder morir en la fe, tal como se hacía repetidamente en los llamados autos de fe. Por lo tanto, es sorprendente el encuentro de sus restos mortales en una capilla, y más sorprendente todavía en un lugar tan consagrado como ha de ser, según el prólogo, "la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio" (1 1).

¿Cómo llegó una niña poseída por el demonio a sepultarse en estos muros sagrados? ¿Qué pasó en el intervalo entre su muerte y su sepultura? Recuérdese que toda inquisición o exorcismo ha de conducirse con la autorización y bajo la dirección de un obispo; es él quien dirige el proceso desde su principio hasta su fin. ¿Ordenó don Toribio de Cáceres y Virtudes, obispo de la diócesis en la cual se desarrolla el proceso del exorcismo de la niña, que a ella la sepultaran en la capilla? Nunca lo sabremos; García Márquez se calla. 0 más bien, su silencio habla, criticando fuertemente al Santo Oficio y sus procesos de inquisición y exorcismo. Dicho de otra manera, con el hecho de "enterrar" en su prólogo y fuera de la novel12 a la niña en el altar mayor, García Márquez decide "salvar" a Sierva María. No importa lo que habrá dicho el Santo Oficio en Cartagena hace más de doscientos años. Él, siendo el obispo de su arte, la considera una santa por la inocencia (no hay que olvidarse que es menor de edad) de su amor y de su sensualidad, una sensualidad simbolizada por los 22 metros de su cabellera viva de color de cobre que encuentra García Márquez en el convento de Santa Clara en 1949 (1 l). En la sensualidad fue Sierva María primordialmente instruida por las esclavas africanas. La natural y sensual manera de ser, pues, de la cultura africana sirve como contrapeso a la represiva y fría cultura blanca, española y católica, la cual ha interpretado como manías del dernonio muchas pasiones bastante normales de todo ser humano. Aunque racialmente europea y mestiza, Sierva María de Todos los Angeles es espiritualmente africana. Es decir, aunque en ella se mezclen simbólicamente las sangres de las tres culturas más importantes de Colombia, la base de su salvación, la base de su beatificación simbólica y estética, es principalmente la africana. Pensamiento herético, por cierto, pero muy de García Márquez, y gran elogio a la cultura afrocolombiana. Nuestro Premio Nobel reconoce y celebra el hecho de que dentro de todo colombiano del Caribe, bajo la máscara española y católica, late el corazón de un ser africano, un ser que nunca, aunque dure milenios la aculturación europea, dejará de existir.13

Obras citadas

Carranza, María Mercedes. "De Gabo y otros demonios". Semana (19 de abril de 1994): 22-29.

Cuervo, Luis Augusto. Dos temas coloniales (El Presidente Venero de Leiva y La inquisición en el Nuevo Reino de Granada). Cali: Camacho Roldán, 1951.

García Márquez, Gabriel. Del amor y otros demonios. Santafé de Bogotá: Grupo Editorial Norma, 1994.

García Márquez, Gabriel. Obra periodística. Vol. 1. Textos costeños. Recopilación y prólogo de Jacques Gilard. Barcelona: Bruguera, 1981.

García Márquez, Gabriel. Obra periodística. VoL 2. Entre cachacos I. Recopilación y prólogo de Jacques Gilard. Barcelona: Bruguera, 1982.

Gómez Valderraina, Pedro. "Prólogo" a José Toribio Medina, La Inquisición en Cartagena de Indias. Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1978, págs. ¡-vi¡¡.

Haliczer, Stephen. Sexuality in the Confessional: A Sacrament Profaned. New York: Oxford University Press, 1996.

Lemaitre, Eduardo. Historia general de Cartagena. Tomo 2. Bogotá: Banco de la República, 1983, págs. 83-106.

Medina,JoséToribio. La imprenta en Bogotá(1739-1821) e Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Cartagena de Indias. Bogotá: Biblioteca Nacional de Colombia, 1952.

Medina, José Toribio. La Inquisición en Cartagena de Indias. Bogotá: Carlos Valencia, Editores, 1978.

Palencia-Roth, Michael. "Crónica de una muerte anunciada: El Anti-Edipo de García Márquez," Revista de Estudios Colombianos, 6 (1889): 9-14.

Pérez Escohotado, Javier. Sexo e Inquisición en España. Madrid: Ediciones Temas de Hoy, 1992.

Pérez Villanueva, Joaquín y Bartolomé Escandell Bonet (editores). Historia de la Inquisición en España y América. Vol. 1 (Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos), 1984.

Sarrión Mora, Adelina. Sexualidad y confesión: La solicitación ante el Tribunal del Santo Oficio (siglos XVI-XIX). Madrid: Alianza Editorial, 1994.

Tejado Fernández, Manuel. Aspectos de la vida social en Cartagena de Indias durante el seiscientos. Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1954.


1. Véase Aspectos de la vida social en Cartagena de Indias durante el seiscientos, por Manuel Tejado Femández.
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2. María Mercedes Carranza escribe en Semana (19 de abril de 1994) que Del amor y otros demonios es "una historia de amor, simple, hermosa y dramática" (pág.22). Aprecio mucho la inteligente y simpática reseña de María Mercedes Carranza, pero no puedo compartir su opinión. Que sea una historia demrnor es innegable;que sea dramática,también innegable. Nodudo que la historia, si por "historia" se entiende la narración, sea hermosa, admirable y de elegante prosa. Pero el amor en la novela, para mi, dista Mucho de la hermosura. Y la historia, como he indicado, es complicadísima.
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3. Las otras posesiones de la novela, además de la erótica, la diabólica y la esclavizante, son: la biológica (el cuerpo poseído por una enfermedad, posesión confundible con la diabólica); la burocrática (el someterse a los laberintos de un proceso legal o a los complicados reglamentos de una institución); la física (el encarcelanúento); y la del pasado (el rencor, por ejemplo, en la abadesa). El argumento de la novela, es, me parece, el de un encarcelamiento progresivo, física y moralmente, de casi todos los personajes a causa de los demonios, sean éstos personales o no.
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4. Véase la Real Cédula (25 de febrero de 1610), reproducida entera en José Toribio Medina, La imprenta en Bogotá (1739-182 1) e Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Cartagena de Indias. Bogotá: Biblioteca Nacional de Colombia, 1952. págs. 123-124. Los primeros inquisidores se nombran en la cédula: Mateo de Salcedo y Juan de Mañozca. Mañozca, cabe notar, es protagonista en la novela Los cortejos del diablo por Germán Espinosa.
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5. El congreso de Cúcuta, el 22 de agosto de 1821, elimina el Santo Oficio. Decreta: "se extingue para siempre el tribunal de la Inquisición llamado también Santo Oficio; jamás podrá restablecerse y sus bienes o rentas se aplicarán al aumento de los fondos públicos" (Cuervo, pág. 66). A mi modo ver ver, la mejor historia breve de la Inquisición en Cartagena se encuentra en el segundo tomo del estudio de Eduardo Lemaitre, Mstoria general de Cartagena.
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6. Véase los siguientes estudios: El veneno de Dios: la Inquisición en Sevilla ante el delito de solicitación en confesión, por Juan Antonio Alejandre; Sexo e Inquisición en España, por Javier Pérez Escohotado; Sexualidad y confesión: la solicitación ante el Tribunal del Santo Oficio, por Adelina Sarrión Mora; Sexuality in the Confessional: A Sacrament Profaned, por Stephen Haliczer.
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7. El código fundamental de los procedimientos y atribuciones del Santo Oficio en Cartagena indica -y cito aquí el documento reproducido en José Toribio Medina, La Inquisición en Cartagena de Indias (24-33)- que los inquisidores han de ocuparse por los siguientes delitos o delincuentes: (a) los que guardan y observan "la ley de Moisés"; (b) los que afirman que "la secta de Mahoma es buena, que no hay otra para entrar en el paraíso y que Jesucristo no es Dios sino profeta" etc.; (e) los que creen en la secta de Lutero; (d) los que afirman que es buena la secta de los alumbrados; (e) los que pronuncian herejías, por ejemplo, el decir que no hay paraíso para los buenos ni infierno para los malos, los que han invocado demonios o los que han sido brujos o brujas; (f) los solicitantes; (g) los lectores o posesores de libros prohibidos, especialmente los de Martín Lutero o de los de la secta de Mahoma. Bajo la posible pena de excomunicación, el que sospecha a otra persona de delito contra el Santo Oficio tiene la obligación de manifestar su sospecha ante la personaría del Santo Oficio. La sección del código sobre los "solicitantes" dice lo siguiente: "O que algún confesor o confesores, clérigos o religiosos, de cualquier estado o condición que sean, en el acto de la confesión, o próximamente a ella, hayan solicitado sus hijas de confesión, provocándolas o induciéndoles con hechos o palabras, para actos torpes y deshonestos, o hayan hecho lo mismo fuera del sacramento de la confesión en el confesionario o cualquiera lugar adonde se oye de confesión, o se ha elegido por tal, simulando y fingiendo, por no ser notados, que oyen de penitencia y confiesan, aunque sea sin propósito de confesar y estando así sólo para tratar sus amores deshonestos, solicitando o provocando a ellos, sin que puedan ser absueltas en dicho caso las dichas tales personas así solicitadas o provocadas hasta que primero hayan denunciado en el Santo Oficio del que así las solicitó, provocó y trató con ellas las dichas cosas deshonestas en dicho lugar de la dicha confesión, de la misma manera que si fuera dentro deba, antes o después" (Medina, La Inquisición en Cartagena de Indias, 29).
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8. Esta juridicción la confió a la Inquisición española el Papa Pío IV el 16 de abril de 1561. Véase Pérez Villanueva y Escandell Bonet (editores), Historia de la Inquisición en España y América. vol. 1, pág. 645.
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9. Sí hay abuso de menor de edad por parte de un adulto, pero este abuso es un problema más bien civil y, como tal, no se encuentra en el derecho eclesiástico sobre la solicitación en la confesión
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10. La condena de Cayetano Delaura equivale a la "muerte civil", frecuentemente consecuencia jurídica de los procesos inquisitoriales. Cayetano Delaura pierde, en efecto, nombre y patrimonio, en fin, todos los atributos legales de la personalidad Esta observación viene de Carmen Millán de Benavides, en conversación (Julio de 1995 )
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11. Durante los muchos años (desde 1610 hasta 1821) de actividad del Santo Oficio en Cartagena fueron penitenciarios 767 reos (Medina, Inquisición en Cartagena de Indias, 213-214), en los cuales se encuentra un gran número de negras, condenadas por brujería. Por ejemplo, Medina describe una tal "Elena de Vitoria, negra, que hacía más de 37 años había negado de Dios y que celebraba en el corral de su casa fiestas del demonio" (108). La acusación a Sierva María de brujería la asocia con la cultura africana.
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12. El prólogo también es, en cierto sentido, ficción. No hay, que yo sepa, una noticia de prensa publicada en octubre de 1949 en El Universal de Cartagena, en donde García Márquez publicaba sus reportajes en aquel entonces. El único artículo publicado en octubre de 1949 habla de EdgarAllan Poe, Y la referencia a la "marquesita de doce aflos ... venerada en los pueblos de Caribe por sus muchos milagros" (pág. 1 1) también es problemática. García Márquez sí escribió una serie de artículos sobre "La marquesita de La Sierpe", escritos que aparecieron, en parte, por primera vez en 1952 en Lámpara de Bogotá, vol. I, núm. 5, y luego en marzo de 1954 en El Espectador de Bogotá. Estos artículos se recopilan en la Obra periodística editada por Jacques Gilard, en Textos costeños (al final) y en Entre cachacos I (hacia el principio). Esta marquesita era una mujer española, muy blanca y rubia, que vivió por muchos años en su gran hacienda en La Sierpe. Nunca en su vida conoció marido. Tenía fama de poder hacer n-íilagros y se decía que sus poderes sobrenaturales venían de un pacto que había hecho con el diablo. Vivió, según la leyenda, "todo el tiempo que quiso", por lo menos unos doscientos años, y fue una figura muy venerada por todo el pueblo. Obviamente, esta marquesita tiene poco que ver con la Sierva María de la novela.
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13. A esto se refiere precisamente García Márquez al poner las siguientes palabras en boca del obispo, en conversación con el virrey: "Hemos atravesado el mar océano para imponer la ley de Cristo, y lo hemos logrado en las n-úsas, en las procesiones, en las fiestas patronales, pero no en las almas" (138)
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