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Alvaro Pineda Botero: La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. (1605-1931)


Pax (1907)

Pax es, sin duda, una de las novelas más interesantes de época, por la ambición de su espectro narrativo, el uso sobre saliente del lenguaje, sus múltiples registros, la variedad de sus personajes y el trasfondo de historia e ideología que la sustenta.

En ella quedan entrelazados lo sublime, lo bello, la santidad, entrega, la nobleza, el desprendimiento y la generosidad con la burla cruel, la bajeza, el vicio, la caricatura, los despojos sangrantes, el odio y la sevicia. Fue escrita bajo los dictados de la lucha partidista y, por eso, sus logros literarios quedan a veces empañados y deformados algunos de sus elementos centrales.

Generalmente la crítica ha establecido correspondencias puntuales entre la fábula y la realidad, olvidando resaltar los aspectos novelísticos. Creo, sin embargo, que si le damos a cada personaje y a cada escena la oportunidad de vibrar sólo con las resonancias de su forma estética, sin pretender llegar a conclusiones de verdad quizá podamos apreciar su real magnitud.

No es fácil deslindar el aporte de cada uno de sus autores el poeta Lorenzo Marroquín (1856-1916), hijo de José Manuel Marroquín, y José María Rivas Groot (1863-1923), de quien ya analizamos su novela Resurrección – pues la novela puede leerse de corrido, sin que sea posible determinar los puntos de quiebre, las costuras, los cambios de estilo. Está narrada por una única voz: un narrador omnisciente anónimo no representado (heterodiegético intradiegético), con lo cual Marroquín y Rivas Groot demuestran sus afinidades ideológicas y de estilo.

Pax describe un conflicto político de dimensiones gigantes que afecta la nación.1 Concurren tres partidos o facciones: El Ministerial, que detenta el poder y profesa una ideología católica españolizante. Los Integros, una facción de los ministeriales, que actúan en la oposición por motivos de circunstancia política.

Y la Revaluación, un partido definido en la novela corno de ideas anarquistas, ateas y anticlericales, compuesto por líderes revolucionarios populistas en cuyos discursos se invita a la lucha armada y se amenaza con expropiar la riqueza de los de clase alta para repartirla entre los pobres.

Son ministeriales, entre otros, el presidente de la República, de apellido San Martín, cuya participación en la novela es nima; el ministro de guerra y finanzas general Pedro Alcántara Ronderos y los congresistas Alejandro Borja y Roberto Avila, quienes al comenzar la guerra se hacen oficiales del ejército, el primero con el rango de General y el segundo de Coronel. Relacionados de cerca con los ministeriales están: una prima de Roberto llamada Inés; Ana, la madre de Roberto; Teresa, la madre de Inés; el conde francés Hugo Dax Bellegarde; la hermana san Ligorio y el sacerdote Miranda. Pertenecen a la raza blanca, son fieles practicantes de la religión católica, se enorgullecen de sus altos abolengos españoles o franceses, han tenido una educación esmerada y consideran que su moral, sus creencias y sus ideales deben imperar en toda la nación.

Las figuras más sobresalientes de los íntegros son Sánchez Méndez, Alcón y Karlonoff. Sánchez Méndez es uno de los miembros más poderosos del Congreso; Melchor Alcón, a quien se le describe como «publicista y filólogo», es un político avezado de provincia que trabaja en un alto cargo a órdenes de Ronderos. Avanzada la obra será nombrado ministro y luego elegido para el Congreso. Aunque por sus actuaciones), pronunciamientos está en la oposición, conserva su puesto, al igual que Karlonoff, por generosidad del presidente, quien se esmera en mantener con este grupo una actitud conciliatoria. Kalonoff es Carlos Onofre Sandoval, «consultor técnico del ministerio», que utiliza aquel seudónimo para firmar sus artículos de prensa.

El partido de la Revaluación está representado por Floro Landáburo, el general González Mogollón, Tubalcaín Cardoso v el Periodista Escipión Socarraz, dueño del periódico Escipión Socarraz, dueño del periódico " El Alacrán».

Otros Personajes con papeles protagónicos son Ramón Montellano y su hija Dolores, quienes al comienzo no aparecen alineados en cuestiones políticas, pero luego demuestran su simpatía por revolucionistas. Montellano es un campesino de provincia que por su sagacidad y capacidad de trabajo ha construido una fortuna. Se ha radicado en la capital con Dolores. . Compra ferrocarriles, colisiones completas de bonos de] gobierno y propiedades de nobles arruinados (por ejemplo la casa señorial de Avila y la finca de recreo de Borja. Participa tanto en política como en sociedad y aprovecha la guerra civil para multiplicar su fortuna. El general Polanco es uno de sus hombres de confianza.

Aura del Campo es la esposa de Cardoso. Creyéndolo muerto se casa con Montellano, relación que termina cuando se sabe en Bogotá que Cardoso ha abrazado la revolución y actúa al mando de un fuerte destacamento. Es directora de la revista «La mujer independientes, escribe novelas, monografias históricas y defiende los derechos de la mujer.

Solón Carlos Mata, más conocido como S.C. Mata, es un poeta que escribe versos «decadentes», ha Publicado varios libros de poesía y dirige también una revista: «La pagoda de Nietzsche».

Otros personajes menores son Sánchez de Peñanegra, de profesión inventor, que se cree genial presenta innovaciones ingenuas y risibles; Milán Gil, el Chispas, mayordomo de] general Ronderos, que muere extraviado en una selva virgen en el Magdalena; Gacharnah, un negociante de armas, servil aliado de Montellano; y el afeminado capitán alemán Müller, comandante de un barco ruinoso que llega al país para reforzar las fuerzas del gobierno.

A pesar de la extensión considerable de la obra2, la anécdota es sencilla. Ha llegado a Bogotá el conde francés Hugo Dax Bellegarde, representante de una firma franco-belga de ingenieros e inversionistas, con el propósito de canalizar el río Magdalena y hacer de Honda un puerto al que puedan llegar buques marítimos de gran calado. Ronderos, como ministro de finanzas, aprueba el contrato a pesar de la oposición de sus asesores Alcón y Karlonoff. Avila, , quien para pagar sus deudas ha debido vender la casa familiar a Montellano, invierte sus últimos recursos en acciones de la nueva empresa. Las perspectivas de lucro para los inversionistas y de progreso para el país son enormes: se colonizarán las tierras ribereñas, habrá empleo, riqueza, productos de exportación. Comienzan los trabajos y en pocos meses los avances son notorios. Borja se desempeña como adrninistrador de las obras. Entretanto sube el precio de las acciones en las bolsas europeas.

Pero los íntegros se oponen al proyecto, no sólo dentro de la administración sino también en el Congreso, y los de la revaluación atacan al gobierno con discursos incendiarios. La situación se complica. Ronderos despide a Alcón y se produce una revuelta que pide la destitución de Ronderos. El presidente accede para conservar el orden público y nombra en su reemplazo a Alcón. A partir de ese momento se precipitan los acontecimientos: luego de un álgido debate en el Congreso, estalla la guerra: Landáburo se declara «presidente provisorio» y, con el apoyo de Cardoso, recluta un ejército y se hace fuerte en varias zonas del país. El presidente Rama de nuevo a Ronderos y lo nombra comandante general de las fuerzas militares.

Estos hechos cubren un poco más de la mitad de la obra (hasta la página 244). El resto narra, de manera pormenorizado, la inmensa confrontación bélica: los combates en Honda Y «Puerto Borja» (en el Magdalena medio); la persecución inclemente a los guerrilleros por las llanuras del Tolima; la desaparición y muerte de Bellegarde, quien fue secuestrado por Socarraz; la campaña de la Costa y el combate de Cartagena; la destrucción de las obras de ingeniería y la quiebra de la compañía constructora; y, finalmente, la larga y sangrienta mataza en los páramos orientales de Bogotá, para detener la horda de revolucionarios comandada por Cardoso y proveniente de los Llanos.

La novela combina de manera notable lo moderno con lo primitivo. Al lado de ciertos inventos como la luz eléctrica, el teléfono, el ferrocarril, las lanchas con motor de gasolina, dragas y otras máquinas sofisticadas; de ciertas técnicas para secar los pantanos, explotar la madera y el caucho; de cañones y demás armamentos modernos utilizados por el ejército oficial, aparecen la selva impenetrable, las fiebres y las fieras; el fanatismo más recalcitrante; los procedimientos más rudimentarios en los hospitales y las luchas salvajes a cuchillo, bayoneta y machete. Así pues, los protagonistas viven en dos mundos: el de la civilización, refinamiento, lujo y comodidad, adornado con cuadros famosos, vinos finos y maneras europeas; y el bárbaro y salvaje.

También, a manera de contrapunto, se habla en la novela de la idea del arte por el arte y del pragmatismo ingenieril, este último unido al ánimo de lucro. Bellegarde, Ávila y Borja se han formado bajo los conceptos de la educación estética. Sostienen conversaciones sobre pintura, música, literatura, y en ellas esbozan las teorías de moda. Hablan de Nietzsche, Goethe, Zola, Tennyson, Cyrano de Bergerac, Verlaine, además de otros autores y compositores de moda3. Es Wagner, sin embargo, el artista más destacado en distintas partes de la obra. Bellegarde lo define como un revolucionario del arte, y afirma que antes que músico era filósofo: «Consiguió encarnar en la forma viva del drama lírico, los pensamientos más profundos, más abstractos. (...) Subordinó la voz humana a la orquesta. Nadie como él conoce los efectos de cada instrumentos (p.25). Son también abundantes las alusiones de estos mismos personajes a temas técnicos y financieros.

En Bellegarde los autores configuran el ideal masculino de la época. En él confluyen las dos vertientes que definen la modernidad: el arte y la tecnología. Se trata de un hombre joven, inteligente, elegante, con las maneras refinadas del dandy. Habla bien el español aunque conserva un lejano acento francés. Son notables sus conocimientos de ingeniería y finanzas, su sentido práctico y su capacidad para adaptarse a la selva. Al mismo tiempo, al afirmar que el verdadero objeto de la existencia es el arte, da a la vida un sentido estético,no religioso.

La guerra, la política y el amor determinan la trama. Roberto Ávila, quien se considera de altos abolengos, aunque empobrecido, sólo espera recuperar su fortuna (con las inversiones en la canalización) para pretender en amores a su bella prima Inés, muchacha de la más alta distinción bogotana. A pesar de todas sus virtudes, Roberto la encuentra a veces fría y distante, como si fuese incapaz de sentir el soplo de la pasión. Al conocer a Dolores Montellano, Roberto vacila. Dolores carece de abolengos, sus cabellos o sus manos no son tan finas corno él quisiera y sus maneras no se han librado del todo de algún gesto plebeyo; pero estudia francés y música y lee connotados autores europeos. Esta vacilación se mantiene a lo largo del relato. Al final se decide por Inés pero también se ha enamorado de Inés, pero al creerla comprometida con Roberto evita manifestar sus sentimientos. Sólo en los momentos anteriores a su muerte, e irónicamente por conducto del propio Roberto, se anima a enviarle su mensaje de amor.

Alejandro Borja es protagonista de otra extraña historia de amor. Durante un viaje por Europa y Jerusalén tuvo oportunidad de conocer y encontrarse repetidamente con Berta de Mortemar, una bella francesa que lo cautivó. La muchacha, sin embargo, elige la vida religiosa y adopta el nombre de Hermana san Ligorio. Destinada a América, durante la guerra sirve, con otras compañeras, como enfermera en los hospitales improvisados; siempre abnegada, silenciosa, dispuesta al misticismo y al sacrificio. Trabaja con el ejército comandado por Alejandro y muere en un asalto de las guerrillas.En general, a la mujer se la valora con base en el esteticismo y la moral de corte europeo que practican los ministeriales. Por esto, los papeles protagónicos femeninos quedan definidos a partir de la mirada patriarcal, con elementos ya desgastada de la tradición del siglo anterior: educadas para el matrimonio, son piadosas y conservan la virtud. El decoro no permite a los autores presentarlas en situaciones pasionales. El lector desconoce, por lo general, sus sentimientos y sus verdaderos rasgos psicológicos

Varios espacios o escenarios sirven de soporte estructural. Son lugares de encuentro, de encrucijada, de peripecia y anagnórisis. En ellos ocurren diálogOs9 discursos, pronunciamientos Políticos; se sellan alianzas o quedan al descubierto los conflictos. Al comienzo se describe una cena en casa de doña Ana con la presencia de Ronderos, Bellegarde, Roberto, Inés y Miranda. Otros encuentros Ocurren en el teatro, durante la representación de la opera «Werther» de Massenet por una famosa compañía italiana, cuyo argumento se narra con detalle; en la casa de Montebello, con ocasión de su matrimonio con Aura; en el Congreso de la República, donde se celebra una reñida e importante votación; en la oficina ministerial de Ronderos; en dos ocasiones en la posada «El Consuelo» en el camino de Honda; en el pueblo de Ubaque durante las vacaciones; en un banquete en el hotel Bicontinental en honor de Landáburo; en un baile de máscaras la noche de año nuevo; en el hipódromo y en los campos de batalla. Algunos de estos encuentros parecen inverosímiles, como los de la posada «El Consuelo», donde en el espacio de unas pocas horas se cruzan por azar individuos como Ronderos, Ávila, Borja, Montellano, Inés, la Hermana san Ligorio, el Dr. Miranda, Socarraz y otros, que han permanecido distantes y sin comunicación entre si por meses y que no se han dado cita previa.

En el comienzo de este comentario aludí a los múltiples registros de la obra. Me refiero, en especial, a dos estrategias narrativas entreverados, la lírica y la épica, y al uso de la ironía. La dimensión lírica se relaciona con los estados de conciencia, los sentimientos principalmente amorosos de los protagonistas y ciertos espacios interiores como residencias, patios, salones, en concordancia con tales estados de conciencia. Hay descripciones de muebles, tapices, manteles, cortinajes, floreros, copas de cristal, prismas que cuelgan en los candelabros, la luz de una lámpara que ilumina los objetos sobre la mesa. A doña Ana «le hacen compañía objetos insignificantes. para un extraño, pero que hablan para ella un lenguaje intimo y resumen épocas enteras de su vida» (p.62). Se describen cenas en las que se sirven con el más riguroso ritual vinos extranjeros y viandas refinadas, y en las que se desarrollan largas conversaciones. Es notable la descripción de la última visita que hace Roberto a su casa antes de entregársela a Montellano: al recorrer las habitaciones y corredores la nostalgia lo lleva a remontarse hacia el pasado, para dar cuenta de las glorias de su familia a través de las generaciones. Este ejercicio logra su punto culminante al llegar al salón principal, donde están colgados los retratos al óleo de sus antepasados que incluyen al que fuera compañero de Gonzalo Jiménez de Quesada en la fundación de la ciudad de Bogotá y a aquéllos que obtuvieron honores reales o se hicieron héroes en las guerras de la independencia. Al considerar su situación actual, Roberto siente una enorme tristeza, pues considera pues considera su bancarrota no sólo económica sino también moral; él es el último y el más indigno. En otros episodios se habla de Alejandro Borja, quien dedica sus horas libres a la pintura. Uno de sus cuadros representa la alegría de una multitud que asiste al hipódromo y otro la tristeza de un campo después de la batalla, es decir, las delicias de la paz y los horrores de la guerra. Estos cuadros sirven de tema a otros protagonistas.

Hay otros motivos finamente concebidos que enfatizan el contenido lírico de la obra. Las rosas, por ejemplo. Aparecen al comienzo sobre el piano de Inés. Bellegarde las ha traído del jardín con motivo de una velada intima. Al final, Bellegarde, poco antes de morir, saca de su cartera unos pétalos secos de aquellas rosas, para enviárselos a Inés como prueba de su inquebrantable devoción. En otro lugar se cuenta la historia del rosal de la casa de Ávila. Las cepas fueron traídas de España por alguna abuela, y fueron siempre un símbolo familiar. Cuando Montellano toma posesión de la casa, abre puertas y ventanas estruendosamente y destruye el rosal a bastonazos, pues prefiere otro tipo de flores.

La dimensión épica está dada por las descripciones de los grandes espacios: el mar, las llanuras, montañas, ríos y seIvas y, sobre todo, por la grandiosidad de las batallas, la marcha de los ejércitos, la muerte multiplicada, la destrucción y el holocausto causados por ideologías en conflicto y por ambiciones personales. Son notables las marchas de] ejército Oficial por los llanos inmensos del Tolima en persecución de Socarraz y en el intento de salvar la vida de Bellegarde; las luchas cuerpo a cuerpo en las montañas en medio de la oscuridad nocturna; el sórdido y doloroso ambiente de los hospitales; los campos cubiertos de cadáveres y el extravío y muerte de Chispas en un inmenso territorio de ciénagas y selva virgen. Algunos ejemplos:

«Entre gritos salvajes se precipitan al encuentro del enemigo. En mitad de la pendiente un choque colosal ( ) ruido de aceros, gritos, caballos que huyen sin jinete ( ) lanzas que se hunden» (p.274). Los combatientes «enloquecidos, embriagados de sangre, pelean a fuego y hierro, se mezclan, se derriban, se muerden, se estrangulan, se apuñalan» (p.350).

En los hospitales, «las emanaciones de gangrena, de fiebre, de podredumbre, quedaban mezclarlas con el olor de los desinfectantes ( ) Un herido, boca abajo, dejaba caer sobre un platón la sangre que goteaba de su nariz: una hemorragia incontenible lo mataba lentamente» (p.325). «Los médicos, inclinados, impasibles, cortan la carne, asierran los huesos, esculcan las entrañas, sin cuidarse de los alaridos del. paciente» (p.348).

Uno de estos hospitales es víctima del incendio: «tras el tejón rojizo sólo se vislumbra la muchedumbre de enfermos, revolviéndose entre las llamas ( ) las palmeras y los edificios, los follajes tupidos, la paja y el maderamen de la techumbre, de los muros, arden en una sola llamarada (...) del cráter pavoroso revientan remolinos de chispas» (p.275).

«Hace pocos meses las locomotoras pitaban alegremente entre el bosque (...) era la conquista del hombre sobre la selva, sobre el río, sobre la barbarie. Ahora la selva toma venganza, invade las bodegas (... ) los caimanes duermen en las playas sin que los ahuyente el incesante vaivén de los vapores (...)»; los caimanes están bien comidos «con los cadáveres que bajan de tantos combates» (p.276).

Después de la lucha «Yacían cadáveres insepultos por los caminos. Bandadas de gallinazas que Oscurecían el sol, atraídos de distancias inconmensurables por el olor de la podredumbre (... ) cruzaban el espacio como nubarrones de tempestad. Caen, cubriendo el suelo de un manto negro, llenando el espacio de graznidos se sacian, sin que se agote el espléndido festín de carne humana. Cadáveres que han perdido la orzadas muestran la red de nervios, la masa informe

la piel y en posiciones forzadas muestran la red de nervios, la masa informa de los músculos descubiertos» i (p.346). "Un grupo de hombres y mujeres de facha siniestra registra los cadáveres, los vuelven, los desnudan, hurtan baratijas miserables, prendas de vestir, despojos manchados de sangre" (p.347).

La ironía puede establecerse desde dos perspectivas. Como ironía trágica, dada por episodios que resaltan lo insulso y lo cruel de aquellas actitudes arrogantes o ciegas que conducen muchedumbres al sacrificio cruento. El final de Avila es, también, ejemplo de ironía trágica: actúa con el mayor heroísmo en todos los combates; en el último una bala lo deja tendido en orilla del camino. Sus soldados avanzan enloquecidos para dar la carga final y al pasar le gritan «cobarde»: creen que esta ahí, entre el rastrojo, para esconderse. Esta palabra injuriosa queda resonando en su conciencia mientras la vida se le escapa por la herida.

La ironía, en su aspecto caricaturesco y burlón4 es utilizada como arma de venganza, sectarismo y pasión política.5

S.C. Mata es el más deformado por la caricatura. Se trata de un poeta morfinómano, petimetre, objeto de escarnio social, que asume las posiciones más radicales. Ha publicado varios libros con títulos como "El Oriente eterno", "El cantar de mis cantares" y "Líneas rojas"-. No sólo se caricaturiza su persona, también su obra, con el uso de la parodia6. Termina suicidándose ("ése se mata") de manera teatral en el momento culminante de una ópera de Wagner7

Aura del Campo sirve a los autores para ridiculizar ciertas tendencias feministas que ya se presentaban en aquella sociedad tradicional. Se la muestra como una especie de marimacho. La voz narrativa pone en su boca las siguientes palabras: «Me asfixio en este país. Anhelo la patria de George Sand, Anais de Segalais, Madame Staél, Madame Caven esas mujeres varoniles vivieron de su Pluma. Allí una mujer puede ser hombre de letras» (p. 1 39).

Con las descripciones de Montellano se busca ridiculizar a quienes no fueron formados dentro de los patrones de la Atenas surarmericana y, por lo tanto, desconocen la filología, no son poetas ni pertenecen al circulo bogotano que desde la colonia setenta el poder. Montellano simboliza una clase social en ascenso: la de los cultivadores de caña de azúcar y café, la de los colonos que en aquellas décadas abrieron el centro montañoso de] país y llegaban a la capital dispuestos a participar en el manejo de la cosa pública. Sus modales son bruscos, hablan recio, escriben sin ortografía y gastan a manos llenas. Es notable, por ejemplo, el contraste entre la desmesura del banquete que ofrece Montellano por motivo de su boda, que recuerda el episodio de las bodas de Camacho del Quijote, y la mesura de la cena que ofrece doña Ana al comienzo de la novela.

Respecto de Alcón se alude a "esa sonrisa falsa, esa nariz curva, esos ojos de ave de rapiña" (p.140). Se le presenta como oportunista, falso, capaz de fraguar traiciones y componendas políticas. En cuestiones de amor, en cambio, es un incapaz, un tímido. Está enamorados de Dolores, cifra en esta alianza su futuro profesional, pero no logra expresar sus sentimientos.

Mientras Bellegarde, como se dijo, aparece como el prototipo ideal del ser humano, Karlonoff encarna los atributos contrarios. Es un "hombrecillo rechoncho, moreno, de ojos inquietos, con una nariz enrome" (p.33) Odia la llegada de extranjeros a quienes ataca con un discurso nacionalista incoherente y afirma que Suramérica es para los suramericanos" (p.199). Sus alardes de conocimiento técnico resultan retóricos y vacuos y las necesidades del ejército terminan causando una inmensa matanza.

La presencia de un tal senador Pinillos sirve para ridiculizar las votaciones en el Congreso. Sin comprender el asunto en discusión, vota unas veces a favor y otras en contra, con lo cual siempre se llega a un empate. "Aquel imbécil, víctima de una enfermedad cerebral, había sido electo acaso por una transacción entre dos círculos. Se hacía llevar de la mano a las sesiones" (p.199).

La ironía permea otras instancias de la narración. Cuando Bellegarde interpreta al piano el adagio de una majestuosa sonata de Beethoven, Maratón, el perro de la familia Avila, lo "acompaña" con sus aullidos (.26). Más ridículos aún son los episodios del barco alemán: perteneció al rey Luis II de Baviera y Wagner viajó en él dirigiendo para el rey su ópera "El buque fantasma". Muller, el capitán, a quien se le describe como un homosexual apasionado por el arte, no alcanza a distinguir entre lo que sucede en el escenario y lo que sucede en la realidad. Cuando el barco entra al combate que se desarrolla en la bahía de Cartagena, se desata una tempestad. El vejete reblandecido cree que los rayos que caen del cielo, los disparos y el incendio que abrasa su navío son parte de una representación teatral. Cuando finalmente se da cuenta de su error, y con el ánimo de vengarse del ultraje que el arte ha recibido, se suicida haciendo estallar la caldera.

Uno de los grandes logros de la novela europea dei XIX fue la creación del antihéroe, es decir, de aquel personaje cuya alma está escindida entre la creencia y la duda, entre el valor y la cobardía, entre la virtud y el vicio. Es aquel que fluctúa y evoluciona, y cuya personalidad es compleja e impredecible. En Pax este logro es deformado por el interés de crear caricaturas o tipos, no personajes, con lo cual se afecta la credibilidad y, en cierta medida, se hace de la novela un panfleto. Lo que afirmé antes sobre las mujeres es válido, en general, para todos los personajes, aun para aquéllos no sometidos a tratamientos irónicos. Su psicología no evoluciona, no demuestran libertad interior, son planos, acartonados y están determinados moralmente. El «bueno» siempre lo es y el «malo» no tiene redención. Algo similar ocurre con los asuntos religiosos y políticos: las ideas quedan expresadas de manera simplista, esquemática, ciega. Las propias se consideran inamovibles y las contrarias se reducen a caricatura. Por esta causa los conflictos no se resuelven.

Desde el comienzo soplan los vientos de la violencia. A poco de comenzar, el Dr. Miranda pronuncia una frase latina que se convierte en leit motiv:: Vocem terroris audivimus, fornido et non est pax: «Escuchamos las voces del terror y tememos que no haya paz». La locura, la ambición personal, los negociados de armas, buques o productos de exportación, las confiscaciones arbitrarias, el secuestro, se adueñan de un entorno pacífico, de un territorio rico y bello en el cual, en otras circunstancias, el progreso y el arte serían posibles. Las dos ideologías en conflicto - el tradicionalismo católico jerárquico y autoritario y un socialismo populista con visos de anarquismo - presentadas de manera burda y simple, chocan ciegamente sin que en ningún momento haya la posibilidad de un entendimiento. No sólo quedan en ruina las obras de la canalización; el país entero sufre los horrores bélicos y miles de soldados, casi todos de origen campesino, encuentran la muerte cruenta en un ambiente apocalíptico.


1. Aunque los nombres de personas, lugares y partidos políticos han sido modificados, se trata, por supuesto, de la guerra de los Mil Días, que afectó al país entre 1899 y 1903
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2. Cito por la edición de Oveja Negra, Bogotá, 1986, 355 págs. La primera edición es de la imprenta de «La Luz»,- Bogotá, 1907.
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3. Al analizar estos pasajes es fácil establecer correspondencias con las otras novelas de Rivas Groot, en especial con Resurreción
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4. La caricatura se logra con las formas retóricas de la sátira, la ironía, la parodia, y ocupa grandes secciones, en especial, en los capítulos II, III, XX, XXI de la primera parte y II y XII de la segunda.
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5. Eduardo Santa (1990) ha encontrado estrechas correspondencias con personajes históricos. San Martín sería José Manuel Marroquín; Floro Landáburo, Rafael Uribe Uribe; Tubalcaín Cardoso, Bejamín Herrera el general Polanco, Gabriel Vargas Santos; Escipión Socarraz, José Ignacio Gálvez; Pedro Alcántara Ronderos, Pedro Nel ospina; Alejandro Borja Alejandro Urdaneta; Roberto Ávila, Roberto de Narváez; Ramón Montellano, Pepe Sierra; Dr. Miranda, Carlos Cortes Lee; Sánchez Mendez, Carlos Martinez SiIva; Melchor Alcón, Marco Fidel Suárez Karlonoff, Franciso Javier Vergara. En Aura del Campo hay elementos que corresponden a Soledad Acosta de Samper.
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6. En el texto de la novela aparecen muchos de los poemas que se le atribuyen a Mata. Se trata, en realidad, de un alarde poético de Lorenzo Marroquín y Rivas Groot, para repetir, parafrasear y parodiar poemas modernistas de Silva y de Guillermo Valencia, sobre todo los nocturnos del primero y poemas como «Palemón el Estilita» y «Los camellos» del segundo.
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7. (1997: 49 ) Atribuye la presencia de este personaje desfigurado en la novela al rencor de Lorenzo Marroquín y José María Rivas-Groot contra José Asunción Silva. En el Periódico La miscelánea de Medellín (octubre 1887 y abril 1888), Silva, bajo el seudónimo de José Luis Ríos, había entrevistado a un tal Mr. Collins. Allí afirmó que Marroquín (y otros) «se preocupan Más por hacer malos versos que por servirle al país» y que «el estudio preliminar al Parnaso colombiano (elaborado por Rivas Groot) es una característica muestra de literatura cursi, a un tiempo imperceptible e inconmensurable».
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