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Alvaro Pineda Botero: La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. (1605-1931)


El alférez real(1886)

Su autor, Eustaquio Palacios (1830 - 1898), nació en Roldanillo, Valle, y pasó la mayor parte de su vida en Cali. Aprendió latín en el convento de San Francisco; en Popayán estudió derecho y ciencias políticas. Fue rector del colegio de Santa Librada, concejal y varias veces alcalde de Cal¡. Tuvo en su casa una imprenta y en 1878 fundó el semanario El ferrocarril. Publicó, además de la novela que lo hizo famoso, las siguientes obras: Elementos de gramática y literatura castellana, Explicación de oraciones latinas, Fábulas y el poema Fsneda.

Como mencioné en los capítulos de Yngermina y El último rei de los muiscas, el género de la novela histórica tuvo cierto auge en Colombia durante el siglo XIX. Dentro de este panorama, El alférez real es la obra más destacada. Sus virtudes se deben al rigor documental que la sustenta, a la precisión del detalle y a la visión de conjunto que logra recrear. Se refiere a hechos ocurridos en la ciudad de Cali y en sus inmediaciones durante los últimos años del siglo XVIII, en especial los comprendidos entre 1789 y 1792, siendo virrey de la Nueva Granada José de Ezpeleta y gobernador de Popayán don Pedro de Beccada y Espinosa, a quienes se menciona en la narración.

La fuente más importante utilizada por Palacios es las actas del Ayuntamiento, algunas de las cuales transcribe en su totalidad. Incluye, por ejemplo, la lista de los funcionarios públicos, sus títulos o cargos, y la forma como votaban (p. 72, 213, 220). La extensión y el detalle de estas transcripciones contribuyen al realismo, pero no se justifican desde el punto de vista de la trama. Cumplen, según creo, con la finalidad secundaria de exaltar la prosapia de ciertas familias cuyos descendientes, cien años después, eran figuras prestantes de la sociedad en que vivía Palacios. La novela evidencia, además, el trabajo de archivo desarrollado por el autor en notarlas y registros parroquiales.

El aspecto costumbrista es notable y contribuye a darle colorido a los hechos históricos. En realidad, lo histórico y lo costumbrista fusionados llenan gran parte de la obra, marginando a veces los hilos de la trama. Se describe la ciudad de Cal¡ en su aspecto físico y social, se narran anécdotas de épocas anteriores, remontándose hasta su fundación en 1536. Se describen también las formas de la vida en el convento de San Francisco (cap. XXIV), las fiestas que tuvieron lugar con motivo de la jura de Carlos IV en 1790, poco después de la muerte de Carlos 111 (cap. XXII): desfiles, bailes, banquetes, toros, representaciones teatrales. Al referirse a las escenas familiares, a la Negada de un visitante, una cena, una boda, se incluyen detalles de muebles, utensilios, ropajes. La descripción más completa está relacionada con la familia de don Manuel Cayzedo Tenorio, quien habla recibido del rey el titulo de Alférez Real y era propietario de la hacienda Cañas Gordas, situada en las afueras de Cali, en el camino hacia Popayán. A través del mayordomo de la hacienda, el español Juan Zamora, se describen las labores agrícolas y7 ganaderas, en especial el beneficio de la caña de azúcar; de los esclavos y su tráfico, de las faenas del rodeo.

Don Manuel lucía otros títulos honoríficos - Coronel de milicias y Regidor perpetuo - que unidos a su riqueza, abolengo y educación, hacían que su autoridad fuese casi ¡limitada. Era «de hecho y de derecho el personaje más importante de la ciudad» (p.28). Tenla, por la época de la narración, sesenta años; estaba casado con una mujer veinte años más joven, doña Francisca Cuero y Cavzedo, con quien tenia siete hijos: tres mujeres (Gertrudiz, Josefa y Rosa) y cuatro hombres (Manuel, José, Fernando y Joaquín), cuya participación en la trama es mínima.

En este cuadro general se desarrolla la ficción, Los protagonistas son Daniel e Inés. Al primero se le presenta como un joven blanco de padres desconocidos. Criado por Mariana Soldevilla, una señora de la clase pobre de Cal¡, asistió al colegio de los Franciscanos donde adquirió una educación aceptable para la época, con énfasis en latín y en la cultura clásica. Al terminar su educación fue llevado ante el Alférez por uno de los franciscanos más prominentes del convento, el padre Escobar. Debido a las recomendaciones del sacerdote, el Alférez lo contrata como secretario y amanuense para que labore en Cañas Gordas.

Inés de Lara y Portocarrero, por su parte, era una bella joven, hija de un «noble castellano santafereño», don Sebastián de Lara. Antes de morir en Cal¡, don Sebastián encomendó su hija al Alférez, entregándole al mismo tiempo una gruesa

suma de dinero como dote y la recomendación encarecida de no casarla sino con un pretendiente de su misma posición y riqueza.

Pronto los jóvenes sienten el llamado del amor, pero desde el primer momento se dan cuenta de que no pueden alimentar ninguna esperanza pues pertenecen a castas sociales diferentes. Por el contrario, Fernando Arévalo, un joven de Cali, presenta mejores credenciales y pide al Alférez la mano de Inés. Ésta lo rechaza y en su dilema, que considera insoluble, comienza a acariciar la idea de profesar en un convento de monjas de la ciudad de Popayán. Ocurren otras peripecias: Arévalo ve en Daniel un rival de cuidado y fragua su reclutamiento, forzoso y en secreto, por un comando militar pronto a marchar hacia Cartagena de Indias. De este modo, una noche Daniel es hecho prisionero en Cali y obligado, antes del amanecer, a partir con

otros soldados; su caballo enjaezado aparece en la hacienda y todas las pesquisas para dar con su paradero resultan infructuosas. Al prolongarse su ausencia, Inés decide ingresar al convento. En un comienzo el Alférez se opone a esta decisión, pero ante la insistencia de la joven cede y ordena iniciar los preparativos. Casi un año ha transcurrido desde su desaparición cuando Daniel regresa a Cali: había escrito al padre Escobar y éste logra su libertad. Nunca intentó comunicarse con el Alférez, pues lo imaginó artífice de su reclutarniento con el ánimo de dejarlo de Inés; tampoco con ésta por temor de que fuera interceptada su carta. Al no encontrar ninguna salida legal a sus sentimientos, pide al franciscano que lo acepte como novicio. Éste se da cuenta de que Daniel ama sinceramente a Inés y decide conversar con don Manuel.

Un segundo hilo narrativo, menos elaborado, va aflorando a lo largo de la narración: al principio de manera fragmentada, pero luego con mayor claridad. Lo protagonizan don Henrique Cayzedo, primo hermano y amigo de juventud del Alférez, y Dolores Otero, una bella muchacha de extracción plebeya y pobre, conocida en Cali con el nombre de la Flor del Vallano. Debido a las diferencias sociales que los separaban, sus relaciones fueron secretas. Al morir Henrique dejó al cuidado del Alférez un cofre con sus riquezas. Es interesante señalar como las circunstancias de Henrique y Dolores parecen el reverso de las de Daniel e Inés: Daniel plebeyo, Henrique noble, Inés noble, Dolores plebeya. Henrique insiste, Daniel se resigna. Inés no cede, Dolores si. Lo que era imposible para Daniel, por ser plebeyo, se le proporcionó a Henrique, por ser noble. En cierta oportunidad Henrique exclama: «Me casaré, no habrá poder humano que me lo impida» (p.275); esta expresión es imposible tanto en boca de Daniel como en la de Inés, lo cual implica que no basta con ser noble para hacer lo que se quiere; es necesario, además, ser hombre. En otras palabras, en estos episodios la novela revela un aspecto interesante de las estructuras elitistas y patriarcales subyacentes que actuaban durante la colonia, @, que seguramente seguían actuando por la época en que escribía Palacios.

Al acercarse el final, estos hilos confluyen en una misma trama: Daniel es el fruto de las relaciones entre Henrique Y Dolores, quienes se casaron en secreto, con el padrinazgo dé] Alférez v con la intervención del padre Escobar como oficiante. Para evitar el escándalo, el niño fue entregado a doña Mariana. Fue tan absoluto el secreto que rodeó estos hechos que el Maestro Saucedo, vecino de Dolores y quien vivió eternamente enamorado de ella, la creyó siempre virgen. El Alférez conoce esta parte de la historia, pero no que Daniel sea el fruto de aquellos amores. Escobar si lo sabe y está dispuesto a revelarlo. Lo mueve, además, el hecho que Inés está a punto de ingresar al convento:sabe que no tiene vocación religiosa y esto le produce cierto escozor. Cuando se conocen las circunstancias del origen de Daniel, según las cuales es heredero de la nobleza y de la fortuna de su padre, desaparecen los impedimentos para el matrimonio de los jóvenes y la narración termina felizmente.

En la novela, al igual que en otras de la época (por ejemplo María), paralelamente al romance principal se narran otros matrimonios que cubren distintas clases sociales, de tal forma que en su conjunto representan posibles variaciones de un mismo tema en un universo ampliado. En El alférez real, a medida que se desenvuelven las relaciones entre Daniel e Inés, se desenvuelven también las de Fermín y Andrea, dos jóvenes esclavos de la hacienda. Fermín, de la misma edad que Daniel, es el principal vaquero de la hacienda y le sirve a Daniel como peón y acompañante en sus recorridos por los campos y en la ciudad. No es de raza negra pura, pues desde el comienzo se le describe como mulato: por su aspecto físico «se conocía no ser hijo de padre negro» (P.36). Su madre era la negra Martina, quien servía en la casa del amo. Con estas escasas menciones se alude a la costumbre de los amos blancos de cohabitar con sus esclavas. Andrea, por su parte, está al servicio de Inés. Los dos jóvenes son los encargados de transmitir informes o interpretar signos que revelan los sentimientos de sus amos. Al final, en premio a su fidelidad, son declarados libres, permitiéndoles contraer matrimonio y continuar al servicio de la hacienda.

Otro matrimonio es el de Mercedes y Manuel., primos entre sí y vecinos del lugar. Sucede cuando la distancia entre Daniel e Inés parece infranqueable. Todos asisten a la boda, con lo cual el autor se da una nueva oportunidad de ejercer sus dotes de costumbrista. Estos episodios tienen, además, una importancia estructural: resaltan la frustración y tristeza de unos frente a la alegría de los otros.

En la dedicatoria del libro al Dr. Zenón Fabio Lemos, Palados cita a Walter Scott y a Alejandro Dumas, autores de moda en su época. A partir de Scott, sobre todo, Palacios justifica su interés por la historia. Sin embargo, la mayor parte de los recursos literarios provienen de la tradición clásica. Desde el comienzo aparecen frases latinas, tanto en boca del padre Escobar como del propio Daniel y del narrador principal (hetero-intradiegético, que no participa en los hechos pero conoce estados de conciencia de los protagonistas). Virgilio parece ser uno de los autores Preferidos por Palacios; también I-loracio, Teócrito y, entre los españoles, Garcilaso y Francisco de Figueroa. A Inés la compara con Diana Cazadora, y en ciertos lugares describe el paisaje con los elementos del lugar ameno. Pretende ignorar a Isaacs cuando el narrador exclama: « i Cómo se conoce que Cali ha sido pobre en poetas, cuando ese río delicioso no ha tenido hasta ahora sus cantores » (p. 140). En este punto es s en juego: a interesante anotar las diferentes estéticas puestas en juego; a pesar de que la trama de la novela de Palacios se desarrolla más o menos en los mismos escenarios en los que transcurren los amores de Efraín y María, el tratamiento del entorno es bien diferente. En Palacios privan los modelos clásicos, en Isaacs la observación directa del paisaje. En el primero no es posible ocultar la erudición y lo artificioso del lenguaje, en el segundo brilla la naturalidad y la frescura.

El andamiaje clásico se hace todavía más notorio al analizar la estructura. Toda la anécdota de Daniel e Inés está montada en un viejo recurso retórico ya plenamente desarrollado en la tragedia griega, en especial en Edipo Rey, y sobre el cual Aristóteles elaboró, en su Poética, parte de su teoría literaria Se trata de la anagnórisis o reconocimiento. La trama de la novela se dedica a acumular impedimentos legales y de hecho, reales o ficticios, que cada vez alejan más la posibilidad de unión entre los novios. Cuando ésta parece ya imposible, de improviso los impedimentos se derrumban por causa de una prueba incontrovertible en sentido contrario. Esta prueba se presenta cuando la curva dramática ha sido puesta en tensión. Se produce, entonces, un efecto de admiración y sorpresa en el lector. Según la teoría clásica, el reconocimiento puede ocurrir por señales corporales, como cicatrices, por documentos 0 joyas. En la novela de Palacios, el reconocimiento del origen noble de Daniel ocurre al confrontar la información que tenía el Alférez con la que suministra el padre Escobar. Al observar el rostro de Daniel, "sólo en ese momento (el Alférez) se había dado cuenta de que Daniel se parecía mucho a su primo Henrique; y entonces comprendió porqué le había caído en gracia ese muchacho desde el primer día» (p.285).

Entre los varios elementos de época que caracterizan la novela podrían mencionarse ciertas alusiones al deterioro del medio ambiente, sin que el narrador indague por sus causas ni formule denuncia alguna: afirma que «los ríos en el Cauca han mermado sus aguas. Es un fenómeno notorio a todas las personas de edad avanzada» (p.68); también ciertas curiosidades históricas, como que el árbol del mango no se conocía en la Nueva Granada en 1793 (p.65) y que por entonces la mayoría de edad se conseguía a los 25 años (p.43); y el uso de metáforas exóticas de colorido oriental, en frases como «Cualquiera hubiera creído tener a la vista una ciudad oriental, tal vez Bagdad, coronada de palmeras y minaretes» (p. 73). Merecen destacarse, además, el tratamiento literario que da al ideal de lo femenino y cierto sentimiento en favor del esclavismo que permea la obra. Inés es descrita con los rasgos más sublimes: «cuya portentosa belleza lo dejó (a Daniel) deslumbrados (p.44); se refiere a su «talento, recato y moderación, alcurnia y belleza» (p.55); en otro lugar habla de ella como «doncella de peregrina hermosuras (p. 143). De Dolores Otero también menciona su «peregrina hermosuras (p.271). En general, la mujer es deslenguada, así Henrique exclama: «no quiero que intervenga mujer alguna porque con una que lo sepa, aunque sea con el carácter de Mariana, bastará para que lo sepa todo el mundo» (p.275). Hablando de la educación de la época, el narrador explica que entre los nobles no todos sabían leer y escribir; entre los plebeyos muy pocos, y agrega: «algunas señoras leíali en libro, pero no en manuscrito; sus padres les impedían que aprendieran a escribir para que no tuvieran ocasión de enviar o recibir cartas de amores y sin embargo ellas atendían a sus intereses aprendiendo a escarabajear en hojas de plátano» (p.71). En la hacienda se leía a veces, en voz alta, El símbolo de la fe de Fray Luis de Granada. En una oportunidad el padre Escobar les advierte, sin entrar en explicaciones, que «el Antiguo Testamento no es lectura propia para señoras». El narrador explica que en aquellos tiempos, «las señoras no conocían libros profanos y mucho menos novelas» (p.54). Utilizando otros tópicos de la literatura clásica, Palacios describe a la mujer enamorada con sutiles alusiones al amor cortés: lnés sufre la enfermedad del amor, pierde su apetito, enflaquece, no puede conciliar el sueño y se pasea de noche por los corredores; parece un «busto vestido de blanco en el balcón de la casa, alma del otro mundo que penaba» (p.200). Respecto de su amante, que ocupa un lugar entre la servidumbre de la casa, su posición elevada le impide aspirar al amor físico. Se intercambian miradas ardientes; un pañuelo a modo de «señal verdaderas sirve para exaltar sus sentimientos. Al hablar de Daniel usa expresiones como «Mi corazón ya ardía» y «religiosa veneración» (p. 127).

En cuanto al racismo es interesante notar que, a pesar de los malos tratos y las continuas sublevaciones de finales del siglo XVIII, en la novela se presenta a los negros como si viviesen felices bajo la regla del amo. Hay menciones a algún esclavo cimarrón y a ciertos castigos corporales, pero sólo como incidentes menores e, inclusive, jocosos. El autor, quien escribía pocos años después de que la esclavitud hubiera sido abolida en Colombia, habla de ella como si fuese un designio de Dios: los negros eran unos «infelices a quienes Dios en sus arcanos había colocado en la servidumbres y, a continuación, se refiere a la «limitada inteligencia de los esclavos» (p. 51); define «una familia feliz» como aquélla que posee cuadrilla de esclavos sujetos a campana, trapiche, ganados, labranza... » (p. 193). En esta frase queda claro que, para Palacios, sólo los propícianos blancos podían aspirar a conformar una familia, y sólo ellos podían aspirar a la felicidad. El Alférez, por su parte, justifica ante el padre Escobar la esclavitud. Éste exclama: «la esclavitud es una iniquidad». Responde el Alférez: «esclavos eran los que tengo y los compré a sus amos o los compró mi padre; ni su merced ni yo los redujimos a la esclavitud, y el mismo rey nuestro señor (que Dios guarde) autoriza su comercio» (p.208). Con estas palabras el Alférez se ufana del lugar de privilegio de que goza, y lo sustenta aludiendo nada menos que a Dios y al rev.

Es curiosa la relación de poderes que se establece en la novela. El Alférez ostenta la más alta posición del lugar y se siente representante casi directo del rey Es respetuoso de las jerarquías mientras éstas le favorezcan. Es rico, orgulloso, prepotente y partidario del esclavismo. Aunque al final se descubre su «pecadillo» por haberle patrocinado a su primo Henrique un matrimonio desigual, y queda flotando, aunque como algo aceptado sociahnente, la sensación de que el Alférez es el padre de Fermín en relación irregular con Martina, su vida se presenta como modelo de moralidad. Parecería ser el amo absoluto en aquel mundo cerrado. Sólo se le escapa el manejo de los hilos de la trama. El padre Escobar, en cambio, sin ostentar ninguna posición de jerarquía y habitando una humilde celda monacal, demuestra mayor altura moral: aconseja al Alférez en sus decisiones trascendentales, ejerce influencia sobre todos los protagonistas y, finalmente, determina el desenlace.


1. La primera edición es de la imprenta del autor, 1886. Cito por la edición publicada en Medellín, Editorial Bedout, 1984, 294 págs.
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2. El padre de Fermín parece ser el mismo Alférez.
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3. Inés sufre primero de tabardillo cuando se siente pretendida por Fernando de Arévalo (p.92); Daniel, por su parte, también enferma de gravedad cuando cree que ella se va a casar con Fernando (p.111).
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4. En este punto valdría la pena desarrollar un paralelo con María, novela en la cual el padre simboliza el destino y no recibe consejos para ejercer su poder patriarcal inamovible.
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