¬

Jaime Alejandro Rodríguez
Posmodernidad en la novela colombiana. Narrativa colombiana de fin de siglo - Metaficción en la novela colombiana

¬

Luz Mery Giraldo B.
Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon

¬

Alvaro Pineda Botero
Del mito a la posmodernidad - La fábula y el desastre. Estudios críticos sobre la novela colombiana. [1605-1931]

¬

Raymond L. Williams
Novela y poder en Colombia - Posmodernidades latinoamericanas: La novela posmoderna.

¬

Bodgan Piotrowsky
La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea

¬

Carmenza Kline
Apuntes sobre literatura colombiana -comp.-

¬

Peter G. Earle
Grabriel García Márquez

¬

Angel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez. Edificación de un arte nacional y popular

¬

William Rowe
García Márquez: La máquina de la Historia

¬

Rubén Jaramillo Vélez
La postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia - Tolerancia e ilustración

¬

Treinta años después
Ponencias del IX Congreso Nacional de Literatura, Linguística y Semiótica

¬

Héctor H. Orjuela
El desierto prodigioso y prodigio del desierto" de Pedro Solís y Valenzuela. Primera novela hispanoamericana.

¬

Augusto Escobar
La violencia: ¿Generadora de una tradición literaria?

¬

María Elvira Villamil
La narrativa colombiana reciente

¬

María Helena Rueda
La violencia desde la palabra


Alvaro Pineda Botero - Del mito a la posmodernidad

Este libro estudia la novelística colombiana contemporánea y busca fijar pautas que permitan un acercamiento crítico.

Existen muchos trabajos sobre la novela de nuestro país, casi todos orientados hacia el pasado, en especial hacia las obras de Isaacs, Rivera y García Márquez. Considero, sin embargo, que el mayor vacío crítico se relaciona con lo actual, es decir, con la producción posterior a Cien años de soledad (1967) y, más concretamente, con la novela de los ochentas. Además, la proliferación de obras ha sido tan abundante -véase Bibliografía- y los instrumentos críticos tan variados, que el panorama general es hoy confuso. La división por regiones, el costumbrismo o las vanguardias, las generaciones, la violencia, el realismo mágico y otras varias categorías que fueron de utilidad en el pasado, son ahora inadecuadas o caducas para comprender los actuales desarrollos y lograr una comprensión global del fenómeno. Este estudio, como se verá más adelante, pretende subsanar estas deficiencias.He evitado señalar únicamente 'las obras más importantes". Esta categoría, me parece, puede confundir y entorpecer una apreciación global. Cada novela ofrece múltiples interpretaciones, y los juicios de valor dependen muchas veces de lo que cada lector busque, es decir, de la perspectiva que asuma para su experiencia estética o analítica. Del mito a la posmodernidad: la novela colombiana de finales del siglo XX señala, más bien, las tendencias posgarciamarquianas, cada vez más alejadas de las concepciones míticas y más acordes con lo que sé ha denominado la posmodernidad.

Aunque la mayoría de las obras seleccionadas han sido publicadas a partir de 1980, esto no significa que tal año marque un cambio en nuestra tradición. No. Esta fecha, en sí misma, no tiene ningún significado para este proyecto. Obedece simplemente a que, en mi concepto, hay algunos trabajos parciales sobre textos específicos que más adelante citaré, pero no existe una visión general que cubra las actuales producciones.1 En algunos casos, corno el del Capítulo 3 sobre la tradición positivista y la novela de Antioquia y Caldas, he incluido análisis de obras de años anteriores para sustentar mejor mis planteamientos.

Las últimas décadas han traído nuevos órdenes en Colombia: la violencia de los años cincuentas y sesentas, el Frente Nacional y sus secuelas de democracia restringida, el intenso proceso de urbanización y la aparición del lumpen citadino, el sindicalismo y otras formas de conciencia popular, la mejora de algunos indicadores económicos, la concentración del poder financiero, el avance de la alfabetización y de las universidades, la presencia abundante de escritores y artistas de clase media y baja y también de origen rural, el adelanto de la tecnología y el mayor cubrimiento de los medios de comunicación, el crecimiento de la industria editorial, amén de otras novedades como el narcotráfico, el refinamiento y cubrimiento nacional de la violencia y, sobre todo, el creciente sentimiento de desconcierto e insensibilidad social. La anterior enumeración, parcial y caótica, sólo pretende sugerir que, si bien es posible enunciar los cambios sufridos en el país, no lo es tanto comprender y analizar lo que tales cambios han traído a la literatura2

En todo caso, de lo anterior se desprende una evidencia: Colombia ha entrado de lleno a la gran corriente de la modernidad, pero no en forma homogénea. Subsisten, a la par con los más novedosos desarrollos, reductos tradicionales de antigua data. En este variado mosaico nuestra novelística en ocasiones anhela recrear, histórica o ficticiamente, una mitología de los orígenes; en otras define una identidad regional o, por el contrario, se pierde en el laberinto de la ciudad moderna. Refleja las preocupaciones más íntimas de la modernidad y participa en diálogos que la sociedad occidental ha planteado sobre la creatividad intelectual de la mujer, sobre la utopía, o sobre el final mismo de la modernidad. Existe la novela folletinesca orientada a vender libros y a divertir, que no problematiza la comprensión del mundo, o, también, la de intensa experimentación formal que busca nuevos lenguajes o formas de significar y se constituye en categoría separada. En nuestro país subsisten y cohabitan todas, y en su conjunto son testimonio abrumador de la vitalidad de nuestra literatura.

Siguiendo la línea que parte del mito primitivo, pasa por el urbanismo y se orienta hacia el final de la modernidad, utilizo las siguientes ocho categorías de análisis, aclarando de antemano que he preferido extenderme en el estudio intrínseco de los textos y no en el de las biografías de los autores u otras consideraciones externas:

  1. La costa Atlántica y su caudal de mitologías; a partir del mito y la oralidad y la transición hacia una sociedad moderna.
  2. Antioquia y Caldas, tradición y deslinde; la mentalidad positivista de la región y su enfrentamiento al modernismo y al grecolatinismo.
  3. De la arcadia a la neurosis; la configuración de una novelística urbana. En este capítulo he utilizado seis subcategorías: I) el éxodo del campo a la ciudad; II) el desarraigo de los recién llegados;III) las distintas formas de asumir la condición urbana; IV) el efecto de la inmigración en los antiguos habitantes; V) la estética de la fealdad; VI) otra vez el éxodo, el personaje nuevamente emigra y recuerda su ciudad desde el exilio.
  4. La utopía, también novelas sobre las utopías negativas o antiutopías.
  5. La solemnidad burlada; la sátira en la novela.
  6. La estructura abismal; obras de profunda experimentación en la forma.
  7. La historia en la literatura; novelas de claro corte histórico.
  8. El mito de la página blanca y el Orbis terrarum como nuevo ecumene del escritor. Este trasciende los límites de su terruño y asume un cosmopolitismo moderno.

En el caso que una novela pertenezca a varias categorías, adelantaré su análisis dentro de la más pertinente, y la citaré en otros capítulos.

Este estudio debe entenderse como un aporte modesto al esfuerzo conjunto de muchos investigadores contemporáneos empeñados en erradicar ancestrales complejos de inferioridad, y en presentar una visión optimista y renovada de la literatura nacional.

En efecto, hace pocas décadas los estudiosos de nuestra cultura todavía se preguntaban: ¿Existe una literatura nacional en Colombia? La respuesta generalmente era negativa sobre la base de caracterizar a Colombia como una nación adolescente, sin autonomía de conciencia, ni libertad de criterio, ni madurez de pensamiento. Se pensaba que primero tenía que "cuajar la razón en moldes de estabilidad específica" para que surgiera la plenitud social. En Colombia, se decía, nada se crea, todo se imita; todo cuanto producimos en el orden artístico lleva ya la marca de otro dueño y recuerda a autores extranjeros. La madurez llegaría con el tiempo y sería cuestión de siglos.

De otro lado, los mismos críticos consideraban que con excepción de algunos valores cimeros (Isaacs, Silva, Rivera), nuestra literatura en general era provinciana, de "celebridades de familia", sin contacto con las corrientes internacionales.3 Simultáneamente, se le negaba autenticidad por llevar el sello de lo extranjero, y se la acusaba de falta de contacto con otras culturas.

En todo caso, el mito de nuestra "minoría de edad' ha prevalecido por siglos, y tuvo sus orígenes, me parece, en aquella polémica que sacudió a España e Italia a principios del siglo XVI. Mientras Juan Ginés de Sepúlveda, en su libro De justis belli causis apud indios, basado en la teoría aristotéhca de que existen por desigrúo natural 'hombres-siervos", y en la definición tomista de "los infieles de primera clase", defendía el derecho de los españoles a esclavizar e inclusive exterminar a los indígenas, los padres dominicos Bartolomé de las Casas y Antonio Montesinos asumían la defensa de éstos con sermones y escritos polémicos, que tuvieron cierto eco en las famosas Leyes de Burgos de 1512 y en la encíclica Sublimis Deus del papa Paulo III, en 1537.

Pero esto no fue suficiente para erradicar el prejuicio. La idea de la supuesta inferioridad siguió gravitando en la mente de muchos, y fue difundida por hombres como Hegel, Tocqueville y Keyserling. Hegel, como es sabido,, aplicaba,el calificativo de "niños' a los americanos.

Hablar en historia de mayoría o minoría de edad, de adolescencia o senectud, implica retomar el mito aristotélico del vitalismo, de que los pueblos, como las plantas o los animales, nacen, crecen, se reproducen y mueren; concepción que llevada a sus extremos condujo el pensamiento occidental al esquematismo de Oswald Spengler en su Decadencia de Occidente y a las simplezas metodológicas que la teoría de las generaciones de Ortega y Casset ha propiciado.

El caso de Ortega es significativo: en su ensayo Meditación del pueblo joven, sustenta, en pleno siglo XX, una tesis parecida a la de Ginés de Sepúlveda, puesto que afirma que los indígenas que poblaban las tierras americanas eran tan inferiores por su cultura a los colonizadores, que era como si no existiesen, o como si fuesen para ellos meros objetos utilizables (... ) La vida aquí tiene otra edad que en Europa, y es, quieran ustedes o no, hagan lo que hagan contra ello, una vida adolescente4

Desde otra perspectiva se ha dicho con frecuencia que las letras americanas, hasta el modernismo, fueron apenas un capítulo, un apéndice de las tendencias europeas. Según Leopoldo Zea, la historia española seguía su marcha en América corno una nota al margen, porque la metrópoli se empenó en recrear en sus colonias una Espana cristiana, y lo logró en gran medida. En oposición a las corrientes científicas del resto de Europa, que se basaban en la observación y la experimentación para explicar los fenómenos naturales y para conocer la realidad circundante, Espana y sus colonias se aferraron a la escolástica y a la doctrina revelada, ya que, según se creía, no podía existir ninguna experiencia que fuera contraria a la revelación5

Ya Sarmiento, en el siglo XIX, había propuesto " la desespanolización" de América, convencido de que la tradición hispana era una camisa de fuerza que impedía la entrada del continente a la gran corriente del positivismo anglosajón, base, según él, de todo progreso, por lo que proponía a los Estados Unidos como modelo de desarrollo.

Para lograr tal desespanolización fue necesario esperar hasta finales del siglo: en 1888, Juan Valera, en una conocida carta a Rubén Darío, destacaba que las influencias universales habían sido bien asimiladas en su poesía, lo que implicaba un aporte original6. No todos estuvieron de acuerdo con estas apreciaciones sobre la originalidad de Darío; mientras el modernimos adquiría fuerza arrolladora, ciertos críticos notaron en él rasgos de exotismo, ocultismo, simbolismo, parnasianismo y esteticismo, sobre la base de los cuales lanzaron las primeras acusaciones: los modernistas eran evasivos, buscadores de espacios lejanos en la geografía y el tiempo, y Darío no era el poeta de América según expresión de José Enrique Rodó7

Tales acusaciones, como veremos, eran apenas fruto de la incompresión de los nuevos aires culturales que soplaban por el continente. En otras palabras, la independencia que en lo político se consiguió en casi todos los países en las primeras décadas del siglo, no se logró en lo literario sino hasta la llegada del modernismo, que en Cuba coincidió con la misma independencia política.

El impulso renovador del modernismo es comparable a la lucha que los 'modernos" tuvieron que sostener contra los "antiguos' en el siglo XVI. Si la Edad Media había condenado las Novitates en su afán de defender lo tradicional, el hombre renacentista y barroco gustó de la idea de que omnia nova placet y pronto Europa se vio sacudida por la batalla intelectual entre 'antiguos' y 'modernos'. Surgieron así en el seno de la civilización nuevas sensibilidades frente al mundo, que, paralelamente al empuje económico, han invadido países y culturas, y cuyos parámetros centrales serían la secularización de la cultura, la visión científica de la vida, la confianza en las posibilidades utilitarias de la tecnología, el culto a la razón, al éxito y a la acción, el temor a la ermanencia y a la obsolescencia, y la preocupación por la productividad, es decir, la preeminencia del pragmatismo y el progreso.

Dentro de esta forma de vida, el tiempo, que es objeto de compraventa, ocupa lugar elevado, porque es la base de cálculo del valor de cambio, aplicable a todas las cosas. Si en la Edad Media el tiempo tenía un sentido religioso, la modernidad, son el cronómetro, lo lleva a su valor y límite absolutos.

La modernidad estética es consecuencia y también reacción frente a la modernidad social. Aunque el arte no ha podido sustraerse a los efectos del mercado, Se ofrece frecuentemente como protesta, como rechazo a la razón y al valor de cambio, como anarquía, rebelión o exilio voluntario. El tiempo para muchos artistas de la modernidad no tiene precio objetivo, es una consideración metafísica. Para ellos, el arte es forma espiritual antes que material; valor sujetivo antes que económico; desgaste, viaje hacia la muerte antes que productividad.

Surgieron entonces el surrealismo y las vanguardias, y al desintegrarse la forma8, el arte asumió su principal característica: el pluralismo; un pluralismo en el que todas las escuelas, modas o tendencias son válidas y cohabitan en el mismo espacio, y en el que todas las propuestas tienen sus epígonos.9

Con este telón de fondo, el modernismo significó para Latinoamérica su ingreso pleno a la gran corriente de la modernidad.

El concepto de posmodernidad, por su parte, es rico en significados. En primer lugar, alude a ciertos desarrollos filosóficos basados en una interpretación pesimista de la obra de Nietzsche. El hombre ha abandonado su centro para dirigirse a "x', ha perdido a sus dioses y ha llegado a un estado de soledad extrema. Se habla entonces del "fin de la historia', de 'posontología" o 'posmetafisica" como formas de pensamiento que pretenden sustraerse a la lógica de la modernidad y por lo tanto al "progreso"10 . Posmodenidad alude también a un profundo sentimiento de fracaso y desolación. Por primera vez en la historia de la humanidad, el hombre es consciente de su inmenso poder destructivo; poder que ejercita y acrecienta diariamente. Hechos como el debilitamiento de la capa de ozono, que ha comenzado a modificar el equilibrio ecológico mundial, o el uso de la energía atómica con fines militares, son situaciones nuevas que generan un pesimismo agudo y generalizado11. En cuanto a lo específicamente literario, los novelistas de la posmodernidad, al estar inmersos en el cosmopolitismo, tanto en sus vidas como en su ideología, y al recibir el influjo de las nuevas corrientes, son los que más alejados están de lo tradicional y lo regional, del mito y la oralidad.

Por lo tanto, sus textos son más especulativos y teóricos, más orientados hacia los juegos de lenguaje y a las estructuras complejas, y buscan menos el realismo objetivo y la mimesis social.

Utilizan frecuentemente juegos y paradojas, y hacen extenso uso de la autoconciencia narrativa. Otras características de la novela de la posmodenidad consisten en que en sus textos no se evidencia un narrador único en el que pueda apoyarse el lector, ni se presenta un discurso autorizado o una figura hacia la que el lector pueda orientarse en busca de una verdad objetiva dentro de la ficción. Frecuentemente carece de un mediatizador que organice el discurso.

El concepto de posmodernismo no es necesariamente un concepto cronológico. Al igual que lo moderno coexiste en nuestro país con lo tradicional y lo mitológico, también coexisten la modernidad y la posmodernidad12. No siempre es fácil diferenciar entre la modernidad y la posmodernidad, y para muchos ésta es simplemente una derivación de aquélla. Generalmente se consideran novelas modernas las de García Márquez, Cepeda Samudio, Rojas Herazo, entre otros elementos, por el uso de técnicas aprendidas de escritores como Joyce, Woolf, Faulkner. Cuando se extrema el uso de tales técnicas, o se utiliza extensamente la autoconciencia narrativa, los juegos de lenguaje o los temas apocalípticos, estamos frente a la novela posmoderna. En este estudio se analizarán algunas obras colombianas posmodernas en los capítulos 4, 6 y 8.

Hoy, después de tantas décadas, subsisten en Colombia reductos aún impregnados de los viejos complejos de inferioridad, pero se impone cada vez más una perspectiva sobre nuestro pasado cultural que busca colocarlo a la altura de su verdadera dimensión.

En nuestro país algunos han emprendido la revalorización de nuestra literatura finisecular, tradicionalmente considerada 'insignificante' en el panorama de nuestra cultura13 mientras otros defienden a los poetas del modernismo contra la acusación de que fueron europeístas serviles, afirmando que más bien fueron 'los primeros y más grandes desmítificadores de nuestra cultura".14

Rafael Gutiérrez Girardot, por su parte, se ha propuesto situar las letras hispánicas de fin del siglo XIX en el contexto europeo. Afirma que "nuestro siglo XIX (en literatura) es bastante más rico que el español y tan interesante, por lo menos, como el italiano' 15 Además, expone y analiza la conocida tesis de Federico de Onis, según la cual, el modernismo es la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu, que inicia, hacia 1885, la disolución del siglo XIX, y que se había manifestado en el arte, la ciencia, la religión y la política y gradualrnente en los demás aspectos de la vida, con todas las características de un hondo cambio histórico.

Dos ideas le sirven de eje argurnental: el de la extranjerización, que conlleva la imagen de literatura universal (Weltliteratur, concepto introducido por Goethe) o, si se quiere, de universalización de la literatura, que va parejo con la unificación del mundo. Y el de la secularización de la cultura y su consecuente destrucción de las mitologías tradicionales que la sustentaban. Si consuetudinariamente el mundo se explicó a partir de la religión o el mito, la modernidad implicaría una visión del mundo cada vez más centrada en la ciencia y la tecnología. Estos fenómenos de la civilización occidental no fueron 'copiados' por la cultura hispanoamericana (incluida España) sino que tuvieron evolución paralela, con características propias bien definidas. La conclusión de Gutiérrez Girardot es que con el modernismo, la mentalidad hispánica se había abierto al mundo, había asimilado el pensamiento y la literatura europeos del siglo XIX, se había puesto, en ocasiones, a su altura y había perfilado su especificidad. Los países de lengua española ya no deberían considerarse zonas marginadas de la literatura mundial16

En conclusión, a partir del modernismo, quizás ya desde la segunda mitad del siglo XIX, se desarrolló en Latinoamérica una nueva sensibilidad para observar lo propio, distinta a la de la cultura española, que comenzó en ciertas élites intelectuales y burguesas y que, por influencia del positivismo o reacción a él, generó el modernismo. Fue la Regada de la modernidad a Latinoamérica y significó su apertura al mundo (y que coincidió con la llegada de la modernidad a España-Generación del 98). Así se inauguró su participación en el diálogo universal de la cultura, para lo cual tuvo primero que aprender y dominar un lenguaje y, luego, al usarlo creativamente, transformarlo: no en vano afirma Octavio Paz que el modernismo sacudió las bases mismas del idioma en forma tan radical como lo hicieron Garcilaso y los italianizantes en el siglo XVI17.

El boom fue otro de los momentos cumbres de nuestra participación en el diálogo cultural. Angel Rama lo sitúa entre 1960 y 1972 y estudia los diversos efectos que tuvo en las letras del continente. Se trató, en primer lugar, de un fenómeno de mercado y de difusión de la obra de algunos novelistas. Quizá por la (en aquel entonces) reciente Revolución Cubana y su impacto en la conciencia de los intelectuales europeos, el interés por nuestra narrativa creció a niveles nunca antes alcanzados. Florecieron las traducciones y, en medio de la confusión y del oportunismo de las editoriales, los escritores se profesionalizaron haciéndose menos bohemios y más disciplinados, menos sujetos a la inspiración y más dados a la investigación y al estudio. Julio Cortázar habló de "toma de conciencia del pueblo latinoamericano". Cobró fuerza la indagación sobre nuestra identidad, sobre la 'desalineación ideológica', y creció el interés por el estudio de nuestra propia cultura18.

Empero, la consecuencia más importante fue que de un solo tajo se contestó aquella pregunta de la generación anterior, y se contestó con una afirmación contundente. Sí hay literaturas nacionales en Latinoamérica con características e inquietudes propias, aun cuando 'nuestra raza no hubiera- (todavía) cuajado en moldes de estabilidad específica" como pretendía el maestro Rafael Maya.

Más aún: no sólo somos conscientes de que sí existe una literatura nacional, sino que ya sabemos que ha existido desde siempre. Unos pocos ejemplos bastan para mostrar el desconocimiento que nuestros antecesores tuvieron de nuestra herencia cultural: Antonio Curcio Altamar, a pesar de ser talvez el investigador más serio y a quien debemos la bibliografía más completa sobre la novela en Colombia, afirma que hubo una "absoluta inexistencia de obras de ficción en el Nuevo Reino de Granada"19 . Sólo se necesitaron algunos anos para que otro investigador, el,profesor Héctor Orjuela, descubriera y editara "la primera novela latinoamericana" escrita en Santa Fe posiblemente en 1647, por Pedro de Solís y Valenzuela, y denunciara la existencia de otros manuscritos de obras de ficción de la época colonial en archivos y colecciones privadas a la espera de editores20

Orjuela, además, ha estudiado y editado el mito indígena amazónizo Yurupari, apenas comparable en su importancia al popol Vuh, y ha llamado la atención sobre los elementos novelescos de la oralidad indígena, que sólo en fecha reciente han comenzado a cobrar importancia en el panorama de nuestra cultura.

En la década del 80 Colombia se ha convertido en importante productor y explotador de libros, pero es evidente que la difusión masiva de nuestra literatura en el exterior, con excepción de las obras de García Márquez, se mantiene en niveles modestos. Esta paradoja podría explicarse, por lo menos en parte, por la actitud de cierto sector de la crítica extranjera que alimenta una noción exótica de la ficción latinoamericana, englobánsola dentro del concepto de realismo mágico y reduciéndola a algo puramente folclórico. De hecho, la imagen que muchos europeos tienen todavía de Latinoamérica es la misma que tenían en el siglo XVIII , la de un continente exótico y violento21; imagen que permanece gracias a los esfuerzos de la mala prensa, y de muchos escritores sensacionalistas que han guasipunguiado" (el término es de R.H. Moreno-Durán) nuestra realidad, apelando a elementos grotescos y truculentos para conmover a lectores fáciles. Por fortuna, otro sector, con más seriedad, está desarrollando una labor no periodística sino crítica, académica y erudita, para revaluar completamente nuestra historiografía literaria. Hacia este objetivo se orienta nuestro empeno.

Análisis específicos de algunas obras, incluidos en este libro, ya han aparecido en periódicos y revistas desde 1985. Debo aclarar que tales textos han sido totalmente reescritos a la luz de nuevas lecturas, de discusiones en clase o de diálogos con autores.

Finalmente, quisiera agradecer a mis estudiantes del Centro de Estudios Humanísticos de la Universidad del Rosario, y a los de los seminarios de posgrado en literatura de la Universidad Javeriana de Bogotá, con quienes durante varios anos he mantenido un diálogo enriquecedor sobre estos temas.


1. Para el estudio global de la novela anterior a 1980 son útiles, entre otros, los siguientes textos: Antonio Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia, Bogotá, Instituto Colornbiano de Cultura, 1975; Seyrnour Menton, La novela colombiana: planetas y satélites, Bogotá, Plaza y janés, 1978; Raymond L. Williams, Una década de la novela colombiana: la experiencia de los setenta, Bogotá, Plaza y janés' 1980; Ernesto Porras Collantes, Bibliografía de la novela colombiana, Bogotá, instituto Caro y Cuevo, 1976.
Volver

2. Para una discusión más amplia sobre estos ternas véase Isaías Peña Guliérrez, La narrativa del Frente Nacíonal, Bogotá, Universidad Central, 1982; Diógenes Fajardo, 'La narrativa colombiana de la última década: valoración y perspectivas' en Revista Iberoamericana, No. 141, octubre-dicienibre, 1987; César Valencia Solanilla, 'La novela colombiana contemporánea en la modernidad literaria' y Ricardo Cano Gaviria, 'La novela colombiana después de' Carcía Márquez', ambos en Manual de literatura colombiana, Bogotá, Planeta, 1988; Francisco Sánchez Jirnénez, 'Críticas y Ficciones', Gradiva, No. 2, Bogotá, julio-agosto, 1987; Eduardo Caramillo, "Alta tra(d)ición de la narrativa colombiana -de los 80' en Boletín Cultura¡ y Bibilógrafico, Bogotá, Banco de la República, No. 15, 1988.
Volver

3. Rafael Maya, '¿Existe una literatura nacional?' en Obra crítica, Bogotá, Banco de la República, 1982, Vol. 11, pp. 313 - 330.
Volver

4. José Ortega y Gasset,Meditación del pueblo joven, Madrid, Espasa Calpe,1964, pp. 100 y 104.
Volver

5. Leopoldo Zea, América en la historia, México, Fondo de la Cultura, 1957, p.91
Volver

6. El énfasis es mío. Véase Juan Valera, "Usted lo ha revuelto todo", carta a Rubén Darío del 22 de octubre de 1888, reproducida por "Magazín Dominical" de El Espectador, 3 de julio de 1988, pp. 7 a 10
Volver

7. Ricardo Gullón, Direcciones del modernismo, Madrid, Gredos, 1963, p.17.
Volver

8. Erich Kahier, Desintegration of Form in the Arts, New York, George Braziller, 1968
Volver

9. Fernando Burgos, La novela moderna hispanoamericana, Madrid, Orígenes, 1985. Incluye extensa bibliografía sobre el modernismo y la modernidad
Volver

10. Véase Gianni Vattimo, El fin de la modernidad, nihilismo y hermenéutica en la cultura posmodema, Barcelona, Editorial Gedisa, 1987. Véase también Wolfgang Janke, Postontología, Bogotá, Pontíficia Universidad Javeriana, 1988 (traducción y prólogo de Guillerrno Hoyos).
Volver

11. Estos sentimientos han trascendido a la literatura a través de las obras de autores como E.M. Cioran. Véase de este autor en especial Breviario de podredumbre, Madrid, Taurus, 1986.
Volver

12. Sigo en parte las ideas de Raymond L. Williams en su estudio inédito 'Narrating Colombia: Ideology and Orality in the Colombian Novel 1844 - 1987".
Volver

13. Véase Gilberto Cómez Ocampo, Entre 'María' y 'La Vorágine', la literatura colombiana finisecular 1886 - 1903, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1988
Volver

14. Hernando Valencia Coelkel, 'La mayoría de edad' en Ensayistas colombianos del siglo XX, Bogotá, Jorge Eliécer Ruiz y Juan Gustavo Cobo, editores, Instituto Colombiano de Cultura, 1976, p. 283.
Volver

15. Entrevista con María Alicia Paes Barreto, "Hay que acabar con el mito del realismo mágico' en ,Lecturas Dominicales', El Tiempo, 4 de marzo de 1979.
Volver

16. Rafael Gutiérrez Girardot, modernismo, supuestos históricos y culturales, Bogotá, Fondo de Cultura, 1987. Véase también Rafael Humberto Moreno-Durán, De la barbarie a la imaginación, Bogotá, Tercer Mundo, 1988
Volver

17. Citado por Gullón, Direcciones ... op. cit. p. 111.
Volver

18. Angel Rama, 'El boom en perspectiva" en La novela latinoamericana 1920-1980, Bogotá, Procultura, 1982.
Volver

19. Antonio Curcio Altamar, Evolución de la novela en Colombia, p.23
Volver

20. Pedro de Solís y Valenzuela, El desierto prodigioso y prodigio del desierto, edición y estudio introductorio de Héctor H. Orjuela, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1984.
Volver

21. Véase la entrevista citada de María Alicia Paes Barreto a Rafael Gutiérrez Girardot. "Hay que acabar con el mito del realismo mágico".
Volver



Subir


Programa de actividades

 ¬

Reseñas

 ¬

Foro virtual

 ¬

Talleres virtuales

 ¬

Ensayo final

 ¬

Manual de novela colombiana

 ¬

Síntesis de Modelos historiográficos

 ¬

Bibliografía virtual

 ¬

Bibliografía general

 ¬

Novela Colombiana en la red

 ¬

Contacto académico

 ¬


Pontificia Universidad Javeriana